sábado, 25 de febrero de 2012

Hasta mañana, hasta siempre (comentario a un libro de Eduardo Laporte)

Mi amigo Julio pasó hace unos días por clase de yoga para recoger el regalo del "amigo invisible" que habían organizado. Le tocó obsequiar a un compañero con quien había hecho buenas migas en los últimos meses, un tipo de 60 años. Fue el hijo de este quien se llevó finalmente el regalo, tras liquidar cuentas con el gimnasio. El compañero de Julio hubo de ausentarse necesariamente: ya estaba enterrado tras su fallecimiento inesperado dos días antes.

La última vez que habló con mi amigo le había contado las ganas que tenía de jubilarse y sus planes para mudarse a Canarias. Estaba muy ilusionado con ese traslado, desconocedor de su cita con la muerte no muchas horas después. Lo hubiera sabido de disponer de un superordenador con toda la información acerca del Universo desde el momento mismo del big bang, porque su fallecimiento justo ese día no era un suceso menos predecible que la formación de un agujero negro en el centro de la Vía Láctea o la colisión del cometa Shoemaker-Levy 9 con el planeta Júpiter el 16 de julio de 1994. Con todos los datos del Universo y de sus leyes se podría haber predicho igualmente desde la extinción de los dinosaurios hasta la imputación judicial de Iñaki Urdangarin pasando por el asesinato de Esopo o el soplamocos de Ruiz-Mateos a Boyer en 1989.

De ese despedirnos para siempre sin saberlo con un "hasta mañana" nos habla, entre otras cosas, el escritor pamplonés Eduardo Laporte en su hermosa novela corta Luz de noviembre, por la tarde. Laporte hubo de probar el amarguísimo trago de la pérdida de sus padres en 2000, en un plazo de solo nueve meses, a causa de la misma enfermedad: un cáncer. Lo cierto es que empezó acompañado de los dos ese año de resonancias míticas -el lejano y promisorio 2000 de mi infancia- para despedirlo y entrar en el siglo XXI ya huérfano de ambos. El día antes de morirse su madre, ella le dijo: "Mañana más". "Y lo que hubo mañana fue ya verla en la caja del tanatorio", se lee en el libro publicado por Demipage.

Las pinceladas de los últimos momentos con su madre y su padre -se detiene mucho más en este, cuya agonía fue más larga- conmueven por la sinceridad que desprenden, por la autenticidad de sentimientos a veces encontrados. Porque quien escribe no es un espíritu celeste sino un ser humano, presa de complejas emociones contradictorias. Junto al profundo afecto, por sus páginas desfilan la incomodidad, la rebeldía, el rencor y la punzante culpa. Incomodidad por haber reñido a su padre enfermo, rebeldía y rencor ante lo que interpreta como un menosprecio de su madre enferma, culpa por haberla castigado cinco días con su desdén. También expresa la no menos mortificante certeza de la irreversibilidad: "Hablé poco con mi padre, o me contó poco, de tantas cosas". Y la angustia por el acercamiento al presumible final fatal, cuando certificase un "No tengo padres", aunque atemperada por el feliz consuelo de ese "tiempo de prórroga, un periodo indefinido en el que aún estaría él, en la cama, cuando yo llegara borracho de las calles"

El autor se desnuda con una prosa limpia y sobria, alejada de todo asomo de sensiblería y empalago (algo que hubiese arruinado su relato), con la que se acerca a la verdad en toda su crudeza por doloroso que resulte. Y acierta con su apuesta: ya en el prólogo reconoce "la límpida sensación que trae el acercarse a la verdad". Nunca el autoengaño, por mucho que nos desagrade: "(...) abrir el grifo de la verdad. Descender a las brasas del infierno, Lucifer se llama Lucidez, hasta que el fuego comience a deshacernos la piel, para volver a la superficie en ese preciso instante". Obviamente, el no engañarse es posterior a la muerte de sus progenitores: antes era imposible no agarrarse a cualquier clavo ardiendo. Hasta la misma muerte de su padre, el 5 de diciembre, el escritor pamplonés reconoce haber albergado la esperanza de una milagrosa curación, de un diagnóstico erróneo. Solo esa mañana "aceptaría su rigor, la inapelable verdad científica".

En su ejercicio introspectivo, Laporte rememora pasajes de su infancia, de una niñez feliz en el seno de una familia de clase media acomodada de Pamplona, con sus periódicas escapadas a San Juan de Luz. "Nadie me avisó entonces de que los días sin clase son siempre felices, quizá los únicos, y que ser mayor era esto, alejarse sin clemencia de ese domingo extra de verano en octubre, en la playa suave y francesa, con mis padres, mis hermanos". El Eduardo adulto deja constancia del final de ese periodo de gracia con ese "dios abstracto" al que su madre expresaba su gratitud todas las noches por "ser tan afortunados y porque las cosas nos iban bien". Qué conmovedora es esa imagen de la madre en la oscuridad de su habitación, atrapada con su familia y el resto de los vivos entre dos infinitos (el del microcosmos y el del macrocosmos) atrozmente indiferentes a su suerte.

El libro no solo retrata el desgarro de la pérdida de sus padres sino también la vocación literaria de su autor, su desorientación, esa incomprensión que sufren quienes como él han hecho una apuesta por la literatura. "No admiten que el proyecto de vida de cada uno es cosa individual, no aceptan que la puta mierda que nos ofrecen no nos interesa en absoluto". Por supuesto, porque él concibe la escritura como un "oficio de vivir". "No entienden que el resto es vagabundeo, arrastrar los pies pesados por las ásperas moquetas de las oficinas kafkianas". ¡Cómo te comprendo, amigo!

La verdad es que no resulta difícil identificarse con Eduardo. Yo he de reconocer mi asombro ante el grado de sintonía con sus palabras. Esa comunión con quien ha juntado las letras que desfilan ante tus ojos es el mejor premio de quien escribe, y el propio autor lo reconoce en una entrevista a RTVE.es: "Y yo quisiera ser también amigo de la gente que me lee. Me gustaría que los que leen lo que escribo quisieran darme un abrazo o invitarme a una caña tras leer mis libros". Le daré ese abrazo, le invitaré a una caña, claro que sí.

Otro hallazgo de la lectura de Luz de noviembre... es la obsesión de Laporte -que además comparto- con cosas o cifras aparentemente triviales que interpreta como ocultas señales acaso divinas. Curiosamente, yo empecé a leerme su libro un 17 de febrero, el mismo día que falleció su madre. Y un par de días más tarde descubrí casualmente que la primera de las Cartas a un joven poeta de Rilke está fechada también un 17 de febrero. Encima, yo conocí personalmente a Eduardo en el número 20 de la calle Luchana de Madrid, solo unos metros por debajo de la primera cama en la que dormí cuando me establecí en Madrid en febrero de 1994. Todos ellos, como ya apunté al principio, sucesos potencialmente predecibles desde aquel remoto -al menos para nuestra escala humana- big bang, ese polvo primigenio del que provienen todos estos lodos en forma de galaxias, cerebros, misiles, encuentros o palabras. Sucesos y cosas necesarias, como la luz de noviembre de 2005 (cuando escribió el texto) por la tarde en Madrid. A saber para qué...

miércoles, 15 de febrero de 2012

Chago el hijo de puta

El bocadillo de sardinas asciende unos segundos, impulsado por la mano malévola, antes de rendirse a la gravedad terrestre y precipitarse aceleradamente hacia el suelo empedrado. Allí queda reventado, convertido en una aceitosa masa amorfa. Una sardina ha sido desplazada a un metro del bocadillo: ella misma no lo sabe porque lleva muerta varias semanas. Chago y los de su panda se ríen. El resto de los alumnos observa la escena en silencio. Bermúdez, humillado, está poseído por una rabia impotente que enrojece su rostro. Su madre ignora en casa la suerte del bocata que ha preparado con tanto esmero. La merienda de su niño. Para que aguante hasta la hora de la cena. Porque tiene clase de tenis después del cole. Las sardinas tienen muchas proteínas, son buenas para el crecimiento. "¡Chago, eres un hijo de puta!", le grito. "Pero si es un niño", me parece oír. "¡Pues eres un niño hijo de puta!", le suelto en la cara, pero no me escucha porque se lo digo desde el futuro. "¡Y seguro que lo sigues siendo, maldita basura!". Chago se gira hacia mí, pero no debe verme: treinta años es suficiente distancia. Echa un escupitajo a ese aire húmedo ya olvidado que nos envolvió aquella tarde en Tamaraceite. Un pobre cachorro perruno le está esperando desde el comienzo del Universo para que lo lapide esa misma noche junto a un muro. Yo no puedo evitarlo, nadie puede evitarlo, está escrito en el guion cósmico que quede reducido a un amasijo sanguinolento que un tipo tirará luego a un contenedor de la basura. "Todo lo que tiene culo tiene miedo", me dice desde una distancia de veinte años un viejo carpintero de ribera de Vegueta. Su hijo adulto deficiente, su único hijo, nos observa a un lado del taller. Huele dentro a serrín. Fuera, los vivos de entonces (los muertos, no) sienten el abrazo de la brisa marina: uno de ellos se está burlando con sus amigotes del hijo del carpintero. Otra vez el hijo de puta de Chago, con su risa de hiena. Cierro el puño para darle una trompada con todas mis fuerzas, pero solo consigo agitar el aire a mi alrededor.


miércoles, 8 de febrero de 2012

Desamparados

Mi amigo Adolfo publicó hace días en su blog una entrada que llega hondo, ilustrada con una hermosa foto muy a propósito (la reproduzco aquí abajo). Hablaba del amparo, lo contrario de esa sensación que debe embargar a quien intenta buscarse la vida en solitario, con los bolsillos vacíos, en un país lejano donde nadie le espera para cenar o dormir. Donde es un completo desconocido que nadie echará de menos al caer la noche. Ese desamparo que nuestros hijos pequeños -todavía bajo el reconfortante manto de nuestra protección- no han tenido oportunidad de experimentar, por fortuna para ellos. La angustia de saber que no hay una puerta donde tocar, un teléfono al que llamar, alguien en quien confiar si se pone la cosa fea. Peor aún, la dolorosa certeza de que ya nunca habrá unos padres que te cubran con una manta al acostarte, que te traigan un vasito de agua por la noche si tienes sed o que ahuyenten con su sola presencia a los fantasmas nocturnos.

Esos pequeños pies desnudos de la derecha pertenecen a seres que dependen sobre todo de sus progenitores para cobijarse, alimentarse, abrigarse, asearse y protegerse de la enfermedad o cualquier otra contingencia. Que sin sus cuidadores se verían abocados al frío, el hambre, la suciedad, la soledad y la desesperación. Ese edredón que cubre sus cuerpos es el último eslabón de una cadena de cuidados que se remonta a cientos de millones de años. Una cadena intergeneracional que ha hecho posible que estemos ahora aquí. Y que si no se trunca podría hacer posible cualquier cosa en el futuro.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Parada en el monte Uludag

(AGOSTO 2001) Pastan las vacas en una verde pradera suavemente inclinada, abierta en medio del bosque, sobre la que se yergue la cima del monte Uludag. Allá abajo se extiende Bursa, antigua capital del imperio otomano, derramada sobre la tierra como una abigarrada mancha de rojos, blancos y azules. Desde irreconocibles alminares, almuecines minúsculos llaman en ese mismo instante a la oración. Aunque no se escuchan, deben llegar a la montaña -uno de los Olimpos de la antigüedad clásica- fragmentos agonizantes de sus voces, dispersados por el viento fresco junto con los gemidos placenteros de jóvenes bitinias, las palabras reflexivas de Justiniano, los estertores de Osmán, los feroces gritos de guerreros selyúcidas, otomanos, cruzados y mongoles y los quedos lamentos de las madres de todas sus víctimas, sonidos todos ellos igual de inaudibles. El Sol ha vuelto a salir de entre las nubes. Las vacas siguen pastando. Corro por la hierba, me detengo, vuelvo a correr gozoso, de nuevo anclado en la pradera me esfuerzo por detener el tiempo... Debo ya marchar: empieza a hacer frío y me aguarda un teleférico rumbo al futuro.

martes, 24 de enero de 2012

Encuestas

"¿Está usted de acuerdo con que la tarifa eléctrica de último recurso sea eliminada en 2013 para homologarse a la del mercado libre?". Si esta pregunta fuese hecha a una muestra representativa de mil españoles, no me atrevería a apostar por que hubiese más síes que noes. Ahora bien, no tengo la menor duda de que el número de respuestas 'No sabe/No contesta' no superaría el 20%. Y, también, de que la cifra real -o sea, la gente que no tiene ni zorra idea de lo que le están preguntando- sería superior al 85%. La historia de no pocas encuestas es esa: unos jóvenes mal pagados y poco motivados hacen preguntas a gente que no sabe -ni le importa o interesa un carajo- lo que le están diciendo y que responde cualquier cosa para salir al paso y no quedar como cafres; eso sin contar la poca profesionalidad del entrevistador (comprensible dada su precariedad laboral), que empuja al entrevistado a inclinarse por una de las respuestas o se la inventa directamente sin más contemplaciones.

Una encuesta recientemente publicada señala que siete de cada diez españoles reniegan del euro. Consultar a la ciudadanía a este respecto tiene un punto esperpéntico (ya es la monda cuando se le pide opinión sobre los eurobonos o la reforma del Banco Central Europeo). No es razonable preguntar a alguien sobre cuestiones complejas que desconoce o de las que, en el mejor de los casos, solo tiene un conocimiento muy superficial (y sesgado por los medios de comunicación de masas). Si se pide opinión sobre el euro a expertos, académicos o personas bien informadas será muy difícil encontrar a alguien que niegue los enormes beneficios que nos ha supuesto la adopción de la moneda única europea. Y que no reconozca que la salida del euro sería un tremendo desastre. ¿Por qué habría de resultar menos grotesco preguntar al ciudadano español de a pie sobre el euro que sobre la eficiencia energética de las plantas de desalinización por ósmosis inversa o la oportunidad de la reforma ortográfica de la lengua alemana?

Me pregunto qué opinaremos los españoles acerca de las medidas referidas al Capital estructural (Tier 1) en los Acuerdos de Basilea III o sobre la Directiva 2008/6/CE por la que se modifica la Directiva 97/67/CE en relación con la plena realización del mercado interior de servicios postales comunitarios. O si nos parecerán más fiables los resultados del LHC del CERN que los del Tevatrón en el Fermilab. Habrá que informarse -o no, tampoco hace falta- para ver qué decimos por si acaso recibimos la visita o la llamada de un encuestador. Cualquier cosa menos un 'No sabe/No contesta'.

martes, 17 de enero de 2012

Media hora con Fraga

Una mañana lluviosa de principios de la primavera de 2010 me acerqué con dos compañeros de RTVE.es al edificio del Senado: íbamos a hacer una breve entrevista a Manuel Fraga acerca de la Transición. Nos recibió sentado en la mesa de su despacho, muy serio, junto al bastón del que ya no se separaba. En ningún momento le veríamos sonreír. Mientras Rodrigo y Remedios preparaban la cámara y la iluminación, él se dedicaba a hacer pequeños garabatos con un bolígrafo sobre un ejemplar de La Voz de Galicia. Parecía aburrido. En un determinado momento levantó cansino la vista para decirme si tenía en una hoja lo que le iba a preguntar. Se la pasé, se puso las gafas, leyó atentamente e hizo un leve gesto de aprobación. Con cierto embarazo le reclamé la devolución del papel, ya que prefería no hacerle las preguntas de memoria. Me miró con un amago de enojo, aunque bastante atenuado por la fatiga, y dijo: "Lo suyo hubiera sido hacer una fotocopia". "Lo siento, Don Manuel", me disculpé. "La próxima vez no se lo paso", zanjó con la misma fría corrección con la que se desarrolló el encuentro (Santiago Carrillo, unos días más tarde, fue mucho más afable). Intuí que años atrás quizá me hubiera echado del despacho por ese error.

Concluida la entrevista, mientras mis compañeros recogían el material, aproveché para preguntarle si echaba de menos Galicia. Afirmó, siempre distante pero algo ablandado, que los gallegos suelen echar de menos su tierra cuando están lejos. Lo cierto es que cada vez que dejaba de hablar se sumía en una especie de conmovedor desconcierto que yo achacaba a la enfermedad y la edad avanzada. Me despedí de él dándole la mano y las gracias por habernos recibido y atendido. Me correspondió con un gesto de sincera gratitud y se puso de nuevo a garabatear sobre el periódico. Allí lo dejamos, abandonado en su pequeño despacho, abrumado por el peso de los años. Sentí algo de lástima por él, por el ser humano empequeñecido en sus facultades, doblegado por la existencia, muy lejos del líder de vitalidad arrolladora al que muchos adoraban y otros tantos aborrecían, inspirador de admiración y miedo en tiempos pretéritos. Alguien que había dejado una estela de sufrimiento en su camino. Como toda persona o animal que haya pasado mucho tiempo en este mundo.

viernes, 13 de enero de 2012

Un extraño despertar

Una tarde de finales de los años 80 tuve una experiencia que jamás se ha repetido. Estaba durmiendo la siesta en la casa de mis padres cuando, por alguna razón que ya he olvidado, me desperté bruscamente. Lo que nunca olvidaré mientras tenga memoria es ese despertar, el más extraño de mi vida. Porque tardé seis o siete segundos en recordar quién era, en recuperar mi (aparente) identidad. La sensación al abrir los ojos fue de absoluta perplejidad, como si me hubieran arrojado de repente al mundo. Era como si estuviese sumido en lo más hondo de mi ser, en un lugar donde no tenía nombre, privado del lenguaje y de cualquier referencia espacio-temporal, en el que podía ser igual un humano que un caballo, un pez o una bacteria. En esos pocos segundos tomé un ascensor a toda velocidad hasta la superficie de la conciencia: en términos freudianos, viajé desde lo más profundo del Ello hasta el Yo. Al terminar el viaje de vuelta recordé mi nombre, el lugar donde estaba, mi pasado, las personas que me rodeaban, lo que había hecho ese día y lo que me disponía hacer esa misma tarde. Todavía, muchos años después, no dejo de pensar de vez en cuando en aquellos segundos en los que fui un ser anónimo, un mero existir sin entendimiento ni memoria. En los que acaso me acerqué a lo que realmente soy, a lo que realmente somos todos los seres vivos.

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