jueves, 18 de noviembre de 2010

De vuelta

Mi coche avanza por la autovía. Decenas de faros resplandecientes vienen a mi encuentro, desfilan veloces ante mis ojos para luego perderse rumbo a la gran ciudad; detrás de esas luces pueblan seres desconocidos, ajenos a mí, que no llorarán mi muerte. Jirones de nubes rosadas coronan perfiles montañosos que ya empiezan a difuminarse, a ser tragados nuevamente por la noche (me dispongo a conocer otra: ya son más de 15 mil). Estoy solo. La radio está encendida. Mi coche se mueve. La Tierra gira. El Universo se expande. Voy dejando atrás edificios de oficinas vacíos, oscuros solares poblados por matojos que no existirán el año próximo, trozos de asfalto que algún día fueron vida, tristes farolas oxidadas, piedras abandonadas a su suerte desde hace millones de años, fríos rótulos luminosos que no sienten ni padecen, árboles fijados al mismo suelo en que nacieron y morirán. En algunas casas hay ventanas iluminadas, gente que también desconoce mi existencia...

... Una línea de luz se dibuja en el suelo. Hay un rumor al otro lado. Abro la puerta y veo a mi hijo sentado en el salón, llevándose a la boca un trocito de fruta. Veo en sus gestos algo de mí. Él sí lloraría mi muerte. Ya estoy en casa.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Ladero Cortina, la nueva voz de España

Martín Ladero Cortina no dormía nada bien desde hacía un tiempo. No obstante, su acusada hipocondría lo había disuadido de ponerse en manos de un especialista. Pero su estado ya era alarmante: había empezado a soñar con tertulias radiofónicas en las que ora condenaba por "notoria y señaladamente roma" la utilización de un sistema 5-4-1 por el combinado futbolístico nacional, ora alertaba acerca de los riesgos de la globalización sobre la pesca en el Sella, ora defendía la audaz adscripción de la lengua vasca al tronco semítico "dadas sus indudables conexiones con los dialectos prenormandos de la antigua estepa jurásica", ora abogaba por una reducción en el tipo de descuento interbancario del orden del punto y tres cuartos con una contracción paralela del "excesivamente modulado" coeficiente de caja, ora ponía en tela de juicio por "desfase protoempírico" las últimas investigaciones trasalpinas en materia de fusión nuclear, ora enriquecía el debate sobre el terrorismo tildando a los etarras de "putas ratas malditas sin entrañas que no conocen ni a sus putas madres", ora exponía con elegantes pinceladas -"proverbial y adusto, como nos tiene acostumbrados"- las excelencias del primer opúsculo de un filósofo rumano reseñado por error en la Guía del Ocio.

La severa admonición de su esposa ante el deterioro nocturno de su ya de por sí irregular función renal le hizo dirigir sus pies hacia la consulta del reputado psicoanalista y esoterólogo Gracio Hellner, recién estrenada su doble nacionalidad con su incorporación a uno de los más brillantes espacios culturales de la televisión pública.

-Respire hondo, don Martín, respire... -auscultábale Hellner con un magnetizador multivariante de potasio de última generación importado de Venezuela- Elimine las sinergias negativistas que taponan el libre fluir de su ying interno al espacio multidimensional.
-¿Lo superaré, doctor? -inquirió, acongojado hasta la médula y haciendo acopio de todo su arrojo, Ladero Cortina.
-Desde luego que sí, pero tendrá que poner de su parte.
-¿Y qué tengo qué hacer?
-Combustión aeróbica, no más que eso.

Tras abonar las 60.000 pesetas de la consulta, Ladero Cortina fue a comprarse un chándal. Al día siguiente iniciaría su actividad aeróbica. Pero esa noche ocurrió algo determinante. Había apagado la luz de la mesilla de noche cuando, segundos antes de la llegada de su mujer procedente del dormitorio del atento estudiante de Morfología del 3º, una entidad espectral con la apariencia del Capitán Trueno surgió de entre las tinieblas:

-Vete mañana temprano a hablar con el director de Radio España. Dile que vienes de mi parte. ¡Vas a mostrar a todo el país lo que vale un peine, cojones! -dijo antes de replegarse en su capa y esfumarse.

Ladero Cortina acababa de descubrir por fin la grandeza de la tarea que le había sido encargada. Al día siguiente marchó a la emisora. Temía que unos cursos a distancia de alicatado y otros de pintura a chorro realizados años atrás pudieran interponerse en su meta, pero, afortunadamente, no fue considerada cualificación suficiente para cerrarle las puertas de esa fascinante misión. Sendos cursos de dicción burgalesa y entonación sincopada y una gymkana de dos semanas en Los Monegros lo catapultaron a su nuevo trabajo. Volvió a dormir como un niño. Ya nada le quitaría el sueño, ni siquiera su ulterior nombramiento como portavoz del Ejecutivo.

martes, 9 de noviembre de 2010

Hobbes, porteros de discoteca, hooligans y voladuras benéficas

Coincido con Adam Smith en que no es "la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero", sino su mero interés, lo que hace que podamos disponer cada día de alimentos en la tienda o el supermercado. Como además soy hobbesiano, voy incluso más allá: no es la benevolencia del prójimo, sino el poder coercitivo y punitivo del Estado, lo que me permite pasear tranquilamente por la calle y estar relativamente seguro en mi hogar. No me trago esa sandez anarquista de "vaciemos las cárceles": si eso ocurriera, yo sería el primero en huir del país o atrincherarme en mi casa provisto de una buena escopeta de cañones recortados. En el trullo debería haber incluso más gente, sobre todo tanto rufián enchaquetado con amiguitos en cargos públicos, animales disecados en casa y esposas adosadas a un visón.

Y es que la maldad y, sobre todo, la estupidez ajenas son elementos que deben tenerse siempre en cuenta para evitarse muchos disgustos en la vida: que se lo digan si no al Cándido de Voltaire... El pensamiento buenista yerra en no tomarlos como constantes de la conducta humana, como elementos no erradicables dada la naturaleza de nuestra especie (en el resto de los primates parece que ocurre algo parecido). Lo cierto es que la convivencia sería un infierno si el orden social se derrumbara y hubiese que confiar exclusivamente en la buena voluntad del prójimo -y no en el aparato coercitivo y punitivo de un Estado democrático- para andar por la vida sin problemas: no me cabe la menor duda de que el mundo se convertiría en algo parecido al 'Mad Max' de Mel Gibson o a 'La carretera' de Cormac McCarthy. La moralidad se disolvería como azucarillo en leche caliente, por mucho capital social que tenga un país (más en Suecia que en España, y más en nuestro país que en Guatemala).

No hace falta recurrir a la ficción, ya que ahí tenemos el caso de la Yugoslavia de principios de los años 90 (por poner un ejemplo cultural y temporalmente cercano). Gente que conocía aquel país no salía de su asombro al enterarse de las atrocidades allí perpetradas. Quizá no se fijaron bien en el comportamiento de los porteros de discoteca o de los hooligans futboleros. Porque, no nos engañemos, en todos los sitios hay un cierto número de potenciales asesinos y torturadores que no pasan de la potencia al acto hasta que no se dan las circunstancias propicias para ello; si se dieran, si se resquebrajase el orden democrático o estallara el caos, no se portarían mejor que Ratko Mladic (que en paz descanse muy pronto). O sea, que más vale que nunca salgan de la puerta de la discoteca o del fondo sur del estadio para ponerse al frente de un control de carretera o de una brigada paramilitar...

Afortunadamente, los malos son una minoría, pero lo suficiente -con el inestimable auxilio de la amplia legión de estúpidos- como para amargar la existencia al resto de la humanidad. Los buenos son más numerosos que los malos, pero estos últimos suelen ser más poderosos. Por eso, si se diera la circunstancia sumamente improbable de tener juntos bajo un mismo techo a Mladic, a los gorilas que matan o dejan en coma a periodistas en Rusia -y a quienes les pagan-, a los otros primates que matan y descuartizan en México -y a sus respectivos jefes-, al amigo guineano de Bono, a la cúpula de Al Qaeda y a la junta militar birmana en pleno (no he pretendido ser exhaustivo), y alguien decidiera que volasen al cielo, no seré yo quien se lo afee.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Ley moral, sinfonía cósmica y encuentros rutinarios en el metro

Kant decía que había dos cosas que le maravillaban: "el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí". Esa expresión da por sentado que hay una frontera entre el dentro y el fuera, algo que resulta obvio para cualquier ser vivo consciente: como dice el escritor canario Rafael-José Díaz, estamos "rodeados de lo que no somos, irremediablemente encerrados en aquello que somos".

Pero la Física nos enseña que estamos hechos de los mismos materiales que las estrellas, que no dejamos de ser polvo estelar consciente de sí mismo y autónomo durante un periodo de tiempo relativamente efímero: o sea, que nuestros cuerpos y la ley moral que sentía Kant -y que podemos sentir el lector de estas líneas y yo- tienen los mismos mimbres que el cielo estrellado que veían los ojos del filósofo alemán, al igual que una flor, un cocodrilo, una persiana o un meteorito.

Acaso esa ley moral sea una consecuencia necesaria de la evolución del Universo conforme a las constantes que lo rigen desde el big bang, como también lo sean todas las hojas, los sueños, los hipopótamos o los cometas. O puede que esa ley sea un principio latente en las fuerzas físicas que operan en el Cosmos. Incluso podríamos identificarla con la gran sinfonía cósmica, fruto de la vibración conjunta de las finísimas pero inmensas cuerdas que según algunos físicos informan el Universo. Toda castaña, nutria, planeta, poema o canción no dejaría de ser una variación de esa sinfonía cósmica infinita. ¿Serán pues todas las cosas meras notas de esa invisible y misteriosa ley moral, esa música del Universo a la que también podríamos llamar Matemática, Brahman o Dios?...

A veces pienso que todos y cada uno de los fresnos, de los osos polares, de las nubes y de los ciclones siempre han existido y no dejarán de hacerlo: hay que ir a encontrarlos en recovecos de la espuma de sucesos del espacio-tiempo. Igual ocurre con todos los sueños, los pensamientos y los momentos; incluso los más triviales, los que parecen acabar disolviéndose como azucarillos en las aguas agitadas del tiempo, esos encuentros rutinarios en el metro con desconocidos de los que nunca te acordarás (de ellos habla Txe Peligro en su blog). Lo cierto es que nada de eso se borra porque siempre ha estado ahí eternamente, antes y después de desfilar ante nuestra conciencia.
 
Así que en algún lugar del Universo, o del Multiverso, deben estar íntegramente (no dañados ni destruidos por el olvido) nuestro sexto cumpleaños, aquel sueño infantil en el que volábamos como pájaros sobre la ciudad, nuestros pensamientos del 7 de noviembre de 1987 o aquella fugaz mirada en el tren a un extraño el 20 de septiembre de 1998. Lo que pasa es que no podemos volver a ellos con nuestra conciencia individual, condenada a seguir la flecha del tiempo con una mochila llena de frágiles recuerdos a sus espaldas. Pero, ¿existirá una conciencia cósmica (ley moral en estado puro) que sí lo permita?...

sábado, 23 de octubre de 2010

Grin Palacios: de las armas a la pluma

El comandante retirado Pascual Grin Palacios tomó su viejo catalejo de vigía y dirigió su mirada hacia el parque de abajo. Sus ojos no tardaron en confirmarle la desgracia: era el fin, no había espacio alguno para la duda. Grin enfundó el catalejo, se puso encima la bufanda y abandonó el piso con un aspecto muy sombrío, desde luego nada reñido con la gravedad de la situación. Al abrir la puerta que daba a la calle sintió un golpe de calor que le hizo recordar que se encontraba en pleno mes de julio y en tierras del hemisferio norte. Decidió volver tras sus pasos para dejar la bufanda en casa, pero apenas salvados algunos peldaños advirtió lo inútil de ese acto. Se deshizo de la bufanda con rabia, como quien se zafa de una alimaña, y entonces no dejó pasar la ocasión de ensañarse con la odiada prenda otrora tan estimada. Tras haberla desgarrado y pisoteado lo suficiente, el comandante retirado Grin volvió a abrir la puerta de la calle. Se irguió y avanzó hacia el lugar donde debía llevar a término una dolorosa, pero no por ello menos necesaria, reválida de su hombría. Se llevó ceremoniosamente la mano al bolsillo derecho, donde solo pudo sentir el tacto de su juego de llaves: su proverbial despiste volvía a traicionarle. Subió las escaleras a un paso inhabitual para un hombre de su edad y agarró la indispensable herramienta. Ahora sí que estaba totalmente preparado...

-Buenos días, joven. Tengo algo para usted –Grin sacó una pistola de su bolsillo para espanto del joven y de su hermosa acompañante.
-Cariño, ¿te has vuelto loco? –la bella mujer se interpuso entre el joven y el comandante retirado. -¿Qué haces, Dios mío?.
-Con Grin Palacios no se juega, voy a hacer justicia... –el veterano militar levantó el arma y apuntó al tándem conformado por la fémina –por otra parte, su esposa- y el joven, quien ante el cariz de la amenaza, y conocedor por su amante de ciertas disfunciones de la personalidad del agresor, decidió jugárselo todo a una carta.
-Oiga, yo le conozco, es uno de mis escritores favoritos. Qué placer toparme con el mismísimo Graham Greene. Es usted, ¿no?. Sí, sí, lo es...
Grin esbozó una sonrisa. Bajó la pistola y se dejó querer.
-¿De veras me ha reconocido?...
-Claro, es usted inconfundible, Mr. Greene. Me he leído casi todas sus novelas. Especial cariño tengo por El factor humano, maravillosa muestra de su sensibilidad y su inquietud social.
-Es una buena novela, muy humana... – Grin devolvió la pistola a su bolsillo. – Me gusta lo humano...
-¿Y qué decir de El americano impasible, otro tanto de lo mismo?.
-Es difícil permanecer impasible ante esta obra mía, lo admito...
-¿Podría firmarme un autógrafo, Mr. Greene?
-Con mucho gusto, joven. ¿Tiene usted lápiz y bolígrafo?...

El comandante retirado Grin se sintió rejuvenecido. Era tanta su satisfacción por el público y sincero reconocimiento –debía remontarse mucho tiempo atrás, a sus tiempos en la comandancia de marina de Melilla, para hallar un acto de semejante naturaleza- que optó por minimizar la infidelidad de su esposa. "Al fin y al cabo, ella es una mujer joven y atractiva", pensaba, "y yo no dejo de ser un hombre mayor y achacoso, aunque eso sí, un gran novelista y un intelectual de peso".
-¿A qué se dedica ese amable joven, Palomita? –le preguntó al día siguiente, a la hora de la cena, frente a un plato de pisto precocinado.
-Es periodista, trabaja en una emisora de radio.
-No me importaría que me llamara de su emisora para charlar con sus oyentes de literatura o de lo que sea, de todo lo divino y de lo humano, de lo pasible y lo impasible.
-Hablaré con él, no te preocupes.

-¿Pensaban que había muerto? Pues se equivocan... Hoy presentamos a nuestra audiencia de Invertido el último nada más y nada menos que a quien se proclama el verdadero Graham Greene. Mr. Greene, buenas tardes...
-Muy buenas, un saludo a todos de mi parte.
-Mr. Greene, gran escritor británico, amante de España y autor de auténticos clásicos de la literatura del siglo XX. ¿Qué tal está entre nosotros?.
-Bien, un poco de calor, eso sí.
-¿Quiere enviar algún mensaje en particular a su legión de seguidores en nuestro país?.
-Sí, tengan cuidado al cruzar la calle. Los atropellos están a la orden del día. Más vale esperar a que se ponga verde el semáforo, y esto se lo digo en particular a los chavales, a los más jóvenes. Se lo dice alguien con experiencia, con mucho rodaje en la vida. Háganme caso, por favor...

El comandante retirado Pascual Grin Palacios fue internado días más tarde en una quinta de reposo de la huerta murciana. Allí transcurrieron los últimos años de su existencia, en medio del calor y de la admiración de sus compañeros de centro. Su viuda contrajo matrimonio poco tiempo después con el periodista radiofónico de moda.

viernes, 15 de octubre de 2010

Ante el dolor y la muerte

Al final nos espera la muerte, esa es una realidad impepinable. Y el dolor siempre está acechándonos aunque nos dé tregua de vez en cuando. Lo cierto es que solo muere quien vive, por lo que no debemos considerar la muerte como una derrota. Es como cuando vas al cine: ¿es una derrota que al final termine la película y salgan los títulos de crédito?... Con el sufrimiento, igual: está ahí por el mero hecho de vivir con apego a uno mismo y a los seres queridos en un escenario donde hay necesidad (de comer, beber, protegerse del frío...), riesgo (de que te cortes con un cuchillo, te caiga un rayo, ingieras una ameba...), pelea (con nuestros congéneres y, cada vez menos, con otros animales) e incertidumbre (nunca sabes con certeza lo que te aguarda el mañana).

Hay que ser siempre conscientes de que el final de la vida propia llegará algún día, y de que el sufrimiento no dejará de golpearnos periódicamente para reaparecer probablemente con su mayor virulencia en los últimos instantes. Ante ello caben varias opciones: el no pensar (tipo 1), el autoengaño (tipo 2) o el intento de entender (tipo 3). Creo que lo primero y lo segundo son un error, porque no te pillan preparados para los momentos malos cuando estos llegan.

La mejor preparación consiste, a mi juicio, en intentar comprender dónde estamos, quiénes somos, cómo somos, de dónde venimos y adónde vamos; en procurar arrojar algo de luz sobre esos enigmas con el auxilio de la razón, de la experiencia (propia y ajena) y de la intuición, confiando en la ciencia sin desdeñar el poder iluminador de la meditación, la contemplación e incluso el arte. Y en hacerlo ya desde la juventud, sin esperar a la llegada de la edad madura.

Pienso que no se trata de "dar sentido o tratar de explicar el valor que ese sufrimiento puede tener" (Agus Alonso-G. dixit), sino de asumirlo totalmente como algo propio de un mundo físico hecho con estos mimbres y de acercarse a su comprensión objetiva con las herramientas antes señaladas. Eso sí, siendo conscientes de que la tarea no llegará seguramente a completarse; lo que no debe desalentarnos, puesto que el solo hecho de caminar por la senda del conocimiento -y al mismo tiempo de la aceptación del mundo, empezando por la de uno mismo- ya es una fuente de satisfacción y consuelo. El budismo, en su concepción más intelectual (dejando aparte el folclore de estatuillas, reencarnaciones y supersticiones varias), parece tener mucho que ver con esta senda.

Lo cierto es que la religiosidad suele ser casi siempre del tipo 2, generalmente asociada al cómodo tipo 1: una buena muestra del infantilismo humano y de la fuerza del miedo (poderoso caballero). No obstante, hay también casos (minoritarios, desde luego) de religiosidad del tipo 3, y no sólo en el budismo genuino sino también en otras confesiones: para ellos prefiero usar la etiqueta nada infantil de espiritualidad. Ahí es donde creo que Agus y yo, andando desde direcciones diferentes, ya nos hemos encontrado.

domingo, 10 de octubre de 2010

Progresismo e izquierda

Aprovechando que le han dado el Nobel a Vargas Llosa, no viene mal replantearse la definición de progresismo. Algunos dicen que el premiado es un conservador, mientras otros -con menos tino aún- aseguran que se trata de un reaccionario. Por otra parte -permítaseme la digresión- están quienes sostienen que García Márquez es mejor escritor (aseveración que muchas veces se hace sin haber leído a Vargas, e incluso sin haber leído a ambos).

Desde luego, Vargas Llosa no es un conservador ni un derechista: no puede serlo quien defiende cosas como el laicismo, la legalización de las drogas, el derecho de los homosexuales a contraer matrimonio (o como se quiera llamar) y el derecho de todo hombre o mujer a hacer en la cama lo que quiera con quien quiera siempre que sea mutuamente consentido. El hispano-peruano es, como bien dice el diputado popular José María Lassalle, un "liberal a secas", o sea la antítesis de un conservador: dicho de otro modo, un auténtico progresista (yo incluso diría que un izquierdista de verdad).

Porque ser progresista es defender un sistema político que permita a los individuos desarrollar su vida como quieran, siempre que el ejercicio de esa libertad no colisione con los derechos de otros (el vertido de lavadoras a barrancos, la circulación a 200 km/h, la ablación del clítoris o la tauromaquia son algunos ejemplos de esa colisión). Ello supone recelar siempre de la tradición, que suele ser la mejor coartada de la barbarie; y, también, sacar las religiones del espacio público, para que sólo conciernan a quienes decidan practicarlas.

Ser progresista es considerar innegociable la libertad de expresión y de culto (o no culto), así como abominar de cualquier discriminación por razón de raza, etnia, sexo, religión (o no religión), ideología u orientación sexual. Y, por supuesto, ser antinacionalista sin ambages.

Es defender un sistema basado en la igualdad de oportunidades, no para asegurar que todas las personas lleguen juntas a una misma meta (¡cada cual ha de fijarse la suya!) sino para que éstas se encuentren en la casilla de salida en igualdad de condiciones: para ello hay que procurar un acceso igualitario a la educación, los cuidados médicos, la justicia, etc.

También es progresista proponer una compensación social a quienes parten con desventaja (caso de los discapacitados), además de amparar a los más débiles (niños, ancianos, enfermos...) y a quienes se han estrellado en la vida: sólo por el mero hecho de formar parte de la comunidad, una persona debe tener derecho a vivir por encima de un umbral considerado digno. Es progresista vigilar que los fondos del Estado del bienestar lleguen a quienes realmente los necesitan, no a unos caraduras espabilados. Y propugnar reformas para asegurar la sostenibilidad de los sistemas de protección social.

Ser progresista es defender los derechos de los ciudadanos, tanto en su faceta de actores políticos como de consumidores, frente a posibles abusos de los más poderosos. Y defender esos derechos no sólo para nosotros sino también para el resto de los países del mundo. Es aborrecer la guerra, pero siendo consciente de que el mundo no es Disneylandia y de que a veces es necesario defenderse.

Ser progresista es respetar el derecho de una persona a tomar drogas sin perjudicar a nadie, a consumir pornografía (entre adultos) si le place, a optar por la eutanasia si se halla en una situación médica penosa... Es emplazar a las personas adultas a asumir su responsabilidad para conducir sus vidas sin la tutela de nadie. Y afirmar que la vida social comprende no sólo derechos sino también obligaciones; y que "quien la hace, la paga".

Es también defender la existencia de un Estado fuerte y eficaz (que no sobredimensionado), capaz de garantizar la igualdad de oportunidades, de corregir las injusticias sociales y de regular las actividades económicas sin asfixiar la iniciativa privada. Y velar por que ese Estado sea eficiente en sus funciones y esté al servicio de la comunidad, no de los empleados públicos, de los lobbies o del partido del gobernante de turno.

Ser progresista es tener un firme compromiso con el cuidado del medio ambiente, no sólo en interés propio sino por respeto a las criaturas no humanas y a las futuras generaciones. Y propugnar una manera de vivir más sostenible, saludable y plena. E impugnar este capitalismo salvaje de casino capaz de doblegar a gobiernos elegidos democráticamente... pero no para proponer infiernos como el soviético o el polpotista.

Conforme a todo lo señalado, no puede reclamarse progresista quien apoya una dictadura como la cubana o un gobierno autoritario como el venezolano, quien antepone supuestos derechos de los pueblos (que no son otra cosa que conjuntos de individuos) a los derechos de las personas, quien cree que por encima del ordenamiento legal ha de estar la tradición (caso de Evo Morales y Benedicto XVI, aunque este último no tiene la desfachatez de proclamarse progresista); por no hablar de quienes incluso justifican el régimen clerical de Irán o la esperpéntica tiranía monarco-comunista de Corea del norte.

En fin, que ya es hora de quitar la etiqueta de progresista a la izquierda antiliberal y/o nacionalista que encima se mofa de los homosexuales (cuando no los mete en campos de concentración), abraza a energúmenos como Ahmedinayad y da rodillazos en los huevos a sus rivales futbolísticos.

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