Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
lunes, 30 de junio de 2014
Cita infausta con un mosquito en el espacio-tiempo
Ayer maté a un mosquito bien grande que se había metido en casa: bastó un golpe seco con una caja de Kleenex. Le dije a mi hijo, mostrándole la base de la caja con el mosquito aplastado, que lo había hecho en defensa propia: para que no nos picase esa noche. El animal tuvo una muerte rápida, instantánea, sin sufrimiento (esto me tranquiliza): vivía y, de pronto, dejó de vivir. Lo que no le dije es que haría lo mismo -aunque tendría que emplear un método más contundente- si fuese un ser humano el que amenazara su vida: me asistiría el ordenamiento jurídico y cualquiera lo entendería, San Agustín inclusive.
Con los mosquitos no hay negociación posible para evitar sus picaduras: no vale el "te dejo vivir pero a cambio no me atacarás", sobre todo porque es igual de imposible transmitirle esta información como recibir una respuesta de su parte. El mosquito necesita picar para alimentarse de sangre, de la que depende su supervivencia. Por tanto, en el alucinante supuesto de que le llegase el mensaje, se aviniera a un acuerdo y pudiese comunicárnoslo, es muy probable que no cumpliese finalmente con su palabra: la mentira es una estrategia seleccionada por la evolución, que pervive precisamente gracias a su utilidad (al igual que la maldad).
La picadura de este mosquito no iba a causarnos la muerte, ni siquiera alguna fastidiosa enfermedad como la malaria. Así pues, en un lado de la balanza utilitarista puse el malestar (relativamente leve) de mi familia por las eventuales picaduras; en el otro, la vida del insecto. Y no tardé mucho en tomar la decisión de acabar con él. Reconozco que ello me produce una pizca de inquietud (¡un jainista consecuente no lo hubiera hecho!), pero hay que ser consciente de que es imposible vivir sin dejar una huella de sufrimiento: todo lo que tiene culo no solo tiene miedo sino que también hace daño. Todos somos culpables, todos somos (más o menos) egoístas. No nos engañemos pensando lo contrario.
Aunque bien es cierto que ningún humano ni cualquier otro ser vivo hizo las reglas de este juego: ya nos han venido dadas. La causalidad del Universo me fijó una cita con este mosquito en un instante de su historia, él y yo atrapados por la necesidad (cada uno conforme a su constitución genética e información ambiental) y sujetos a las mismas leyes físicas. Y me puso a mí en ventaja en inteligencia y fuerza. Posiblemente yo ni siquiera haya tenido opción de decidir: quizá ya estuviese determinado y volví a autoengañarme pensando que actuaba mi libre albedrío...
Una diferencia entre mi víctima y yo es que, en virtud de mi inteligencia humana, tengo curiosidad por saber de qué va este extraño juego en el espacio-tiempo. Por saber si algún físico hacker adolescente con granos diseñó todo esto en un garaje, y si se trata de un malvado, un imbécil moral o un simple ignorante (¡no en Ciencias o Informática, desde luego!). Por saber si la materia inteligente consciente de sí misma será capaz algún día de llegar a entender todo (entre otras cosas, por qué la depredación y el sufrimiento tenían necesariamente que aparecer en escena en el Cosmos). Por saber si el Bien y la Justicia tienen una existencia real más allá de nuestras tan limitadas mentes.
domingo, 22 de junio de 2014
La pena por el elefante
En uno de sus reportajes en El País, el bueno de Pepe Naranjo aborda el exterminio de elefantes en África asociado al tráfico ilegal de marfil. Lo que no suele decirse es que detrás de este drama están la imbecilidad y/o inconsciencia de millones de personas (sobre todo, nativos del este de Asia que gustan de adornar sus casas con objetos de marfil o atribuyen propiedades afrodisíacas a los colmillos del hermoso paquidermo). Los responsables son seres humanos corrientes y molientes (gente "normal"), no Satán ni el Doctor No ni la CIA ni algún siniestro compló conspiranoico...
El esquema es muy simple: los imbéciles o inconscientes demandan, los desaprensivos ofertan, los más bestias disparan, los elefantes mueren... Pero la culpa no es del mercado (simple concurrencia impersonal de oferta y demanda), sino de unos demandantes enajenados por sus supersticiones y estupideces locales. De nada sirve que los países africanos se tomen en serio la lucha contra la trata (como parece que está ocurriendo) si un montón de cretinos en Asia sigue alimentándola.
Se trata de la típica película real protagonizada por humanos, con todo lo que conlleva: egoísmo, ignorancia, estupidez, maldad... Al igual que en las pelis de ficción también hay, por supuesto, cosas buenas como la gente que se indigna e incluso se rebela arriesgando su pellejo. El modelo explicativo aplicable es siempre el mismo, hablemos de tráfico de marfil, de peletería, de diamantes, de industria cárnica o de esclavismo (aunque en este último caso los demandantes eran -¡y son!- más bien hijos de puta que inconscientes o imbéciles).
La culpa tampoco es del capitalismo ni del neoliberalismo: como ya apunté, en primera instancia es de quienes demandan esos productos y, luego, de la cultura y tradición de la que maman dichos demandantes (en última instancia, de la propia naturaleza humana). Eso es lo que no acaba de entender la izquierda ortodoxa, que atribuye todos los males a EE.UU. e Israel, aparte de al capitalismo, el neoliberalismo, el mercado e incluso (¡esto ya es el colmo!) el liberalismo. El problema es el Homo sapiens y su (maldita) cultura. Pero no desesperemos: la solución también es el Homo sapiens y su (bendita) cultura.
viernes, 13 de junio de 2014
¡Es el orgullo, Butch, es el orgullo!
El orgullo puede ser algo muy poderoso, tanto como para cambiar el curso de la Historia (lo que casa muy mal con el reduccionismo economicista de los marxistas). Esta reflexión tiene su origen en un post futbolero del compañero, y sin embargo amigo, Óscar López Canencia acerca de la reciente final de la Copa de Europa en Lisboa entre Real Madrid y Atlético.
Hace unos meses pagué con la tarjeta en una gasolinera los tres euros correspondientes al lavado de mi coche. Al primer intento me dijo el empleado que no había funcionado la máquina, por lo que volvió a pasar la tarjeta. Al llegar a casa advertí (desde hace mucho sigo el lema de "desconfía y acertarás", que no suele fallar en España) que me habían hecho dos cargos de tres euros en la cuenta. Volví a la gasolinera, donde un especimen nacional bien identificado -malencarado, grosero, vicioso y sucio- me negó la mayor de malos modos. Tuve que darles la brasa en una nueva visita días más tarde, bien informado por mi oficina bancaria, provisto de extractos y con la amenaza de denunciarles. El tipo, asumiendo su derrota, me arrojó tres euros al mostrador. Era poco dinero, pero no estaba dispuesto a dejarlo pasar por una cuestión de mero orgullo, aunque el tiempo y las molestias invertidas en recuperarlo valían seguramente más de tres euros. Por supuesto, no he vuelto a esa gasolinera ni pienso hacerlo jamás.
Algo parecido me ocurrió hace años cuando una compañía telefónica felizmente desaparecida pretendía cargarme una factura improcedente: la cuantía era pequeña, pero no me dio la gana pagarles y empecé a recibir llamadas y cartas de empresas de cobro que solo sirvieron para reafirmarme en mi decisión.
Sentirte asistido por la verdad te da mucha fuerza, pero esta se multiplica si alguien te la niega y encima de malas maneras. Es lo que ocurre con las prospecciones petrolíferas en Canarias. Consideras, siempre con una duda razonable (quien no duda es un fanático), que no son beneficiosas para el archipiélago. Pero esa falta de certeza tiende a ser aparcada cuando te topas con defensores de las prospecciones que te están tomando el pelo y a los que se les ve claramente el rejo PPolítico: cuando entras en esta web y ves este vídeo o, ya en el colmo, ves este otro vergonzante del verde Esteban González Pons. Luego, además, te dices: "No vuelvo a pisar una gasolinera de Repsol". Te das cuenta de que es una faena, porque cerca de tu casa hay tres gasolineras de Repsol (una ya eliminada, por ser el escenario del antedicho incidente de los tres euros), pero ya no hay vuelta de hoja: volver a repostar bajo ese logo sería una indignidad contigo mismo.
¡Cuántos levantamientos o revoluciones no habrán empezado avivados por un sentimiento de humillación, por sentirse la gente violentada, ninguneada o estafada! Sin duda, el orgullo está detrás de las revoluciones americana, francesa y rusa, de tan honda repercusión histórica. Y también del alzamiento judío contra los nazis en el gueto de Varsovia y la posterior creación por supervivientes del Holocausto del Estado de Israel. Y, sin irnos tan atrás, de sucesos como la revolución tunecina de los jazmines o la sublevación de civiles armados contra narcoprimates en el estado mexicano de Michoacan. ¡Es el orgullo, Butch, es el orgullo!
Hace unos meses pagué con la tarjeta en una gasolinera los tres euros correspondientes al lavado de mi coche. Al primer intento me dijo el empleado que no había funcionado la máquina, por lo que volvió a pasar la tarjeta. Al llegar a casa advertí (desde hace mucho sigo el lema de "desconfía y acertarás", que no suele fallar en España) que me habían hecho dos cargos de tres euros en la cuenta. Volví a la gasolinera, donde un especimen nacional bien identificado -malencarado, grosero, vicioso y sucio- me negó la mayor de malos modos. Tuve que darles la brasa en una nueva visita días más tarde, bien informado por mi oficina bancaria, provisto de extractos y con la amenaza de denunciarles. El tipo, asumiendo su derrota, me arrojó tres euros al mostrador. Era poco dinero, pero no estaba dispuesto a dejarlo pasar por una cuestión de mero orgullo, aunque el tiempo y las molestias invertidas en recuperarlo valían seguramente más de tres euros. Por supuesto, no he vuelto a esa gasolinera ni pienso hacerlo jamás.
Algo parecido me ocurrió hace años cuando una compañía telefónica felizmente desaparecida pretendía cargarme una factura improcedente: la cuantía era pequeña, pero no me dio la gana pagarles y empecé a recibir llamadas y cartas de empresas de cobro que solo sirvieron para reafirmarme en mi decisión.
Sentirte asistido por la verdad te da mucha fuerza, pero esta se multiplica si alguien te la niega y encima de malas maneras. Es lo que ocurre con las prospecciones petrolíferas en Canarias. Consideras, siempre con una duda razonable (quien no duda es un fanático), que no son beneficiosas para el archipiélago. Pero esa falta de certeza tiende a ser aparcada cuando te topas con defensores de las prospecciones que te están tomando el pelo y a los que se les ve claramente el rejo PPolítico: cuando entras en esta web y ves este vídeo o, ya en el colmo, ves este otro vergonzante del verde Esteban González Pons. Luego, además, te dices: "No vuelvo a pisar una gasolinera de Repsol". Te das cuenta de que es una faena, porque cerca de tu casa hay tres gasolineras de Repsol (una ya eliminada, por ser el escenario del antedicho incidente de los tres euros), pero ya no hay vuelta de hoja: volver a repostar bajo ese logo sería una indignidad contigo mismo.
¡Cuántos levantamientos o revoluciones no habrán empezado avivados por un sentimiento de humillación, por sentirse la gente violentada, ninguneada o estafada! Sin duda, el orgullo está detrás de las revoluciones americana, francesa y rusa, de tan honda repercusión histórica. Y también del alzamiento judío contra los nazis en el gueto de Varsovia y la posterior creación por supervivientes del Holocausto del Estado de Israel. Y, sin irnos tan atrás, de sucesos como la revolución tunecina de los jazmines o la sublevación de civiles armados contra narcoprimates en el estado mexicano de Michoacan. ¡Es el orgullo, Butch, es el orgullo!
domingo, 8 de junio de 2014
Un partido del Mundial 2002 en casa de Paco
(extracto de El último dodo, 2010)
Me encontré a Isabel en el vestíbulo. Venía a entregar algún trabajo. Estaba hablando con Paco acerca del sentido de la vida, extraña conversación a las diez de la mañana de un martes de julio con el telón de fondo de una pegadiza canción de Tom Jones en el hilo musical. Me sumé a la conversación preguntando qué sentido objetivo tenía la vida de un felino, por poner un ejemplo. Entonces Isabel dijo sonriente que los gatos habían venido al mundo precisamente para hacer compañía a nuestro telefonista. De inmediato me di cuenta de que éste acusó como un golpe ese comentario, dicho con absoluta ingenuidad -incluso con algo de afecto- y detrás del cual no había ni por asomo intento alguno de burla. Me sentí muy apurado. Paco se irguió detrás de la mesa-barra de la recepción, con una sonrisa de circunstancias en la que podía adivinarse la mella causada en su autoestima. “Oye, que yo no sólo me hago acompañar por gatos”, dijo con su castizo acento madrileño. Supongo que insinuaba que también se codeaba con alguna mujer de vez en cuando. Lo cierto es que tiene más de cuarenta años, vive solo con sus dos gatos y no se le conoce pareja. Pero todos sabemos que le gustan mucho las tías. Instalado en su puesto en la recepción, suele ofrecer sus mejores atenciones a las chicas jóvenes que vienen a entregar/recoger trabajos o a cobrar. Ayer mismo, al salir a la calle a las tres, se mordió los labios y resopló al observar el soberbio culo de una que iba delante de nosotros. Me acordé del día que me invitó a su casa a ver un partido de fútbol de la selección (era el mundial de Corea y Japón). Preparó unos sencillos canapés, abrió una lata de frutos secos y sacó de la nevera varias latas de cerveza. Mientras seguíamos atentamente el encuentro, sus gatos campaban a sus anchas por el piso, maullando y dando brincos. “Estaos quietos ya, cabrones”, dijo con gesto agrio tras encajar España un gol.
Leer más pasajes de El último dodo.
Me encontré a Isabel en el vestíbulo. Venía a entregar algún trabajo. Estaba hablando con Paco acerca del sentido de la vida, extraña conversación a las diez de la mañana de un martes de julio con el telón de fondo de una pegadiza canción de Tom Jones en el hilo musical. Me sumé a la conversación preguntando qué sentido objetivo tenía la vida de un felino, por poner un ejemplo. Entonces Isabel dijo sonriente que los gatos habían venido al mundo precisamente para hacer compañía a nuestro telefonista. De inmediato me di cuenta de que éste acusó como un golpe ese comentario, dicho con absoluta ingenuidad -incluso con algo de afecto- y detrás del cual no había ni por asomo intento alguno de burla. Me sentí muy apurado. Paco se irguió detrás de la mesa-barra de la recepción, con una sonrisa de circunstancias en la que podía adivinarse la mella causada en su autoestima. “Oye, que yo no sólo me hago acompañar por gatos”, dijo con su castizo acento madrileño. Supongo que insinuaba que también se codeaba con alguna mujer de vez en cuando. Lo cierto es que tiene más de cuarenta años, vive solo con sus dos gatos y no se le conoce pareja. Pero todos sabemos que le gustan mucho las tías. Instalado en su puesto en la recepción, suele ofrecer sus mejores atenciones a las chicas jóvenes que vienen a entregar/recoger trabajos o a cobrar. Ayer mismo, al salir a la calle a las tres, se mordió los labios y resopló al observar el soberbio culo de una que iba delante de nosotros. Me acordé del día que me invitó a su casa a ver un partido de fútbol de la selección (era el mundial de Corea y Japón). Preparó unos sencillos canapés, abrió una lata de frutos secos y sacó de la nevera varias latas de cerveza. Mientras seguíamos atentamente el encuentro, sus gatos campaban a sus anchas por el piso, maullando y dando brincos. “Estaos quietos ya, cabrones”, dijo con gesto agrio tras encajar España un gol.
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viernes, 30 de mayo de 2014
¿Podemos?
La campanada del Podemos de Pablo Iglesias en las elecciones europeas ha puesto nerviosos a ciertos políticos, al tiempo que ilusionado a muchos ciudadanos que creen abierto el camino hacia una nueva transición política. ¿Pero hay razones para ser optimista y soñar con un país más habitable y digno? ¿Y con una Unión Europea y un mundo mejores?
Lo primero es mirar fuera de España, donde partidos populistas, ultraderechistas (más o menos racistas y xenófobos) e incluso declaradamente neonazis han sido premiados por los electores europeos. La victoria en Francia de la hija de Le Pen, aupada por el voto de obreros y lumpen nativo blanco, ha sido uno de los toques de atención más preocupantes. La UE está cada vez más extraviada, inerme ante el drama en la vecina Ucrania (con toda la pinta de una nueva guerra a la yugoslava), desconectada del sentir de los ciudadanos (que en sitios como el Reino Unido la toman como un gigante burocrático contrario a sus tradiciones y en otros como España e Italia ni preocupa, por no saber siquiera lo que es).
Dentro de la UE los ciudadanos viven con zozobra la crisis económica, los recortes y el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar, lo que les hace prestar oídos a las respuestas simplonas de populistas y extremistas que apuntan al otro, por lo general al extranjero, como el culpable. En tiempos de tribulaciones cotizan al alza el nacionalismo y el integrismo religioso, que en realidad forman parte del mismo paquete: los neofascistas de países como Francia, Hungría o Croacia son tan ultranacionalistas y xenófobos como fieles católicos.
Es innegable que el multiculturalismo mal entendido -lo que yo prefiero llamar multiinculturalismo- ha dado alas a los ultras ante el silencio biempensante de la izquierda e incluso de la derecha moderada en los países donde impera una mayor corrección política (que son, por cierto, los más civilizados): ese silencio consiste en no plantear la problemática inserción por razones culturales y/o religiosas de algunas comunidades de inmigrantes. Los rumanos de etnia gitana que vienen a España, Italia o Francia suelen ser fuente de conflictividad en los barrios donde se establecen (quien lo niegue o es un ignorante o está mintiendo, dejando el discurso en bandeja a los ultraderechistas), en los que no viven precisamente pijos o hipsters. Y las comunidades de inmigrantes musulmanes no han terminado de integrarse al portar consigo valores que entran en conflicto con el ideario político de la Unión Europea: laicidad, igualdad de la mujer y tolerancia con las preferencias sexuales de cada uno (dentro de la UE ya sabemos que hay diferencias, sobre todo en los países donde la religión tiene aún cierta importancia como Polonia, España o Italia).
Las instituciones deben buscar una solución integradora, pero eso no quita que los propios rumanos gitanos tengan que hacer algo por sí mismos (para empezar, permitir la educación de sus hijos e hijas y dejar de casar a éstas con trece años) y que todos los inmigrantes extraeuropeos asuman como innegociables la laicidad de los Estados, la igualdad de las mujeres (y su derecho a no ser mutiladas genitalmente en la infancia, como es tradición en algunos países africanos) y los derechos de los homosexuales. Si no encontramos un remedio inteligente a esto, si solo nos quedamos en la ilusa visión beatífica de la inmigración, solo estaremos reforzando a los fundamentalistas religiosos de un extremo y a los ultraderechistas del otro. Lo viene diciendo la somalí Ayaan Hirsi Ali desde hace años: conviene escuchar a esta admirable mujer, que se ha convertido en una pensadora incómoda para la izquierda más tradicional, ortodoxa e incluso simplona.
Hay un factor que nadie contempla y considero importante: el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial ya casi no existe, puesto que los testigos más jóvenes que la vivieron con uso de razón tienen ahora al menos 80 años. Se ha perdido la memoria, el primer paso para volver a repetir los errores del pasado. Si no cuidamos bien nuestra casa europea y dejamos que se pudra la democracia en cada uno de sus países (por imperfecta que ésta sea), cualquier escenario siniestro es posible. Recordémoslo siempre: ¡somos primates, no ángeles! Y no hay conquistas sociales o políticas definitivas: todo se puede derrumbar como un castillo de naipes, destruir es mucho más fácil que construir.
Si miramos ahora dentro de España, el panorama no es mejor. El mismo día de las elecciones en las que cosechó cinco eurodiputados, Iglesias dijo algo que tenia un inquietante tufo populista y nacionalista: "No queremos ser una colonia de Alemania". Alimentaba con ello esa ridícula sospecha popular, con fondo conspiranoico, de que los alemanes son culpables de nuestra desgracia. Sin negar los efectos de la crisis financiera internacional, debemos reconocer que nosotros mismos somos en buena medida responsables por haber permitido la brutal especulación inmobiliaria -e incluso habernos beneficiado de ella, unos más que otros- y el consiguiente destrozo salvaje de nuestros paisajes. Somos culpables por votar a corruptos, incompetentes e impresentables, por entregarnos hasta el estallido de la burbuja al consumismo y el derroche más obscenos, por primar el amiguismo sobre el mérito y la telebasura sobre la educación, por escaquearnos diariamente en el curro (no pocas veces fruto de un enchufe en alguna administración pública) o salir al paso con una chapuza, por conducir como desalmados y arrojar botes de refresco desde el coche en marcha (anteayer fui testigo de ello), por no apagar las luces del baño de la oficina tras usarlo y no pisar nunca un Punto Limpio, por decir que el hotel de El Algarrobico está muy bien porque "allí solo hay jarimoña, esparto, alacranes y serpientes (...) ¿qué ecosistema: na' más que ese?)". Nuestra culpa tiene mucho que ver con nuestra cultura, valores e instituciones, con ese sórdido mosaico neofranquista que tan bien retrata Rafael Chirbes en su novela En la orilla. Hagamos más autocrítica y no echemos balones fuera: que si el capitalismo, que si el neoliberalismo...
Dentro de España, por si fuera poco, tenemos la inminente amenaza secesionista de Cataluña. La eventual independencia catalana es algo que muchos analistas descartan irresponsablemente, pero -al margen de que ésta sea políticamente viable o no, económicamente disparatada o no- es una posibilidad no descartable dado el clima político instalado en el Principado. Va a ser difícil que los nacionalistas más esencialistas -los más extremistas y menos pragmáticos (ERC)- se bajen ahora alegremente del burro de la secesión: la fecha de 2015 se cierne sobre nosotros con muchas más sombras e incógnitas de las que algunos quieren ver.
En fin, que más allá de un escenario electoral diferente como el que parece apuntarse tras el 25-M, estamos necesitados de un cambio cultural profundo: tanto aquí como en toda Europa y el resto del mundo. No basta con transformar o regenerar las instituciones, no basta con frenar los excesos del capitalismo (poniendo firmes a las empresas y poderosos con loables iniciativas como la economía del bien común) o incluso plantarle cara (una tarea que solo puede emprenderse con posibilidades de éxito a nivel internacional). Hay que superar nacionalismos y localismos, liberar la conciencia del yugo religioso (esta asignatura la tenemos casi aprobada en Europa), ser más austeros y respetuosos con el medio ambiente y nuestros compañeros de viaje no humanos, ser más cooperativos que competitivos, valorar más el silencio reflexivo, el tiempo libre y las relaciones personales y menos las posesiones materiales... Pero esos cambios no se fraguan en el corto plazo: lo que cosechemos ahora no lo recogeremos hasta dentro de un tiempo. Lo peor no es ese retardo, ya que me temo que dichas transformaciones no se pondrán en marcha hasta que nos llegue finalmente el agua al cuello (algo que con el cambio climático es una posibilidad nada metafórica). Más vale que nos vayamos preparando. Y perdón por aguarles -¡nunca mejor dicho!- la fiesta.
Dentro de la UE los ciudadanos viven con zozobra la crisis económica, los recortes y el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar, lo que les hace prestar oídos a las respuestas simplonas de populistas y extremistas que apuntan al otro, por lo general al extranjero, como el culpable. En tiempos de tribulaciones cotizan al alza el nacionalismo y el integrismo religioso, que en realidad forman parte del mismo paquete: los neofascistas de países como Francia, Hungría o Croacia son tan ultranacionalistas y xenófobos como fieles católicos.
Es innegable que el multiculturalismo mal entendido -lo que yo prefiero llamar multiinculturalismo- ha dado alas a los ultras ante el silencio biempensante de la izquierda e incluso de la derecha moderada en los países donde impera una mayor corrección política (que son, por cierto, los más civilizados): ese silencio consiste en no plantear la problemática inserción por razones culturales y/o religiosas de algunas comunidades de inmigrantes. Los rumanos de etnia gitana que vienen a España, Italia o Francia suelen ser fuente de conflictividad en los barrios donde se establecen (quien lo niegue o es un ignorante o está mintiendo, dejando el discurso en bandeja a los ultraderechistas), en los que no viven precisamente pijos o hipsters. Y las comunidades de inmigrantes musulmanes no han terminado de integrarse al portar consigo valores que entran en conflicto con el ideario político de la Unión Europea: laicidad, igualdad de la mujer y tolerancia con las preferencias sexuales de cada uno (dentro de la UE ya sabemos que hay diferencias, sobre todo en los países donde la religión tiene aún cierta importancia como Polonia, España o Italia).
Las instituciones deben buscar una solución integradora, pero eso no quita que los propios rumanos gitanos tengan que hacer algo por sí mismos (para empezar, permitir la educación de sus hijos e hijas y dejar de casar a éstas con trece años) y que todos los inmigrantes extraeuropeos asuman como innegociables la laicidad de los Estados, la igualdad de las mujeres (y su derecho a no ser mutiladas genitalmente en la infancia, como es tradición en algunos países africanos) y los derechos de los homosexuales. Si no encontramos un remedio inteligente a esto, si solo nos quedamos en la ilusa visión beatífica de la inmigración, solo estaremos reforzando a los fundamentalistas religiosos de un extremo y a los ultraderechistas del otro. Lo viene diciendo la somalí Ayaan Hirsi Ali desde hace años: conviene escuchar a esta admirable mujer, que se ha convertido en una pensadora incómoda para la izquierda más tradicional, ortodoxa e incluso simplona.
Hay un factor que nadie contempla y considero importante: el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial ya casi no existe, puesto que los testigos más jóvenes que la vivieron con uso de razón tienen ahora al menos 80 años. Se ha perdido la memoria, el primer paso para volver a repetir los errores del pasado. Si no cuidamos bien nuestra casa europea y dejamos que se pudra la democracia en cada uno de sus países (por imperfecta que ésta sea), cualquier escenario siniestro es posible. Recordémoslo siempre: ¡somos primates, no ángeles! Y no hay conquistas sociales o políticas definitivas: todo se puede derrumbar como un castillo de naipes, destruir es mucho más fácil que construir.
Si miramos ahora dentro de España, el panorama no es mejor. El mismo día de las elecciones en las que cosechó cinco eurodiputados, Iglesias dijo algo que tenia un inquietante tufo populista y nacionalista: "No queremos ser una colonia de Alemania". Alimentaba con ello esa ridícula sospecha popular, con fondo conspiranoico, de que los alemanes son culpables de nuestra desgracia. Sin negar los efectos de la crisis financiera internacional, debemos reconocer que nosotros mismos somos en buena medida responsables por haber permitido la brutal especulación inmobiliaria -e incluso habernos beneficiado de ella, unos más que otros- y el consiguiente destrozo salvaje de nuestros paisajes. Somos culpables por votar a corruptos, incompetentes e impresentables, por entregarnos hasta el estallido de la burbuja al consumismo y el derroche más obscenos, por primar el amiguismo sobre el mérito y la telebasura sobre la educación, por escaquearnos diariamente en el curro (no pocas veces fruto de un enchufe en alguna administración pública) o salir al paso con una chapuza, por conducir como desalmados y arrojar botes de refresco desde el coche en marcha (anteayer fui testigo de ello), por no apagar las luces del baño de la oficina tras usarlo y no pisar nunca un Punto Limpio, por decir que el hotel de El Algarrobico está muy bien porque "allí solo hay jarimoña, esparto, alacranes y serpientes (...) ¿qué ecosistema: na' más que ese?)". Nuestra culpa tiene mucho que ver con nuestra cultura, valores e instituciones, con ese sórdido mosaico neofranquista que tan bien retrata Rafael Chirbes en su novela En la orilla. Hagamos más autocrítica y no echemos balones fuera: que si el capitalismo, que si el neoliberalismo...
Dentro de España, por si fuera poco, tenemos la inminente amenaza secesionista de Cataluña. La eventual independencia catalana es algo que muchos analistas descartan irresponsablemente, pero -al margen de que ésta sea políticamente viable o no, económicamente disparatada o no- es una posibilidad no descartable dado el clima político instalado en el Principado. Va a ser difícil que los nacionalistas más esencialistas -los más extremistas y menos pragmáticos (ERC)- se bajen ahora alegremente del burro de la secesión: la fecha de 2015 se cierne sobre nosotros con muchas más sombras e incógnitas de las que algunos quieren ver.
En fin, que más allá de un escenario electoral diferente como el que parece apuntarse tras el 25-M, estamos necesitados de un cambio cultural profundo: tanto aquí como en toda Europa y el resto del mundo. No basta con transformar o regenerar las instituciones, no basta con frenar los excesos del capitalismo (poniendo firmes a las empresas y poderosos con loables iniciativas como la economía del bien común) o incluso plantarle cara (una tarea que solo puede emprenderse con posibilidades de éxito a nivel internacional). Hay que superar nacionalismos y localismos, liberar la conciencia del yugo religioso (esta asignatura la tenemos casi aprobada en Europa), ser más austeros y respetuosos con el medio ambiente y nuestros compañeros de viaje no humanos, ser más cooperativos que competitivos, valorar más el silencio reflexivo, el tiempo libre y las relaciones personales y menos las posesiones materiales... Pero esos cambios no se fraguan en el corto plazo: lo que cosechemos ahora no lo recogeremos hasta dentro de un tiempo. Lo peor no es ese retardo, ya que me temo que dichas transformaciones no se pondrán en marcha hasta que nos llegue finalmente el agua al cuello (algo que con el cambio climático es una posibilidad nada metafórica). Más vale que nos vayamos preparando. Y perdón por aguarles -¡nunca mejor dicho!- la fiesta.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Vacaciones de verano en las islas de las Canarias (o Gran Canarias)
Este verano cambiamos de plan: nos vamos mi señora, mis nietos y yo a las islas de las Canarias (también conocidas como de las Gran Canarias o, a secas, Tenerife). Un anuncio televisivo nos ha convencido esta vez (ya habrá ocasión de repetir Benidorm y Rivera Amaya). Va ser una experiencia inolvidable, la idea es alojarnos en alguna posada del pueblo de Palma de Canarias y hacer excursiones desde allí en barquito a las islas vecinas. Debe ser muy barato y encima te dan zumos durante el agradable viaje sobre las tranquilas aguas del Mediterráneo, mientras los barqueros te cantan y narran viejas historias de su tierra.
Solo nos hemos vacunado contra la malaria, en la agencia de viajes le dijeron a mi señora que no hacían falta otras vacunas; de todas formas, llevaremos antibióticos por si alguno se coge allá un catarrazo (nunca se sabe si las farmacias de las islas, tan lejanas de la civilización, estarán bien provistas). Queremos que sea un viaje dedicado sobre todo a observar la naturaleza, porque a mis nietos les encantan los animales. Nos han dicho que la flora no tiene mucho interés (salvo que te gusten los cactus, no es mi caso), pero que la fauna es verdaderamente espectacular: así que aprovecharemos nuestro desplazamiento a la vecina isla de Santa Cruz de Las Palmas para visitar de una tacada el Loro Park, los Palmitos Park, Reptilandia e Hiperdino. Nos habría encantado hacer una inmersión en las aguas del lago Martínez en Fuertementera -dicen que es lo mejor para el buceo en las islas-, pero por desgracia no tenemos licencia de submarinismo y los chavales son aún pequeños.
Lo que no queremos perdernos bajo ningún concepto es el volcán humeante de Carajonales y la Gruta del Verde en Palmas de Menorca, la isla por la que tanto hizo el ilustre artista local Cesario Menroco: por lo que he leído en La Gaceta, su legado está en unas carreteras, unas salas de fiestas y unos centros comerciales que son homologables a cualquier otro no ya de nuestra nación sino de toda Europa.
Habrá también espacio para la cultura, eso espero, para que los nietos se vayan familiarizando también con esas cosas. Así que iremos a algún tablado de Palma a escuchar un buen fandango o bulería. Al parecer, la música de las islas se fundamenta en el flamenco, pero con la distancia (¡daos cuenta de que son diez mil kilómetros hasta las costas españolas!) éste ha tomado un cariz especial, con mezcla de música latina (muchos canarios emigraron a Centroamérica e incluso trabajaron allí en las plantaciones de cebada) y africana (África está muy cerca, tanto que desde la isla de Conejera se ve en días claros el estrecho de Gibraltar, tan majestuoso desde que lo construyeran hace tres mil años los cartagineses).
Habrá que coger el teleférico desde Corraleja hasta el Monte Terde (en la isla de Chinija, el segundo pico más alto de nuestra nación -tras el Oneto- con sus 5.678 metros), desde donde cuenta la leyenda que se arrojó el vacío el héroe guancho Don Rama. Hay una jarcha muy hermosa que dice algo así como: "Juro por Alcaraván (el Dios guancho), dijo Don Rama gritando, antes morir peleando, que ver a mi Ramadán (nombre guancho de Chinija), sin Ronartemi reinando". En la famosa fiesta de Don Rama se rememora cada 31 de junio este episodio épico. Por su parte, en la isla de Palmas de Menorca se celebran las fiestas lustrales de los Germanos, en las que cada ocho años se saca en procesión a la Virgen del Candelabro (la patrona de las islas de las Canarias o Gran Canarias).
En fin, ya os contaré en mi blog nuestras andanzas por esas islas tan hermosas -¡y acaso desconocidas!- de nuestra amada España tan rica en su simpar diversidad y unicidad. Por si os interesa, Borja Bartolo Santesmases es mi sobrino: sí, el chaval que le cantó las cuarenta a domicilio a la mismísima alemanota de Merkel. Si me estás leyendo, Borja Bartolo, que sepas que no me olvido de la muñequita flamenca canaria que me has pedido como souvenir. Con una frase muy canaria os despido a todos hasta entonces: "¡Arrójate un mijo, muyango!".
viernes, 9 de mayo de 2014
Sergio Ramos intentará dar un cabezazo en el Festival de Eurovisión
El futbolista Sergio Ramos intentará propinar mañana un cabezazo en el Festival de Eurovisión que dé el triunfo a nuestra candidata, Ruth Lorenzo. La Unión de Televisiones Comerciales Asociadas (UTECA) patrocina el viaje esta misma noche a Copenhague del jugador sevillano del Real Madrid y La Roja, erigido en uno de los principales goleadores del club merengue en las últimas jornadas.
"Me siento muy a gusto últimamente y creo que es una ocasión excelente para servir a mi país y a mi patrocinador", ha declarado en el aeropuerto de Barajas el central blanco, que no oculta su entusiasmo por "echar un cráneo" a la cantante murciana en suelo danés.
Durante la gala del sábado, Ramos llevará un pinganillo en la oreja a través del cual recibirá las instrucciones del presidente de la UTECA, José Manuel Lara. "Tengo la cabeza perfectamente amueblada, a disposición de lo que diga el míster". Aunque Lara no ha soltado prenda, se especula que los candidatos de Armenia, Suecia, Reino Unido, Rusia y Austria -incluso alguno de los presentadores masculinos de la gala- podrían estar en el punto de mira de la testa de Ramos.
"Eurovisión es Eurovisión, duz puants son duz puants y aquí nadie regala nada", ha asegurado con gravedad el sevillano antes de partir hacia la capital de Dinamarca. "Si ganamos nosotros, Madrid será una fiesta. Y si ganan los rusos, pues lo será San Estrasburgo. Esta es la grandeza de Eurovisión".
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