Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
domingo, 5 de febrero de 2017
Tabaco, adolescentes y estupidez humana
Cada vez que paso por delante de un instituto y veo a chavales fumando para hacerse los guays me asaltan emociones que van desde la lástima hasta el desprecio. Que predomine esto último depende del rictus del fumador, que suele decir mucho de su carácter: he de reconocer que mi empatía hacia el malote o el chulo (da igual su edad) es muy baja, relacionada inversamente con mi simpatía por las compañías tabaqueras en caso de que fume.
Estupidez, ignorancia, irresponsabilidad, inseguridad, inestabilidad emocional, gregarismo, vanidad, rebeldía, falta de escrúpulos (en lo tocante a su producción y distribución)... Todas estas cosas, entre otras igualmente familiares para los humanos, guardan relación con el tabaco. Auténticas lecciones de psicología y sociología pueden extraerse del consumo de esta droga de origen americano que inicialmente fue condenada por la Iglesia católica, la cual llegó a dictar excomunión para los fumadores: ¡Algo diabólico debía haber en la exhalación de humo por boca y narices!
No es sorprendente que un ser supuestamente racional se dedique a ingerir de manera voluntaria sustancias nocivas, ya que no todo es malo en dicho consumo. Junto a la cara B del deterioro de la salud, en toda droga legal o ilegal hay también una cara A: pueden ser temporalmente fuente de sosiego, concentración, autoconfianza, inspiración o felicidad, además de aliviar el dolor y el sufrimiento. Pero parece claro que tanto la dependencia física y psicológica como el daño a la salud propia desaconsejan un consumo que no sea esporádico o puntual (cuestión aparte es su uso terapéutico, caso de la marihuana o los opiáceos).
Obviamente, desde una genuina óptica liberal, cada uno tiene derecho a hacer con su vida lo que le plazca con el único límite del respeto al prójimo. Si alguien quiere drogarse, nadie es quien para impedírselo salvo que cause un perjuicio a terceros, por ejemplo pretendiendo conducir a continuación (en cuyo caso la ley debería ser implacable). Eso sí, los poderes públicos están obligados a informarle de sus consecuencias y deberían regular el comercio de estas sustancias e incluso monopolizarlo (para que algunas drogas sean expendidas por estanqueros en vez de por desaprensivos e indeseables). Es absurdo derrochar energías en perseguir a quien quiere drogarse, tanto como multar a quien no lleva puesto el cinturón de seguridad en el coche o va sin casco sobre la moto (equivalente a sancionar a quien solo come bollería y hamburguesas o se dedica a la escalada libre o las apuestas on line). La policía y los jueces tienen cosas mucho más serias de que preocuparse.
En el caso del tabaco, el componente social es muy importante para enganchar a los más jóvenes. Eso bien lo saben los directivos de las compañías tabaqueras, que han encontrado en los ídolos del cine y la música la mejor manera de compensar la prohibición de toda publicidad o patrocinio. Porque cada vez que sale en la tele un actor o un cantante famoso fumando durante unos segundos, anula de golpe los millones de euros o dólares invertidos en campañas antitabaco. El malote exhalando humo sigue siendo, por desgracia, una figura atractiva (también lo son, para un sector más cultivado de la juventud, el pensador rebelde y el creador heterodoxo, complejo y maldito tipo Panero). Parte de la culpa la tiene una industria audiovisual y musical de masas que exalta, además de la burricie cool y la mera búsqueda de la fama y el dinero, la figura del tipo duro y el macarra (desde las películas de Chuck Norris y Steven Seagal hasta el rap y el reggaetón). Un amigo me dijo una vez con algo de sorna que habría que promover el consumo del tabaco y otras drogas entre la gente irrespetuosa y violenta para hacer así un favor a la sociedad. Si la droga consumida por el macarra es el alcohol, yo sugeriría habilitar circuitos especiales para la posterior conducción donde no puedan causarse daños a terceros: más que en el Jarama o Montmeló, pienso en carreteras con terminación abrupta en lo alto de un acantilado...
Hay dos maneras de aprender: la sabia (siguiendo el consejo y ejemplo de los demás) y la estúpida (llevándose directamente la hostia por ignorar consejos y ejemplos). Por desgracia, siempre habrá gente -buena y mala- que tome esta segunda ruta. Para ayudar a los buenos chicos a tener un aprendizaje no traumático de los daños del tabaco hay que informar adecuadamente tanto en casa como en la escuela. Pero el problema es el ya señalado en el párrafo anterior: la televisión (¡por no hablar de Internet!) es un medio de socialización mucho más potente que el sistema educativo y promueve valores en conflicto con los transmitidos en las aulas. Las amistades (los pares, como dirían los sociólogos) también influyen mucho en la conducta de un adolescente, un ser especialmente necesitado de aceptación social que podría estar dispuesto a cometer más de un disparate a cambio de ella. Destruir toda esa aureola mítica del malote (y, también, del pensador y el creador rebelde) haría mucho bien, pero parece difícil en un mundo donde tienen tanto predicamento popular individuos como Chris Brown, Don Omar o Benzema. Y donde 60 millones de estadounidenses votan a un tipo como Donald Trump.
Creo que la solución debe articularse en dos pilares: uno informativo y otro propagandístico. Por un lado, hay que inquirir directamente a los chicos y chicas: ¿Quieres joderte la salud, levantarte todas las mañanas tosiendo y con un aliento apestoso y, encima, gastarte una pasta en esta mierda adictiva que contribuirá a que se forren los propietarios de las tabaqueras (los cuales, no lo dudes, no fuman)? No se trata de una apuesta por vivir más o menos años, sino por el bienestar personal. Por otro lado, hay que ridiculizar a esos iconos de la chulería, el machismo, la velocidad, la horterada, la basura cultural y la violencia gratuita (aprovecho para recordar que la violencia no es mala per se: depende de su finalidad y destinatario). Hay pocas cosas más grotescas que un primate engreído con un pitillo humeante en los labios y el ceño fruncido. En última instancia, desde luego, siempre habrá que apelar a la inteligencia y fortaleza de carácter del adolescente.
En fin, que ya va quedando menos para el advenimiento de la singularidad tecnológica que pondrá a la imbecilidad humana en su sitio (no es otro que la papelera de reciclaje)...
viernes, 27 de enero de 2017
Multi(IN)culturalismo: alimento y telón de fondo del populismo y el integrismo
La elección del multimillonario Donald Trump como presidente de EE.UU. ha sido un nuevo bofetón propinado a la inteligencia por la ola nacionalista-populista avivada meses antes en el Reino Unido por el Brexit. La ola amenaza con golpear este año Francia, en favor de la ultraderechista Marine Le Pen. Italia, Holanda y Alemania también pueden sufrir el azote en 2017, aunque no hasta el punto de llevar al poder a los predicadores de la simpleza y el odio. Dentro de la Unión Europea ya tenemos a los amigos de Trump instalados en los Gobiernos de Hungría y Polonia, presididos por buenos varones cristianos, mientras que en Grecia el lumpen neonazi aguarda su oportunidad. Más allá de nuestro entorno desarrollado occidental, destaca Rodrigo Duterte en Filipinas como probablemente el ejemplo más grotesco de un "hombre del pueblo" votado mayoritariamente por el "bendito pueblo" (Pablo Iglesias dixit).
Es el triunfo del populismo más zafio, y con él de la política de la posverdad (en la que la verdad se convierte en algo secundario y la mentira se vomita impunemente con la mayor desvergüenza, algo a lo que en España ya estamos acostumbrados), que se produce paradójicamente en un mundo donde nunca hubo tanta información disponible para la inmensa mayoría de la gente. Pero el deterioro de la educación, el desprestigio de la cultura y la ciencia y la omnipresencia de la telebasura han contribuido a que la mayoría de la población sea incapaz de procesar esa abundante información, de bucear con criterio en el océano de Internet para separar el grano de la paja, la verdad de la mentira (más del 90% de lo que hay en la red es pura mierda). En lugar de ello tenemos a millones de personas enchufadas a la tele, a YouTube o/y a la iglesia (sobre todo en EE.UU.), más preocupadas de reality shows, mierdas virales, eventos deportivos y telepredicadores que del calentamiento global o la salud de la democracia, un sistema que muchos -sobre todo los más jóvenes- dan ingenuamente tan por sentado como la gratuidad del aire que respiran.
Ya nos avisó Carl Sagan hace más de veinte años de que una democracia de ignorantes no es sostenible en el tiempo, ya que lleva dentro el germen de su autodestrucción. En EE.UU. muchos de esos ignorantes son exponentes de un integrismo religioso bien arraigado: es innegable que en el triunfo de Trump ha sido determinante el voto del cinturón bíblico creacionista del país (parte de ese sufragio, por cierto, es hispano). Pero detrás de este auge nacionalista-populista están también la cara B de la globalización (la de sus perdedores) y el fracaso del multiculturalismo, que para ser más rigurosos podríamos etiquetar como multi(IN)culturalismo: la mala convivencia de todo tipo de inculturas, incluida la nativa. Desorientada ideológicamente y prisionera de la corrección política, la izquierda no ha sabido dar una respuesta a ambos fenómenos (perdedores de la globalización y multiculturalismo fallido), que actúan sinérgicamente de manera negativa para, entre otras cosas, sentar en los parlamentos a tipos de la catadura de Nigel Farage o Roberto Calderoli (el que llamó orangután a una ministra italiana negra). O hacer presidente a Trump.
En los países con mayor peso de la inmigración, como Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania o Suecia, muchos barrios se han convertido en guetos donde el imperio de la ley ha sido sustituido en algunos casos por el de la tradición importada, donde el patriarcado religioso es el que ordena y manda para desgracia principalmente de mujeres libres y de homosexuales. En otros casos -en España tenemos el ejemplo de la Cañada Real en Madrid-, la delincuencia organizada o las pandillas violentas son las que se han hecho con el control de territorios ante la impotencia policial y judicial. En las poblaciones nativas europeas, sobre todo en las menos beneficiadas por la globalización, hay un sentimiento de agravio ante el aprovechamiento de fondos públicos por grupos de inmigrantes cuya conducta y voluntad de integración deja a veces bastante que desear. Esas personas perciben que el Estado se preocupa más de los derechos de los inmigrantes delincuentes que de los ciudadanos que cumplen. En España constato que hay inmigrantes conflictivos con escasa intención de integrarse, lo que no obsta para que cosechen más beneficios del Estado de bienestar que colectivos locales desfavorecidos como los jubilados con pensiones mínimas. Y también certifico que hay nativos ignorantes y resentidos, llenos de prejuicios racistas y con nula tolerancia al diferente: los típicos garrulos que suelen caer en las redes del populismo y el ultranacionalismo. Unos y otros se realimentan y están llamados a chocar salvo que se interponga entre ellos con toda firmeza el Estado de Derecho. En medio de ambos se encuentra la gente buena, ya sean locales o inmigrantes (porque, de media, los inmigrantes son igual de buenos o de malos que los demás).
La reacción a la plaga nacional-populista ya está en marcha a ambos lados del Atlántico y cobra fuerza en EE.UU. tras el estupor y la desolación de los días posteriores al 8-N: las manifestaciones ciudadanas en la calle, la oposición casi unánime de intelectuales y artistas y el firme compromiso de la prensa seria por denunciar las mentiras de Trump son todo un reto a sus planes más inmorales y disparatados. Por su parte, organizaciones no gubernamentales como Greenpeace o Amnistía Internacional siguen sin achantarse en la defensa de sus respectivas causas: la ecología y los derechos humanos. La unión de los sectores progresistas de la sociedad civil resulta fundamental, pero no perdamos de vista que 60 millones de personas están detrás del éxito del magnate neoyorquino y que la sociedad civil de la América ultraconservadora -agrupada en torno al rifle, la Biblia y los libros de autoayuda para hacerse rico- es también poderosa.
Meses antes del triunfo de Trump, Jason Brennan nos invitaba a pensar en la epistocracia, concebida como posible salvadora de una democracia amenazada por la ignorancia del electorado. Desde luego, Trump jamás habría ganado con un sistema epistocrático en el que para votar, siguiendo la misma lógica que para sacarse el carné de conducir, hubiese que acreditar ciertos conocimientos políticos elementales. Y ciertamente el Brexit tampoco habría salido adelante. Por su parte, el científico y divulgador Neil deGrasse Tyson lanzaba también en 2016 su iniciativa de país virtual #Rationalia, donde toda política estaría basada en la racionalidad y la evidencia. Quizá el (único) futuro de la humanidad pase por esa unión voluntaria de ejemplares de Homo sapiens que haga verdadero honor al nombre de la especie y trascienda razas, nacionalidades y culturas.
Es el triunfo del populismo más zafio, y con él de la política de la posverdad (en la que la verdad se convierte en algo secundario y la mentira se vomita impunemente con la mayor desvergüenza, algo a lo que en España ya estamos acostumbrados), que se produce paradójicamente en un mundo donde nunca hubo tanta información disponible para la inmensa mayoría de la gente. Pero el deterioro de la educación, el desprestigio de la cultura y la ciencia y la omnipresencia de la telebasura han contribuido a que la mayoría de la población sea incapaz de procesar esa abundante información, de bucear con criterio en el océano de Internet para separar el grano de la paja, la verdad de la mentira (más del 90% de lo que hay en la red es pura mierda). En lugar de ello tenemos a millones de personas enchufadas a la tele, a YouTube o/y a la iglesia (sobre todo en EE.UU.), más preocupadas de reality shows, mierdas virales, eventos deportivos y telepredicadores que del calentamiento global o la salud de la democracia, un sistema que muchos -sobre todo los más jóvenes- dan ingenuamente tan por sentado como la gratuidad del aire que respiran.
Ya nos avisó Carl Sagan hace más de veinte años de que una democracia de ignorantes no es sostenible en el tiempo, ya que lleva dentro el germen de su autodestrucción. En EE.UU. muchos de esos ignorantes son exponentes de un integrismo religioso bien arraigado: es innegable que en el triunfo de Trump ha sido determinante el voto del cinturón bíblico creacionista del país (parte de ese sufragio, por cierto, es hispano). Pero detrás de este auge nacionalista-populista están también la cara B de la globalización (la de sus perdedores) y el fracaso del multiculturalismo, que para ser más rigurosos podríamos etiquetar como multi(IN)culturalismo: la mala convivencia de todo tipo de inculturas, incluida la nativa. Desorientada ideológicamente y prisionera de la corrección política, la izquierda no ha sabido dar una respuesta a ambos fenómenos (perdedores de la globalización y multiculturalismo fallido), que actúan sinérgicamente de manera negativa para, entre otras cosas, sentar en los parlamentos a tipos de la catadura de Nigel Farage o Roberto Calderoli (el que llamó orangután a una ministra italiana negra). O hacer presidente a Trump.
En los países con mayor peso de la inmigración, como Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania o Suecia, muchos barrios se han convertido en guetos donde el imperio de la ley ha sido sustituido en algunos casos por el de la tradición importada, donde el patriarcado religioso es el que ordena y manda para desgracia principalmente de mujeres libres y de homosexuales. En otros casos -en España tenemos el ejemplo de la Cañada Real en Madrid-, la delincuencia organizada o las pandillas violentas son las que se han hecho con el control de territorios ante la impotencia policial y judicial. En las poblaciones nativas europeas, sobre todo en las menos beneficiadas por la globalización, hay un sentimiento de agravio ante el aprovechamiento de fondos públicos por grupos de inmigrantes cuya conducta y voluntad de integración deja a veces bastante que desear. Esas personas perciben que el Estado se preocupa más de los derechos de los inmigrantes delincuentes que de los ciudadanos que cumplen. En España constato que hay inmigrantes conflictivos con escasa intención de integrarse, lo que no obsta para que cosechen más beneficios del Estado de bienestar que colectivos locales desfavorecidos como los jubilados con pensiones mínimas. Y también certifico que hay nativos ignorantes y resentidos, llenos de prejuicios racistas y con nula tolerancia al diferente: los típicos garrulos que suelen caer en las redes del populismo y el ultranacionalismo. Unos y otros se realimentan y están llamados a chocar salvo que se interponga entre ellos con toda firmeza el Estado de Derecho. En medio de ambos se encuentra la gente buena, ya sean locales o inmigrantes (porque, de media, los inmigrantes son igual de buenos o de malos que los demás).
La reacción a la plaga nacional-populista ya está en marcha a ambos lados del Atlántico y cobra fuerza en EE.UU. tras el estupor y la desolación de los días posteriores al 8-N: las manifestaciones ciudadanas en la calle, la oposición casi unánime de intelectuales y artistas y el firme compromiso de la prensa seria por denunciar las mentiras de Trump son todo un reto a sus planes más inmorales y disparatados. Por su parte, organizaciones no gubernamentales como Greenpeace o Amnistía Internacional siguen sin achantarse en la defensa de sus respectivas causas: la ecología y los derechos humanos. La unión de los sectores progresistas de la sociedad civil resulta fundamental, pero no perdamos de vista que 60 millones de personas están detrás del éxito del magnate neoyorquino y que la sociedad civil de la América ultraconservadora -agrupada en torno al rifle, la Biblia y los libros de autoayuda para hacerse rico- es también poderosa.
Meses antes del triunfo de Trump, Jason Brennan nos invitaba a pensar en la epistocracia, concebida como posible salvadora de una democracia amenazada por la ignorancia del electorado. Desde luego, Trump jamás habría ganado con un sistema epistocrático en el que para votar, siguiendo la misma lógica que para sacarse el carné de conducir, hubiese que acreditar ciertos conocimientos políticos elementales. Y ciertamente el Brexit tampoco habría salido adelante. Por su parte, el científico y divulgador Neil deGrasse Tyson lanzaba también en 2016 su iniciativa de país virtual #Rationalia, donde toda política estaría basada en la racionalidad y la evidencia. Quizá el (único) futuro de la humanidad pase por esa unión voluntaria de ejemplares de Homo sapiens que haga verdadero honor al nombre de la especie y trascienda razas, nacionalidades y culturas.
"Hagamos que América sea inteligente de nuevo", tuiteaba Tyson cuatro días antes de la victoria de Trump. El mensaje sigue vigente pese al varapalo del 8-N y es de aplicación al resto del mundo, donde el panorama tampoco es demasiado halagüeño: populismos, nacionalismos e integrismos siguen campando a sus anchas no solo por Europa y Rusia sino por Latinoamérica, África y Asia, con una China además entregada al consumismo más salvaje y destructor de la naturaleza. En Occidente hay que luchar por un impeachment de Trump lo antes posible, por reformular unas relaciones civilizadas entre británicos y europeos continentales, dar un impulso definitivo a la construcción política de la UE y apartar del poder -o mantener alejados de él- a través de las urnas a quienes amenazan la democracia (caso de los actuales gobernantes polacos y húngaros). Pero hay que ir a lo más hondo: es necesario un profundo cambio cultural y de mentalidad para afrontar retos globales inaplazables como el del cambio climático y el de la transformación del capitalismo. El multiINculturalismo va claramente en sentido contrario, alimentando al mismo tiempo tanto al radicalismo religioso como a esas dos bestias hermanadas llamadas populismo y nacionalismo.Earth needs a virtual country: #Rationalia, with a one-line Constitution: All policy shall be based on the weight of evidence— Neil deGrasse Tyson (@neiltyson) 29 de junio de 2016
miércoles, 18 de enero de 2017
¿Cómo te abalanzarías sobre un león si no tuvieras miedo?
El escritor y conferenciante Borja Vilaseca habló el pasado jueves en su nueva sección en el programa TIPS de La 2 del miedo al cambio. Llevaba razón en buena parte de lo que dijo. Es cierto que abundan las personas que llevan vidas estandarizadas y grises, sumidas en el conformismo y la resignación, por su pereza y su temor a los cambios. Insistió en la importancia del autoconocimiento y el recuestionamiento de creencias para dar giros de timón que a veces son necesarios si no queremos condenarnos a una existencia sin sustancia ni sentido. Erich Fromm trató en su libro El miedo a la libertad esa tendencia humana a delegar en otros -y a subyugarnos a ellos- en vez de tomar las riendas de nuestra propia vida y hacernos responsable de ella, asumiendo el correspondiente precio (porque, obviamente, no sale gratis ejercer la libertad con responsabilidad). Hay adultos que prefieren seguir anclados a su infancia, a esa etapa de la vida en la que no teníamos que preocuparnos de problemas y cosas importantes porque ya eran otros -nuestros padres o abuelos- los que se encargaban de sacar las castañas del fuego.
En cualquier caso, no somos autosuficientes y dependemos en mayor o menor medida tanto del prójimo como del sistema social del que formamos parte. Está muy bien propugnar el cambio personal como motor de transformación de la sociedad, así como dejar atrás el cinismo y una "actitud victimista y reactiva" (Vilaseca dixit). Y es verdad que nuestra postura frente al mundo depende bastante de con qué mirada lo observemos, de nuestro interior anímico (¡incluso en un campo de exterminio se puede mantener el optimismo!). Pero no es menos cierta nuestra dependencia. Muchas veces estamos limitados por problemas económicos, ataduras laborales, situaciones familiares complicadas (como enfermedades o discapacidades de seres queridos)... Y en la vida hay que lidiar con no pocos desaprensivos y desalmados. Más relevante aún es que, por mucho que uno pretenda refugiarse en su burbuja de confianza de familiares y amigos, se encuentra siempre a merced de un orden jurídico o político que en ocasiones no solo no desactiva a desaprensivos y desalmados sino que los protege o premia (véase el caso de Trump, aunque no hay que irse muy lejos para buscar ejemplos). Actuar honradamente y hacer bien tu trabajo no es suficiente, ni siquiera necesario, para medrar y alcanzar metas. Desde luego, no aquí en España.
Por si fuera poco, estamos sometidos también a los designios del azar: no puede negarse que el mundo es un lugar peligroso y que nuestras vidas penden de finos hilos, que un cascote desprendido de una fachada, un inesperado rayo o un ictus pueden acabar con cualquiera de ellas -de igual lo rico o pobre, lo bueno o malo, lo emprendedor o pasota que seas- en todo momento y lugar. La suerte es un factor fundamental en todos los ámbitos de la vida, las ventanas de oportunidad se abren y se cierran caprichosamente, y conviene tenerlo presente para no fustigarnos demasiado cuando fracasamos.
Vilaseca apuesta por no tener miedo, pero el miedo no solo es algo natural sino incluso saludable (por supuesto, siempre y cuando no sea paralizante). Lo mismo podría decirse del prejuicio, otro elemento de nuestro sistema defensivo que tiene injustamente muy mala prensa. Miedo y prejuicio han sido seleccionados por la evolución: no en vano, todo lo que tiene culo tiene miedo y se conduce de manera prejuiciosa (si no fuera así, posiblemente ya habría perdido el culo). Si alguien desprovisto de un arma de fuego atisba un león en la calle, lo suyo es tener miedo y tomar alguna decisión en consecuencia: por ejemplo, esconderse o meterse en un coche y arrancar a toda pastilla. Pretender plantarle cara al félido en esas circunstancias sería un acto tan valiente como estúpido y fatal.
Reconozco que no pude evitar torcer el gesto cuando Vilaseca dijo que el cambio siempre es posible y que podemos hacer con nuestra vida lo que queramos: ese infundado optimismo new age, esa filosofía ingenua de coaches (perdón por la palabra) y chopráticos, me hace saltar como un resorte. ¡Porque no todo es posible, claro que no! Ya dije en otra entrada del blog que por mucho que yo me proponga correr los 100 metros lisos por debajo de los 10 segundos en un semestre (o en un decenio), no hay ninguna posibilidad razonable de que lo logre. Porque la mera creencia no hace posible lo imposible, ni menos improbable lo improbable. Todos tenemos nuestras limitaciones, y nos autoengañamos al no asumirlas. Esto no es conformismo sino sano realismo.
Vilaseca termina el programa lanzando una pregunta a los telespectadores: "¿Qué decisiones tomarías si no tuvieras miedo?". Yo le respondería con otra pregunta: ¿Te abalanzarías mejor sobre un león si no tuvieras miedo, Borja?... En fin, que las cosas no son tan fáciles como se presentan en los manuales de coaching, las películas de la factoría Disney o el Twitter de Justin Bieber.
En cualquier caso, no somos autosuficientes y dependemos en mayor o menor medida tanto del prójimo como del sistema social del que formamos parte. Está muy bien propugnar el cambio personal como motor de transformación de la sociedad, así como dejar atrás el cinismo y una "actitud victimista y reactiva" (Vilaseca dixit). Y es verdad que nuestra postura frente al mundo depende bastante de con qué mirada lo observemos, de nuestro interior anímico (¡incluso en un campo de exterminio se puede mantener el optimismo!). Pero no es menos cierta nuestra dependencia. Muchas veces estamos limitados por problemas económicos, ataduras laborales, situaciones familiares complicadas (como enfermedades o discapacidades de seres queridos)... Y en la vida hay que lidiar con no pocos desaprensivos y desalmados. Más relevante aún es que, por mucho que uno pretenda refugiarse en su burbuja de confianza de familiares y amigos, se encuentra siempre a merced de un orden jurídico o político que en ocasiones no solo no desactiva a desaprensivos y desalmados sino que los protege o premia (véase el caso de Trump, aunque no hay que irse muy lejos para buscar ejemplos). Actuar honradamente y hacer bien tu trabajo no es suficiente, ni siquiera necesario, para medrar y alcanzar metas. Desde luego, no aquí en España.
Por si fuera poco, estamos sometidos también a los designios del azar: no puede negarse que el mundo es un lugar peligroso y que nuestras vidas penden de finos hilos, que un cascote desprendido de una fachada, un inesperado rayo o un ictus pueden acabar con cualquiera de ellas -de igual lo rico o pobre, lo bueno o malo, lo emprendedor o pasota que seas- en todo momento y lugar. La suerte es un factor fundamental en todos los ámbitos de la vida, las ventanas de oportunidad se abren y se cierran caprichosamente, y conviene tenerlo presente para no fustigarnos demasiado cuando fracasamos.
Vilaseca apuesta por no tener miedo, pero el miedo no solo es algo natural sino incluso saludable (por supuesto, siempre y cuando no sea paralizante). Lo mismo podría decirse del prejuicio, otro elemento de nuestro sistema defensivo que tiene injustamente muy mala prensa. Miedo y prejuicio han sido seleccionados por la evolución: no en vano, todo lo que tiene culo tiene miedo y se conduce de manera prejuiciosa (si no fuera así, posiblemente ya habría perdido el culo). Si alguien desprovisto de un arma de fuego atisba un león en la calle, lo suyo es tener miedo y tomar alguna decisión en consecuencia: por ejemplo, esconderse o meterse en un coche y arrancar a toda pastilla. Pretender plantarle cara al félido en esas circunstancias sería un acto tan valiente como estúpido y fatal.
Reconozco que no pude evitar torcer el gesto cuando Vilaseca dijo que el cambio siempre es posible y que podemos hacer con nuestra vida lo que queramos: ese infundado optimismo new age, esa filosofía ingenua de coaches (perdón por la palabra) y chopráticos, me hace saltar como un resorte. ¡Porque no todo es posible, claro que no! Ya dije en otra entrada del blog que por mucho que yo me proponga correr los 100 metros lisos por debajo de los 10 segundos en un semestre (o en un decenio), no hay ninguna posibilidad razonable de que lo logre. Porque la mera creencia no hace posible lo imposible, ni menos improbable lo improbable. Todos tenemos nuestras limitaciones, y nos autoengañamos al no asumirlas. Esto no es conformismo sino sano realismo.
Vilaseca termina el programa lanzando una pregunta a los telespectadores: "¿Qué decisiones tomarías si no tuvieras miedo?". Yo le respondería con otra pregunta: ¿Te abalanzarías mejor sobre un león si no tuvieras miedo, Borja?... En fin, que las cosas no son tan fáciles como se presentan en los manuales de coaching, las películas de la factoría Disney o el Twitter de Justin Bieber.
martes, 10 de enero de 2017
Unas palabras de Rajoy a una radio inglesa activan miles de Amazon Echo
Un comentario de Mariano Rajoy a la radio británica England On The Go (EOTG) ha activado los asistentes de voz Amazon Echo de buena parte de los propietarios de estos aparatos en toda Inglaterra y Gales -incluso en el sur de Escocia- que se encontraban en ese instante escuchando la emisora.
En un momento de la entrevista con el popular locutor Michael Billington, realizada con la mediación de un traductor de castellano de la emisora, el presidente del Gobierno español aseveró: "Al éxito, miusté, de Guindos. Al bloque del sí a las reformas". Rajoy respondía así a una pregunta de Billington acerca de las razones de la sólida recuperación del empleo en nuestro país.
Las palabras del político español se colaron a través de las ondas en muchos hogares, activando de este modo los Amazon Echo de miles de usuarios. Inmediatamente, algunos de estos gadgets empezaron a hacer llamadas al teléfono móvil del extenista austríaco Thomas Munster advirtiéndole de que se habían roto las ventanas de su casa. Otros aparatos, por su parte, comenzaron a hacer pedidos on line para sus propietarios de la marca de té Dewindos, lo que no tardó en causar la caída de la página web de este conocido productor de Malawi. Se registraron también otros casos de menor importancia, en los que el Echo se limitó a informar a sus dueños de la no disponibilidad de la aplicación Tomiuster de Windows. Preguntado horas más tarde al respecto de este incidente, Rajoy ha afirmado que "el Madrid tiene la eliminatoria encarrilada con el Sevilla, pero la Copa es la Copa y no hay que fiarse".
viernes, 30 de diciembre de 2016
¿Qué se esconde tras la (presunta) aleatoriedad?
Tirar un millón de monedas al aire y obtener un 50% de caras nos está diciendo algo muy profundo acerca del Universo. Puede parecer una obviedad, incluso una gran sandez, pero no lo es en absoluto. Por supuesto, lo mismo podría decirse del lanzamiento de un dado o de cualquier fenómeno (aparentemente) aleatorio en el que no haya un sesgo o inclinación hacia alguno de los posibles resultados.
Al arrojar una moneda estamos imprimiéndole una trayectoria -también determinada por condiciones ambientales como la disposición de las moléculas del aire- que solo puede concluir de un modo (cara) u otro (cruz). Lo cierto es que existen infinidad de posibles trayectorias que se dividen a partes iguales entre las que conducen a la cara y las que conducen a la cruz. ¿Pero por qué la relación entre caras y cruces habría de ser 50-50 y no 16-84 o 64-36 o incluso 100-0? La respuesta a dicha pregunta parece ser la misma que a la de esta otra: ¿Por qué las moléculas de un gas se distribuyen de manera más o menos homogénea en un espacio cerrado donde no hay sesgo alguno? (o sea, por qué el número de moléculas a la izquierda tiende a igualar al de moléculas a la derecha, y por qué esta distribución se mantiene en el tiempo). La explicación está en el principio ergódico de la termodinámica. ¿Pero qué hay detrás de la ergodicidad? ¿Por qué es así?...
Conforme a la interpretación de los muchos mundos de la mecánica cuántica, formulada por Hugh Everett, habría un número igual (y gigantesco) de universos asociados al resultado "cara" que de universos asociados al resultado "cruz". Siguiendo principios cuánticos bien contrastados (¡ya no se trata de una interpretación!), podríamos encontrarnos no solo con caras, cruces e improbables caídas de canto sino con sucesos prácticamente imposibles, aunque nunca descartables, como que la moneda quede suspendida en el aire o sea proyectada hasta Plutón. Eso sí, para que se materializaran estos dos últimos sucesos habría que estar tirando monedas sin parar por un espacio de tiempo muy superior al ya transcurrido desde el Big Bang. Aunque, insisto, no son sucesos imposibles por mucho que afrenten al sentido común: es lo que se llama efecto túnel.
La cuestión irresuelta de partida es por qué hay una tendencia a la igualación de probabilidades. ¿Acaso hay en el Multiverso cuántico apuntado por Everett una especie de simetría que lo explique? En esa equiprobabilidad consiste precisamente la aleatoriedad, y por eso se relaciona este concepto con el de información. La tirada de una moneda entraña un bit de información porque no hay manera de conocer por adelantado su resultado particular (solo podemos abordar el fenómeno estadísticamente, tras analizar muchas tiradas, para obtener así meras probabilidades). Si el resultado de cada tirada fuera perfectamente predecible, tendríamos 0 bits de información y la incertidumbre sería nula: para cada lanzamiento sabríamos si la moneda acabaría cayendo en cara o en cruz (obviemos ahora las caídas de canto y las improbabilísimas aberraciones cuánticas explicadas por el efecto túnel que la llevarían a atravesar el techo y alcanzar la galaxia de Andrómeda). En un suceso aleatorio, la entropía o desorden es máxima (la información que tenemos a priori es 0 de 1, por lo que la incertidumbre es máxima); en un suceso perfectamente predecible, la entropía o desorden es mínima (la información que tenemos a priori es 1 de 1, por lo que la incertidumbre es nula).
Esta ristra de 72 números es aleatoria porque no hay patrón o algoritmo alguno conocido que la explique:
010001001001100111000101011001011000110101100101001110001010100100101100
Para computarla en un ordenador harían falta 72 bits, uno por cada suceso. Hay mucha información, mucha complejidad e incertidumbre máxima (porque la información que tenemos a priori es nula).
Sin embargo, esta otra es todo lo contrario:
01010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010
Para computarla harían falta muy pocos bits, ya que el ordenador solo tendría que registrar y ejecutar la instrucción "01 n veces" o "0 y 1 alternos". Hay poca información, escasa complejidad e incertidumbre nula (porque la información que tenemos a priori es completa y nos permite predecir perfectamente el comportamiento del sistema).
¿Existe un generador de números aleatorios (un algoritmo de inusitada complejidad, acaso el mismo que desvelaría una secreta pauta en los números primos) que informa cada tirada de monedas o dados en el Universo (mejor dicho, que informa cada suceso cuántico subyacente a toda tirada de monedas o dados o a toda decisión de entes conscientes emergentes como el que esto escribe)? Si así fuera, el mundo sería completamente determinista, ya que los números no serían estrictamente aleatorios (seguirían un oculto patrón) aunque así lo pareciese. De libre albedrío, por supuesto, nada.
El físico Leonard Susskind, uno de los principales exponentes de la teoría de cuerdas, reconoce no saber por qué funciona la ley de los grandes números
jueves, 15 de diciembre de 2016
Un Universo comprensible en lo elemental... ¿pero inabarcable por su complejidad?
El físico británico Stephen Wolfram sugiere que pronto podríamos conocer completamente cómo funciona el Universo en su nivel más básico (incluso hasta por qué lo hace de ese modo y no de cualquier otro). Ese día no lejano, la Física habrá descubierto cuáles son todas las partículas elementales y fuerzas que operan en el Cosmos. Wolfram y muchos otros colegas suyos aventuran que las reglas serán seguramente muy sencillas, tanto es así que las leyes básicas del Universo podrían escribirse en una camiseta. Sería la culminación de la llamada Teoría del Todo, que en vano persiguió Einstein al final de su vida y por la que se devanaron los sesos desde Demócrito hasta Stephen Hawking pasando por Leibniz, Newton o Maxwell. ¿Habríamos leído por fin la mente de Dios, como sugería Hawking al final de su Breve historia del tiempo? ¿Se convertiría la ciencia meramente en tecnología, al haber llegado al final de su camino teórico?...
Quizá se cerrara la Física (al menos la de nuestro universo, porque siempre cabe la posibilidad de investigar la dinámica e incluso creación de otros hipotéticos universos), pero esa Teoría del Todo poco puede decirnos de los fenómenos emergentes complejos: ¡el conocimiento de los fundamentos del Universo no nos bastaría para entender la Biología, la Psicología o la Sociología, para prever el tiempo meteorológico, la aparición de una enfermedad o el estallido de una crisis económica o un conflicto bélico! Habría llegado la gran hora de las llamadas ciencias de la complejidad, con la computación como gran herramienta para desentrañar los misterios escondidos en las emergencias: telescopios y microscopios cederían el protagonismo a potentes superordenadores capaces de elaborar complejas simulaciones a partir de unas pocas reglas básicas; o sea, de derivar el comportamiento de sistemas complejos (biológicos, sociales, etc.) a partir de sus sencillos principios subyacentes.
Ya existen centros de investigación dedicados al estudio de la complejidad como el Santa Fe Institute (presidido por David Krakauer en Nuevo México) o el Center for Complex Systems Research (CCSR) en la Universidad de Illinois en Urbana–Champaign (fundado por Stephen Wolfram), dedicados al desarrollo de modelos y técnicas (redes neuronales, autómatas celulares, dinámicas no lineales o caóticas, algoritmos genéticos, etc.) para describir los sistemas complejos y también extraer de ellos principios globales. Se trata de un prometedor campo científico, con una visión holística frente al enfoque analítico convencional de la ciencia: no hay otra manera de abordar con eficacia el fenómeno de la complejidad. Aun así, como sostiene Wolfram en una entrevista con Robert Lawrence Kuhn, puede que las emergencias fijen un límite a la comprensión humana. No deja de ser paradójico y desazonador que lleguemos a conocer por completo las reglas que rigen el Universo pero, dada la existencia de una distancia irreducible entre su comportamiento global y dichas reglas subyacentes, no seamos jamás capaces de entenderlo en su totalidad.
martes, 6 de diciembre de 2016
Un taller mecánico... ¡de confianza!
Creo haber encontrado un taller mecánico de confianza. Esto es todo un lujo en España, donde la probabilidad de toparte con sinvergüenzas y desaprensivos en ese sector no es precisamente baja (ya he abordado en anteriores entradas en el blog cuestiones como la inseguridad jurídica y el bajo capital social en nuestro país). Y todo ha sido gracias a la recomendación de un compañero de trabajo que me relató un intento de timo en otro establecimiento, donde pretendían levantarle casi 4.000 euros a su comunidad de vecinos por la reparación de la furgoneta de servicio de la urbanización. En el taller bueno les dijeron que la furgoneta no tenía problema alguno. Lo cierto es que la primera vez que fui allí me cobraron la mitad de lo que pretendían clavarme en un taller más cercano a mi casa (para empezar, me presupuestaron 45 minutos de trabajo en vez de la hora y media presuntamente necesaria según los otros). Hace días tuve que volver por otro problema distinto y, al entregar la llave del coche a la encargada, experimenté algo inédito en mi relación con estos sitios: nada más y nada menos que una reconfortante confianza.
Esto me ha hecho pensar que si un empresario o autónomo es honrado y eficiente, tiene ya mucho ganado (puede tener problemas de financiación o de gestión, pero la clientela la va a tener asegurada). Y que hay que ser muy lerdo, además de inmoral, para meter pufos a diestro y siniestro: no solo no van a volver tus clientes estafados, sino que hablarán mal de ti a otros. Si has timado o intentado timar 4.000 euros a alguien, no esperes que regrese. La actitud contraria, la honrada a la par que inteligente, arroja sus frutos no porque exista el karma o algo parecido sino por el puro y simple boca-oído: mi compañero me recomienda el taller, yo voy a él y les dejo dinero a cambio de sus servicios (de hecho, tengo intención de recurrir a él siempre), a su vez lo recomiendo a otros que dejarán allí su dinero, que a su vez lo recomendarán a otros... Tangar 4.000 euros no sale rentable a medio plazo. No hacerlo sí que arroja sus beneficios: de hecho, los 4.000 euros no ganados en el pufo pueden ser más que compensados en un año con tres nuevos clientes habituales. Esto es lo que no pocos empresarios españoles aún no han entendido.
Sería injusto si no dijera finalmente el nombre del establecimiento al que ustedes pueden dirigirse con toda confianza (insisto en que no es cosa menor, sino fundamental, en toda relación) cuando tengan un problema con su coche: Talleres Julián, en Valdemorillo (Madrid). Encima, la persona que te atiende es amable (también rara avis en el sector, donde abundan el ceño fruncido y la mirada esquinada).
Esto me ha hecho pensar que si un empresario o autónomo es honrado y eficiente, tiene ya mucho ganado (puede tener problemas de financiación o de gestión, pero la clientela la va a tener asegurada). Y que hay que ser muy lerdo, además de inmoral, para meter pufos a diestro y siniestro: no solo no van a volver tus clientes estafados, sino que hablarán mal de ti a otros. Si has timado o intentado timar 4.000 euros a alguien, no esperes que regrese. La actitud contraria, la honrada a la par que inteligente, arroja sus frutos no porque exista el karma o algo parecido sino por el puro y simple boca-oído: mi compañero me recomienda el taller, yo voy a él y les dejo dinero a cambio de sus servicios (de hecho, tengo intención de recurrir a él siempre), a su vez lo recomiendo a otros que dejarán allí su dinero, que a su vez lo recomendarán a otros... Tangar 4.000 euros no sale rentable a medio plazo. No hacerlo sí que arroja sus beneficios: de hecho, los 4.000 euros no ganados en el pufo pueden ser más que compensados en un año con tres nuevos clientes habituales. Esto es lo que no pocos empresarios españoles aún no han entendido.
Sería injusto si no dijera finalmente el nombre del establecimiento al que ustedes pueden dirigirse con toda confianza (insisto en que no es cosa menor, sino fundamental, en toda relación) cuando tengan un problema con su coche: Talleres Julián, en Valdemorillo (Madrid). Encima, la persona que te atiende es amable (también rara avis en el sector, donde abundan el ceño fruncido y la mirada esquinada).
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