miércoles, 15 de febrero de 2012

Chago el hijo de puta

El bocadillo de sardinas asciende unos segundos, impulsado por la mano malévola, antes de rendirse a la gravedad terrestre y precipitarse aceleradamente hacia el suelo empedrado. Allí queda reventado, convertido en una aceitosa masa amorfa. Una sardina ha sido desplazada a un metro del bocadillo: ella misma no lo sabe porque lleva muerta varias semanas. Chago y los de su panda se ríen. El resto de los alumnos observa la escena en silencio. Bermúdez, humillado, está poseído por una rabia impotente que enrojece su rostro. Su madre ignora en casa la suerte del bocata que ha preparado con tanto esmero. La merienda de su niño. Para que aguante hasta la hora de la cena. Porque tiene clase de tenis después del cole. Las sardinas tienen muchas proteínas, son buenas para el crecimiento. "¡Chago, eres un hijo de puta!", le grito. "Pero si es un niño", me parece oír. "¡Pues eres un niño hijo de puta!", le suelto en la cara, pero no me escucha porque se lo digo desde el futuro. "¡Y seguro que lo sigues siendo, maldita basura!". Chago se gira hacia mí, pero no debe verme: treinta años es suficiente distancia. Echa un escupitajo a ese aire húmedo ya olvidado que nos envolvió aquella tarde en Tamaraceite. Un pobre cachorro perruno le está esperando desde el comienzo del Universo para que lo lapide esa misma noche junto a un muro. Yo no puedo evitarlo, nadie puede evitarlo, está escrito en el guion cósmico que quede reducido a un amasijo sanguinolento que un tipo tirará luego a un contenedor de la basura. "Todo lo que tiene culo tiene miedo", me dice desde una distancia de veinte años un viejo carpintero de ribera de Vegueta. Su hijo adulto deficiente, su único hijo, nos observa a un lado del taller. Huele dentro a serrín. Fuera, los vivos de entonces (los muertos, no) sienten el abrazo de la brisa marina: uno de ellos se está burlando con sus amigotes del hijo del carpintero. Otra vez el hijo de puta de Chago, con su risa de hiena. Cierro el puño para darle una trompada con todas mis fuerzas, pero solo consigo agitar el aire a mi alrededor.


miércoles, 8 de febrero de 2012

Desamparados

Mi amigo Adolfo publicó hace días en su blog una entrada que llega hondo, ilustrada con una hermosa foto muy a propósito (la reproduzco aquí abajo). Hablaba del amparo, lo contrario de esa sensación que debe embargar a quien intenta buscarse la vida en solitario, con los bolsillos vacíos, en un país lejano donde nadie le espera para cenar o dormir. Donde es un completo desconocido que nadie echará de menos al caer la noche. Ese desamparo que nuestros hijos pequeños -todavía bajo el reconfortante manto de nuestra protección- no han tenido oportunidad de experimentar, por fortuna para ellos. La angustia de saber que no hay una puerta donde tocar, un teléfono al que llamar, alguien en quien confiar si se pone la cosa fea. Peor aún, la dolorosa certeza de que ya nunca habrá unos padres que te cubran con una manta al acostarte, que te traigan un vasito de agua por la noche si tienes sed o que ahuyenten con su sola presencia a los fantasmas nocturnos.

Esos pequeños pies desnudos de la derecha pertenecen a seres que dependen sobre todo de sus progenitores para cobijarse, alimentarse, abrigarse, asearse y protegerse de la enfermedad o cualquier otra contingencia. Que sin sus cuidadores se verían abocados al frío, el hambre, la suciedad, la soledad y la desesperación. Ese edredón que cubre sus cuerpos es el último eslabón de una cadena de cuidados que se remonta a cientos de millones de años. Una cadena intergeneracional que ha hecho posible que estemos ahora aquí. Y que si no se trunca podría hacer posible cualquier cosa en el futuro.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Parada en el monte Uludag

(AGOSTO 2001) Pastan las vacas en una verde pradera suavemente inclinada, abierta en medio del bosque, sobre la que se yergue la cima del monte Uludag. Allá abajo se extiende Bursa, antigua capital del imperio otomano, derramada sobre la tierra como una abigarrada mancha de rojos, blancos y azules. Desde irreconocibles alminares, almuecines minúsculos llaman en ese mismo instante a la oración. Aunque no se escuchan, deben llegar a la montaña -uno de los Olimpos de la antigüedad clásica- fragmentos agonizantes de sus voces, dispersados por el viento fresco junto con los gemidos placenteros de jóvenes bitinias, las palabras reflexivas de Justiniano, los estertores de Osmán, los feroces gritos de guerreros selyúcidas, otomanos, cruzados y mongoles y los quedos lamentos de las madres de todas sus víctimas, sonidos todos ellos igual de inaudibles. El Sol ha vuelto a salir de entre las nubes. Las vacas siguen pastando. Corro por la hierba, me detengo, vuelvo a correr gozoso, de nuevo anclado en la pradera me esfuerzo por detener el tiempo... Debo ya marchar: empieza a hacer frío y me aguarda un teleférico rumbo al futuro.

martes, 24 de enero de 2012

Encuestas

"¿Está usted de acuerdo con que la tarifa eléctrica de último recurso sea eliminada en 2013 para homologarse a la del mercado libre?". Si esta pregunta fuese hecha a una muestra representativa de mil españoles, no me atrevería a apostar por que hubiese más síes que noes. Ahora bien, no tengo la menor duda de que el número de respuestas 'No sabe/No contesta' no superaría el 20%. Y, también, de que la cifra real -o sea, la gente que no tiene ni zorra idea de lo que le están preguntando- sería superior al 85%. La historia de no pocas encuestas es esa: unos jóvenes mal pagados y poco motivados hacen preguntas a gente que no sabe -ni le importa o interesa un carajo- lo que le están diciendo y que responde cualquier cosa para salir al paso y no quedar como cafres; eso sin contar la poca profesionalidad del entrevistador (comprensible dada su precariedad laboral), que empuja al entrevistado a inclinarse por una de las respuestas o se la inventa directamente sin más contemplaciones.

Una encuesta recientemente publicada señala que siete de cada diez españoles reniegan del euro. Consultar a la ciudadanía a este respecto tiene un punto esperpéntico (ya es la monda cuando se le pide opinión sobre los eurobonos o la reforma del Banco Central Europeo). No es razonable preguntar a alguien sobre cuestiones complejas que desconoce o de las que, en el mejor de los casos, solo tiene un conocimiento muy superficial (y sesgado por los medios de comunicación de masas). Si se pide opinión sobre el euro a expertos, académicos o personas bien informadas será muy difícil encontrar a alguien que niegue los enormes beneficios que nos ha supuesto la adopción de la moneda única europea. Y que no reconozca que la salida del euro sería un tremendo desastre. ¿Por qué habría de resultar menos grotesco preguntar al ciudadano español de a pie sobre el euro que sobre la eficiencia energética de las plantas de desalinización por ósmosis inversa o la oportunidad de la reforma ortográfica de la lengua alemana?

Me pregunto qué opinaremos los españoles acerca de las medidas referidas al Capital estructural (Tier 1) en los Acuerdos de Basilea III o sobre la Directiva 2008/6/CE por la que se modifica la Directiva 97/67/CE en relación con la plena realización del mercado interior de servicios postales comunitarios. O si nos parecerán más fiables los resultados del LHC del CERN que los del Tevatrón en el Fermilab. Habrá que informarse -o no, tampoco hace falta- para ver qué decimos por si acaso recibimos la visita o la llamada de un encuestador. Cualquier cosa menos un 'No sabe/No contesta'.

martes, 17 de enero de 2012

Media hora con Fraga

Una mañana lluviosa de principios de la primavera de 2010 me acerqué con dos compañeros de RTVE.es al edificio del Senado: íbamos a hacer una breve entrevista a Manuel Fraga acerca de la Transición. Nos recibió sentado en la mesa de su despacho, muy serio, junto al bastón del que ya no se separaba. En ningún momento le veríamos sonreír. Mientras Rodrigo y Remedios preparaban la cámara y la iluminación, él se dedicaba a hacer pequeños garabatos con un bolígrafo sobre un ejemplar de La Voz de Galicia. Parecía aburrido. En un determinado momento levantó cansino la vista para decirme si tenía en una hoja lo que le iba a preguntar. Se la pasé, se puso las gafas, leyó atentamente e hizo un leve gesto de aprobación. Con cierto embarazo le reclamé la devolución del papel, ya que prefería no hacerle las preguntas de memoria. Me miró con un amago de enojo, aunque bastante atenuado por la fatiga, y dijo: "Lo suyo hubiera sido hacer una fotocopia". "Lo siento, Don Manuel", me disculpé. "La próxima vez no se lo paso", zanjó con la misma fría corrección con la que se desarrolló el encuentro (Santiago Carrillo, unos días más tarde, fue mucho más afable). Intuí que años atrás quizá me hubiera echado del despacho por ese error.

Concluida la entrevista, mientras mis compañeros recogían el material, aproveché para preguntarle si echaba de menos Galicia. Afirmó, siempre distante pero algo ablandado, que los gallegos suelen echar de menos su tierra cuando están lejos. Lo cierto es que cada vez que dejaba de hablar se sumía en una especie de conmovedor desconcierto que yo achacaba a la enfermedad y la edad avanzada. Me despedí de él dándole la mano y las gracias por habernos recibido y atendido. Me correspondió con un gesto de sincera gratitud y se puso de nuevo a garabatear sobre el periódico. Allí lo dejamos, abandonado en su pequeño despacho, abrumado por el peso de los años. Sentí algo de lástima por él, por el ser humano empequeñecido en sus facultades, doblegado por la existencia, muy lejos del líder de vitalidad arrolladora al que muchos adoraban y otros tantos aborrecían, inspirador de admiración y miedo en tiempos pretéritos. Alguien que había dejado una estela de sufrimiento en su camino. Como toda persona o animal que haya pasado mucho tiempo en este mundo.

viernes, 13 de enero de 2012

Un extraño despertar

Una tarde de finales de los años 80 tuve una experiencia que jamás se ha repetido. Estaba durmiendo la siesta en la casa de mis padres cuando, por alguna razón que ya he olvidado, me desperté bruscamente. Lo que nunca olvidaré mientras tenga memoria es ese despertar, el más extraño de mi vida. Porque tardé seis o siete segundos en recordar quién era, en recuperar mi (aparente) identidad. La sensación al abrir los ojos fue de absoluta perplejidad, como si me hubieran arrojado de repente al mundo. Era como si estuviese sumido en lo más hondo de mi ser, en un lugar donde no tenía nombre, privado del lenguaje y de cualquier referencia espacio-temporal, en el que podía ser igual un humano que un caballo, un pez o una bacteria. En esos pocos segundos tomé un ascensor a toda velocidad hasta la superficie de la conciencia: en términos freudianos, viajé desde lo más profundo del Ello hasta el Yo. Al terminar el viaje de vuelta recordé mi nombre, el lugar donde estaba, mi pasado, las personas que me rodeaban, lo que había hecho ese día y lo que me disponía hacer esa misma tarde. Todavía, muchos años después, no dejo de pensar de vez en cuando en aquellos segundos en los que fui un ser anónimo, un mero existir sin entendimiento ni memoria. En los que acaso me acerqué a lo que realmente soy, a lo que realmente somos todos los seres vivos.

domingo, 8 de enero de 2012

Saludando a desconocidos, ignorando a conocidos

A pocos minutos andando desde mi casa hay una frontera (algo imprecisa, ya que no está marcada de modo alguno), la que te lleva a entrar en territorio de saludo. Si te cruzas con un desconocido más allá de esa difusa línea invisible, estás socialmente impelido a saludarle -y él o ella, a saludarte- para no quedar como un grosero. Ahora bien, si te lo vuelves a encontrar una hora más tarde por el casco urbano, puedes mirar sin problemas para un lado e ignorarlo olímpicamente. Ocurre lo mismo en la montaña (¡que no en la playa!) y en los pueblos muy pequeños. Ello no obsta para que haya gente que nunca salude en cualquier circunstancia, habida cuenta de la proverbial hosquedad de no pocos de nuestros compatriotas en estas latitudes.

El fenómeno opuesto es el no saludo a conocidos en cualquier lugar donde te los topes, desde el ascensor de tu edificio o la plaza del pueblo hasta la jungla amazónica o la Antártida. Yo participé activamente en un suceso de esta naturaleza en el verano de 1993, cuando junto con mi amigo José Miguel me disponía a tomar un vuelo rumbo a Madrid en el aeropuerto JFK de Nueva York. "Oye, ¿ese pibe no es C.?". "Sí, sí, claro". Un claretiano de un curso menos que el nuestro, uno de esos típicos niños de papá canarios con una chequera tan abultada como su incultura. El inicial cruce de miradas, entre la sorpresa y la fingida indiferencia, determinó el curso de las siguientes horas. Continuamos viéndonos en el avión, luego en el aeropuerto de Barajas, más tarde en el avión a Gran Canaria, de nuevo en el aeropuerto insular, otra vez en la guagua desde el aeropuerto a Las Palmas y, ya por último, en la estación de guaguas de la capital grancanaria. Allí se bifurcaron nuestros caminos. ¿Nos saludaremos si nos encontramos alguna vez en uno de los senderos o cañadas próximos a mi actual domicilio?...

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