jueves, 8 de julio de 2021

Cuando se dice estalinismo para exculpar al comunismo



El estalinismo es la coartada de muchos comunistas actuales en Occidente (siguen quedando algunos) para salvar de la quema al sistema que defienden. Para ellos, todas las atrocidades de los autoproclamados regímenes socialistas (del también conocido como "socialismo real" o "democracia popular", denominación a cuál mas grotesca) serían producto de una desviación aberrante atribuida a figuras como la de Stalin. Lo llamativo es que en todos los países donde se aplicó ese nuevo orden social ocurrió lo mismo: desastre económico, aumento de la pobreza, emigración, represión masiva y brutal, absoluta arbitrariedad del poder, delirantes proyectos de ingeniería social (con la China de Mao, la Camboya de los jemeres rojos y la monarquía hereditaria de Corea del Norte como ejemplos más siniestros) para alumbrar el hombre nuevo... Para la consecución de esto último se asumía cualquier coste y sufrimiento: si tenían que morir 10 millones de personas, pues adelante. La consigna "socialismo o muerte" es muy ilustrativa al respecto. No se trató pues de algo exclusivo de la URSS de Stalin o la China de Mao, atribuible a la paranoia psicopática de un dictador, ya que pasó en todos lados con mayor o menor crudeza. Realmente, el tirano georgiano y sus homólogos en el resto del mundo (incluso la deriva totalitaria de movimientos armados de inspiración leninista como ETA) fueron frutos inevitables de un vicio ideológico de partida: la dictadura del proletariado.

Solo desde una visión utópica o "no limitada" (unconstrained es el término utilizado por el afroestadounidense Thomas Sowell) de la naturaleza humana podía uno creer que eso tenía alguna posibilidad de salir bien. Dicha visión incluye la ingenua confianza en supuestos gigantes morales que como líderes lo darán todo, de manera desinteresada, por el pueblo trabajador y el socialismo. Dar a una persona o grupo poderes ilimitados corrompe siempre, al favorecer sus peores inclinaciones. Porque todos tenemos, unos más y otros menos, un sesgo natural al egoísmo y el ensoberbimiento (también a la generosidad, desde luego). Si no hay límites claros al poder, si no hay un Estado de derecho, división de poderes y contrapesos varios, no es de extrañar que surjan los monstruos. Ya Trotsky decía al comienzo de la revolución rusa: "La intimidación constituye un poderoso instrumento político, y el que diga no comprenderlo es que se las da de santurrón". El líder bolchevique ignoraba que él mismo -y muchos de sus correligionarios- probaría en sus propias carnes esa medicina (en su caso, administrada con un piolet por la mano de un militante del PSUC catalán mandado por Stalin).

El gran error del marxismo, además de su determinismo histórico, es creer que somos una hoja en blanco al nacer, algo que la ciencia de verdad (el marxismo no es más que una presuntuosa pseudociencia) ha desvelado como falso: ya venimos con un software de serie recogido en nuestro código genético, que luego se modula con el ambiente. El egoísmo (también el altruismo, insisto) forma parte de ese paquete. Y siempre habrá psicópatas y malvados entre nosotros, así como gente normal que acabará maleándose si se les permite actuar sin límites en un marco que encima propugna el odio entre clases.

Los experimentos de ingeniería social es mejor hacerlos con gaseosa, dada la susodicha naturaleza humana (todo intento de reprogramar a las personas -salvo que se admita una más que inquietante manipulación neuronal- está condenado al fracaso) y la complejidad del mundo social. Por eso, para minimizar riesgos y estropicios, Karl Popper abogaba por el cambio gradual frente al revolucionario basado en el borrón y cuenta nueva. La evolución biológica no funciona así a las bravas: una mutación en los genes que regulan las estructuras anatómicas, de modo que se desarrollen unas alas en vez de unas patas, casi nunca suele tener un final feliz. 

Definirse en positivo es siempre más elegante y convincente que hacerlo en negativo, pero no debemos renunciar a esto último para marcar la frontera con lo inmoral y lo indeseable. Y lo cierto es que todo progresista no debe ser solo antifascista sino también anticomunista. Porque no se puede dejar de estar en contra de una ideología (obviemos innegables buenas intenciones de muchos de sus partidarios) responsable de tanta muerte y sufrimiento.

Por último me pregunto si un socialdemócrata en 2021 puede tener como aliados a autodeclarados comunistas (caso del eurodiputado de Unidas Podemos Manu Pineda) que rinden homenaje a regímenes como el chino. Un régimen que desde hace años exhibe lo peor tanto del comunismo como del capitalismo.




martes, 30 de marzo de 2021

Monismo russelliano, fisicalismo, pampsiquismo, panenteísmo, Todo y Nada en el mismo paquete


Keith Frankish y Philip Goff son dos de los filósofos actuales más interesados en el estudio de la naturaleza de la consciencia. Y de vez en cuando interactúan en Twitter (también suelen hacerlo David Papineau, Bernardo Kastrup y Richard Brown), para regocijo de quienes estamos interesados en estos asuntos. Para Frankish, la consciencia (que para él, en línea con Daniel Dennet, no deja de ser una mera ilusión) es "algo que hace la materia". Para Goff, es justo al revés: la materia es "lo que hace la consciencia". En mi humilde opinión, ambos yerran si adoptamos una concepción monista del mundo (conforme a Bertrand Russell) en la que materia y mente serían dos caras de la misma cosa única: la primera de ellas, tal como esa cosa se percibe desde fuera; la segunda, la subjetiva, tal como es sentida desde dentro (la consciencia sería pues "lo que se siente siendo materia"). 

Esta es una concepción en el fondo fisicalista, ya que la cosa única es consciencia materializada (o materia con propiedades mentales, que lo mismo da). Y coincido con Galen Strawson en que ello nos aboca necesariamente al pampsiquismo, que Frankish rechaza y Goff ahora abraza en su variante cosmopsiquista (que considera que el universo es un ser consciente, en el cual están integradas todas las mentes), tras haber coqueteado anteriormente con la micropsiquista (que considera que partículas elementales como electrones y quarks son conscientes) y la protopampsiquista (que sostiene que las partículas elementales no son conscientes, pero constituyen la base para la emergencia de la consciencia). David Chalmers, Giulio Tononi y Donald Hoffman tambien apuestan por algún tipo de pampsiquismo. Este último apunta incluso a la causalidad descendente (un anatema para muchos físicos), desafiando el enfoque ortodoxo reduccionista de la ciencia. 

¿Pero cuál es la naturaleza y origen de ese ente materia/mente?... Ahora viene mi desaforada especulación: no sería más que información obtenida de una computación cuántica a partir de un objeto que podríamos llamar el Todo y podría identificarse con el mito hindú del sueño de Vishnu. Ese sueño de la consciencia pura no materializada (llámala Vihsnu, Brahman, Dios o como te plazca) abarca todo el espacio de posibilidades (¡de hecho, es el espacio de posibilidades!) y, por tanto, todas las posibles historias del universo en cada una de sus escalas. La gigantesca computación permite a toda consciencia materializada navegar, con más o menos márgenes de libertad (determinados por el estado inicial de un multiverso, sus leyes físicas y la interacción con otros agentes conscientes materializados), por esa especie de videojuego multiversal del que se vale la consciencia pura (moradora de la Nada) para percibir el mundo (la no-Nada) desde todas las perspectivas posibles, ya sean elementales o emergentes. La materia sería pues el traje que se embute la consciencia pura para poder hacer un recorrido por un multiverso. Un traje que, conforme a lo antedicho, impone restricciones a quien se lo enfunda: ese constreñimiento, que hace posibles el orden, el raciocinio y el propósito, es el precio a pagar por salirse de la etérea nada.

Esta visión que propongo es panenteísta, ya que supone que la consciencia mora también (en modo puro o inmaterial) más allá del mundo físico que informa (o sea, más allá de todas las posibles manifestaciones del Todo) en una entidad que llamaremos la Nada. Y no es incompatible con el fisicalismo, ya que este sostiene que todo tiene un fundamento físico... ¡pero todo lo que existe (a su vez, un precipitado del Todo), lo cual excluye la Nada! ¿Entonces la consciencia pura NO existe? Parafraseando al infumable Heidegger, digamos que "nadea"...

lunes, 1 de marzo de 2021

Orden versus desorden aleatorio: la vida bajo una óptica pampsiquista



¿Cómo es posible que un fenómeno tan ordenado como la vida se sostenga y desarrolle sobre cimientos aleatorios?... Esto se planteaba Erwin Schrödinger en su libro Qué es la vida. El ilustre físico apuntaba a un mecanismo dinámico, a modo de un reloj analógico de precisión, integrado por un grupo relativamente pequeño de átomos ordenados y a salvaguarda del desorden térmico circundante. Se inclinaba en concreto por un cristal aperiódico o irregular, una molécula protegida (gracias a la estabilidad de su nivel cuántico de energía) del irrefrenable zangoloteo de partículas que impera en las escalas más pequeñas de la realidad. Las leyes físicas son la fuerza rectora que, domando ese maremágnum (que se minimiza, aunque jamás se anula, a temperaturas próximas al cero absoluto), ordena un universo de otro modo informe. A ellas se suma otra potente fuerza ordenadora de carácter emergente: la vida, que para Schrödinger no deja de tener un fundamento físico.

Pongamos que Donald Hoffman está en lo cierto y existe una red interactiva de agentes conscientes cuyo fundamento serían las mismísimas partículas elementales. Fotones, electrones o quarks toman decisiones binarias ad libitum, o sea como les plazca o se les antoje (es como si invitaran a miles de personas en una encuesta a elegir entre 0 y 1, suponiendo que no estuvieran sesgadas por alguna de las dos opciones: el resultado final, en virtud de la ley de los grandes números, sería lo que entendemos por aleatoriedad). La elección del espín (algo así como el sentido de su giro) por un electrón es su única libertad, el único espacio no sometido al yugo de las leyes de la física: a este yugo quedarían uncidas sus otras dimensiones o grados de libertad (el electrón no elige su carga eléctrica ni su masa ni sus movimientos de un orbital atómico a otro).

Por encima de estas partículas que procesan un bit de información están los átomos, las moléculas, las células... hasta llegar a la consciencia individual emergente que conocemos con la denominación de Yo. Un bit, dos, cuatro, ocho, 16, 32, 64... Los agentes conscientes por encima de electrones y quarks están fuertemente determinados por las decisiones aleatorias (mejor dicho, ad libitum) de estos, pero a su vez influyen sobre ellos: Hoffman desafía así un principio básico de la física, al admitir la causalidad descendente.

Tengamos en cuenta que en cada peldaño emergente se alumbra terra incognita del espacio de posibilidades, o sea este se ensancha (¿podría esto explicar la causalidad hacia abajo?). Cuando alguien te llama para darte una grave noticia, tu subsiguiente malestar físico es consecuencia de un impacto emocional: tu mente emergente, tras procesar dicha información (en el espacio de posibilidades de electrones y quarks no se incluye recibir una llamada telefónica), está influyendo en tu cuerpo. Y cuando alguien se suicida está afectando radicalmente a los órganos, tejidos, células y moléculas de su cuerpo... Aunque la ortodoxia científica (reduccionista, ya que solo admite causalidad hacia arriba) sostiene que dicho suicidio es producto en última instancia de una complejísima dinámica de electrones y quarks del suicida. Y que si tus átomos se hallan en la isla de Bali el día de tu boda es también fruto necesario de tu dinámica atómica, por mucho que te parezca una decisión tuya (o de tu novia) autónoma. 

Lo cierto es que tan pronto como en la evolución se alumbra (por muy improbable que sea) una molécula con un código autorreplicante, la aleatoriedad cede definitivamente el protagonismo al orden: la dinámica vital refuerza sobremanera la acción ordenadora de las leyes físicas, responsables de la formación tanto de esa molécula como de un átomo, una estrella o un planeta. El código perpetúa su información merced al mecanismo dinámico de ese cristal aperiódico, limitado por esas mismas leyes de la física de las que se vale. Aunque la copia del ADN es muy precisa, siempre hay unos pocos errores debidos a una aleatoriedad subyacente que no se puede erradicar en ningún mecanismo de relojería por mucho que nos acerquemos al cero absoluto de temperatura. Tales errores son de hecho necesarios para que entre en juego la selección natural, segando las copias menos aptas para la supervivencia y esculpiendo la complejidad de manera acumulativa.

Un cristal periódico o regular (como un diamante) es una manifestación de orden, pero no puede replicarse ni, por tanto, evolucionar por selección natural: un diamante es exactamente igual ahora que hace 300 millones de años, y no dejará de ser lo mismo (igualmente podría decirse de un huracán o un trozo de hielo, que portan escasa información). Solo un cristal aperiódico, tal como apuntó el gran físico austríaco que escribió Qué es la vida (redactado cuando aún se desconocía la existencia de los nucleótidos y del ADN con su doble hélice), puede contener información autorreproducible compleja y potencialmente inmortal. Pero para que la información genética se replique, así como para que sus portadores (los seres vivos) se mantengan luego con vida, es necesario robar orden del entorno en forma de energía libre (útil para hacer un trabajo): el orden o entropía negativa (neguentropía) de la vida se logra a costa de aumentar el desorden o entropía de su entorno, y su fuente principal de energía libre es el Sol.

Nuestras decisiones como humanos, pero también como ballenas, pangolines, abejas o bacterias, no se toman aleatoriamente: nadie se comporta (desde buscar pareja, hacer un flan o conducir un coche) en función de la cara o cruz de una moneda. Una vez que el orden vital toma las riendas, nada es ya arbitrario: hay ahora un propósito. Ahora bien, en los cimientos sigue habiendo ruido (agitación térmica y fluctuaciones cuánticas) y entes cuya conducta es imprevisible: la incertidumbre está asegurada en todos los niveles. Por eso, además de errores en la copia del código genético (causantes de mutaciones insospechadas), siempre hay algo que se rompe o estropea (¡todos acabamos muriendo!) o no sale conforme a lo planeado. Es lo que tiene vivir en un universo que tiende naturalmente al desorden (pese a permitir islotes de orden, gracias a las leyes físicas), y en el que además todos sus agentes conscientes no dejan de ejercer su reducido, amén de insondable, margen de libertad. Porque en una red interactiva de agentes conscientes tu libertad está constreñida tanto por las leyes fisicas como por la relativa libertad de aquellos.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Nominalismo versus realismo platónico, ¿y por qué no ambos?


"No hay nada general salvo los nombres", dijo el filósofo John Stuart Mill. Es obvio que el concepto universal 'gato' no existe en el espacio-tiempo, solo los gatos individuales (cada uno de ellos, con sus peculiares características). Pero para los nominalistas como Mill, 'gato' ni siquiera tendría una existencia ideal -tal como proponía Platón- en algún hipotético ámbito más allá del espacio y el tiempo. Las generalizaciones como gato, mesa o humanidad serían meras abstracciones como la amabilidad, la felicidad o el número 8, no así los particulares que engloban (este gato, aquella mesa o este humano, todos ellos muy tangibles). 

El sentido común nos sugiere que el planteamiento nominalista es el correcto, pero... Una persona como el biólogo Richard Dawkins, tan poco sospechoso de simpatizar con un modelo del mundo no materialista, propugna en su libro El relojero ciego que todas las posibles formas biológicas están 'ahí fuera' en una especie de hiperespacio platónico continuo. Si todas las formas biológicas tienen una existencia ideal, ¿por qué no también todas las mesas, melodías, novelas, colores o montañas posibles?...

¿Podrían nominalismo y realismo platónico ser compatibles? Asumamos que todo lo que existe debería estar en ese ámbito platónico. Los universales serían recortes convencionales (por ejemplo, gato, mesa o rojez) realizados por nosotros en el mapa de ese espacio platónico continuo, o sea en el espacio total de posibilidades. Desde luego, son cortes arbitrarios (en ese sentido son simples nombres). No encontrarás cosas genéricas como gato, mesa o rojo en el espacio de posibilidades, sino un continuo recortado que podrías acuñar (arbitrariamente, insisto) como 'gato', 'mesa' o 'rojo'. Podrías hacer otros cortes como felino, mobiliario o púrpura. Por supuesto, la evolución ha influido en nosotros para categorizar de una manera u otra, con objeto de sobrevivir y prosperar.

El filósofo Simon Blackburn reconoce a Robert L. Kuhn que las cosas abstractas inalterables como los números (a diferencia de las formas biológicas) sí podrían tener, dada su naturaleza inmutable, una existencia platónica. ¡Pero el número 8 es tan inmutable como tu yo en este mismísimo tic de Plank! Tu yo en este tic de Planck y tu yo en el siguiente son tan continuos en el espacio de posibilidades como el 8 lo es con respecto al 9, o como algún tipo de azul lo es con respecto a otro azul más próximo al violeta.

jueves, 3 de diciembre de 2020

La red de agentes conscientes de Hoffman: un convincente modelo pampsiquista

Creo que Donald Hoffman acierta con su modelo pampsiquista de agentes conscientes integrados en una red dinámica participativa, una propuesta teórica que él llama "realismo consciente". Con ello da respuesta al gran misterio de la aleatoriedad, de por qué suceden cosas sin una razón aparente: yendo a lo más básico, por qué un electrón exhibe un tipo de espín (solo hay dos opciones) al medirlo y no otro, por qué un núcleo atómico se desintegra ahora y no en otro momento cualquiera... 

La mecánica cuántica nos da una respuesta extraordinariamente precisa, pero solo en términos de probabilidades: no es capaz de predecir, porque es intrínsecamente imposible, qué espín (up o down) exhibirá un determinado electrón. Por eso está vedado conocer el futuro, por mucha tecnología o información que tengamos al alcance. Einstein se negaba a aceptar esa imposibilidad, culpando a la mecánica cuántica de ser una teoría incompleta que no tenía en cuenta variables ocultas: o sea, alguna especie de programación que determina secretamente el comportamiento de las partículas elementales. Lo cierto es que el teorema de Bell descartó posteriormente toda programación oculta, al menos local: dejaba abierta la puerta a variables ocultas no locales, a una visión holística del universo en la que podría haber conexiones instantáneas como las del entrelazamiento cuántico. 

Para Hoffman, un electrón "decide" su espín, ejerciendo así un libre albedrío de lo más básico (al igual que otras partículas elementales): una decisión binaria entre dos experiencias conscientes, de un bit de información, que condiciona las decisiones de entes superiores (de dos bits), que a su vez condicionan las decisiones de entes superiores (de cuatro bits)... Y así hasta llegar a nosotros, a nuestra consciencia personal emergente que tiene muchas más opciones a su alcance que un electrón, un fotón o un quark. Pero que está constreñida por las decisiones tomadas por debajo de esa pirámide jerárquica. 

En el modelo de Hoffman, los agentes de un nivel influyen en los que están por encima pero también ejercen un poder causal descendente no reducible (por ejemplo, estamos muy condicionados por nuestras moléculas y células, pero asimismo somos capaces de alterarlos con decisiones/acciones como la de drogarnos o suicidarnos). Esto significa que a medida que se alumbran nuevas emergencias se obtienen nuevos grados de libertad, descartándose así una visión determinista y reduccionista conforme a la cual nuestro libre albedrío sería nulo por ser el mero resultado necesario de la evolución de las partículas elementales de acuerdo a las leyes físicas (del mismo modo que en el juego de Conway las figuras emergentes son el fruto necesario de la evolución de sus autómatas celulares). 

La aleatoriedad no existiría: sería solo el nombre que le damos a nuestra ignorancia de qué va a hacer cada agente consciente cada vez que interacciona con el universo (algo inescrutable para cualquier otro agente, incluso para un hipotético Dios). Por supuesto, esa red consciente no se agota en los humanos u otros animales superiores: la generación de emergencias podría ser ilimitada, conduciéndonos a una singularidad tecnológica o, por qué no, a un ser cuasidivino. 

En suma, Hoffman resuelve el misterio de la aleatoriedad y el también relacionado del libre albedrío (somos libres, pero nuestra libertad está condicionada por el resto de agentes conscientes), apuntando a la consciencia como un fenómeno fundamental del que se derivan tanto la materia como el espacio-tiempo.

Ver vídeo de Hoffman.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Un mundo más grande de lo que incluso podemos soñar


Hace unos días, caminando por el campo, me asaltó una idea: que el espacio abstracto de posibilidades físicas (todo lo que es físicamente posible en algún universo del Multiverso) es un subconjunto de un espacio de posibilidades mucho mayor que incluye también las ensoñaciones lúcidas, las alucinaciones y los sueños. Estos tienen el soporte físico de un cerebro incrustado en el espacio-tiempo, pero en ellos no rigen las leyes físicas ni hay propiamente espacio-tiempo.

De este modo, el mundo se ensancha mucho más allá de lo meramente material. Y se hace necesario reconocer la existencia de hadas, gnomos, Dumbos voladores, Dorian Gray, Miguel Strogoff, dioses y demonios, así como de relaciones sexuales entre tú y Rita Hayworth (o Errol Flynn, o ambos en trío). Esto significa que existe todo lo que nuestra imaginación, tanto dormidos como en estado de vigilia, puede abarcar. Y más allá incluso: hay cosas que, debido a nuestras limitaciones cognitivas, nunca podremos siquiera imaginar.

Que algo se encuentre en el espacio de posibilidades significa que puede ser sustanciado o traído a la realidad. ¡Pero su concreción física no es la única posible! Eso es lo que nos sugiere el fenómeno de los sueños. La realidad física es alumbrada por la consciencia materializada merced a una destrucción ab toto ordenada y coherente (una observación o medición cuántica) del espacio de posibilidades, restringida por el estado inicial del universo y sus leyes. Nuestro cerebro, inserto en el espacio-tiempo, interacciona con un objeto ya moldeado desde el mismo Big Bang que no permite cualquier cosa: la cascada de causas y efectos iniciada hace 13.800 millones de años, a la que mis decisiones en los últimos 52 años han contribuido a forjar, me tiene ahora sentado en el sofá de mi casa en la Comunidad de Madrid; en mi siguiente instante, con una probabilidad de prácticamente el 100%, no voy a estar nadando en una playa del Atlántico o volando a pelo en la atmósfera de Júpiter. El mundo onírico no está sujeto a esa limitación fisica (ni tampoco a las ataduras sociales): puedes pasar sin solución de continuidad de volar sobre una alfombra mágica sobre Mordor a impartir una conferencia en papiamento en calzoncillos en Harvard y reencontrarte en alguna ciudad inexistente con una persona ya fallecida. 

Cuando estamos dormidos bajamos algunos pisos en el ascensor de la consciencia, abrazando el sueño y acercándonos a un sótano donde ya ni siquiera soñamos y somos literalmente nada (o sea, consciencia pura). Habría pues cuatro vías para que la consciencia individual materializada retornara a la nada, identificada con la consciencia universal pura subyacente: el dormir profundo, la meditación profunda, la iluminación súbita y la muerte (el doctor Salvador Casado y yo elucubramos hace años una aproximación asintótica a la nada de la consciencia que se apaga).

La realidad física puede ser representada virtualmente (perdiendo, por tanto, resolución) en un cuadro, una fotografía, un vídeo, un simulador de vuelo... Pero la imaginaria también puede ser simulada físicamente en un cuadro, una sinfonía, una novela, una película o una experiencia de realidad virtual (dentro de la cual no habría constricciones físicas). Hay entornos virtuales que no podrían ser físicos (por no ser compatibles con las leyes de la naturaleza), pero ello no obsta para que sus usuarios puedan llegar a experimentarlos con la misma finura sensorial que lo que consideramos la vida real. Ahí tenemos el San Junípero de Black Mirror, un paraíso virtual indistinguible del mundo real en el que eres siempre joven y no existen ni el accidente (enfermedad inclusive) ni la muerte: una realidad virtual con el necesario soporte físico de una máquina o servidor informático, trascendente al contenido de la simulación, cuyo apagado llevaría inmediatamente a negro a sus usuarios. Lo cierto es que San Junípero (la inmortalidad digital) podría ser tecnológicamente posible en unas pocas décadas. 

Y así como hablamos de paraísos virtuales, habría que admitir igualmente la posibilidad de infiernos virtuales... ¡Al final resultará que sí existen el cielo y el infierno, cada uno de ellos en sus múltiples variantes! Sin duda, la inteligencia (o sea, la consciencia materializada) tendrá un día el poder para convertir en real todo lo posible... y deseable. Para hacer realidad todos sus sueños fuera de la inefable nada. Es un motivo para albergar esperanza.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Maximino, un perro, Las Playas (El Hierro) y el tiempo


Para llegar a la bahía de Las Playas, en la isla canaria de El Hierro, hay que atravesar un estrecho túnel. Un semáforo (el único que hay en la isla) regula la entrada de coches de uno y otro lado, ya que solo hay un carril disponible. Al entrar en Las Playas te recibe a la izquierda el Roque de Bonanza, uno de los emblemas de El Hierro, en cuyo derredor suele haber una docena de buceadores listos para sumergirse en las frescas aguas del Atlántico. Al fondo, donde termina la carretera, se divisa el coqueto parador nacional. Todo al pie de una imponente mole rocosa coronada por un bosque de pino canario (El Pinar).

Hace justo 20 años, en el verano de 2000, me asomé a ese paisaje tras cruzar andando el túnel. El parador estaba entonces cerrado por los graves daños causados por un temporal. A mitad de camino entre el túnel y el parador, el morador de una de las pocas casas del lugar me invitó a tomar un vaso de agua. Yo era un joven mochilero solitario descubriendo su hermosa isla (mi preferida de Canarias). No recuerdo si al final me convidó a un café. Lo cierto es que le dije que vivía en Madrid y él me contó que su hija (¿o acaso su hijo?) estudiaba en Tenerife. Me dijo que le mandara una postal a mi vuelta, que bastaba con poner en ella su nombre y Las Playas (El Hierro). Abandoné luego Las Playas no por el túnel sino por la antigua carretera que bordeaba el mar. Un perro me siguió hasta un punto en que la carretera terminaba abruptamente: el temporal había hecho que se desplomara un tramo de algo más de un metro. Había pues que saltar para no precipitarse a las rocas del fondo, batidas por las olas. Yo lo hice, pero el pobre perro no se atrevió y dio marcha atrás con evidente pesadumbre. 

De vuelta a Madrid le mandé la postal a ese amable paisano.

Hace unos días retorné a esa isla y volví a asomarme al paisaje que se abre al salir del túnel. El Roque de Bonanza seguía igual que en el 2000 o que en el 1400, cuando los nativos bimbaches aún no habian conocido a los cristianos europeos que les arrebatarían su tierra y venderían como esclavos. Había un restaurante y alguna casa más. Y, por supuesto, el parador había sido reconstruido. En el restaurante pregunté por un señor que vivía en una de esas casas y debía ya andar por los 85 años. Di la pista del hijo/hija que estudiaba 20 años atrás en Tenerife. "Maximino o Dimas", me dijo el camarero. ¡Sí, me sonaba mucho Maximino! "Murió hace cinco años", dijo a continuación. Sentí algo extraño. Me acordé también del perro, muerto también sin duda (a saber cuándo y cómo). La vieja carretera que serpenteaba junto al mar no había sido reparada, dejada a merced de los elementos. Esta vez abandoné Las Playas por el túnel.

¿Qué fue del perro y de Maximino tras separarnos? ¿Fueron ambos felices en su andadura vital, uno en traje canino y otro en traje humano? ¿Les valió la pena? ¿Qué impresión les di? ¿Le gustó la postal a Maximino?... Me pregunto si estoy condenado a no saberlo jamás... o acaso abocado necesariamente a saberlo.

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