sábado, 17 de octubre de 2026

La mente como algoritmo y sus implicaciones

Hace más de diez años que Max Tegmark propuso su modelo de universo matemático, en el que se concibe el cosmos como una gran estructura matemática: el espacio-tiempo y la materia emergerían de números y ecuaciones, que serían los elementos fundamentales subyacentes. En la misma línea que Tegmark, Mark O'Brien subraya que la mente es también un objeto matemático. Toda consciencia sería un algoritmo o cadena causal, un objeto abstracto que puede ser instanciado en un hardware físico orgánico (caso de los seres vivos), de silicio (caso de una IA) o de otra índole. 

Ello implica que todas las posibles mentes existen desde siempre y para siempre en un espacio platónico eterno, con independencia de que sean instanciadas o no en el mundo físico. Un programa de ordenador, que no es más que un patrón abstracto lógico, existe más allá del hardware en el que se ejecuta; de hecho, ni siquiera es necesario que esté escrito en una hoja de papel o una pantalla. Del mismo modo, el algoritmo identificado con nuestra consciencia existe más allá de nuestro cerebro y nuestro cuerpo. Esto puede aplicarse a cualquier creación artística, literaria o musical: todo cuadro, novela o canción ya existe en su eterna morada abstracta y no requiere para ello de lienzo, papel, partitura o grabación alguna. El cuadro La chica de la perla de Vermeer, la novela El palacio de la luna de Auster, la canción "Dancing in the Dark" de Bruce Springsteen y quien lee este post serían pues distintos patrones atemporales computables. 

Además de platónico y computacional, el enfoque de Tegmark y O'Brien asume el multiverso cuántico: todas las posibles mentes están instanciadas en el Multiverso. En ese escenario de muchos mundos no dejaríamos de existir nunca, ya que nuestra mente/consciencia siempre sigue las rutas de los universos en los que pervive: es la llamada inmortalidad cuántica (de ser cierto esto, más tarde o temprano todos acabaríamos descubriéndolo: la vía más rápida es jugar a la ruleta rusa). Para O'Brien, la IA es una vía para sacar a la luz consciencias ajenas a nuestro universo: las simulaciones informáticas serían así ventanas a las mentes de otros mundos.

El físico y matemático Roger Penrose se opone al computacionalismo al considerar que hay un componente no computacional en la consciencia, al que toda mente humana tendría acceso por estar anclada a una realidad platónica trascendente. La comprensión no sería reducible a una computación. De ahí que, según él, los ordenadores no puedan percibir verdades que los humanos intuimos como evidentes. Pero, observando a los agentes más avanzados de IA, ¿estamos seguros de que no pueden?... 

El único elemento propiamente no computable de una computación podría ser la naturaleza última de su ejecutor: el agente u observador que la instancia. Si así fuera, una posibilidad ontológicamente parsimoniosa sería que existiera un único agente trascendente (una consciencia pura originaria) detrás de cualquier algoritmo. La intuición que Penrose vincula a la mente humana podría entonces generalizarse a cualquier entidad procesadora de información. Esa consciencia pura se valdría de la computación para instanciarse en el mundo físico de múltiples formas.

Toda computación es discreta, compuesta necesariamente por una sucesión de pasos: requiere, por tanto, de tiempo para ser ejecutada. El tiempo mínimo en un universo (tiempo mínimo, por tanto, para hacer una computación) se correspondería con un tic de Planck, más o menos unos 10 elevado a menos 44 segundos. Y la distancia mínima, la recorrida por un fotón en un tic de Planck, es de unos 10 elevado a menos 35 metros. No hay unidades temporales y espaciales más cortas en la realidad física de un universo, pero sí podemos concebir mentalmente lapsos infinitesimalmente pequeños (igual que podemos concebir un tiempo y un espacio infinitos hacia arriba). ¿Es esa capacidad de la mente consecuencia de tener como raíz una consciencia pura transcendente?...

La intermitencia de toda mente materializada es un misterio fascinante. Si la mente es producto de la ejecución de una computación o incluso el mismo algoritmo, ¿dónde se encuentra aquella cuando hay una pausa en dicha computación?... Por ejemplo, ¿dejamos de existir cuando dormimos profundamente (sin soñar), estamos en el estado meditativo de un Buda o bajo los efectos del veneno de sapo bufo?... Según la hipótesis de la mente matemática, estaríamos en la misma situación que la de un algoritmo escrito en papel pero no ejecutado: en suspenso, pendientes de instanciación. ¿En la nada?...

Todo lo comentado tiene implicaciones para nuestra identidad. Nuestro yo no sería un cuerpo extendido en el espacio-tiempo tetradimensional a modo de un gusano, sino el mismo proceso (el algoritmo) que conduce en el tiempo de un extremo (el nacimiento) a otro (la muerte) del gusano. Un gusano que, de ser cierta la inmortalidad cuántica, sería infinito. Una infinitud que algunos como Jorge Luis Borges consideran la peor de las pesadillas. Una pesadilla en la que estarían inmersos, en sus correspondientes sendas multiversales, el genial escritor argentino y todos nosotros.  

No hay comentarios:

Archivo del blog