Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
sábado, 17 de marzo de 2018
¿Globalización domesticada?: ¡sí, gracias!
La globalización económica es una de las bestias negras de la izquierda más dogmática, que en este punto coincide plenamente con el nacionalismo populista de extrema derecha. La verdad es que oponerse a ella por principio no parece razonable, ya que no solo tiene una cara negativa (la especulación financiera internacional, el incremento de la desigualdad -hay personas y territorios perdedores que se quedan atrás- o la fuerte presión sobre los recursos naturales -incluidos elefantes y rinocerontes- de los países más pobres) sino otra innegablemente positiva (una creciente integración comercial en el mundo que ha favorecido la inversión y la competencia, permitiendo sacar de la pobreza a millones de personas en los Estados más atrasados y acelerando la innovación de la tecnología y su difusión).
Por otra parte, sus aspectos menos amables no son achacables al fenómeno globalizador en sí sino a instituciones y legislaciones nacionales deficientes que no son debidamente contrarrestadas a nivel supranacional: en el caso del tráfico de marfil, a una perversa combinación de pseudociencia y burricie novorriquista en China y de debilidad institucional en África; en el caso de la desigualdad, a una respuesta no adecuada a la misma (sobre todo, por la vía de la fiscalidad) en el ámbito nacional. También es cierto que difícilmente se pueden corregir las desigualdades de renta en una democracia cuando los más débiles económicamente votan a los que -como Trump o el PP- defienden de manera más o menos descarada a los más ricos.
Además, la globalización va más allá de lo meramente económico: el Tribunal Penal Internacional, Internet, la televisión por satélite, el software libre, la cooperación policial entre los Estados o los tratados sobre el cambio climático y la protección de la fauna son también manifestaciones suyas, incluso las protestas organizadas en su contra a escala internacional. Porque nos olvidamos de que no solo se globaliza el mundo empresarial (legal o ilegal, caso del narcotráfico o el tráfico de personas) sino también el gubernamental y el activista de cualquier etiqueta: sindicatos, partidos políticos, organizaciones ecologistas, de derechos humanos o animalistas... Los marcos nacionales y regionales cada vez son menos relevantes a la hora de actuar, puesto que los retos de la humanidad del siglo XXI son globales.
Por cierto, el drama de las migraciones descontroladas no es atribuible directamente a la globalización sino a las guerras, la falta de libertades en los países de origen y el efecto llamada (a través de las imágenes televisivas) de las zonas más ricas del mundo sobre muchos ciudadanos de las menos favorecidas. Nuestras puertas deben seguir abiertas a la inmigración (aunque siempre vigilantes del mantenimiento de valores laicos y democráticos que tanto nos costó conquistar, para no precipitarnos en un indeseable multiINculturalismo) no solo por una cuestión moral sino también por nuestro propio interés, para asegurar el futuro de la economía y la viabilidad de sistemas de bienestar social como las pensiones.
Podemos contemplar la globalización económica como un caballo salvaje ante el que tenemos tres opciones: liquidarla (creo que sería un grave error replegarnos a la tribu a estas alturas), dejar que galope libremente a su aire (es lo que proponen con una ingenuidad pasmosa neoliberales de pacotilla) o domesticarla con leyes, tratados e instituciones (es lo que han hecho con el capitalismo los Estados socialmente más avanzados del mundo). La especulación financiera campa a sus anchas debido a una insuficiente regulación a escala internacional, una falta de armonización del tratamiento a los capitales extranjeros cuya manifestación más extrema son los paraísos fiscales. Una gobernanza fiscal internacional solo puede empezar a construirse a partir de grandes bloques como la Unión Europea, con suficiente fortaleza económica y poder negociador para imponer un cambio global junto a otros actores como EE.UU. o China. La propia dinámica del mercado podría incluso por sí misma poner coto a prácticas empresariales detestables, como la explotación laboral o ambiental en los países más pobres, si los consumidores más concienciados de los países ricos dejaran de comprar productos fabricados en condiciones de cuasiesclavitud o con un alto coste para la naturaleza (caso del aceite de palma, también costoso para la salud). Conviene recordar que somos corresponsables, a la hora de comprar o de votar (por eso hay que poner también en valor la democracia como herramienta de transformación), del estado de nuestro país y del mundo.
El día en que cierta izquierda entienda que globalización no es sinónimo de neoliberalismo o capitalismo habremos dado un paso más para intentar gobernarla y lograr así un mundo más habitable. Observar el caso de Chile, un país que ha avanzado espectacularmente en los últimos lustros (tanto en lo económico como en lo social), podría ser muy instructivo. Seguro que más de uno y más de una en nuestra izquierda tiene el cuajo de llamar "neoliberal" a Ricardo Lagos y Michelle Bachelet por haber apostado (como todo el arco político chileno, a excepción de los comunistas) por la internacionalización de la economía del país andino, lo que lo ha llevado a ser líder mundial en la firma de tratados comerciales. Ya dijo Kant que la paz entre las naciones se construye a través del comercio (las apelaciones navideñas a la paz del Papa son tan útiles como sus rezos o los de cualquier otro congénere).
sábado, 3 de marzo de 2018
Así es el mundo de 2018, abuelo (pese a todo, mejor que en el 506 y que en el 2000 también)
A veces imagino que vuelvo a encontrarme con mi abuelo comunista Nicolás y le pongo al día del estado de Canarias, España y el mundo. Casi 38 años después de que él se fuera (fue el 25 de junio de 1980), ya con medio siglo a mis espaldas, esto es lo que le contaría:
Para empezar, querido AbueloYá, que sepas que a finales de 1991 se disolvió la Unión Soviética (y todas sus repúblicas se independizaron) tras derrumbarse como un castillo de naipes el sistema comunista en Europa oriental. Como ya decían algunos tachados entonces de revisionistas y fachas, el "socialismo real" era un timo insostenible: un régimen liberticida terriblemente ineficaz en lo económico -y muy dañino, por cierto, para el medio ambiente-, con una élite corrompida que se mantenía en el poder gracias exclusivamente a la fuerza bruta. La liberalización política y económica iniciada en la URSS a mediados de los años 80 por el presidente reformista Mijaíl Gorbachov fue la antesala de un final abrupto y desordenado del régimen, que en poco tiempo transitó desde el "socialismo real" al más siniestro capitalismo gangsteril (muchos exdirigentes comunistas se hicieron millonarios de la noche al día, reconvertidos en codiciosos capitalistas de una nueva Rusia independiente, merced a un saqueo estatal de proporciones épicas). El lado bueno fue el levantamiento del yugo soviético sobre el este de Europa, lo que permitiría en 1990 la reunificación de Alemania. El mundo se las prometía muy felices con el emotivo derribo en noviembre de 1989 del muro de Berlín: algún iluso historiador llegó a hablar del "fin de la historia".
Estonia, Lituania, Letonia, Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Chequia y Eslovaquia (¡separadas desde 1993!), Albania, Eslovenia, Croacia y Montenegro (estas tres últimas, segregadas de una Yugoslavia rota violentamente en los años 90 en unas guerras étnicas saldadas con decenas de miles de muertos) están ahora en la OTAN. Y casi todas, también en la Unión Europea (que ya cuenta con una moneda única: el euro), en eso que antes se llamaba popularmente el Mercado Común, al que entró España en 1986... También España está en la OTAN desde 1982. El Gobierno del PSOE convocó un referéndum en 1986 para decir que sí a lo que solo unos años antes se oponía rotundamente. Porque, ya te imaginas, el PSOE ganó las elecciones de octubre de 1982 por mayoría absoluta. Felipe González llegó a ser presidente durante 14 años. ¡Y Javier Solana fue secretario general de la OTAN! La verdad es que España cambió mucho en esos tres lustros, aunque ya había empezado a hacerlo en la etapa del no bien ponderado Adolfo Suárez (el aeropuerto de Madrid lleva ahora su nombre, un tributo del todo merecido a una persona tan vilipendiada en la Transición pese a haber desempeñado un papel clave).
Además de la independencia de las exrepúblicas soviéticas y yugoslavas, dentro de ellas hubo movimientos separatistas que llevaron a conflictos y a territorios no reconocidos internacionalmente como Kosovo (dentro de Serbia), Transnistria (dentro de Moldavia), Nagorno Karabaj (dentro de Azerbaiyán), Abjasia y Osetia del sur (ambas dentro de Georgia)... Hasta Chechenia estuvo a punto de independizarse, pero se ha convertido en un pseudoestado delincuencial feudatario de Moscú. De una nueva Rusia imperial ya no solo capitalista sino también cristiana y conservadora, que bajo el liderato del exagente del KGB Vladímir Putin se anexionó hace unos años Crimea (la enemistad con Ucrania se ha exacerbado también con el apoyo ruso a los independentistas rusófonos del este del país, un conflicto causante de algunos miles de muertos) y favoreció deliberadamente la llegada a la Casa Blanca en 2016 del magnate Donald Trump, ese multimillonario egocéntrico e ignorante sin escrúpulo alguno. Para ser justos con Rusia, el país quizá se haya sentido acorralado y ninguneado tras la caída del comunismo: hacer leña del árbol caído nunca fue una buena estrategia, como ya vimos con la Alemania de entreguerras.
Por supuesto, Trump se presentó bajo la bandera del Partido Republicano (te aseguro que, a su lado, Ronald Reagan es intelectualmente Kant). Sus oscuros vínculos con Rusia, que apoyó su campaña con artera propaganda subterránea contra su rival demócrata Hillary Clinton, están siendo actualmente investigados en EE.UU. y auguran un impeachment como el de Nixon. La buena noticia es que antes de Trump fue inquilino de la Casa Blanca el primer presidente negro de los Estados Unidos: un gran tipo llamado Barack Obama, obviamente no republicano sino demócrata. Un estadista que levantó muchas expectativas dentro y fuera de su país, AbueloYá, pero no hay que hacerse demasiadas ilusiones porque la naturaleza humana es la que es: para lo bueno, pero también para lo malo (hace ya tiempo que descubrí que la estupidez y la maldad son unas constantes históricas). Solo por haber sacado adelante su plan de universalización de la sanidad, frente a los intereses de las grandes compañías aseguradoras y farmacéuticas, quizá valiera la pena su presidencia.
Trump ganó, después de ocho años de Obama, porque ahora campa a sus anchas en el mundo la llamada posverdad, el desvergonzado engaño masivo a un electorado ignorante por parte de populistas y nacionalistas de la peor especie. Por eso mismo triunfó el Brexit, un referéndum para sacar al Reino Unido de la Unión Europea promovido no solo por euroescépticos del Partido Conservador sino por hooligans borrachos de un partido de extrema derecha (UKIP) que conecta con parte de la clase obrera británica. Medias verdades y falsedades que ahora se propagan viralmente gracias a lo que llamamos redes sociales e Internet, accesibles desde teléfonos móviles que no solo sirven para hablar sino también para sacar fotos, grabar audios y vídeos, mandar mensajes escritos, obtener información de todo tipo (buena parte de ella, errónea o falsa)... La manipulación televisiva es un juego de niños comparada con la de las redes e Internet.
Es cierto que hay una clase trabajadora occidental perdedora de lo que se llama la globalización, un movimiento de creciente integración económica y comercial en el mundo que también ha tenido muchos beneficiarios (aquí y, sobre todo, en países de la periferia como los asiáticos o Chile). Esos trabajadores autóctonos de baja cualificación son el granero natural de populistas y ultras, que se encargan de convencerles de que la culpa de su malestar socioeconómico es de los inmigrantes (en España, al igual que en otros países de la UE, ya son un colectivo importante) o del comercio internacional y no de la crisis de un Estado del Bienestar que no ha logrado adaptarse a los retos de un mundo cada vez más competitivo e interconectado. Esa crisis está asociada al auge del neoliberalismo y el paralelo declive de la socialdemocracia. ¿Recuerdas a Margaret Thatcher? Pues su ideología económica consistente en cargarse lo público para favorecer lo privado se ha hecho fuerte en toda Europa -también en España- coincidiendo con la ola globalizadora (que, ya digo, también tiene su cara positiva al haber sacado de la pobreza a millones de personas).
Desaparecida la amenaza comunista, los más ricos han intentado romper el pacto social vigente tras la II Guerra Mundial en perjuicio de una mayoría que ni las ha visto venir (por pillar a muchos enganchados a la telebasura -ahora hay muchos canales de TV, un bodrio la mayoría- y el fútbol). El hecho es que la sanidad y la educación públicas se han deteriorado en beneficio de empresarios privados dedicados a la sanidad y la enseñanza, a su vez muy relacionados con políticos de la derecha. Y ha aumentado la brecha entre las rentas del capital y del trabajo, generalizándose los sueldos bajos al tiempo que se reducen los impuestos a los más acomodados. La izquierda socialdemócrata no ha sido capaz de articular una respuesta coherente a la globalización, mientras que la más radical abomina con simpleza de ella a causa de sus dogmas y prejuicios. Tampoco ha encontrado la izquierda la manera de reconstruir un Estado del Bienestar que sea sostenible. Y parece más preocupada por la ultracorrección política en el lenguaje que por los vicios de un multiculturalismo mal entendido (que en algunos barrios de las grandes ciudades europeas ha degenerado en verdadero multiINculturalismo), lo que la ha alejado del sentir de las clases populares.
Por eso mismo de la posverdad tenemos ahora mismo un lío en Cataluña, donde nacionalistas (de derechas y de izquierda) y unos colgados de extrema izquierda han convencido a mucha gente de que España tiene la culpa de todo, de que los catalanes son una nación oprimida y de que separarse es como ir al juzgado a divorciarse. Llegaron a proclamar el año pasado la independencia, pero esta acabó reducida a una especie de sainete (aunque el coste económico ha sido alto) con un president exiliado en una mansión en Bruselas al abrigo de independentistas flamencos de dudoso pedigrí democrático. Por cierto, curiosamente el País Vasco ya está tranquilo porque ETA (políticamente derrotada y con apoyos cada vez menores desde que optó por asesinar a políticos vascos, entre ellos del PSOE) dejó de matar hace años. Ah, ¿te acuerdas de Jorge Verstrynge, el delfín de Fraga? Ahora milita en Podemos, un partido republicano a la izquierda del PSOE. Y más de un comunista de entonces está ahora en el PP, el partido fundado por Fraga (llegué a conocer personalmente tanto a él como a Carrillo, a quienes entrevisté tal como puedes ver en los artículos enlazados) para agrupar a toda la derecha españolista. Es el partido que gobierna en España desde 2011, con Mariano Rajoy de presidente (aquí te enlazo otro artículo mío), pese a haberse acreditado judicialmente su contabilidad B y haber batido el récord de corrupción en la historia de nuestra democracia (también el PSOE se vio envuelto en jaleos de financiación ilegal hace tiempo). ¿Que por qué gana las elecciones? Porque la corrupción en España es un problema sistémico, no limitado al mundo de la política (aunque el auge de dos nuevos partidos, Podemos por la izquierda y Ciudadanos por el centro, ha supuesto un soplo de renovación).
Ya no hablemos de Canarias, de nuestra tierra. ¿Recuerdas a los insularistas tinerfeños de ATI, tan neofranquistas como antigrancanarios y españolistas?... Pues ellos fueron los artífices de la nacionalista Coalición Canaria, una fuerza que lleva gobernando Canarias desde hace muchos años, apoyándose unas veces en el PSOE y otras en el PP gracias a un sistema electoral profundamente injusto. Aunque hay que reconocer que Canarias ha avanzado mucho en lo económico, sigue habiendo unas grietas sociales y culturales (además de un problema ambiental) que causan sonrojo. Bueno, al menos ahora poca gente se avergüenza de hablar con acento canario: era mucho más frecuente antaño. Digamos que los canarios (yo me sigo considerando como tal, pese a llevar 24 años en Madrid) tenemos ahora más orgullo propio.
El mapa del mundo ha cambiado. Ya te conté lo ocurrido con la URSS, Yugoslavia y Checoslovaquia, pero otros Estados han ido apareciendo en la escena internacional: Namibia, Eritrea, Timor oriental, Sudán del Sur... En lista de espera están Groenlandia y Nueva Caledonia. Y no nos olvidemos de los kurdos, que a medio plazo podrían tener un Estado en el norte de Irak (aunque de facto ya son casi independientes). Quebec y Escocia estuvieron a punto de separarse respectivamente de Canadá y el Reino Unido en sendos referendos que inclinaron la balanza del lado de los unionistas (en el caso quebequés, por muy poco).
Como ya te dije, el comunismo ha fracasado y quedado completamente desacreditado, ya no solo por culpa de los malditos estalinistas -pioneros en los años 30 de la posverdad- sino por haber ignorado la naturaleza humana: somos ángeles pero también demonios, en buena parte a causa de nuestra herencia genética (no digo que la cultura y la educación no influyan, pero somos animales que tendemos naturalmente al egoísmo y entre nosotros siempre habrá psicópatas que ya vienen averiados de nacimiento). El hombre nuevo auspiciado por el marxismo es tan real como el hombre del saco. La izquierda más cerril se empeña en seguir negando esa naturaleza, convirtiéndose a veces en involuntaria aliada de la derecha religiosa. Lo que hay en China, convertida en segunda potencia económica mundial merced a una transformación espectacular, tiene mucho más que ver con el capitalismo salvaje que con el comunismo, aunque sus dirigentes (en el fondo unos nacionalistas) se sigan llamando oficialmente comunistas. Seguramente es lo que acabe pasando en Cuba, cuyos líderes (ahora está Raúl Castro) son también probablemente más nacionalistas que comunistas. Ya no hablemos del engendro de Corea del Norte, la primera monarquía hereditaria comunista del mundo, que ha logrado construir su bomba atómica y es una fuente de tensión permanente en la zona. Y que no se me olvide decirte que en Venezuela han ensayado desde 1999, con el apoyo en las urnas (un respaldo decreciente tras la muerte del carismático líder Hugo Chávez), una ruta democrática al socialismo que está a punto de acabar en desgracia por culpa del dogmatismo, el sectarismo, la incompetencia y la corrupción de unos dirigentes autollamados bolivarianos (desde luego, los políticos de la oposición tampoco permiten albergar muchas esperanzas).
En el resto de Latinoamérica ya no hay, por fortuna, dictaduras militares (Pinochet acabó amargamente sus días apartado del poder, aunque a diferencia de los militares golpistas argentinos no conoció la cárcel). Pero los populistas campan a sus anchas con escasas excepciones como Chile o Uruguay. ¿Recuerdas la revolución sandinista en Nicaragua? Pues Daniel Ortega ha acabado convertido en el típico caudillo caribeño, ahora congraciado con la Iglesia oficial (por eso mete en la cárcel a las niñas violadas que quieran abortar, aunque su vida corra peligro con el indeseado parto). El problema principal en la región es de índole cultural, lo que se manifiesta en malas instituciones y escaso capital social. Al igual que en el resto del mundo menos avanzado. El populismo es una plaga que azota también África, Asia (el caso filipino es singularmente grotesco) e incluso Europa: en Hungría y Polonia gobiernan ahora líderes de esa calaña (en el segundo caso, el país de Juan Pablo II, son además ultras católicos). Más que al capitalismo o el neoliberalismo, habría que culpar de muchos de los males del mundo menos desarrollado a la tradición, en cuyo corazón está apostada la religión-superstición. Las tradiciones (muchas veces atroces), sustentadas en la ignorancia, son utilizadas como escudo e instrumento de manipulación política por élites malévolas (hay una curiosa selección negativa que hace que la gente con menos escrúpulos llegue más fácilmente arriba que las buenas, lo que explica la relativa abundancia de psicópatas en las altas esferas de la sociedad).
Juan Pablo II murió hace ya 13 años: ¡le sucedió Ratzinger (Benedicto XVI)! Este último dimitó hace unos años para dar paso al primer papa argentino de la historia: Jorge Bergoglio, el papa Francisco, un hombre con un perfil más progresista (dentro de lo progresista que puede ser un sumo pontífice). Los discursos papales de Navidad siguen la misma plantilla de siempre, en la que solo se cambia el nombre de algunos países y se hacen las tradicionales apelaciones estériles a la paz. El fanatismo religioso sigue enquistado en una parte de la sociedad de los Estados Unidos (decisiva en la victoria de Trump) y ha aumentado en el mundo musulmán y en la India (ahora gobiernan allí integristas hindúes). En 2011 se inició en Túnez una "primavera árabe" preñada de promesas: unas protestas populares que, por efecto dominó, acabaron sacudiendo casi todo el mundo árabe (cayeron Ben Alí en Túnez, Gadafi en Libia y Mubarak en Egipto) y desatando sangrientas guerras en Siria, Libia y Yemen (a las que hay que sumar la prolongada en Irak desde la invasión norteamericana en 1991 hasta el reciente fin del autoproclamado Estado Islámico, una suerte de califato que llegó a ejercer unos años su reino religioso del terror sobre buena parte de Irak y Siria). El terrorismo islámico ha irrumpido como una nueva amenaza internacional. Aquellos muyahidines a los que apoyó EE.UU. en los años 70 para echar a los soviéticos de Afganistán acabarían derribando en septiembre de 2001 las Torres Gemelas de Nueva York y sembrando el terror en medio mundo con atentados suicidas indiscriminados que continúan a día de hoy bajo distintas marcas islamistas. El irresuelto conflicto entre Israel y Palestina (ahí siguen peleados después de 70 años, aunque los palestinos -los más fastidiados con diferencia, que en algunos lugares como Hebrón viven bajo un régimen de apartheid- tienen una cierta autonomía) les ha servido de alimento propagandístico.
Como reza el tango, "el mundo es y será una porquería, ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también", aunque según el psicólogo evolucionario Steven Pinker (y estoy de acuerdo con él) nunca hemos estado tan bien como ahora. En lo que más cerca nos toca, esto tiene mucho que ver con la Unión Europea, tan denostada injustamente. Pese a todas las guerras y desgracias, la gente por lo general (hagamos la excepción de Siria y otros países azotados por la barbarie bélica) vive ahora mejor que en cualquier otro momento de la historia: hay más alimentos, medicinas, medios materiales y tecnología para hacer la vida mejor... Y los criminales de guerra ya no lo tienen tan fácil: los causantes de la barbarie en la ex Yugoslavia cumplen cadenas perpetuas en La Haya junto a genocidas de otras latitudes. Que no se me pase decirte que el apartheid se acabó en Sudáfrica: Nelson Mandela salió de la cárcel y llegó a presidir su país tras ganar unas elecciones abiertas a toda la población sudafricana. La sola existencia de ese gran tipo, un verdadero gigante moral, debe ser un motivo de esperanza para todos. Y el hecho de que cada vez hay más vegetarianos en el mundo por razones éticas. Y el creciente reconocimiento de derechos de la comunidad homosexual: ya en España pueden casarse parejas del mismo sexo. Y la cada vez mayor preocupación por la igualdad de la mujer (aunque siempre habrá bestias). La sensibilidad por el medio ambiente también se ha consolidado en los países más desarrollados e incluso en China (el país más devastador de la naturaleza salvaje) empiezan a tomárselo en serio: la amenaza ambiental quizá sea el reto más acuciante para la humanidad. La futura integración entre seres humanos y máquinas, conectados en red, puede ser una oportunidad para lograr un mundo mejor (aunque algunos presagian escenarios dantescos). Si te digo la verdad, yo soy optimista en el fondo: me encomiendo a la ciencia y la Singularidad (¿y si Dios nos aguardase al final de la historia del Universo para decirnos: "¡Hola, soy una emergencia de ustedes; es más, ¡soy ustedes!"?).
Un abrazo muy fuerte, AbueloYá. Y muchas gracias por todo.
P.D.: Ya reina Felipe VI desde hace años porque su padre abdicó; hace poco cumplió, ya sabes que 13 días antes que yo, los 50 años. Y la Unión Deportiva descendió en 1983, llegando incluso a bajar a Segunda B en 1992. Pero hemos vuelto a esa Primera División donde estuvimos todo el tiempo que compartí contigo (los primeros doce años de mi vida), listos para ganar alguna vez la Liga (¡el Deportivo de La Coruña ya lo hizo en 2000!)... ¡Y España ganó por fin el Mundial de fútbol en 2010!
jueves, 15 de febrero de 2018
Entre inquisidores posmodernos y energúmenos ultras
Estamos crecientemente sometidos a una Inquisición de nuevo cuño, nacida esta en la izquierda (pero no en la liberal sino en la posmoderna neomarxista, la que da la espalda a la ciencia, niega la naturaleza humana y considera que todo -incluidos un pene y la gravedad- es un "constructo social" generalmente al servicio del heteropatriarcado). Por eso uno debe andarse con mucho tiento al opinar en cualquier foro público: cualquier insinuación de que el factor genético es muy importante (o sea, que se nace psicópata o con propensión al sadismo como se nace rubio o con los ojos castaños), de que la delincuencia y la violencia no son pues solo consecuencia de la injusticia social o el capitalismo, de que las mujeres no son iguales a los hombres (una constatación que no es incompatible con la defensa de la igualdad de derechos y la lucha contra la discriminación), de que la identidad sexual no tiene un fundamento cultural sino biológico, de que no existen culturas inocentes (¡lo de los buenos yanomami es un cuento!) y los occidentales no son los únicos malos de la película, de que la traducción práctica del multiculturalismo suele ser el multiINculturalismo, de que hay tradiciones en las que el trato a mujeres y homosexuales es inaceptable o de que el terrorismo ejercido por unos fanáticos religiosos barbudos tiene un apellido más propio que el de "internacional", puede acarrear la inmediata acusación y consiguiente condena sumaria por machista, racista, supremacista, homófobo, fascista...
Todo esto empezó hace décadas en los campus universitarios anglosajones, centrado en las facultades de letras y ciencias sociales (sobre todo, en los llamados estudios culturales y de género y en la teoría crítica), para acabar permeando buena parte de la intelligentsia progresista del mundo occidental: profesores, políticos, periodistas, escritores, actores, artistas... Hasta la derecha civilizada de los países más avanzados ha acabado asumiendo algunos de esos postulados y practicando la consiguiente autocensura. Por ejemplo, el mismo Rajoy (voy a tener la generosidad de considerar al PP como derecha civilizada) habla de "terrorismo internacional".
Muchos estamos atrapados entre dos muros: el de esa grotesca ortodoxia posmoderna y el de la porquería declarada y verdaderamente machista, racista, supremacista, homófoba y fascista vomitada por energúmenos más fáciles de encontrar en el fondo sur de un estadio o en un acto electoral de un partido populista ultra que en un cineclub o una conferencia sobre sostenibilidad. Esta nueva Inquisición alimenta además a esos ultras, que como Donald Trump o Marine Le Pen se presentan ante el electorado como los únicos políticos que hablan sin pelos en la lengua de lo que forma parte de su realidad cotidiana. Personas razonables pueden verse inclinadas a votar a populistas de derecha porque, a diferencia de otros competidores en las urnas acogotados por la corrección política, estos al menos parecen llamar al pan pan y al vino vino.
Lo cierto es que hay buena gente que ya está harta de que les tilden de racistas por resistirse a ser vecinos de clanes delincuenciales, o de fachas por demandar que los psicópatas violentos (víctimas sociales en el imaginario izquierdista posmoderno) se pudran en la cárcel para evitar más estragos a la sociedad. Y hay hombres decentes que ya están ahítos de que se considere que solo las mujeres pueden ser víctimas y nunca mienten. Y no pocos homosexuales indignados de que aquí se les defienda frente a nuestra tradición cristiana pero no frente a otras importadas, para así no herir sensibilidades supuestamente más respetables. Y no pocos heterosexuales que empiezan a ver cómo sus preferencias sexuales van quedando bajo la sospecha de agresivas y falocéntricas. Y muchos librepensadores y científicos perplejos ante el hecho de que esa izquierda acientífica y la derecha religiosa compartan cada vez más causas (la última parece ser la sexófoba). Si la izquierda no reacciona y se desembaraza del pesado fardo posmoderno, rompiendo con compañeros de viaje tan poco recomendables como feministas radicales y relativistas culturales, no nos sorprendamos luego del auge en las urnas de los apóstoles del odio, la brutalidad y la simpleza.
Todo esto empezó hace décadas en los campus universitarios anglosajones, centrado en las facultades de letras y ciencias sociales (sobre todo, en los llamados estudios culturales y de género y en la teoría crítica), para acabar permeando buena parte de la intelligentsia progresista del mundo occidental: profesores, políticos, periodistas, escritores, actores, artistas... Hasta la derecha civilizada de los países más avanzados ha acabado asumiendo algunos de esos postulados y practicando la consiguiente autocensura. Por ejemplo, el mismo Rajoy (voy a tener la generosidad de considerar al PP como derecha civilizada) habla de "terrorismo internacional".
Muchos estamos atrapados entre dos muros: el de esa grotesca ortodoxia posmoderna y el de la porquería declarada y verdaderamente machista, racista, supremacista, homófoba y fascista vomitada por energúmenos más fáciles de encontrar en el fondo sur de un estadio o en un acto electoral de un partido populista ultra que en un cineclub o una conferencia sobre sostenibilidad. Esta nueva Inquisición alimenta además a esos ultras, que como Donald Trump o Marine Le Pen se presentan ante el electorado como los únicos políticos que hablan sin pelos en la lengua de lo que forma parte de su realidad cotidiana. Personas razonables pueden verse inclinadas a votar a populistas de derecha porque, a diferencia de otros competidores en las urnas acogotados por la corrección política, estos al menos parecen llamar al pan pan y al vino vino.
Lo cierto es que hay buena gente que ya está harta de que les tilden de racistas por resistirse a ser vecinos de clanes delincuenciales, o de fachas por demandar que los psicópatas violentos (víctimas sociales en el imaginario izquierdista posmoderno) se pudran en la cárcel para evitar más estragos a la sociedad. Y hay hombres decentes que ya están ahítos de que se considere que solo las mujeres pueden ser víctimas y nunca mienten. Y no pocos homosexuales indignados de que aquí se les defienda frente a nuestra tradición cristiana pero no frente a otras importadas, para así no herir sensibilidades supuestamente más respetables. Y no pocos heterosexuales que empiezan a ver cómo sus preferencias sexuales van quedando bajo la sospecha de agresivas y falocéntricas. Y muchos librepensadores y científicos perplejos ante el hecho de que esa izquierda acientífica y la derecha religiosa compartan cada vez más causas (la última parece ser la sexófoba). Si la izquierda no reacciona y se desembaraza del pesado fardo posmoderno, rompiendo con compañeros de viaje tan poco recomendables como feministas radicales y relativistas culturales, no nos sorprendamos luego del auge en las urnas de los apóstoles del odio, la brutalidad y la simpleza.
sábado, 3 de febrero de 2018
La vida como carrera o película (que carece de sentido sin su final)
Dentro de muy poco cumpliré 50 años. He concluido recientemente que si tuviera la oportunidad de volver a los 20, o a cualquier otra fecha del pasado, no lo haría. Esto lo tengo muy claro si se tratara de viajar instantáneamente a febrero de 1988 para en ese punto retomar mi yo veinteañero y volver a seguir el mismo camino que me ha traído al día en que esto escribo, pero con la diferencia de saber por anticipado todo lo que (para bien y para mal) me va a ocurrir. Vivir sabiendo lo que nos deparará el futuro no solo privaría de emoción y sentido a nuestra existencia sino que podría convertirla en una auténtica pesadilla.
Pero también tengo pocas dudas de que sería estúpido optar por repetir ese camino aunque desconociera lo que vendrá, como si fuera la primera vez. ¿Por qué? Porque ya lo he recorrido, lo conozco bien y forma parte de mi historia, de lo que soy a día de hoy. 30 años más tarde me encontraría de nuevo aquí en la misma situación: sería como estar corriendo los 100 m lisos y retroceder, cuando ya has hecho la mitad, a la cota de los 20 metros. Más tarde o más temprano llegaremos al final de la carrera, al final de la película. ¿Es razonable estar viendo en bucle solo la primera mitad de una película, sin adentrarnos en su desenlace?...
Habría una tercera opción, consistente en volver a febrero de 1988 para luego tomar cualquier otro camino del Multiverso. En ese caso, treinta años después no estaría aquí escribiendo esta entrada. Pero no solo eso, ya que no existiría mi hijo ni conocería a muchas de las personas con las que me he cruzado en estas tres últimas décadas (algunas de ellas, a diferencia de en este universo, no habrían llegado vivas a 2018; otras, por el contrario, seguirían viviendo). Mi historia sería otra distinta, y alcanzada la edad de 50 años -si no hubiese perecido antes- podría plantearme lo mismo que ahora en este blog... o acaso no. Puede que nuestras vidas ya se hayan repetido infinitas veces en sus infinitas variantes. Aunque, para ser estrictos, mi vida solo se corresponde con una de esas variantes (en las demás no soy yo).
"Pronto sabré quién soy", escribía algo ilusionado, sintiendo la proximidad de su muerte, Jorge Luis Borges. Quizá la cuestión sea no solo vivir sino repasar toda nuestra existencia al final para encontrar en ella algún sentido o enseñanza. Un repaso que para un observador externo de nuestro yo físico recién muerto duraría aparentemente unos segundos, pero que en el etéreo espacio interior subjetivo de nuestra conciencia podría alargarse asintóticamente hasta el infinito.
sábado, 20 de enero de 2018
Modelos de entender el mundo: el evolucionista (científico) y los demás
Nuestra forma de entender el mundo depende del modelo que adoptemos, a su vez fundado en determinadas creencias o ideas. Algunos de nuestros congéneres, al igual que los mapaches, las abejas o las algas, ni siquiera se plantean entender la realidad más allá de sus implicaciones prácticas: se limitan a sobrevivir, empleando sus bazas con mayor o menor suerte, en el tablero del espacio-tiempo. Pero la mayoría de los humanos siente una necesidad de comprensión y de sentido que los pone habitualmente en brazos de la tradición, un acervo de ideas transmitidas culturalmente de generación en generación en cuyo núcleo se encuentra la religión. El modelo religioso siempre ha sido el más popular, aunque cada vez tiene menos predicamento en los países con altos niveles de educación y desarrollo social (y también en el resto).
Las creencias religiosas informan la vida de la gente y dan respuesta (falsa, por lo general, dada su irracionalidad) a todas sus preguntas e inquietudes. No dejan cabos sueltos, todo tiene una explicación y cobra un sentido: desde el nacimiento hasta la muerte pasando por todas las vicisitudes de nuestra vida, de la humanidad y del Universo. La religión nos dice por qué estamos aquí, cuál es nuestro destino o por qué existen la enfermedad, el sufrimiento y el mal. También hay modelos pseudorreligiosos como el comunista, utopía laica basada en la creencia en la misión mesiánica de la clase trabajadora para alumbrar un hombre nuevo en una armoniosa sociedad sin clases (o sea, un paraíso en la tierra). Igualmente pseudorreligioso es el nazismo, otra utopía (aunque sería más propio hablar de distopía) laica fundada en mitos delirantes como el nacionalismo y ridículas creencias de superioridad racial. También lo es el feminismo radical, desde luego, con todo su arsenal ideológico contra la perversa condición masculina. Por supuesto, toda la irracionalidad de la superchería y las pseudociencias entraría en este mismo saco de creencias religiosas y pseudorreligiosas.
Pero también hay un modelo científico, este sí explicativo y fructífero por definición. Si la razón y la evidencia nos llevan a abrazar el evolucionismo, muchas otras convicciones brotarán por añadidura: veremos la religión como un invento (socialmente funcional, porque de otro modo habría desaparecido junto con sus inventores), advertiremos las grietas lógicas y morales del especismo, seremos muy conscientes de la importancia de lo genético (sin desdeñar el peso de la cultura)... Entenderemos por qué existen las garrapatas, el virus VIH (¡no es un castigo de Dios!), los genocidas, los violadores o los psicópatas, pero también la empatía, la cooperación y el altruismo. Y por qué los hombres son generalmente más altos que las mujeres, y estas más resistentes al dolor (incluso por qué los partos de las humanas son dolorosos). Probablemente no haya idea más potente y profunda que la de la evolución para explicar ya no solo el mundo biológico sino también el social e incluso el físico (la selección natural también operaría segando universos fallidos o inconsistentes del infinito catálogo del Multiverso).
Entonces, ¿vive la mayoría en el error?, ¿están engañados?, ¿son acaso más tontos?, ¿el modelo evolucionista es tan inimpugnable como la ley de la gravedad?... Hay gente convencida de la existencia del Dios judeocristiano, la fiabilidad del tarot, las bondades de la homeopatía y el firme compromiso con las clases populares de Donald Trump. Bajo un enfoque relativista, sus verdades no serían menos válidas que las nuestras: solo conformarían modelos diferentes de interpretar el mundo. ¿Pero pueden ponerse en el mismo plano un modelo creacionista y otro evolucionista, uno geocéntrico y otro heliocéntrico, un 2+2=4 y un 2+2=5? Y, ya con esas, ¿la música de Mozart y la de Bad Bunny, la cirugía y el reiki, Trump y Obama?...
La verdad existe (me atrevería a decir que también en los planos moral y estético) y no está sometida al escrutinio popular: las enseñanzas de Darwin nunca serán menos ciertas aunque solo un 1% de la población creyera en ellas; una pieza de Mozart siempre será mejor que un bodrio de Bad Bunny por mucha aprobación social que tenga este último; Trump, Duterte y otros payasos populistas no dejarán de ser unos sinvergüenzas por mucho que les vote la gente. Sin embargo, no niego que las vidas fundadas en Amón-Ra, Quetzalcoatl o la utopía comunista (o en cualquier otra invención humana como el Real Madrid o la sagrada patria catalana) puedan ser igual de ricas y dichosas (y tener no menos sentido) que cualesquiera otras.
viernes, 5 de enero de 2018
¿Por qué matar no es malo 'per se'? (por mucho que Kant se revuelva en su tumba)
El imperativo categórico de Kant sostiene que debemos comportarnos de modo que nuestra conducta pueda ser elevada a ley o regla universal. Hacemos el bien cuando ayudamos a un anciano impedido a cruzar la calle porque con ello adoptamos una supuesta ley moral objetiva (la que dice que es bueno ayudar a personas desvalidas) que es vislumbrada y abrazada por nuestra razón. Como esa ley es universal, da igual que el anciano al que auxiliamos sea un criminal de guerra o que pretenda apuñalar a una persona al otro lado de la acera: nuestra acción sería buena en cualquier caso. La del filósofo de Königsberg es una ética absoluta, en la que toda vida humana es un fin en sí mismo (no así la vida animal, que no es moral por ser supuestamente irracional). Y en la que el imperativo categórico, por definición, no puede ser relativizado: sin él, las bases de la ética serían completamente subjetivas y arbitrarias.
Pero lo cierto es que la propia razón práctica nos informa de que no hay ningún mandamiento, ni siquiera el de "no matarás", que pueda ser elevado a ley moral absoluta: matar, robar o mentir no serían malos per se, sino dependiendo de a qué fin moral estén asociados. Cuando uno mata en defensa propia o de terceros inocentes actúa moralmente bien. Cuando uno liquida a un tirano, hace un favor a la humanidad (hasta el propio San Agustín así lo consideraba y la Iglesia católica no le ha desmentido aún). Cuando uno roba para alimentar a su hijo hambriento, realiza un acto moralmente correcto (siempre que la violencia del acto no sea desproporcionada). Cuando uno mata a un animal para alimentarse, porque no tiene otra fuente de sustento, no se le puede oponer ética animalista alguna. Incluso es insostenible afirmar que comer carne humana es intrínsecamente malo: como bien saben los deportistas uruguayos perdidos en los Andes hace casi medio siglo, ingerir la carne de sus amigos fallecidos fue un acto bueno que salvó sus vidas. Por supuesto, mentir es lo correcto cuando están en juego la propia supervivencia y bienestar (por ejemplo, si un miliciano de Estado Islámico te pregunta por tu religión), la felicidad de los seres queridos o cualquier otro activo moral.
Esto nos conduce a proponer como único fin en sí mismo nuestra supervivencia y bienestar personal, así como la de los seres pertenecientes a nuestro círculo empático: familiares, mascotas, amigos, humanos en los que nos reconocemos -no Héctores Salamanca ni criminales neonazis-, orangutanes, elefantes... Para Kant, el fin en sí mismo era solo la vida humana, da igual que fuera la de un filántropo que la de un sádico asesino. Alguien podría argüir con fundamento si este enfoque al que hemos llegado racionalmente no es el mismo que el de un Héctor Salamanca o un neonazi: ellos también tienen un círculo empático, aunque bastante reducido. La diferencia es que su círculo excluye a mucha gente por razones arbitrarias (simplemente por no ser de su familia) y además estúpidas (como el color de la piel, la nacionalidad o las preferencias sexuales), mientras que el nuestro solo excluye a los que excluyen desde la irracionalidad, el odio y la más elemental falta de compasión. Nuestro planteamiento no rebaja la dignidad de un ser vivo atendiendo a cómo es (bípedo o cuadrúpedo, blanco o negro, payo o gitano, hombre o mujer, joven o viejo, homosexual o heterosexual...) sino a cómo actúa: si sus actos amenazan la supervivencia de nuestro círculo empático, es un enemigo al que combatir (revista la forma de paramilitar serbio o croata, de hipopótamo enfurecido, de mosquito Anopheles o de virus VIH)*.
Por supuesto, bajo este enfoque ético todo es cuestión de grado y proporcionalidad: no es lo mismo disparar a un hipopótamo cuando está a punto de aplastarte que hacerlo porque sus gruñidos no te dejan dormir, ni hurtarle incruentamente la cartera a un desconocido de apariencia acomodada para dar de comer a tus hijos hambrientos que matarlo para el mismo fin. Los conflictos de intereses están servidos, pero así es la vida: ¿deberíamos devolverle un sobre perdido con mil dólares dentro a Rupert Murdoch?, ¿deberíamos apretar el gatillo si tenemos a tiro a un tipo que a su vez está a punto de apretar el gatillo para acabar furtivamente con un rinoceronte cuya cabeza lucirá en su casa como un trofeo más?... Una cosa es la esfera moral y otra la legal, que a veces no se solapan. Un código legal moderno y democrático no puede permitir que la gente se tome la justicia por su mano, ni tampoco quebrar el principio de igualdad concediendo menos garantías procesales a un asesino execrable que a un ciudadano de bien. Pero actuar conforme a la legalidad no significa necesariamente actuar de manera moral, así como comportarse moralmente no tiene por qué ser legal. Si se acciona el gatillo del arma que apunta al que apunta al rinoceronte, se está cometiendo un crimen (una ilegalidad) pero con un sólido fundamento moral: impedir la consumación de un grave acto irreversible profundamente injusto. Si no se devuelve el sobre a Murdoch, no se pondría en jaque ni su bienestar ni la continuidad de Fox News (está por ver que sea un acto inicuo contribuir a la caída de ese medio de comunicación) y se podría dar un buen empleo al dinero.
Hace años dediqué una entrada en este blog al filósofo australiano Peter Singer, un pensador muy polémico por sacar conclusiones incómodas basándose en la más estricta racionalidad. La ética de Singer es utilitarista y transhumanista, ya que coloca en su base las preferencias de los seres sintientes (definición que, obviamente, no incluye en exclusiva a los humanos). Kant fue muy crítico con los iniciales planteamientos utilitaristas de Jeremy Bentham por su condición subjetiva, pero es que no hay base más adecuada para construir un edificio ético -la moral no está inscrita en el firmamento estrellado que tanto impresionaba al filósofo alemán, aunque sí mora germinalmente en nuestro interior al haber sido seleccionada por la evolución- que la constatación de que todo ser vivo pugna por sobrevivir, por abrazar el placer y por huir del dolor. Héctor Salamanca y los criminales nazis comparten esas inclinaciones con los humanos empáticos, las ballenas y los elefantes. Pero la huella de sufrimiento que dejan a su paso es mucho mayor y es nuestro deber moral minimizarla de cualquier modo posible (preferiblemente, aunque no necesariamente, a través de la vía legal) en aras de un mundo mejor. Si alguien puede explicarme racionalmente por qué cree que Mike Ehrmentraut hizo bien en no volar los sesos a Héctor en un capítulo de Better Call Saul, o por qué cree que el asesino del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo cometió un acto malvado apretando el gatillo, soy todo oídos (ojalá que el bueno de Kant también lo fuera desde su tumba).
*El mosquito Anopheles y el virus VIH, a diferencia del paramilitar serbio y el croata, no son agentes morales y tienen tanta culpa -el mosquito ni siquiera es el causante último de la malaria, ya que es utilizado por un microbio como vector- como un niño de seis meses apretando un botón nuclear. Pero esto nos lleva a la inquietante certeza de que un psicópata (no pocos paramilitares de la ex Yugoslavia lo eran) no es culpable de su falta natural de empatía.
martes, 19 de diciembre de 2017
Reflexiones en torno a 'Breaking Bad', mucho más que una sublime serie de TV
Hace más de tres años mi amigo y paisano José Miguel Santos me recomendó encarecidamente ver Breaking Bad, pero fue hace solo cuatro semanas cuando le tomé la palabra y me puse a ello. La verdad es que no había encontrado el momento de hacerlo, pero una vez vi en Netflix el primer capítulo no pude dejar de seguir hasta el final de la serie (son 62 capítulos repartidos en 5 temporadas). Apenas veo la tele (casi todo es basura, huelga decirlo) y lo mejor que había encontrado últimamente era Black Mirror (me han asegurado que The Wire es también una obra maestra). No me voy a detener en las excelencias del guion (construido a partir de una idea superoriginal, con unos personajes únicos y una trama espectacular), de la fotografía o de la realización, ni en el soberbio trabajo de los actores protagonistas (sobre todo, del dúo Bryan Cranston-Aaron Paul). Lo que voy a hacer a continuación es extraer algunas enseñanzas vitales de una serie que me ha sacudido emocionalmente. Puede que haya algo de generacional en ello, ya que Breaking Bad arranca cuando el profesor Walter White (Cranston) está a punto de celebrar su 50 cumpleaños (¡yo espero hacerlo en febrero!). Pero sin duda va mucho más allá, a tenor de la extraordinaria acogida que ha tenido entre gente más joven.
AVISO DE SPOILER: No continúes leyendo más allá de este párrafo si no has visto la serie y tienes intención de hacerlo (creo sinceramente que te perderías una joya si no sigues la recomendación que me hizo José Miguel en 2014).
¿Qué mueve a la gente? (la importancia del afecto, la autoestima, la familia y el trabajo)
Buenos y malos, listos y tontos, guapos y feos, todos queremos sobrevivir y disfrutar de cierto bienestar físico y económico. Pero no menos importante es la necesidad de afecto y reconocimiento, así como la autoestima (que en buena parte se nutre de lo anterior) y el instinto de protección familiar (sobre todo, de nuestros hijos, a los que amamos incondicionalmente). De poco sirven el poder y el dinero si con ellos no nos sentimos amados ni realizados, si no podemos ofrecer lo mejor a nuestros seres queridos (aunque inspirar miedo alrededor y tomar lo que a uno le place en todo momento, a lo Calígula, Rafael Leónidas Trujillo o el jefe del cártel Don Eladio, parece bastar a algunos para ser felices). Si hay un denominador común en los protagonistas principales de Breaking Bad es la importancia que otorgan a sus familias, aunque esta revista la forma de una banda de facinerosos.
Despreciado por su familia carnal, el joven descarriado Jesse Pinkman (Aaron Paul) es en el fondo un buen chico falto de cariño y con la autoestima quebrada que ve en Walter White no solo un socio sino un mentor (quien lo valora, aunque también le riñe más veces de las que desearía). Su caso, el de Jesse, es un ejemplo claro de que el dinero no da la felicidad: no sabe qué hacer con tanta pasta ganada, que malgasta en drogas y fiestas distortion en su casa en las que se reúnen multitud de colgados entre los que solo figuran dos amigos (unos fumados que siguen viviendo a los 25 años con las mismas inquietudes que si tuvieran 16). Jesse se siente reconocido y valioso trabajando como químico al lado de Walter o acompañando al narco Gustavo Fring y su jefe de seguridad Mike Ehrmantraut. Una frase dirigida a él como "Veo cosas en gente" (de Fring) o el "Aquí tiene a los dos mejores cocineros de meta de América" (dicho por Walter, en su presencia, ante otro narcotraficante) tienen para Jesse más valor que un millón de dólares.
La autoestima por el trabajo bien realizado, la búsqueda de la perfección en lo que uno mejor sabe hacer, es fundamental. Walter disfruta estando con sus hijos, acompañado de ellos y de su esposa en el calor de su hogar, pero también goza con su trabajo de profesor de Química (aunque a muchos de sus alumnos les resbale su materia) y, sobre todo, como fabricante de metanfetamina: en esto sabe que roza la excelencia. Ya decía Jesse al principio de la serie que "cocinar es un arte". Walt lo suscribe siempre y cuando se respete a la Química, de la que es casi un adorador religioso: no le vale cualquier ñapa, es un perfeccionista obsesionado con la pureza de su producto.
Diagnosticado de un cáncer de pulmón, ahogado económicamente (tiene que desempeñar un segundo trabajo en un lavacoches para llegar a fin de mes), con un hijo discapacitado y una esposa embarazada, Walter había dado el salto a fabricante de meta para pagar su costoso tratamiento médico y asegurar el futuro de su familia. Garantizar los estudios y el bienestar de sus hijos era su principal móvil. Pero llega un momento en que lo hace sobre todo por sí mismo, por mero gusto a su trabajo, tal como confiesa a su mujer Skyler en su despedida: es su autorrealización, es su autoestima, lo que está en juego. Porque Mr. White tiene una espina clavada: muchos años atrás, recién acabada su carrera universitaria, vendió por 5.000 dólares a dos socios (entonces compañeros de estudios, mucho menos brillantes que él) sus acciones en una empresa que se convertiría en un gran emporio. Sus antiguos amigos Elliot y Gretchen, ahora casados, son multimillonarios y reconocidos empresarios que se pasean por el mundo y los platós televisivos. Mientras tanto, él se afana limpiando las ruedas del deportivo de un alumno pijo llegado al lavacoches con su novia, a la que le hace mucha gracia la escena del azorado profesor agachado y provisto de un cepillo.
El disgusto del policía Hank por descubrir que el temible narco Heisenberg al que perseguía en vano desde hacía meses no era otro que su cuñado (el que en su 50 cumpleaños le parecía, esgrimiendo su pistola reglamentaria, "Keith Richards con un vaso de leche") también tiene mucho más que ver con su autoestima que con otra cosa. Tal como me comentaba muy agudamente mi compañero -y, sin embargo, amigo- Antonio Serrano, lo que más fastidió al agente de la DEA (un echado p'alante, aunque ciertamente valiente y honrado) fue sentirse burlado de ese modo por Walter: aquello era una puñalada a su ego de tipo duro y listillo, bregado en mil batallas, que siempre presumía de mundología ante el cuñado medroso encerrado en su aburrido mundo de pizarras, libros y tubos de ensayo.
De la importancia del trabajo para el equilibrio personal y la autoestima da también muestra el coleccionismo de minerales de Hank cuando está convaleciente del ataque de los bestiales gemelos Salamanca. El hombre se aburre en casa, postrado en la cama, y encuentra en esa afición un sucedáneo a sus labores en la oficina de la DEA. Es un modo de crear rutinas que ordenen su vida y le hagan sentirse útil: el pedir las rocas por Internet, el abrir los pedidos, el clasificar las piedras e investigar sobre ellas... Lo cierto es que no le basta con la compañía de su mujer, lo que no significa que no la quiera, para informar esas semanas de convalecencia: necesita dotar de contenido productivo a sus días para sentirse valioso y preservar su amor propio.
¿Walter White es malo?
Podríamos pensar que White empieza su deriva hacia el mal en el mismo instante en que hace su primer cocinado con Pinkman: porque, claro está, se trata de un producto ilegal con efectos dañinos para la salud si no se administra adecuamente. Pero no creo que Walter tuviese ningún reparo moral a ese respecto, del mismo modo que no los tenía el infortunado Gale Boetticher, un tipo amable y cultivado, libertario y vegano: la fabricación de droga (siempre y cuando se vele por su calidad y seguridad) no es un acto malvado desde la óptica moral de un abolicionista. En este punto yo no podría estar más de acuerdo con ellos.
El problema es que, dada la ilegalidad de la droga, cualquier persona normal que quiera dedicarse a esta actividad en plan empresarial tiene que lidiar con una inevitable ristra de indeseables: distribuidores, intermediarios, picapleitos, encargados de la seguridad (o sea, sicarios generalmente simiescos)... Las primeras muertes causadas por Walter son del todo justificadas, amparándonos en el derecho a la defensa propia. El primer caso verdaderamente censurable tiene lugar en el dormitorio de la casa de Jesse, cuando White es testigo de una sobredosis de heroína de su novia y decide no auxiliarla: la razón parece ser la de proteger a su joven socio de una influencia muy negativa que amenaza con mandarlo prematuramente al cementerio... ¡y también privarlo a él de un ayudante necesario para seguir cocinando!
Walter es a lo largo de toda la serie un tipo que pugna por su supervivencia y por la seguridad de sus seres queridos. Pero empiezan a sucederse cosas feas al intentar salvar a toda costa su culo y el de su círculo familiar: la más grave es, sin duda, el asesinato a sangre fría de Gale (un acto cometido por Jesse a instancia suya porque, ciertamente, era elegir entre la muerte del químico -ya escogido por Fring como nuevo cocinero en vez del dúo problemático White-Pinkman- o la de ellos mismos). También es grave el envenenamiento temporal (Walter escogió una dosis de veneno no letal) del hijo de la nueva novia de Jesse para ponerlo de su lado en el enfrentamiento con Fring. Y el asesinato de Mike (quien, por cierto, hubiera hecho lo mismo en su lugar) al no darle los nombres de las nueve personas de su confianza en prisión que podrían cantar. Por no hablar de la posterior ejecución en la cárcel de esos molestos testigos, encargada a la banda neonazi dirigida por el tío de Todd.
Vince Gilligan, creador de la serie, apunta que el momento de mayor maldad de Walter es cuando, tras entregar a Jesse a la banda de neonazis (porque Jesse le ha traicionado, al descubrir que fue el culpable de envenenar al niño), le dice sádicamente que pudo haber salvado la vida de su novia Jane. Eso es más malévolo incluso que haber dejado morir a su chica, porque lo hace con el solo ánimo de dañar; también más pérfido que entregarlo a esos tipejos, una decisión extrema tomada para salvar su propio pellejo. El afecto y el odio presiden la relación entre White y Pinkman, como toda relación intensa entre amantes, familiares o grandes amigos. Pero no debemos olvidar que Walter le salva tres veces la vida a Jesse (incluyo su rescate de una casa ocupada por heroinómanos, de donde solo podía salir muerto por una sobredosis) porque realmente le aprecia. Y que suplica en vano clemencia al tío de Todd para dejar con vida a Hank, que días antes le había dado un par de hostias: "¡Es familia!", dice de su cuñado, herido en el suelo, al que aprecia genuinamente y cuyo asesinato le causa un gran dolor.
En suma, si Mr. White hace cosas malas es sobre todo para salvaguardar sus intereses y, con ellos, los de su familia (al menos así lo entiende). En esto no se diferencia de Gus Fring o de Mike (sí algo de Jesse, como ahora veremos). Pero, ¿cae en el mismo saco que los Salamanca?... Rotundamente no.
¿Todos los homicidios son igual de reprobables? ¿Hay vidas que valen más que otras?
No todas las personas son iguales, por mucho que cristianos consecuentes e izquierdistas biempensantes pretendan autoengañarse y engañarnos: hay vidas más valiosas que otras, aunque ello no figure negro sobre blanco en ley alguna de un Estado democrático. La existencia de los bestiales gemelos Salamanca (por cierto, fieles devotos de la Santa Muerte) y de los no menos brutales Tuco y Héctor ni siquiera es parangonable a la del tarugo de Todd: este es un completo amoral, aunque no disfruta torturando o asesinando sino que se limita a hacerlo sin cargo alguno de conciencia cuando lo cree oportuno o simplemente se lo ordenan. Por supuesto, los Salamanca y Todd están en un escalón moral inferior al de Mike (aun siendo también un sicario) o Gus (aun degollando personalmente a uno de sus colaboradores), por no hablar de Walter, Jesse o el resto de personas normales.
Escaso consuelo le podría quedar a Gale y su familia de saber que quien le metió un tiro entre ceja y ceja no era realmente mala persona: es más, no dudo que Jesse (que sufrió muchísimo al disparar y cargará ese acto para siempre en su conciencia) es la persona más empática y leal de la serie, cuya integridad moral acaba siendo el factor dinamitador de todo el entramado productivo de Los Pollos Hermanos. El asesinato de Gale es un símbolo de la complejidad de la vida y de la convivencia humana, del tremendo peso de las circunstancias que entretejen nuestra suerte y nos ponen a veces en terribles disyuntivas: como la que lleva a un soldado en una guerra a matar enemigos desconocidos probablemente tan inocentes como él.
Los Salamanca son una panda de sádicos viciosos (Tuco es además un ser irracional, una personalidad muy violenta que lo hace impredecible y poco de fiar), sin empatía alguna por nadie ajeno a su familia: da igual que sea un niño, una abuelita desvalida, un inocente... Fring tiene sentimientos empáticos, pero sabe que en su puesto no se puede andar con muchas contemplaciones. Lo cierto es que en el fondo desprecia profundamente a los sicarios: llega a decirse a sí mismo "¡Animales!" en referencia a los gemelos. Él es un hombre culto y refinado, amable, muy racional, un profesional como la copa de un pino. ¡Igual que Walter! Pero si percibe una amenaza, no duda en recurrir a la brutalidad (si la considera necesaria, como cuando degüella a su sicario Víctor o amenaza a la familia de Walter), aunque exenta de sadismo: capítulo aparte es su comportamiento sádico ante Héctor Salamanca, que hunde sus raíces en el brutal asesinato a sangre fría de su presunto novio Max en la piscina de Don Eladio. Si Fring se hubiera dedicado solo a la restauración, con su cadena de restaurantes Los Pollos Hermanos, no habría sido un empresario peor que muchos legales de éxito: es más, dada su profesionalidad y buen trato con clientes y empleados, aventuro que estaría por encima de la media. Su problema, así como el de White, es la ilegalidad de su actividad.
Los Walter, Jesse, Mike, Saul Goodman (singular picapleitos en torno al cual se desarrolla una precuela de Breaking Bad llamada Better Call Saul) e incluso Fring (aunque este quizá ya ha ido demasiado lejos para dar marcha atrás) son personas potencialmente recuperables por la sociedad: gente que ha tomado o se ha visto empujada a tomar un camino enrevesado y acaso erróneo, pero que puede enderezar sus pasos y aportar más beneficios al prójimo (reconozco que ya aportan algunos en su entorno, que no todo son perjuicios y estragos por su parte).
No es el caso de los Salamanca, de Todd o de su tío, como no lo es el de cualquier psicópata y/o sádico: por el bien de las personas, animales y plantas, estos están mejor en la cárcel (por no decir en el infierno, ya que en prisión también pueden hacer daño a personas valiosas). Aunque insisto en que Todd es un malvado menos malo que los Salamanca o su propio tío: si hubiera un Dios bondadoso que puntuara al respecto, creo que Todd sacaría un 1 frente al 0 de su tío y de Héctor (en ambos casos, ciertamente un "muy deficiente"). Fring quizá tendría un 2,5. Y Mike, un 4,75. No me cabe duda de que Jesse aprobaría y Walter sacaría otro 4,75 (no sé cómo se las gastará Dios, pero yo nunca suspendí a un alumno mío con esa nota). Aunque siempre queda la duda inquietante: ¿tiene Todd la culpa de carecer de empatía, de ser un psicópata, si es algo que forma parte de su equipamiento de serie (de su ADN) al nacer?, ¿es culpable de algo si no existe el libre albedrío?...
Aupado por sus triunfos y golpes de suerte, Walter se viene arriba al cabo de varias temporadas (es natural: la tentación del poder es muy grande) y confirma solemnemente a un narcotraficante que él es el legendario Heisenberg: "You're Goddamn right!". Mr. White quiere levantar un "imperio", pero esta escena será un punto de inflexión: presionado por Skyler, que ya es cómplice de sus negocios, pronto se dará cuenta de que ni él ni Jesse podrán convertirse jamás en grandes narcos. Hay una selección negativa merced a la cual solo llegan arriba en este tipo de negocios los más hijos de puta, los que tienen menos escrúpulos. Ahí no puede competir con tanto psicópata (o con gente con la empatía en suspenso, caso de Gustavo Fring), y por eso termina retirándose. Si hubiese continuado, se habría convertido inevitablemente en un Fring y quizá traspasado la línea de no retorno del lado oscuro. Ya había ganado más que suficiente, desde luego, para vivir ahora una existencia tranquila centrada en su familia...
El efecto mariposa: el mundo como un todo interrelacionado
Hank siente ganas de ir al baño en una amena celebración familiar en casa de sus cuñados y descubre, sentado en la taza del váter, un ejemplar de Hojas de hierba de Walt Whitman dedicado por un tal G. B. a un tal W.W. Su asombro es mayúsculo, no se lo puede creer: de pronto todo cobra sentido y encajan las piezas del puzle que tanto le había obsesionado en los últimos tiempos. Walter llevaba meses retirado de su peligrosa industria y la calma había retornado a su hogar (incluso se había permitido un viaje romántico a Europa con su esposa Skyler, ya mucho más serena después de que su marido colgase el delantal). Si Hank no hubiese tenido ese apretón, probablemente hubiera sobrevivido a Walter (que recaerá pronto en su enfermedad). Este último habría fallecido rodeado del cariño de los suyos, incluido Hank, y con el silencio cómplice de su mujer. No se habría destapado nada y Walter Junior recordaría siempre a su padre como un buen hombre.
Las ganas de cagar de Hank desatan una cascada de acontecimientos que no solo acaban con la muerte del propio policía y de Walter (aunque no en una cama, que era lo previsible) sino también con la de la intermediaria Lydia (esa pija neurótica tan escrupulosa, salvo en el ámbito moral), la de Mike, la de sus nueve hombres en prisión, la de Todd y toda su panda de facinerosos... Y que arrasa con la normalidad de la familia White: sus bienes son embargados, su casa es precintada (qué vanos y patéticos los esfuerzos de Walter al principio de la serie por hacer arreglos en la vivienda con los primeros ingresos de su actividad irregular) y encima Skyler habrá de afrontar un juicio.
Ya en la tercera temporada, la decisión de Walter de no auxiliar a la novia de Jesse tira de un hilo que conducirá a un terrible accidente de aviación, dado que el padre de la chica es un controlador aéreo al que se le va la pinza por culpa del estrés acumulado. Que la suerte de una persona que viaja en un avión dependa de la decisión de un desconocido de dejar morir a una heroinómana igualmente desconocida (una decisión fruto, a su vez, de múltiples circunstancias) nos invita a ver el mundo como un todo interrelacionado, a adoptar un enfoque holístico de la realidad. Todos nuestros actos, por nimios que parezcan, tienen causas y consecuencias. Por mucho que los pensadores de raíz marxista se revuelvan en sus sillones o cátedras, soy de los que creen que si un frutero no se hubiera inmolado en 2011 en Túnez, seguramente Gadafi seguiría en el poder en Libia y no hubiese habido guerra en Siria y Yemen. Si la teoría del caos funciona en la naturaleza, no veo por qué no habría de hacerlo en la historia humana.
¿Tiene sentido la vida?
Walter muere aparentemente solo, privado del amor de su familia: el de su esposa (a la que siempre fue fiel) y el de su querido hijo discapacitado; su adorada hijita de año y medio ni lo recordará. Ni siquiera hay un abrazo final de Jesse, su otro hijo, aunque su ambivalente gesto de despedida parece contener un mensaje de agradecimiento. Podríamos decir que lo ha perdido todo y es consciente de ello en sus momentos finales, pero le queda la satisfacción del trabajo bien hecho (incluida la traca final de la ametralladora instalada en el capó y accionada a distancia para acabar con los subhumanos de Todd y compañía) y de la liberación de Jesse, que viene de algún modo a redimirle. Aunque, pensándolo bien, es una tontería decir que lo perdió todo: se lleva los momentos de felicidad y de aprendizaje de su vida, eso no se lo quita nadie (eso no nos lo quitará nadie en nuestros últimos instantes), que ya bastan para dar por bueno su paseo por el espacio-tiempo. Y quien esté libre de toda culpa, que tire ahora la primera piedra contra Walter White (espero que quien lo haga no tenga la desfachatez de ser cazador deportivo, defensor de la tauromaquia o consumidor de productos cárnicos)...
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