domingo, 5 de septiembre de 2010

De humanistas incultos

Seguimos considerando convencionalmente una persona culta a alguien bien versado en humanidades y filosofía -y también, aunque no se valore tanto a este respecto, en ciencias sociales (exceptuando la economía)-, con amplios conocimientos en ámbitos de la creación como la literatura, la pintura, la música o el cine. A una persona muy culta se le presume la lectura de muchos libros, sobre todo de narrativa, poesía, teatro, historia, filosofía, arte... e incluso un dominio de lenguas clásicas (preferiblemente, occidentales) como el latín y el griego. Y, por supuesto, la visita frecuente a la ópera, el teatro, los cines y las exposiciones de arte.

Quien pretenda pasar por medianamente culto en ciertos círculos (no los de Belén Esteban ni los de Gunilla von Bismarck) no puede desconocer la leyenda fundacional de Roma, los tipos de capiteles clásicos, los nombres de media docena de reyes visigodos o la capitalidad del antiguo imperio otomano. Un “no sé” a preguntas referidas a La Ilíada, la música de Richard Wagner, el significado de “alea jacta est” o la autoría del Lazarillo de Tormes lo dejaría muy malparado socialmente. Ahora bien, una persona “culta” (en su versión convencional) sí que puede admitir en esos mismos círculos -y hasta presumir alegremente de ello- un desconocimiento absoluto en saberes como la física, la matemática, la química, la biología, la etología o las nuevas tecnologías; todo ello, sin merma alguna de su autoestima y de su valoración social.

Una vez me contaron una anécdota de un profesor de Derecho de la Complutense -quizá sea una leyenda urbana, pero viene a cuento- que era incapaz de entender cómo el número 1,11 era más bajo que el 1,2. Puede que se tratase de una persona “culta” conforme a los patrones establecidos. Pero yo creo que no se puede ser culto sin una base matemática mínima; y sin entender la selección natural, las leyes de la termodinámica, la mecánica clásica y algunas nociones de la mecánica cuántica y de la teoría de la relatividad. Para intentar comprender el mundo, la vida e incluso el propio hombre es necesario tener esa base científica, desde luego mucho más útil que dominar de cabo a rabo el código de Derecho canónico, conocer cientos de latinajos y la etimología de “mentecato” o saberse de memoria pasajes de La Odisea o de Los extremeños se tocan. No digo con ello que las humanidades no sean importantes o deban ser desdeñadas: lo que critico es un enfoque rancio de éstas, muy arraigado en una cultura tan proclive al engreimiento fatuo y despreciativa de la ciencia como la nuestra. En cualquier caso, una cosa son los conocimientos y otra bien distinta la sabiduría...

3 comentarios:

El detective amaestrado dijo...

Un par de interrogantes:
¿A quien se le ocurre hablar del Lazarillo en público a estas alturas,man?
¿Quien coño es la Gunilla esa?

Agus Alonso-G. dijo...

Ese es posiblemente uno de los dramas de la modernidad, el divorcio entre esas dos culturas: la humanística y la científico-técnica. Estoy contigo en que hoy no se puede entender el mundo sin saber de física, química o biología.

Bueno, digo hoy, pero antes de la modernidad, todos estudiaban de todo.

Salvador Casado dijo...

Ánimo Nico en esta andadura cibernética. Seguro que das juego y te da juego.

Un abrazo.

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