viernes, 5 de junio de 2020

Conclusiones (audaces) de 'Entre la nada y el todo: consciencia y evolución en el Multiverso'

(Ir al libro completo)



Dijo el genetista inglés JBS Haldane, el mismo que aseguraba jocosamente que daría su vida por la de dos hermanos u ocho primos, que el universo es más extraño de lo que podemos imaginar. ¡Y qué decir del Multiverso! Por no hablar de conceptos como los de nada o infinito. Si Mario Bros fuera consciente y lograra salirse de su videojuego, sin duda que suscribiría la afirmación de Haldane: lo que se encontraría fuera sería completamente alucinante. Pero es que, por una limitación ontológica insalvable, el pobre Mario jamás podrá salirse de su pantalla (ni su programador podrá nunca sacarlo de ella). Y lo mismo puede decirse de nosotros, prisioneros del espacio y el tiempo. Aunque es cierto que cada vez que soñamos, imaginamos o nos encontramos bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena (¿y acaso también en el trance de morir?) ya transitamos por otro mundo, donde espacio y tiempo dejan de estar presentes y no rigen las leyes de la física.

Adoptemos un esquema materialista o uno dualista, uno determinista u otro donde haya un hueco para el libre albedrío, la consciencia siempre estará ahí presente como un factor clave del puzle de la realidad. Si aceptamos conjuntamente el pampsiquismo, la interpretación cuántica de Wigner y el modelo de destrucción ab toto de Vedral, toda consciencia (desde la más simple -que podría ser la de un electrón- a la más compleja) alumbraría parcial y subjetivamente la realidad haciendo a cada tic de Planck una poda de todas las posibilidades del Multiverso: esto es, haciendo colapsar sucesivamente la función de onda cuántica. De tic a tic, mediante una siega ordenada y coherente del Todo (sujeta a las leyes físicas de un universo y, por tanto, a las reglas de la causalidad a partir de un determinado estado inicial), la consciencia huiría de la nada cobrando una individualidad. Esa consciencia individual sería la ola de un océano de consciencia universal que moraría en la nada. La diferencia con el mar es que en nuestro símil solo las olas habitan en la realidad: el océano sería pura nada, pura consciencia.

La interacción con el Todo (su destrucción ab toto ordenada y coherente con las leyes físicas que correspondan) abriría la puerta para salir de la nada y asomarse a un universo del catálogo del Multiverso bajo algún avatar material más o menos evolucionado y complejo. En ocasiones, a lo sumo como meros átomos y moléculas aglomerados en objetos inertes (una roca, un cigarro, una taza de té...) con escasa información y valor emergente: una cerilla, un canto rodado o una cuchara tendrían tanta consciencia individual (o sea, ninguna) como un charco de agua, una hoja de papel o un típico castell humano catalán, lo que no obsta para que sus componentes (moléculas, átomos y castellers) sí la tengan. En otras ocasiones, encarnada en seres vivos como nosotros de complejidad variable y con una estructura jerárquica de consciencias en su interior (con la consciencia personal emergente en la cúspide).

Vamos a presumir que ese Todo, que tiene una existencia abstracta o platónica y comprende todas las posibilidades del Multiverso (incluidas todas las leyes físicas y las verdades matemáticas), es eterno e inmutable. Se trata de una especie de almacén o repositorio del que se nutre cualquier universo del catálogo multiversal. Unos universos que podrían ser reales o simulados, aunque quizá no haya diferencia y sean indistinguibles. Porque solo se trata de aplicar una receta: un cierto estado inicial y unas ciertas leyes. Asumamos también que la consciencia es consustancial a la energía-materia, de manera que no deja de estar presente desde el Big Bang hasta el final de un universo en todas las escalas y gradaciones posibles. El espacio y el tiempo serían, como dijo Kant, intuiciones o formas a priori necesarias para la experiencia (a la que además condicionan): sin ellos no hay conocimiento posible. Tras Einstein podemos afirmar que existen objetivamente como dimensiones, pero que su percepción es siempre subjetiva (depende del observador). El fluir del tiempo y la percepción local del espacio serían fabricaciones de la consciencia individual que va siguiendo una ruta multiversal, que va labrando su camino por su correspondiente universo. ¡Y solo hay un camino para cada consciencia, solo un universo que comparte jalones con muchos otros! (mi yo de hace meses que no se animó a escribir este libro o mi yo más reciente -de hace solo un par minutos- que no se animó a escribir unas líneas esta misma tarde ya son otros distintos a mí).

Aunque nos abonáramos al materialismo más estricto (suponiendo que la consciencia no es consustancial a la materia sino una emergencia de esta), la materia podría ser consecuencia necesaria de la nada. Y la vida podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la materia. Y la inteligencia y la consciencia podrían ser consecuencias necesarias de la evolución de la vida. Y la compasión podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la inteligencia y la consciencia. Y Dios podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la compasión, apareciendo al final del universo identificado con una singularidad  tecnológica. O sea, producto necesario de la materia y en última instancia de la nada (¿a su vez ya Dios o consciencia universal, cerrando el círculo, tal y como elucubramos en un párrafo anterior?...).

En su cuento de ciencia-ficción La última pregunta, Isaac Asimov narra la evolución de una generación de superordenadores (a partir de uno llamado Multivac, que empezó a estar operativo en la segunda mitad del siglo XXI) a los que sucesivas generaciones de humanos no dejan de hacer una pregunta para la cual, dadas sus limitaciones computacionales, no logran encontrar respuesta (aunque ya han dado cuenta de todas las demás, que han resuelto las necesidades materiales de la humanidad). La cuestión de marras es “¿Puede revertirse la muerte térmica del universo?”. Al cabo de billones de años ya se han fusionado todas las mentes humanas existentes (desligadas desde hace mucho tiempo de sus cuerpos) en una sola que sigue haciendo en vano la pregunta al superordenador (ahora instalado en el hiperespacio), con el que acaba también fusionándose. Pasados tres trillones de años desde el Multivac, ya no hay nadie en el universo para formular la pregunta. Pero el superordenador/superconsciencia halla por fin la respuesta y, tras llevarla a la práctica (eliminando toda la entropía del universo), decide transmitirla de la única manera que puede desde el hiperespacio: produciendo un nuevo Big Bang. El trasfondo científico de este cuento de Asimov (al que cabe objetar un comprensible sesgo antropocéntrico) es también compatible con un paradigma materialista. Y, por supuesto, con el evolucionismo y la hipótesis de la singularidad tecnológica.

La evolución comienza tan pronto un universo se materializa, saltando a la palestra en forma embrionaria con todas sus potencialidades a través del vacío cuántico. Este último actuaría como un primer embudo o tamiz destructor/reductor del Todo (¡a saber cómo y por qué lo destruye de un modo y no de otro!), fijando así un estado inicial y un conjunto de leyes físicas. Las consciencias más rudimentarias salen entonces a la luz como actores (ya en la singularidad primigenia habría una consciencia igual de primigenia) y empiezan a interactuar. Sin el concurso del tiempo no hay evolución. Sin evolución no hay cambio ni complejidad (con sus consiguientes emergencias), ni ruta alguna hacia una singularidad tecnológica. La evolución es pilotada por la selección natural, que elimina todo rasgo o conducta incompatible con la supervivencia o pervivencia. Esta siega no solo es aplicable a los seres vivos: rige a todos los niveles, desde las partículas elementales hasta los propios universos (hay universos que no llegan a cuajar, por no ser viables).

En nuestro modelo pampsiquista, todo electrón dentro de un átomo solo tiene dos opciones reales: espín a un lado o a otro. Sus otros números cuánticos (o sea, sus otros parámetros o grados de libertad) ya están determinados por la fuerza electromagnética, así como su libertad para saltar de un orbital a otro o huir del átomo (estos movimientos solo dependerían de su nivel de energía, por lo que no habría opción alguna al respecto). Los animales más inteligentes tenemos muchas más opciones, aunque sin duda menos de las que nuestra consciencia nos hace creer. Porque buena parte de ese espacio de libertad ya está ocupado, a un nivel inferior al de la consciencia personal, por nuestros órganos (sobre todo, el cerebro), células, moléculas e incluso partículas elementales, tal como hemos aventurado.

El manejo de esos márgenes de actuación no es otra cosa que el libre albedrío. Al ser esclavos de las leyes físicas, los electrones dentro de un átomo (y también los electrones libres, como los que circulan por los cables eléctricos) tienen escaso hueco para ejercitar su teórica libertad. Elegir espín hacia un lado o hacia otro es equiprobable por la misma razón por la que serían equiprobables las caras y las cruces, o los ceros y los unos, si preguntáramos a un grupo de gente por sus preferencias (y no hubiera sesgo alguno en ellas). También es muy estrecha la libertad de las células y tejidos corporales, al estar sujetos a una programación genética: poseen la misma libertad que nosotros si pretendiéramos echar a volar como pájaros. Por eso mismo, un termostato no puede elegir entre encendido o apagado. El orden de las leyes impone su yugo, reduciendo los márgenes de libertad. Cierta pérdida de esta es el precio a pagar por la inteligencia y la consciencia materializada (por cualquier manifestación del orden, lo que incluye también una estrella, un puente, un videojuego o un código de circulación).

Lo cierto es que hay una tupida maraña de hilos, de remotas causas y efectos, que conducen desde el Big Bang hasta tu existencia personal. Todos tus instantes siempre han estado y estarán ahí fuera, en el gran almacén platónico, disponibles para ser recolectados coherentemente en el marco de tu consciencia o de la cualquier otro tú (aunque en propiedad no serías tú) del Multiverso. Todos esos tús, además de todos los otros innumerables yos, serían en el fondo uno solo: o sea, que tú, yo, Mansur al-Hallaj (el místico sufí persa que fue ejecutado por haber gritado en éxtasis “Soy la verdad”) y cualquier otro ser (no necesariamente vivo) procesador de información… ¡somos Dios! Esta película empezó hace más de 13.800 millones de años. Pero está sucediendo en cada una de sus infinitas variantes. ¿Por qué? Quizá porque Dios (la consciencia pura o desencarnada, el morador eterno de la nada) está experimentando lo que es tener traje carnal, lo que significa ser-estar fuera de la atemporal y aespacial nada, en todas y cada una de sus posibilidades. Quizá por diversión, o por curiosidad, o por ambas cosas. O por algo inimaginable. En su libro Los restos de Dios, el escritor de ciencia-ficción y dibujante estadounidense Scott Adams sugiere justo lo contrario: que Dios se habría aniquilado en el Big Bang para saber lo que es no existir (ya conocedor de todas las posibilidades de existir). Nosotros seríamos sus restos, en proceso de reconstrucción gracias a la evolución de la vida inteligente.

En cualquier caso, seamos sus restos o no, ¿cuál sería el sentido de nuestras vidas? Pues el solo hecho de existir, de ser ventanas a disposición de la Consciencia para ser y percibir de manera subjetiva en el espacio-tiempo. Ventanas para gozar, sufrir, amar, odiar, acariciar, dañar, aprender, errar, encontrar sentido y sinsentido, descubrir la bondad y la maldad, la belleza y la fealdad… En suma, para poder desarrollarse espiritualmente en un escenario de permanente incertidumbre y ocasional zozobra donde se despliegan fuerzas antagónicas y la provisionalidad y la pérdida son moneda corriente. Ventanas que podrían cerrarse infinitesimalmente, de manera asintótica con la nada (con la consciencia universal), tal como un día se nos ocurrió a mi amigo Salva y a mí.

¿Y por qué existe ese Dios-consciencia? Acaso porque sí: sería un brute fact. ¿Al igual que el Todo platónico? ¿O este último es un producto de Dios, pergeñado para permitirle salir de la nada de todas las maneras posibles?... ¿Y si Dios fuese una entidad a su vez inscrita en una realidad superior, completamente inabordable por él mismo? En ese supuesto sí que habría que hacer caso a Wittgenstein y, muy a nuestro pesar, callar. Callemos pues, por fin, cediendo la palabra a la poesía.

“Platón o el porqué” (Wislawa Szymborska, poeta polaca):

Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
-para qué con sombra,
si antes no tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas…

domingo, 5 de abril de 2020

Coronavirus y Homo sapiens


Ya escribí hace unas semanas sobre la cara humana más fea de la pandemia del coronavirus Covid-19, de la que cada vez hay más evidencias en las noticias que nos llegan de España y el resto del mundo. Me refiero a esa gente que no hace caso a las restricciones impuestas por sus Gobiernos o intentan burlarlas de la manera más retorcida, que propagan bulos, que se convierten en chuscos inquisidores desde las ventanas de sus casas o, peor aún, se aprovechan del virus para intentar sacar tajada legal (haciendo acaparamiento de productos) o ilegalmente (por ejemplo, mediante virus informáticos para hacerse con contraseñas y bloquear ordenadores -¡incluso de hospitales!- para exigir un rescate). En algunos países como Colombia, India, Sudáfrica o el sur de Italia, la realidad cotidiana es una olla a presión que podría estallar de la peor manera si esta situación se mantiene unos meses más.

Las ramificaciones económicas, sociales, políticas y culturales de esta crisis son, desde luego, enormes y difícilmente predecibles. Muchas de ellas ni siquiera han podido ser exploradas en profundidad y se van manifestando sobre la marcha, lo que obliga a los Gobiernos a improvisar en un escenario inédito. Las medidas adoptadas para combatir la enfermedad, seguramente necesarias, tendrán unos efectos colaterales profundos e inevitables. En otra entrada anterior de mi blog hablaba precisamente de la ley de las consecuencias no deseadas. Si el confinamiento se prolonga demasiado, bastantes personas van a salir de esto con serios problemas físicos (por la falta de ejercicio y exposición al Sol) y psicológicos (neurosis, ansiedad, fobias...). Y le llegará el agua al cuello, por falta de ingresos, a cientos de miles. No pocas relaciones de pareja saltarán por los aires, por no hablar de las mayores oportunidades para los maltratadores de ejercitar en su casa la violencia machista. El riesgo de que la crisis acabe dando un impulso a los ya rampantes nacionalpopulistas es innegable. Y aquí el papel de la Unión Europea como cortafuegos es clave (de hecho, la UE saltará por los aires si no actúa contundentemente).

Adonde quería llegar hoy con este post es a la constatación de que la naturaleza humana es impepinablemente la que es: para bien y para mal. Claro que esta crisis es una oportunidad para hacernos más resilientes y austeros, para aprender a vivir de una forma menos agresiva con el medio natural y más empática con otras criaturas sintientes (una buena noticia derivada de todo esto es la prohibición oficial en China de la cría de perros para servir de comida, y seguro que ya no se verán en sus sucios mercados callejeros pangolines o murciélagos destinados al consumo). Pero, como en toda crisis, esta es una ventana de oportunidad para infames tipejos de toda índole. Y un escenario igualmente propicio para el ejercicio de la más burda estupidez. Aquí, por ejemplo, la religión no tarda en retratarse: musulmanes convencidos de que el virus es un castigo de Dios que no les afectará a ellos, el patriarca ortodoxo Kiril paseando por Moscú con un icono de la Virgen María que impedirá que se contagien los cristianos rusos, el rabino ultraortodoxo judío que dice que esto es un castigo divino por la homosexualidad (y que luego cae infectado junto a su mujer)...

Como bien decía Javier Sampedro el otro día en El País, nos equivocaríamos si pensásemos que después de esto la humanidad será mejor. La especie humana será la misma, con sus héroes y sus canallas, sus valientes y sus cobardes, sus indignados y sus indiferentes, sus inteligentes y sus estúpidos... Aplicando la teoría de juegos, hay un equilibrio evolutivo entre buenos y malos que asegura la pervivencia de ambos. Desde la izquierda utópica nos quieren convencer (y se quieren autoconvencer) de que esto marca el fin del capitalismo y la llegada de algo mejor. Siempre amenaza el infierno con volver empedrado de buenas intenciones...

No es la primera vez que saco a colación a Carl Sagan a este respecto, ni creo que sea la última. Seamos de una vez conscientes de esa advertencia suya de que el desfase entre el desarrollo económico-tecnológico y el cultural-educativo amenaza con socavar la civilización: "Antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara".

martes, 17 de marzo de 2020

Los villanos del coronavirus


Manido cliché el de que los españoles somos un pueblo solidario que siempre está a la altura de las circunstancias. La generalización buenista se repite una y otra vez (¡a ver qué político en democracia se atreve a cantarle las cuarenta a la gente!), con múltiples variantes a cuál más ridícula. Recuerdo, por ejemplo, lo de "No son vascos, son hijos de puta" que se decía en las manifestaciones contra ETA (¿los etarras eran acaso uzbecos o moldavos?).

Los discursos de esta índole siempre enaltecen al pueblo (o a subconjuntos suyos como los médicos, los bomberos, los empresarios o los periodistas) como si este (o cualquiera de sus subconjuntos) fuera un cuerpo uniforme de ejemplares ciudadanos de bien. Pero eso no existe, no hay pueblos ni colectivos de bien: ni lo es España ni lo es EE.UU.; ni lo es Cuba ni lo es Mongolia o Yibuti... Hay españoles de bien y de mal, norteamericanos de bien y de mal, cubanos y mongoles competentes, cubanos y mongoles necios... Hay panaderos, fontaneros y periodistas decentes, que trabajan con profesionalidad. Y otros que son unos incompetentes, incluso unos redomados cabrones.

¿A qué viene todo esto? Pues a cuenta del coronavirus. No nos engañemos: entre nuestros conciudadanos hay no pocos energúmenos que solo entienden (y algunos, ni siquiera) el lenguaje de la coacción legal, la multa, la detención o el porrazo. En todos lados hay cafres, desde luego, y España no iba a ser una excepción. Claro que hay mucha gente que está dándolo todo por ayudar y sacarnos de esta pesadilla, pero también hay tiparracos y personajillos que se pasan por el forro las restricciones aprobadas por el Gobierno, inventan o propagan noticias falsas alarmantes (fearmongering), intentan robarte por Internet, opinan en redes sociales como expertos epidemiólogos siendo meros cuñaos, hacen burdo acaparamiento de productos de primera necesidad, aprovechan su coyuntural posición fiscalizadora bajo el estado de alarma para amenazarte y perdonarte la vida chuscamente...

Así pues, cuando salgas a aplaudir hoy a las 8 a los héroes del coronavirus, dedica una sonora pitada al final (al menos para tus adentros) a los que siempre y en toda ocasión no desaprovechan para jodernos la marrana a la mayoría.

jueves, 20 de febrero de 2020

Cuidado con las consecuencias no intencionadas



La ley de las consecuencias no intencionadas nos dice que, dada la complejidad de los sistemas naturales y sociales, una acción inteligente dirigida a un cierto fin tiene siempre efectos inesperados no buscados (tanto para bien como para mal). El psicólogo evolutivo Robert Kurzban nos pone, en el muy recomendable libro colectivo Eso lo explica todo, un ejemplo fechado en la Australia de 1900 (hay infinidad de casos, desde la prohibición -¡y también la legalización!- de las drogas hasta los subsidios a los alimentos básicos pasando por la administración de antibióticos o la subida de los impuestos). 

Resulta que el Gobierno australiano, ante la plaga de ratas que azotaba al país, tuvo la ocurrencia de prometer un pago a todo ciudadano por rata cazada: si te cargabas a tres de estos roedores, cobrabas el triple que si solo presentabas uno muerto ante las autoridades. Los que tomaron la medida estaban lejos de sospechar la brillante idea de no pocos de criar ratas para matarlas y llevarse así un buen dinerito del erario público. Es lo que pasa por ignorar la naturaleza humana.

En este ejemplo, como en el de los subsidios a productos de primera necesidad en Venezuela (que en las localidades fronterizas con Colombia han incentivado el contrabando, dejando vacías las estanterías de los supermercados), la política del hijo único en China (que produjo un aumento del infanticidio femenino) o la introducción de la heroína como sucedáneo bueno de otros opiáceos (fue patentada y comercializada por Bayer), es el factor humano el que da al traste con el plan o genera efectos indeseables. Pero la naturaleza ya se encarga de hacerlo por sí misma la mayoría de las veces. También en Australia, Kurzban nos cuenta que la liberación en 1859 de dos docenas de liebres para que sus descendientes sirvieran de presas a los cazadores causó un tremendo desastre ecológico (amén de otras consecuencias como el levantamiento de una verja de más de 3 mil kilómetros que serviría de guía en 1931 a tres niñas aborígenes que huían de un asentamiento forzoso, cuya historia a su vez inspiró el rodaje en 2002 de una película  -Generación robada- muy aclamada por la crítica).

Esta ley merece una seria reflexión, no solo de los políticos sino también de sus votantes. Frente al discurso simplista de los populistas, hay que decir bien alto que no hay remedios sencillos en realidades tan complejas e interconectadas como la económica o la ambiental. Ignorar esto hace que muchas veces salga el tiro por la culata (ojalá que eso no ocurra con la subida del salario mínimo, una medida indudablemente justa). El infierno está empedrado de buenas intenciones.

Por cierto, si el noble del siglo XII Egilmar I de Oldenburgo hubiese sido asesinado por su esposa Riquilda antes de darle un hijo (pongamos que esta hubiera querido envenenarle por algún poderoso motivo), Letizia Ortiz no sería la reina de España y Lady Diana no hubiese perdido la vida en un accidente de tráfico en París. Cosas que Riquilda jamás habría imaginado (y que, en cualquier caso, le habrían importado un bledo).

sábado, 18 de enero de 2020

Las maneras de obtener un Boeing 747



Si un extraterrestre inteligente sin conocimiento previo alguno de nuestro planeta se topara con un Boeing 747, barajaría dos opciones: o ha sido diseñado por una civilización inteligente o ha sido esculpido por la selección natural (un proceso que, a diferencia del anterior, requeriría mucho más tiempo: millones de años). Si el objeto no tiene capacidad reproductiva, todo apuntaría a lo primero. ¿Cómo saberlo? Constatando la inexistencia de un código genético o programación interna en sus componentes.

Otra posibilidad sería observar detenidamente su diseño. Si no hay alguna irracionalidad manifiesta, aparentemente contraria a toda lógica, cabe descartar la opción evolutiva. Porque la evolución, muy condicionada por la estructura heredada sobre la que opera, exhibe a veces ñapas que resultan funcionales pero que jamás se le ocurrirían a un ingeniero: caso del ojo -que tiene un punto ciego en el centro de la retina- o del nervio laríngeo recurrente -que hace un desvío absurdo, especialmente visible en una jirafa- de un mamífero.

Hay una explicación alternativa a esas dos: la de que ese objeto se formó de manera azarosa al pasar un torbellino por un almacén de chatarra (este argumento -utilizado por el astrofísico Fred Hoyle para ilustrar la improbabilidad de la vida- es empleado en la actualidad por los creacionistas para atacar la evolución, ignorantes del poder acumulativo de esta para ofrecer una apariencia de diseño). Se trata de una explicación improbabilísima pero no imposible. Más improbable aún, pero igualmente posible, sería que se formara el avión espontáneamente (¡ya sin necesidad de torbellinos!) por una aberración equivalente a la de obtener un millón de caras seguidas al tirar una moneda. El padre de la termodinámica, Ludwig Boltzmann, teorizó con los llamados "cerebros de Boltzmann": cerebros completos que aparecerían espontáneamente en el espacio vacío. Porque si se tiene todo el tiempo del mundo, cualquier cosa acaba pasando... Pero si estas aberraciones (un torbellino creador del Boeing, un millón de caras seguidas o un cerebro de Boltzmann) no han ocurrido en nuestro universo es porque SOLO han pasado 14 mil millones de años desde el Big Bang. Muy poco tiempo, desde luego...

En fin, que el Boeing 747 es obra de un creador inteligente que a su vez ha sido esculpido por la selección natural. Podría pues decirse que, en última instancia, es un producto de la selección natural. Al igual que memes como la creencia en Dios o el madridismo. Porque todo lo que existe ha pasado ese filtro implacable.

sábado, 23 de noviembre de 2019

El diablo de al lado... ¿diablo?


Terminé de ver en Netflix El diablo de al lado, serie documental sobre el presunto criminal nazi John Demjanjuk (identificado por algunos como el infausto Iván el Terrible del campo de exterminio de Treblinka, en Polonia). Más allá del saludable ejercicio de recordarnos el Holocausto, la serie nos asoma a una galería de personajes "normales" (incluyo a Demjanjuk, tal y como luego explicaré) que exhiben las mismas zonas de sombra y pequeñas miserias que casi todos nosotros. Retratar a la gente "normal" con trazos gruesos y de manera maniquea no parece lo más inteligente para acercarse a la verdad: siempre es necesario usar una paleta de grises que recoja la peor cara del presunto bueno y la mejor del presunto malo (insisto en excluir a las bestias pardas, que caerían dentro del saco de la anormalidad). El diablo de al lado no solo es interesante por la historia del personaje central sino también por los perfiles psicológicos de los protagonistas secundarios de la trama: familiares, supuestas víctimas suyas, su abogado, el fiscal...

Demjanjuk era un joven de procedencia ucraniana que emigró a EEUU años después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. En América encontró un trabajo como obrero en Ford y una esposa con la que formó una familia: reunió, en suma, los mimbres para llevar una vida digna, honrada y sencilla. Y al cabo de muchos años se jubiló, habiéndose ganado el respeto de sus compañeros de trabajo y sin apenas una tacha a su conducta: ni un escándalo vecinal, ni una multa por exceso de velocidad... Un trabajador ejemplar y un amoroso padre y abuelo, amable con todos, fiel a su cita semanal en la Iglesia católica ucraniana de Cleveland.

Hasta que un día le identificaron como el susodicho Iván el Terrible (un monstruo que no se limitaba a empujar a los judíos hacia las cámaras de gas sino que disfrutaba cometiendo múltiples atrocidades que no le habían sido ordenadas: entre ellas, cortar pechos y narices con una espada). Demjanjuk fue deportado en 1988 a Israel, donde le aguardaba un juicio que pintaba muy feo para él: todo apuntaba a que correría la misma suerte (la ejecución en la horca) que el nazi Adolf Eichmann tres décadas atrás. Desde luego, Eichmann era solo un "imbécil moral" (así lo retrató la filósofa Hanna Arendt, que encontró en su persona una vulgar encarnación de la "banalidad del mal") que se limitaba a hacer su rutinario trabajo funcionarial (redactar las listas de judíos condenados a morir) y a obedecer órdenes sin rechistar. Podríamos considerarlo un tipo "normal" (eso no le exime de su gravísima responsabilidad, por supuesto), a diferencia de Iván el Terrible: este último era un psicópata y un vil sádico, un tipejo a todas luces exterminable. Si el viejo John era el tal Iván el Terrible, yo no habría tenido nada que oponer a su ejecución de cualquier modo o manera (incluso a su ejecución sumaria, para qué ocultarlo). Pero lo que me enganchó a la serie fueron precisamente las dudas a ese respecto. Escrutar su rostro y sus gestos, procurando adivinar si podían corresponderse a tamaño monstruo, me resultaba muy intrigante.

Un personaje muy interesante es su abogado, un judío israelí excéntrico y echado palante que se gana la inquina de la mayoría de sus compatriotas al asumir la defensa judicial de Demjanjuk. El abogado, al que acompaña cierta fama de chulería y mala reputación, está convencido de que su defendido no es Iván el Terrible y remueve cielo y tierra en busca de pruebas exculpatorias. Su empeño tendrá un coste: será víctima de un ataque con ácido que casi le causa ceguera. No consigue impedir la condena a muerte, pero acaba triunfando con su apelación al Tribunal Supremo de Israel. Tras cinco años en prisión, Demjanjuk es liberado sin cargos al no haber evidencias claras de su paso por Treblinka. Uno de los testigos que afirmaba reconocerlo exhibía una evidente senilidad: llegó a decir que había viajado de Israel a Florida en tren y no recordaba el nombre de uno de sus dos hijos muertos en Treblinka. Otro testigo parecía estar mintiendo: aseguró entre aspavientos que era él sin duda, tras verle de cerca sin gafas, pero luego se descubrió un texto por él escrito al final de la guerra en el que aseguraba que habían matado entre varios a Iván el Terrible en un motín.

Hay que tener en cuenta que el juicio fue televisado en directo en Israel, un país obviamente muy sensibilizado con el Holocausto. El abogado de John estaba seguro de que ese último testigo había advertido en el cara a cara que no estaba frente al monstruo de Treblinka. Pero, sometido a una tremenda presión ambiental, optó por mentir. ¿Se imaginan que hubiese reconocido su error?: "Ah, pues no es él, me confundí, lo siento...". En la serie se habla de algo poco conocido fuera de Israel: el sentimiento de culpa de muchos supervivientes judíos del Holocausto, sobre los que se cernía un halo de sospecha (¿qué hicieron para salvarse?) en el naciente Estado hebreo. A saber qué pesados fardos psicológicos cargaba ese testigo... Si mintió, estaba poniendo la soga en el cuello a un inocente: la víctima estaba comportándose como un malvado.

Las cuitas judiciales de Demjanjuk no acabaron con su absolución en 1993. Tres lustros después, ya casi nonagenario, volvió a ser deportado: esta vez a Alemania, acusado de haber trabajado en el campo de exterminio nazi de Sobibor (Polonia). Él y su familia intentaron engañar a las autoridades para frenar la extradición (haciéndole pasar por una persona impedida), ¡pero quién podría echárselo en cara! ¿Hubiese hecho cualquiera de nosotros otra cosa?... Fue condenado a cinco años de cárcel (sin más prueba que la de haber estado en Sobibor) y murió en un geriátrico en suelo germano antes de que se resolviera su apelación. 

Al final de la serie, un nieto de Demjanjuk nos ofrece algunas conclusiones acerca de él. Intuyo que acierta al reconocer implícitamente que su abuelo veinteañero decidió colaborar con los alemanes de las SS para salvar el pellejo (como soldado del Ejército Rojo había sido capturado por los de Hitler y estaba en un campo de concentración de prisioneros de guerra), lo que le condujo a ser parte del engranaje criminal nazi. Lo hizo por mero instinto de supervivencia, pero no era un psicópata ni un sádico (de serlo, se habría manifestado como tal durante toda su vida). "Sé que no era un mal hombre, sé que no era Iván el Terrible", afirma su nieto en el documental. 

Los héroes no abundan. Y Demjanjuk no lo era, desde luego: pudo haber elegido el camino menos cómodo de no colaborar. Pero me pregunto cuántos de nosotros (personas "normales") hubiesen hecho algo diferente en una situación parecida. Por otra parte, es una indignidad y un insulto a la inteligencia hacer pasar al ucraniano como un supervillano y al científico alemán Wernher von Braun (al que perdonaron en EEUU su pasado como criminal nazi -diseñó las bombas incendiarias V2 que arrasaron Inglaterra- por ser el artífice del programa espacial estadounidense) como un gran hombre. Von Braun no fue el único nazi que se había ido de rositas tras la guerra, por cierto. 

sábado, 9 de noviembre de 2019

La ortodoxia de la corrección política, un insulto a la inteligencia que solo beneficia a los ultras

Hace ya tiempo que escribí contra la nueva Inquisición de la corrección política, que se ha ido adueñando del espacio público con el silencio y la complicidad de la izquierda menos reflexiva. Hoy vuelvo a este mismo asunto, consciente del coste que puede tener para las causas progresistas someterse a sus dictados. Como afirma el tuitero @saldatis, "los populistas solo dicen barbaridades que a nadie se le ocurre decir y verdades que nadie se atreve a decir". "Para luchar contra ellos", seguía @saldatis, "en vez de debatir las primeras -que se anulan solas- los partidos "normales" deberían adelantarse en decir las segundas". Y creo que tiene toda la razón.

Un caso de libro es el de las manadas sexuales. En el debate televisivo de hace unos días, el líder de Vox dijo que el 70% de los integrantes de las manadas eran extranjeros. Los verificadores de El País se lucieron con un desmentido en Twitter en cuya explicación se contradecían a sí mismos: ¡concluían que el dato correcto era del 69%! Para no quedar en ridículo, El País borró el tuit al poco tiempo (aunque demasiado tarde para impedir los pantallazos). Yo nunca votaré a una formación nacionalpopulista y ultra como Vox (ni siquiera a un partido de derechas), pero si Santiago Abascal -o el mismo Stalin- dijera que la Tierra gira en torno al Sol no seré yo quien se lo niegue.
Pues resulta que El País se quita discretamente de en medio, pero la página de verificación Newtral saca un informe en el que insiste en la falsedad del dato del 70%. Y lo hace reconociendo que el 69% son extranjeros... ¡pero solo cuando en las agresiones sexuales grupales la víctima no conoce a sus violadores! ¿Es disparatado suponer que las violaciones en manada se cometen mayoritariamente con desconocidas, porque así es más fácil salir impune? Aun así, no veo por qué la estadística tendría que ser muy diferente cuando la víctima es conocida por sus agresores (no hay datos de esto desagregados por nacionalidad). En cualquier caso, es un despropósito de Newtral relativizar las violaciones en manada de desconocidas diciendo que son solo el 4% del conjunto de todas las agresiones sexuales (20% del 20% en las que la víctima no conoce a sus agresores). Si hablamos de manadas (un tipo de violación agravada, contra la cual se han manifestado en nuestras calles miles de mujeres), ciñámonos a ellas y abstengámonos de usar torpes artimañas aritméticas para llevar el ascua a nuestra sardina.

Empecé este artículo con las manadas, pero sigamos tocando otros palos políticamente incómodos... Los datos citados por Newtral en este otro informe desmienten implícita e involuntariamente el mantra oficial del 0.01% de denuncias falsas (ese es el % de las pocas sentencias condenatorias, ya que la Fiscalía solo actúa de oficio en casos de escandalosa falsedad). Con un 33% de archivos y un 7% de absoluciones, el dato real debe ser en buena lógica muy superior. Si las denuncias falsas fueran el 10% del total (una cifra que parece razonable a tenor de los sobreseimientos libres -un 3%- y las absoluciones), la cifra multiplicaría por 1.000 la oficial indiscutible (el mantra del 0.01%). Ciertamente, ese 33% de archivos o sobreseimientos es muy inferior al 86% pregonado por Vox. La realidad parece estar en un punto intermedio entre lo que dice la ortodoxia buenista y lo que cuentan los ultraderechistas.

Lo mismo puede decirse de la sobrerrepresentación de los extranjeros en el ejercicio de la violencia de género. Sigo asombrado de que una persona inteligente y cabal intentara convencerme hace meses de que yo estaba equivocado esgrimiéndome el dato de que el 70% de los agresores a mujeres son españoles... ¡no advirtiendo que me estaba dando implícitamente la razón, ya que un colectivo que representa el 10% de la población explicaría el 30% de las agresiones!

Pasemos ahora a los menas... Un votante de Unidas Podemos que ha trabajado con menores no acompañados en Canarias me confiesa que en torno a un 30% son muy problemáticos (casi todos, magrebíes; el 99% de los subsaharianos son buenos) y que la mitad de estos (o sea, sobre un 15%) son individuos verdaderamente peligrosos. Debemos ayudar a los buenos menas a formarse e integrarse, así como poner firmes a los malos (poniéndolos en un avión de vuelta a su casa, si es posible). Lo lamentable es que, como me explica ese trabajador social, el sistema no premia a los que se portan bien y no pocas veces las deportaciones se ceban con ellos en vez de con los energúmenos.

Es verdad que la extrema derecha utiliza los datos torticeramente (metiendo en el mismo saco a todo un colectivo -inmigrantes- que mayoritariamente es gente honrada), pero flaco favor hacemos desde la izquierda retorciendo la realidad para desautorizar a xenófobos y racistas. Porque seguro que hay nativos de buena voluntad (y, no pocos de ellos, progresistas) que se sienten insultados al escuchar ciertas afirmaciones de Garzones y Colaus sobre manadas, violencia machista, menas, etc. que contradicen lo que ven en sus barrios con sus propios ojos... Y que pueden verse tentados a votar, ya solo por rabia e indignación, a nacionalistas ultras que al menos no tienen miedo al tribunal de la corrección politica.

Esa ultracorrección es la que impide a muchos afirmar (al menos en público) que hay culturas más violentas y machistas que otras, lo que hace que sus miembros sean en promedio (insisto: EN PROMEDIO) más violentos y machistas. La cultura española, por ejemplo, es menos ecologista y más tolerante con el maltrato animal que la cultura escandinava: a nuestros compatriotas (EN PROMEDIO) les preocupa menos el ecologismo y el bienestar animal que a los nórdicos. ¿Alguien se atreve a negarlo?... ¿Y alguien se atreve a negar que hay mujeres (al igual que hombres) mentirosas y malvadas?... Decir estas cosas te hace ingresar, como dice Arturo Pérez-Reverte, en el club de los fusilables: tanto por los hunos como por lxs otrxs.

Un amigo de extrema izquierda me decía ayer mismo, al discutir sobre todo esto, que ve necesario engañar a la gente nativa más sencilla porque cualquier intento de convencerlas con argumentos está condenado al fracaso. O sea, que habría que esconder verdades incómodas (habría que practicar la mentira social piadosa) para evitar que las masas trabajadoras poco ilustradas se lanzaran a la caza del diferente. Huelga añadir que opino todo lo contrario y que no se debe insultar así a la inteligencia de la gente (debe hacerse pedagogía, sin negar la realidad). Porque todo el mundo tiene su orgullo... y más vale no pisarlo si no queremos luego sorpresas muy desagradables en las urnas.

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