viernes, 20 de septiembre de 2013

La naturaleza del mal


Este sábado, La noche temática de TVE está dedicada a abordar la naturaleza del mal. Hace dos años escribí en este blog el post "Una explicación biológica del mal", meses después de otra entrada titulada "El bien en el cosmos". Es obvio -bien lo saben quienes me conocen- que este asunto me interesa mucho. Una vez le preguntaron a Jon Sistiaga por qué le fascinaban las guerras, a lo que el periodista vasco respondió que en ellas buscaba saciar una curiosidad intelectual acerca del fenómeno del mal. Comparto esa inquietud, aunque carezco del valor para meterme en los berenjenales que frecuenta Sistiaga.

Como ya he apuntado en mis entradas anteriores al respecto, para la empresa de entender el mal es necesario conocer bien de dónde venimos y quiénes somos. Y las respuestas más certeras a esas preguntas las da la ciencia, no la literatura ni el arte (por supuesto, ni por asomo la religión y otras supersticiones no homologadas). Lo primero de todo es no negar la naturaleza humana, por mucho que nos disguste aceptarla: es como la gravedad o la fuerza electromagnética, que existen nos plazcan o no. Una condición humana que, tengámoslo siempre presente, es fruto de la misma selección natural que ha modelado la conducta de las hormigas, los tigres, los virus y las plantas carnívoras. Lo cierto es que estamos muy condicionados por nuestro equipamiento genético, que explica buena parte de nuestros comportamientos.

Es muy revelador observar lo más objetivamente posible tanto nuestra conducta como la del prójimo. Al fin y al cabo, todo colectivo humano de cierto tamaño es una muestra significativa de la especie en su conjunto. Estafadores, maltratadores, violadores y asesinos en potencia están entre nosotros (en el vagón del metro, en los centros escolares, en el trabajo, en la calle, en el bar...) antes de pasar de la potencia al acto (e incluso después, amparados por la impunidad, caso de muchos maltratadores y de los torturadores del franquismo). Los asesinos de Srebrenica, por ejemplo, no eran unos diablos con cuernos ni unos extraterrestres de color verdoso (aunque iban vestidos de verde caqui, lo cual no es un detalle anecdótico). Todos tenemos pulsiones violentas y sádicas, pero por fortuna la mayoría consigue domarlas o sublimarlas de manera civilizada. No estoy de acuerdo con quienes sostienen que cualquiera sería capaz de infligir las mayores atrocidades: además de psicópatas, hay personas normales más violentas, primitivas y sádicas que otras; y, por otra parte, están los fanáticos (entre los que se cuentan algunas buenas personas con el cerebro arrasado por nacionalismos y fundamentalismos).

El siguiente paso en nuestra aproximación al mal es darnos cuenta de que lo que la mayoría de los humanos entiende por tal es una versión antropocéntrica muy acotada. Convendría preguntarnos, cada vez que nos sentemos a la mesa a comer (particularmente si osamos bendecir los alimentos por considerarnos personas religiosas), de dónde vienen las cosas puestas encima del plato. Así, quizá empecemos a vislumbrar que nuestra cotidianeidad se funda sobre un horror (muy natural, eso no lo niego), cuyo conocimiento acaso nos obligue moralmente a tomar ciertas decisiones. Hace siglos, ya una minoría vislumbraba e incluso veía con meridiana claridad la terrible inmoralidad de la esclavitud.

Yo creo en la "banalidad del mal" tal como la formuló Hannah Arendt, con el nazi Adolf Eichmann como muestra. Este concepto se aplica al imbécil moral más que al psicópata, que tiene el eximente de venir averiado de serie (no siente ni puede sentir empatía) -una avería premiada, por cierto, por la selección natural- y ser por ello incorregible. Imbéciles morales como Eichmann son con certeza muchos de los participantes en el concurso televisivo El juego de la muerte: los que creían que al apretar un botón, instados por la presentadora, estaban causando descargas eléctricas reales a personas que veían en una pantalla. El imbécil moral sí es capaz de sentir más o menos compasión por el prójimo, pero comete acciones malévolas por su mezquindad, alienación, sumisión, pereza intelectual o pocas luces. Muchos miembros de las SS eran psicópatas; muchos votantes del Partido Nazi, simples imbéciles morales; muchos de sus líderes, peligrosos fanáticos convencidos (mezclados con no pocos oportunistas).

La teoría de juegos (o sea, las matemáticas aplicadas, no la hermenéutica ni el hebreo antiguo) nos hace ver que no es posible una humanidad poblada solo por buenos, porque los que no lo fuesen prosperarían con el engaño a costa de los primeros. Por otra parte, tampoco sería sostenible un mundo lleno de canallas, porque habría margen para que quienes no lo fuesen cooperasen y prosperaran en detrimento de aquellos. La situación evolutivamente estable sería aquella en la que coexistiesen unos y otros en ciertas proporciones. Dicho de otro modo, que siempre habrá mala gente en la sociedad, que esto es algo no erradicable (da igual lo mucho o bien que invirtamos en educación o en políticas sociales) que tenemos que asumir como lo hacemos con la gravedad o la inevitabilidad de la muerte. Muy pocos dudan de la necesidad de apartar de la sociedad a quienes con sus actos -¡ojo!: no con sus inclinaciones- ponen en peligro al prójimo: esto, llámese justicia, profilaxis o como se quiera, no debe ser tomado como una tragedia.

En resumen, que el mal tiene un fundamento genético (como dice Richard Dawkins, todos los seres vivos son máquinas de las que se valen los ciegos e implacables genes para replicarse), que nuestra concepción del mal es limitada y cambiante (hace algo más de un siglo no era mala la esclavitud en EE.UU.), que tenemos que acostumbrarnos a convivir con él y que más nos vale tenerlo controlado -con leyes, educación e instituciones sólidas- para evitar paraísos de psicópatas, imbéciles morales y fanáticos como el fascismo o el estalinismo.

sábado, 7 de septiembre de 2013

El sueño olímpico del príncipe Felipe

El discurso del príncipe Felipe esta tarde en la presentación en Buenos Aires de la candidatura de Madrid 2020 fue magnífico, pero absolutamente vacío: como ejercicio de retórica, sobresaliente; en cuanto a enjundia y apego a la realidad, cero. Desde luego, no se podía esperar otra cosa de un discurso institucional de esa naturaleza y en semejante foro.

Para empezar, el príncipe expresa su agradecimiento al COI por el "trabajo que hacen cada día para tener un mundo mejor". ¿En qué han contribuido el COI y sus miembros a un mundo mejor? ¿En qué ha contribuido, en particular, Alberto de Mónaco? ¿Acaso ha sido un trabajo en la sombra, realizado con tanta discreción que se nos escapa al común de los mortales?

A continuación, el heredero a la Corona desgrana una típica, tópica -y ridícula, por supuesto- apología del deporte. Claro que el deporte es algo loable y saludable (correr, ir en bici, nadar, jugar al fútbol, al baloncesto...). Pero otra cosa bien distinta es el deporte de alta competición, principalmente un negocio y una actividad no demasiado beneficiosa -aunque solo sea por las inevitables lesiones, ya no hablemos del dopaje- para la salud de quienes lo practican.

Cada vez que me hablan de la bondad del deporte, de su ejemplaridad para los niños, me vienen a la cabeza tipos como Mourinho y esas grandes estrellas endiosadas, coleccionistas de modelos estúpidas y de coches deportivos. Claro que hay otros deportistas con un perfil aparentemente más ejemplarizante, como Gasol o Nadal. ¿Pero cuántas veces les hemos visto mojarse en la tele -además de por marcas de coches y zapatillas- por un nuevo modelo de sociedad más sostenible, por la gente más desfavorecida, contra tantos abusos a la ciudadanía? "Los beneficios del deporte se miden en generaciones, no en dólares", prosigue Felipe. Que se lo diga a los organizadores de la NBA, de la Liga BBVA o de la Premier League: que les proponga que a partir del año que viene hagan competiciones sin ánimo de lucro.

"He visto cómo funciona el olimpismo y sé que puede conseguir ese futuro brillante para todos los jóvenes", dice. ¿Sí? ¿Cómo funciona? Porque sería muy interesante saberlo para disipar ciertas sospechas no carentes de fundamento. "Creemos en el olimpismo", afirma con gran solemnidad. Obviamente, no se puede creer lo que dice: ni él ni los más avispados de la representación española desplazada a Buenos Aires. El día que se ventile toda la cochambre de esa institución, que llegó a ser presidida por un exfalangista catalán cuya esposa nunca hablaba con el servicio, nuestro futuro Rey quedará retratado como Samaranch lo fue en noviembre de 1975 con motivo del fallecimiento de su amado caudillo.

En fin, que dentro de una hora y cuarto se sabrá quién organizará los Juegos de 2020. Me alegraría sinceramente si un triunfo de Madrid fuese una oportunidad para la regeneración democrática y cívica de España, pero es que me temo que sería lo contrario: un aval a una casta política corrupta y a sus amiguetes empresarios, con el consiguiente portazo definitivo a la esperanza de tener algún día un país más serio, amable y vivible. Ya veremos.

sábado, 31 de agosto de 2013

Hernán Cortés, héroe... y seguramente villano


La figura del conquistador de México, Hernán Cortés, sigue envuelta en la polémica desde su muerte en 1547. Las idas y venidas de sus restos mortales son un símbolo de la controversia que levanta un personaje tan alabado por los nacionalistas españoles como denostado por sus homólogos mexicanos (en su mayoría, gente con sangre hispana que no se muestra tan crítica con las carnicerías de su idolatrado imperio azteca).

Hay detalles de la vida de Cortés que permiten respaldar la razonable hipótesis de que se trataba de un aventurero sin demasiados escrúpulos, taimado y maquiavélico, de una ambición desmedida y una intolerancia muy española (y vasca), todo ello compatible con un carácter profundamente religioso (en el sentido de fiel devoto de estatuas de escayola y pecador temeroso del castigo divino). El abandono de sus estudios en Salamanca en busca de emociones fuertes, la traición al gobernador de Cuba Diego Velázquez (que tampoco era precisamente un santo), la tortura y ejecución de Cuauhtémoc y otras barbaridades de esa índole, su condición de violento macho alfa (con sospechas de haber estrangulado incluso a una de sus esposas) y su obsesión por la gloria y la riqueza apuntan firmemente en esa dirección.

La variabilidad de la población humana, tanto de raíz genética como ambiental, es la que explica que haya personas más (o menos) osadas, más (o menos) ambiciosas, más (o menos) egoístas, más (o menos) inteligentes que otras. Muchos de los más osados y ambiciosos suelen estrellarse -sobre todo si les falta la inteligencia-, pero algunos de ellos -en virtud de su inteligencia y/o de una suerte que tampoco se distribuye igualitariamente- consiguen llegar arriba. De hecho, la inmensa mayoría de los que lo logran tienen ese perfil: reyes, guerreros y sumos sacerdotes casi nunca han sido gente humilde, conformista o empática con los demás. Siempre ha habido una selección negativa merced a la cual los hijos de puta o sus amigos han tenido muchas más posibilidades de llegar al poder que la gente con ciertos escrúpulos. Por eso no sorprenden los engaños, las traiciones, las matanzas (incluso de padres a manos de sus hijos, y viceversa) que salpican la historia de las jefaturas humanas (clanes, Estados, bandas de delincuentes, etc.). No es tanto la condición humana como la condición humana hijoputesca.

No hay que ser muy perspicaz para intuir que Cortés, como el resto de conquistadores y prebostes, seguramente pertenecía al grupo de los villanos. En una benévola biografía del personaje, Christian Duverger apunta: "Todos sus contemporáneos están de acuerdo en concederle cualidades de un carácter excepcional. Es de un humor llano, de conversación agradable, erudito, culto, dotado de réplica. Hernán se mantiene alejado de todos los excesos: habla firme sin encolerizarse nunca; le gustan las fiestas sin ser fiestero; toma vino pero siempre con moderación; sabe apreciar la buena comida pero no le molesta ser frugal; es elegante y siempre está bien ataviado, pero viste sin ostentación. Vivo y chispeante, jamás sucumbe a la pretensión". Lo cierto es que muchas de las virtudes que Duverger atribuye al conquistador extremeño podrían también decirse de Adolf Hitler, que encima era vegetariano y amante de los perros (además de un conspicuo genocida).

domingo, 25 de agosto de 2013

¿Y quién soy yo? ¿Y quién es él?

Las preguntas más profundas suelen ser aquellas cuyas respuestas nos parecen aparentemente más evidentes, de tal modo que ni siquiera nos molestamos en plantearlas. Una de esas cuestiones es la de quiénes somos. Si sentimos que existimos, si nos vemos como seres individualizados, es gracias a nuestra conciencia: es ella, informada por el cerebro, la que hace que experimentemos un yo. Porque dentro de los confines de nuestro cuerpo no solo hay trillones de células trabajando en su funcionamiento y mantenimiento, sino también miles de millones de otros seres vivos (sobre todo, bacterias) con su propio ADN e intereses no necesariamente convergentes con los de nuestros ladrillos celulares. La conciencia es lo que nos confiere unidad, lo que nos hace sentir entes diferenciados del resto del Universo.

Uno de los grandes misterios de la vida es por qué existe -¿por qué habría de existir?- la conciencia. Para que un ser vivo se desempeñe por el mundo no hace falta que posea esa cosa tan difícil de definir pero con la que todos tenemos tanta intimidad. Un ordenador recibe información (inputs) del exterior y, conforme a su programación, la procesa para generar unos outputs. Un animal recibe información a través de sus sentidos y, conforme a su cerebro (una máquina orgánica plástica que no deja de aprender constantemente para corregir sus errores), la procesa para generar unos outputs en forma de acciones (atacar, huir, dirigirse en busca de comida o compañero sexual, etc.). Los animales y los propios humanos podrían ser perfectamente meras computadoras orgánicas, simples zombis sin consciencia ni vida mental. (La hipótesis filosófica del zombi ha sido desarrollada por pensadores como David Chalmers: lo más inquietante es la imposibilidad práctica de descartar con certeza que nuestro interlocutor -o el bloguero que esto escribe- sea un zombi).

Hay quienes piensan, sin embargo, que a partir de un determinado nivel de complejidad incluso los ordenadores se harían necesariamente conscientes (¿por qué el silicio habría de ser menos válido que el carbono a este respecto?). Por otro lado, hay quienes sostienen que hasta un simple termostato es consciente de algún modo. Y, ya en el extremo, las religiones orientales (hinduismo, sintoísmo, budismo...) se fundan en el pampsiquismo, en la creencia en que la conciencia mora en todo objeto del mundo aunque sea una piedra, un papel o un tornillo. 

El biólogo Richard Dawkins sugiere que la conciencia podría ser una interfaz entre el cerebro y el cuerpo que lo aloja, una especie de sistema operativo (a lo Windows, pero sin tantos fallos) para hacer un uso fácil de ese órgano tan complejo. Para Dawkins, que no deja de confesarse intrigado, la mente sería una emanación cerebral favorecida por la selección natural. El antedicho Chalmers defiende un dualismo naturalista merced al cual la conciencia emerge de la materia, pero no está sujeta a las leyes físicas tal y como las conocemos. Sería algo parecido a los genes culturales o memes de Dawkins, que emergen de seres materiales -los humanos- pero luego tienen vida propia en ámbitos inmateriales.

Una respuesta a la pregunta de ¿Quién soy yo? puede ser la que nos ofrece el célebre fisico Erwin Schrödinger en su librito ¿Qué es la vida?: "Analizándolo minuciosamente, se verá que no es más que una colección de datos aislados (experiencias y recuerdos), o sea, el marco en el cual están recogidos. En una introspección detenida, se encontrará que lo que en realidad se quiere decir con ‘Yo’ es ese material de fondo sobre el cual están coleccionados". Para Schrödinger, inspirado en el hinduismo, solo habría pues un Yo universal con multitud de avatares ilusorios (la pluralidad de conciencias).

Pese a ser un ateo confeso, el filósofo y estudioso de la mente Daniel Dennet reconoce que si nuestra conciencia fuese un software ejecutado por el cerebro, podría ser grabada de algún modo -no dejaría de ser información susceptible de registro con la adecuada tecnología- y así inmortalizada. Lo que Dennet pasa por alto es que, debido al íntimo y complejo entrelazamiento -tanto en el espacio como en el tiempo- entre las partículas del Universo, acaso nuestro registro personal no pueda ser reproducido si no es reproduciendo la totalidad del Universo. En una película se pueden ver los fotogramas hacia adelante o hacia atrás, pero no es posible -además de que no tendría sentido- ver solo los fotogramas en los que aparece un determinado protagonista. Ese registro personal podría estar inscrito de modo indeleble en el Universo, imbricado en el complejísimo entramado cósmico. Por lo que quizá tuviese razón Borges cuando escribió: "Sé que una cosa no hay: es el olvido. Sé que en la oscuridad perdura y arde lo mucho y lo precioso que he perdido: Esa fragua, esa luna, y esa tarde".

viernes, 2 de agosto de 2013

Vacaciones


(Fragmento del libro El último dodo, Ediciones Idea, 2010. El suceso relatado es del verano de 2003)

(El conserje) Matías me vio saliendo con la bolsa de la piscina y un bote vacío de alubias, destinado al contenedor de vidrio, en la mano izquierda. “Esas alubias no son buenas, te tengo que explicar cómo hacer un buen plato, con su hoja de laurel, su ajito, su panceta rica...”. Como siempre, yo andaba con mucha prisa, pero Matías, resguardado del bochornoso calor a la entrada del parking, no parecía tener ninguna. “Pues mira, hoy me preparó mi chica una crema de zanahoria que estaba riquísima, todavía queda para la cena”. Logré dejarlo por fin a mi espalda tras un eficaz “Bueno, Matías, vamos a nadar un poquito”. Bajo un sol abrasador, me fui con la imagen sin rostro de su hija -nunca la he visto- rallando zanahorias en su cocina. A la vuelta de la piscina volví a encontrármelo, a punto ya de irse a casa. “¿A dónde os váis de vacaciones este verano?”. “Unos días a Benicàssim, una semana a Escocia y otra a Canarias”. “Yo sólo he salido de España una vez, a una etapa del tour de Francia”, me confesó sonriente pero con gesto cansado: “Nos quedamos a dormir en una tienda de campaña en los Pirineos”.

sábado, 27 de julio de 2013

Un hadrocodium rezando en papiamento


(Dos fragmentos del libro El último dodo, Ediciones Idea, 2010)

"El presunto antecesor de todos los mamíferos, bautizado por los científicos como Hadrocodium, tenía el aspecto de una frágil musaraña, con un peso de apenas dos gramos y una longitud similar a la de un clip. Vivió hace 195 millones de años, y se pasaba el día devorando insectos compulsivamente. No corregía textos, ni traducía, ni se tomaba vacaciones, ni estaba pendiente de subidas de sueldo... De ese minúsculo ser descenderían desde los murciélagos hasta las ballenas, desde los tigres hasta los canguros, desde las ratas hasta los lobos, desde los cerdos hasta los hombres y mujeres... ¿Habrían sobrevivido los dodos si el Hadrocodium no hubiese existido? ¿Habrá tenido alguna influencia su alimentación insectívora en la masacre de Srebrenica? ¿Es el Hadrocodium culpable de algo?..."

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"Nos Tata cu ta na cielo
bo Nomber sea santifica
laga bo Reino bini na nos,
bo boluntad sea haci na tera
como na cielu.
Duna nos awe nos pan di cada dia
i pordona nos nos debe,
mescos cu nos ta pordona
nos debedornan
i nos laga nos cai den tentacion,
ma libra nos di malu,
Amen" (el Padre Nuestro en papiamento).

sábado, 20 de julio de 2013

Impugnado un partido de fútbol Jueces-Periodistas que arbitró Pérez de los Cobos

La militancia en el PP del magistrado Pérez de los Cobos ha generado una ola de impugnaciones de las que se está haciendo eco la prensa nacional e internacional. El último episodio al respecto, acaso el más insospechado, tiene que ver con el deporte rey: un grupo de periodistas ha pedido la repetición de un partido amistoso de fútbol disputado hace dos años en el campo del Real Madrid entre jueces e informadores en beneficio de la Fundación para la Ley y el Orden y de los prejubilados de Telefónica. El encuentro en el estadio Santiago Bernabéu, que concluyó con la victoria del combinado judicial por un gol a cero, se resolvió con un polémico penalti en el último minuto sobre Pérez de los Cobos. El magistrado, que fue derribado por un golpe de viento a 65 metros de la portería contraria, lanzó la pena máxima aprovechando un momento de despiste del portero Pedro Jota Ramírez, que estaba siendo avisado de que una grúa procedía al levantamiento de su Renault Kangoo estacionado en una plaza para minusválidos de la calle Concha Espina.

Testigos de aquel partido juran que al comienzo solo había 22 hombres sobre el terreno de juego, once por cada equipo (el partido acabó con quince, ya que los periodistas vieron tres tarjetas rojas directas y otras cuatro por doble amarilla, además de otras tres amarillas y una con la imagen del Cristo de Medinaceli), lo que les llamó la atención por tratarse de un número par. No obstante, los jugadores de ambos combinados aseguran haber seguido las órdenes de un trencilla barbado con silbato y camiseta negra. Las imágenes de vídeo captadas por el móvil de un socio del Real Madrid acaban de desvelar el misterio, al confirmar de manera inequívoca que Pérez de los Cobos arbitró el partido al tiempo de ejercer como volante derecho de su equipo. Ese es el principal argumento de los informadores para pedir la repetición del encuentro.

El magistrado reconoce ahora haber utilizado una camiseta reversible, negra por un lado (cuando le tocaba ejercer de árbitro) y azul por otro (cuando jugaba con su equipo, frente a los periodistas de blanco). Admite esa doble condición de árbitro-jugador, pero niega con rotundidad que esta circunstancia fuese determinante para el resultado del partido. Pérez de los Cobos apela a un informe de la FIFA del año 1857 que considera compatible el ejercicio de ambos puestos siempre y cuando no se ostente al mismo tiempo la presidencia de alguno de los dos equipos en liza. "No es el caso, obviamente, puesto que se trataba de equipos informales sin estructura jerárquica", apunta. Algunos de los futbolistas del bando periodístico habían denunciado al final del choque la extrema severidad del trencilla con los blancos. "Aunque nunca hablo de los árbitros, creo que hoy se ha excedido", declaraba ese día el entonces director de La Gaceta Carlos Dávila, a la sazón extremo derecho del once de la prensa. Pérez de los Cobos se defiende con el argumento de que con las tarjetas quiso cortar el juego peligroso del combinado de los informadores: "Estaban entrando en el área constantemente y generando innumerables ocasiones de gol".

La Audiencia Provincial de Madrid ha de resolver si el partido debe disputarse nuevamente. Los periodistas están dispuestos a llegar al Tribunal Constitucional. "En ese caso, no me cabe ninguna de que se hará justicia y prevalecerá el Estado de Derecho", afirma rotundamente el magistrado Pérez de los Cobos.

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