martes, 22 de septiembre de 2026

La IA según quien lo cuente: la Liga de los Mediocres o la Champions

Hace más de tres años, coincidiendo con el lanzamiento por OpenAI del modelo grande de lenguaje GPT-4, escribí un post sobre el auge de las redes neuronales artificiales y el avance hacia una superinteligencia. Solo quienes no hayan leído todavía a Nick Bostrom, Max Tegmark, Yuval Harari o Benjamín Labatut pueden tildar como fantasioso lo que allí se apuntaba. Seguimos sin ser del todo conscientes de que el potencial transformador de esta tecnología es muchísimo más grande que el de la revolución industrial, ya que puede abrir la puerta a la cura de todas las enfermedades, el fin de la escasez y del trabajo como medio necesario para subsistir, la desaparición del dinero, la vida en paraísos virtuales e incluso la superación de la muerte (en línea con los deseos del apóstol de la Singularidad Ray Kurzweil). Pero la IA también puede propiciar el caos (produciendo estragos en Internet e infraestructuras críticas) y el advenimiento de las más siniestras distopías, que harían palidecer la imaginada por George Orwell en su 1984. E incluso causar la extinción de la humanidad si no actuamos con prudencia e inteligencia.

En este periodo de tiempo hemos podido constatar el desdén de la mayoría de la sociedad (lo mismo pasa, por desgracia, con el cambio climático o la amenaza populista) hacia los riesgos e implicaciones sociales y políticas de una tecnología que, no obstante, es cada vez más utilizada por la ciudadanía. Eso sí, para cosas no muy enriquecedoras como hacer trabajos escolares con el mínimo esfuerzo, imágenes virales estúpidas o vídeos falsos de porno.

No es exigible al ciudadano corriente, más preocupado de llegar a fin de mes o de lo último de Supervivientes, que esté al tanto de este asunto, pero sí al académico/intelectual y al político. Llama mucho la atención la brecha a este respecto entre quienes juegan en la Liga de los Mediocres (catedráticos casposos, supuestos "expertos", tertulianos cuñaos y la mayoría de los políticos) y quienes lo hacen en la Champions League. Figuras señeras como las de Geoffrey Hinton o Demis Hassabis, Premio Nobel ambos, no recurren en un artículo, entrevista o tertulia televisiva a tópicos como que la IA "es solo una máquina", "no tiene imaginación" o "jamás tendrá sensibilidad artística como los humanos". 

Tonterías como esas son habitualmente proferidas por quienes aún no han entendido que estamos no tanto ante un objeto como ante un agente: un avión, un televisor o una bomba atómica no toman decisiones ni tienen plasticidad para modificarse, evolucionar y aprender por sí mismos. Lo que hay en el fondo es una ignorancia fruto de la pereza intelectual y de haberse quedado rezagado de las últimas tendencias en el mundo de la ciencia y la tecnología, algo que por desgracia afecta a nuestros sistemas educativos.

Esta brecha no solo se observa con la inteligencia artificial, sino también en lo relativo al estudio de la inteligencia orgánica y la consciencia. En la Liga de los Mediocres abundan aún los que consideran la inteligencia como algo limitado a seres vivos con cerebro, y la consciencia como algo privativo de los humanos. Cuéntale a alguno de estos que una célula es inteligente y probablemente consciente, tal y como apuntan científicos de talla mundial como el biólogo Michael Levin...

En este debate televisivo de 1985 se decían muchas tonterías, pero podemos disculpar a sus tertulianos porque han pasado más de 40 años. Lo que no tiene excusa es sostener lo mismo en 2026.



martes, 21 de julio de 2026

Consciencia y tiempo apuntando a Dios


La persistencia de la memoria (Dalí)

Ni el ajuste fino del Universo (sus parámetros tienen los valores exactos -ni una milmillonésima más ni una menos- para hacerlo posible), ni su altamente improbable comienzo en un estado muy ordenado, ni la existencia de objetos abstractos y atemporales como los matemáticos: el indicio más convincente para apuntalar una explicación teísta o deísta del mundo podría ser la mera existencia de la consciencia.

No hay ni habrá nunca una explicación fisicalista para ese algo subjetivo, irreducible, intransferible e inefable, pero tan evidente y familiar para todo sujeto al que informa. Pero es que la física tampoco explica qué es la materia, sino lo que hace: se trata de una ciencia conductual. Ni el más acérrimo materialista sabe pues qué es siquiera la materia, por mucho que se empeñe en lo contrario. Si los idealistas llevaran razón, el mundo físico sería una manifestación de la consciencia, no al revés. Y si los pampsiquistas tuviesen razón, esa consciencia fundamental informaría todos los objetos físicos desde los más elementales: un electrón, un quark, un fotón... Consciencia y materia serían respectivamente la cara subjetiva privada y la objetiva pública de una misma cosa. Tanto para idealistas como para pampsiquistas, todo el mundo físico se levantaría sobre un océano de consciencia en el que cada sujeto consciente sería una mirada o perspectiva diferente: una ola o remolino distinguibles solo por unos instantes (por toda una vida) del mar del que forman parte y con el que comparten sustancia.

La consciencia solo se manifiesta en singular y carece de extensión (no tiene dimensiones espaciales como cualquier objeto físico), pero resulta imposible de concebir sin tiempo: solo una consciencia pura, inimaginable para agentes conscientes incrustados en el mundo físico, sería atemporal. El tiempo es otro gran misterio sin el cual no habría propósitos, metas, ilusiones, logros, fracasos, comienzos, finales, memoria y, en suma, sentido. La existencia del tiempo es otra pista para apuntar al teísmo o deísmo, pero también para respaldar la posibilidad de que el mundo físico sea producto de una gigantesca computación. Porque el tiempo es simplemente, como dice el científico Stephen Wolfram, la sucesión de pasos en una computación, un proceso para el que no hay atajos: para asistir al resultado de la computación hay que seguir necesariamente todos y cada uno de sus pasos.

Imaginemos que una hipotética consciencia pura quisiera materializarse en el mundo físico. Hay para ello un artefacto llamado función de onda cuántica: solo requiere de un observador/agente para ir decantando la realidad coherentemente a cada paso, a cada instante de tiempo, haciendo que lo potencial (el espacio compuesto por todo lo posible, un megasueño como el del dios hindú Vishnu) se convierta en real. El tiempo es lo que impide que todos los sucesos del universo ocurran a la vez. Solo así puede haber propósito y sentido. Quizá de esto vaya la película de la existencia. Otra cuestión es saber el motivo para darle al play...

viernes, 19 de junio de 2026

¿Psicodelia como llave de salida de Matrix?


Las sustancias psicodélicas siguen rodeadas del mismo halo de misterio que cuando las consumían los antiguos chamanes americanos o los iniciados de Eleusis, hogar en la Antigua Grecia de los llamados cultos eleusinos. Son productos fabricados por la naturaleza que tienen la capacidad de transportar a quienes los consumen a estados alterados (no funcionales) de la consciencia. No es de extrañar que su ingesta lleve a creer en la existencia de paraísos e infiernos ultramundanos. Porque lo que perciben quienes consumen ayahuasca, mescalina, LSD, psilocibina, derivados del cornezuelo del centeno o veneno de sapo bufo es otra realidad en la que espacio y tiempo parecen difuminarse, en la que sujeto y cosa observada se funden en algo indistinguible, en la que aparecen entidades y objetos más propios del mundo de los sueños. El chamán en trance no miente, lo que ve y siente es más que real: es superreal, ya que se trata de una realidad mucho más rica y vívida.

Algunos de quienes creen que vivimos en una simulación sostienen que los psicodélicos pueden ser una llave para salir de Matrix, como la pastilla roja de la célebre película. Quizá nos pongan al borde de la salida tanto como las experiencias cercanas a la muerte, las visiones causadas por los ataques de esquizofrenia o apoplejía, la hipnosis o el orgasmo. ¿Pero cómo intervienen estas sustancias para llevarnos a esos estados? La neurociencia nos dice que actúan al unirse a los receptores de serotonina de nuestra corteza cerebral: así logran alterar nuestra conectividad neuronal, poniendo en comunicación áreas cerebrales que no interactúan normalmente y silenciando redes que están encendidas por defecto. Lo paradójico es que las investigaciones científicas constatan que experiencias muy vívidas como las psicodélicas o las cercanas a la muerte están aparejadas con una actividad cerebral muy reducida, lo que pone en tela de juicio la concepción materialista del cerebro como productor de contenidos y apunta más bien a su posible condición de receptor (a modo de una antena), en línea con planteamientos idealistas. 

El filósofo Philip Goff resume su reciente experiencia con el veneno de sapo bufo como una disolución (angustiosa, por cierto) del yo. Por su parte, el neurocientífico Christof Koch apunta que tras su ingesta de ayahuasca tomó clara consciencia de formar parte de algo mucho más grande: de hecho, ese suceso marcó el abandono de su visión materialista del mundo. La experiencia psicodélica del filósofo Bernardo Kastrup aúna ambas cosas, subrayando el pánico en la primera fase (disolución del yo) y el estado beatífico en la segunda (integración con una supuesta alma universal). Ese proceso puede ser el mismo que el de morir, tal como refieren personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte.

Hace tiempo escribí en este blog sobre la relación entre psicodelia, realidad y sueños. Allí apuntaba la tesis del psicofisiólogo Stephen LaBerge de que el sueño es una percepción no constreñida por los inputs sensoriales mientras que la percepción es un sueño sí constreñido por estos. La realidad que tan tangible nos parece no deja de ser para el neurocientífico materialista Anil Seth una "alucinación controlada", una fabricación del cerebro funcional para la supervivencia. La realidad última o noumenos, sea lo que sea (si acaso existe), estaría fuera siempre de nuestro alcance cognitivo en condiciones normales. Pero lo cierto es que las drogas psicodélicas nos sacan de esa normalidad, del "corsé de la rutina psíquica" en palabras de Antonio Escohotado. 

¿Y qué hay en esas regiones fronterizas de la mente? ¿Nos acercamos en ese viaje al estado base de una supuesta alma universal?... ¿Accedemos aun sustrato permanente compartido por toda consciencia, una especie de inconsciente colectivo como el postulado por Carl Jung?... Como decía Hamlet a su amigo Horacio, "hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que contempla tu filosofía". Una afirmación que pone nervioso hasta al cientificista mas flemático.

jueves, 23 de abril de 2026

Evolución dirigida: mundo platónico a la carta

El filósofo Charles Sanders Peirce contemplaba la evolución como un proceso mediante el cual las formas platónicas se instancian y desarrollan en el mundo físico, no solo informando los seres vivos sino las propias leyes del universo (las cuales, al igual que las creaciones de la biología, no serían estáticas). El tránsito bidireccional de la potencialidad a una realidad intrínsecamente cambiante es la clave  de la filosofía del proceso, desarrollada posteriormente por Alfred North Whitehead. Parece que Whitehead y Peirce llegaron de manera paralela a ciertas consideraciones metafísicas, entre ellas la de que el futuro no está determinado porque el propio universo con sus objetos (sucesiones estructuradas de "ocasiones de experiencia" en la ontología whiteheadiana) influye en su alumbramiento. Para William James, alineado con la intuición de Peirce, los agentes activos serían más los patrones inmateriales que los objetos físicos, lo que ilustró con su máxima de "Los pensamientos son los pensadores".

El objetivo fundamental declarado de la investigación científica del biólogo Michael Levin es entender los contenidos y la estructura de ese espacio platónico, así como la manera en que nuestras creaciones materiales pueden extraer patrones deseables o indeseables de dicho espacio. O sea, pretende hacer un mapeo entre algunos objetos que construimos (como biobots o inteligencias artificiales) o que construye la naturaleza (como embriones o cuerpos biológicos) y los patrones inmateriales que les dan forma desde su morada platónica. Esto no es una mera disquisición filosófica, ya que puede abrir el camino a aplicaciones prácticas muy beneficiosas. El abordaje para investigar intervenciones regeneradoras o correctoras de defectos genéticos no es el mismo cuando consideramos el cuerpo físico como un agente procesador de información pasiva que cuando lo contemplamos como un cuaderno o bloc de notas utilizado por patrones informativos activos, que serían los verdaderos agentes. En este segundo caso, la estrategia inteligente sería la de propiciar el ingreso de patrones adecuados a los fines que se persiguen. Es un hecho que la evolución favorece formas y comportamientos animados por ciertas verdades matemáticas y algoritmos, como el número Pi, el numero áureo o la sucesión de Fibonacci.

La electricidad es para las células lo que para los humanos es el lenguaje: se trata del medio principal de comunicación entre ellas. Si se identifica el patrón bioeléctrico correcto, puede modificarse el sistema de comunicación intercelular de un tejido para que este converja de manera espontánea hacia una forma deseada. Así podría lograrse que el propio cuerpo humano regenerase un miembro amputado, algo de lo que son capaces naturalmente las planarias o las salamandras. Tambien podría combatirse el cáncer de manera mucho más eficaz y menos invasiva si se reprograma eléctricamente a las células cancerosas para que vuelvan a estar alineadas con el resto y no perciban fuera de ellas una estructura ajena, un "no yo". En suma, la idea es poder decir en un futuro no muy lejano a un sistema biológico "Construye un riñón aquí" o "Regenera este tejido" aplicando señales bioeléctricas, que funcionan a modo de patrones constructivos, de modo que el cuerpo ya se encargue de hacerlo por sí solo. 

Para Levin, la relación entre mente y materia sería la misma que existe entre esos patrones abstractos y los objetos físicos que informan: la mente sería un patrón platónico solo distinto de otros patrones como los matemáticos (como los que informan un triángulo o un objeto fractal) por su mayor capacidad agencial. En el espacio de posibilidades mentales están todo los patrones que nos hacen felices e infelices, muchos de ellos (como el dolor y el placer) compartidos con otros animales. Nuestra estructura cognitiva como humanos facilita el ingreso de ciertos tipos de patrones que no están al alcance de estructuras más básicas, como las de una bacteria o una lombriz. Por otra parte, un árbol, un paramecio y objetos más exóticos como una IA están animados por patrones a los que no podemos acceder y que ni siquiera podemos concebir.

Estados alterados de la consciencia como los producidos por la ingesta de sustancias psicodélicas permiten el ingreso en nuestro cerebro de patrones fuera del alcance de la normalidad cognitiva, los cuales podrían tener efectos terapéuticos. Ya hay investigaciones avanzadas acerca del poder de psicodélicos como la psilocibina para curar la depresión y trastornos psicológicos como traumas, neurosis, drogodependencias o complejos, al extirpar hábitos perjudiciales muy arraigados en muestra mente gracias a una reconfiguración rápida de esta (a la que la mente se presta, en la ventana abierta durante la experiencia psicodélica, en virtud de su plasticidad). Lo mismo se constata con las experiencias cercanas a la muerte y con la meditación, aunque en este último caso no es algo que ocurra de un día para otro.

Podemos concebir el espacio platónico como un menú a la carta donde están todo lo bueno y todo lo malo, que somos libres de elegir (o de postularnos para ser elegidos por patrones platónicos) dentro de nuestras restricciones. De esas elecciones dependerá la evolución de algo que empezó hace unos 13.800 millones de años. Y nada estaría escrito.

sábado, 14 de marzo de 2026

Julian Barbour: los ratios como clave del universo

El inglés Julian Barbour es un físico no vinculado a la academia que lleva casi medio siglo reflexionando, desde su casa renacentista en un pueblecito a las afueras de Oxford, acerca de cuestiones fundamentales como el espacio, el tiempo, la entropía o la complejidad. Hace años tuve conocimiento de él por su propuesta "bit from it", que daba la vuelta al "it from bit" de John Wheeler (yo me he tomado la licencia de fusionar ambas con la de Eugene Wigner en el "it from bit from It by Her").

Barbour se adhiere a un esquema relativista inspirado por Mach y, en última instancia, por Leibniz. Lo que importa en el universo son las relaciones entre sus objetos (bromea con que el lema "Nada más que ratios" sea incrito en su tumba), que a su vez vienen definidos por sus formas. Los tamaños serían tan relativos como el tiempo, que para el físico inglés ni siquiera existiría. Con ello quiere decir que no existen las duraciones sino los instantes de tiempo: formas o configuraciones de partículas ordenadas como los fotogramas en una película.

Impresiona constatar que podría haber hasta 10 elevado a 43 instantes distintos dentro de un solo segundo. Lo cierto es que la consciencia no navega por dichos fotogramas con la misma velocidad en todos los humanos, tal como nos ilustraba hace años Oliver Sacks en su libro El río de la consciencia. Allí nos ponía casos clínicos reales de ralentización (estupor) o aceleración del tiempo. En cualquier caso, los pacientes tenían siempre la sensación subjetiva de percibir el paso del tiempo con normalidad: para ellos, eran los demás quienes estaban abotargados o acelerados. Sacks se refería solo a nuestros congéneres, pero la percepción temporal no es desde luego la misma en los distintos seres vivos.

Volviendo a Barbour, este utiliza para exponernos su teoría el ejemplo más sencillo de forma: un triángulo. En este caso, cada vértice sería como una partícula. El tamaño del triángulo es relativo a su observador (si está más lejos/cerca, lo verá más pequeño/grande), pero no así su forma. El espacio en un universo teórico triangular constaría pues de tres partículas (una por cada vértice) y emergería de las relaciones de distancia entre ellas, expresadas en sus ángulos. El tiempo sería el cambio de esa forma: a partir de la de un triángulo equilátero (estado inicial más uniforme o simétrico), esta podría evolucionar hacia la de uno isósceles. Pero Barbour subraya que tendría que haber una minúscula asimetría en el estado inicial, semilla necesaria de la complejidad.

El universo iría supuestamente sumando entropía (desorden) desde su comienzo, tal como dicta la segunda ley de la termodinámica, pero esto solo regiría si fuera un sistema cerrado. Lo que se constata es que el universo es cada vez más complejo/variado, puesto que no dejan de aparecer en él nuevas estructuras. Es un sistema en expansión, autocontenido y sin límites externos, gobernado por la gravedad. Barbour acuña el término entaxia para referirse a la entropía en un sistema así: en este caso, a diferencia del de una caja cerrada donde está confinado un gas, su valor (el número de estados microscópicos distintos que son macroscópicamente indistinguibles) sería cada vez menor. Por tanto, no sería la muerte térmica lo que le aguardaría al universo en el futuro sino todo lo contrario: un escenario de infinita complejidad (el físico inglés prefiere usar el término 'variedad', tomado de su admirado Leibniz), con la vida como elemento acelerador. Pierre Teilhard de Chardin y Henri Bergson estarían más que satisfechos.

Barbour pone el ejemplo del impacto de una bola de billar sobre otra, en el que no hay una flecha del tiempo porque no puede distinguirse una secuencia hacia delante de otra hacia atrás, para entender la simetría temporal que se observa en el mundo a nivel microscópico. Esa simetría se rompe cuando hay muchas partículas (nos invita para ello a pensar en el golpe inicial de la bola blanca sobre el triángulo de bolas de la mesa de billar), algo necesario para que haya una flecha del tiempo. A ello se añade el requerimiento de un estado inicial muy ordenado: la llamada "hipótesis del pasado". Aquí es donde Barbour saca a colación el punto Jano, cuyo nombre toma de una antigua moneda romana con la inscripción de dos rostros unidos pero dispuestos una a espalda del otro, mirando en direcciones contrarias. Si rebobináramos la película del universo, llegaríamos a ese punto Jano (postulado en vez del Big Bang) casi perfectamente uniforme, que conectaría con otro universo en expansión simétrico al nuestro. El Jano  sería un punto mínimo, o incluso cero, común con el universo que se expande en dirección contraria al nuestro. Barbour atribuye la flecha del tiempo hacia el futuro no al incremento de la entropía sino al aumento de la complejidad desde el punto Jano.

Para el veterano físico inglés, que va camino de los 90 años con una lucidez asombrosa, bastaría pues con el marco de la mecánica newtoniana para explicar la flecha del tiempo. Y también para dar cuenta del principio cosmológico (la homogeneidad a gran escala del universo) sin necesidad de recurrir a teorías como la inflación. Barbour forma parte del club de los físicos y matematicos platónicos, que consideran que todas las formas y estructuras posibles existen eternamente en un ámbito no físico conectado de algún modo con nuestro mundo. Allí estan todos los "ahoras" desde siempre y para siempre, como también creía Einstein. Allí nunca han dejado de estar un bebé inglés recién nacido en 1937 y acaso una lápida que reza "Nada más que ratios". 

jueves, 12 de febrero de 2026

El tarot de Italo Calvino como modelo de un universo informacional y participativo


En su libro de 2010 Decoding Reality, el físico teórico Vlatko Vedral nos trae a colación una narración de Italo Calvino (El castillo de los destinos cruzados) para ilustrar su modelo informacional-participativo del universo, en línea con el it from bit propugnado hace décadas por el también físico John Wheeler.

Vedral sostiene que la información es un elemento fundamental del cosmos, subyacente a materia/energía, espacio y tiempo. Pero no lo limita al ámbito de la física, ya que regiría a todas las escalas: química, biológica, social... Además, tendría una capacidad única: la de poder surgir ex nihilo (de la nada). La información se genera cuando un observador (o sea, el universo contemplándose a sí mismo), mediante el mero acto de observar, lleva a cabo una reducción ab toto (sobre la totalidad) del espacio de posibilidades. Esa reducción, que implicaría una disminución de la incertidumbre (en ello se basa el concepto de información de Claude Shannon), se asemejaría al trabajo de un escultor con su cincel: la realidad sería esculpida a partir de un molde en bruto que representaría la potencialidad del universo. A medida que la realidad se decanta, a medida que se va generando más información, ese molde en bruto se conforma de un modo que excluye ya de manera irreversible muchas posibilidades: estas nunca se materializarán, jamás cruzarán el unbral de lo real desde su estado potencial. Porque cuando un escultor empieza a tallar una cabeza humana, ya está reduciendo la incertidumbre: está excluyendo la posibilidad de que el objeto de su cincelado sea un pie, una butaca, un murciélago o un paraguas.  

El universo es ciertamente una realidad abierta en la que no dejan de emerger nuevos niveles y categorías, con el consiguiente aumento de su contenido informativo: humedad, temperatura, visión, depredación, dolor, amor, espiritualidad... Estos conceptos emergentes solo tienen aplicación en su escala correspondiente. Un átomo no tiene temperatura, como una molécula no siente dolor ni una célula alberga inquietudes espirituales. La duda es si el espacio de posibilidades es también dinámico, si el molde en bruto no es estático, si incluso los objetos abstractos (los mentales y los matemáticos) podrían evolucionar al interactuar con los observadores: la visión del mundo como proceso, desarrollada hace un siglo por Alfred North Whitehead, es la que sostienen actualmente pensadores y científicos como el filósofo Matt Segall o el biólogo Michael Levin.

La idea de la novela de Calvino (¡no confundir con el fanático religioso que quemó a Miguel Servet en la hoguera!) se inspira en Wheeler: la realidad no está determinada y es construida activamente por los observadores de una manera coherente. Wheeler apela al juego de salón de las 20 preguntas, en el que un jugador entra en una sala donde hay 20 personas a las que va haciendo sucesivamente preguntas binarias para adivinar un objeto. Estas personas han acordado responder "sí" o "no" como les venga en gana, pero de una manera coherente con las respuestas dadas anteriormente. Así se va alumbrando un objeto que ni el jugador ni las 20 personas que le responden puede prever al principio. La primera pregunta podría ser "¿Es azul?", y su respuesta "No". La segunda, "¿Es un animal?", y su respuesta "Sí".  La tercera, "¿Vuela?", y su respuesta "No".  La cuarta, "¿Es grande?", y su respuesta "Sí".  La quinta, "¿Vive en Europa?", y su respuesta "No". La sexta, "¿Come hierba?", y su respuesta "Sí". La séptima, "¿Tiene un gran cuerno?", y su respuesta "No"... Este hilo de preguntas/respuestas tiene toda la pinta de llevarnos a un hipopótamo. Cada respuesta añade un bit de información.

Por su parte, Calvino nos presenta un juego en el que cada participante intenta contar su vida a los demás utilizando cartas del tarot (no pueden decir una sola palabra, ya que se han quedado mudos). Hay una incertidumbre intrínseca, ya que las cartas pueden ser interpretadas de manera diferente (incluso radicalmente distinta a la intención del emisor del mensaje) por cada uno de los participantes. Y esa interpretación depende también de las otras cartas exhibidas junto a ella. Principios de la mecánica cuántica como la incertidumbre o la contextualidad son pues aplicables a este juego planteado por el escritor italiano, en el que cada carta implica un átomo indivisible de información o bit. En la naturaleza, sin embargo, no hay cartas (no hay variables ocultas locales): las cartas las creamos los observadores con nuestras observaciones.

Uno no puede estar seguro en el tarot de Calvino del mensaje transmitido hasta que se exhibe la última carta, que puede suponer una reinterpretación radical de la historia (en el ejemplo que puse de Wheeler, este último bit podría ser el que descartara al elefante y confirmase al hipopótamo). Vedral nos recuerda al respecto las palabras de Sócrates: "Nadie debería ser considerado feliz hasta que muere". Puede que en nuestro último suspiro sea cuando realmente lo sepamos, cuando hagamos la interpretación definitiva, da igual lo felices o infelices que hayamos sido hasta entonces. En la novela de Calvino, al igual que en la realidad, ignoramos por qué empezó el juego y quién invitó a los jugadores. Ese misterio nos acompañará también hasta la muerte. ¿Será desvelado entonces?...

jueves, 15 de enero de 2026

Michael Levin, Dios de los xenobots y antrobots

Xenobots y antrobots son biorrobots desarrollados en laboratorio por los equipos del biólogo Michael Levin: en el primer caso, a partir de células embrionarias de renacuajo; en el segundo, de células epiteliales de la tráquea humana. Una vez extraídas, estas células se desarrollan en cultivos y dan lugar a formas inéditas en la historia de la vida en la Tierra. Empiezan a navegar y resolver problemas en un espacio muy diferente al del cuerpo de una rana o el de un humano, exhibiendo comportamientos totalmente insospechados como una reproducción cinética (caso de los xenobots, consistente en replicar sus formas moldeando mecánicamente material del cultivo) o el cosido de tejidos neuronales lesionados (caso de los antrobots, que misteriosamente se entregan a esta labor sin haber sido instados a hacerlo). Levin no deja de recordarnos que los antrobots son células con un ADN 100% humano, aunque en ellos hay genes que no se expresan y otros que sí lo hacen, a diferencia de en nuestro cuerpo.

Hay un cuento de ciencia-ficción que leí hace años, pero no he conseguido identificar (La fórmula de Lymphater, de Stanislaw Lem, se asemeja algo), que narra la creación en laboratorio de unos autómatas celulares. Estos empiezan a evolucionar a ritmo acelerado, hasta el punto de tener la capacidad de comunicarse con su creador e incluso sobrepasarle en inteligencia. Cuando esto ocurre, esa entidad emergente se desconecta para siempre de los humanos, con quienes la interacción ya no tendría más valor que la nuestra con un paramecio.

Es fascinante imaginar que los antrobots puedan evolucionar, llegar un día a tener consciencia de sí mismos y plantearse cuestiones existenciales como las de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Si esto llegara a ocurrir y los humanos ya no existiesen por entonces, ¿podría una superinteligencia surgida por esa ruta desentrañar su gran misterio? La respuesta la conocemos nosotros y no tiene connotación mística alguna: su creador (usando material biológico esculpido a lo largo de 3.500 millones de años de evolución) es el humano del siglo XXI Michael Levin. Él sería su insospechado Dios, movido por propósitos científicos que podrían acaso intuir.

La IA la creamos también nosotros, sacando provecho de una capacidad de computación inherente a la naturaleza. Una superinteligencia nacida de esta senda, hibridada probablemente con lo orgánico, sí sabría perfectamente cuál es su origen: unos ingenieros humanos. ¿Y si la vida en la Tierra fue creada por algún tipo de inteligencia avanzada de desconocido soporte físico? Esta es la idea de la panspermia dirigida, aventurada por el codescubridor del ADN Francis Crick: las semillas de la vida habrían sido deliberadamente sembradas a lo largo y ancho del universo por una civilización extraterrestre.

Podríamos incluso especular que el propio universo ha sido creado por una superinteligencia, a su vez fruto de otra en otro universo. Universos anidados donde mora la inteligencia: ¿Una tramoya inconcebible con infinitos tableros donde un agente transcendental (una consciencia pura) está jugando?...

sábado, 20 de diciembre de 2025

Criado amorosamente para acabar abatido como pieza de caza


Bien que se hizo esperar, ¡por fin!, ¡muchas felicidades!, la placidez durmiendo al poco tiempo de llegar al mundo, ya limpio y bien abrigadito entregado a su madre, ¡qué ojos más grandes!, en la cuna portátil dentro del coche familiar hacia la que será su casa, su habitación decorada con dibujos de animalitos, la cuna de madera recién comprada y con sábanas limpias que huelen a limón, el muñeco perruno Trapito al que pronto se aferra, la primera vez que sonríe, el primer día en la guardería, Nana le cuida allí mucho, las malas noches por la tos con su madre insomne a su lado, el gozo del agua caliente y el de la esponja en la bañera de plástico, el pato de goma amarillo que se tira pedos, la primera vez que se lanza a andar por el pasillo de casa, el cuento personalizado de Los tres cerditos de su padre antes de irse a dormir, el confort de la manta con que le cubre antes de darle un beso en la frente, "qué piel más suave" le dice su madre al acariciarle la cara, primera fiesta de cumpleaños de la que disfruta plenamente, ¡y que cumplas muchos más!, la función en el colegio vestido de ángel, mira lo que te ha dejado el ratoncito Pérez por el diente, la llama de la ilusión en sus ojos, cochecito con el que recorre la mesilla baja del televisor diciendo "bruum bruum", un niño le pegó en el cole, el disgusto a duras penas reprimido que acaba en llanto, el abrazo de consuelo, ese niño es un idiota, el rostro húmedo aliviado, reconfortado hasta lo más hondo, mis padres me quieren incondicionalmente, me dan de comer y me cuidan, las vacaciones en la playa, el gozo de las zambullidas en la piscina, el helado de mango, la ilusión de los Reyes Magos, las casas de los abuelos, sus tíos, sus primos, aprendiendo a nadar en el colegio, jugando a la pelota con los pequeños vecinos de la urbanización, la caída aprendiendo a montar en bicicleta y la nariz magullada, fascinado observando en el mapa de la tablet por dónde va ahora Papá Noel repartiendo regalos, su padre le ha enseñado a jugar al ajedrez, las gafitas que le han puesto para ver bien de lejos (¡mira qué bonitas son!), el primer día que sale solo a la calle a comprar el pan (su padre detrás vigilando disimuladamente si cruza bien la calle), el desconsuelo enorme al enterarse de que no existe el Ratón, se le caen las lágrimas, se viene abajo también la creencia en los Reyes Magos al poco tiempo, las molestias por el aparato corrector en los dientes (¡ya verás qué bien cuando seas mayor!), los partidos de baloncesto de su equipo, los ánimos y aplausos, el orgullo de la canasta en el último segundo, de vuelta a casa en el coche para ducharse y comer y jugar a la Play, las fiestas de cumpleaños con los amigos, el perrito de la prima al que tira la pelota de tenis para que la recoja, le gustan mucho los perros y los gatos, los dibujos animados de la Pantera Rosa y la película de Mister Bean con las que se muere de risa, la ilusión de los viernes por la tarde, los pedidos de pizza a domicilio, la primera salida nocturna con los amigos, la canción del verano, el despertar sexual, los Youtubers que le entretienen, los partidos del Atleti en la tele, me gusta una chica, el primer beso, el agobio de los exámenes, la satisfacción indisimulada por las buenas notas, sus palabras en la fiesta de graduación, el abrazo con sus compañeros vestidos con traje y corbata, los planes para estudiar en la universidad y sacarse el carné de conducir...

El disparo certero en la cabeza (tanta veces acariciada) de un francotirador multimillonario que ha pagado cientos de miles de euros para cobrarse la primera pieza que se le pusiera a tiro ese día desde la azotea, la estampida y la caída al suelo como un guiñapo inerme, el cuerpo rígido y descoyuntado en medio de la sucia acera, las gafas fracturadas a su lado, le quedaban unos días para cumplir 18. Había salido a comprar pan. Sus padres aún tardarán unos minutos en saber que un hombre ha roto lo más amado por ellos en el mundo. Y nunca sabrán que ese mismo tipo está ahora celebrando su gesta risueño, jarra de cerveza en mano, junto a varios colegas en un club privado. Dios aún no sabe lo que ha pasado porque todavía no existe.

domingo, 23 de noviembre de 2025

La inquisición cientificista como lastre a la ciencia y el conocimiento


Hace un año critiqué en este blog la soberbia intelectual del cientificismo por pretender que la ciencia es la única fuente válida de conocimiento. Fue en una entrada en la que traía a colación a Federico Faggin y Àlex Gómez-Marín, dos personas que no solo comparten formación científica sino también haber tenido una experiencia paranormal (mística, en el caso de Faggin; cercana a la muerte, en el de Gómez-Marín) y cambiado su campo de actividad profesional (la ingeniería eléctrica y la física, respectivamente) por el estudio de la consciencia, en el que se han destacado por sostener enfoques heterodoxos.

El cientificismo conlleva una mirada estrecha del mundo y suele imbuir a quienes lo profesan de un espíritu inquisitorial contra cualquier intento de salirse un milímetro de su marco. La metafísica seria y la experiencia mística son objeto de su desprecio, metiéndolas en el mismo saco que el de la superchería y la pseudociencia. Hay que reconocer que la frontera de estas con aquellas es a veces tenue, pero no menos que la que separa lo cursi de lo sublime. Ahí está el buen criterio de cada cual para distinguir lo uno de lo otro. El cientificista considera que si la ciencia no puede dar respuesta a algún misterio, no habría respuesta posible a este desde cualquier otro ámbito. Además, toda pregunta al respecto carecería de sentido. Entre estas preguntas figuran las de por qué existe algo en vez de nada, qué es la materia/energía, qué son las verdades matemáticas, qué significado tiene el infinito o en qué etéreo espacio moran los sueños. 

El cientificismo obvia que la ciencia moderna tiene fundacionalmente unos límites, marcados en el siglo XVII por Galileo: solo puede referirse a la faceta objetiva del mundo, la mensurable que puede ser expresada lógica y matemáticamente. Pero la faceta subjetiva está fuera de su alcance por mucho que pretenda lo contrario. La neurocientífica Mary (estrella del olimpo de los experimentos mentales), que siempre ha vivido en un mundo en blanco y negro, puede tener un conocimiento objetivo completo de lo que es el color rojo (en términos físicos de longitudes de onda electromagnética), pero no sabe íntimamente lo que es la rojez hasta que un día sale de su mundo para entrar en un universo en color. Ese conocimiento íntimo no viene de su saber científico sino de su subjetividad, de su consciencia, de su "qué es ser la neurocientífica Mary".

Precursor del positivismo lógico, Ludwig Wittgenstein nos invitó a "callar" acerca de "lo que no se puede hablar", pero la curiosidad está inscrita en nuestra naturaleza (realmente, en la de todo ser vivo). No hay palabras para describir el acceso a un nivel inefable de la realidad, pero ello no quita que sea una realidad genuina e innegable (incluso hiperreal) para quien la experimenta. Pese a los espectaculares avances en el ámbito de la neurociencia, seguimos sin saber qué es la subjetividad. Solo una ciencia de la consciencia que integre la cara subjetiva del mundo en su marco analítico podría lograrlo, aunque está por ver que eso sea posible ya que la consciencia es el punto ciego de la ciencia. Todo nuestro conocimiento científico se canaliza a través de la consciencia, de modo que la pretensión sería la de tener un conocimiento de aquello merced a lo cual tenemos precisamente conocimiento. Como dice Erik Hoel, "las dificultades para crear una ciencia de la conciencia pueden significar que la propia ciencia es incompleta debido a la autorreferencia, de manera similar a como las matemáticas son incompletas, conforme a lo que demostró Gödel".

Gómez-Marín propone una mirada científica amplia que no descarte que la mente vaya más allá del cerebro (en línea con Henri Bergson, considera que el cerebro podría ser más una antena o filtro que un productor de contenidos). Y que tenga la audacia de acercarse al estudio de experiencias en los lindes de la normalidad, como las cercanas a la muerte o las místicas, y de fenómenos paranormales como la percepción extrasensorial. "No deberíamos frenar el progreso científico arrojando estigma sobre el enigma", dice el físico y neurocientífico español. "Tales anomalías son un regalo invaluable porque sugieren que nuestras actuales teorías son demasiado limitadas". Este planteamiento ya le ha supuesto ser linchado por una parte de la comunidad científica. Quizá no exagere Gómez-Marín al sostener que el cientificismo es la peor pseudociencia, por tratarse de un ejercicio de dogmatismo en el nombre mismo de la ciencia. Sin amplitud de miras, mucha imaginación y audacia, el estudio de la consciencia seguirá empantanado.


viernes, 24 de octubre de 2025

La inteligencia como agente cincelador en un universo computacional


La inteligencia consiste en encontrar racional y creativamente atajos para obtener soluciones u objetos de otro modo muy improbables, ya que tardarían una eternidad en salir del limbo de lo posible confiándolo todo a la aleatoriedad. Un ejemplo es el cubo de Rubik: hay modos inteligentes de completarlo que no requieren, a diferencia de una manera estúpida o puramente azarosa, de un tiempo infinito. 

Eso sí, hay un número mínimo de pasos para llegar a la solución del cubo de Rubik. Como también hay un mínimo ineludible de pasos para construir una nevera, montar un mueble, llegar al final de un videojuego o hacer un café expreso, o para viajar a Estocolmo o alcanzar las 23:00 horas de mañana aquí en la Comunidad de Madrid (en este último caso solo sería cuestión de esperar, confiando en que sigamos vivos). Aquí salta a la palestra el concepto de irreducibilidad computacional de Stephen Wolfram, para quien todo lo que ocurre en el universo es fruto de alguna computación: ninguna inteligencia puede adelantarse a la ejecución de un programa si este es no trivial; o sea, distinto a uno que generase, por ejemplo, el resultado recurrente 010101010101... Ello impide resolver el cubo de Rubik de manera instantánea, así como saber qué va a ocurrir en el partido de fútbol de esta noche (goles, oportunidades, lesiones, expulsiones...) o saltarse el tiempo que media hasta mañana a las 23:00. Para llegar al resultado de una computación hay que esperar necesariamente a su ejecución. 

Sin embargo, a nivel macroscópico hay bolsas de reducibilidad que permiten a una inteligencia como la nuestra, ubicada en un espacio intermedio entre la escala más pequeña y la más grande del universo, tomar decisiones cabales y hacer predicciones probabilísticas, como el signo del susodicho partido (caso de que un equipo sea mucho mejor que otro), el tiempo que hará en Soria dentro de 24 horas o la afirmación de que mañana volverá a amanecer con casi absoluta certeza. Las proyecciones de grano grueso, que no precisan de un conocimiento detallado de la dinámica microscópica de un sistema, permiten no solo tomar decisiones cotidianas como cambiar de acera si vemos a un tipo armado con un hacha (no hace falta una información celular, molecular o atómica del sujeto) sino incluso pronosticar el clima en la Tierra dentro de 500 millones de años.

Toda computación es una sucesión de pasos conforme a un algoritmo o serie de reglas. El tiempo, para Wolfram, sería nada más y nada menos que eso: la ejecución de una computación. La vida, única forma de inteligencia que conocíamos antes de la llegada de los ordenadores, es un proceso computacional en espacios de posibilidades como el molecular, el morfológico (el espacio platónico en el que están todos las bioformas o posibles configuraciones anatómicas), el fisiológico o el 3-D en que nos movemos los individuos. Es un elemento ordenador del universo, superpuesto a las leyes físicas que le sirven de soporte. Conforme a su concepción de todo ser vivo como una inteligencia colectiva jerárquica, Michael Levin prefiere hablar de policomputación conjunta anidada en todos esos espacios, desde la transcripción de genes y los procesos metabólicos hasta la conducta del yo superior jerárquico.

Es imposible que un ser vivo complejo surja aleatoriamente o de golpe, como un cerebro de Boltzman, saltándose un largo proceso evolutivo. Una bacteria, un rinoceronte o un humano son objetos contingentes muy improbables si no hay una inteligencia que guíe, constreñida por el inapelable tribunal de la selección natural, su alumbramiento. Por eso Sara Imari Walker dice que los organismos vivos tienen una gran profundidad causal: requieren numerosos pasos para ser ensamblados inteligentemente por la naturaleza (por patrones platónicos, según creen Levin y George Ellis). Todo humano y todo objeto fabricado por nosotros, ya sea material o abstracto, es parte de un linaje profundo surgido hace unos 3.800 millones de años con el primer ser vivo. 

La teoría del ensamblaje desarrollada por Lee Cronin y Walker define el índice de ensamblaje como el número de pasos necesarios para construir de manera secuencial un objeto. Los experimentos realizados con moléculas en laboratorio apuntan que 15 es el umbral por encima del cual un objeto no puede haber surgido aleatoriamente. Si halláramos al menos dos ejemplares del mismo tipo, todo indicaría que se trata o bien de alguna forma de vida o de algún producto creado por esta, como para nosotros lo son los teléfonos móviles, las bicicletas o los tortellini. 

El objeto abstracto más complejo cincelado por nuestra especie es el lenguaje, que además ha sido fundamental para nuestra evolución. Los modelos grandes de lenguaje (LLMs) como ChatGPT navegan en ese espacio insondable que ha conformado nuestra mente pese a afectar solo a su parte más superficial: la consciente. Por el contrario, el lenguaje humano (expresado en sus numerosos idiomas) representa todo para un LLM: no hay aparentemente otra cosa en su mundo. Hasta la llegada de las modernas redes neuronales, la inteligencia artificial operaba de manera determinista, sin contar con grado alguno de libertad. Ya empieza a ser diferente gracias a haber heredado de nuestro linaje el enorme poder generativo de la manipulación de símbolos propia de una gramática avanzada.

Las lenguas humanas no existían al comienzo del universo, como tampoco estaban en el momento 0 del Big Bang el oro, el amoniaco, los planetas, los crustáceos o los riñones. Son una emergencia más, a la que se añadirían posteriormente la música barroca, el acero, el teléfono, Facebook, los LLMs o los xenobots. Todos estos últimos ya son consecuencia de la condición de agentes causales inteligentes de los humanos.

Para Erik Hoel, emergencia y poder causal están estrechamente relacionados. A nivel microscópico atómico hay demasiada aleatoriedad para que pueda haber causalidad genuina. Es a nivel macroscópico, en el cual se manifiestan las emergencias, donde la causalidad es lo suficientemente sólida, ya que puede corregirse el ruido aleatorio inherente a la base del sistema: la efectividad causal no depende de una determinada configuración de los átomos, ya que es compatible con muchas de ellas (múltiple realizabilidad). Por eso, en esta escala macroscópica en la que se mueven los seres vivos -Levin añade cada una de sus células y las redes moleculares de regulación genética- es donde únicamente puede hablarse de propósito y sentido.

La causalidad se ejerce pues principalmente de arriba hacia abajo, lo que se observa claramente en todo sistema biológico (por ejemplo, los yoes emergentes alteran sus tejidos musculares con sus movimientos voluntarios) o informático (los programas alteran la dinámica de los electrones al abrir o cerrar puertas lógicas). La múltiple realizabilidad evita depender de un estado microscópico en particular: el objetivo de subir la temperatura de este salón a 21 grados, activando el termostato del sistema de calefacción, es compatible con un número enorme de estados microscópicos.

Es en suma la inteligencia en cualquiera de sus manifestaciones (¿quizá un agente transcendental multiavatar?) la que esculpe la realidad en su navegación por un espacio platónico con un potencial creativo infinito. Y lo hace gracias a la información, moneda de la complejidad, que permite estructurar la materia en el espacio y el tiempo imponiéndose a la aleatoriedad. 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Adiós a la democracia?


La democracia peligra en Occidente. No es una sorpresa para toda persona medianamente informada. Desde hace años se vienen sucediendo señales y síntomas de que el sistema de libertades que gozamos, cuya conquista costó tanta sangre, sudor y lágrimas a nuestros antepasados, podría estar al borde del abismo. Y, por desgracia, no hay muchas razones para ser optimista. 

En su libro Síndrome 1933, el italiano de origen judeo-turco Siegmund Ginzberg constata de manera muy inquietante las semejanzas entre nuestro mundo actual y el de los primeros años 30 del siglo pasado: el deterioro de las instituciones, el desprestigio de la actividad política, la polarización ideológica, el antiintelectualismo grosero, la deshumanización del adversario, el creciente recurso a la violencia política... La memoria histórica, que había funcionado eficazmente como vacuna para conjurar siniestros fantasmas del pasado, empieza además a evaporarse: en España, no pocos veinteañeros apenas saben quién era Franco y qué hizo; en Alemania, los jóvenes vuelven a sentirse atraídos por los herederos ideológicos de quienes destruyeron su país y casi toda Europa hace 80 años.

En su ensayo Nexus, el historiador israelí Yuval Harari apunta el nocivo efecto de las redes sociales sobre la verdad, la convivencia y la propia democracia, por culpa en parte de algoritmos que priman la viralidad por encima de cualquier otra cosa. Un ejemplo terrible es el de las matanzas de la minoría rohingya en 2016 y 2017 en Birmania, instigadas involuntariamente por un algoritmo de Facebook empeñado en presentar a los usuarios birmanos vídeos muy virales incitadores del odio. Facebook y X (el Twitter rebautizado por Elon Musk) también ha sido utilizados exitosamente para interferir de manera deliberada en procesos electorales, como el que condujo el año pasado a la segunda presidencia de Trump. El propio dueño de X se ha convertido en un propagador y alentador de mentiras y discursos de odio en su plataforma.

Un elemento característico de nuestras sociedades es la desinformación generalizada. Antes de Internet y las redes sociales, la mayoría de la gente pasaba ampliamente de la política y había mucha ignorancia a ese respecto. La democracia y sus libertades se daban y se siguen dando erróneamente por sentadas, tanto como el aire que respiramos. El problema ahora no es tanto la ignorancia como la desinformación, muy relacionada con la infoxicación: la permanente exposición a un torrente no filtrado de información, buena parte de la cual es errónea o falsa. Todo el maravilloso saber humano está a nuestra disposición a golpe de clic, pero contenido en un gigantesco estercolero donde hay que saber buscar.

Las redes sociales nos han conectado mucho más, pero al precio de potenciar la desinformación, polarizarnos políticamente, promover trastornos psicológicos (como la anorexia) en los más jóvenes y empoderar a cualquier necio o ignorante que sepa al menos abrir un blog, subir un vídeo a YouTube o poner un tuit o un tiktok. La democratización de la producción de contenidos informativos, culturales y de entretenimiento (antes había que pasar el filtro de una editorial, un consejo de expertos o una productora) ha supuesto la quiebra del principio de autoridad, abriendo la puerta a una legión de influencers que antes de la era de Internet solo podían aspirar a jugar en la liga de los cuñados y ahora sientan cátedra en nutrición, epidemiología, dermatología, gestión forestal, meteorología o relaciones internacionales. Que cualquiera pueda publicar lo que le plazca sin ningún control de calidad y veracidad, compartiéndolo fácilmente sin cortapisa alguna, no podía salirnos gratis: lo vimos en la pandemia de Covid (con los movimientos antivacunas) y lo seguimos viendo con el negacionismo del cambio climático, así como en modas disparatadas como el sunburning (tomar el sol sin protección), la ingesta de carne cruda o la pigmentación del iris para cambiar el color de los ojos. Episodios políticos como el Brexit o las victorias en las urnas de ultras populistas no habrían sido posibles sin este clima de desinformación, al que también ha contribuido cierta prensa amarilla.

Todo esto se enmarca en un escenario socioeconómico problemático, en el que hay perdedores de la globalización que afrontan con mucha inseguridad el futuro. La creciente población inmigrante, cuya integración no suele ser fácil y que en ocasiones prospera a ojos de los nativos empobrecidos, se convierte en el chivo expiatorio propicio. El populismo se nutre de ese malestar social, de la frustración por no encontrar trabajo o tener una ocupación muy mal pagada, de no poder permitirse una vivienda digna o una sanidad de calidad, de los problemas de inseguridad en las calles asociados a una inmigración descontrolada, del rencor de algunos hombres hacia mujeres más preparadas y mejor pagadas que ellos, del sentimiento de agravio de las clases más bajas ante élites económicas y culturales que supuestamente las desprecian y ningunean. Y los populistas aprovechan las redes sociales como potentes altavoces multiplicadores de su ideología divisiva y tóxica, presumiendo de ser pueblo y hablar el lenguaje del pueblo (aunque sus líderes sean habitualmente multimillonarios).

A las redes sociales se ha sumado como potencial amenaza una IA puesta al servicio de gobernantes con vocación de autócratas. No obstante, Harari explica que un sistema democrático es más resistente a sucumbir a una IA maligna que una autocracia, al incluir en su red una oposición política, una justicia independiente y medios de comunicación libres. Si el tirano ya está establecido, si se ha deshecho de esos obstáculos (en ello están Orban, Erdogan o Trump, siguiendo la estela de Putin), el riesgo de una superinteligencia en sus manos es el de una dictadura totalitaria perfecta como la de 1984 de Orwell.

El autor de Síndrome 1933 considera que, a la vista de la experiencia de la Alemania de entreguerras, "las elecciones libres son la sal de la democracia. Sin embargo, en exceso no le hacen ningún bien. De hecho, existe el riesgo de que la maten". "El caso de Weimar representa un clamoroso ejemplo de cómo se puede llegar a la catástrofe no por el desapego, sino por una mayor implicación del electorado", añade más adelante. Otro de los parecidos con la Europa prebélica de 1933 es el sorpasso de la derecha populista a la tradicional, como ya ha ocurrido en Francia e Italia y amenaza con suceder en otros lugares como España o Alemania. La izquierda socialdemócrata también ha sido superada en varios países por la izquierda radical. El mapa político de la Europa de 2025 ya poco tiene que ver con el surgido tras la II Guerra Mundial, con democristianos, liberales y socialdemócratas como fuerzas hegemónicas moderadas en torno al centro.

La epistocracia (una democracia restringida a quienes acrediten ciertos conocimientos de lo que están votando) es la idea que plantea Contra la democracia, un provocador ensayo de 2016 del norteamericano Jason Brennan que la presenta como el posible remedio para salvar a la democracia de la ignorancia y necedad del electorado. No creo que ande muy equivocado, a la vista de muchos resultados recientes en las urnas. Aunque todo político con aspiraciones siempre dirá que el pueblo es sabio y nunca se equivoca, lo cierto es que son mayoría los que Brennan etiqueta como hobbits (totalmente indiferentes a la política) y hooligans (votantes irracionales y sesgados), muy vulnerables a la desinformación. 

Por si fuera poco, tenemos en Europa la amenaza militar de Rusia, donde un autócrata nacionalpopulista ha erigido, con el apoyo de buena parte de su pueblo, un régimen neozarista (que pone una vela a los zares y otra a Stalin) por el que suspiran todas las ultraderechas de Occidente. Ello no es incompatible con tener unas excelentes relaciones con el régimen chino, la monarquía norcoreana o sátrapas populistas de izquierda como Maduro u Ortega. La amenaza rusa coincide con una Unión Europea inane y asediada por los populismos. Y con unos EEUU en una marcada senda autoritaria e incluso guerracivilista, con Donald Trump como epítome del triunfo de la mentira, la ignorancia, la brutalidad y la grosería.

Desde luego, si perdemos la democracia será en buena medida por nuestra culpa. Los ciudadanos seremos los principales responsables porque somos los que llevamos a populistas al poder y les reímos las gracias, los que no hacemos el esfuerzo de contrastar las noticias que nos llegan por las redes sociales, los que damos pábulo a voceros magufos y conspiranoicos. Ya dijo proféticamente Carl Sagan que sin pensamiento crítico estaríamos a merced del primer charlatán que nos pasase por delante. Uno de esos charlatanes ya tiene a su alcance el botón rojo nuclear de EEUU. No es para estar precisamente tranquilos.

miércoles, 13 de agosto de 2025

La ilusión en un mundo donde matan a niños de hambre

Autor: Willi Wax

Muchos estaremos siempre agradecidos al gran Bruce Springsteen por su música y sus letras. Pese a ser una persona golpeada recurrentemente por la depresión, no pocas de sus mejores canciones son una invitación a levantarse cada día con ilusión y disfrutar de las cosas realmente importantes en la vida: el amor, la amistad, los pequeños momentos cotidianos de felicidad...

"Dancing in the Dark" es un canto a mantener la ilusión contra viento y marea, a desafiar la monotonía y buscar siempre en el mundo esa chispa sin la cual no puede encenderse un fuego vital que nos es casi tan necesario como el agua. En "All that Heaven Will Allow", al protagonista no le importa tener solo un dólar en el bolsillo o que el portero no le deje entrar a bailar en la discoteca: el saberse querido por su novia, el tener un anhelo compartido con ella, ya le basta. Para ser dichoso, desde luego, no hace falta tener mucho más que algunas pocas cosas que no se venden en el mercado. Y "No Surrender" es un himno a perseverar, a no tirar la toalla y seguir creyendo en nuestros sueños. The Boss nunca se ha rendido a esa depresión que le persigue desde que tenía 32 años. El sólido vínculo con Patti Scialfa (su esposa y compañera de banda) y la música han sido seguramente sus salvadores.

¿Pero es posible la ilusión cuando en ese mismo mundo que es fuente de alegría e inspiración también campan la crueldad, el sufrimiento, la enfermedad, el desamparo y el horror (basta con asomarse a un telediario para ser testigo)? Borges ya dijo con buen criterio que la felicidad es mucho más frecuente que la desdicha, que no hay un día en que al menos en algún instante no estemos en el paraíso. Esto podemos observarlo en los niños pequeños y las mascotas. Y también en los animales salvajes, pese a estar en todo momento expuestos a la necesidad y la depredación. El placer de vivir es por lo general más habitual que el dolor. Nunca se abre un telediario con la noticia de que una pareja anónima se ha besado por primera vez, de que alguien ha disfrutado de la brisa marina tumbado a la sombra en una hamaca o de que otra persona corriente ha disfrutado viendo una película o comiendo una paella en familia.

Sin embargo, es innegable que hay una cara fea, injusta e incluso horrible del mundo. Podemos llegar a asumir la crueldad de una naturaleza de colmillo y garra ensangrentados de la que nos hemos emancipado hace miles de años para hacernos supuestamente civilizados. Podemos -de hecho, solemos- mirar a otro lado cuando hemos cambiado para otros seres sensibles el "colmillo y garra" por la inyección letal o la trituradora de carne. Podemos incluso aceptar que estamos aquí de paso y que la salud, el vigor y la fortuna algún día terminarán por abandonarnos. ¿Pero es posible no caer en el derrotismo o el cinismo viendo que lo peor de la película de la humanidad se repite una y otra vez, que la maldad sigue galopando a lomos de la ignorancia y la estupidez, que las víctimas de genocidas se convierten en genocidas y volvemos a encaminarnos a escenarios sombríos que pensábamos ya superados?

La búlgara María Popova suele hablar mucho de esto en su maravilloso blog, haciéndose eco de lo que nos enseñan pensadores, artistas o simples seres humanos sin más credenciales que su inspiradora experiencia vital. En uno de sus posts nos cita estas palabras escritas por John Steinbeck en una carta a un amigo con motivo de la llegada del nuevo año 1941: "Lo que vemos no es muy bonito… Así que nos adentramos en este feliz año nuevo sabiendo que nuestra especie no ha aprendido nada, que como raza no puede aprender nada; que la experiencia de diez mil años no ha marcado los instintos del millón de años que la precedieron". Pero Steinbeck se resistía a perder la esperanza, consciente de la naturaleza humana dual en la que el bien es tan inerradicable como el mal: "No es que haya perdido la esperanza. Toda la bondad y el heroísmo resurgirán, luego serán aniquilados y resurgirán. No es que el mal gane -nunca lo hará-, sino que no muere". 

Stefan Zweig y su esposa Charlotte Altman sí arrojaron la toalla, suicidándose juntos un año después en su exilio brasileño. Si hubiesen esperado un poco más, habrían asistido al derrumbe del monstruo nazi. Hay que entender que Zweig ya había vivido 25 años antes los horrores de otra guerra mundial: es difícil no perder la esperanza en el género humano cuando has visto ciudades destruidas, reconstruidas y nuevamente destruidas.

Este post se suscitó hace unos días cuando vi unas espantosas imágenes de niños pequeños matados de hambre en Gaza por el Gobierno israelí del ultranacionalista Netanyahu. También supe de un diagnóstico de cáncer a una persona muy joven conocida. Igualmente constaté que ya tengo 57 años y medio, que la vejez empieza inadvertidamente a asomar la patita. Me puse a escuchar varias canciones de Bruce y volví a ver el sublime videoclip "Moving On" de la banda británica James (que descubrí, por cierto, gracias a una entrevista al filósofo Bernardo Kastrup). 

La vida es dura y el mal (tanto el natural como el humano) es perenne, pero no por ello aquella deja de ser bella, como reza la celebre película de Roberto Benigni ambientada en un campo de exterminio nazi. "No hay amor a la vida sin desesperación de vivir", escribió Albert Camus. Si solo fuera una senda de rosas, si no hubiera sinuosidades, daños y pérdidas en el camino, no sería tan hermosa y preciada. ¿Pero cómo contarle esto a quien ha perdido a un hijo en un bombardeo o condenado a la inanición en Gaza? (o a un pollo o un cerdo destinados al matadero, si acaso pudieran entendernos). Intuyo que el terrible dolor por la muerte de un ser querido se multiplica cuando el causante no es una enfermedad o un accidente sino un acto criminal de un congénere.

Los vínculos con el prójimo, sobre todo con nuestros seres queridos, son los que dan sentido a la existencia más allá de lo que poco o mucho que esta dure. Y la gente más feliz es la que más da de sí misma a otras personas, no necesariamente humanas. ¿Pero es suficiente saber esto para levantarse cada mañana con alegría cuando uno al mismo tiempo es consciente de la fragilidad y fugacidad de nuestra condición, siempre a merced de un posible suceso fatal o de un zarpazo de la maldad o estupidez humanas? Popova tiene un post dedicado a la pérdida en sentido amplio, incluyendo no solo la muerte sino las rupturas de pareja, los fracasos personales, los desengaños vitales, los peajes cobrados por el paso del tiempo... Allí dice: "La medida de la vida, su significado, puede ser precisamente lo que hacemos con nuestras pérdidas: cómo convertimos el polvo de la decepción y la disolución en arcilla para la creación y la autocreación, cómo hacemos de la pérdida una razón para amar más plenamente y vivir más profundamente". 

Para Nietzche, la única solución digna ante la adversidad y la pérdida es bailar, aceptando la existencia con todo su fondo trágico sin autoengañarse. Por el contrario, William James propone la esperanza religiosa como llave para encontrar un sentido y acceder a profundas y valiosas experiencias vedadas a quienes, atados por un pensamiento racionalista, no dan el salto de fe. Philip Goff lo dio no hace mucho al convertirse a lo que él etiqueta como un "cristianismo herético". "La vida es corta y hay muchas cosas inciertas. Todos tenemos que dar nuestro salto de fe, ya sea por un humanismo secular, una de las religiones o simplemente una vaga convicción de que existe una realidad más grande. Al decidir, es importante reflexionar sobre lo que probablemente sea cierto, pero también sobre lo que probablemente traerá felicidad y plenitud", escribe el filósofo inglés. Unos pocos, como Ray Kurzweil, depositan toda su esperanza en una singularidad tecnológica que libere a la humanidad de todos sus males, incluida la muerte. Cada uno debe encontrar su camino, no necesariamente el mismo.

Las canciones, las palabras y el testimonio de artistas, creadores y pensadores como Springsteen, la banda James, Steinbeck (ya desaparecido, pero no su obra), Popova o Goff son un aliento, un consuelo, una semilla para la reflexión. Su existencia no es menos necesaria que la de un panadero, un fontanero o un electricista: no es cosa menor contribuir a preservar la ilusión en un mundo donde, entre otras atrocidades, se sigue matando a niños de hambre.

viernes, 11 de julio de 2025

¿La muerte como fracaso de la inteligencia?

El biólogo Theodosius Dobzhansky acuñó el siglo pasado una célebre frase: "Nada en biología tiene sentido excepto a la luz de la evolución". Décadas más tarde, el tambien biólogo Michael Levin propone corregir esta máxima, reemplazando evolución por teleología. Porque es evidente que los seres vivos (también subentidades como las células y las redes moleculares, y quizá entes más exóticos como una IA) tienen propósitos y actúan en consecuencia. 

Según Levin, cada ser vivo es una inteligencia colectiva jerárquica en la que todos sus niveles, desde el personal superior (nuestro yo) hasta el molecular-celular basal, conspiran para mantener la supervivencia y perseguir otros objetivos. Una inteligencia que opera en distintos espacios (el transcripcional genético, el fisiológico o metabólico, el anatómico, el tan familiar para nosotros 3-D...), con mecanismos de corrección de errores y reparación de daños que hacen posible el milagro de seguir viviendo cada día. Hasta que llega la fatídica hora de morir.

¿Es la muerte un fracaso de esa inteligencia colectiva, derrotada por un azaroso accidente irreparable, el zarpazo de otra inteligencia depredadora o parasitaria, un error o desalineación interna (caso del cáncer), un envejecimiento que acumula daños en el cuerpo que este ya no es capaz de afrontar?... ¿Puede la inteligencia en la cima de la pirámide jerárquica resolver ese fallo y sobreponerse a la selección natural?... ¿Podremos ser los humanos como las hidras o las planarias, pequeños animales acuáticos cuasi inmortales por tener la capacidad de regenerarse indefinidamente?... 

El conocido gerontólogo Aubrey de Grey confía en la medicina regenerativa o de mantenimiento para lograr ese sueño quimérico de la inmortalidad, aunque nadie estaría nunca a salvo de un accidente o asesinato. La idea clave es no interferir en el proceso mediante el cual el complejo fenómeno del metabolismo causa los daños en el organismo, ni en el subsiguiente proceso merced al cual estos causan las enfermedades, sino limitarse a reparar los desperfectos como hace un mecánico con un automóvil. La materia encontró hace unos 4.000 millones de años una forma de ordenarse, replicarse y avanzar en complejidad sobre unas bases más o menos firmes. ¿No estaremos a las puertas de otro hito de esa materia ya viva, ahora guiada por una especie humana auxiliada por -o acaso hibridada con- una inteligencia artificial?...

Según el ingeniero y futurólogo venezolano José Luis Cordeiro, no solo el envejecimiento y la muerte son un error sino también nuestro propio diseño. En una conferencia pronunciada en Panamá en 2015, Cordeiro dijo a los asistentes: “Todos ustedes aquí están por error. Ustedes forman parte de la última generación humana que no ha sido diseñada. En el futuro vamos a diseñar a nuestros hijos como queramos, con los genes que queramos”. En esa misma línea transhumanista se encuentra el gurú de la Singularidad Ray Kurzweil, que aspira a escapar de la muerte por envejecimiento y a descargar su propia mente en un soporte computacional más a prueba de accidentes que el orgánico. Deposita para ello sus esperanzas en el advenimiento de la Singularidad, fusión de cerebros humanos, inteligencia artificial e Internet que ya predijo hace dos décadas.

¿Pero podemos considerar a la muerte como un error o fracaso?... Para un individuo claramente lo es, ya que representa su desaparición física. La muerte es el final de todos los placeres (grandes y pequeños), anhelos, ilusiones y propósitos, aunque también de los padeceres. ¿Quién querría morir, salvo que su vida fuese un infierno? Pero si todos los organismos vivos se hicieran inmortales, la selección natural sería borrada de un plumazo. ¡No habría nada que seleccionar! Parece que sin muerte, sin una fuerte presión selectiva, la vida compleja e inteligente no habría surgido en nuestro planeta y no estaríamos aquí para contarlo. Ya no es que impalas o leones correrían mucho menos y serían menos listos y ágiles, sino que -al igual que nosotros- ni siquiera habrían llegado a existir. Desde este punto de vista biológico global, en un escenario de escasez de recursos, la mortalidad de los individuos sería un acierto para el avance de la vida en complejidad.

El biólogo Richard Dawkins diría que desde la óptica del gen también es un fracaso la muerte de los individuos fértiles, ya que al gen solo le interesa su replicación: cuantos más individuos con capacidad reproductiva, más contenedores para replicarse. Pero el esquema del gen egoísta de Dawkins empieza a ser impugnado por científicos como Levin, que considera el genoma más como un borrador o repositorio a disposición de agentes inteligentes (no es el caso de un gen, sí el de una red molecular o una célula) que como un plano constructivo ya determinado a semejanza del de una casa o una obra ingenieril.

La vida sería pues un combate perenne de la inteligencia contra la segunda ley de la termodinámica, que empuja todo hacia el desorden. Esa creciente entropía es lo que hace que las cosas tiendan a desordenarse y a estropearse o romperse a medida que pasa el tiempo: las casas, los coches, los libros, los ordenadores, los cuerpos… La vida actúa precisamente en sentido contrario (no es un fenómeno entrópico sino neguentrópico): consiste en la creación y mantenimiento de islotes de orden, en permanente batalla para no disolverse en un entorno cada vez más desordenado. O sea, para no estar en equilibrio energético con este, lo que es sinónimo de muerte. Vivir solo es posible manteniendo gradientes: en humanos, por ejemplo, la diferencia entre los 36ºC y los 50º si estamos en el desierto del Sahara a mediodía en verano o entre los 36º y los -50º si estamos en Siberia a medianoche en invierno. Sin otros dos gradientes térmicos, nuestro planeta ni siquiera habría alumbrado la vida: el que hay entre el interior caliente de la Tierra y su superficie y, sobre todo, el existente entre el ardiente Sol y su entorno planetario.

Quizá estemos equivocados al asumir la muerte como algo insoslayable, impuesto por la dictadura de la segunda ley. Los avances científicos y tecnológicos que se esperan en un futuro próximo hacen albergar esperanzas a los transhumanistas. Kurzweil critica "racionalizar la tragedia de la muerte como una buena cosa", algo que hacen no solo las religiones sino también humanistas enfrentados a lo que consideran (el transhumanismo) una amenaza directa a nuestra propia esencia como Homo sapiens. ¿Pero acaso existen esencias fijas, no dinámicas? Si hay una verdad universal irrebatible, esa es el cambio: nada permanece igual, todo se transforma. 

El temor a que la erradicación de la muerte prive de sentido y valor a nuestras vidas tiene un fundamento. Pero no parece muy deseable vivir a merced de un "accidente sin sentido", como dice Kurzweil. Ni de graves infecciones o enfermedades degenerativas que nos empujen a la tumba tras un sufrimiento indecible. Un mundo sin muerte podría permitirnos una existencia más serena y espiritual, ensanchando el abanico y la profundidad de nuestras experiencias. Aunque no dejo de preguntarme: ¿Podríamos sentir tanta compasión por seres inmortales que por humildes mortales condenados a una existencia efímera? ¿Podríamos sufrir un terrible aburrimiento?...

Algunos cosmólogos aventuran que la muerte térmica del universo puede ser también evitable gracias a la vida inteligente (¡valga la redundancia!), que podría impedir de algún modo ese temido estado final de máxima dispersión y entropía (con una temperatura homogénea de -273ºC en todas las regiones del cosmos) en el que ya nada sucedería porque el tiempo mismo se habría detenido. ¿Vamos, en cambio, camino del Punto Omega soñado por el cura, científico y filósofo Pierre Teilhard de Chardin?...

Al final de El origen de las especies, Charles Darwin escribía: "Hay grandiosidad en esta visión de la vida". Se refería a la asombrosa diversidad de especies fruto de la acumulación gradual de pequeños cambios seleccionados por la evolución a lo largo de millones de años. Contemplar la vida como una navegación inteligente y creadora de la materia (¿pilotada por un agente trascendental?) a través del universo, para acaso acabar tomando sus riendas, es mucho más grandioso si cabe. 

miércoles, 18 de junio de 2025

Bernardo Kastrup y el destino personal

El neerlandés Bernardo Kastrup era un exitoso emprendedor y empresario, con juventud (en la treintena), un feliz matrimonio, dinero de sobra y reconocimiento social. Hasta que un día se le ocurrió desinstalar por su cuenta la sirena de un viejo sistema de alarma de su casa. El brutal sonido de la sirena al activarse le causó un daño auditivo que se manifestó en un grave tinitus: la percepción de un ruido de fondo constante, las 24 horas del día, que él describe como lo más parecido al sonido del taladro de un dentista. Este suceso lo sumió en un infierno, al punto de que llegó a plantearse seriamente el suicidio. Reconoce que si no lo hizo fue exclusivamente por falta de agallas.

Pasados los años, lo que podría interpretarse como un hecho fatídico se manifestó a la postre como una bendición: un punto de inflexión que llevó a Kastrup a estudiar filosofía, interesarse por el estudio de la consciencia y acabar siendo uno de los pensadores más relevantes (exponente del llamado idealismo analítico y director de la Fundación Essentia) en este ámbito. El propio Kastrup asegura sentirse en paz consigo mismo, pese a seguir acompañado por el dichoso sonido del taladro desde que se levanta hasta que se acuesta: dice que el tinitus es ahora más bien un acompañante, con el que se ha familiarizado tanto que a veces llega a olvidarse de él.

Al filósofo neerlandés le escuché hace tiempo afirmar, fiel a su idealismo analítico (conforme al cual todo el mundo físico es una mera proyección de una única mente fundamental, de la que cada ser consciente es un avatar o personalidad disociada), que el sentirse un receptáculo o canal de expresión de ideas o arquetipos mentales no disociados provenientes del inconsciente colectivo junguiano había supuesto para él toda una liberación. El entregarse a la voluntad insondable de una consciencia superior (la única consciencia, pero no disociada), el entender que su vida no giraba en torno a él sino a esa entidad transcendente, que el valor de su existencia no estribaba en disfrutar, estar cómodo o ser feliz sino en extraer significado de su sufrimiento, había contribuido a eliminar su metasufrimiento (el sufrir por el hecho de sufrir). No elegimos en el fondo nada, según Kastrup, ya que nos limitamos a cabalgar una ola ante la cual se despliega nuestro único grado de libertad: aceptarlo (fuente de serenidad) u oponerse (fuente de sufrimiento). La aceptación de su tinitus había sido fundamental para que este no acabara con él.

No comparto esta visión suya que niega el libre albedrío, ya que me inclino más hacia el planteamiento de Kevin Mitchell y Michael Levin: cada agente cognitivo del universo tendría un cierto margen de libertad, pese a estar muy constreñido. De hecho, esa constricción es lo que define a un agente y hace posible una mirada parcial y subjetiva del mundo. Lo que sí me resulta más convincente es su apelación, en la misma línea que el físico sudafricano George Ellis y siguiendo la estela de William James, a ideas o conceptos que se sirven de nosotros para materializarse: "Los pensamientos son los pensadores", en palabras de James. También me gusta cuando habla de extraer significado del sufrimiento.

Cuestión importante es saber si Kastrup y todos nosotros en el fondo no nos autoengañamos, racionalizando lo que nos ha pasado en la vida con una narrativa coherente que dé significado a sucesos dolorosos. Yo a veces también pienso que si no hubiera sido por episodios desagradables no estaría ahora mismo delante de mi hijo: quizá estaría frente a otro hijo, o una hija, o nadie... ¡o ni siquiera seguiría vivo! Estos pensamientos son reconfortantes y nos brindan un ancla y un sentido. ¿Pero no serán en realidad una ideación justificadora para seguir adelante, pergeñando un supuesto destino personal que acaso no sea más que puro azar?...


jueves, 22 de mayo de 2025

La tentación (¿utópica o distópica?) de contrarrestar el principio de Pareto


La naturaleza no es muy proclive a la igualdad, por no decir que tiende abiertamente a la desigualdad. El principio de Pareto o regla del 80/20 (en torno al 80% de los efectos proviene del 20% de las causas) captura una verdad universal que se manifiesta en multitud de ámbitos, desde el biológico al económico (ingresos, salarios...) pasando por la delincuencia, la siniestralidad, el deporte, la gastronomía o las citas románticas. No hace falta tener un doctorado ni ser muy perspicaz para comprobar que al 80% de las mujeres (o de los hombres) solo les atrae el 20% de los hombres (o de las mujeres). Atributos como la fuerza, la agilidad, la velocidad o la inteligencia son dispares entre especies, pero también entre congéneres de la misma especie. La depredación, la jerarquización, el dimorfismo sexual, el dispar acceso a los recursos o las diferencias en las tasas de supervivencia y la longevidad son expresiones de una desigualdad profundamente enraizada en el mundo de la vida.

Es innegable que, desde el nacimiento de la civilización en el neolítico, una minoría de humanos siempre ha atesorado la mayor parte de la riqueza y acaparado el poder político y económico. Algo parecido podemos observar en primates cercanos a nuestra estirpe, como los chimpancés. ¡Ya no hablemos de insectos sociales como las hormigas o las abejas! Por eso, como bien dice el jurista español Javier Pérez Royo, solo un principio político de naturaleza democrática puede corregir un principio económico de naturaleza oligárquica. Este es el cogollo de la socialdemocracia: enmendar los excesos de un sistema donde la "mano invisible" jamás conduce a la equidad y la justicia. El laissez faire del liberalismo más ingenuo perpetúa una desigualdad que sería el estado natural de la humanidad, debido a las disparidades naturales en la fuerza física, la inteligencia o las habilidades sociales.

Mucho se habla de justicia económica y social, pero a casi nadie se le ocurre impugnar el principio de Pareto más allá de lo político y socioeconómico. Si así fuera, los incels podrían reclamar el derecho a mantener relaciones sexuales (el problema es que no hay un deber de nadie de satisfacerlo). Y a las personas poco agraciadas físicamente les asistiría el derecho a ser igual de atractivas que las dotadas naturalmente de belleza. Dada la dificultad material de superar dicha desigualdad (quizá esto cambie en el futuro con la biotecnología y la IA), al menos podrían reclamar una discriminación positiva que compensara un hándicap de partida. Lo mismo aplicaría a las personas menos inteligentes o a las que carecieran de dones artísticos o deportivos. 

Lo cierto es que poca gente se rasga las vestiduras o duerme mal porque haya youtubers con millones de visitas y otros con apenas decenas, porque millones de personas siguieran el funeral del Papa Francisco en la tele mientras que solo tres acudían al de un pobre desgraciado anónimo, porque Manolo el del bombo tuviese menos seguidores en redes que Barack Obama (pero muchos más que la gente que duerme en el aeropuerto de Madrid), porque haya bastantes más aficionados al fútbol que a la petanca, porque Lamine Yamal sea mucho más reconocido socialmente que un prestigioso investigador oncológico y Katy Perry mucho más deseada que tu vecina de abajo, porque el número de hispanohablantes sea muy superior al de livoniohablantes, porque León XIV tenga mucho más carisma que Feijóo... 

El sueño del igualitarismo total podría ser una pesadilla distópica (ya lo ha sido el comunismo, con sus pretensiones igualitarias en lo socioeconómico), pero es más fácil decir esto si uno está en el quintil superior (por encima del 80% de la población) en atractivo, estado físico, inteligencia, creatividad, espíritu emprendedor o dotes de liderazgo que si está en el quintil inferior (por debajo del 80% de la población) en cada uno de esos aspectos. Se trata de aspectos extraeconómicos, pero que guardan una estrecha relación con el éxito económico y la posición social. Con respecto a las posibles mejoras físicas y cognitivas, el biólogo Michael Levin dice que "poner el grito en el cielo por las modificaciones corporales que algunas personas buscan en la actualidad será motivo de risa para las próximas generaciones". Un mundo futuro en el que, según Levin, los seres inteligentes no estarán "confinados a la forma y función estándar que les fue impuesta por los vaivenes de la mutación y la selección, ni por nuestra limitada capacidad e imaginación". 

En cualquier caso, ser Kim Kardashian, Cristiano Ronaldo, Jeff Bezos, Ed Sheeran, Roger Penrose o Angela Merkel no te hace necesariamente más feliz que el menos agraciado e inteligente de los humanos (o que el viejo mastín del solar cercano a mi casa que se pasa el día tumbado al sol). Por otra parte, el principio de Pareto es compatible con el de Sturgeon, que sostiene que el 90% de todo en cualquier ámbito (arte, literatura, filosofía...) es basura: puedes vender millones de libros o de discos y no dejar de ser un proveedor de mierda (escrita o sonora) a coprófagos.

miércoles, 30 de abril de 2025

Jugando a ser Dios: ¿Y por qué no?


Ray Kurzweil, gurú transhumanista y apóstol de la singularidad tecnológica, quiere vivir indefinidamente sin sufrimiento (revirtiendo incluso su envejecimiento) y volver a hablar con su padre ya fallecido. Deposita para ello sus esperanzas en la ciencia (en el fondo, en la inteligencia humana), no en religión alguna. En su último libro, La singularidad está más cerca, se muestra confiado en llegar a tiempo de lograrlo: ahora tiene 77 años.

El físico y neurocientífico Àlex Gómez-Marín representa la postura opuesta a Kurzweil, la que ve en sus sueños utópicos una amenaza distópica producto de la soberbia humana. Esa prevención contra el transhumanismo se inscribe en la misma lógica que la del relato bíblico de la torre de Babel, cuya construcción se contemplaba como una afrenta a Dios. El jugar a ser Dios es uno de los mayores pecados que se le achacan a la humanidad moderna. Pretender acabar con el dolor y la muerte, hibridando la vida con tecnologías como la IA, nos asomaría supuestamente a escenarios de pesadilla, socavando nuestra condición humana y privando de sentido a nuestra existencia.

¿Pero es acaso un acto de soberbia querer reducir el sufrimiento en un mundo donde es moneda corriente? ¿Lo fue empezar a operar con anestesia o erradicar la viruela? ¿Es contra natura manipular el genoma para evitar una enfermedad congénita o devolver la vista a un ciego con un implante neuronal? ¿Debemos aceptar como necesario el peaje de vivir siempre a merced de una desgraciada mutación genética, de un error celular, de un accidente orgánico?... Como bien dice el biólogo Michael Levin, los humanos actuales no somos una "forma ideal, creada y elegida". Todos los seres vivos son producto de la evolución, que nunca es perfecta sino simplemente funcional. Y también somos hijos de la depredación, de la "naturaleza roja en colmillo y garra" de la que se hacía eco amargamente el gran poeta Tennyson. ¿Enmendar la plana a la naturaleza o a Dios (yo creo que no dejamos de ser tanto naturaleza como Dios/Consciencia) es realmente algo deplorable?...

Lo cierto es que ya venimos corrigiendo a la naturaleza desde tiempos inmemoriales con los injertos de plantas, la domesticación de animales (el perro es una creación nuestra) o la ropa (lo natural sería estar desnudos). Y, más recientemente, con los embalses, las vacunas, los aviones, la calefacción central o los anticonceptivos. Pero algunos propugnan ir mucho más allá: por ejemplo, resucitando especies extintas como el dodo. Un caso extremo es el del filósofo Steve Sapontzis, que aboga por acabar con la depredación (no solo la humana) siempre y cuando esto no ocasionase más sufrimiento del que ahorrara. Para Sapontzis, un león hace algo malo al matar a sus presas para alimentarse, aunque no ser un agente moral le eximiría de culpa (como a un niño muy pequeño que maltrata a un gato). Parece razonable suponer que el agotamiento del caldo nutritivo primigenio fue lo que nos llevó a la "naturaleza roja en colmillo y garra". 

El acelerado desarrollo tecnológico nos obliga a plantearnos cuestiones que a día de hoy pueden parecernos ridículas o más propias de una película de ciencia-ficción. Michael Levin no solo es estandarte de una nueva biología (basada en la concepción de los seres vivos como inteligencias colectivas en las que cada nivel jerárquico, hasta abajo del todo -células y moléculas-, tiene agencia), sino también pionero en adelantar las implicaciones éticas de un mundo en el que seres orgánicos normales, otros mejorados tecnológicamente, inteligencias artificiales, criaturas híbridas y quimeras convivirán a no mucho tardar. Un mundo en el que acaso la muerte sea opcional y pueda ser desterrada si alguien tiene la voluntad de seguir viviendo en un sustrato orgánico o digital. Quizá hemos normalizado erróneamente el envejecimiento y la muerte como fenómenos inevitables, cuando lo cierto es que una medicina regenerativa personalizada, con el auxilio de la IA, podría brindarnos en unos años las herramientas necesarias para prolongar indefinidamente la vida. Las planarias (pequeños gusanos acuáticos) ya han encontrado la forma de hacerlo sin recurrir a la ciencia, explotando la plasticidad de sus células madre en un abigarrado genoma gracias a su inteligencia colectiva.

La elucubración más osada a este respecto la pone el físico Frank Tipler, quien apunta a una muy remota singularidad cósmica: cuando la vida inteligente cope toda la materia del universo, forzará su colapso gravitatorio haciendo infinita su capacidad computacional. Podría así emularse todo universo posible, lo que permitirá cualquier cosa... ¡como resucitar a los muertos! (esta afirmación le ha granjeado a Tipler una injusta fama de chiflado). Si vivimos en un universo computacional, la posibilidad de simular universos abre la puerta a paraísos virtuales sin el corsé de las leyes físicas, solo limitados por la imaginación. ¿Deberíamos hacer allí posible todo lo que consideremos bueno y justo? ¿Deberíamos desterrar todo lo que consideremos malo e injusto?...

Es un hecho que la vida a todas las escalas tiene propósitos y avanza en complejidad (va ganando "profundidad causal", en términos de la teoría del ensamblaje de Cronin y Walker). Puede que la historia del cosmos no sea más que la historia de la evolución de la inteligencia, alumbrando nuevas emergencias y espacios de posibilidades en su tortuoso camino desde una singularidad inicial como la del Big Bang. En esa senda, una estirpe de la que somos eslabones necesarios (como lo fueron LUCA, la primera célula eucariota, el primer organismo multicelular o el primer mamífero) podría acabar domando y dirigiendo el universo con una guía moral. Una estirpe en la que nuestros sucesores (que ya no serán humanos sino algo distinto e inimaginable) estén quizá llamados a superar la depredación, el sufrimiento y la muerte que han definido la vida en esta etapa infantil en la que aún se encuentra. Porque solo han pasado apenas cuatro mil millones de años.

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