martes, 17 de enero de 2012

Media hora con Fraga

Una mañana lluviosa de principios de la primavera de 2010 me acerqué con dos compañeros de RTVE.es al edificio del Senado: íbamos a hacer una breve entrevista a Manuel Fraga acerca de la Transición. Nos recibió sentado en la mesa de su despacho, muy serio, junto al bastón del que ya no se separaba. En ningún momento le veríamos sonreír. Mientras Rodrigo y Remedios preparaban la cámara y la iluminación, él se dedicaba a hacer pequeños garabatos con un bolígrafo sobre un ejemplar de La Voz de Galicia. Parecía aburrido. En un determinado momento levantó cansino la vista para decirme si tenía en una hoja lo que le iba a preguntar. Se la pasé, se puso las gafas, leyó atentamente e hizo un leve gesto de aprobación. Con cierto embarazo le reclamé la devolución del papel, ya que prefería no hacerle las preguntas de memoria. Me miró con un amago de enojo, aunque bastante atenuado por la fatiga, y dijo: "Lo suyo hubiera sido hacer una fotocopia". "Lo siento, Don Manuel", me disculpé. "La próxima vez no se lo paso", zanjó con la misma fría corrección con la que se desarrolló el encuentro (Santiago Carrillo, unos días más tarde, fue mucho más afable). Intuí que años atrás quizá me hubiera echado del despacho por ese error.

Concluida la entrevista, mientras mis compañeros recogían el material, aproveché para preguntarle si echaba de menos Galicia. Afirmó, siempre distante pero algo ablandado, que los gallegos suelen echar de menos su tierra cuando están lejos. Lo cierto es que cada vez que dejaba de hablar se sumía en una especie de conmovedor desconcierto que yo achacaba a la enfermedad y la edad avanzada. Me despedí de él dándole la mano y las gracias por habernos recibido y atendido. Me correspondió con un gesto de sincera gratitud y se puso de nuevo a garabatear sobre el periódico. Allí lo dejamos, abandonado en su pequeño despacho, abrumado por el peso de los años. Sentí algo de lástima por él, por el ser humano empequeñecido en sus facultades, doblegado por la existencia, muy lejos del líder de vitalidad arrolladora al que muchos adoraban y otros tantos aborrecían, inspirador de admiración y miedo en tiempos pretéritos. Alguien que había dejado una estela de sufrimiento en su camino. Como toda persona o animal que haya pasado mucho tiempo en este mundo.

2 comentarios:

Abraxas dijo...

"en tiempos pretéritos...". Estabas tardando. Vaya topicazo. Es como esos binomios de marco incomparable, etc. Tiempos pretéritos. Velada alusión a la dictadura.

Nicolás Fabelo dijo...

Abraxas, no acabo de pillar la intención de tu comentario.

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