viernes, 24 de febrero de 2023

De guerra, buenos y malos


La película bélica Sin novedad en el frente me ha impactado mucho. Es una obra artística tan bella como terrible, en la estela de Salvar al soldado Ryan al retratar la guerra en su verdadera crudeza (sucia, caótica, repugnante, gore), no como los panfletos propagandísticos del cine clásico hollywoodiense. Y en la que los buenos y los malos están repartidos entre los dos bandos enfrentados, como siempre es el caso (ello no obsta para que a veces la causa de un bando sea la justa y la del otro la injusta, como ocurrió en la II Guerra Mundial y ahora en Ucrania). 

Sigue habiendo no pocos simplones que creen que los combatientes alemanes eran todos malos en la I y II Guerra Mundial, al contrario que los franceses, británicos o norteamericanos (buenos y sanos chicos todos ellos, supuestamente). Que ahora también compran la absurda idea de que los rusos son unos malvados y los ucranianos son seres de luz (o al revés, si eres un simplón alternativo), lo que ha llevado incluso a cancelar manifestaciones culturales y artísticas rusas que forman parte de lo más valioso del patrimonio de la humanidad. La culpa en el fondo es de los políticos y los medios de comunicación de masas, al fijar y reforzar estereotipos simplistas. 

No hay países buenos y malos en una guerra, sino personas buenas y malas bajo circunstancias políticas y sociales difíciles marcadas por ideas tóxicas como el nacionalismo, el comunismo o el integrismo religioso. La maldad es transversal a nacionalidad, etnia, religión, sexo, preferencias sexuales, edad e ideología. La gente de la peor calaña siempre está ahí presente, pero solo cuando el orden legítimo quiebra adquiere un protagonismo que en circunstancias de normalidad democrática le está vedado: es, por poner un ejemplo muy ilustrativo, el salto del fondo sur de un estadio de fútbol al checkpoint paramilitar en una carretera (o, a más alto nivel, desde la dirección de un grupo criminal a un alto cargo público). En guerras, regímenes autoritarios y Estados fallidos (véase Haití o Libia) es cuando los malvados resultan más dañinos por estar más empoderados.

Es muy poco conocido el ponzoñoso papel desempeñado por la Iglesia católica francesa en la I Guerra Mundial animando a los jóvenes de su país a matar alemanes en nombre de Dios. O el hecho de que generales franceses se empeñaran en utilizar miles y miles de reclutas como carne de cañón y ordenaran ejecuciones de desertores. Porque las tintas se cargan solo contra los perdedores de la contienda. En la II Guerra Mundial las cosas están mucho más claras por la existencia del monstruo nazi, pero los alemanes de 1940 no eran peores que los españoles o los británicos de 2023: la diferencia estriba en que, aupada por un régimen y una ideología de lo más siniestro, su peor gente (psicópatas y sádicos) tenía entonces poderes en los ministerios, los cuarteles, las comisarías, las cárceles y los campos de exterminio que la peor gente de España y Gran Bretaña no tiene en nuestros días. Las fichas humanas son las mismas; solo difiere su ubicación en el tablero, a su vez determinada por el ordenamiento político de una sociedad.

Sin novedad en el frente, desde una perspectiva alemana al igual que Das Boot (1981), no solo es una crítica al militarismo germano sino también al francés y a cualquier otro. Así como a la extremada dureza del armisticio, germen de otra guerra mucho peor. Mientras gerifaltes de uno y otro bando comen a cuerpo de rey y se permiten afear a sus inferiores la calidad de un vino o de un croissant, chicos de 18 años de ambos lados son arrastrados por ellos a morir brutal y absurdamente. En Vida y destino, el escritor ucraniano y ruso Vasili Grossman refiere lo mismo en el escenario de la batalla de Stalingrado: "No eran más que niños y en el mundo todo se confabulaba para enviarlos bajo el fuego. (...) Y en el oeste los hombres aguardaban para golpearles, despedazarlos, aplastarlos bajo las orugas de sus tanques". Qué injusto e insoportablemente doloroso, qué sobrecogedor para unos padres, ese derecho otorgado a un hombre desconocido para mandar a la muerte a su querido hijo cuidado desde la cuna. El también ucraniano y ruso Nikolái Gógol narraba con poética emoción en su novela Taras Bulba el pesar de la madre de los dos jóvenes cosacos a los que su padre se disponía a llevar con orgullo al campamento de Zaporiyia (Ucrania): "Acurrucada junto a sus hijos les arreglaba la cabellera, los bañaba con sus lágrimas, los contemplaba sin cesar como quien no puede saciarse". Sin novedad en el frente empieza precisamente con las imágenes de una zorra durmiendo acurrucada junto a sus cachorros dentro de una madriguera.

Esta gran película deberían verla sobre todo los buenos rusos engañados por Putin. Los cuatro amigos alemanes que parten juntos al frente en 1917 son buenos chicos omnibulados por el patriotismo, a cuyo servicio ponen la sana camaradería que los une. En la guerra verán que hay tipejos sin compasión con mando sobre ellos. Y descubrirán que sus homólogos franceses son en el fondo como ellos, unos infelices enviados a la muerte por desaprensivos. Lo más terrible es esa implacable maquinaria social, esas invisibles cadenas de transmisión jerárquica que los empujan inevitablemente a morir en la flor de su vida. Morir en tu juventud matando como una hormiga-soldado a otras personas como tú solo porque lucen distinto uniforme se me antoja un insulto no solo a la vida sino a la inteligencia (bien distinto es apuntar al mercenario que te amenaza, al autócrata que lo manda o al patriarca religioso que lo bendice). Y ya lo más absurdo y desgarrador es matar y morir un minuto antes del final oficial de las hostilidades. Unos tres mil soldados murieron en las horas previas a las 11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918, cuando entró en vigor el armisticio firmado por los alemanes. Esa misma noche, los generales de uno y otro lado volverían a cenar copiosamente.

martes, 10 de enero de 2023

Kamran Matin: descifrando la revolución iraní (y, de paso, cualquier otra)

(Mira su charla en La Haya en agosto de 2022)

El sociólogo y analista político kurdo-iraní Kamran Matin, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Sussex, publicó en 2013 Recasting the Iranian Modernity. Ese libro es fruto de su empeño por entender la revolución iraní de 1979, un proceso que no encaja en las teorías sociológicas al uso y sigue siendo un misterio irresuelto para la academia. Inspirado por la teoría del desarrollo desigual y combinado de León Trotsky, Kamran hace una crítica al binomio internalismo-eurocentrismo para encontrar una respuesta al caso de Irán que es extrapolable a cualquier proceso revolucionario o de cambio social. 

La visión internalista considera que la dinámica de una sociedad viene determinada solo por factores internos (por sus aspectos infraestructurales internos, en terminología marxista). Por su parte, la visión eurocéntrica entiende el desarrollo social como un proceso lineal que sigue el mismo patrón que en Occidente, a semejanza de las pioneras Francia e Inglaterra. El propio Karl Marx, que adolecía tanto de eurocéntrico como de lineal-determinista (para él no era posible transitar directamente del feudalismo al socialismo), creía inconcebible que en un país tan atrasado y mayoritariamente campesino como Rusia triunfara una revolución socialista. ¡Ya por no hablar de China! Esto es así porque construyó su teoría atendiendo a la particular experiencia histórica de Gran Bretaña, cuna de la revolución industrial. El eurocentrismo tiene incluso un correlato lingüístico: modernización y atraso son términos cargados de una connotación ideológica, asociados a la creencia en la universalidad de la experiencia occidental (que sería supuestamente extrapolable a cualquier país) y la superioridad de su cultura.

Lo cierto es que todo intento de explicar procesos sociales de cambio en países no occidentales conforme a esquemas internalistas y encima eurocéntricos parece condenado al fracaso: solo quedaría apelar a la excepcionalidad (como desviación de -o reacción a- la modernidad), algo científicamente muy poco satisfactorio. Por eso, en la estela de Trotsky, Kamran propone un modelo teórico dinámico de componentes socioeconómicos y culturales interactuantes, tanto internos como externos: un esquema marxista corregido al introducir en la ecuación las relaciones internacionales (entendidas, en un sentido amplio, como interacciones internacionales). Es un modelo bidireccional en el que los factores internos y los externos ejercen una influencia mutua, conduciendo a una amalgama de formas sociales, culturales e ideológicas. Y un modelo válido también para sociedades precapitalistas, algo que Trotsky nunca contempló. 

Así logra explicar cómo unos clérigos ultraconservadores pudieron tomar el poder en un país en el que, pese a padecer un régimen despótico (el prooccidental del sha), había una clase media urbana formada y unas instituciones relativamente modernas. Los ayatolás tomaron elementos externos como las ideas de república y revolución (quizá inspirados por la Francia que dio asilo a Jomeini), mezcladas con un islam chiíta político de factura propia. Ya dijo Trotsky que la convivencia dentro de una misma sociedad de distintas tradiciones y prácticas culturales impide que su evolución esté escrita y sea de carácter lineal, no pudiendo descartarse las involuciones o el revival de tradiciones bárbaras. 

El célebre revolucionario ruso asesinado en México por orden de Stalin nos habló hace más de un siglo del privilegio del atraso, al considerar que las sociedades atrasadas tenían la posibilidad de saltarse etapas en su proceso modernizador gracias al acceso a elementos materiales y culturales ya disponibles por el desarrollo experimentado en los países pioneros: un ejemplo al respecto es la adopción por parte de los indios nativos norteamericanos del rifle (también aprendieron a montar a caballo, un animal traído de fuera por los europeos). Esa posibilidad se convierte para Trotsky en necesidad (su famoso látigo), ya que la supervivencia de una comunidad pasa por equipararse cultural y tecnológicamente a las entidades políticas que la amenazan. Bien entendieron esto los japoneses tras la capitulación ante los occidentales que condujo en 1868 a la llamada revolución Meiji. 

Kamran aplica el modelo trotskista del látigo a la Persia safávida (1501-1722), una entidad política que también se construyó y consolidó frente a la amenaza externa de pueblos nómadas como los mongoles. Y que ya recurrió al islam chiíta para reafirmar su identidad frente al sunnismo rival otomano. El susodicho látigo (no un despotismo asiático intrínseco, propio del más burdo manual orientalista) explicaría el carácter centralista y absolutista del Irán premoderno. Según Kamran, ya en el siglo XX la monarquía del sha Reza Pahlavi forjó lo que él llama el "ciudadano-súbdito", una mentalidad contradictoria (híbrida de modernidad y premodernidad) que sería instrumentalizada por los islamistas para sus fines. Es innegable que los clérigos iraníes aprovecharon, de igual modo que los nazis en Alemania, una ventana de oportunidad histórica (en buena medida gracias a la coyuntura internacional) para hacerse con el poder.

En el fondo de todo esto late la cuestión de si los cambios sociales (en particular, las revoluciones) se hacen o simplemente vienen. O sea, cuál es el papel de la agencia humana al respecto. El enfoque marxista tradicional se inclina por lo segundo. Célebre es la frase de Marx que abre El 18 de brumario de Luis Bonaparte (1852): "Los hombres hacen su historia, pero no bajo condiciones elegidas por ellos mismos". Es una frase muy parecida a esta de Schopenhauer: "Somos libres de hacer lo que queramos, pero no de elegir lo que queremos". Kamran define atinadamente las estructuras sociales como sedimentaciones históricas de casos anteriores de ejercicios de agencia por parte de los humanos. Reconociendo el peso y el muy fuerte condicionamiento de esos factores subyacentes (de esa infraestructura), en lo que discrepo de él es en el efecto global que pequeños actos individuales pueden tener. Al fin y al cabo, los sistemas sociales no dejan de ser sistemas naturales. El propio concepto de desarrollo desigual de Trotsky podríamos interpretarlo como la aplicación a la sociedad de un principio natural mucho más amplio, constatable al observar objetos tan diversos como estrellas, nubes o montañas*. 

Si la naturaleza es intrínsecamente caótica, no veo por qué el mundo social habría de ser distinto. En ese punto suscribo la teoría de los cisnes negros de Nassim Taleb, que sostiene la imprevisibilidad de la historia (el trabajo de historiadores y economistas consiste no tanto en predecir como en explicar a posteriori las causas de lo que ya ha sucedido, aplicando de manera algo impostora un modelo determinista a sucesos por naturaleza impredecibles). Con ello no digo que haya que rechazar toda teoría explicativa general, como defendería un pensador posmoderno. Como bien dice Kamran, la historia nunca se repite pero aún así es teorizable. Solo abogo por no desdeñar el componente caótico en los sistemas sociales. 

Que el suicidio de un vendedor de fruta en Túnez pueda crear una onda sísmica social que acabe con el derrocamiento de Mubarak en Egipto, el linchamiento de Gaddafi en Libia o brutales guerras civiles en Siria y Yemen parece algo ridículo. Pero eso es exactamente lo que ocurre en los sistemas caóticos, en los que pequeños cambios en una parte (como el aleteo de una mariposa en Nueva Zelanda) pueden tener efectos de alcance en un lugar muy alejado (como un huracán en el Atlántico). Muchas personas han sacrificado su vida en protesta por situaciones injustas sin que ello haya tenido mayores repercusiones, pero a veces se dan las circunstancias exactas para un efecto mariposa. Algo parecido parece haberse desatado en Irán por la muerte de la joven kurda Mahsa Amini a manos de la brutal policía de la moral. Puedes estar durante años dando golpecitos en una pared sin que pase nada... hasta que el día menos pensado esa acción es causa de su derrumbe (incluso de todo el edificio), al superarse un umbral crítico. Por supuesto, las dinámicas sociales son mucho más complejas -y, por ende, más imprevisibles- que la de la estructura de un edificio.

No quiero terminar esta entrada sin subrayar el ejemplo inspirador de Kamran, al que conocí en septiembre de 1998 en Inglaterra cuando llevaba apenas un año en el país, tras haber huido de la persecución política del régimen de los ayatolás. En Gran Bretaña se reconvirtió profesionalmente (era químico en su país), estudiando Relaciones Internacionales. Es una amistad de la que me precio, tanto por la valía intelectual como por la calidad humana de la persona. Ojalá pueda felicitarle pronto por la caída del siniestro régimen teocrático que asfixia a persas, kurdos, azeríes, beluches y otros pueblos de la antigua Persia desde hace más de 40 años. Jin, Jiyan, Azadi, Kamran gian! 

* Esto me recuerda la idea del jurista español Javier Pérez Royo de que hay un principio económico de naturaleza oligárquica (la riqueza tiende a repartirse muy desigualmente) y un principio político de naturaleza democrática (mi voto vale lo mismo que el de un homeless o un multimillonario), este segundo necesario para moderar al primero.

sábado, 10 de diciembre de 2022

Espacio de posibilidades: el océano por el que navega la consciencia



Todo está ahí fuera en el llamado espacio de posibilidades, en el inabarcable reino abstracto de lo posible. Absolutamente todo, tanto el pasado (aunque ya se nos haya manifestado subjetivamente) como el futuro. Están todos los seres posibles y sus relaciones, todas las novelas y canciones (incluyendo las que a fecha de hoy no han sido aún escritas), todas las rocas, sombreros, anticiclones, pistones, goles, sueños, gramáticas y cuerpos celestes, cada una de las formas imaginables e inimaginables... Y también nuestro nacimiento. Y cada una de nuestras diferentes muertes.

Para el hinduismo, el dios Vishnu sueña el universo mientras duerme. Pongamos mejor que sueña todos los universos posibles, un multiverso autocontenido en un espacio de posibilidades que podríamos definir -conforme a un paradigma monista pampsiquista- como la proyección virtual del potencial de un objeto lógico-matemático eterno (la consciencia pura) subyacente. 

Pero esto no va solo de metafísica: el espacio de fases es un espacio de posibilidades que representa todos los posibles estados de un sistema físico, que puede ser el de un gas contenido en un recinto cerrado o el de la totalidad del universo. El homólogo en una partida de ajedrez sería el conjunto de todos los estados posibles sobre un tablero. Muchos de esos estados siguen inéditos (no se han manifestado físicamente) en su abstracto espacio de fases, pese a haberse disputado ya miles de millones de partidas desde la invención del juego por los antiguos indios. Lo mismo puede decirse de las partidas en el multiverso, en el que la consciencia es una exploradora de un ingente espacio de posibilidades, procesando información (o sea, reduciendo la incertidumbre) de manera ininterrumpida. Dicho de otro modo, haciendo una destrucción ab toto (a partir de la totalidad) ordenada y coherente. Esa exploración es necesariamente subjetiva. Y, conforme a un esquema pampsiquista, en ella hay volición.

¿Pero cuál es la naturaleza ontológica de una posibilidad? ¿No será un mero constructo de nuestra mente, algo que no es real, carente de existencia propia? El sentido común nos dice que solo existe lo que ocurre, no así los contrafactuales (las posibilidades que no se manifiestan, lo que pudo haber sido pero no fue). Pero la hipótesis de la realidad de toda posibilidad encuentra apoyo nada menos que en la mecánica cuántica, que se basa en la superposición de todas las posibilidades de un suceso: sin el concurso de todos y cada uno de los contrafactuales no se alumbra la realidad, no sale un suceso de su nube de probabilidad. Una computación cuántica es en el fondo, tal como dice el físico David Deutsch, un cálculo en el que intervienen todos los universos posibles.

Para el filósofo David Lewis, los mundos posibles existen en plano de igualdad con el que llamamos real (un real tan subjetivo, tan dependiente del observador, como aquí o ahora). Lewis considera que cada objeto solo habita un mundo posible. Por el contrario, el también filósofo Saul Kripke sostiene que los objetos tienen una existencia modal: habitan también muchos otros mundos. O sea, el objeto "Pablo Casado" no se limita a una persona que fue líder del PP y acabó descabalgado por su otrora amiga Díaz Ayuso: también es el niño que se ahogó en la bañera con tres años, el adolescente fan de Falete que lo asesinó en un concierto en 1998, el elegido presidente del Gobierno en 2023 y el que invadió Gibraltar en 2025.

En el espacio de posibilidades solo moran las cosas posibles: los objetos y proposiciones contingentes como Pablo Casado o "Esta noche juega Francia". Las cosas necesarias, las verdades lógico-matemáticas como 2+2=4, trascienden el espacio de posibilidades y lo informan. Si están presentes en todos los universos (a diferencia de las posibles) es porque son atributos del susodicho objeto lógico-matemático subyacente: la consciencia pura. Gracias a nuestra naturaleza lógica, que está marcada en las profundidades de nuestro ser (en la raíz de toda consciencia, no solo humana o animal), el mundo nos resulta comprensible y podemos razonar y hacer ciencia.

Hace tiempo elucubré acerca de los contrafactuales, preguntándome si existe un universo en el que Los Angeles Clippers me fichan para jugar con más de 50 años de edad. La conclusión era que ese suceso seguramente no se halle en el espacio físico de posibilidades, en el manifestado en el espacio-tiempo tal y como lo conocemos. Sí podría estar en el espacio virtual de una simulación informática. Así como está en la mente de quien idea la ficción, o puede expresarse como historia en un papel o un trozo de celuloide. El mundo de Mario Bros no es físicamente posible, pero esa imposibilidad no rige en su ámbito (en este caso, digital). En su último libro (Reality+), el filósofo David Chalmers insiste en subrayar que la realidad virtual no es menos real que la convencional. ¡Ya no hablemos de si encima es indistinguible de esta! Una civilización muy avanzada con un gran poder de computación tendría pues la capacidad tecnológica de convertir en real (aunque con el formato de una simulación informática) todo lo posible, así como de alumbrar el "mejor de los mundos posibles" que el bueno de Leibniz identificó erróneamente con el nuestro (el cual podría ser una simulación chapucera). 

lunes, 31 de octubre de 2022

Las matemáticas, Dios y el problema del mal

La naturaleza de las matemáticas sigue siendo un misterio. Me inclino a pensar que aciertan quienes consideran que no son un invento humano sino un descubrimiento de algo que está ahí fuera (mas allá del espacio-tiempo, en un ámbito abstracto), como creía Platón. ¿Pero cómo puede un ser inscrito en el espacio-tiempo aprehender algo que lo trasciende? Para el filósofo griego, esto es posible gracias a la razón, que tiende un puente entre el mundo físico y el orbe eterno de las ideas. Ello implica que la razón está dentro de nosotros y también fuera. Para mí, ese nosotros es cualquier criatura inteligente, no necesariamente humana ni moradora de nuestro planeta.

El físico platónico Max Tegmark cree que nuestro universo y todo lo existente dentro del mismo, así como en cualquier otro universo del Multiverso (del que es un firme proponente), son objetos matemáticos. ¿Lo sería también la consciencia?... No es de extrañar que los seres conscientes podamos concebir los números y tengamos una estructura lógica, conforme a la cual jamás podremos aceptar que 2+2=5, si fuésemos manifestaciones de una consciencia pura subyacente que tiene una naturaleza lógico-matemática (las matemáticas son una extensión de la lógica, como apuntaban Frege y Russell). 

De ahí llegamos a la idea de Dios, pero de un Dios/Consciencia pura muy rebajado con respecto a la creencia judeocristiana. Tan disminuido que no solo no sería omnisciente ni omnipotente, sino un absoluto ignorante de todo lo que desborde su naturaleza matemática (de saber intimamente, entre otras cosas, que 2+2=4 y que los ángulos de un triángulo suman 180 grados): ignorante del bien, el mal, el placer, el dolor, la noche, el día, el chocolate, las montañas o El Quijote.

Su ignorancia del bien y del mal haría que ni siquiera fuese benevolente (tampoco malvado): no sabe lo que es la empatía y la moral, que descubriría en el mundo fisico (junto a la angustia, la injusticia, el sonido del agua corriendo o los amaneceres) bajo algunos de sus avatares materiales conscientes. Este planteamiento implica que no hay una moral objetiva, ya que no está escrito en ninguna expresión matemática que torturar a un ser inocente sea algo deplorable. Ahora bien, es innegable que la compasión (también la crueldad) puebla el espacio de posibilidades y que es abrazada por seres conscientes inteligentes, avatares materiales de la consciencia pura. Todo lo que es posible se manifiesta en al menos algún universo (así como lo necesario -las verdades lógicas y matemáticas- está presente en todo el Multiverso), y la moral como posibilidad ha sido seleccionada por la consciencia en este universo. O sea, por ti; o sea, por Dios. Dicho en términos darwinistas, algunos seres conscientes han sido seleccionados evolutivamente por portar valores morales que han resultado ser adaptativos. ¿Habrá algo en la razón pura, en la raíz de la consciencia, que de algún modo empuje hacia la compasión?...

Puede que la moral acabe inscrita de manera indeleble en los mimbres de un cosmos seleccionado por la consciencia bajo la guía de la razón. En ese sentido podría considerarse de algún modo objetiva, pero no a priori sino a posteriori: en un mundo donde la consciencia materializada sí que se ha hecho omnipotente (¿acaso también omnisciente?) a la par que benevolente. Ese otro Dios, esculpido a partir de una consciencia pura exclusivamente lógico-matemática, estaría en construcción. Nosotros somos sus constructores.

viernes, 21 de octubre de 2022

El precio por vivir una buena vida


El otro día, un gato callejero le dio un buen mordisco en la mano a un amigo mío que estaba acariciándolo en la protectora de animales donde colabora. Se le llegó a infectar la profunda herida y hubo de recurrir a antibióticos.

Este suceso me hizo pensar lo siguiente: si te dedicas a acariciar a todos los gatos o perros con los que te cruzas, acabarás más tarde o más temprano corriendo la misma suerte que mi amigo. Lo suyo sería poner en un lado de la balanza esa dolorosa dentellada, y en el otro la satisfacción obtenida por los cientos de caricias correspondidas con el cariño del animal.

Esa conclusión se puede generalizar a muchas otras acciones en la vida. Si siempre te entregas plenamente a las personas con las que te relacionas (vínculos tanto sentimentales como de amistad), acabarás defraudado y engañado más de una vez. Si te vas mil veces a pasear a la montaña, acabarás al menos alguna vez con un esguince o algo incluso peor. Si viajas en avión 100.000 veces, acabarás con más de un sobresalto. Y si lo haces cien millones de veces, da por segura tu muerte en un accidente aéreo. Por eso la inmortalidad es una quimera, por mucho que se avance en el detenimiento e incluso la reversión del envejecimiento: la potencial inmortalidad termina desmoronándose en un mundo donde hay accidentes y muchísimo tiempo por delante para que estos se manifiesten.

¿Renunciamos a acariciar perros y gatos, a pasear por la montaña, a viajar en avión o a entablar una relación para no ser mordidos, hacernos un esguince, estrellarnos o salir trasquilados sentimentalmente?... Es cuestión de sopesar con la susodicha balanza, conscientes de que vivir una buena vida entraña riesgos entre los cuales está el ineludible de morir (cuando adoptamos un cachorrito no prevalece el sentimiento de saber que seguramente le sobreviviremos). Yo estoy convencido de que, como dice la canción, es mejor querer y después perder que nunca haber querido (generalizando, es mejor vivir y después morir que nunca haber vivido). Y que no debemos renunciar a acariciar un animal doméstico por el hecho de que haya algunos perros y gatos revirados. Aunque una cosa es estar convencido y otra aplicárselo a uno mismo: reconozco que nunca he querido tener una mascota por evitar el mal trago de su hora final. Quizá es que yo no sepa vivir...

miércoles, 17 de agosto de 2022

La vida como objeto platónico atemporal

El matemático y físico británico Roger Penrose nos habla al final de su libro La nueva mente del emperador de la capacidad que aparentemente tenía Mozart de captar de golpe una compleja composición musical en su totalidad. Se nos hace imposible concebir la idea de que algo como una sinfonía, que por su propia naturaleza requiere un despliegue en el tiempo, pueda ser captado de manera instantánea como un objeto atemporal. Nos resulta no menos increíble que el célebre matemático indio Srinivasa Ramanujan pudiera visualizar de manera súbita intrincados teoremas, lo que él atribuía a su conexión con una divinidad hindú. Para Penrose, todo ello es posible gracias a la conexión de la mente con una realidad platónica trascendente e intemporal: "La consciencia es en esencia la 'visión' de una verdad necesaria".

Ayer acabó la serie Better Call Saul, precuela de Breaking Bad. Ambas series, unidas a la secuela El camino, podrían también contemplarse como un objeto coherente. A su vez, compuesto de otros objetos coherentes como los personajes. "Para la comprensión de la vida entera de un individuo necesitaríamos contemplar diversos sucesos cuya adecuada apreciación parecería requerir su actualización mental en 'tiempo real'. Pero no parece que esto sea necesario", señala Penrose.

Quién se atreve a descartar que nuestras propias vidas (al igual que las ficticias de Saul Goodman, Walter White y Jesse Pinkman) puedan ser visualizadas instantáneamente a su final como un solo objeto, con sus particulares simetrías y anfractuosidades...

domingo, 12 de junio de 2022

El "it from bit from It by Her": una hipótesis metafísica para explicar (casi) todo



El otro día un tuitero que me sigue me instó a expresar en forma de silogismo la hipótesis (para él, absurda y ridícula) de que la mente es un ente fundamental (no emergente) que informa la realidad. Ya inquirido por él, yo le había invitado a conocer mi postura en tres versiones de extensión: una larga (mi último ensayo), una relativamente corta (una entrada en mi blog donde resumo el estado actual del debate sobre la consciencia y mi opinión al respecto) y una telegráfica ("it from bit from It by Her", inspirada en el célebre "it from bit" de Wheeler). Descartó la primera, lo cual me parece razonable, pero también la segunda esgrimiendo que era muy larga (¡una lectura de 15 minutos!) e igualmente la tercera por considerarla un burdo eslogan.

De lo que decía se desprendía que no estaba muy ducho en asuntos relacionados con la consciencia y que profesaba un cientificismo alérgico a cualquier asomo metafísico (era más hitchenista que el gran Hitchens con su navaja más afilada). También se evidenciaba un marcado prejuicio, dando por hecho que el texto sería pura verborrea: el típico tostón filosófico presuntuoso e infumable. Esto último puedo entenderlo, sabiendo cómo se las gastan no pocas lumbreras intelectuales del orbe hispánico. También admito que temiera vérselas con algún género de misticismo cuántico al estilo de Deepak Chopra: ante la sospecha de una choprada, yo sería el primero en huir como de la peste.

Pasado el asombro ante la insólita exigencia de un silogismo (¡pretende despachar el misterio de la consciencia en ese formato!) y la posterior incursión de un trol con un gif de Maradona (jaleando a su amiguete en el supuesto partido que disputaba conmigo), asumí el reto de intentar expresarlo de la manera más sucinta posible a partir de mi eslogan. Antes de seguir quisiera dejar algo claro: nunca he tenido intención de convencer a nadie (lograrlo me dejaría incluso un sabor agrio, ni siquiera agridulce). Escribo para aclararme a mí mismo y siempre como un reto personal.

Lo cierto es que la consciencia, entendida como esa mirada subjetiva al mundo que todos sentimos dentro como la cosa más segura e innegable, no ha podido ser aún explicada por la ciencia. Y lo más importante: es posible que la ciencia, nacida para explicar la cara objetiva y cuantificable de la realidad, jamás logre explicarla. Por eso tenemos derecho a recurrir a la metafísica; lo contrario sería callar, como nos invitaba a hacer Wittgenstein, algo que se opone a nuestra naturaleza curiosa e inquisitiva.

Puedes empezar a leer a partir de aquí, estimado seguidor hitchenista:

1) Lo que conocemos como realidad (it) es fruto de una computación (bit), de una poda -reductora de la incertidumbre- del espacio de posibilidades (It) expresado en la función de onda cuántica.

2) Sin consciencia (She) no hay colapso o ramificación de la función de onda cuántica: ella es la que hace la computación, iluminando la realidad (it).

Ergo:

La consciencia no puede ser un fenómeno emergente, ya que se precisa su concurso desde el mismo inicio del universo.

La consciencia ha de estar presente en todas las escalas de la realidad física (y ser consustancial a ella), incluyendo la más básica.

3) La ciencia ha probado (vía teorema de Bell) que no existe una programación local o algoritmo que determine el resultado de un suceso cuántico: que se manifieste una realidad (it) A en vez de B.

Por lo que una hipótesis sería que:

Todo agente consciente (avatar material de She) decide libremente, conforme a un margen de libertad limitado por el estado inicial del universo, las leyes físicas y las decisiones de otros agentes conscientes (otros avatares materiales de She). El sentido de esa decisión es intrínsecamente impredecible en las escalas fundamentales de la realidad. Y más o menos predecible a escala macroscópica, en la que se ensancha el espacio de posibilidades.

Elucubraciones adicionales:

Siendo el espacio de posibilidades, la función de onda cuántica y las leyes físicas (así como la computación de la que surge y conforme a la cual evoluciona un universo) productos de She.

Siendo las matemáticas y las verdades lógicas atributos de She.

Siendo tú, yo y un electrón manifestaciones materiales de She.

"Dios no juega a los dados", decía Einstein. Más bien, Dios (She) practica un juego de rol inmersivo con todos sus avatares materiales (todas las subjetividades posibles) más allá de su morada como consciencia pura en la nada.  ¿Y el problema del mal?... Quizá la consciencia pura no sabe nada del bien y del mal, que son descubiertos por She en el mundo físico.


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