viernes, 22 de abril de 2022

La hipótesis Casado-Fabelo: la muerte como asíntota

Hace ya unos años, durante una caminata campestre en compañía de mi amigo Salva (el conocido médico bloguero Salvador Casado), fue pergeñada la que me tomaré la licencia de acuñar como hipótesis Casado-Fabelo: la aplicación del concepto de relatividad a la fase final de toda consciencia individual.

La hipótesis sostiene que la muerte de un ser vivo podría suponer el inicio del acercamiento asintótico de su consciencia a una singularidad, una vez traspasado el horizonte de sucesos de esta (horizonte del que la consciencia individual, en proceso de extinción por la muerte de su cuerpo físico, ya no tendría posibilidad de salir). Al aproximarse a esa singularidad, el tiempo de esa consciencia jerárquicamente superior (la que se siente a sí misma como un yo) se curvaría cada vez más, como lo hace la luz al acercarse a un agujero negro. Esto alargaría su tiempo interior subjetivo de un modo que permitiría repasar toda una vida conclusa en un tiempo infinito que, a ojos de un observador externo, serían unos pocos segundos. Todo lo vivido podría pasar ante los ojos de la consciencia en ese viaje asintótico rumbo a... ¿la nada?, ¿una consciencia pura universal?, ¿ambas cosas, que serían lo mismo?...

domingo, 20 de marzo de 2022

Guerra en Ucrania: otra vuelta de tuerca a mi hobbesianismo



Los acontecimientos en España y en el mundo en los últimos años (desde el Brexit y la elección de Trump y Bolsonaro hasta la pandemia covídica y la invasión rusa de Ucrania) han reafirmado no solo mi temor a la peligrosidad de la estupidez humana sino también mi hobbesianismo. Vengo diciendo en este blog desde hace una década que la hijoputez es una constante que hay que asumir (no es algo erradicable) y combatir sin demasiadas contemplaciones: no hay que excluir la cadena perpetua o el eventual envío de algún dron.

No voy a decir sobre Ucrania nada sustancialmente diferente a lo que ya comenté sobre dramas como el de los refugiados sirios o el de los elefantes masacrados. Los componentes del juego siempre son los mismos: codicia, ignorancia, estupidez, maldad y, en este caso, también fanatismo nacionalista (por fortuna, como contrapunto que hace que vivir valga la pena, también están la integridad, la compasión y el altruismo). Y siempre pasa igual: desde tipejos que extorsionan, engañan o maltratan a los refugiados ucranianos (como otros ya hacían con los sirios) hasta mercenarios llegados al escenario bélico para hacer de las suyas (a todo mercenario -alguien que cobra por ir a matar- solo se le puede desear la muerte, para así proteger a personas, animales, plantas y cosas) pasando por gentuza que en todas las escalas sociales pretende obtener ganancias a río revuelto.

Cuando estalla una guerra es la gran hora de psicópatas ramboides como el grupo armado ruso Wagner o el batallón neonazi ucraniano Azov. Gente de la peor ralea abandona el gimnasio, la puerta de la discoteca y el fondo del estadio de fútbol para ir a pasárselo bien, a diferencia de los pobres chicos reclutados a la fuerza o de los militares profesionales con principios. Siempre me opondré a esa visión del "todos podemos ser unos monstruos" sostenida por no pocas personas inteligentes y con conocimiento, desde Pablo Malo a Arturo Pérez Reverte. Muchos no somos unos santos e incluso podríamos llegar a ser muy dañinos, presa de alguna enajenación mental o de la rabia desatada frente a un asesino. Pero de ahí a regodearse torturando y acabando con la vida de un inocente hay un abismo. Huelga señalar que un niño de cuatro años o una persona normal de cualquier edad (con todos sus defectos y pequeñas o medianas mezquindades) son inocentes y que Franco, Stalin, Gaddafi o Sadam Hussein son culpables (de hecho, todos ellos llegaron arriba gracias a la ventaja conferida por su psicopatía), tanto como ejecutores secuaces de la calaña de Billy el Niño, la torturadora norteamericana en Irak Lindie England o el cortacabezas ceutí de Estado Islámico.

Insisto: tenemos que neutralizar con todos los medios a nuestro alcance, algunos de ellos necesariamente letales, a quienes disfrutan causando sufrimiento al prójimo (también a quienes lo hacen por puro interés o por una convicción ideológica o religiosa, aunque en este último caso se trate de agentes morales). Y a quienes los instrumentalizan en las altas esferas para ejecutar sus planes criminales. Y protegernos de los imbéciles, inconscientes y desaprensivos que les dan cobertura, ya sea en un púlpito religioso, en una emisora de radio o en un colegio electoral a la hora de votar. Poniendo el ejemplo de Ruanda 1994, hay que arrebatar el machete al asesino (si no hay otra opción, a tiro limpio) y mandar a La Haya al político y al agente mediático (Radio de las Mil Colinas) que lo instiga. Y ya de paso implantar una epistocracia, aunque ese es otro debate (Trumps, Dutertes, Johnsons y Bolsonaros jamás llegarían al poder en democracias con voto cualificado)...

Ya dije que en Ucrania el esquema es el mismo que en el caso de los elefantes. Los imbéciles o inconscientes que demandan marfil son en Ucrania los ultranacionalistas que quieren erradicar la lengua rusa; y en Rusia, quienes apoyan en las urnas a un sátrapa. Los desaprensivos que ofertan marfil son quienes en Ucrania intentan aprovecharse de los refugiados y desprecian a los inmigrantes subsaharianos, y quienes en Rusia son cómplices de las atrocidades de Putin. Los más bestias son los que disparan a los paquidermos y los que masacran a gente haciendo cola por el pan (no creo que Putin dé órdenes de hacer eso, no porque le preocupen esas vidas sino porque no le conviene mediáticamente). Como siempre, mueren los elefantes y muchos humanos inocentes: Homo homini lupus (Homo hijoputensis y Homo fanaticus, para ser más rigurosos, ya que malvados y fanáticos siempre han sido una minoría; los estúpidos que les dan cobertura sí que son más numerosos).

Vuelvo a repetirlo nuevamente, por si no quedó claro: un mercenario de Wagner o un francotirador de Sarajevo son CULPABLES. Así pues, una misma bala es moralmente ambivalente: es mala cuando es disparada desde un balcón contra un transeúnte inocente en la capital bosnia; es buena cuando es disparada hacia ese mismo balcón contra quien se dedica a matar indiscriminadamente (algo propio de un psicópata o un sádico).  

Pérez Reverte ha visto muchas cosas feas y conocido la cara humana de algunos  matarifes (Hitler también era cariñoso con sus perros), pero no llegó a estar en un campo de concentración nazi como Viktor Frankl. Recordemos sus palabras al respecto:

"Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: "raza" de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero, asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración".


miércoles, 9 de marzo de 2022

Sobredeterminacion, subdeterminación, pampsiquismo y libre albedrío

Cuando una persona tira del pomo de una puerta al mismo tiempo que otra empuja desde el otro lado, el resultado es que dicha puerta se abre. La cuestión es: ¿cuál fue la causa de su apertura?... Cualquiera de las dos acciones podría ser reivindicada como causa, ya que por sí solas (aunque actuando de modo diferente: la una, tirando; la otra, empujando) habrían tenido el mismo efecto. Hablamos de sobredeterminación porque observamos varias causas (en este caso, dos) de un efecto, pero una de ellas (cualquiera de las dos) ya es suficiente por sí sola para que se produzca. Ejemplo parecido, pero más macabro, es el del pelotón de fusilamiento. Cuatro fusileros disparan contra una persona, causándole la muerte. Pero cualquiera de los disparos, si van dirigidos a partes vitales, sería por sí mismo suficiente.

Caso contrario sería el de la subdeterminación, cuando hay causas ocultas o desconocidas de un efecto que nos impiden preverlo con certeza: no contamos con la información suficiente. Imagina que sabemos positivamente que alguien se va a gastar justo 100 euros entre comida y bebida en un restaurante cuya carta de precios tenemos a mano. Pero con esa sola información (desembolso total y carta de precios), ¿cómo saber lo que ha consumido?... Hay un cierto número de posibles combinaciones de la carta que arrojarían ese gasto de 100 euros, pero la información de que disponemos no es completa: no nos permite saber qué combinación será la elegida.

Vayamos ahora a un ejemplo más interesante, relacionado con la consciencia. Si un estado físico P ejerce sus poderes causales sobre un estado mental M, que a su vez los ejerce sobre un estado físico P', ¿podríamos concluir que M es suficiente para que se produzca P'?... Si así fuera estaríamos ante un caso de sobredeterminación, porque el poder causal de P no sería necesario (bastaría con M). ¡Pero M es a su vez efecto de P! Los materialistas sustentan en ello su hipótesis de que la mente emana de la materia y carece de poderes causales, aunque así pudiera parecer. 

Mi idea es que la sobredeterminación no existe nunca; a diferencia de la subdeterminación, que está siempre presente en nuestro tránsito por el mundo físico. Tendemos a aceptar la primera por la simplificación extrema del mundo brindada por el cerebro a nuestra mente consciente. En el ejemplo de la puerta, nos limitamos a constatar que se abra o no, cuando lo cierto es que hay infinidad de maneras de abrirse (con más o menos amplitud, rapidez, brusquedad, etc.). O sea, al tirar y empujar al mismo tiempo ninguna de esas dos fuerzas es por sí sola suficiente para el particular efecto consiguiente: ambas coadyuvan y son necesarias. Y además nos encontramos con subdeterminación porque desconocemos otras muchas causas coadyuvantes, desde luego menores (corrientes de aire, fricción de la puerta y del pomo...) pero no por ello irrelevantes para el resultado final. Eso sin contar las causas previas a esas causas, desde una vuelta adelantada del trabajo a casa de una de las personas al deseo de la otra de comprar chuches en el chino de abajo. A su vez causadas por un monumental enfado en la oficina (por una discusión sobre Tolstoi, a su vez erigido en causa) o la previsión de ver una película iraní en Netflix (tras ser informado telefónicamente por un amigo al respecto). Lo mismo es aplicable al pelotón de fusilamiento (hay muchísimas formas de morir fusilado, la mayoría de ellas indistinguibles macroscópicamente) y al caso de la consciencia.

Si adoptamos un enfoque monista en el que solo existe la mente-materia, no tiene sentido hablar de M, P, M' o P' sino de MP o MP' (porque mente y materia son dos caras de una misma y única cosa). MP' es pues efecto de MP. Y aquí es donde encaja la hipótesis pampsiquista: la materia es la cara de una moneda cuya cruz es la mente, una moneda que toma decisiones y ejerce una cierta cuota de albedrío (limitada por el albedrío de otras monedas y por las leyes físicas). La subdeterminación obedece a que no podemos saber que hará a cada momento cada moneda de la superred jerárquica de agentes conscientes del universo (desde un electrón hasta quien lee estas líneas): solo manejamos probabilidades. Pero no hay sobredeterminación alguna: el mundo es un producto de la acción combinada de todos esos agentes, cada una de las cuales (cada acción) es estrictamente necesaria amén de no suficiente por sí misma.

sábado, 26 de febrero de 2022

Cisnes negros y Ucrania


Mi abuelo Nicolás, fallecido en 1980, jamás podría haber imaginado un titular de la guisa de "Rusia ataca Ucrania": hace 40 años eso solo podría ser concebido por un escritor de ciencia-ficción y ucronías distópicas como Philip K. Dick. Pero el mundo es caótico e imprevisible, no deja de haber cisnes negros y sorpresas (me pregunto si hubiese considerado más disparatado el hecho de que un desconocido equipo de Tercera -el Villarreal- se quedara a un paso de la final de la Copa de Europa en 2006).

Como decía ayer en la tele el exministro de Defensa Eduardo Serra, mucha gente se ha creído que la guerra en Europa es necesariamente cosa del pasado. La paz nunca es un estado natural de los asuntos humanos o una conquista definitiva: hay que esforzarse siempre en mantenerla (como los equipos se esfuerzan por no bajar a Segunda) con las instituciones adecuadas, algunas de ellas de naturaleza coercitiva. El problema es que en Europa occidental, tras la Segunda Guerra Mundial, nos hemos acostumbrado tanto a la paz que hemos llegado a creer que esta es irreversible. Y no lo es, insisto.

Sin perder de vista el sentimiento imperante en Rusia (no del todo infundado) de que Occidente les ha acorralado y faltado al respeto tras la caída de la URSS, el principal culpable de esta guerra es el nacionalismo. Para no variar. Un nacionalismo instrumentalizado en este caso por un sátrapa sin escrúpulos, con vocación de zar, que al menos puede presumir de haber devuelto el orden y cierta prosperidad a un país destrozado moral, económica y socialmente hace 20 años.

Esta invasión ha sido perfectamente calculada por Putin (no es un agente irracional, como ha dicho nuestro ministro de Exteriores) para dar un golpe en la mesa y devolver a Rusia el rol de superpotencia a la que no se puede chulear o ningunear. Está claro que el camino de Ucrania hacia la OTAN era una línea roja para él y mucha gente en Rusia. Y esto es comprensible. Pero otra cosa es invadir el país con tamaña brutalidad para imponer su neutralidad y de paso anexionarse un buen tajo, dentro de su plan de revivir la Unión Soviética en clave nacionalista rusa y cristiano-ortodoxa.

Una enseñanza que hay que sacar de lo ocurrido es que Europa tiene que unirse políticamente y dotarse de un ejército común coordinado con la OTAN, una pieza insustituible ahora misma de nuestra defensa y de la seguridad colectiva mundial.

Otra es que no se debe partir en dos una sociedad compleja, con al menos dos almas dentro (una de ellas, rusa), con una decisión divisiva como la de acercarse a la OTAN. Eso solo alimenta nacionalismos antagónicos. El caso de Ucrania tiene ahí semejanzas con Cataluña, donde la convocatoria de un referéndum por la independencia fue el acto divisivo que alimentó nacionalismos encontrados. Por fortuna, en nuestro país la cosa no fue a mayores (amén de no tener potenciales efectos globales).

Un incierto futuro se abre ante la aterrorizada Ucrania, con las inevitables implicaciones (sobre todo en términos de refugiados y desplazados) en su vecindad. Pero mi gran temor es que el agente racional (aunque sin escrúpulos) Putin cometa el error de creer que una pequeña escaramuza intimidatoria en Finlandia o Suecia, para frenar un posible ingreso exprés en la OTAN (ya se lo plantean allí con buenas razones), no le saldría muy cara al no estar estos dos paises bajo el paraguas defensivo de la Alianza: eso sería un 1 de septiembre de 1939. Esperemos que el cisne negro de una Tercera Guerra Mundial no salga del espacio imaginario de las ucronías distópicas.


viernes, 17 de diciembre de 2021

La insólita alianza transversal que amenaza nuestra democracia



Es impopular decir que subestimamos el número de idiotas a nuestro alrededor, tal y como reza la primera ley sobre la estupidez de Carlo Cipolla. Pero no por impopular es menos cierto: hay más tontos de lo que pensamos. La pandemia ha abierto los ojos a muchos que se resistían a aceptarlo. Algunos ya se dieron cuenta años atrás con sucesos como el Brexit, la victoria en EEUU de Donald Trump (y la grotesca traca final de su presidencia) y el procés en Cataluña. Siempre ha habido ignorantes y tontos, amén de energúmenos, pero nunca han hecho tanto ruido y tenido tanto poder como ahora gracias a la combinación de sufragio universal, Internet y redes sociales.

A día de hoy, muy cerca de la llegada del 2022, no es exagerado afirmar que la democracia y la seguridad en el mundo desarrollado están amenazadas por una legión de ignorantes e idiotas. Carl Sagan ya nos avisó hace décadas de los riesgos de una sociedad basada en la ciencia y la tecnología pero con una numerosa población ignorante y crédula: "Antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara". "Estamos a disposición del primer charlatán que nos pase por delante", dijo también de manera profética, como si vislumbrara el ascenso de individuos de la talla de Trump, Boris Johnson o Puigdemont. Un ejemplo de manual de las nefastas consecuencias de la pinza ignorancia-estupidez es el Brexit (también el procés, pero este, por fortuna para Cataluña y España, no salió adelante), un disparate consumado a base de mentiras a cuál más grotesca que amenaza no solo con hundir la economía británica sino con destruir la unidad territorial del Reino Unido. Pero el "bendito pueblo" (Pablo Iglesias dixit) habló...

No saber cuál es la capital de Francia, quién era Charles Darwin o cuál es la fórmula química del agua es propio de un ignorante, pero creer que la Tierra es plana o que hay microchips en las vacunas contra el covid-19 entra ya de lleno en otra categoría: la de la estupidez. Muchos terraplanistas y negacionistas del coronavirus no son propiamente estúpidos, ya que sus facultades cognitivas no están mermadas, sino más bien gente abocada a la estupidez por su fanatismo y cerrazón. La ignorancia tiene remedio, no así la estupidez. Por su parte, el fanatismo y la cerrazón tienen muy difícil cura.

Lo cierto es que una causa políticamente transversal hace que se junte en 2021 en las calles y en las redes sociales, para combatir al demonio de las élites globalistas-vacunacionistas comandadas por Soros y Gates, una variopinta mezcla de nacionalpopulistas, apolíticos irresponsables sin criterio, vándalos, ecomagufos, conspiranoicos y extremistas de izquierda. Esta gente ya estaba ahí desde hace mucho, pero no iban más allá de pasear sus banderitas (con toro, esteladas, soviéticas...), exhibir con orgullo sus rancias tradiciones (rejonear a una vaquilla, empujar al mar a un toro...), quemar gasofa con sus coches tuneados (como los chalecos amarillos franceses), ver Mujeres, hombres y viceversa, arrojar pilas usadas a la calle o la nevera vieja al barranco (muy típico de los cafres en Canarias), decir que todos los políticos son iguales, votar a John Cobra para Eurovisión, destrozar mobiliario público tras un partido de fútbol, consultar el horóscopo, tomar sesiones de reiki a distancia, comprar sal rosada del Himalaya, seguir a Íker Jiménez, vigilar con prismáticos los chemtrails o fumigaciones desde el cielo, culpar de todo a la CIA y el Estado de Israel, acusar de fascista a quien opina diferente (en Euskadi sí iban más allá de esto hasta hace no mucho)...

Dicha amalgama se aprecia sobre todo en Alemania, pero también se está manifestando en Francia, Italia, España... Sería simplista atribuir el fenómeno solo a la estupidez, el fanatismo y la ignorancia, obviando que hay un malestar social de fondo entre los perdedores de la globalización en el mundo rico. Porque los Miguel Bosé y los pijipis que compran sal del Himalaya son una minoría dentro del movimiento. Ese malestar queda muy bien reflejado en el poema del inglés brexiteer Chris McGlade, un tipo que no parece mala persona y a quien solo se le puede reprochar ignorancia y una cierta tosquedad (de la que se enorgullece como buen obrero del norte de Inglaterra). Alguien que dice alguna verdad incómoda, como cuando critica la ultracorrección política, y que expresa un sentimiento de humillación ante gente con estudios y más elevada condición social que le marcan cómo ha de actuar, pensar y hablar (cada vez que en España Irene Montero insta a decir niñes, un obrero decide votar a Vox). La mayoría de estas personas no son, es importante subrayarlo, ni fascistas ni mala gente. Su ignorancia les facilita comprar el discurso simplón nacionalpopulista que achaca todos sus problemas a los inmigrantes, la Unión Europea y un supuesto nuevo orden mundial de tintes siniestros. Buena parte del éxito del nacionalpopulismo estriba en erigirse en representante de esas clases sociales de Occidente golpeadas por la globalización y que se sienten despreciadas por las élites (aunque los líderes nacionalpopulistas sean multimillonarios como Trump o niños de papá como Johnson).

Lo más grave de esta nueva alianza que junta a extremistas de ambos signos, neojipis y puros ignorantes sin más adjetivos es su impermeabilidad a la razón. Lo que hay detrás es el fracaso de un sistema educativo que no ha sabido formar a ciudadanos con espíritu critico ni promover una cultura científica. La ciencia ha sido arrumbada por la proliferación de pseudociencias y otras mierdas esotéricas (los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad a este respecto). El declive de la religión en Occidente no ha venido acompañado de un auge de la racionalidad, ya que la religión tradicional ha sido sustituida por mucha gente por una neorreligión pret a porter en la que uno elige a la carta dentro de un amplio menú de sandeces: reencarnación, auras, cartas astrales, males de ojo... 

La quiebra del principio de autoridad ha contribuido a llevarnos a esta situación: lo que diga hoy un experto (no confundir con muchos tertulianos que cuñadean en la tele) no tiene más crédito social que lo que cuente un influencer ignorante. Esta es una sociedad en la que priman los clicks y los likes, en la que no venden la reflexión, el conocimiento y la profundidad sino el grito, el espectáculo, la superficialidad y la apariencia, en la que 2+2=5 si así lo decide la mayoría. Pero no nos engañemos: el 2+2=5 es incompatible con la pervivencia de una civilización tecnológicamente avanzada (al menos con una democrática, quizá sí con una autoritaria en la que no haya derecho al voto y sea obligatorio vacunarse). Sagan ya nos avisó. No podremos alegar que era imprevisible.





sábado, 6 de noviembre de 2021

Bendita Nada


Aunque beben de las mismas fuentes filosófico-teológicas, budismo e hinduismo difieren en lo que respecta al concepto de nirvana: para el primero, supone la extinción de la consciencia individual, su disolución en la nada; para el segundo, su reintegración en una consciencia cósmica. Pero ambas visiones no son incompatibles: la reintegración de la consciencia individual (Atman) en una consciencia universal (Brahman) podría serlo a su vez con la nada. Algo parecido apuntó en el siglo IX el monje irlandés Juan Escoto Erígena, que coqueteó con el panteísmo y estableció una osada identidad entre la nada y Dios. Siglos atrás, en oposición a Parménides, el también griego Leucipo había sido pionero en considerar a la nada como algo.

La Nada (no el vacío cuántico, siempre en ebullición, sino la pura nada) trasciende el espacio y el tiempo, por lo que para nosotros resulta inconcebible. Podemos imaginárnosla cerrando los ojos, tapándonos los oídos, cegando el resto de nuestros sentidos y sensaciones internas (cenestesia). Quedaría aún la consciencia personal, nuestra sensación de existir individualmente, que habría que borrar para llegar a ese inefable estado en el que sujeto y objeto se confundirían.

En la propuesta metafísica que expongo en mi libro Entre la Nada y el Todo: consciencia y evolución en el Multiverso, la Nada es un elemento clave para la existencia del Todo y de cada una de sus manifestaciones universales. Es una visión panenteísta en la que la consciencia (llámala Dios, si lo prefieres) informa el mundo material (como consciencia materializada) pero mora también más allá de este en la Nada (como consciencia pura).

En este esquema habría pues tres entes ontológicos: la Nada (la consciencia pura), el Todo (un objeto abstracto multiversal de naturaleza platónica, idéntico al espacio de posibilidades) y el Mundo (un objeto físico producto de una computación sobre el Todo informada por la consciencia). La computación, junto a todas las verdades matemáticas, sería un atributo de la consciencia pura. El Mundo estaría habitado por consciencia materializada (desde la de un quark o electrón hasta la tuya emergente personal) cuya raíz sería la consciencia pura. 

El vínculo entre la Nada y el Todo podría expresarse con una bella metáfora: el sueño de Vishnu. La consciencia pura sueña todos los mundos posibles, un revoltijo abstracto sobre el que toda consciencia materializada navega, a modo de un jugador en un videojuego, gracias al espacio y el tiempo. En el caótico totum revolutum del sueño de Vishnu no hay coherencia, propósito ni sentido: estos solo son posibles en un universo con un viaje ordenado de la consciencia a través del tiempo, ese filtro o tamiz del objeto multiversal que impide que todos los sucesos del mismo ocurran a la vez (una feliz ocurrencia del escritor de ciencia-ficción Ray Cummings, adoptada por el gran físico John A. Wheeler).

Tal vez la conciencia pura quiera salir de la Nada para saber lo que es ser algo en todas las formas posibles. Para descubrir el mal, el sufrimiento, el odio y el sinsentido, pero también el bien, el placer, el amor y el propósito.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Monográfico sobre el pampsiquismo en el 'Journal of Consciousness Studies' (en torno a 'El error de Galileo' de Philip Goff)

(Imagen de David R. Ingham)

Si se me apareciera un gnomo por el campo y me prometiese una respuesta certera a cualquier pregunta profunda, pero solo a una (como la supercomputadora de Guía del autoestopista galáctico), tendría pocas dudas de cuál sería: ¿Qué es la consciencia? La resolución de ese misterio podría arrojar luz sobre otros interrogantes, como por qué existe algo en vez de nada, cuál es el origen y destino del universo, qué es el tiempo o si hay algún hueco para el libre albedrío.

El filósofo inglés Philip Goff vive con pasión su búsqueda de respuestas a ese respecto. Pampsiquista russelliano, Goff propone poner los cimientos de una ciencia de la consciencia posgalileana que atienda a la cara subjetiva e interna del fenómeno: la de la experiencia, que no es cuantificable por tener solo propiedades cualitativas (qualias como la rojez, la aspereza en el tacto, el sabor amargo, el dolor o el placer). Porque Galileo fijó los límites de la naciente ciencia moderna dentro de lo observable y mensurable, dejando deliberadamente fuera a la consciencia, que sería la naturaleza intrínseca de la materia conforme al esquema de Russell y Eddington (un planteamiento monista, ya que mente y materia serían las dos caras -una interna y otra externa- de la misma cosa).

Goff ha convocado a científicos, filósofos y teólogos para una edición especial en octubre de la Journal of Consciousness Studies destinada a debatir sobre su libro El error de Galileo, el pampsiquismo y las posibles bases de esa nueva ciencia de la consciencia: más de la mitad de los 19 ensayos remitidos (redactados por científicos y pensadores tan reputados como Carlo Rovelli, Sean Carroll, Lee Smolin, Anil Seth, Christof Koch, Annaka Harris, Keith Frankish o Galen Strawson) ya pueden leerse online. Lo que sigue son mis comentarios acerca de buena parte de ellos, así como de otros enfoques teóricos no incluidos. Unos comentarios basados en una visión monista pampsiquista no determinista que es la que desde hace un tiempo (yo antes no creía en el libre albedrío) me resulta más convincente.

El "problema difícil" de la consciencia, tal como lo acuñó hace décadas el influyente filósofo australiano David Chalmers, parte de una perplejidad que no deberíamos dar por obvia: ¿por qué habría de existir la consciencia?... Podría haber zombis indistinguibles de nosotros, capaces de hacer lo mismo pero sin albergar dentro esa cosa que todos sentimos tan íntima (nuestra mente), esa subjetividad interior tan innegable que llevó a Descartes a construir sobre ella toda su filosofía. Porque lo único de lo que no podemos dudar es de que tenemos una mente consciente. Que el resto también la tenga (que no sean zombis) parece una suposición muy razonable, pero es imposible de demostrar. Yo solo tengo la certeza de que existo yo: no hay manera de probar que tú (lector) -así como el resto de los seres vivos, incluyendo al propio Descartes- seas un mero autómata o computadora orgánica que ejecuta un programa. Ese escenario solipsista en el que uno es el único agente consciente del universo no es descartable, pero me parece más probable la existencia de una compleja red de agentes conscientes en interacción (es lo que cree Donald Hoffman).

A la hipótesis del zombi filosófico, popularizada por Chalmers, se llega necesariamente cuando nos comparamos con un ordenador, un objeto puramente mecánico que funciona recibiendo unos inputs, procesándolos conforme a un programa y generando unos outputs. ¿Qué necesidad tiene un ordenador de un mundo interior subjetivo? ¿Pero por qué las máquinas no lo tienen y los humanos (entre otros animales) sí?... El argumento de Chris Fields, bajo un enfoque pampsiquista informacional, es que no puede haber zombis porque todo ente material que procesa información es consciente. También lo serían los ordenadores, desde luego. Y las plantas. Y las bacterias. Y las partículas elementales, a su modo. O sea, que la pregunta de por qué habría de existir la consciencia sería la misma que la de por qué habría de existir la materia. ¿Hay algún materialista que hable del "problema difícil" de la materia?... Probablemente, las únicas explicaciones ontológicas al respecto (a por qué hay algo en vez de nada o a por qué existen los qualias y son como son) estén más allá de los límites de la ciencia, en el terreno de la metafísica. Ahí estriba uno de los pocos puntos de desacuerdo de Fields con Goff, al señalar que su aproximación fundamentalmente ontológica (y no tanto funcional) al problema seguramente sea infructuosa.

Como dice Goff, el pampsiquismo resuelve el "problema difícil" a cambio de toparse con el problema de la combinación: cómo se combinan dos entidades conscientes para dar lugar a una superior sin perder su individualidad y de manera que la superior se perciba como unitaria. Giulio Tononi y Christof Koch, artífices de la IIT (Teoría de la Información Integrada), lo resuelven ingeniosamente con su definición de la consciencia como la integración de un máximo irreducible de información en un cierto lugar del espacio. Cuando somos conscientes, nuestra mente se enciende y hace que se apague toda consciencia subyacente. Cuando dejamos de estar conscientes (en sueño profundo o en estado de coma), se vuelven a alumbrar los agentes que se hallan más abajo en el edificio jerárquico de la consciencia. Por ejemplo, nuestro hígado.

Annaka Harris no ve tal problema con la combinación (y coincido con ella), ya que es erróneo hablar de un sujeto de consciencia: lo que hace un Yo es la memoria, como conector de experiencias o qualias. Esta es una idea que parece tomada de Derek Parfit, para quien una persona es ese conector coherente -él lo llama R- a lo largo del tiempo de distintos contenidos conscientes. Para Fields, el problema se solventa si tenemos en cuenta que las experiencias son componenciales, pero no así los agentes que las experimentan: hace una analogía con las máquinas virtuales en una computación que me parece muy sugerente.

Annaka pone como símil una orquesta: el sonido de cada instrumento no pierde su singularidad al ser componente de algo superior como una sinfonía. Volviendo al hígado, nos dice que asumimos que ese órgano no es consciente solo porque no somos conscientes de él: ¡pero es que no lo somos porque nosotros no somos el hígado, sino nuestra mente emergente! La razón por la que la reencarnación me parece un absurdo lógico es la misma: si Zenón de Eleas se encarna en mí ya no es Zenón de Eleas (una cierta configuración de la materia/mente) sino yo (otra configuración). 

Otro problema para el pampsiquismo es el de la causalidad descendente, el que la mente pueda tener poderes causales sobre la materia. Para Sean Carroll, el cierre causal de la física hace que esa causalidad de arriba abajo sea imposible. Sería diferente si asumiéramos un modelo dualista mente-materia en el que la primera influyese de alguna forma sobra la segunda. El dualismo, que es el planteamiento de Descartes y la intuición de raíz religiosa de la mayor parte de la gente, es mucho menos convincente que el materialismo. Pero un modelo materialista no está para nada reñido con el pampsiquismo... ni siquiera con la causalidad descendente: Lee Smolin sostiene que esta última es posible si se ensancha el campo (incluyendo los qualia y su aún desconocida física subyacente) sobre el que rige el cierre causal. Resulta tentador pensar que las emergencias hacen que se amplíe el espacio de posibilidades, permitiendo ese poder causal. Precisamente, Smolin cree que si la consciencia ha favorecido la supervivencia (si tiene un valor evolutivo) es por tener ese poder. Por cierto, Smolin concibe la flecha del tiempo como la dirección de lo indefinido a lo definido. El tiempo no es algo emergente sino un precipitador activo de la realidad que crea con ello la consciencia. 

Carroll hace una enmienda a la totalidad al pampsiquismo, ya que no cree que los aspectos intrínsecos de la mente puedan introducir modificaciones en las leyes físicas que lleven a una reformulación de su muy contrastado marco teórico. Pero lo cierto es que la hipótesis pampsiquista da respuesta al misterio de la emergencia fuerte, a la súbita transición de lo no consciente a lo consciente: no habría tal misterio, porque la consciencia sería consustancial a la materia, no una emergencia de ella. Carroll carga contra Goff al considerar este la carga eléctrica (al igual que cualquier otra propiedad física) como una forma de consciencia. Es cierto que en el pampsiquismo russelliano no hay una relación causal, sino de identidad, entre las propiedades físicas y las mentales. ¿Pero no sería más atinado decir que la carga, la masa y cualquier otra propiedad física son, más que formas de consciencia, parámetros que definen una forma de consciencia?...

Otro duro crítico del pampsiquismo es Anil Seth, que propone dejar de lado el problema difícil y centrarse en lo que él considera el problema real de la consciencia: o sea, ir de los correlatos neuronales (del "esta parte a del cerebro se activa cuando yo siento b") a las explicaciones, a la búsqueda de los mecanismos subyacentes a las experiencias. Para Seth, el cerebro es un agente bayesiano, dedicado a actualizar en todo momento sus expectativas o predicciones a partir de información proveniente tanto de fuera como de dentro del cuerpo. En eso coincide con Carroll, pero Seth postula además que el cerebro fabrica una alucinación controlada dentro de la cual se incluye el propio yo. Las alucinaciones no controladas son aquellas disfuncionales para la supervivencia, caso de las producidas por ciertas drogas o por estados como la esquizofrenia: no son funcionales porque aportan información errónea para manejarse con seguridad por el tablero del mundo (no es buena idea tirarse por la ventana de un décimo piso al ver abajo, fruto de la ingesta de LSD, un mullido lecho de nubes rosas de algodón).

En su artículo, Robert Prentner comparte la teoría interfaz de la consciencia de Donald Hoffman (el realismo consciente): el tablero del mundo sería como la interfaz de usuario de un ordenador; y los objetos del universo, sus iconos en la pantalla. No vemos el mundo tal como es, sino del modo que mejor nos sirve para sobrevivir: los iconos están ahí como representaciones que aportan información para la supervivencia. Para Prentner y Hoffman, que al igual que Fields, Tononi y Koch aplican las matemáticas al estudio de la consciencia y toman a esta como punto de partida científico, hay una realidad externa compartida por todos los agentes conscientes (cada uno la percibe a través de su particular interfaz), pero esta no existiría sin la consciencia. O sea, no hay una realidad independiente de la mente. Por eso puede considerarse su teoría como idealista o inmaterialista al modo del obispo Berkeley. Lo que sí está claro es su realismo acerca de la consciencia: esta no sería una ilusión (la autoatribución por el cerebro de una vida privada interna), como creen Keith Frankish y otros. 

Desde una óptica puramente materialista y negadora de la existencia de los qualia, Daniel Dennet considera que algún día la consciencia de un individuo podría ser descargada y almacenada en un soporte no orgánico: lo importante sería la estructura y no el soporte. Pero supongamos que la digitalización de una mente (una tarea que ahora mismo nos parece hercúlea) fuera técnicamente posible: ¿esa mente en un archivo informático sería la misma?... La respuesta de quienes sostienen la idea de la mente corporizada (como Andy Clark, Francisco Varela, Antonio Damasio o el propio Seth) es clara: no, en absoluto. Y esto se debe a que la mente no es solo construida por el cerebro sino también por el resto del cuerpo. De hecho, hay estudios que muestran la influencia en nuestra psique incluso de organismos que viven en nuestro interior como la flora bacteriana del intestino. Y hasta de objetos extracorporales como unas gafas, una prótesis o un mando a distancia: es la llamada mente extendida (homologable al fenotipo extendido de Richard Dawkins en el ámbito de la biología). La consciencia en un hipotético estado incorpóreo podría ser algo irreconocible. Tanto para Dennet como para Michael Gazzaniga, la mente no solo es un fenomeno emergente (no fundamental) sino una confederación de módulos, un fenómeno descentralizado en el que no hay cuartel general y distintas narraciones compiten por imponerse. Esto último no lo veo reñido con una mente que sea fundamental en vez de emergente. 

Para Roger Penrose y Stuart Hammeroff, el cerebro funcionaría como un ordenador cuántico, pero con un componente no algorímico. Ese componente conectaría con una especie de realidad platónica más allá del espacio-tiempo, haciéndonos ver como ciertas algunas verdades que son indemostrables dentro del sistema cerrado del universo. Una inteligencia orgánica sería pues capaz de comprender y ser consciente, a diferencia de una computadora. Ese componente no computacional permitiría a la mente autorreferenciarse, esquivando la limitación impuesta a todo sistema por el teorema de incompletitud de Gödel (que prueba que ni siquiera las matemáticas son completas, al contener verdades no demostrables desde dentro). Porque cuando un ser consciente sabe algo, no solo lo sabe sino que sabe que lo sabe... y así sucesivamente en una regresión infinita. Douglas Hofstadter definió precisamente la consciencia como un "extraño bucle" autorreferencial.

Ferviente antirreduccionista, para Gazzaniga los cerebros son máquinas fabricadas por la selección natural que tienen poderes causales. Y la consciencia es un conjunto de representaciones simbólicas ligadas a esa maquinaria cerebral: en última instancia, un instinto que tienen todos los organismos vivos, ajeno a la inteligencia artificial. En ese último punto disiento de él y de Penrose (John Searle tampoco cree que un ordenador tenga o pueda llegar jamás a tener una mente) y me alineo más con la visión funcionalista de Dennet. Aunque obviamente voy mucho más allá que Dennet, al abrazar los qualia y el pampsiquismo. Un pampsiquismo no determinista a diferencia del defendido por Galen Strawson, que no deja espacio alguno para el libre albedrío.

Si el gnomo campestre diera cumplida respuesta (¡no admitiré como tal un 42!) a mi pregunta, intuyo que aquella podría también aclararnos conceptos como los de nada o infinito. Mejor dicho, aclararme... si acaso yo fuera la única consciencia del universo. ¡Juro que soy consciente!

*En mi libro Entre la nada y el todo: Consciencia y evolución en el Multiverso me he tomado la libertad de incluir una osada elucubración metafísica: que hay una consciencia universal (Brahman) que mora en la nada y percibe la no-nada (el todo) desde todas las perspectivas posibles (Atman) materializándose gracias una gigantesca computación multiversal.

**Sigan en Twitter a Philip Goff (@Philip_Goff) si están interesados en el pampsiquismo. Goff y Keith Frankish (antipampsiquista, pero no por ello menos amigo de Philip) tienen un muy recomendable podcast dedicado a la consciencia: Mind Chat.

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