jueves, 22 de septiembre de 2016

Brennan contra la democracia... ¡para salvar la democracia!

El filósofo y politólogo estadounidense Jason Brennan acaba de publicar Contra la democracia, un alegato políticamente incorrecto que no puede dejar indiferente a nadie (salvo a quienes él considera que no merecen votar). En su libro, Brennan pone en entredicho un principio fundamental del sistema democrático: el de que todo el mundo tiene derecho a ejercer una cuota de poder político por el mero hecho de ser ciudadano. Si para conducir hay que sacarse un carné que acredita un cierto conocimiento del funcionamiento y manejo de un coche, así como del tráfico y sus reglas, ¿por qué no habría de exigirse a los ciudadanos una adecuada preparación para poder acercarse a las urnas?... Conductores no cualificados provocan accidentes; votantes no cualificados llevan al poder a demagogos, mentirosos, incompetentes y corruptos.

Brennan propone la epistocracia, un tipo de democracia en la que solo podrían votar aquellos que acreditasen tener un mínimo conocimiento del sistema político y de lo que se dirime en las urnas (o en la que todos podrían ejercer su sufragio pero se otorgase diferente peso a los votos, conforme al conocimiento demostrado por los electores). Y lo hace en un contexto histórico en el que el Brexit está aún fresco y la posible victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EE.UU. ya no es un gracieta sino una grave amenaza para su país y el mundo entero. Estamos hablando de un asunto capital: la democracia puede estar en peligro a causa, paradójicamente, de su propio principio fundamental de "un hombre, un voto".

La culpa no es de la democracia, sino del creciente desfase entre el desarrollo económico-tecnológico y el educativo-cultural. Ya escribí hace años que una democracia de burros es insostenible, ya que lleva en su seno el germen de su autodestrucción. Un fallo garrafal de las sociedades occidentales ha sido permitir que la telebasura y la basura.com hayan asfixiado el espíritu crítico y el interés ciudadano por el conocimiento y la ciencia. Esto, unido al multiculturalismo mal entendido, ha conducido al Estado multi-incultural en que nos hallamos. De esos polvos vienen estos lodos populistas, ultras y xenófobos en Europa y Norteamérica.

Por mucho que les pese a los partidarios ilustrados del Brexit (entre ellos, el físico David Deutsch), la salida del Reino Unido de la Unión Europea solo ha sido posible gracias al voto desinformado y la ignorancia de muchos votantes de bajo nivel educativo y cultural (no pocos de ellos, votantes tradicionales de izquierda). Y lo cierto es que Trump puede estar a las puertas de la Casa Blanca gracias al voto masivo de esa América profunda religiosa que cree que el mundo fue creado por Dios hace seis mil años y que los homosexuales son unos pecadores, además de ser incapaz de situar a España o Japón en un mapamundi (es lo que tiene ir más a la iglesia que a una biblioteca que no sea la parroquial). Algunos de ellos, además, siguen creyendo a pie juntillas que Obama es musulmán o un lagarto alienígena.

Podemos estar en desacuerdo con Brennan, asumiendo el "un hombre, un voto" como algo consustancial a la democracia o como un mal menor necesario para preservarla, pero no deberíamos desdeñar tan alegremente su propuesta si pretendemos seguir disfrutando de unas libertades por las que no pocos de nuestros antepasados pelearon e incluso dieron su vida.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Inteligencia Artificial, ¿una inteligencia no inteligente?


Cada vez que alguien consigue que un ordenador o robot desempeñe o resuelva una nueva tarea o problema, mucha gente sale al paso recordándonos que la actividad de la máquina no es inteligencia genuina (o sea, supuestamente como la nuestra): se trataría de una simple computación realizada gracias a la capacidad humana de programar algo que no deja de ser un cacharro de silicio, chapa y cables. Esto se llama "efecto Inteligencia Artificial" y está muy extendido. Da igual la gesta conseguida por la máquina: si ésta derrota al ajedrez a un campeón mundial, pues se despacha nada más que como una computación (notable, eso sí, pero nada ver con la inteligencia de verdad). No admitimos que haya inteligencia con mayúsculas mientras nosotros entendamos cómo funciona la máquina para hacer una cosa o dar respuesta a un problema. Ya no hablemos de atribuirle conciencia a un superordenador o de suponer que este podría llegar a sufrir enfermedades mentales (sería lo suyo si tuviera una mente).

Curiosamente, ocurre algo parecido cuando se juzga la conducta de los animales. Cada vez que se descubre en una especie alguna proeza cognitiva que se nos había pasado por alto, muchos legos en ciencia lo atribuyen al puro instinto: porque, faltaría más, los animales no tendrían inteligencia... ¡y ni por asomo conciencia! Es tan improbable que un humanista inculto (de esos que pueden recitar de memoria a Góngora pero creen que los toros no sufren en la plaza y no conciben que 0,11 sea menor que 0,2) diga "cultura animal" como que un torero exclame "¡Disonancia cognitiva!" en medio de una faena en Las Ventas. Aunque, le guste o no a Savater o al académico más lustroso, la cultura también existe en los animales.

La tesis de la Inteligencia Artificial (IA) fuerte, a la que se adscriben filósofos y neurocientíficos como el estadounidense Daniel Dennet, sostiene que si un ordenador desarrolla acciones inteligentes (relacionarse con el medio, razonar, resolver problemas, planear, aprender, comunicar, etc.) puede ser considerado a todos los efectos inteligente. La diferencia entre la inteligencia de una máquina y la de un humano sería solo de grado. Nuestros ordenadores siguen siendo menos inteligentes que nuestros cerebros, pero eso no significa que algún día acaso no lejano puedan alcanzarnos y, en el camino, cobrar así conciencia.

El filósofo John Searle ideó un curioso experimento mental, llamado la "habitación china", para refutar el planteamiento de la IA fuerte. Imaginémonos que él está encerrado en una habitación y no tiene la más remota idea de lengua china, pero cuenta con una serie de reglas en inglés (diccionarios, libros de gramática, etc.) que le permiten poner en correspondencia un conjunto de símbolos formales con otro (en este caso, los caracteres chinos) y así responder correctamente en chino a preguntas formuladas en esa lengua desde fuera -por ejemplo, intercambiando hojas por debajo de la puerta o a través de una ranura- por sinohablantes. De esa manera, estos últimos quedan convencidos erróneamente de que la habitación china (en realidad, el oculto Searle) entiende ese idioma asiático. Estableciendo una analogía, Searle concluye que un programa no puede otorgar comprensión o conciencia a un ordenador con independencia de lo inteligentemente que pueda hacer que se comporte.

Como explica Dennet en su libro La conciencia explicada, el argumento de Searle para demostrar que la habitación china no es en absoluto consciente ignora un factor clave: la complejidad. Un programa informático puede ser extraordinariamente flexible, con múltiples niveles, y poseer una amplísima información del mundo (lo que incluiría, según Dennet, "metaconocimiento y (...) metametaconocimiento sobre sus propias respuestas, las posibles respuestas de su interlocutor, sus propias motivaciones, las 'motivaciones' de su interlocutor y mucho, mucho más"). Si una computación compleja permite capturar y representar la misma organización o estructura abstracta de un sistema de procesamiento de información (por ejemplo, la mente emanada de un cerebro), si su entramado de conexiones o "topología causal" es similar, ¿por qué no habría de compartir sus propiedades psicológicas, como sostiene el filósofo australiano David Chalmers? ¿Por qué la conciencia habría necesariamente de tener un soporte orgánico y no de silicio o cualquier otro material? Si una conciencia es producto de la interacción de un trillón de neuronas, según el australiano no habría nada absurdo en la idea de que la interacción de un trillón de chips de silicio pudiese hacer lo mismo.

¿Y por qué la conciencia, al igual que la inteligencia, habría de ser una cuestión de todo o nada? Chalmers no descarta que todo objeto procesador de información (o sea, reductor de la incertidumbre, conforme a la definición de Claude Shannon) pueda ser consciente a su manera, empezando por un modesto termostato de conducta binaria: apagado-encendido, cero-uno, sí-no... Aunque pueda parecer contraintuitivo, lo cierto es que el pampsiquismo hace menos misterioso el fenómeno de la conciencia y es perfectamente compatible con una visión materialista del mundo.

viernes, 26 de agosto de 2016

Mis auténticos compatriotas: Acerca de Rationalia

Nací en las islas Canarias y llevo casi la mitad de mi vida en Madrid, tras establecerme aquí en 1994. Por tanto, me guste o no, soy canario y español. Pero no puedo evitar sentirme más compatriota de un animalista escocés que de un cazador canario o un taurino ibérico, de un librepensador saudí (¡pobre, sobre todo si es mujer!) que de un ultracatólico español, de un bibliotecario eritreo que de un cani local de los que salen en Mujeres, Hombres y Viceversa, de un antinacionalista serbio que de un nacionalista español o canario, de un ecologista coreano que de un cafre de mi isla que tira su nevera vieja al barranco, de un socialdemócrata sueco o canadiense que de un españolazo pepero o un votante de Coalición Canaria.

Quizá lo único que comparta con el cazador, el cani o el energúmeno de mi tierra sea mi querencia por la Unión Deportiva Las Palmas (que para mí, en la distancia, es un vínculo identitario y sentimental) y mi acento insular. Pero hay cosas ciertamente más importantes, como el cuidado de la frágil naturaleza del archipiélago y el bienestar de sus personas y animales. Claro que hablamos el mismo idioma, lo cual también debería unirme más a un latinoamericano que a un asiático, africano o europeo no español. Pero no es el caso: mi cercanía personal -y creo que la de mucha otra gente- es por afinidades, no por vecindad geográfica o cultural. La lengua española sirve igual para escribir los textos de Borges que para exclamar "¡Muera la inteligencia, viva la muerte!" (Millán Astray) o componer canciones de reggaetón (Bob Marley debe estar revolviéndose en su tumba de ver asociado el término reggae a esa cosa infame). Por cierto, prefiero la música de Bob Marley a una folía y no por ello soy menos canario.

He de reconocer que no me siento a gusto con culturas muy religiosas y tradicionales (por tanto, cerradas, reprimidas, machistas y homófobas), incívicas y clasistas. Por eso estoy seguro de que no sería tan feliz en Centroamérica como en Noruega. Por eso no me cabe duda de que viviría mejor en Holanda que en Italia, México, India o la propia España. Por supuesto que también hay cafres en el norte de Europa, pero la diferencia la marca una cultura más avanzada: más laica, racional, cosmopolita, igualitaria, tolerante, cívica y comprometida con la educación (¿será casualidad que no haya prácticamente un joven islandés que crea en Dios como creador del mundo?). Las instituciones de esos países son un reflejo de esa cultura. Por eso la petrolera noruega Statoil es una empresa ejemplar, ya que lo determinante no es su titularidad pública o privada sino la cultura subyacente: Statoil es una empresa pública... pero nórdica, no española ni italiana ni griega.

Esa cultura avanzada es sin duda la que más se aproxima a la idea de Rationalia propuesta por el físico y divulgador Neil deGrasse Tyson: un país virtual regido por la razón y la evidencia, en el que no obstante esté reconocido el derecho de cada cual a optar por la irracionalidad y la creencia religiosa (siempre y cuando su ejercicio no sea en perjuicio de terceros). Puede que Rationalia sea el último cartucho de la humanidad para evitar el colapso en este siglo XXI.


sábado, 30 de julio de 2016

Estupidez y culturas

El biólogo evolucionario David Krakauer, investigador y presidente del Instituto de Santa Fe (centro multidisciplinar dedicado al estudio de la complejidad), nos brinda una definición de la estupidez relacionada con la resolución de tareas o problemas: una solución estúpida es la que hace que tardemos en llegar al objetivo o resultado –¡si acaso llegamos!- al menos tanto como si nos hubiéramos encomendado al puro azar. Tomemos el ejemplo de un cubo de Rubik. Las soluciones inteligentes nos llevarían a dejar el cubo con todas sus caras igualadas en un tiempo relativamente breve, que podrían ser minutos u horas, siguiendo unas reglas o pautas racionales. Es verdad que si dispusiéramos de un tiempo infinito acabaríamos terminando el cubo más tarde o más temprano (quizá en dos millones de años o acaso en treinta mil millones), manipulándolo como nos viniese en gana en todo momento sin pauta ni razonamiento alguno. Pero una solución manifiestamente estúpida como la de limitarnos a rotar el cubo, sin alterar la disposición de sus 27 componentes, ni siquiera llegaría a ser efectiva aunque empeñáramos en ella toda la eternidad. Toda persona estúpida tiende a hacer estupideces como esa, pero no todas ellas son cometidas por individuos estrictamente estúpidos (privados del uso de la razón): los hay también obcecados, ignorantes, mal informados y fanáticos (que anteponen su veneno ideológico a la razón).

Krakauer distingue entre dos tipos de artefactos culturales por su efecto en nuestra cognición: los complementarios y los competidores. Los primeros potencian nuestras habilidades cognitivas y nos hacen, por tanto, más listos. Entre ellos figuran los mapas, los ábacos y las lenguas. No solo cumplen con la función para la que fueron diseñados sino que, instalados en modo virtual en nuestro cerebro (a cuyo cableado contribuyen), potencian diversas capacidades. El uso para el cálculo del ábaco, por ejemplo, favorece tanto la comprensión espacial como la lingüística. Por su parte, los artefactos culturales que compiten con nuestra cognición son los que ejecutan mucho mejor y en menos tiempo que un humano tareas que ya sabíamos hacer. Un ejemplo típico es la calculadora electrónica, que tan buenos servicios nos ha prestado a todos aunque al precio de hacer olvidar a más de uno cómo multiplicar o dividir números grandes. El riesgo de estos artefactos competidores, entre los que también se incluyen los procesadores de texto, es que nos entontecen y podrían dejarnos en un estado peor que cuando los inventamos (no es improbable que en unos pocos decenios casi ningún humano sepa ya multiplicar o dividir manualmente, o incluso escribir a mano con lápiz o bolígrafo) si un día desaparecieran. Por lo que, evidentemente, sería un error depender demasiado de ellos.

Por cierto, ¿cabe hablar de culturas estúpidas o, al menos, de algunas más estúpidas que otras? ¿Incluso de culturas que hagan estúpidos a los individuos?... Si consideramos la cultura como un potenciador de la inteligencia, hay que reconocer la existencia de objetos culturales más eficaces que otros. Los números romanos eran un buen invento para contar (siempre y cuando las cifras no fueran demasiado altas), pero no para hacer operaciones aritméticas. Para sumar, restar, multiplicar y dividir (¡ya no hablemos de álgebra!), el sistema de numeración indo-arábigo es infinitamente mejor. No es pues de extrañar que los europeos medievales estuvieran tan atrasados en matemáticas con respecto al mundo islámico. Una cultura sin matemáticas avanzadas nunca habría logrado poner a un hombre en la Luna ni descifrar nuestro genoma. Lo mismo puede decirse de una cultura ágrafa. Desde luego, la ciencia no sería posible sin matemáticas ni escritura. Y sin ellas, el universo cognitivo de sus individuos sería mucho más pobre.

Desafiando toda corrección política, el filósofo y neurocientífico Sam Harris afirma que una cultura que justifique los crímenes de honor o la discriminación de las mujeres es objetivamente inferior a otra democrática y tolerante. Siguiendo el planteamiento de Krakauer, una cultura de esa índole (fundada en la tradición-religión y no en la razón) haría a sus individuos no solo moralmente peores sino también menos inteligentes, al dejar desde su más tierna infancia en sus conexiones neuronales una impronta de odio e irracionalidad. Así como los números romanos son inferiores a los indo-arábigos, la cultura talibán (paradigma extremo de integrismo religioso) sería inferior a la de una sociedad civilizada democrática. Entre otras cosas, dice Harris, por promover la comisión por personas psicológicamente normales de actos que en una sociedad democrática solo podrían ser atribuidos a psicópatas. Es difícil rebatírselo... racionalmente.

martes, 19 de julio de 2016

El clan Sandoval se reconcilia y Justo Javier Ullambres retoma la faca

Los hijos de Perica Sandoval, Cuqui y Santi, atraviesan un buen momento tras su desencuentro primaveral por el discurso de ingreso de su madre en la Real Academia Española de la Lengua. La doctora en Bioquímica Molecular Cuqui tildó su discurso sobre la relación entre ética y ascética en Fray Luis de León de "excesivamente academicista", además de apuntar "un inquietante sesgo antipositivista". Estas palabras abrieron una brecha en la familia, por cuanto Santi (catedrático de Historia del Mundo Contemporáneo) se alineó con su madre y denunció el "cientifismo miope" de su hermana. Pero las aguas no han tardardo en volver a su cauce y eso ya es pasado. "Siempre le voy a perdonar a mi hermana todo", aseguraba ayer Santi a la salida de la Biblioteca Nacional, con un ejemplar de La miseria del historicismo de Popper bajo el brazo, camino de una exposición en el Museo Antropológico. Ni Cuqui ni Santi han querido inmiscuirse en sus respectivas relaciones de pareja: la de Cuqui con el epistemólogo checo Petr Ucher (con quien sale desde primavera) y la de Santi con la paleontóloga jiennense Consuelo Oláriz (una relación estable de varios años que dentro de unos meses dará un nieto a Perica). Todo se arregla en familia, desde luego. ¡Y bien que lo celebramos!

Vayamos a otra cosa, corazones... ¿Sabéis que la secretaria judicial Toñi Calasparri mantiene una excelente relación con sus exparejas: el alicatador Jaime Sosa y el cooperante en Congo Jaume Munt? Ambos acudieron junto a su actual novio, el arabista José Henrique Fermosillo, a su fiesta de 40 cumpleaños en la Sala Magna de la Casa Árabe en Madrid. A Toñi y su pareja se les ve superfelices y están juntos las 24 horas del día. José Henrique y ella han llevado su relación sentimental muy discretamente. Y ambos tienen claro que van a pelear por un amor que promete grandes momentos. ¡Seguro que sí!

Ya queda menos para la vuelta a la matanza del encofrador Justo Javier Ullambres, que rebanará el pescuezo a cuatro cochinos en la plaza mayor de Valoria la Buena (Valladolid). Javier afronta las horas previas con nerviosismo. La hora de la verdad se acerca (será el sábado a las 9 de la mañana) y el verdugo ya ha adelantado que empleará una faca de Toledo que le regaló su hermanastro Fermín. Ejecutará la matanza con un traje hecho expresamente a medida para ese día por el conocido sastre lagarterano Fulgencio Corominas. Toda la familia de Justo Javier estará con él arropándole en un día tan especial, ya que será su última matanza. Encofrador, pero sobre todo verdugo, está tan ilusionado como el primer día que degolló a un guarro.

Y cerramos el programa de hoy con otra muy feliz noticia: el inminente enlace de la telefonista Margarita Fierro con el fresador Pedro Gómez López. Solo les faltaba marcar la fecha en el calendario: la boda tendrá lugar finalmente el 6 de agosto en la parroquia de al lado de la fábrica donde trabaja Gómez en L'Hospitalet del Llobregat (Barcelona). El traje de Margarita es un misterio. Y también el destino de su luna de miel, aunque alguien muy próximo a la telefonista nos ha asegurado que la pareja duda entre una pensión en Villarrobledo (Albacete) o el camping de Jarandilla de la Vera (Cáceres). "Me siento pletórica", nos decía hace unos días Margarita, que sigue creciendo en lo personal y lo profesional. ¡No es para menos, guapa! ¡Muchas felicidades a la pareja! Con ellos nos despedimos hasta mañana, corazones.

martes, 5 de julio de 2016

Economía y error

La crisis económica en la que aún estamos instalados tuvo su origen en una crisis financiera en los Estados Unidos (la de las hipotecas subprime o de alto riesgo), desatada por la desregulación y la falta de controles: en toda una combinación de errores, públicos y privados, tanto por omisión como por acción. Algo parecido ocurrió en 1929, con la diferencia de que entonces el Estado era mucho más débil y se encontraba bastante menos preparado para evitar el derrumbe de la economía estadounidense y, con ella, del resto del mundo. Al crack bursátil del 29 sucedió la tremenda crisis económica de los años 30 que condujo al auge del nazismo y el fascismo y, en última instancia, al mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial. No se trataba, desde luego, de un fallo menor.

Abundan los ejemplos de trágicos errores económicos, fruto de la combinación de codicia, dejadez más o menos interesada, ignorancia de los fundamentos de la economía y falta de sentido común. El más reciente y próximo a los españoles es el de la burbuja inmobiliaria, cuyo pinchazo en 2007 puso fin a una escalada de precios en la vivienda que parecía no tener techo. En la segunda mitad del año 2003, cuando compré mi casa, recuerdo haberle señalado al tipo de la agencia inmobiliaria el riesgo de estallido de la burbuja. Le puse como ejemplo el caso de Japón en los 90. “¡No, no!”, me respondió con una sonrisa condescendiente. “La Unión Europea no permitiría que bajaran los precios en España. A lo sumo, no subirían más. Pero bajar, ¡eso no!”. Otro ejemplo más de lo que el economista John Keneth Galbraith acuñase en su libro La sociedad opulenta como “sabiduría convencional”: un conjunto de ideas tomadas como indiscutibles al contar con la aprobación generalizada tanto de expertos como de público. Un conjunto de ideas que, por desgracia, es muchas veces erróneo. Sabiduría convencional fue durante muchos siglos la creencia en que la Tierra era plana. Y lo es en la actualidad la fe, profesada por muchos académicos y políticos, en las políticas económicas de ajuste (que tanto daño han hecho a algunos países como España, Portugal o Grecia) para combatir la recesión.

Lo cierto es que la ciencia económica ortodoxa se funda sobre premisas muy discutibles -por no decir falsas- como el comportamiento racional de los agentes económicos (muchas veces la gente actúa irracionalmente), su condición de maximizadores del beneficio o la utilidad, la información perfecta (no existe tal cosa, aparte de que hay individuos que tienen más y mejor información que otros) o la igualdad ante los mercados (solo hay que tener sentido común para darse cuenta de que no es igual el poder negociador de un trabajador que el de un empresario que lo contrata). Así no es de extrañar que la economía haya sido una de las ramas del conocimiento más proclives al error, cuyos triunfos han consistido sobre todo en predecir lo que ya ha ocurrido: para dicho viaje no hacen falta alforjas científicas.

En la segunda mitad del siglo XIX, la teoría económica neoclásica empezó a vestir a la economía de un aparato matemático que se ha ido haciendo más complejo con el tiempo. Hasta el punto de que en pleno siglo XXI hay economistas que pretenden entender el mundo solo con su arsenal de curvas y derivadas matemáticas, sin necesidad de saber nada de Historia, Geografía, Psicología y otras humanidades. Y no es posible acometer esa empresa intelectual sin otorgar la suficiente importancia a factores institucionales como la cultura y costumbres o la estructura social. Los enfoques heterodoxos de la economía atienden más a ellos que al trinomio en que se asienta la teoría neoclásica hegemónica: racionalidad-equilibrio-individualismo.

La corriente dominante de la economía ha acabado reconociendo la existencia de fallos de mercado, conforme a los cuales la búsqueda por los individuos de su propio interés lleva a ineficiencias -mercados no competitivos (oligopolios o monopolios), externalidades (como la contaminación), provisión insuficiente de bienes públicos, etc.- que solo pueden ser solventadas a escala colectiva. Pese a ello, los economistas neoliberales próximos a la influyente Escuela de Chicago consideran que los efectos de una acción gubernamental podrían ser peores que los del propio fallo de mercado. Y desde los años 80 del pasado siglo, la síntesis neoclásico-keynesiana que representa la teoría económica ortodoxa se ha enriquecido con aportes de nuevos enfoques como la neuroeconomía (que trata de arrojar luz con los descubrimientos de la neurociencia sobre el proceso humano de toma de decisiones), la economía conductual (que analiza los efectos de los factores psicológicos, sociales, cognitivos y emocionales sobre las decisiones económicas de individuos e instituciones) o la economía evolutiva (inspirada en la biología evolutiva, que pone el acento en el valor para la supervivencia de las decisiones económicas). Pero sigue siendo incapaz de explicar y predecir con solvencia esos curiosos fenómenos emergentes que nacen de la interacción de los Homo sapiens para procurarse bienes y servicios con los que satisfacer sus necesidades económicas; o sea, sus necesidades de bienes escasos (por eso el aire que respiramos continúa siendo por ahora -¡pero no lo digamos muy alto!- un bien no económico).

viernes, 24 de junio de 2016

La culpa nunca es nuestra

Aumentan los accidentes de tráfico: la culpa es del mal estado de las carreteras, de la deficiente señalización, de las inclemencias meteorológicas..., nunca de la gente que conduce de manera agresiva y demencial, de quienes presumen de "controlar" a 180 kilómetros por hora y adelantan a quienes van pisando huevos a 130.

Los programas de telebasura consolidan su liderazgo en la pequeña pantalla: la culpa es de las cadenas que los emiten y no ofrecen espacios culturales alternativos, de los políticos que no dan una respuesta adecuada a la cuestión, de la pobreza cultural intrínseca al capitalismo..., nunca del espíritu chismoso y de la zafiedad de muchos integrantes de la sociedad, que ejercen apoltronados en su sofá una absoluta soberanía sobre su mando a distancia.

Se agrava el "efecto invernadero": la culpa es de las compañías transnacionales, del capitalismo depredador, del Gobierno de Estados Unidos..., nunca de quienes emplean su todoterreno para hacer la compra en el súper de al lado, de quienes ponen el termostato de la calefacción en 26º C y el del aire acondicionado en 17º.

Muchos sinvergüenzas se enriquecen destruyendo el entorno natural y sembrando el caos urbanístico a su paso: la culpa es del mundo de la política, de las deficiencias en la legislación del suelo, de la rapacidad del capitalismo..., nunca de quienes se muestran más preocupados por la política de fichajes de su equipo de fútbol que por la gestión de su municipio o comunidad.

En suma, que la culpa nunca parece ser del pueblo, sino de sus gobernantes (¡a qué político con intención de medrar se le ocurriría poner en duda la archisupuesta inteligencia y sentido común del pueblo!), de los empresarios, de los periodistas o de esa oscura abstracción llamada sistema.

Este articulo fue publicado en el diario El País el domingo 27 de mayo de 2007.

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