miércoles, 23 de enero de 2013

Conspiranoicos

Todo acontecimiento tiene su explicación conspiranoica: siempre hay iluminados que no tardan en pergeñar y difundir una teoría disparatada, a cuál más estrambótica, remitiendo a algún oscuro motivo. ¿Quién no conoce la historia alternativa del mortal accidente automovilístico de Lady Di en París, que lo atribuye a un delirante compló urdido por los servicios secretos británicos con el apoyo de la reina Isabel? Otro ejemplo de plena actualidad es la creencia en que los países del norte de la Unión Europea quieren arruinar a los del sur (yo sigo preguntándome con qué extraña lógica económica y política, como no sea por pura maldad al estilo de Voldemort). Como decía hace días un polémico artista conceptual en Babelia, "la Unión Europea nos quiere como camareros y albañiles con la ciencia prohibida y la cultura de rodillas, sin universidades: pobres, brutos y enfermos" (???).

Tanto los conspiranoicos occidentales de izquierdas como los extremistas no occidentales (entre ellos, los islamistas) suelen ubicar los sanedrines de los conspiradores políticos en Occidente e Israel. Por su parte, los conspiranoicos de extrema derecha tienden a apuntar al supuesto contubernio de rojos, musulmanes y homosexuales instalado en Washington D.C. y los centros de poder de la UE.

No es que yo no crea en conspiraciones, que haberlas haylas desde que el ser humano es tal. Y, por supuesto, considero perfectamente capaces de lo peor a los más poderosos (que no suelen ser trigo limpio, porque hay una selección negativa que hace que lleguen arriba los menos escrupulosos). Tampoco me trago la verborrea institucional que trufa los discursos de los grandes gerifaltes: eso de que la justicia es igual para todos (porque está claro que si tienes dinero o amigos bien situados puedes confiar más en ella que si eres un muerto de hambre) y mandangas varias como los "valores y principios compartidos" y la "solidez de nuestro Estado social y democrático de derecho". Pocas dudas tengo de que si quienes cortan el bacalao viesen su existencia amenazada, nuestra democracia (que afortunadamente es real, con sus limitaciones e imperfecciones) tendría sus días contados. Pero de ahí a afirmar, por ejemplo, que los atentados del 11-M fueron obra de los socialistas (como algún periódico español ha hecho creer a tanto incondicional) o de la OTAN (como afirma en Babelia el susodicho artista conceptual) hay un largo trecho: el que media entre una persona crítica con un saludable nivel de desconfianza y un auténtico mentecato.

No hay que complicarse innecesariamente: basta con explicaciones más sencillas, aplicando la famosa navaja de Occam y también la ley de Abundio (¡los derechos de autor me pertenecen!), que sostiene que siempre que dudemos entre maquiavelismo o estupidez a la hora de interpretar una conducta humana, deberíamos inclinarnos por esta última. Y es que muchas veces vemos una conspiración donde solamente hay una chapuza: por ejemplo, en la muerte hace meses en accidente de tráfico de dos opositores cubanos que tuvieron la desgracia de tener como chófer a un fitipaldi de Nuevas Generaciones del PP.

Mi conspiranoico favorito, Alfredo Embid, sostiene entre otros disparates que el SIDA no está causado por un virus y que los atentados del 11-S no fueron cometidos por Al Qaeda. Lo grave no es lo que diga este chiflado, sino la cantidad de personas que se cree a pie juntillas sus grotescas historias. Las dudas sembradas sobre las vacunas, por ejemplo, ya se han cobrado un precio. En Pakistán, tras propagar el bulo de que son un arma de Occidente para esterilizar a los musulmanes, los islamistas ya han asesinado a unos cuantos cooperantes que trabajaban en campañas contra la poliomielitis. Sin ir tan lejos, un médico de la sierra de Madrid me contó hace meses que una niña no vacunada de meningitis por culpa de unos padres conspiranoicos estuvo a punto de morirse al contraer esa enfermedad. La locura conspiranoica, además de para partirse de risa (porque verdaderamente tiene su gracia que Paul McCartney esté muerto y Elvis Presley vivo), es pues algo para tomarse muy en serio.

domingo, 13 de enero de 2013

¡Cooperad, cooperad, malditos!

Este pasado miércoles tocaba reparto en mi grupo de consumo ecológico, así que a las 18.30 me acerqué a la casa del miembro del grupo adonde siempre llega el pedido conjunto y en la que alguien se encarga -nos vamos rotando- de preparar las cajas de todos. Como la quincena anterior, abrí la puerta corredera de fuera (no estaba cerrada por dentro), grité un "¡Hola!" no correspondido (no había nadie dentro), cogí las cajas con mi nombre que estaban junto al porche, las cargué en el coche, cerré la puerta y regresé a casa.

En el camino de vuelta pensaba que si yo fuese un chorizo me podría haber llevado parte de las cajas de los otros, incluso todas ellas; hasta podría haber entrado en la casa y robado en su interior, y ya de paso haber vandalizado a diestro y siniestro. Claro, si mi compañero de trabajo A.C. me había propuesto para cubrir una de las bajas en el grupo era porque se fiaba de mí, porque tras cuatro años de conocernos consideraba que yo era alguien digno de confianza. Quizá no se lo hubiese comentado a un tipo con la conducta de Torrente.

Mi amigo L.G. me contaba esta misma mañana por teléfono que su cooperativa canaria de producción ecológica estaba negociando con otro productor similar un acuerdo que sería potencialmente beneficioso para ambos (y, por ende, para sus clientes). Él insistía en la necesidad de anteponer la cooperación a la competencia, algo que parece ir contracorriente en un mundo donde solo se valora la lucha, la competitividad, el ser el primero a toda costa. Mi amigo tenía razón, por supuesto. Pero yo le insistía en que para cooperar y no salir escaldado es imprescindible la confianza; y la confianza hay que ganársela, no se puede dar por sentada. Aunque es cierto que muchas veces tenemos que asumir riesgos dando oportunidades a la gente: es lo mismo que ocurre cuando iniciamos una relación sentimental. Es muy triste, e injusto para otras personas, ir siempre por la vida viendo solo en el prójimo a un potencial competidor o enemigo. Como bien me decía L. G., si apuestas y te fallan ya habrá tiempo para cagarse en esa persona -o entidad- y seguir apostando por otras (¡no nos queda otra que seguir haciéndolo!).

Es lógico que tengamos prevenciones ante gente que no conocemos, ni siquiera de oídas. Si yo tuviera que irme en coche a La Bañeza (León) y se ofreciera a llevarme un chófer con la pinta de Carromero, optaría por rechazar amablemente su invitación. Pero si lo hiciera un tercero recomendado por alguien de confianza, seguro que aceptaría y me quedaría mucho más tranquilo. Y tras el viaje, yo sería uno más en recomendarle a amigos y conocidos que requiriesen de sus servicios, ensanchando de ese modo su círculo de reputación.

Lo cierto es que tras mi ingreso en el grupo de consumo yo me estoy beneficiando de unos productos mucho mejores (no solo más sanos sino también más ricos) e incluso más baratos que los convencionales. Al mismo tiempo estoy favoreciendo al grupo de consumo, que necesita hacer un pedido mínimo quincenal de 300 euros para que no le carguen gastos de envío. Y también a la cooperativa que nos suministra, la navarra Gumendi, y por tanto a toda la gente que da empleo. La cooperación es una buena opción en estos tiempos de crisis, pero para ello es necesario extender redes de confianza cada vez más amplias, construidas sobre la reputación de las personas y las organizaciones de las que estas forman parte. Las redes sociales en Internet pueden ayudar mucho a este respecto.

Mi amigo Alejandro Caparrós, economista del CSIC, publicó hace años un interesante estudio, utilizando como modelo de análisis el dilema del prisionero, que concluye que los llamados kantianos (los agentes que cooperan solo por una convicción moral) tienden a desaparecer del mapa en un escenario donde hay otros que engañan y se portan mal: solo sobrevivirían junto a estos últimos los llamados kropotkinianos, que cooperan por su propio interés y son capaces de detectar a los malos para mantenerlos a raya. O sea, que no hace falta que seamos ángeles para vivir de una manera más amable. ¿A qué esperan para cooperar?... Solo por comer los exquisitos plátanos ecológicos de Canarias bien vale la pena.

lunes, 7 de enero de 2013

Viajar es un placer sensual

Desde pequeño me ha fascinado todo lo relacionado con los viajes. Recuerdo con emoción la primera vez que entré en territorio extranjero, en abril de 1982, al cruzar en autobús la frontera de La Jonquera (solo unos días antes, Barcelona había sido mi primera toma de contacto con la península Ibérica y el continente europeo). Aquel fue el viaje de fin de curso de 8º de EGB, a mis catorce años, con los compañeros del Colegio Claret de Tamaraceite. Fuimos a Francia e Italia, donde tuvimos la oportunidad de asistir a la audiencia semanal del papa Juan Pablo II en la plaza de San Pedro (¡y le saqué una foto que conservo!). Yo ya había dejado de creer que las fronteras estaban marcadas con rayas sobre la tierra, visibles desde un avión (y también que si te tirabas al océano desde 9.000 metros solo te darías si acaso un barrigazo, lo cual me tranquilizaba mucho).

Los olores de los lugares, sus árboles, sus campos y sus cielos, las personas viviendo su cotidianidad (algunas de ellas, visibles tras las ventanas de sus casas), los carteles e indicaciones de pueblos, ciudades y carreteras... Todo eso era, y sigue siendo, maravilloso. Incluso los propios preparativos del viaje, aún en casa antes de partir. Por no hablar de las diferencias horarias en el destino o de bajarte del avión en un país del hemisferio sur (donde podías dirigirte a un baño para constatar que el agua abandona el desagüe en dirección contraria a la de la mitad norte de la Tierra). Por eso no entiendo a la gente que pudiendo viajar, por tener tiempo y dinero, no lo hace. Tiempo y dinero: lo primero más que lo segundo, ya que no hace falta gastar mucho para salir fuera.

Cuando tenía 22 años, en el verano de 1990, hice un recorrido en solitario por Europa con la tarjeta Interrail del que tendría que haber salido un libro sobre cómo viajar con un gasto mínimo desde Madrid hasta Atenas (el único lugar donde dormí en un sitio -una habitación de hotel junto a la plaza Omonia- que no fuese el propio tren o una estación) con regreso vía Amsterdam recorriendo en menos de tres semanas Francia, Suiza, Italia, la entonces Yugoslavia, Grecia, Hungría, Austria, Alemania, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. Al año siguiente repetí Interrail con dos amigos, Adolfo y José María, esta vez gastando algo más por permitirnos el lujo de dormir en algunos albergues. En esta ocasión, además de repetir el paso por algunos países del año anterior (Francia, Suiza, Italia, Hungría, Austria, Alemania, Holanda y Bélgica), conocí Checoslovaquia (la bulliciosa Praga de dos años antes del divorcio de checos y eslovacos), Suecia, Dinamarca y Noruega. Por cierto, nuestra amistad sufrió su primera prueba de fuego (es cierto que no llegas a conocer bien a alguien hasta que viajas con él), con algún conato de agresión incluido. Jajajá...

Sobre el Danubio en Budapest (1991)


Y en el verano de 1993 marqué un hito en mi historial viajero: cruzar el océano Atlántico para pisar suelo americano. Con mi amigo José Miguel recorrimos en tres semanas a bordo de los autobuses Greyhound la costa este de los Estados Unidos, desde Boston hasta Key West o Cayo Hueso (a menos de 100 millas de la isla de Cuba). También subimos, por el norte, hasta Montreal (Québec, Canadá), una de las ciudades de las que guardo un mejor recuerdo. En el aeropuerto JFK de Nueva York, ya de vuelta, nos encontramos a un alumno del Colegio Claret que se haría el sueco durante todo el trayecto hasta Gran Canaria vía Madrid: fue la anécdota de cierre de un viaje en el que tuvimos la oportunidad de subirnos a las Torres Gemelas de Manhattan, a las que solo restaban ocho años de existencia, para observar desde allí arriba el hormigueo de los afanados peatones.

Otro jalón fue viajar en noviembre de 1999 al hemisferio sur, a un país tan espectacular como Brasil. Han sido hasta el presente los únicos días de noviembre primaverales de mi vida, repartidos entre São Paulo y Río de Janeiro (la ciudad más hermosa en la que he estado). Un domingo soleado anduve de norte a sur desde el aeropuerto nacional de la capital carioca hasta São Conrado, al pie de la enorme favela de Rocinha, pasando sucesivamente de una playa a otra (en el último tramo, algo arriesgado, sobre el muro pegado a la carretera que arrancaba pasado el Hotel Sheraton, por debajo de la favela de Vidigal). Tomar un agua de coco, sintiendo la brisa atlántica, en una terraza junto a la playa de Ipanema con mi amiga paulista Rosana es uno los instantes que resumen esa escapada.

En el verano de 2000 me tocó pisar suelo continental africano por vez primera: un miniviaje de pocos días por el norte de Marruecos, desde Tánger hasta Chaouen para regresar a la península vía Ceuta y de paso hacer una parada en Gibraltar. Allí conocí a Salva de Elche y Mariano de Gerindote, que también viajaban solos (Mariano, camino de verse con su novia marroquí), un encuentro del que daría testimonio en El último dodo. No he vuelto a saber nada de ellos, por cierto.

Luego vendrían Chile (2001) -en un otoñal abril, con Andrés y Alejandra de anfitriones de la mitad del viaje-, Turquía (2001), México (2002), India (2003) -de luna de miel- y Escocia (2003). En mi Canarias natal concluiría mi paso por todas las islas, exceptuando La Graciosa, tras mi viaje a La Gomera (1999) y El Hierro (2000): en la primera, acogido por José Miguel; en la segunda (mi isla preferida), con la sola compañía de una mochila y durmiendo al raso junto al mar. A todo ello hay que sumar mis desplazamientos por toda España -asignaturas pendientes son Melilla, Menorca, Ibiza y Formentera- y también por Portugal, además de dos estancias en Inglaterra sin un propósito turístico principal (dos semanas de 1994 en el barrio londinense de Deptford y dos meses y medio de 1998 en Walsall y Birmingham).

Este año se cumplen diez años desde mi última salida al extranjero (no incluyo mi escapada en coche de un par de horas, en 2009 con Samuel, a las portuguesas Monçao y Valença do Minho). ¡Juro por Heródoto que no tardaré en volver a salir ahí fuera! (aunque no sé cómo...).

lunes, 24 de diciembre de 2012

Pasado eterno

Finca de San José y Cementerio de Vegueta, 1890-1895
Hay algo en esta foto que me impresiona. Cuando se tomó, hace más de 120 años, ese lugar estaba en las afueras de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. El fotógrafo que retrató el pequeño cementerio nunca podría haber imaginado el aspecto actual de su entorno, totalmente urbanizado e integrado en una bulliciosa ciudad de 400 mil habitantes. Al hacer el ejercicio de transportarme con la imaginación a ese instante, para ver en color esas nubes, esas palmeras, ese mar (para sentir incluso su brisa), constato que Benito Pérez Galdós seguía vivo en la lejana Madrid, que Hitler y Franco eran unos niños muy pequeños (el primero en Austria, el segundo en Galicia), que la Primera Guerra Mundial se acercaba al Viejo Continente sin prisa pero sin tregua y, sobre todo, que quedaban por nacer personas (entre ellas, dos de mis abuelos) cuyos cuerpos acabarían siendo depositados entre esos muros blancos. El momento capturado por la foto invita a pensar en la naturaleza del espacio-tiempo. ¿Cómo podemos afirmar, encerrados en la cárcel de los sentidos con nuestro muy limitado entendimiento, que ese instante en el que no había rastro alguno de nuestras vidas ya no existe?

lunes, 17 de diciembre de 2012

La moneda, la cena y el abuelo



Ya no la tenía, la había perdido después de quince años de fiel custodia. Hacía apenas media hora que la había palpado, alojada en el bolsillo izquierdo de sus vaqueros, mientras paseaba por la playa. La moneda del abuelo estaba ahora confundida con la arena, quizá pronta a ser arrastrada por la marea para quedar a merced de los elementos hasta el final de los días del planeta, cuando este fuese devorado por el Sol. Desanduvo sus pasos angustiado, escrutando cada palmo de suelo con la remota esperanza de encontrarla, pero sus esfuerzos fueron en vano. Ahora tenía la certeza de que aquel pequeño trocito de metal con inscripciones se había apartado de él para siempre. Como lo hiciera su abuelo meses después de confiarle aquel objeto. “Conforme pase el tiempo la estimarás más valiosa. Un día se la darás a tu hijo y le contarás que era de su bisabuelo. Y me recordarás”. Ya no sería posible. Recorrió de nuevo toda la playa para acabar rendido a la pérdida. Entonces, sentado desolado sobre la menguante arena seca, con el Sol sumergiéndose en el horizonte marino, le llegó el olor a la cena. Miró a su casa, todavía perfilada sobre las rocas, donde debían estar sus padres, y pensó: "¿Perderé también este olor algún día?".

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El olor a aquella cena de su niñez ya lo había olvidado cuando se fue a vivir muchos años después a un país lejano. No era consciente de esa pérdida, puesto que ya se había borrado de su memoria aquella última tarde con la moneda de su abuelo en los bolsillos. La moneda debía yacer en el fondo del mar, roída por el óxido, a la deriva como todas las demás cosas materiales del mundo, huérfana de unos bolsillos ya inexistentes (los de su abuelo y los suyos de niño) ¿Y el olor de esa cena? También a la deriva, en este caso toda la eternidad, en el limbo de las cosas inmateriales que alguna vez se alumbraron fugazmente: junto al miedo de un hoplita griego, el sueño de una doncella babilonia o los acordes de la nana cantada a un bebé chino del siglo III. Un limbo al que un día se reintegrará, cuando él mismo ya no esté vivo, el recuerdo de su abuelo.

viernes, 7 de diciembre de 2012

¿Quién hizo el lazo?


"Las mismas ciudades de Galitzia que yo había conocido en ruinas en 1915 se levantaban nuevas y resplandecientes; me di cuenta de que diez años, que en la vida de un individuo constituyen un período de tiempo considerable, en la vida de un pueblo no son más que un abrir y cerrar de ojos. En Varsovia no se veía ninguna huella de que la hubiesen atravesado dos, tres o cuatro veces ejércitos victoriosos o vencidos. Los cafés resplandecían de mujeres elegantes. Los oficiales que se paseaban por las calles, esbeltos y con uniformes a medida, parecían más bien consumados actores de la corte que interpretaban el papel de soldado. En todas partes se advertía actividad y se respiraba confianza y orgullo, un orgullo justificado por el hecho de que la República de Polonia se alzaba con tanto vigor sobre los escombros de los siglos" (El mundo de ayer, Stefan Zweig).

La historia se repetiría: en septiembre de 1939, catorce años más tarde, Polonia era invadida por el ejército alemán desde el oeste y por el soviético desde el este, conforme al Pacto Ribbentrop-Molotov suscrito entre Hitler y Stalin. En la masacre de Katyn, ya en la primavera de 1940, fueron ejecutados en masa por el Ejército Rojo más de veinte mil polacos, buena parte de ellos militares pero también civiles. Muchos de esos oficiales que se paseaban ufanos en 1925 por las calles de Varsovia terminaron su vida arrojados a fosas comunes. Cada día ejecutaban de un tiro en la nuca a una media de 250, puesto que el ritmo inicial de liquidación -casi 400 diarios- se hacía muy duro para los soviéticos.

Uno de esos oficiales podría ser el esqueleto uniformado de la foto de abajo. ¿Con quién bailaría en Varsovia en 1925? ¿Quién sería su madre (¡y cómo hubiese podido vivir si alguien le hubiera puesto delante de los ojos, cuando su hijo era un recién nacido, esa espantosa imagen del futuro!)?... Las manos atadas de la imagen de arriba también podrían pertenecer a otro de esos militares. Por cierto, ¿quién le haría el nudo con que fue conducido a la fosa? ¿Qué estaría haciendo quince años atrás en Rusia el que apretó esos lazos? ¿Era un canalla o simplemente se limitaba a cumplir una orden odiosa para no correr la misma suerte a manos de sus camaradas?...
Quizá nos equivoquemos creyendo que la información -por trivial que parezca- se pierde, que la memoria se disuelve. Esa puede ser otra burla del tiempo, esa genial aplicación para surfear por el espacio e impedir que todos los sucesos del Universo sean percibidos simultáneamente.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ni la política ni la cultura: ¡es la genética!

José Mujica, presidente de Uruguay, pronunció en junio un emotivo discurso en la Cumbre de la Conferencia de las Naciones Unidas por el Desarrollo Sostenible Río+20. El vídeo con sus palabras ha sido muy celebrado en las redes sociales (para ser más exactos, entre las personas de las redes sociales con cierto grado de preocupación política, que son una minoría en ese universo plagado de analfabetos digitalizados).

Mujica (lee aquí su discurso) abogó por la necesidad de "empezar a luchar por otra cultura", de "revisar nuestra manera de vivir". "El desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. Mis compañeros trabajadores lucharon mucho por las 8 horas de trabajo y ahora están consiguiendo las 6 horas", dijo en la capital carioca. "Pero el que tiene 6 horas se consigue dos trabajos; por lo tanto, trabaja más que antes ¿Por qué? Porque tiene que pagar una cantidad de cuotas: la moto, el auto, y pague cuotas y cuotas y cuando se quiere acordar, es un viejo reumático -como yo- al que se le fue la vida".

Lleva mucha razón el presidente uruguayo, desde luego. Pero conviene recordar que es posible un cambio en nuestro modo de vida pero no en la naturaleza humana. Tenemos el mismo cerebro que un humano de hace cien mil años: los cambios a este respecto solo son apreciables en una escala temporal que sobrepasa con mucho la duración de una civilización (salvo que un día -intuyo no muy lejano- dispongamos de la tecnología para hacer fontanería tanto en nuestro potentísimo ordenador interno como en su base genética).

Por desgracia, hay personas muy poco proclives a cambiar su manera de vida, aun cuando en ello esté en juego su propia supervivencia. En un régimen democrático, esas personas -que, no olvidemos, son la mayoría- nunca votarán a quienes propongan medidas impopulares para combatir el cambio climático, la contaminación, la pobreza extrema, el agotamiento de los recursos naturales o la destrucción de la biodiversidad. Con ellos no se puede contar, aunque, eso sí, serán los primeros en exigir ayuda -y en eximirse de su corresponsabilidad- cuando el agua les llegue al cuello. Puesto que es casi imposible convencerlos, queda la tentación moralmente dudosa de hacerles pasar por el aro con un régimen autoritario. Pero el remedio sería aquí muchísimo peor que la enfermedad: intentar corregir por la fuerza a la gente en busca de un supuesto hombre nuevo solo conduce a las pesadillas más infernales, como la Revolución Cultural de Mao en China o la locura genocida de Pol Pot en Camboya. El hombre nuevo no existe, salvo en la mente calenturienta de algunos revolucionarios ignorantes e insensatos.

No hace falta conocer a mucha gente ni tener un doctorado en Psicología para atestiguar que hay congéneres que dan más valor a tener un buen smartphone que a comer alimentos sanos, que conceden más importancia a la conducción de coches de alta gama que a respirar un aire saludable, que están más preocupados por la limitación de velocidad en las autopistas que por la calidad de los estudios de sus hijos. Y esto no es una cosa de hoy, un mal de la sociedad de consumo o de la globalización. El afán de ostentación existe desde los tiempos en que aún andábamos a cuatro patas, hace seis millones de años, cuando en África se buscaba la vida el antepasado común de humanos, chimpancés y bonobos. Los simios macho actuales también van haciéndose los chulos por ahí (no con ropas, zapatos y relojes caros, ni con coches, tatuajes o iPads, ni pintando cuadros abstractos o dando conciertos pop, sino a su manera aparentemente más tosca). Todo ello es en el fondo una estrategia de apareamiento, ciertamente exitosa porque de otro modo ya no se usaría. Que les pregunten si funciona o no a los magnates rusos, a los narcos mexicanos, a los toreros, a los futbolistas, a las estrellas de la música comercial...

Hay que asumir tanto las debilidades humanas como la variabilidad en los individuos de nuestra especie (la inteligencia, la honradez, la generosidad y el espíritu de sacrificio no están repartidos por igual). Es un error fundar proyectos de mejora social sobre la negación de nuestra natural inclinación al egoísmo, la soberbia y la estupidez. Una amiga con mucha experiencia en el ámbito de la cooperación internacional me contó una vez un caso muy ilustrativo al respecto. Con el dinero de la cooperación española se llevó a cabo hace años un exitoso proyecto de desarrollo en una comunidad de Nicaragua. El nivel de vida y el bienestar social de la comunidad aumentó. Lo que no estaba previsto es que... ¡entonces empezaron a mirar con desprecio a sus vecinos más pobres! ¿Un éxito?... La enseñanza de esto es que muchos de los pobres del mundo no quieren cambiar el sistema, sino solo su lugar en el mismo: o sea, sueñan con vivir como lo hacen los europeos o norteamericanos acomodados. Si alguien tiene dudas, que eche un vistazo a China.

Es cierto, como expone Mujica en su discurso, que estamos gobernados por el mercado en vez de gobernar al mercado. Pero no es menos cierto que el mercado es así porque refleja nuestras preferencias y debilidades (en el fondo, nuestra naturaleza). La economía de mercado es técnicamente un sistema de asignación de recursos que, en ausencia de interferencias (conchabeos de empresas, intervención estatal, etc.), da valor a las cosas atendiendo solo a su oferta y su demanda. Si Cristiano Ronaldo gana mucho más dinero que un investigador del cáncer no es culpa de la economía de mercado, sino en última instancia de las preferencias expresadas por las personas que componen el sistema. Si la gente pasara del fútbol, Mourinho sería probablemente un mileurista amargado pegado a la tele de una taberna cutre de Setúbal; y Cristiano, un matado de Funchal. Si la gente diera mucho menos importancia a la moda, los pantalones vaqueros rotos a lo Beckham valdrían menos que una bolsa de chuches. Si los chinos apreciaran menos el marfil, la población de elefantes y rinocerontes en África sería mayor. Si la alta cultura fuese un fenómeno de masas, La 2 sería líder de audiencia y Tele 5 se vería obligada a cerrar o modificar radicalmente su parrilla.

Esto no es una invitación a resignarse, sino a tener los pies bien firmes en la tierra. La cooperación es posible (sin ella no habría sobrevivido el Homo sapiens), tanto localmente como a escala global (gracias a Internet). Es misión de los poderes públicos (democráticos) poner los incentivos para que las personas saquen lo mejor de sí mismas y también los desincentivos -incluidos los penales, por supuesto- para disuadir a quienes tengan la tentación de sacar lo peor. Y es nuestra misión ser muy exigentes con esos poderes públicos y promover con nuestros actos cotidianos cambios en la cultura y en la conciencia colectiva. Es innegable la extensión de la educación y de la conciencia, que nos hace ver como aberrantes cosas normales en el pasado como la esclavitud, la discriminación femenina, el racismo y la homofobia (y que nos hará ver en el futuro como una inmoralidad el holocausto animal y este modelo ecológicamente insostenible).

Eso sí, no debemos esperar nunca el paraíso en la Tierra, ya que el mal y la estupidez siempre estarán ahí presentes. Ello no quita que se pueda vivir de una manera mucho más civilizada y amable con nuestros congéneres, otros seres vivos y el entorno natural. Esa sí que es una esperanza razonable, pese a nuestra herencia genética... ¡y gracias a ella!

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