viernes, 20 de diciembre de 2013

¡No todo es culpa del capitalismo, compañer@s de la izquierda!

El pensamiento izquierdista ortodoxo achaca todos nuestros males al capitalismo (a veces presentado como neoliberalismo e incluso, en un caso extremo de falta de rigor, como liberalismo). Si la gente se muere de hambre en África, si hay guerras y cruentos golpes de Estado, miseria, narcotráfico, brutal explotación laboral y migrantes cruzando desesperados en pateras el Mediterráneo o a nado el río Grande, la culpa solo es atribuible a ese monstruoso engendro sin alma opuesto a una naturaleza humana concebida únicamente como cooperativa y solidaria, enemigo de los hombres y mujeres de bien (el llamado "pueblo", por definición noble) y de las naciones (también nobles por definición, salvo EE.UU., Israel y acaso España), enfrentado a ancestrales usos y tradiciones que se presumen siempre de mejor pasta.

Aclaremos primero los términos para saber de qué estamos hablando. El capitalismo es un sistema socioeconómico fundado en la economía de mercado (la supuestamente libre concurrencia de oferta y demanda para determinar los precios) y la propiedad privada de los medios de producción, así como en unas relaciones laborales contractuales merced a las cuales unas personas prestan libremente su trabajo a otras a cambio de un salario. Ya dijo Marx en su día, presa de su determinismo histórico de raíz hegeliana, que se trataba de un estadio superior al feudalismo e inferior al socialismo: o sea, de un paso necesario en el tránsito desde el régimen feudal a la quimérica sociedad comunista sin clases (esa a la que ya debería estar apuntando la ejemplar democracia popular socialista de Corea del Norte).

Ahora bien, una cosa es el capitalismo en el plano teórico y otra en la realidad. La economía neoclásica está construida sobre premisas ideales muy discutibles, por no decir falsas, como el comportamiento racional de los agentes económicos (lo cierto es que muchas veces la gente actúa irracionalmente), la información perfecta (no es así, aparte de que hay personas más informadas que otras) o la igualdad ante los mercados (solo hay que tener un poco de sentido común para advertir que no es igual el poder negociador de un trabajador que el de un empresario que lo contrata)*. Las interferencias en el libre mercado, tanto por manejos de las propias empresas (cárteles, oligopolios, etc.) como de los poderes públicos (ayudas, licitaciones, regulaciones...), hacen que la competencia perfecta tenga solo una existencia platónica.

El capitalismo es un gran generador de riqueza material pero también de desigualdad, un sistema potencialmente muy dañino tanto para el medio natural como para la felicidad humana (al dar valor solo a aquello que lo tiene en el mercado). Ahí es donde está el Estado -y entidades supranacionales como la UE- para corregirlo, ponerle límites y determinar qué bienes y servicios pueden ser comprados y vendidos (hay un amplio consenso, por ejemplo, en que no debe haber carne humana para el consumo en los supermercados). Es precisamente la existencia del Estado como agente político regulador, y también como sujeto económico, lo que hace que lo que entendemos por capitalismo no sea ni por asomo parecido en Suecia que en El Salvador, en Canadá que en Somalia. Por otro lado, a nadie se le esconde que el poder y la influencia de los Estados Unidos en el concierto económico y político mundial no es el mismo que el de Timor oriental: por desgracia, sus relaciones nunca serán de igual a igual, pero ni con el capitalismo ni con ningún otro sistema.

Neoliberalismo, liberalismo y errores de la izquierda

El neoliberalismo es una corriente ideológica sacralizadora del capitalismo que desde principios de los años 80 del siglo pasado (con los derechistas Reagan y Thatcher en el Gobierno de sus respectivos países) pretende minimizar la intervención estatal en la economía, adelgazar el sector público, desregular los mercados de trabajo y liberalizar los flujos de bienes y capitales (no así el de personas, que se mantiene a raya mediante altos muros y vallas con concertinas). Sus defensores suelen ser tan liberales en lo económico como conservadores en lo social y moral (les preocupa sobre todo la moral sexual: no les hablen de derechos humanos y mucho menos de ecología o derechos de los animales).

Resulta esperpéntica la apropiación del liberalismo, una de las ideologías más nobles que ha alumbrado la humanidad, por meapilas opusinos o teapartistas que quieren sacar a Darwin de las escuelas, abominan de los homosexuales, desean convertir a las mujeres en conejas dedicadas solo a sus labores, se oponen a legalizar las drogas y ya en el colmo sufren la enfermedad del nacionalismo. Los auténticos liberales, lo más alejado de esos tipos de la FAES o el Tea Party, representaban la izquierda en el Siglo de las Luces. Tanto es así que en EE.UU. el término liberal, a diferencia de en Europa, sigue siendo sinónimo de izquierdista. La verdad es que se me ocurren pocas cosas más progresistas que la defensa de la libertad (para hacer con tu vida lo que quieras con el único límite del respeto al prójimo), la igualdad ante la ley (con independencia de raza, sexo, religión o no, etc.), la laicidad (para liberar de la opresión religiosa a quienes no quieran doblar la cerviz ante el sumo sacerdote de turno) o la legalidad democrática (lo contrario de la arbitrariedad y el abuso a manos de los más poderosos).

Uno de los errores de bulto de la izquierda tradicional es considerar que la democracia y sus libertades -nada formales, desde luego- son la otra cara necesaria del capitalismo, que forman parte con este del mismo paquete. Quienes estamos a disgusto con el capitalismo de casino y su grosero materialismo (ya no solo por una cuestión ética y estética, sino porque nos estamos jugando la supervivencia de la especie) tenemos en la democracia -por muy imperfecta que sea- una vía para impugnarlo y superarlo. No nos confundamos: la democracia no es un regalo sino una concesión de los más poderosos arrancada por la presión de las luchas obreras que tanta sangre derramaron en los dos últimos siglos. Yo no quiero perder la democracia pretendiendo acabar con el capitalismo, sino superar el capitalismo a través de la democracia (claro está, con el concurso de la mayoría: si la gente no desea ese cambio, no pretendamos salvarla contra su voluntad de comer mierda a gusto).

Otro error de esa izquierda más dogmática es su diagnóstico de los problemas, que suele caer en lo tópico e incluso lo pueril. Y con diagnósticos incorrectos no se solucionan las cosas. Por ejemplo, la gente solo se muere de hambre cuando sus regiones o países son azotados por guerras o desastres naturales (sequías, inundaciones, etc.) que destruyen las cosechas y la economía local e impiden la distribución de alimentos. Más allá de esas situaciones, lamentablemente no infrecuentes en el llamado Tercer Mundo, nadie perece por inanición (esto no significa negar problemas de malnutrición que siguen siendo un insulto a la dignidad humana). Dicho de otro modo, la muerte por hambre en el mundo tiene mucho menos que ver con el capitalismo o el neoliberalismo que con la fragilidad institucional de Estados dominados por elites corruptas que se venden al mejor postor occidental o chino. Lo que a su vez es posible gracias al adormecimiento o idiotización de las masas locales por la religión, el espíritu de la etnia y las (malditas) tradiciones. Y a la indiferencia de los ciudadanos de Occidente, que no castigan en las urnas o en la cesta de la compra a sus políticos y empresas cómplices (¿conocen a alguien que no reposte gasolina en Shell por destruir el delta del Níger o en Texaco por sostener la dictadura de Guinea Ecuatorial?).

Tampoco parece que el capitalismo o el neoliberalismo sean muy culpables de la pobreza en países como Marruecos, Afganistán o India. Supongo que algo tendrá que ver que Marruecos cuente cerca de un tercio de su población como analfabeta (porcentaje muy superior si solo consideramos a las mujeres). Supongo que alguna mala influencia habrá en las tradiciones tribales afganas o en el sistema de castas indio. Finlandia y Grecia son países capitalistas, pero eso no parece marcar la diferencia: habrá que ver otros factores culturales e institucionales (los que impiden a un médico de la Seguridad Social de Helsinki, a diferencia de uno de Atenas, recibir de sus pacientes sobres con dinero para asegurar una buena asistencia). Estados Unidos y España también son países capitalistas, pero yo compraría confiado un coche usado allá y me cuidaría mucho de hacerlo aquí (no es que los estadounidenses sean más honrados, sino que saben que caería sobre ellos -y con prontitud- todo el peso de la ley). En suma, que la calidad de la democracia y sus instituciones es mucho más determinante al respecto que la simple etiqueta de capitalista. A todo esto, ¿es China un país capitalista?...

Pero donde más yerra el izquierdismo convencional es sin duda en su visión buenista del ser humano (explotadores capitalistas aparte), ignorando que el egoísmo y la maldad son mucho más antiguos que el capitalismo y deben ser tomados en cuenta en todo sistema u organización en el que estén implicados bípedos implumes. Idolatrar al mercado como hacen los neoliberales -aunque en países como el nuestro no duden en trincar al mismo tiempo de lo público- es una estupidez, pero también lo es ignorar ciertos principios económicos básicos (como hace a golpe de decreto el Gobierno de Maduro en Venezuela) creyendo que así puede acabarse de manera sostenible con la pobreza. Desde luego, si uno espera que la mayoría de la gente haga algo diferente a perseguir su propio interés, es mejor que aguarde sentado y a la sombra (ya dijo Adam Smith que no es "la benevolencia del cervecero o el panadero" lo que hace que podamos disfrutar de la cerveza o el pan).

La monja progre-nacionalista-conspiranoica Teresa Forcades nos cuenta que no hay que tener miedo a que "la lucha organizada por una alternativa al capitalismo nos pueda conducir a una situación peor que la que tenemos". Pues yo he de reconocer que temo a esta gente que quiere salvarme llevándome con diagnósticos infantiles a escenarios tan inquietantes como una eventual independencia traumática de Cataluña. Porque sé cómo somos y porque el mañana no tiene por qué ser mejor que el ayer (aunque Hegel y Marx se empeñasen en sostener lo contrario). Por cierto, me considero de izquierda y no creo que esto esté reñido -¡todo lo contrario!- con sentirse liberal.

*Vaya mi desprecio a esos economistas del siglo XXI creyentes -en un sentido religioso- en "manos invisibles", que pretenden entender el mundo solo con su arsenal de curvas y derivadas matemáticas sin saber nada de Historia, Geografía, Psicología y otras humanidades.

lunes, 9 de diciembre de 2013

La felicidad


Nos pasamos la vida persiguiendo con mayor o menor fortuna eso que llamamos felicidad. ¿Pero nos referimos a lo mismo? A todos (a unos más que a otros) nos hace felices el poseer cosas o disfrutar de ellas: comida, bebida, ropa, coches, casas, gadgets tecnológicos... A todos (a unos más que a otros) nos gusta el sexo (para algunos, el paraíso consiste en follar con el mayor número posible de congéneres), el afecto y el reconocimiento social. Muchas personas son felices suscribiéndose a una creencia religiosa confortadora y/o poniéndose al servicio de los demás (hijos, padres, nietos o incluso gentes necesitadas de ayuda al otro lado del mundo). Hay otras que encuentran dichosa la búsqueda del éxito económico y el poder, que permite disponer más fácilmente tanto de los objetos como de la voluntad de los humanos. Las hay que se decantan por los paraísos artificiales de la droga. Una minoría opta por el deporte o la creación artística, y otra es feliz asomándose con la intuición y la razón a los profundos misterios que nos rodean: la naturaleza humana, la vida, el Universo, la conciencia...

No me atrevería a afirmar que algunas de esas fuentes de dicha no sean genuinas (ni siquiera la vía de los paraísos artificiales de la droga), o que sean mejores o peores que otras. Lo que sí creo es que, si violamos la sabia virtud de la templanza (¡cuánta razón tenía Epicuro!) y/o nos distraemos del necesario autoconocimiento, con ellas podemos desencaminarnos de la felicidad más profunda. Ésta, la más íntima y menos efímera, es el estado de paz interior fruto de la autoaceptación ligada al autoconocimiento, de la aceptación del mundo -con todo lo que nos agrada y desagrada, lo que no debe ser confundido con conformismo y servilismo-, del relativo desapego de las cosas materiales y de la libertad y tranquilidad de conciencia (es obvio que el autoengaño no entra en el paquete). En buena lógica se podría decir que no es posible esa Felicidad con mayúsculas si no están cubiertas las necesidades básicas (alimentación, vestido, cobijo y afecto), pero los budistas subrayan que se trata de un estado interior que no depende de nada externo. Y es probable que anden en lo cierto...

Sin necesidad de ser un monje zen, creo que podemos fundamentar razonablemente nuestra felicidad en este ajetreado mundo del siglo XXI sobre tres grandes pilares: esa irremplazable paz interior (que hay que trabajarse a diario), el disfrute sosegado de los pequeños y grandes placeres (desde el café con leche matutino hasta un buen revolcón pasando por la reparadora siesta, la lectura de Coetzee, un paseo campestre o el calor nocturno de la chimenea hogareña) y la ilusión. Porque es necesario tener siempre al menos alguna meta ilusionante, algún faro hacia el que dirigir nuestros pasos, algún motivo que dé sentido a la existencia con independencia de que lleguemos a alcanzarlo o no. Recordemos que Borges -el mismo que reconoció que su mayor pecado era no haber sido feliz- sostuvo que la felicidad era "frecuente" y que "no pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso".

sábado, 30 de noviembre de 2013

No todo es posible (aunque lo digan Paulo Coelho y Justin Bieber)

(Este post es fruto de una de esas inolvidables conversaciones con mi querido amigo José Miguel Santos, una de las mentes más lúcidas de Canarias)

¿Quién no ha oído alguna vez eso de que "todo es posible si crees en ello o confías en ti"? Lo que sí es casi imposible es no encontrarse recurrentemente en Internet con frases de ese estilo, escritas sobre el fondo de hermosos paisajes o imágenes kitsch a cuál más cursi. ¡Hasta Justin Bieber (desde su ingenuidad) lo dice! 


No es ser un aguafiestas afirmar que se trata de una gran mentira, que no todo es posible por mucho que uno crea que lo es (la mera creencia no hace posible lo imposible, ni menos improbable lo improbable). En primer lugar, porque todos estamos condicionados: hay condicionamientos generales (ningún ser humano puede dar un salto a pelo de 50 metros o concebir mentalmente un espacio tetradimensional) y otros personales, muchos de los cuales son igual de impepinables que los primeros.

Por mucho que yo ahora me proponga correr los 100 metros lisos por debajo de los 10 segundos en un semestre (o en un decenio), no hay ninguna posibilidad razonable de que lo logre: a diferencia de Usain Bolt, tengo -¡no solo yo!- un condicionamiento o limitación personal a ese respecto (seguro que tampoco lo habría conseguido aunque mis padres se hubiesen empeñado en que lo lograse desde mi más tierna infancia). Algunos de estos condicionamientos personales son sobrevenidos, fruto de las circunstancias y el azar: si en agosto de 2004 hubiesen venido acompañando a mi querido hijo otros tres hermanitos gemelos, es muy probable que yo no hubiese abierto jamás este blog (y que, por ende, estuviese ingresado en un sanatorio mental sujeto a una camisa de fuerza).

Por otra parte, todos tenemos caracteres diferentes (innatos en buena medida, por cierto). Hay gente más extrovertida, más optimista, más emprendedora, más resistente al dolor y la adversidad, con mayor capacidad de previsión y organización... Sobrevivir a un campo de concentración, como hizo Primo Levi en Auschwitz, no estaba al alcance de todo el mundo: había que tener ciertas cualidades. Podemos modular nuestro carácter con la práctica y la experiencia, pero el peso de lo innato siempre será muy grande.

La madurez es la que te hace ser consciente tanto de tus habilidades como de tus limitaciones, la que te permite determinar si algo es un sueño razonable o una quimera disparatada. Constatar que uno no vale para el baloncesto, la pintura o la escritura no ha de ser una tragedia: el drama está en creer erróneamente lo contrario y derrochar energías -y acumular frustraciones- en la persecución de metas irrealizables.



sábado, 23 de noviembre de 2013

En chanclas al Parlamento... con el permiso de Pérez-Reverte

Autor: Adilette1972

El otro día, en su ya tradicional misa tuitera dominical, Arturo Pérez-Reverte afirmaba que "un Parlamento que permite a sus miembros ir en chanclas no puede quejarse de nada". Le pregunté qué problema había en ir con chanclas y si éstas afectaban al entendimiento de sus señorías. Fiel a su estilo entre condescendiente y faltón (natural en quien ya está de vuelta de todo por haber sido novio de la muerte), el creador de Alatriste no tardó en replicar: "Ir con chanclas a un Parlamento afecta a la dignidad de ese parlamento y de la España de mierda que lo tolera". "No sé si me explico lo bastante claro, oiga. Lo triste es tener que explicárselo a usted", añadía en un tuit inmediatamente posterior.


Sigo esperando que este defensor de la guillotina y de los cojones bien puestos argumente racionalmente -y, si es posible, sin faltar- por qué ir con ese tipo de calzado a un Parlamento es algo indigno. Y también por qué esta supuesta indignidad ha de darse por sentada, como si fuese un axioma sobre el que no cabe decir ni pío.

La verdad es que el comentario de Pérez-Reverte es una buena españolada, un botón de muestra de esa "España de mierda" que tanto denuncia en sus escritos (no sin razón, ciertamente). Es muy propio de la mentalidad rancia del viejo hidalgo castellano, tan preocupado por las formas y las apariencias, tan obsesionado en marcar distancias con el populacho -y con el indio, el moro, el judío, el protestante- por sus estúpidas ínfulas de gloria. Esta hidalguía forma parte del ADN del español medio, y es en parte responsable de la ruina de este país y del imperio que llegó a levantar hace siglos a golpe de arcabuz, testosterona y fanatismo religioso. Mejor nos hubiese ido si muchos de nuestros antepasados distinguidos se hubiesen puesto a currar, a semejanza de sus contemporáneos anglosajones, aunque fuese en harapos y descalzos.

Hace bastantes años se reunieron para trabajar en la construcción de una carretera en Canarias sendos grupos de ingenieros estadounidenses y españoles. Según me cuenta un testigo presencial, los primeros iban con mono; los segundos, todos enchaquetados. Huelga decir quiénes eran más profesionales y batían el cobre. Una de las peores afrentas a muchos de esos tipos emperchados (entre los que se cuentan no pocos inútiles enchufados) que pueblan nuestros bancos, bufetes de abogados, diputaciones, claustros universitarios, instituciones académicas o consejos de administración de empresas es que les lleguen a confundir con un camarero. ¿No han oído nunca esa sandez tan hispana (dense por incluidos todos los latinoamericanos, por supuesto) de que en la forma de lucir un traje se nota si uno es un camarero o un señor?

Más nos valdría echar un vistazo a lo que pasa en los lugares más civilizados del mundo, por ejemplo el norte de California. De esos lares no solo podemos tomar lecciones empresariales y ecológicas. Recordemos que el desaparecido Steve Jobs hacía sus presentaciones en vaqueros y zapatillas. En las empresas de Silicon Valley hay gente que va en chanclas  a trabajar (¡es incluso chic!). Lo importante son las actitudes y capacidades, no la forma de vestir de cada cual. El cofundador de Google Sergey Brin se dirigió en 2010 a la prensa en calcetines y con un maillot de ciclista. 

Más de un españolito imbuido de ese infecto espíritu hidalgo, de ese engreimiento fatuo que casi nunca va acompañado de la valía personal, aduciría: "Sí, muy rico el yanqui, pero con ninguna clase". La clase es un concepto subjetivo y muy vago que siempre saca a colación quien presume de poseerla. Desde luego, si la clase de una persona solo está en su (supuesto) buen gusto por vestir, en su elegancia a la hora de agarrar un tenedor, en su sabiduría para escoger un buen vino o en la manera de andar o fruncir el ceño al fumar, pues se trata de un concepto sin demasiada importancia (tanta como la puntería al mear o la habilidad para hacer sudokus).

Un reparo razonable a las chanclas se fundamenta en el temor a caer por una pendiente resbaladiza: ¿Y por qué no permitir la entrada en taparrabos en el Congreso, e incluso de sus señorías desnudas zampándose un bocata de chorizo?... La moda y los usos sociales son algo cambiante. Hace no mucho, era impensable ir sin corbata o en vaqueros a trabajar en una oficina. Esto ha cambiado, por fortuna, y hoy en día no debiera causar escándalo en un país civilizado. Como no lo debería causar el que una pareja de homosexuales se pasee de la mano por la calle. Al fin y al cabo, mientras uno vaya debidamente aseado, ¿qué mas da zapatos de vestir, mocasines o chanclas? Sinceramente, prefiero a un diputado que vaya en chanclas al Parlamento y trabaje con honestidad y profesionalidad a otro que solo gaste las suelas de este calzado en oscuras andanzas por los paseos marítimos de las islas Caimán.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Tú, yo y todos: únicos, repetibles e imborrables

Hace semanas que me asalta una profunda intuición, la de que todos nosotros (cualquier ser vivo con conciencia, por primitiva que sea) somos al mismo tiempo únicos, repetibles e imborrables. Algo así como una obra musical, pongamos que como el concierto de viola en Do menor de Johann Christian Bach.
Tengamos primero en cuenta que lo que conocemos como nuestro yo físico en cada momento (porque el yo físico de hace un segundo no es el mismo que el de dentro de un segundo) es una combinación gigantesca de partículas físicas (electrones y quarks) dispuestas en el tablero del espacio-tiempo. Los estados de conciencia están asociados a estas combinaciones. El flujo del pasado al futuro de los sucesivos estados de conciencia es lo que hemos dado en llamar el yo.

Seríamos únicos en el sentido de que la combinación que nos define solo se correspondería con nosotros (y no con cualquier otro objeto del Universo). Seríamos repetibles en la medida en que esa combinación podría ser reproducida infinitas veces en un hipotético Multiverso. Seríamos imborrables porque nuestra fórmula estaría inscrita de manera indeleble -¿y acaso necesaria?- en el tejido del Cosmos. La partitura del concierto de viola de Johann C. Bach es también única, repetible e imborrable. Aunque destruyésemos el original y todas sus copias y reproducciones, la exacta combinación de sonidos que expresan seguiría intacta en un almacén platónico más allá del espacio y el tiempo. Nada menos que el gran Richard Dawkins, el tipo menos sospechoso de ser un cantamañanas o de decir chopradas, sostiene en El relojero ciego que todas las formas biológicas posibles están ahí fuera en una especie de hiperespacio platónico a disposición de la evolución. ¿Y por qué no también, en sus respectivos hiperespacios ideales, el concierto de viola en Do menor y tu propio yo mental o conciencia?

Este guiño a Platón nos aboca a una especie de predestinación calvinista: ¿Por qué hemos tenido la suerte de ser humanos y no almejas o paramecios? ¿Por qué hemos tenido la suerte de ser nosotros y no Carlos Floriano? ¿Por qué hemos tenido la desgracia de ser nosotros y no Brad Pitt o Einstein? ¿Por qué no hemos tenido que pasar (¡toquemos madera!) por un campo de exterminio?: ¿acaso somos mejores que la guapa, encantadora e inteligente niña de tres años que Primo Levi vio en el tren camino de su bárbaro fin prematuro en Auschwitz?... Pero sería como si en el número 23.175 el dígito 2 se lamentase de ser más bajo que el 3 o anhelase estar en el puesto del 7. O como si el polo norte se planteara por qué no es el polo sur. O como si una nota del concierto de Johann C. Bach pretendiese colocarse en otro lugar de la obra o escaparse de ella. Somos irrevocablemente lo que somos, por la misma razón por la que el dígito 5 es el último del número 23.175. Y cada vez que se alumbre una conciencia con nuestra precisa fórmula en cualquier Universo, seremos nosotros los convocados, como uno de los modos que tiene el Cosmos de percibirse parcialmente a sí mismo a través del espacio y el tiempo.

Ahora bien, el concepto de yo se emborrona en el Multiverso cuántico porque toda alternativa (ir por un camino a la izquierda o a la derecha) se ramificaría infinitamente llevándonos a individuos parecidos pero con diferentes historias y, por tanto, yoes ligeramente distintos tras cada ramificación. Mi yo que no volvió a España en febrero de 1994, porque se quedó a vivir en Inglaterra, sería ahora, al cabo de casi 20 años, algo diferente al que vive en Madrid y esto escribe. Así pues, ese que se estableció en Londres, ¿podría ser considerado yo? Desde luego, no estaría más lejos que mi yo de 1982 en Canarias...

viernes, 8 de noviembre de 2013

Madonna encuentra la luz en la Iglesia del Palmar de Troya


La larga búsqueda espiritual de Madonna parece haber llegado a su fin en el lugar más insospechado: la localidad sevillana de Utrera. La conocida fascinación de la cantante por la Cábala judía, y más recientemente por el Islam, ha sido desplazada por la pasión que actualmente siente por la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, más conocida como Iglesia del Palmar de Troya. "Creo que es muy importante estudiar todos los textos sagrados, y en ello estoy", asegura en una entrevista a Harper's Bazaar la estadounidense de origen italiano, que aparece fotografiada con sendos ejemplares fotocopiados en inglés del Catecismo Palmariano de Grado Elemental y de las Preguntas más Frecuentes de las Apariciones de la Cruz Blanca.



La prensa del corazón achaca su repentino interés por la Iglesia del Palmar de Troya a su nuevo novio, el joven butanero jiennense Carlos Gómez Latorre, miembro de esta confesión desde su adolescencia. Con él ha visitado la catedral-basílica de Nuestra Madre del Palmar Coronada, levantada en Utrera durante el pontificado del fallecido Gregorio XVII el Muy Grande, así como el bar de Mula (Murcia) donde veía los partidos de fútbol de Canal + el actual pontífice Gregorio XVIII y las tumbas de San Francisco Franco en el Valle de los Caídos y de San Cristóbal Colón en la catedral de Sevilla.

"A quien no le guste, es muy sencillo: que me haga un unfollow ya en Twitter", decía la diva de Chicago tras subir una foto hace días en Instagram, acompañada de su novio, junto al baño de mujeres de la estación de servicio burgalesa de Quintanapalla (en dirección Burgos). La cantante asegura en la entrevista a la revista americana que fue allí, en el transcurso de una breve micción en el verano del año 2010, cuando recibió una "indescriptible" señal divina que ahora ha podido ser decodificada conforme al Catecismo Palmariano de Grado Elemental.

En Harper's Bazaar, Madonna ha afirmado que ejercerá toda su influencia para levantar las excomuniones que pesan sobre todos los espectadores del mundo que hayan visto la película Jesucristo Superstar. El butanero Gómez Latorre es un abanderado del levantamiento de estas excomuniones, ya que hace un par de años su madre empezó a ver, inadvertida, este filme después de un Sálvame Deluxe en Telecinco. "La pobre mujer no sabía nada", dice Madonna. "Cuando Charlie llegó en la furgoneta del trabajo", añade, "se la encontró en el sofá con la película casi terminada". La diva de Chicago no ha entrado a valorar el resto de excomuniones de la Iglesia de su novio, una lista en la que se encuentran personalidades como el rey Juan Carlos I de España y el antipapa polaco Juan Pablo II.

Cabe añadir a este respecto que un imán de Fuengirola ha remitido un burofax en árabe dialectal a la cantante lamentando su nuevo rumbo religioso e informándole del castigo reservado a los apóstatas en el supuesto de que hubiese llegado a abrazar públicamente la fe de su exnovio francés Brahim Zaibat.

Nota: CUALQUIER PARECIDO DE ESTE ARTÍCULO CON LA REALIDAD ES MERAMENTE CASUAL

sábado, 2 de noviembre de 2013

Hastiados de estos mongoles de izquierda


"Revista satírica sin mensaje alguno", así se autoproclama en su web y en redes sociales la Revista Mongolia, nacida en marzo del año pasado para, según su decálogo de lanzamiento, "perseguir con tinta a bandoleros, farsantes, embusteros y demás fauna que anteponga sus intereses personales y los del Fondo Monetario Internacional a los del mundo mundial". En otro punto del decálogo se lee (atención, porque se supone que lo siguiente debe hacernos gracia): "No somos ni de izquierdas ni de derechas. Repetimos: no somos de derechas".

Lo cierto es que sé de gente de izquierda, pero inteligente (porque tontos también los hay en la izquierda aunque muchos izquierdistas -claro está, los más estupidos- no lo acepten), que ha acabado hastiada del sectarismo, la simpleza, la soberbia y la agresividad gratuita que destila esta publicación en las redes sociales (particularmente en Twitter). Acaso solo sea culpa de la persona que tuitea, pero me temo que va más allá. Estos tipos y no pocos de sus seguidores exhiben todos los tics de la siniestrona, empezando por esa pretendida superioridad moral e incluso intelectual (no sé cuál de estas dos pretensiones es más grotesca, a la vista de sus tuits). Luego está la nula autocrítica. Y, lo que probablemente sea más irritante, esa asimetría en virtud de la cual si ellos se burlan de alguien es sentido del humor y aguda ironía; si otros intentan burlarse de ellos, es fascismo, idiotez o hijoputez (o las tres cosas a la vez).

El otro día tuiteaban: "Confirmado: otro domingo que no vamos a misa". Dan por hecho que debe hacernos gracia esta muestra del anticlericalismo más simplón. Pejiguera de mí (no en vano, este blog se llama Picando voy), les pregunté cuál era el chiste. El administrador de la cuenta no tardó en retuitear mi pregunta. Para quien conozca Twitter, el propósito era claro: mostrar a sus miles de seguidores mi ocurrencia insolente para así invitarles a un linchamiento virtual. Y no tardaron en llegar los comentarios, todos ellos con ataques ad hominem (al facha hay que agredirlo por cualquier flanco): que si el chiste era yo, que si el chiste era mi careto...

Preguntas dónde radica la broma y te responden que tienes cara de tonto, que eres un católico indignado y, por supuesto, que eres un estúpido. Ironía fina de izquierdas frente al idiota catolicón (por cierto, mi opinión sobre la religión está muy próxima a la de Richard Dawkins) que osa desafiarnos en este foro tan progresista y guay.

Blanco o negro, o conmigo o contra mí. Los conozco bien y sé de qué pie cojean, porque ya me he topado en mi vida con unos cuantos de estos y estas. Lo que más les desconcierta es que no les ofrezcas su imagen especular, la de un facha españolista. No entienden que, si les entras al trapo, puedas ser otra cosa que un cutre y despreciable reaccionario (con oscuros intereses personales, por supuesto).

Como dice el escritor Paco Bescós, no hace falta creer en Dios para ser religioso. Porque estos y estas lo son a su modo, con su burdo marxismo de manual infantil, su intolerancia grosera y su incapacidad para distinguir los grises y los matices. Si su iglesia lanza una fatwa contra Vargas Llosa, por ejemplo, no dudan en adoptarla religiosamente: es un fascista y punto, aunque no hayan leído jamás una línea suya.


Alberto Begue me dice que ellos no son el enemigo, que los responsables de nuestro despojo se sientan en escaños y consejos de administración. No le falta razón, pero recordemos lo que ha pasado en Euskadi en las últimas décadas. En Cataluña está ocurriendo algo parecido desde hace un tiempo, aunque con un perfil afortunadamente mucho más bajo. Aunque nuestros verdaderos adversarios sean ahora mismo esos sinvergüenzas encorbatados que entran y salen de lo público a través de sus engrasadas puertas giratorias, no hay que desdeñar otros riesgos. Uno de ellos es la extrema derecha populista y xenófoba, sin duda gente muy peligrosa. Otro es el representado por la extrema izquierda intransigente (aunque muchas veces tenga mejores intenciones que el otro extremo, lo que no es consuelo alguno). Ya no hablemos de si encima, al igual que los otros, son nacionalistas (pero de una bandera diferente a la rojigualda, lo que no lo mejora).

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