domingo, 19 de mayo de 2013

Bajo la misma noche

Ni rastro tuyo en el cielo plomizo de este anochecer neblinoso, ni en los árboles cuyos perfiles va disolviendo la oscuridad, ni en la constelación de luces que se va alumbrando en lontananza, ni en el fresco viento que lame las piedras frías y empuja secretamente las hojas secas que nadie ve (y, por tanto, no existen), ni sobre las aguas grisáceas del pantano ni debajo de ellas, ni en los recios mojones de granito ni en las altas torres eléctricas... Pero sé que andas no muy lejos, en algún lugar de la misma noche inmensa que nos envuelve, solo separados por tenues velos del espacio que puede derribar con facilidad la voluntad. Felizmente, dentro del mismo barco que surca sin rumbo las aguas del tiempo, acaso llamados a encontrarnos en uno de sus camarotes.

sábado, 11 de mayo de 2013

Rouco Varela desmiente que sea Paco Clavel

A la izquierda, Rouco Varela; a la derecha, Paco Clavel
El cardenal Antonio María Rouco Varela ha desmentido categóricamente, en una concurrida rueda de prensa celebrada en la sede de la Conferencia Episcopal en Madrid, que él "sea o haya sido alguna vez el ciudadano Francisco Miñarro López" (más conocido por el nombre artístico de Paco Clavel). Acompañado de Celestino Caranca, asesor científico del órgano colegiado de los obispos, Rouco ha aportado un informe de ADN y otro de fenotipo. "El genoma del cardenal Rouco es único, como el de cualquier otro ser humano no clonado que no tenga un hermano gemelo univitelino (no es este el caso). La probabilidad de encontrar una codificación genética exactamente igual es de una entre más de cien mil millones", apuntó Caranca. A su juicio, el informe de fenotipo (presentado a los medios en un DVD) es también concluyente: consta de 847 fotografías externas de su cuerpo, 36 radiografías y 64 imágenes obtenidas por resonancia magnética. El cardenal Rouco ha tenido que pasar varios días ingresado en un centro sanitario público para la realización de este exhaustivo informe fenotípico, además de dedicar una jornada entera a la sesión fotográfica en un conocido estudio de la capital de España. "Toda molestia es poca para que la verdad pueda abrirse paso como luz diáfana", ha dicho el prelado a los periodistas. "Espero que este pequeño sacrificio dé por fin sosiego a mi familia, a mis feligreses y a todos los hombres y mujeres de bien que tanto han sufrido estos últimos años con tamaña infamia".

El arzobispo de Madrid ha decidido por fin salir al paso de unos rumores que le persiguen desde hace años, murmuraciones que han llegado a sembrar la inquietud en el Vaticano. Una fuente de la Curia que ha pedido guardar el anonimato confiesa que en el último concilio se planteó con toda crudeza este asunto y que algunos purpurados -entre ellos el elegido, a la postre, papa Francisco- no las tenían todas consigo. El temor era que Rouco pudiese ser elegido sumo pontífice en sucesión de Benedicto XVI. Según un experto en Derecho Canónico consultado, un supuesto isomorfismo entre las partículas constitutivas de Rouco y las de Clavel habría convertido esa elección en una "pesadilla que hubiese dejado al nivel de anécdotas triviales acontecimientos como el cisma de Occidente o la Reforma luterana". "La sola posibilidad de un quid pro quo entre la identidad del obispo electo de Roma y la del señor Miñarro López es ciertamente aterradora, se trata de un escenario que la Iglesia nunca ha contemplado y de muy difícil reconducción teológica y pragmática", reconoce este mismo experto.

Las suspicacias a este respecto tienen un "sólido fundamento", según apunta el perito forense y catedrático de Lógica de la Universidad Alfonso Enésimo el Sabio Fulgencio Soldemunt, quien no alberga dudas de que bajo esas dos identidades aparentemente dispares se halla solo una persona. "No hay ninguna foto conjunta de Rouco y Clavel, ¡ninguna!, ¿por qué?", se pregunta Soldemunt. "Lo que es aún más inquietante", añade, "es que nadie ha podido atestiguar el paradero del otro durante cualquier acto público con presencia de Rouco o de Clavel. En la última misa de las familias, presidida en Madrid por Rouco, nadie puede dar fe de haber estado cerca de Paco Clavel. Durante la grabación a dúo con Pedro Almodóvar del "Twist del autobús", nadie puede dar fe de haber estado cerca de Rouco". Abundando en el mismo razonamiento, Soldemunt no ha tardado en replicar lo dicho en la rueda de prensa: "¿Dónde estaba el supuesto señor Miñarro mientras hablaba el supuesto cardenal Rouco? ¿Por qué no dio la cara?". También ha asegurado que la publicación del informe de fenotipo, que ha tildado de "impúdica", podría resultar incluso contraproducente: "Sin entrar a calificar las fotografías internas, esas solo 847 imágenes externas valen más que 847.000 palabras. Que cada cual juzgue con sus propios ojos".

El asesor Caranca aportó en el acto "un dato determinante y otro accesorio, aunque ambos de igual fuerza probatoria". El primero de ellos es la discrepancia en las fechas y lugares de nacimiento: 20 de agosto de 1936 en Villalba (Lugo) y un día indeterminado de 1953 en Iznatoraf (Jaén). "Rouco podría ser el padre del señor Miñarro (aunque no lo es, conforme a esta declaración jurada de él mismo que también ponemos aquí a su disposición)", declaró Caranca, "lo que arrojaría por la borda el presunto isomorfismo". El dato accesorio sería la condición vegetariana de Miñarro López, frente a la querencia por los animales (cocinados sobre un plato) del prelado. Al parecer, el mismísimo papa Francisco cocinó para Rouco Varela hace unos años, en el marco de un encuentro eclesial celebrado en Argentina, un plato cárnico que este consumió con deleite. "Todo ello apunta de manera inequívoca a la existencia de dos entidades humanas claramente diferenciadas", dijo el asesor, sentado a la derecha de un Rouco que cabeceaba con satisfacción en señal de asentimiento.

Soldemunt considera que las distintas fechas y lugares de nacimiento no son un motivo de peso para desmentir su tesis. En cualquier caso, se ha preguntado por qué no hay fotos de ambos juntos en su niñez y juventud si son diferentes personas, y por qué nadie ha podido afirmar jamás que estaba junto al joven Rouco (o niño Clavel) mientras el niño Clavel (o joven Rouco) llevaba a cabo alguna actividad. Por otra parte, el perito forense no niega la veracidad de esa comida cocinada por el entonces obispo Bergoglio, pero le resta importancia al considerar que la ingesta de animales herbívoros es un "consumo vegetariano en segundo grado".

Los informes genético y fenotípico, así como la declaración jurada de que Rouco no es el padre de Paco Clavel, han sido debidamente registrados y remitidos a Roma para que surtan los efectos oportunos. A la salida de la rueda de prensa, una salva de aplausos, intercalada con los acordes de la canción "La estufita", despidió al cardenal Rouco. Pese a los reiterados intentos de varios medios de comunicación, ninguno ha podido contactar con Paco Clavel para recabar su opinión acerca de esta polémica.

viernes, 3 de mayo de 2013

Gente que hace el mundo más amable

Para mejorar el mundo no es necesario que haya una mayoría trabajando activamente en favor del progreso: basta con minorías comprometidas que actúen con convicción e inteligencia, capaces de movilizar a una cierta masa crítica de ciudadanos. Hace unos días leía en el informe mensual de Greenpeace los logros recientes de este club internacional del que me enorgullezco de formar parte (aunque solo sea aportando una pequeña cantidad de dinero al mes): el abandono temporal por Shell de la búsqueda de petróleo en el Ártico, la suspensión por el Gobierno autónomo groenlandés de la concesión de licencias para su exploración, el compromiso de Volkswagen para cumplir los objetivos de eficiencia energética de la Unión Europea... Greenpeace, con sus cerca de tres millones de socios repartidos por todo el mundo, contribuye a que este mundo sea más habitable (para los que ya estamos en él y para los que vengan detrás de nosotros). Igual puede decirse de otras ONGs como Amnistía Internacional, de la que también me precio de ser socio: en su caso, los éxitos suelen tener nombres y apellidos, los de quienes son liberados por la presión mediática ejercida sobre los Gobiernos -da igual su inclinación política- que pisotean los derechos humanos.

Una enseñanza es que se pueden conseguir metas importantes sin necesidad de esperar al hombre nuevo (una espera inútil mientras sigamos siendo Homo sapiens), utilizando como palanca en beneficio de causas justas el interés de quienes cortan el bacalao. La clave es que nuestras acciones puedan comprometer el bolsillo de los empresarios y la reputación (en una democracia, por consiguiente, la cesta de votos) de los políticos, los puntos donde realmente más les duele (desde luego, más que cualquier escrache o acto vandálico). Conscientes del coste de verse señalados como indiferentes al sufrimiento de la gente, como codiciosos o antiecológicos, a estos no les queda muchas veces mejor opción que la de plegarse a demandas ciudadanas como la regulación del comercio de armas, la preservación de espacios naturales vírgenes o la limitación de actividades contaminantes. Aunque no las compartan, los políticos tienden a funcionar a lo Fernando VII, ese impresentable Borbón absolutista que en 1820 instase a marchar "francamente, y yo el primero, por la senda constitucional". Es curioso observar que hoy en día casi todo el mundo, hasta las empresas siderúrgicas, presume de verde: saben que se penaliza no serlo (o, al menos, no fingirlo). La economía del bien común trabaja precisamente en esta línea de instar a las empresas a portarse bien aunque solo sea por su propio interés.

Quitando las acciones espectaculares destinadas a captar el interés mediático, el trabajo de las personas que  militan en estas organizaciones suele ser discreto y sin alharacas. Al igual que el de los voluntarios de muchas otras ONGs como las "Sin Fronteras" (Médicos, Bomberos, Payasos...), de entidades eclesiales como Cáritas o Manos Unidas, de fundaciones como la de Vicente Ferrer, de quienes ayudan a ancianos y discapacitados... Y no menos que el de los cada vez más numerosos activistas contra el maltrato a los animales. Seguro que la labor de todos ellos es mucho más eficaz que la de quienes gritan eslóganes o se llenan la boca de verborrea en partidos políticos o sindicatos mayoritarios. Porque no son miembros de castas peleando por cuotas de poder o en defensa de sus intereses corporativos. Y lo más importante es que se trata de personas que suelen traducir su compromiso en gestos cotidianos aparentemente simbólicos -pero de gran impacto agregado- como votar y consumir responsablemente, reciclar basuras e ir al punto limpio, ciberprotestar, usar el transporte público, ahorrar agua y energía, etc. Gente que por lo general tiene un mayor respeto por el prójimo -incluso aunque este no sea humano- que la media de sus congéneres. Ya solo con esos gestos cotidianos, sin necesidad de desempeñar algún tipo de voluntariado, se estaría ejerciendo suficiente contrapeso tanto a quienes solo buscan maximizar su beneficio o sus resultados electorales como a los curritos que miran exclusivamente por su culo.

sábado, 27 de abril de 2013

Psicópatas y canis en el manual biempensante de izquierdas

Ya estoy harto de leer o escuchar que si nunca hemos estado tan deshumanizados como con este sistema capitalista (el feudalismo y el esclavismo, por no mencionar el comunismo real, debían de ser paraísos terrenales), que si el pueblo es noble por naturaleza (recomiendo al respecto estas interesantes lecturas de Pérez Reverte y Elvira Lindo sobre la hijoputez de las turbas humanas), que si los indígenas son pacíficos ecologistas que han preservado su pureza moral a diferencia de los pérfidos y corruptos occidentales, que si la culpa de nuestros males es solo de políticos que la gente no se merece (aunque curiosamente no deje de votarles a sabiendas de que son unos chorizos), que si todas las cosas se consiguen con el diálogo y la violencia es detestable siempre...

No es la primera vez que abordo este asunto, pero la relectura de este post (con sus comentarios) del muy recomendable blog de Cristina me ha alentado a volver al ataque. El error de partida es confundir pobreza con predisposición a delinquir. Ante la violencia bestial que azota México y Centroamérica, el izquierdista biempensante recurre al comodín de la miseria y las desigualdades sociales (por cierto, el número de homicidios per cápita es bastante más bajo en India, donde mucha gente malvive hacinada en slums infectos y también hay no pocos ricos). Luego observa el caso de Venezuela y no acaba de entender cómo se disparan los asesinatos si, con datos de la propia ONU, se ha reducido la pobreza y se han atenuado las desigualdades. Nuestro ingenuo pensador no deja de tomar a los mareros y sicarios, además de como verdugos, como supuestas víctimas de un orden económicamente injusto, gentes que no tuvieron otra oportunidad para salir adelante. Se le pasa por alto que buena parte de los jóvenes más pobres de esos países no solo no son criminales sino que además conforman el grueso de sus víctimas (dejando a un lado los ajustes de cuentas). Está claro que la delincuencia pandillera se ceba sobre todo con los pobres, con quienes están cerca de los malandros y no disponen de los medios para protegerse -alarmas, alambradas, altos muros e incluso guardaespaldas- que están al alcance de la clase media y los ricos.

Se entiende que alguien que no sea un psicópata -incluso puede que un buen chico en una situación difícil- se haga pandillero, pero para medrar ahí dentro solo se puede ser un redomado hijo de puta: hay un proceso de selección negativa que hace que solo los psicópatas más inteligentes, precisamente por esa doble condición (por su astucia, habilidades sociales y absoluta falta de escrúpulos y empatía), lleguen a ser los generales de las bandas. Este fenómeno siempre ocurre cuando no hay un poder estatal (el Leviatán hobbesiano) que detente eficazmente el monopolio de la violencia en un territorio. Un ejemplo lo tenemos en la película Gangs of New York, ambientada en el Manhattan de mediados del siglo XIX. Otro, en la ficticia La carretera de Cormac McCarthy. Siempre que falte el poder coercitivo del Estado estará el camino expedito para psicópatas y tipejos sin escrúpulos, que lo tienen más complicado en un marco democrático civilizado (aunque no por ello dejen de medrar en empresas, partidos políticos, clubes de fútbol, etc.). Y esto no es cosa de un pasado o de unas latitudes más o menos remotas, como tuvimos oportunidad de comprobar en las guerras yugoslavas de finales del siglo XX.

No hay que olvidar que en torno a un 2-3% de la población son psicópatas (muchos pasan por vulgares cabroncetes, ya que no van por ahí con una sierra eléctrica o un cuchillo afilado a lo Norman Bates). A esta gente hay que neutralizarla, porque la psicopatía no se cura y puede ser muy dañina para el prójimo. La neutralización pasa muchas veces por marcar límites o mantener distancias (en el colegio o el trabajo), pero en ocasiones se hace necesario recurrir a medidas más contundentes: sinceramente, con un sicario o un oficial de las SS se me antoja inútil -incluso contraproducente- el diálogo. Lo civilizado es que sea el Estado (o, dentro de un colegio, las autoridades docentes), con su aparato de disuasión, el que mantenga a raya a estas personas.

Y ahora, los canis

El mismo discurso biempensante explicativo de la delincuencia violenta es aplicable a los problemas de convivencia en los centros de enseñanza, confundiendo en este caso pobreza con macarrismo. Los canis (bakalas, chandaleros, coyotes, pokeros, etc.) son precisamente los mayores enemigos de los chicos y chicas de condición humilde que quieren estudiar y acceder a una vida mejor, ya que cuales perros del hortelano ni comen ni dejan comer (una auténtica desgracia es cuando el cani o choni convertido en padre o madre malea a sus propios hijos y les impide beneficiarse de la educación pública). El sistema educativo tiene que defender a quienes quieren aprender y progresar de quienes -por las razones que sea- solo pretenden reventar las clases y fastidiar a los demás (perjudicándose de paso, aunque involuntariamente, a sí mismos). No todos los pobres son unos canis. Y no todos los canis son miserables económicamente (aunque sí culturalmente): no pocas veces, con sus chapuzas y trapicheos, ganan más dinero que un ciudadano normal de clase media, para luego gastárselo en sus cadenas de oro, tatuajes, tetas de silicona, gimnasios, motos y coches tuneados. 

Por supuesto, en las raíces del fenómeno están la marginación y la desigualdad social, con el abono de la miseria cultural y moral de nuestro tiempo (solo hay que asomarse un poco a la televisión o a Twitter). Pero por debajo de esas raíces hay un sustrato profundo que es la propia condición humana: más allá de la cuestión psicopática ya comentada, siempre hay gente que prefiere tomar el camino más fácil en vez de esforzarse e incluso rebelarse contra sus condicionamientos, siempre hay tipos y tipas con pocas luces y/o escrúpulos que gustan de comer mierda y se guían por lemas como "No sin mi oro" o "Antes muerta que sencilla". Lo mejor que podemos hacer por los buenos Johnatan y Jennifer que menciona Cristina en su blog es darles una educación pública de calidad y protegerlos de quienes, por chulería, egoísmo, ignorancia y/o estupidez, no quieren mejorar la sociedad sino solo intentar situarse lo más arriba posible para pisotear al resto y exhibir así su power

Que no se nos olvide que los toletes que salen en Gandía Shore no son víctimas sociales sino personas que han medrado precisamente gracias a su condición de canis. Aunque muchos no nos cambiaríamos por ellos, es indudable que han triunfado: ganan dinero, hacen lo que les gusta, ligan entre ellos y encima salen en la tele. Y, por supuesto, se burlan de los chicos y chicas de condición humilde que quieren estudiar y acceder a una vida mejor y diferente (“pringaos y peleles”). A mí, sinceramente, solo me preocupan estos últimos. Al igual que solo me importan los pandilleros reciclables, y no los sicarios profesionales o los narcos con las manos manchadas de sangre que conducen coches de alta gama y se bañan en jacuzzis de oro macizo.

sábado, 13 de abril de 2013

Los méritos de la inteligencia

Es natural felicitar a alguien si gana un millón de euros en la lotería de Navidad (aun cuando muchas veces se dé por descontada la insinceridad del acto). Pero a nadie se le ocurriría proponer al ganador como candidato a alguna nueva modalidad del Nobel o del Premio Príncipe de Asturias: casi todo el mundo entiende que la suerte no es un mérito, algo que deba ser en justicia reconocido y premiado, sino un feliz accidente.

Armado de este mismo argumento se puede uno oponer a los premios de belleza, en los que se recompensa el ser guapa, tener garbo o estar buena (aunque frecuentemente ni siquiera esto último, desde una óptica masculina heterosexual). Los concursos de misses son un trampolín a la fama para muchas chicas jóvenes, además de una eficaz plataforma de apareamiento para empresarios horteras y monarquistas rijosos entrados en años. Pero no dejan de ser un reconocimiento de caracteres con los que uno nace, por lo general heredados. Se entiende que se pueda premiar a una actriz o actor por la calidad de su trabajo interpretativo, pero no por exhibir una sonrisa o un culo que vienen de fábrica (aunque esto último -el culo- se puede modelar en el gimnasio, lo que sí conllevaría un esfuerzo más o menos meritorio).

Algo parecido ocurre con la inteligencia, aunque esta tiene injustamente mejor prensa que la belleza (¡cuántas veces no habremos oído eso de que hay que valorar más a las personas por su inteligencia que por su belleza!). Porque es innegable que se trata de otro elemento innato -aunque pueda ser más o menos cultivado-, incluido en el pack genético con que venimos al mundo. Premiar la inteligencia sería pues tan absurdo como recompensar la belleza, la suerte o el haber nacido en La Bañeza o un 12 de febrero. Y loar a las personas inteligentes, tan ridículo como elogiar a quienes miden más de dos metros, son de raza negra o se llaman Jorge Javier. Otra cosa es el elogio a quienes han cultivado con esfuerzo y dedicación su inteligencia, lo que es bien distinto.

En el exordio de su tesis doctoral, mi amigo Jorge Malfeito dejó impresa esta conmovedora frase: "Ante la inteligencia me descubro, ante la bondad me arrodillo". Pero el mensaje sería más justo y hermoso si cambiáramos inteligencia por mérito. Porque la formulación por Einstein de la teoría de la relatividad general quizá no sea más meritoria que el aprendizaje por un chimpancé de la lengua de signos.

jueves, 4 de abril de 2013

Mujeres (más o menos) liberadas

La liberación femenina es un fenómeno cuya importancia quizá no haya sido aún debidamente ponderada. Es posible que no haya habido en el último medio siglo un proceso de transformación social tan potente, al sacar a las mujeres de su postración y su minoría de edad permanente para insertarlas en la vida económica y política de los países que hoy pueden presumir de ser los más avanzados del mundo (lo cual no es de extrañar, ya que castrar el potencial talento de la mitad de un colectivo humano no parece lo más inteligente para progresar).

Antes de seguir quisiera dejar clara mi descreencia en dos bobadas que siguen gozando de un amplio e infundado predicamento. La primera de ellas es la que sostiene que el mundo sería mejor si estuviera gobernado por mujeres. La historia confirma que no es así, desde Cleopatra Zenobia hasta Margaret Thatcher o Dolores de Cospedal. Incluso cabe sospechar que detrás de muchos gobernantes nefastos hay en realidad una mujer que lleva los pantalones (se ha dicho esto de Franco y su esposa, por ejemplo). ¡Cuándo aprenderemos de una vez que la hijoputez es transversal a toda condición, inclusive la sexual! La segunda sandez es la que afirma que las mujeres y los hombres son iguales, que la diferencia sexual es una mera construcción social (un "constructo social", para usar la cargante jerga postmoderna). Hombres y mujeres son diferentes por obvias razones biológicas, lo que se manifiesta desde la manera de percibir hasta la forma de pensar: no se trata de diferencias tan superficiales como las que puedan encontrarse entre un blanco y un negro o entre un azerí y un nicaragüense (en este último caso, por razones de índole cultural). Por supuesto, constatar estas diferencias, que en nada afectan a la inteligencia, la capacidad y la dignidad, no está reñido con defender la igualdad de derechos entre unos y otras.

La emancipación de la mujer debe bastante tanto a la extensión de su educación como a la conquista de su derecho al voto y a la concienciación de muchos hombres. La instrucción ha permitido a las féminas ser dueñas de su sexualidad, planificar su maternidad y trabajar fuera de casa, factores clave para tener una vida más allá de los fogones y de la crianza de los hijos. Por su parte, el sufragio femenino ha hecho de las mujeres un segmento electoral a tener muy en cuenta. Ningún político en su sano juicio puede hacer un discurso misógino en una democracia avanzada (o sea, en toda democracia donde las mujeres estén bien educadas) si tiene aspiraciones de gobernar. Lo mismo ocurre con respecto a los homosexuales: un comentario homófobo arruinaría la carrera de un político en cualquier lugar del mundo medianamente civilizado. 

Obviamente, esto no es aplicable en países donde la mayoría de las mujeres son analfabetas: allí, en el improbable supuesto de que exista una democracia, el suyo es un voto cautivo de patriarcas y clérigos (no andaba errada Victoria Kent cuando creía prematuro dar el voto a las mujeres en la España de la II República, puesto que solo beneficiaría a los conservadores -en el peor sentido de la palabra- más recalcitrantes). No en vano se dice que algunas mujeres son más machistas que la mayoría de los hombres, al perpetuar en su familia los roles de género con el adoctrinamiento de los niños. ¡Qué mejor cadena de transmisión para la tradición que las mujeres alienadas, las que inculcan a sus hijas desde pequeñas la obligación de obedecer a sus esposos y a Dios (y, a sus hijos, la necesidad de imponerse a sus esposas)!

La ruptura de esa cadena, con madres educadas que enseñan a sus niños varones a respetar a sus pares femeninos, ha propiciado la aparición -sobre todo, en Occidente, no nos engañemos- de un nuevo tipo de hombre que respeta y valora a la mujer, que la considera una compañera para compartir y no una asistenta de la que servirse, que colabora activamente con ella en la crianza de los hijos. Los retoños de esos padres educados son a su vez concienciados en casa y en la escuela para no discriminar a nadie por razón de sexo -ni por cualquier otro motivo más o menos estúpido-, sabedores de que hombres y mujeres pueden ser igual de inteligentes y de válidos para muchísimas tareas (no para todas, desde luego).

Claro está, no todo es tan maravilloso y sigue existiendo discriminación y violencia contra las mujeres incluso en los países más avanzados. Pero al igual que continúa habiendo asesinatos, accidentes dolosos de tráfico y otras lacras humanas inerradicables (eso sí, minimizables). Por otro lado, no todos los padres son esos progenitores educados que mencionaba anteriormente (incluso tengo dudas de que sean mayoría en España). Y las mujeres trabajadoras deben aún hacer frente en nuestras latitudes a obstáculos como la cultura empresarial dominante (reacia a la conciliación familiar y a la igualdad de ingresos con el hombre) y los escasos apoyos públicos a la maternidad y la crianza. Pero el progreso (para las mujeres y los hombres) es innegable gracias a la educación, la única esperanza social razonable.

sábado, 23 de marzo de 2013

Economía del bien común, una buena idea (para países civilizados)


Al economista austríaco Christian Felber se le ha ocurrido una idea estupenda cuyo nombre es economía del bien común (ver más en su web). Esto sí que huele a socialismo (del bueno) del siglo XXI, no como ese cóctel neobolivariano de marxismo, nacionalismo, mesianismo cristiano y populismo del más zafio (que incluye el embalsamamiento de próceres) que campa a sus anchas por algunos países de Latinoamérica.

La economía del bien común pretende que valores constitucionales como la justicia, el progreso social o la solidaridad dejen de ser meras palabras huecas para convertirse en una realidad tangible. ¿Cómo? Incentivando a las empresas a comportarse éticamente y disuadiéndolas de lo contrario, para ponerlas al servicio de la satisfacción de las necesidades de las personas, de su calidad de vida y del bien común. Felber constata que las leyes que presiden la economía de mercado son la competencia (en el peor sentido) y el afán del lucro, lo que no debe tomarse como algo natural e inevitable ya que los humanos también cooperan entre sí y se ayudan mutuamente en su condición de ciudadanos, vecinos o familiares: somos capaces tanto de lo peor como de lo mejor.

La manera de hacer que las empresas se portasen bien sería a través de los impuestos, aranceles y compras públicas: las malas (las que no respetasen a sus trabajadores, discriminaran a mujeres o minorías, no cuidasen el medio natural, no beneficiaran a su entorno social, fabricasen productos indeseables o funcionaran como dictaduras) tendrían que pagar más tributos y soportar aranceles más altos, además de no llevarse ni un céntimo de un contrato público; al contrario que las buenas, que tendrían preferencia en las compras públicas e incluso podrían comercializar sus productos y servicios libres de toda imposición fiscal y aduanera.

Para que esto funcionase se necesitarían auditores independientes, encargados de comprobar la veracidad del "balance del bien común" que deberían entregar las empresas (un documento contable que tendría en cuenta esos otros aspectos no monetarios como la sensibilidad social y ambiental). De su puntuación total en este balance dependería en buena medida la supervivencia de una empresa en el mercado (un mercado que, a diferencia del que ahora conocemos, estaría sujeto a la Ética). Por supuesto, se requeriría necesariamente la complicidad de la ciudadanía para poner en marcha el sistema no solo a nivel local, regional y estatal sino también supranacional (en nuestro caso, en el marco de la Unión Europea).

Las cosas no quedan aquí, ya que los defensores de la economía del bien común proponen legislar para poner coto a los excesos del capitalismo. Por ejemplo, pretenden establecer límites a las cantidades heredadas o a las diferencias de renta entre los más ricos y los más pobres. Claro está, esto dependería de lo que decidiese la mayoría: Felber no se cansa en insistir que corresponde a la sociedad determinar cuánta desigualdad considera admisible (si acaso estima que la desigualdad en el reparto de la riqueza es algo indeseable).

El problema viene con la apelación -democráticamente impecable- a la ciudadanía cuando esta tiene una calidad como la española o la italiana (por desgracia, muy diferente a la islandesa). No quiero ser negativo, pero poco se puede esperar de un país lleno de bakalas, canis, chonis, coyotes, lobas, cholos y tetes como los del reportaje de abajo (con sus respectivos papis y mamis, que matarían por verlos triunfar en la tele). Así no es de extrañar que políticos corruptos saquen mayorías absolutas, que arrasen los programas de telebasura o que nuestras costas estén alicatadas. Más de uno diría que son un subproducto del capitalismo decadente que queremos superar, pero yo creo que esta gente siempre ha existido y existirá (lo que pasa es que hace siglos no gastaban coches ni aparatos gimnásticos, no escuchaban bakalao ni veían Tele 5 y no se hacían piercings, infiltraciones de botox ni tatuajes coreanos), mucho más aquí que en otras latitudes europeas. En cualquier caso, ese es ya otro tema...

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