sábado, 23 de marzo de 2013

Economía del bien común, una buena idea (para países civilizados)

Al economista austríaco Christian Felber se le ha ocurrido una idea estupenda cuyo nombre es economía del bien común (ver más en su web). Esto sí que huele a socialismo (del bueno) del siglo XXI, no como ese cóctel neobolivariano de marxismo, nacionalismo, mesianismo cristiano y populismo del más zafio (que incluye el embalsamamiento de próceres) que campa a sus anchas por algunos países de Latinoamérica.

La economía del bien común pretende que valores constitucionales como la justicia, el progreso social o la solidaridad dejen de ser meras palabras huecas para convertirse en una realidad tangible. ¿Cómo? Incentivando a las empresas a comportarse éticamente y disuadiéndolas de lo contrario, para ponerlas al servicio de la satisfacción de las necesidades de las personas, de su calidad de vida y del bien común. Felber constata que las leyes que presiden la economía de mercado son la competencia (en el peor sentido) y el afán del lucro, lo que no debe tomarse como algo natural e inevitable ya que los humanos también cooperan entre sí y se ayudan mutuamente en su condición de ciudadanos, vecinos o familiares: somos capaces tanto de lo peor como de lo mejor.

La manera de hacer que las empresas se portasen bien sería a través de los impuestos, aranceles y compras públicas: las malas (las que no respetasen a sus trabajadores, discriminaran a mujeres o minorías, no cuidasen el medio natural, no beneficiaran a su entorno social, fabricasen productos indeseables o funcionaran como dictaduras) tendrían que pagar más tributos y soportar aranceles más altos, además de no llevarse ni un céntimo de un contrato público; al contrario que las buenas, que tendrían preferencia en las compras públicas e incluso podrían comercializar sus productos y servicios libres de toda imposición fiscal y aduanera.

Para que esto funcionase se necesitarían auditores independientes, encargados de comprobar la veracidad del "balance del bien común" que deberían entregar las empresas (un documento contable que tendría en cuenta esos otros aspectos no monetarios como la sensibilidad social y ambiental). De su puntuación total en este balance dependería en buena medida la supervivencia de una empresa en el mercado (un mercado que, a diferencia del que ahora conocemos, estaría sujeto a la Ética). Por supuesto, se requeriría necesariamente la complicidad de la ciudadanía para poner en marcha el sistema no solo a nivel local, regional y estatal sino también supranacional (en nuestro caso, en el marco de la Unión Europea).

Las cosas no quedan aquí, ya que los defensores de la economía del bien común proponen legislar para poner coto a los excesos del capitalismo. Por ejemplo, pretenden establecer límites a las cantidades heredadas o a las diferencias de renta entre los más ricos y los más pobres. Claro está, esto dependería de lo que decidiese la mayoría: Felber no se cansa en insistir que corresponde a la sociedad determinar cuánta desigualdad considera admisible (si acaso estima que la desigualdad en el reparto de la riqueza es algo indeseable). La última palabra la tendría la gente. El problema viene con la apelación -democráticamente impecable- a la ciudadanía cuando esta tiene una calidad como la española (por desgracia, muy diferente a la islandesa). Así no es de extrañar que políticos corruptos saquen mayorías absolutas, que arrasen los programas de telebasura o que nuestras costas estén alicatadas.

lunes, 18 de marzo de 2013

Del yin al yang y flipo porque me toca

Flaco favor hacen al vegetarianismo ético majaderías como la macrobiótica, el crudiveganismo, el frugivorismo y otras disciplinas pseudocientíficas con el inconfundible sello new age. Como tampoco benefician a la agricultura ecológica o a la meditación verse asociados a supuestas "energías positivas", al Feng shui, las flores de Bach, el equilibrado de chakras, las vibraciones de auras y las pollas en vinagre. No son estos buenos compañeros de anaquel o foro porque disuaden a gente inteligente potencialmente interesada en cosas que sí que son muy serias (o sea, el vegetarianismo ético, la agricultura ecológica y la meditación). De esto me di cuenta hace meses, un día que me acerqué a comprar unas hamburguesas vegetales a un herbolario y me encontré con unos folletos glosando las bondades de algunas de estas sandeces. Da muy mala impresión, la misma que te causaría encontrarte en un consultorio médico información sobre tarot o sesiones de reiki a distancia.

Cada uno es libre de comer lo que quiera (y pueda), así como dueño y señor de su ignorancia. Si uno se quiere creer cosas como el poder oxigenante de las plantas ricas en clorofila o la "energía nutricional" supuestamente almacenada en las semillas (algunas de las perlas incluidas en el best-seller Eres lo que comes de Gillian McKeith), pues que le aproveche. Si uno es feliz atiborrándose de antioxidantes (algo que podría ser incluso pernicioso), siguiendo dietas desintoxicantes (para presuntamente librarse de pérfidas toxinas), pensando que el consumo de ácidos grasos omega 3 hace más inteligentes a sus hijos y comiendo alimentos en función de su color, allá él o ella. Es lo que tiene seguir las recomendaciones dietéticas -muchas veces pagadas por empresas con intereses comerciales- de revistas del corazón o magacines televisivos dirigidos a una audiencia marujil. ¡Ya no hablemos de la creencia macrobiótica en la importancia del corte de una verdura para preservar sus propiedades nutritivas!

Para quien esté interesado en destapar esta farsa, nada mejor que la lectura del muy recomendable Mala ciencia de Ben Goldacre.  En un párrafo de este libro se lee: "No existe, en esencia, diferencia alguna entre la industria de los productos vitamínicos y las industrias farmacéutica y biotecnológica (...) Entre sus actores clave se incluyen empresas como Roche y Aventis. BioCare, la empresa de pastillas de vitaminas para la que trabaja el nutricionista mediático Patrick Holford, está participada por Elder Pharmaceuticals". Por si alguno pensaba que iba de alternativo, libre del manejo de las transnacionales, con sus chifladuras nutricionales.

Muchos somos vegetarianos principalmente por razones morales, no porque sea mejor para la salud (que, desde luego, lo es) ni porque ello suponga ser yin, yang, tener mejor aura o evitar que se te ponga el careto de Carlos Floriano. Es una opción ética para no ser corresponsable del sufrimiento de tantas personas (en la acepción amplia, la de Peter Singer, que no se limita a los humanos), incluidos los congéneres que pasan hambre mientras se desvían cosechas al servicio de la industria cárnica. Y nada más.

viernes, 8 de marzo de 2013

Los costes de pensar por libre (reflexión a cuenta de Peter Singer)

Ser un librepensador bien vale la pena, tanto por el placer de pensar por uno mismo como por la libertad de espíritu (aunque te encuentres encerrado detrás de unos barrotes o en un gulag). Sin embargo, no sale gratis. Pensar por tu cuenta supone un esfuerzo y requiere valentía, ya que trae consigo salirse del cálido espacio de confort del pensamiento convencional (de lo que te dijeron de pequeño en casa, en la escuela y en la iglesia y nunca te atreviste a cuestionar) para asomarse a caminos bacheados sin señalización y abismos vertiginosos. Por otro lado está el coste social, cuando osas transmitir tus ideas o reflexiones a tus congéneres. Porque muchas personas no te van a entender e incluso te van a tomar como un chiflado. Eso no es lo peor, ya que incluso puedes ser linchado socialmente por tanto cabestro incapaz de advertir los matices, de poner las cosas en su contexto, de diferenciar un aserto de una valoración, de comprender (en el sentido más amplio de la palabra). Steven Pinker refiere algunos ejemplos a este respecto en su libro La tabla rasa, como los ataques -en este caso, de izquierdistas biempensantes y feministas radicales- a quienes sostienen que la violación no solo es violencia sino también sexo. Estoy dando además por descontado que vivimos en una democracia: no hablemos ya de dictaduras o regímenes teocráticos, en los que te jugarías literalmente el pellejo.

Lo cierto es que uno puede hablar con la cabeza perfectamente amueblada de cuestiones como la liberación animal, el vegetarianismo ético, el Multiverso o incluso la posibilidad de que el Cosmos sea una simulación computada (una hipótesis metafísica no desdeñable). Bien diferente es llenarse la boca de chakras, reiki, tarot, chemtrails, alimentación en función del tipo sanguíneo o majaderías conspiranoicas. Ahí es donde están el criterio y la información de cada uno para saber distinguir una audaz conjetura o un pensamiento heterodoxo bien construido de simples gilipolleces sin más fundamento que el ratón Pérez o las apariciones marianas en El Escorial.

El filósofo australiano Peter Singer es un magnífico ejemplo de librepensador contemporáneo. Con la sola armadura de la razón y la intuición (que no deja de ser un modo ultrarrápido de razonamiento), nos desmonta tópicos, plantea contradicciones e ilumina nuevos caminos para su especialidad: la Ética. No va por sendas trilladas y siempre anda un paso por delante de pensadores como Savater (quizá por haberse molestado en leer textos de Biología y Etología para hacer reflexiones de índole moral), lo que le ha granjeado toda suerte de oprobios entre los cuales el ser considerado un monstruo quizá no sea el más desagradable.

En su polémico (¡cómo si no!) libro Ética práctica, Singer tiene un capítulo llamado "¿Por qué es malo matar?". Parece algo obvio para casi todo el mundo -salvo que las víctimas no sean humanas y se sirvan en la mesa con ensalada y papas fritas-, pero no lo es tanto si indagamos en el asunto sin condicionamientos doctrinarios previos y solo auxiliados por la razón. Singer nos invita a imaginarnos un caso muy especial: una persona sin familia ni nadie que le pueda echar de menos en el mundo está durmiendo en un paraje donde no hay nadie observando; de pronto, alguien le causa la muerte, sin sufrimiento alguno para la víctima (el fallecimiento es instantáneo) y sin que esta llegue a ser consciente en ningún momento de la amenaza sobre su existencia; el cadáver de esta persona nunca aparecerá y jamás se descubrirá lo ocurrido. 

En este supuesto, la aniquilación de una vida no va aparejada a sufrimiento alguno (ni de la propia víctima, ni de sus familiares, ni de eventuales testigos del crimen ni de la sociedad en su conjunto). Se podría objetar que se le ha arrebatado a la víctima la posibilidad de seguir viviendo, que se le han truncado sus proyectos vitales, sus eventuales momentos de felicidad en el futuro... Pero esa objeción es absolutamente desacertada, porque el asesinado no echará de menos lo que podría haber hecho y ya nunca hará. Llegados a este punto, considero necesario recordar que se trata de un mero ejercicio teórico: no significa que esté bien matar a alguien en esas circunstancias ni que Singer lo justifique o aliente de algún modo. Solo es un supuesto para hacernos reflexionar acerca de las raíces de la moral.

Una de las conclusiones principales de este libro es que el concepto de persona -cuyos intereses habrían de ser debidamente tenidos en cuenta- debe ensancharse para incluir a individuos no humanos (grandes simios y otros mamíferos inteligentes como delfines, ballenas, elefantes, etc.). Algo que filósofos católicos no dudan en despachar con esta contundencia: "Grotesca de suyo, no requiere más comentario" (sinceramente, a mí se me antoja mucho menos grotesca que la creencia en la virginidad de una madre). Desde luego, si por persona entendemos un individuo autónomo y consciente de sí mismo, que puede sufrir y gozar y se ve como una entidad diferenciada con un pasado y un futuro, no parece de recibo limitar el concepto a nuestra especie: eso sería especismo del más burdo (tan endeble de sostener como el racismo o el sexismo, hasta hace no mucho considerados como lo más natural por la mayor parte de la gente).

Esto que cuenta Singer es muy difícil de tragar para mucha gente, condicionada por sus creencias religiosas (o laicas) y los convencionalismos sociales. Intentar compartirlo entraña el riesgo ya apuntado al comienzo de este texto. En cierto modo sería como contarle a un amigo funcionario conservador con cuatro hijos que se ha casado por la Iglesia con su novia formal de toda la vida que vas a contraer nupcias por el rito balinés con tu amante bisexual de Taiwán para establecerte como corredor de apuestas en Oregón: lo más probable es que el amigo te mire con recelo (detrás del cual, por cierto, acaso se encuentre agazapada una insana envidia).

Una de las grandes ventajas de las redes sociales, tal como coincidía este lunes con mi amigo Salvador Casado en un memorable paseo-charla nada virtual por las sendas nevadas de La Barranca (al pie de La Maliciosa), es que te ofrece la oportunidad de conectar con personas de todo el mundo que están en tu misma onda. La misma ventaja que tienen, a su vez, quienes comparten afición por los chakras, el reiki, el tarot, los chemtrails o las majaderías conspiranoicas. Porque alienta mucho saberse acompañado y entendido por tanta gente de ahí fuera (aunque sean pocos relativamente).

domingo, 24 de febrero de 2013

Tarde de almendros floridos


Los almendros habían empezado a florecer. El aire tibio le acariciaba la cara y el cuello, alborotaba ligero sus cabellos, besaba sus ojos con mimo. El cielo era de un azul limpísimo. Era joven y estaba con ella en esa tarde tan plácida que se deshojaba en minutos interminables, junto al arroyo de aguas mansas que capturaba su alegría para llevársela multiplicada hasta el río y el mar, para llenar con ella los océanos y proyectarla a toda la tierra y el techo celeste y derramarla a velocidades hiperlumínicas hacia todos los confines del frío y negro espacio infinito. Cerraba los ojos agarrado a su mano, sintiendo el arrullo del agua y el zumbido de los abejorros, abarcando el universo entero y sacudido por un estremecimiento que se atrevía a llamar felicidad. Esa misma noche, con los almendros ya en tinieblas, ella le dijo que todo debía acabar entre ellos.

sábado, 16 de febrero de 2013

El universo de las eles

 "Me quedé dormido pulsando la ‘ele’ minúscula del ordenador. Al despertarme descubrí una sucesión de cientos de palitos en la pantalla; ya habían ocupado toda una página entera, y empezado la conquista de una segunda, cuando terminó abruptamente mi sueño. Debí dormir apenas un minuto, no puedo abandonarme por completo no sea que me pillen en una situación comprometida. Ahora me encuentro mucho más fresco, el sopor después de la comida es tremendo, más si cabe con el calor que ha empezado a hacer. Lo cierto es que con mi despertar he puesto fin a un universo en expansión, el de las ‘eles’ de mi pantalla. Todo empezó con la primera ‘ele’: no me acuerdo de cuál era la palabra que pretendía escribir al pulsar esa tecla, probablemente el artículo ‘los’ o el ‘las’. ¿Qué mas da?. Ése habría sido, en todo caso, el big bang de este singular universo: una vez pulsada la ‘ele’, y con la fuerza de mi pulgar aplicada inconscientemente sobre la tecla mientras dormitaba, comenzó la expansión. Quién sabe si dentro de alguna de las ‘eles’ llegó a desarrollarse, en alguna milmillonésima de segundo, alguna muestra de conciencia. Quizá toda una civilización, con su caballo de Troya, su biblioteca de Alejandría, sus tres cruces un atardecer en el monte del Gólgota, sus feroces hordas mongolas, su partido de pelota en un tlachtli maya, su hongo atómico sobre Hiroshima... Quiénes somos -los seres generados dentro de esa ‘ele’-, de dónde venimos, adónde vamos... Posiblemente alguno aventurara la hipótesis de un universo permanentemente expansivo (hipótesis desmentida por mi despertar) o en expansión hasta un determinado punto de inflexión o big crunch (igual de equivocada, porque al despertar lo primero que hice fue eliminar todo el bloque, no iba a suprimir las ‘eles’ una a una...). O sea, todo consistió en una etapa expansiva seguida de un pequeño estancamiento -apenas unos segundos que me quedé contemplando la pantalla tras despertar- y una súbita hecatombe. No sé si habrá memoria de la civilización o civilizaciones nacidas al amparo de mi trivial e irresponsable -que no inmerecida- siesta; desde luego, para mí, su creador -con el auxilio del ordenador, claro- carece de la menor importancia. Y todo lo ocurrido mientras yo dormitaba... ¡pues a saber! Si hubo teas humanas para iluminar el circo, pirámides de cráneos dispuestas a la entrada de las aldeas, niños arrojados sobre sables, ojos arrancados con cucharas oxidadas, cuerpos quemados vivos con napalm... A mí que me cuentan, yo sólo dormía. Ni siquiera quería crear nada, sólo tenía sueño después de comerme un primero de brócoli, un segundo de arroz negro y unas ricas fresas al vino (menú del día del Paniza, 7 euros)..."


(Fragmento de El último dodo).
Más de El último dodo

sábado, 9 de febrero de 2013

e-pelotas

Hace tiempo que constato que los escritores y artistas más populares en las redes sociales cuentan con un segmento de seguidores incondicionales dedicados a aplaudir con entusiasmo todo lo que escriban o hagan: da igual qué y cómo. Este aplauso incondicional llega a ser a veces sonrojante, y sus receptores deben darse cuenta de ello si no les ciega la vanidad. Creo que se puede hablar con propiedad de la figura del e-pelota cultural, correlato digital de su bien conocida modalidad analógica.

Hace ya más de veinte años, en un acto celebrado en el entonces Centro Insular de Cultura del Cabildo de Gran Canaria, un joven cineasta de la isla (primo-hermano del hijo de un famoso político socialista catalán*) presentaba una obra realizada en colaboración con una conocida directora de cine peninsular ya fallecida. Un asistente al evento, en el que me encontraba, no dudó en calificar en público al joven director como "el Mozart canario". Era difícil no ser asaltado por una intensa vergüenza ajena ante tamaña desmesura.

Pues esto pasa a menudo en Internet cuando salta a la palestra, con un nuevo tuit o un comentario en Facebook, algún creador con cierta fama (que es lo que de verdad atrae a los e-pelotas). Desde luego, este necesita alimentar su autoestima, pero también le interesa que quienes le aprecian o admiran sean críticos con su trabajo. Si no es así, corre el riesgo de creerse que todo lo que hace es sublime (lo cual es imposible, por mucho talento que se tenga). Y eso no debe ser bueno, no solo para su equilibrio psicológico sino también para la calidad de lo que hace.

*Fue precisamente el hijo de este político, en una fiesta hace casi diez años en la casa de un amigo en Majadahonda, quien me informó de dicho parentesco en una conversación en la que también hablamos de los uigures.

jueves, 31 de enero de 2013

Curiositae vitae

Hace unos años me ocurrió algo muy curioso que algunas personas -caso de Samu P.- se resisten todavía a creer. Era una noche de verano y me encontraba tumbado en la hamaca de mi terraza. Me había quedado dormido. Empecé a despertarme al confundirse con mis sueños unos acordes familiares, que identifiqué claramente como los de Bridge over troubled waters de Simon & Garfunkel. Pensé que algún vecino habría puesto la radio, pero pronto me di cuenta de que el sonido venía directamente desde la calle y que su emisor no podía ser otro que... ¡el mismísimo Art Garfunkel! El verano anterior había tenido la oportunidad de oír en la terraza otra voz célebre, la de James Brown, aunque esta vez no me pilló dormitando y fui consciente desde el principio de que era él (se murió al año siguiente, así que pudo haber sido su última actuación en España). Ambas actuaciones eran parte del programa musical del ya desaparecido Galapajazz, que llegó a ser toda una referencia en los veranos jazzísticos de este país.

Haciendo recuento de curiosidades vitales me vienen a la cabeza estas otras anécdotas pintorescas (todo el mundo tiene las suyas, a veces fruto del azar y en no pocas ocasiones propiciadas por uno mismo):

-Sacar una foto a Juan Pablo II en una de sus audiencias semanales en la plaza de San Pedro, rodeado por mis compañeros y profesores del Colegio Claret de Tamaraceite.
-Ser perseguido y detenido en la calle con quince años de edad por el compositor de la canción eclesial Somos un pueblo que camina (Emilio Vicente Mateu), por entonces director del Colegio Claret de Las Palmas. Llamados a su despacho días más tarde, nos perdonó a Carlos y a mí por la estúpida chiquillada de dar la tabarra cada noche tocando el timbre del colegio.
-Llamar de vez en cuando desde cabinas a mi número de teléfono con el prefijo de Perth (Australia): de jovencito me fascinaba ese fugaz contacto con las antípodas. Todavía a principios de los años 80, las cabinas te permitían hacer llamadas sin dinero y escuchar un segundo al interlocutor antes de que se cortase la comunicación.
-Sembrar el pánico entre los monitores de vela de un curso-acampada en Veneguera, tras cargarme un día la quilla (por meterla, ignorando las normas, muy cerca de la orilla) y al siguiente la botavara de sendos botes de Optimist.
-Tener a mi lado, dentro de una oficina de la Caja de Canarias, fajos de billetes por importe de más de 200 millones de pesetas. Fue precisamente por esas fechas cuando El Dioni dio el golpe de su vida.
-Pagar el subsidio de desempleo, en la susodicha oficina, a la hija mayor de la Dulce Neus.
-Recibir de manos de Tom Sharpe en el Teatro Guiniguada, tras pedírselo expresamente, un autógrafo en afrikaans: Pas op voor de Tom Sharpe! (¡Cuidado con Tom Sharpe!).
-Hablar desde el parque Santa Catalina con Diego Armando Maradona, asomado al balcón de la habitación del hotel Santa Catalina (el mismo desde donde Gregory Peck arrojó un piano al vacío en 1954 durante el rodaje de Moby Dick) que compartía con Lobo Carrasco.
-Concertar por teléfono con el periodista Pepe Navarro una cita en el susodicho hotel para hacerle una entrevista para un periódico escolar inexistente (el mismo periódico inexistente para el que entrevistamos por esas fechas a Butragueño y a casi todos los jugadores del Barça -incluidos el presidente Núñez y el vicepresidente Casaus- excepto el huidizo Maradona). Finalmente no fui a la cita con Navarro, y la verdad es que no recuerdo por qué.
-Charlar en el aeropuerto de Málaga con un Pablo Carbonell en estado de ebriedad, recién bajado de un avión con un ejemplar de Diario 16 con un gran manchón rojo. "Oye, ¿aquí toca esta noche George Michael?", le pregunté. "Sí, es nuestro telonero", me respondió.
-Tener que pegar un volantazo en San Isidro (Gáldar) al irrumpir en la carretera... una iguana que sin duda se había escapado de la cercana Reptilandia.
-Hacer esta pregunta en una rueda de prensa en Las Palmas, para su estupor, a Antonio Gutiérrez (entonces secretario general de CC.OO.): "¿Qué opina usted de la reforma de la Administración?".
-Ser retratado con José Miguel Santos frente al MIT de Massachusetts por el entonces estudiante dominicano Feniosky Abelerí Peña Mora.
-Coger en Miami un listín telefónico, llamar a alguno de los Fabelo que allí figuraban (¡eran unos cuantos!) y charlar unos minutos en español con una señora Fabelo.
-Encontrarme en el aeropuerto JFK de Nueva York a un antiguo compañero del colegio y no cruzar palabra alguna con él desde allí hasta Las Palmas vía Madrid.
-Encontrarme a otro excompañero del Claret en la calle Madrid de Getafe y saludarme sin detenerse como si nos hubiéramos visto en la calle Mesa y López de Las Palmas.
-Escribir en 1994 un reportaje sobre los estudiantes canarios en Madrid para Tiempo y advertir, 18 años después (solo porque me lo dijo mi compañera de trabajo Susana), que uno de los de la foto era el cineasta Mateo Gil (por cierto, el del centro es Pepe Naranjo, ahora informando desde Mali).
De derecha a izquierda, Mateo Gil, José Luis Pestana, Pepe Naranjo y dos chicas cuyo nombre no recuerdo.

-Asistir con Julio Oliva ese mismo año a la grabación en directo de un ¡Hola Raffaella! en Prado del Rey por el que te daban 500 pesetas (a cobrar en Prado del Rey un mes más tarde; obviamente no fuimos, porque descontando el transporte se quedaba en casi nada) y no recuerdo si también un bocadillo.
-Estar dentro de un Seat Arosa, con un fitipaldi de Gaceta universitaria al volante, haciendo trompos en un descampado de Lanzarote (en la isla se celebraba la presentación nacional del coche, a la que me mandó mi jefe desde Madrid). "Afloja un poco", le dije cuando el acojone pasó a ser más fuerte que el embarazo.
-Ir de paquete a 160 km por hora por la M-40, en la moto del susodicho jefe, y llegar a dar mi vida por perdida. Pese a todo, no llegué a agarrarme de su cintura.
-Ver abandonar el estadio a un casi desconocido Samuel Eto'o, rodeado de un grupo de chavales de Leganés que le decían "Eto, Eto, Eto, nos vamos al bareto", tras un Leganés-Las Palmas de 1998.
-Preparar cada sábado para uno de los clientes de la cantina del Erdington College de Birmingham un sandwich de papas fritas con mantequilla.
-Ir a Miranda de Douro (Portugal) a escuchar gente hablando en mirandés.
-Buscar y encontrar en Estambul una persona que hablaba ladino.
-Descubrir en Internet que un tal Nicholas Fabelo reposa en un cementerio de Nueva York y una tal Nicolasa Fabelo en un cementerio de Florida. Y, de paso, hacerme amigo en Facebook de un ciudadano estadounidense llamado Nicolás Fabela.
-Escribir una novela (El último dodo) en horario laboral.
-Encontrarme sentado en un banco de una calle de Madrid a un tipo solitario con aspecto de vagabundo, sonarme su cara, acercarme a él y charlar un rato amigablemente presentándome como grancanario de Las Palmas: era el tinerfeño Manuel Hermoso, expresidente de Canarias.
-Impartir clases en el Campus de Colmenajero de la Universidad Carlos III a, entre otros alumnos, un chico tártaro y otro sobrino-nieto de Antonio Buero Vallejo.
-Encontrarme junto a un contenedor de la basura de Parquelagos un ejemplar de El jardín de los Finzi Contini (Giorgio Bassani), libro que había leído hacía más de veinte años con mucho gusto. Al poco tiempo pasó por casa José María, camino de Inglaterra, y me le pidió prestado: no he vuelto a ver el libro.
-Llegar a conocer personalmente a gigantes de la política española como Manuel Fraga, Santiago Carrillo y Alfonso Guerra.
-Entrar con sigilo durante cinco semanas en el Estudio 1 de RNE en Prado del Rey a sacar fotos de los invitados de Juan Ramón Lucas (entre ellos, Natascha Kampusch, que no ocultó su incomodidad por tener una cámara enfrente).
-Sacarnos en el trabajo una histórica foto con Ana Obregón, poco antes de asistir con ella a la inauguración de un congreso dedicado al legado intelectual de Oswald Spengler (bueno, esto último es falso, pero qué más da).
De izquierda a derecha, Alberto Fernández, David Ramos, Anica, servidor y Agustín Alonso.

-Encontrarme en el suelo, en un descampado cerca de casa, una moneda de cinco dracmas.
-Ser amonestado por un guardia civil por andar por la carretera por la derecha en uno de mis paseos campestres por la sierra de Madrid...

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