viernes, 24 de enero de 2025

'Nexus' de Harari: las redes de información en la era de la IA

Nos encaminamos hacia un mundo que ni siquiera los expertos y mejor informados se atreven a predecir con seguridad. Buena parte de esta incertidumbre tiene que ver con cómo será la evolución de la inteligencia artificial en los próximos dos o tres años. El historiador israelí Yuval Harari publicó hace unos meses Nexus, un ensayo en el que alerta de que podríamos estar a las puertas de un escenario distópico pero que también da motivos para la esperanza si la humanidad hace las cosas correctamente. 

Harari no comparte la visión marxista y populista de la historia de la humanidad como una lucha sin tregua por el poder a través de la fuerza bruta. A mi juicio, acierta en desmontar el manido tópico de la "ley de la jungla", algo que ni siquiera es cierto en la propia jungla. La cooperación no solo es un rasgo definitorio de la historia humana sino también de la vida en todas sus manifestaciones (¡incluidas las propias células!) desde sus inicios hace 3.500 millones de años. Si solo existiera la predación, la "naturaleza roja en colmillo y garra" de la que hablaba el poeta Alfred Tennyson, no estaríamos aquí para contarlo. Ni nosotros ni cualquier otro ser vivo.

Como ya sostenía en su ensayo Sapiens, nuestras redes de información están basadas en ficciones compartidas (entidades que pudimos imaginar cuando hace 70 mil años, gracias a una mutación genética, adquirimos esa capacidad) como Dios, dólar, Microsoft, Francia o Real Madrid que hicieron -y siguen haciendo- posible la cooperación entre muchos humanos que no se conocen personalmente. Así fue cómo realmente conquistamos el mundo, no por emplear la información para elaborar un mapa certero de la realidad sino por usarla para conectar a muchos individuos. El principal argumento de Nexus, tal como señala explícitamente su autor al comienzo del libro, es que las grandes redes de información son una enorme fuente de poder para la humanidad pero también nos predisponen a usarlo de una manera poco sabia: "Nuestro problema, por tanto, es un problema de la red". Los conflictos ideológicos y políticos no dejan de ser, para el ensayista israelí, choques entre tipos opuestos de redes de información.

Harari disiente de la creencia aparentemente razonable de que la solución a la desinformación es más información. Considera que esa es una visión ingenua, basada en una concepción errónea de este fenómeno. Porque, como bien dice, "los errores, las mentiras, las fantasías y las ficciones son también información". La ingenuidad radica en creer que la información tiene un vínculo esencial con la verdad, cuando lo que realmente hace es crear nuevas realidades ligando unas cosas con otras. El ADN y la Biblia tienen en común que son información en torno a la cual se articulan redes: una red orgánica de billones de células, en el primer caso; una red religiosa de millones de individuos, en el segundo. Tanto una red como otra pueden hacer cosas que sus partes por separado no podrían, como formar un tejido muscular o lanzar una guerra santa. La información puede o no representar la realidad, pero lo que siempre hace es conectar en redes a una multitud de entidades individuales.

En toda red informativa humana hay una perenne tensión entre orden y verdad, lo que los economistas llaman una relación de sustitución o trade off. La verdad no puede imperar del todo en una sociedad sin afectar al orden, de igual modo que este último no puede basarse en una negación total de la verdad. Cuando una información revela un hecho importante sobre el mundo pero al mismo tiempo mina la "noble mentira" que cohesiona a una sociedad, esta última tiende a preservar el orden y poner límite a la búsqueda de la verdad. Porque mitología y burocracia, estrechamente relacionadas (aunque tienden a tomar direcciones diferentes), son esenciales para el mantenimiento del orden.

Nuestras ficciones crean una realidad intersubjetiva, compartida por muchas mentes (a diferencia de la realidad subjetiva, como el dolor físico, que solo existe en una), en la que moran las leyes, los dioses, las naciones, las empresas... Harari vuelve a contradecir al marxismo al señalar que las identidades e intereses a gran escala en la historia humana no son objetivas sino intersubjetivas. Subraya la importancia de los mecanismos de autocorrección para afrontar los efectos perniciosos de esa realidad intersubjetiva. De hecho, considera que el motor de la revolución científica fueron estos mecanismos correctores, no la tecnología de la imprenta. El invento de Gutenberg no solo permitió la difusión del conocimiento, sino también de libelos, noticias falsas y textos incitadores del odio y la violencia (como un influyente tratado de dos frailes dominicos del siglo XV para identificar y perseguir a las brujas), de igual manera que la radio serviría de altavoz a la ideología de Hitler y la televisión y las redes sociales a la de Trump.

Una democracia es una red distribuida de información con fuertes mecanismos de autocorrección. Justo lo contrario que una dictadura: una red centralizada que no se corrige a sí misma. Por eso las democracias son más flexibles y capaces de adaptarse a los cambios, amén de más eficaces económicamente. Y también mas resistentes a sucumbir a una eventual IA maligna, ya que incluyen en su red a otros agentes como la oposición política, un sistema judicial independiente, medios de comunicación libres, ONGs... Es mucho más fácil para una IA hacerse con el control de una autocracia, ya que solo requiere manipular a un tirano que concentra toda el poder en sus manos.

Los medios de comunicación de masas hicieron posible la democracia, pero también contribuyeron a la forja de regímenes dictatoriales. Antes del telégrafo y la radio, un régimen totalitario a gran escala era imposible: había límites tecnológicos para que una autocracia pudiese convertirse en totalitaria. Una avanzada inteligencia artificial sería el sueño de todo tirano totalitario: por un lado, una AI puede procesar grandes cantidades de información de manera eficiente (de hecho, cuanto más se alimenta de datos, más eficiente es); por otro lado, le permitiría un control casi absoluto de su población. Pero podría volverse en contra del Hitler o Stalin de turno. 

Harari pone al respecto, tomando el caso de Rusia, un interesante ejemplo de desalineamiento entre una IA y sus creadores. El régimen de Putin es un sistema autoritario donde los opositores son encarcelados y sufren accidentes, se violan sistemáticamente los derechos humanos y se persigue al colectivo LGTBI, pero la Constitución de la Federación Rusa es un impecable texto democrático. Una IA entrenada para defender los valores rusos podría deducir, a la vista de la incongruencia entre la realidad y lo que está escrito, que Putin está atacando esos valores. Y, en consecuencia, comunicarlo a la ciudadanía y ponerse a la labor de deponerlo. Todo ello, investida de un gran poder y sin temor a represalia alguna: no se puede torturar ni encarcelar a una IA, si acaso apagarla.

En la guerra fría tuvimos la sabiduría necesaria para evitar un desastre gracias a la doctrina de la destrucción mutua asegurada, que posibilitó la cooperación entre las entonces superpotencias norteamericana y soviética. A estas alturas del siglo XXI, la situación es más peligrosa porque una inteligencia artificial avanzada no es un objeto pasivo como una bomba atómica sino una entidad con agencia, capaz de perseguir objetivos y tomar decisiones por sí misma. Las tablillas de arcilla, las imprentas y las radios son meros conectores entre miembros de una red de información, limitándose a distribuir entre ellos los flujos informativos, pero una IA es un miembro activo más de esa red. Con la capacidad, como nosotros los Homo sapiens gracias al lenguaje, de crear realidades intersubjetivas como una religión. Y también de interpretarlas por sí misma sin el concurso de los humanos.

Harari se detiene a analizar los efectos perversos de algoritmos como los de Facebook, que están diseñados para promover ante todo las interacciones (visitas y likes) de los usuarios. Nos pone el ejemplo de Myanmar, escenario en 2016 y 2017 de la persecución y matanzas de una etnia minoritaria de religión musulmana: los rohingya. A los usuarios birmanos de Facebook les aparecían a diario en su aplicación vídeos en los que se incitaba al odio contra esa minoría, ya que esos contenidos son mucho más virales que otros más discretos, moderados o juiciosos. Facebook fue pues corresponsable involuntario de esos trágicos sucesos. Lo cierto es que las redes sociales, en buena medida por culpa de los algoritmos que emplean, se han convertido en plataformas para incitar al odio y propagar la desinformación y la conspiranoia. El historiador israelí tiene claro que para preservar una conversación democrática es necesaria una regulación: un mercado de la información completamente libre nunca producirá verdad y orden de manera espontánea.

Shane Legg, un prominente científico de Google, daba hace poco un 50% de probabilidades al logro de una Inteligencia Artificial General (AGI, en inglés) antes de tres años. Y entre un 5 y un 50% a nuestra extinción como especie justo un año después. En no mucho tiempo veremos signos inequívocos de por qué camino tiraremos finalmente. Si lo hacemos bien, será legítimo esperanzarnos con los escenarios que nos adelantan optimistas inveterados como el gurú tecnológico Ray Kurzweil (abanderado de la singularidad) y sobrevenidos como el filósofo Nick Bostrom (que en 2014 ya nos asustaba con su Superinteligencia: caminos, peligros, estrategias), quien en su último ensayo Deep Utopia nos invita a soñar con un mundo donde todas las necesidades estarán resueltas sin esfuerzo y podremos aventurarnos en un vasto espacio inexplorado de posibles experiencias. Bostrom sugiere que algunas de estas pueden "valer la pena en un grado que supera nuestros sueños y fantasías más salvajes".

martes, 10 de diciembre de 2024

La vida (como nadie la conoce) según Sara Imari Walker

El imaginario popular se retroalimenta con el cine de ciencia-ficción al presentarnos habitualmente a los extraterrestres como seres antropomorfos: marcianitos verdes, xenomorfos como los de Alien, hombrecillos como ET... La teoría de la evolución convergente sugiere que habría algo de verdad al respecto, ya que la naturaleza tiende a buscar soluciones similares a retos similares. Esto se observa en objetos como los ojos o las alas, seleccionados a partir de diferentes sendas evolutivas: el ojo, en la de los artrópodos, cefalópodos y vertebrados; las alas, en la de los insectos, aves y mamíferos (caso del murciélago).

No hay que pasar por alto, sin embargo, un detalle fundamental: toda la vida conocida en la Tierra tiene un origen común, desde una bacteria y un paramecio hasta un roble, una araña y un humano. La teoría del ensamblaje, propuesta por el químico Lee Cronin y la física Sara Imari Walker, apunta que la vida extraterrestre podría ser inimaginable al estar construida sobre otras bases: otro mecanismo de copia (no el ADN), otros aminoácidos, otras proteínas e incluso otros compuestos químicos desconocidos. Para Walker, que ha publicado este año su muy recomendable libro La vida como nadie la conoce, este fenómeno podría ser necesario (intrínseco a las leyes físicas del universo y su evolución), pero su manifestación sería contingente. Aquí en la Tierra, todos los seres vivos debemos nuestra existencia a procesos químicos que alumbraron el ARN (precursor del ADN que informa nuestro genoma), pero esa no sería más que una de las vías moleculares que pueden seguirse en un espacio químico de posibilidades inmenso. 

El británico y la estadounidense pretenden con su teoría unificar dos áreas científicas: el estudio del origen de la vida y la búsqueda de vida alienígena. El punto de partida es la constatación de que la vida no surge de manera espontánea, al modo de cerebros de Boltzmann que aparecen y desaparecen de súbito por una fluctuación aleatoria improbabilísima, sino que es fruto de un proceso de construcción inteligente parecido al de un Lego con sus diferentes partes. La información es un concepto fundamental: es lo que insufla ese proceso y se impone a la aleatoriedad, estructurando la materia en el espacio y el tiempo, a partir de un umbral o punto crítico. Ese umbral es anterior a la formación de aminoácidos y otras biomoléculas: se traspasa cuando moléculas más simples comienzan a organizarse de manera informacionalmente dirigida. La selección natural empieza a actuar más tarde, cuando ya han emergido las primeras entidades autorreplicantes con poder causal que interactúan de manera diferencial con su entorno. En línea con otros científicos como Michael Levin (mencionado en el libro, con quien ha trabajado) y Kevin Mitchell, Walker considera que todos los seres vivos tienen agencia y participan activamente en su propia construcción, al servicio de sus propósitos: aunque constreñidos, disfrutan de una cierta libertad para elegir.

El índice de ensamblaje y el número de copia son los dos criterios establecidos por esta teoría para determinar si un objeto ha sido creado por la vida o es mera consecuencia de una combinación aleatoria de objetos menores. El índice de ensamblaje es el número de pasos necesarios para construir secuencialmente un objeto: 15 es la cifra que, conforme a los experimentos realizados en laboratorio, marca el umbral por encima del cual no puede haber surgido de manera aleatoria. Si observáramos en un exoplaneta alguna cosa con índice 15, lo determinante sería el número de copia: si hay al menos dos objetos así, podemos afirmar sin género de dudas que ahí hay alguna forma de vida responsable de su formación. A Cronin y Walker no les preocupa mucho que no nos lleguen evidencias en ese sentido procedentes del espacio exterior, ya que albergan la esperanza de encontrar vida alienígena primero en la Tierra, en el marco de un laboratorio y con el auxilio de IA, combinando y seleccionando compuestos químicos en distintas condiciones ambientales (PH, variados entornos minerales, etc.). De esa manera podremos entender qué es la vida y cómo surge, descubriendo leyes universales que entroncarían la biología con la física y tendrían vigencia en cualquier rincón del universo.

Una vez que aparece, la vida empieza a hacerse más compleja al atesorar más información. Los objetos ensamblados ensamblan a su vez otros objetos, y así sucesivamente, generándose una torre jerárquica. Cada uno de nosotros, así como cada uno de los objetos fabricados por la humanidad, somos parte de un linaje iniciado hace 3.700 millones de años con la aparición del primer ser vivo. En nuestro cuerpo hay apilado un volumen de información muy grande, que es la que nos ha sacado del abstracto espacio de posibilidades para convertirnos en una realidad física. Sobre esa torre informativa se asientan objetos que nos rodean como un coche, una casa, una sinfonía o un idioma, que para Walker son una prolongación de la vida biológica. 

Usando el símil del Lego, nos explica en su ensayo la diferencia entre el assembly observado (todos los castillos de Lego comercializados por la compañía desde su fundación), el universo de ensamblaje (el espacio combinatorio de todas las piezas de Lego, empleando todas las posibles permutaciones según las leyes del juego y cualesquiera otras posibles, como las de pegar las piezas con pegamento), el assembly posible (el conformado solo por los objetos físicamente posibles, en este caso por las leyes del Lego que te obligan a poner una pieza encima o debajo de otra para encajarlas) y el assembly contingente (espacio de posibilidades en el que la memoria del pasado debe ser guardada, donde residen los objetos observados). Este último conjunto es muchísimo más pequeño que el penúltimo. Walker nos dice que ni siquiera con las 600 mil millones de piezas de Lego que existen sería posible agotar el vasto espacio del assembly posible.

Aunque la Tierra sea un punto muy pequeño del Universo, el entramado causal iniciado en ella con la primera criatura viva es muy denso e intrincado. Somos pues objetos profundos en el tiempo, integrantes de un linaje que persistirá (si no se produce una completa extinción) tras nuestra muerte. La contingencia histórica implica que muchos objetos, tanto biológicos (incluidos trillones y trillones de potenciales humanos) como tecnológicos, nunca verán la luz en este universo, al irse constriñendo con el paso del tiempo el espacio abstracto de todos los objetos posibles (el assembly posible). Fuera de la Tierra nunca hallaremos ni destornilladores ni zapatos ni lenguas eslavas ni seres que pudieron haber nacido si otro espermatozoide de nuestros padres (en vez del que contribuyó a crearnos) hubiera fecundado el óvulo de nuestras madres. 

La profundidad temporal (o sea, causal) de los objetos complejos tiene que ver con el gran volumen de información embebido en ellos y es lo que les abre la puerta a espacios de posibilidades emergentes (aquí es donde Sara introduce la consciencia, como nexo entre lo contrafactual y lo real que "fija los límites a lo que podemos hacer en el futuro"), inaccesibles a moléculas o células: un ejemplo que pone en su libro es el de los cohetes espaciales, que pudimos imaginar mucho antes de tener la ciencia y la tecnología necesarias para sacarlos del limbo de las posibilidades y convertirlos en realidad material. La contingencia histórica marca un orden en la aparición de los objetos: un cohete o un idioma nunca precederán a un humano, que a su vez nunca precederá a una célula o una molécula. Todo requiere de tiempo para ser construido, incluso una mente (Walker se mantiene fiel a la ortodoxia científica en este punto, negando que la consciencia sea algo fundamental sino un producto de la evolución), que no tendría que ser necesariamente biológica.

Cronin ha ideado y acuñado el concepto de chemputer, referido a una máquina capaz de navegar (a modo de un motor de búsqueda químico) y hacer computaciones en un espacio químico combinatorio inabordable: el espacio ocupado por todas las posibles proteínas de 100 aminoácidos, construidas a partir de combinaciones de los 20 que emplea la vida en la Tierra, rellenaría un volumen equivalente a 10 elevado a 23 universos. Además del chemputer, Walker menciona en su libro el constructor universal de David Deutsch, ideado por analogía a una máquina universal de Turing pero con la capacidad no de ejecutar cualquier programa computable sino de construir cualquier objeto construible: una especie de impresora en 3-D con capacidad para producir cualquier objeto posible. El chemputer, ya una realidad física con la que Cronin está trabajando en proyectos vinculados a la Universidad de Glasgow, es un puente necesario hacia ese constructor universal al digitalizar la química, abriendo un camino que en pocos lustros quizá nos permita fabricar cualquier objeto a demanda en el ámbito doméstico.

Si en cien años de experimentos realizados a diario no se alumbrara vida alguna en las matraces de un laboratorio terrestre, estaríamos ante un claro indicador de que el tránsito de la abiótico a lo biótico no debe ser algo frecuente. Lo que no podríamos saber en un laboratorio es cuán infrecuente sería el paso de la vida biológica a la vida tecnológica, una senda que ya hemos empezado a transitar en nuestro planeta y que se acelerará con el desarrollo de la inteligencia artificial. Walker señala que la transición hacia una tecnosfera puede ser vista como un progreso evolutivo similar al que llevó hace cientos de millones de años a la multicelularidad, un salto cuyas posibilidades para nuestro futuro son imprevisibles. Como dice al final de su libro, "presumiblemente cualquier planeta con vida llega a un precipicio crítico donde debe entender sus más profundos orígenes evolutivos para entender cómo podría ser su futuro y conducirlo". A su linaje (que es el nuestro) dedica precisamente este ameno y necesario libro, en la esperanza de que un día "lleguemos a entender quiénes somos". ¡Así sea, Sara!

martes, 19 de noviembre de 2024

El sueño de Ray Kurzweil de volver a hablar con su padre: ¿La Singularidad está más cerca?


Solo somos plenamente conscientes de las conversaciones que quedaron pendientes con nuestros deudos cuando estos ya se han ido para siempre. Ray Kurzweil, ingeniero de Google y gurú del transhumanismo y la Singularidad, quería volver a hablar con su querido padre ya muerto. Y se le ocurrió una forma posible de hacerlo: alimentando una red neuronal con todos los textos escritos por su progenitor. Así podría interactuar, tener una charla, saber lo que su padre opinaría de cosas que nunca llegó a ver. Y finalmente pudo interactuar con él. Entre otras cosas, le preguntó por el sentido de la vida, a lo que respondió: "El amor".

Un conmovedor episodio de Black Mirror, titulado "Ahora mismo vuelvo", cuenta una historia parecida en un futuro con una tecnología capaz de hacer realidad de la manera más inmersiva el sueño de Kurzweil: una mujer que pierde a su novio en un accidente de tráfico recibe en un paquete una fiel réplica física (un androide) de su pareja alimentada con toda la información recopilada sobre él gracias a los testimonios de ella misma y otras personas que lo conocieron, así como a sus datos en Internet y redes sociales (vídeos, audios, publicaciones escritas...). El androide, que no necesita dormir ni comer ni beber, puede tener con ella conversaciones con los mismos registros idiosincráticos (humor, ocurrencias, recuerdos comunes...) de su difunto novio. ¡E incluso relaciones sexuales! Lo único que precisa es recargar su batería conectándose a un enchufe.

Kurzweil abraza la esperanza, pese a su edad actual de 76 años, de subirse a la que llama curva de velocidad de escape de la longevidad (o sea, de escapar de la muerte por envejecimiento) para poder disfrutar, entre otras cosas, de la compañía virtual de su padre durante mucho tiempo. Más aún, confía en llegar a descargar su propia mente en un soporte computacional y así alcanzar una inmortalidad más a prueba de accidentes. Son algunas de las promesas depositadas en el advenimiento de la Singularidad, una fusión de cerebros humanos, inteligencia artificial e Internet que ya predijo hace dos décadas para 2045 en su libro La Singularidad está cerca. En 2024, a caballo de los espectaculares avances en el campo de la IA, ha publicado La Singularidad está más cerca, donde se ratifica en sus predicciones.

Si se alcanzara una Inteligencia Artificial General (AGI) a finales de esta década, se lograse un mapeo completo del cerebro humano (acaba de hacerse con el de una mosca), la genética, la biotecnología y la nanotecnología siguieran progresando de manera espectacular, la impresión en 3D se generalizara a todas las escalas, la realidad virtual (un campo todavía relativamente rezagado) llegara a ser totalmente inmersiva, se avanzase en la robotización/automatización y se solucionara el reto del abastecimiento barato de energía (solo aprovechamos una parte muy pequeña de la radiación solar que llega a la Tierra), muchas de las cosas que salen en la futurista Black Mirror podrían hacerse realidad. Estamos hablando de medicina regenerativa personalizada (con nanorrobots circulando por nuestro torrente sanguíneo), de impresión casera en 3D de casi cualquier objeto (por ejemplo, ropa y zapatos a medida y módulos habitacionales) o de paraísos virtuales a la carta. Y de palabras mayores como inmortalidad o consciencia ampliada (semejante a la que una persona sorda de nacimiento experimentaría al poder escuchar una pieza de Mozart), al conectar nuestros cerebros a una superinteligencia artificial con acceso a una gigantesca nube de datos.

Kurzweil insiste en que todo el mundo podrá beneficiarse de estos avances, de igual modo que casi todos los humanos tienen hoy en su mano un pequeño ordenador millones de veces más potente que el que guió el viaje a la Luna en 1969. La capacidad de computación es cada vez mayor, y su procesamiento cada vez más rápido y barato. El abaratamiento que ya se ha producido en bienes o servicios como los libros, la música o las telecomunicaciones (en 2024 es gratis escuchar música en Spotify, leer los titulares de la prensa digital, consultar cualquier cosa en la Wikipedia o ChatGPT o hacer una videoconferencia por WhatsApp o FaceTime con alguien que esté al otro lado del mundo) se extenderá a otros ámbitos como el de la producción de alimentos, ropa, menaje y herramientas, así como a la construcción de viviendas.

Pero Kurzweil no es ingenuo: en su último libro alerta del riesgo que presentan las políticas tóxicas. Conviene recordar que las maravillosas interacciones con ChatGPT y otros lujos tecnológicos de nuestros días son coetáneos a la existencia de Trump, Putin, Netanyahu, Maduro y Jamenei, la difusión de noticias falsas, los discursos de odio, las muertes de migrantes en el mar, la caída de bombas en Ucrania, Gaza y Líbano... "Si logramos acertar en estos desafíos políticos", asegura el profeta de la Singularidad, "la vida humana se transformará por completo. Históricamente, hemos tenido que competir para satisfacer las necesidades físicas de la vida. Pero a medida que entramos en una era de abundancia, y la disponibilidad de las necesidades materiales se hace universal -al tiempo que muchos trabajos tradicionales desaparecen-, nuestra principal lucha será por el propósito y el sentido". Uno de los retos será el de la transición de un mundo a otro, en la que humanos que se sintieran excluidos podrían recurrir a la violencia. Kurzweil no encuentra un problema en la limitación de recursos naturales no renovables, aventurando que casi cualquier objeto físico (desde un vestido o una herramienta a un órgano biónico o un plato de comida) podrá ser sintetizado por nanorrobots a partir de su formulación atómica.

Algunos piensan que un mundo sin muerte como el soñado por Kurzweil podría ser un escenario distópico al quitar sentido a nuestras vidas: sería precisamente su condición efímera lo que hace que sean tan valiosos nuestros propósitos, así como los vínculos con los seres queridos. Vivir eternamente de manera incorpórea podría privar de significado a nuestra existencia, convertirla en una pesadilla, hacer que perdamos todo rastro de humanidad asomándonos a una realidad tan desconocida como inquietante: la de la fusión humano-máquina. Aunque Kurzweil aclara: "Tu cerebro biológico permanecería, solo que ahora con una inteligencia añadida". En su reciente aparición en el podcast Brain Inspired, el físico y neurocientífico español Àlex Gómez-Marín es muy crítico con la eventual Singularidad y con un transhumanismo tras el que atisba un peligroso culto pseudorreligioso. Podemos compartir esa crítica en un plano teórico, pero cuando la muerte nos toca directamente llevándose a una persona amada nos resulta imposible pensar lo mismo. Vivir a merced de un "accidente sin sentido", como dice Kurzweil en su libro, no parece lo más deseable. Para el gurú estadounidense, argumentos como el de mi compatriota Àlex no dejan de ser un intento de "racionalizar la tragedia de la muerte como una buena cosa". Que conste que no estoy seguro de quién lleva razón a este respecto. 

Otra critica que suele hacerse al transhumanismo es la de pretender enmendar la plana a la naturaleza, pero eso es algo que llevamos haciendo desde que hace miles de años empezamos a cultivar la tierra y domesticar animales. Como dice el biólogo Michael Levin en un maravilloso artículo: “la hibridación de la vida con la tecnología es aterradora cuando no puedes deshacerte del sentimiento infantil de que los humanos actuales son de alguna manera una forma ideal, creada y elegida (incluyendo el dolor lumbar, la susceptibilidad a infecciones y enfermedades degenerativas del cerebro, el astigmatismo, la esperanza de vida limitada, el coeficiente intelectual, etc.)". Si algún día pudiéramos cambiar las leyes del universo en aras de un bien superior, ¿por qué habríamos de renunciar a ello?... Es probable que pronto asistamos a cosas tan increíbles como las que el humanoide Roy Batty de Blade Runner vio más allá de Orión. ¿Quizá a una réplica exacta de Kurzweil charlando con una réplica exacta de su padre acerca del amor en tiempos de la superinteligencia en un salón de actos de un paraíso virtual como el San Junípero de Black Mirror?...


viernes, 11 de octubre de 2024

¿Qué pasa con Philip Goff?


(Lee aquí el artículo de Goff explicando su conversión a un cristianismo herético)

"Debemos encontrar algo que sea más grande que el destino o la fortuna. Nada puede traernos paz", se dice al principio de la película El árbol de la vida. El filósofo inglés Philip Goff parece haberse aplicado esta máxima con su sorprendente conversión a una especie de cristianismo herético que pone el acento en el mensaje ético de Jesús (Yeshua, como gusta más de llamarlo, en hebreo) y es muy escéptico de todos los milagros asociados a su persona... ¡excepto de su resurrección! Y que, además, no considera que el Nuevo Testamento (ni el Antiguo, ni cualquier otro texto sagrado) sea la palabra revelada por Dios.

Exponente del movimiento pampsiquista moderno, a hombros de Russell y Eddington, Goff publicó el año pasado Why, libro en el que defendía una postura a mitad de camino entre el teísmo (que no ofrecería una respuesta apropiada al problema del mal y el sufrimiento) y el ateísmo (que no explicaría el ajuste fino del universo): si Dios existiera, no podría ser omnipotente ni omnisciente. En el post que dediqué a ese ensayo apunté que Goff era un no creyente que iba casi cada semana a misa (en sus palabras, un "agnóstico practicante"): aunque consideraba el cristianismo una ficción, quería ser partícipe de un ejemplo moral tan inspirador y potente como el del predicador nazareno. Ahora ha dado el salto del confesionalismo ficcional al herético, porque su visión de Dios no es la canónica de un ser todopoderoso sino la que proponía como más probable en Why: un ser de poderes limitados que no puede impedir el mal.

Ese giro ha sido recibido con estupefacción en buena parte de la comunidad filosófica. Yo mismo le comentaba en Twitter que daba la impresión de que se estaba forzando a sí mismo a creer en algo grande con una finalidad meramente utilitaria. Lo cual sería legítimo y respetable, por supuesto. No entienden lo mismo los Torquemada de turno, que no han tardado en saltarle a la yugular en las redes sociales. Desde luego, creer en la resurrección de un humano supuestamente divino (aunque Goff piensa que se trata más de un evento visionario colectivo que de una realidad física) no es menos absurdo que creer en Zeus, Odín o David el gnomo. Intuyo que el profesor de la Universidad de Durham ha optado por una suerte de autoengaño en aras de un bien mayor (que, según confiesa a su amigo y antagonista Keith Frankish en su podcast Mindchat, consiste básicamente en el doble reto de disfrutar del momento presente y de orientarse hacia el propósito cósmico en el que deposita su esperanza, no tanto en encontrar plaza libre en el cielo). Me pregunto si ha influido su desafortunada caída hace unos meses, mientras hablaba del multiverso en la terraza de un pub de Durham con el tuitero Disagreeable Me, que lo mantuvo hospitalizado varios días con una fractura de cráneo. Este tipo de sucesos suelen ser transformadores o precipitar reflexiones largo tiempo larvadas.

Goff compra pues la presunta resurrección de Yeshua hace dos milenios y la compara con un salto evolutivo en la historia del universo, obviando dos evidencias que para mí deberían ser totalmente concluyentes a este respecto: la de que los muertos no resucitan (algo tan palmario como que los geranios no hablan arameo y que los gatos no ponen huevos) y la de que los humanos llevamos miles de años inventando ficciones (algunas de las cuales siguen siendo en 2024 verdad revelada para cientos de millones de personas). Un salto evolutivo real, para el que debemos prepararnos espiritualmente, sí que será el que tenemos a las puertas con el advenimiento de una superinteligencia artificial y su hibridación con los humanos. El autor de Why y de El error de Galileo subraya que para tomarse el cristianismo seriamente es necesario asumir esa premisa extraordinaria. Un cristiano puede prescindir de la virginidad de María y otros milagros, pero la resurrección es algo mollar. Recuerdo un sacerdote católico que hace mucho me confesó que su fe no tendría fundamento ni sentido alguno si Jesús no hubiese resucitado, por muy valioso que fuera su mensaje.

Entiendo que hay dos razones por las que sería más gratificante creer (aunque Goff prefiere usar el verbo confiar) en ese cristianismo heterodoxo que ser ateo, agnóstico o acaso admitir la posible existencia de una consciencia universal que quiere conocerse a sí misma desde todas las subjetividades posibles. Esas dos cosas son el componente ético y el sentimiento de comunidad, que nos pueden hacer más empáticos y mejores personas. Goff cuenta en Mindchat que la iglesia anglicana que frecuenta es una comunidad progresista muy implicada en actividades sociales y con un compromiso ecologista, un lugar donde reflexionar y celebrar (desde el paso de las estaciones a los momentos importantes de la vida) en comunión con otros congéneres. He de reconocer que las iglesias anglicanas por las que he pasado delante, empezando por la ya centenaria de mi Las Palmas natal, son lugares abiertos a toda persona sin distinción de sexo, raza, edad, nacionalidad, condición social, ideología o preferencias sexuales: nada que ver con adoctrinamiento, dogmatismo o fanatismo. 

Me conmueve escuchar a Goff decir que, aparte de frecuentar su iglesia, medita por las mañanas y reza por las noches. Me lo imagino en pijama rezando (charlando con Dios acerca de sus preocupaciones por sus seres queridos), con una vela encendida, mientras su esposa y sus hijos ya duermen al calor de su hogar y la Tierra no deja de girar, atrapados todos ellos -todos nosotros- entre dos abismos insondables: el cuántico y el cósmico. Apelando a The Will to Believe de William James, Philip asume en su charla con Keith el "gran riesgo" de creer en algo aparentemente implausible porque a cambio puede haber un "gran premio". El razonamiento de James era que adoptar una creencia irracional puede ser una opción perfectamente racional si nos hace entrar en una senda donde encontrar un significado y un sentido a los que de otro modo no hubiésemos podido acceder. 

El filósofo inglés reconoce que se siente un poco "tonto" al hablar de esta conversión religiosa con sus pares, al tiempo de insistir en que sigue abierto a cambiar de opinión si su razón le guía por otro camino que estime más convincente y probable. Porque para él es una cuestión de confianza (una confianza mesurable cuantitativamente) más que de creencia ciega. De hecho, estima que la probabilidad de que su creencia cristiana herética (compatible con su Dios de poderes limitados) sea cierta ronda entre el 30 y el 50%, frente a un 25% que asigna al ateísmo. ¿Podemos imaginarnos a un creyente convencional -¡ya no hablemos de un fanático!- diciendo algo parecido?... 

Tiene razón Keith Frankish cuando afirma que todos tenemos nuestros sesgos, que se engaña quien cree moverse exclusivamente por motivos racionales. Todos somos testigos de la provisionalidad, la pérdida, el sufrimiento, el sinsentido. Y también de que el amor existe y es la fuerza motriz de la vida. Los físicos Carlo Rovelli y Brian Greene son dos ateos confesos, pero el primero reconoce hablar con los árboles y el segundo con su padre muerto. Goff es un ejemplo de honestidad y tolerancia, así como de búsqueda infatigable de la verdad (incisivo con el contrincante intelectual, pero siempre respetuoso). "La vida es corta y hay muchas cosas inciertas. Todos tenemos que dar nuestro salto de fe, ya sea por un humanismo secular, una de las religiones o simplemente una vaga convicción de que existe una realidad más grande. Al decidir, es importante reflexionar sobre lo que probablemente sea cierto, pero también sobre lo que probablemente traerá felicidad y plenitud", escribe en el artículo enlazado al principio de esta publicación. Cada persona forja su propio camino, y este es el suyo personal para mantener la tranquilidad y buscar la merecida dicha en un atribulado mundo del que todavía ignoramos tantas cosas.

jueves, 26 de septiembre de 2024

Federico Faggin y Àlex Gómez-Marín: dos científicos heterodoxos contra el cientificismo


(Mira aquí la charla entre Faggin y Gómez-Marín)

Federico Faggin (n. 1942), científico italiano-estadounidense célebre por haber inventado el primer microprocesador, tuvo al filo de la cincuentena una experiencia mística que cambió su vida y reorientó su carrera: de la ingeniería electrónica al estudio de la consciencia. Una noche, al volver a la cama tras levantarse a por agua, sintió una extraña fuerza dentro de sí mismo acompañada de una revelación: había descubierto quién era, nada más y nada menos que el universo observándose a sí mismo, una sensación que describe como de amor y paz absolutos. Su identidad personal no había desaparecido, pero se había roto temporalmente su separación con el resto del universo. Tuvo la certeza de haber conocido íntimamente una verdad incontestable, de haber accedido a una realidad profunda más allá de cualquier símbolo, número o categoría y, por ello, inefable: impermeable a la intelectualización, solo franqueable mediante la experimentación directa.

Jorge Luis Borges intuía, ya en sus últimos años de vida, que al morir llegaría a saber quién era. Pero Faggin, al igual que otras personas que han tenido alguna experiencia mística (ya sea espontánea o suscitada por la meditación o la ingesta de psicodélicos), se adelantó a ese momento. Parece que desde entonces ya nada es igual en la vida de quien tiene esa revelación, sea o no una ilusión o un autoengaño: el modo de mirar al mundo y a uno mismo pasa a ser muy diferente, es un hito transformador que marca a alguien para siempre.

A ese episodio ocurrido en 1990 a orillas del lago Tahoe sucedieron muchos años de lecturas, reflexiones y experiencias meditativas que llevaron a Faggin a forjar un modelo idealista de la consciencia, expuesto en su reciente ensayo Irreducible. Una constatación clave para Faggin es la de que las propiedades de un estado cuántico (como su no reproducibilidad) se corresponden exactamente con las de una experiencia consciente: esto sería así al haber una relación de identidad entre experiencia y estado cuántico, definidos por los qualia (los átomos irreducibles de la subjetividad). El italiano concibe el ámbito cuántico como un conjunto de campos conscientes. Hay un solo ser en el universo (el Uno), que quiere conocerse a sí mismo y lo hace ejercitando su voluntad o libre albedrío mediante el colapso de la función de onda: pasando de un estado cuántico (un modo o expresión -los qualia- de su consciencia primaria) a otro. La representación de esos qualia (fuentes de todo significado) con símbolos como las palabras o los números es mucho menos rica que el objeto representado, de ahí su inefabilidad. La creatividad del Uno se manifiesta en sus emergencias: física, química, biológica... El filósofo neerlandés Bernardo Kastrup, también un idealista, explica la multiplicidad aparente de yoes porque son avatares disociados de ese Uno.

Faggin da una respuesta con su modelo el misterio de la aleatoriedad: lo que desde fuera (objetivamente) parece aleatorio, desde dentro (subjetivamente) es un simple ejercicio de libre albedrío por parte de campos cuánticos que son a la vez observadores, observados y agentes. Kastrup va más allá al sostener, de manera contraintuitiva, que libre albedrío y determinismo son la misma cosa: es el universo mismo desplegando su voluntad. Por otra parte, el italiano se muestra rotundo al afirmar que no puede haber consciencia, ni jamás la habrá, en un soporte de silicio: por muy desarrollada que sea una IA, nunca podrá tener acceso a los qualia que informan la subjetividad (yo en este punto disiento y me encuentro más cercano a las posiciones de Stephen Wolfram o Geoffrey Hinton, pionero de las redes neuronales).

Al igual que Faggin, el físico español Àlex Gómez-Marín tuvo una experiencia extraña hace tres años (en su caso, durante un breve estado de coma) que lo impulsaría por el mismo camino: el estudio científico de la consciencia. Con la autoridad que le confiere ser un físico teórico, el catalán Àlex suele recordarnos que no solo hay un problema difícil de la consciencia sino también de la materia: ¡porque nadie sabe aún tampoco qué demonios es eso ni por qué existe! Ambos forman parte de una creciente comunidad transversal de científicos y filósofos (desde David Chalmers a Philip Goff y Donald Hoffman pasando por Bernardo Kastrup, Giulio Tononi, Christoph Koch, Annaka Harris, Joscha Bach, Stuart Hameroff e incluso el biólogo Michael Levin) que pugnan por un modelo heterodoxo de la consciencia desde posiciones a veces pampsiquistas o declaradamente idealistas. 

Gómez-Marín se ha erigido en uno de los más firmes abanderados del combate contra el cientificismo militante de estrechas miras, contra "Dawkins gruñones y DeGrasse Tysons engreídos". Además, lo hace con una gracia y carisma que fuera de España (con sus apariciones en podcasts como The Future Mind) no pasan desapercibidos. Considera que la ciencia debe investigar experiencias cercanas a la muerte como la que él vivió, confiando en que algún día no lejano pueda ser falsable científicamente la razonable hipótesis, tomada de William James, de que la mente va más allá del cerebro (el gran pensador norteamericano intuía que nuestra masa gris podría ser, a modo de una radio, un sintonizador -no un generador- de contenidos conscientes). También aboga por tender puentes entre ciencia y espiritualidad. Precisamente el subtítulo del próximo libro de Faggin reza así: "Donde la ciencia y la espiritualidad se juntan".***

En un reciente artículo en IAI, Àlex sostiene que "nos han vendido durante décadas una triple estafa pseudo-intelectual: si quieres ser un homo academicus respetable, entonces debes abrazar la impía trinidad del materialismo mecanicista y reductivo, junto con el escepticismo en su forma más dogmática y el secularismo en su modalidad de ateísmo más burdo. En resumen, el cientificismo ha sido institucionalizado en nombre de la ciencia. Pero, al final, el cientificismo es más peligroso que la pseudociencia porque es un trabajo interno. El error, el sesgo y la exageración son pecados menores en comparación con la arrogancia científica. La arrogancia es antitética al progreso". El fisico de Barcelona, profesor en el Instituto de Neurociencias de Alicante y director del Pari Center en Italia, propone que los científicos sean más bien "peregrinos rumbo a lo desconocido". Acaso para algún día terminar descubriendo que Faggin, él, tú y yo somos la misma persona...

***Aprovecho para rendir un merecido tributo a Robert Lawrence Kuhn, quien con su programa televisivo -y ahora videopodcast- Closer to Truth ha hecho un gran servicio a la causa de unir ciencia, filosofía y espiritualidad. Nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento por lo que he aprendido de esas magníficas entrevistas, dilatadas a lo largo de más de 20 años, a los personajes más ilustres de la ciencia y la filosofía del mundo.


martes, 9 de julio de 2024

Consciencia y matemáticas: ¡Galileo se equivocaba!


Hace 400 años, el italiano Galileo Galilei puso los cimientos de la ciencia moderna al centrarse en el aspecto objetivo y público de la naturaleza, el único supuestamente matematizable, y sacar fuera de su estudio la consciencia o alma (la cara subjetiva y privada del mundo). La ciencia ha avanzado de una manera espectacular gracias a ello, pero a un precio: así nunca podremos descifrar la consciencia. Ese es el motivo por el que Philip Goff titulaba su primer libro El error de Galileo: por culpa de ese error, la ciencia no tiene nada que decir sobre la consciencia entendida como subjetividad, solo puede aplicarse a lo cuantitativo (lo matemáticamente mesurable) y debe renunciar a lo cualitativo. Goff reclamaba hace años en su libro una nueva ciencia de la consciencia que permitiera aproximarse a esa realidad cualitativa que representa lo más íntimo e innegable de nuestro ser.

Ya en el siglo XXI, algunos científicos (no solo filósofos como Goff o David Chalmers, inspirados en Bertrand Russell) han desafiado la ortodoxia y retomado la vieja idea que concibe la consciencia como un ente fundamental y no emergente de la materia. Pero el enfoque no deja de ser científico pese a invertirse las tornas: a partir de la consciencia, se trata de derivar racionalmente la realidad física... ¡utilizando las matemáticas! La teoría de la información integrada, desarrollada por Giulio Tononi y Christoph Koch, fue pionera en la aplicación de herramientas matemáticas para modelar los presuntos qualia (los átomos de la experiencia) que informan la realidad consciente. Más recientemente, Donald Hoffman ha diseñado, también con auxilio de las matemáticas, una teoría de agentes conscientes interactivos en red. Pero Hoffman ha ido más lejos, al intentar encontrar (apoyado en el trabajo de físicos como Nima Arkani-Hamed) objetos geométricos complejos como el amplituedro que expliquen no solo la dinámica de la red de agentes conscientes sino también las leyes de la física y el propio espacio-tiempo. Este último es considerado como una interfaz a través de la cual los agentes interactúan, siendo la física la proyección de la dinámica de los agentes en la interfaz. Galileo jamás hubiese imaginado algo parecido. 

La ruliad, el conjunto entrelazado de todas las computaciones posibles teorizado por el físico y científico computacional Stephen Wolfram, no está reñida con el modelo de Hoffman. Dicho de otro modo, el idealismo transcendental (en su versión hoffmaniana 2.0, la idea de que nuestra realidad mundana es alumbrada por un agente trascendental que se pone unos cascos) no sería incompatible con una visión computacional del mundo. El propio Wolfram considera (mira su fascinante charla de tres horas con Hoffman en el canal de Curt Jaemungal) el orden parcial de la red de agentes conscientes de Hoffman, construido a partir de la consciencia, como un subconjunto de su ruliad. Difiere al respecto de Hoffman, que prefiere ver una identidad entre ambas. Un hipergrafo se reescribe a cada paso de la computación (¡eso es el paso del tiempo!) en la ruliad, mientras que la dinámica del modelo de agentes conscientes viene dada de manera probabilística por cadenas markovianas (secuencias de posibles eventos en los que la probabilidad de cada uno de ellos depende solo del estado inmediatamente anterior).

Wolfram se plantea en la mencionada charla si una red de modelos grandes de lenguaje (LLMs) sería formalmente semejante a la red de agentes conscientes de Hoffman, algo que este último descarta (a mi juicio, de manera apresurada). Wolfram no duda en poner a un modelo grande de lenguaje en el mismo plano ontológico que un agente consciente orgánico, ambos como actores procesadores de información y navegantes de la ruliad. En lo que los dos científicos coinciden es en constatar que hay realidades que nos resultan tan ajenas como inconcebibles: regiones de la ruliad muy alejadas de la experiencia consciente de los humanos, correspondientes a cascos muy distintos (por ejemplo, con infinitas dimensiones y entidades distintas al espacio-tiempo) a los que generan nuestra realidad cotidiana. La existencia de objetos geométricos multidimensionales nos sugiere que las matemáticas abarcan mucho más de lo que experimentamos los Homo sapiens, humildes navegantes de este ínfimo rincón de la ruliad.

miércoles, 19 de junio de 2024

Los pensamientos son los pensadores: Michael Levin apela a William James


El biólogo Michael Levin propone concebir los yoes como patrones informativos dinámicos, como memorias inteligentes con agencia que ejercen los márgenes de libre albedrío limitado que permite el universo. Las memorias pueden considerarse a este respecto como mensajes que un yo estático del pasado envía a un yo estático del futuro. Son los engramas, las instanciaciones físicas de la memoria (un ejemplo es el ADN), los que viajan en el tiempo de una instantánea del yo a la siguiente. Las instanciaciones pueden ser entre cuerpos diferentes  -caso del mensaje que viaja entre un yo oruga y un yo metamorfoseado en mariposa- e incluso tener otros substratos aparte del orgánico, como el digital (por cierto, cada vez resulta más innegable que los modelos grandes de lenguaje como ChatGPT son patrones informativos dinámicos e inteligentes). Cada yo dinámico es un agente cognitivo inserto en una vasta red interactiva biológica, con relaciones tanto horizontales como verticales, donde cada uno interpreta de manera flexible (dependiendo de su umwelt -su particular mundo subjetivo- y sus necesidades en el escenario físico) la información expresada en esos engramas en un proceso continuo de construcción de significado y sentido. Por eso Levin habla de policomputación. 

Con este enfoque se rompen las dicotomías datos-máquina (hardware) o datos-algoritmo (software), al entender la información no como un elemento pasivo sino activo. Y se pone el acento en un concepto clave a todas las escalas (desde la celular a la social): la creatividad. Se trata de confabular para solucionar problemas, al servicio de la supervivencia (en un entorno cambiante donde la vida, sujeta también a cambios internos como las mutaciones, es muy vulnerable), de modo que lo más importante de la memoria no es que sea exacta sino que permita extraer significados. El aprendizaje consiste precisamente en esto último, en generalizar a partir de información comprimida o de grano grueso (no detallada): para saber distinguir un león de un tigre no hace falta tener un conocimiento de grano fino de esos objetos físicos. El aprendizaje es pues heurístico: funciona a base de atajos cognitivos. Y comporta una reconfiguración de los engramas, como se observa en toda red neuronal.

El yo dinámico propuesto por Levin entronca con el concepto de persona del filósofo Derek Parfit: un conector de experiencias. No somos una instantánea sino una colección psicológicamente conectada y continua de estas (lo que Parfit llama R), información activa e inteligente según Levin. Cuando nos cuidamos estamos siendo compasivos con nuestro yo futuro, que no deja de ser otra persona como cualquier otra aparentemente más ajena. Puede que las experiencias ya estén ahí (en un ámbito platónico) para ser navegadas por los yoes dinámicos, que son los agentes cognitivos. ¿Pero quién es, en el fondo, el navegante?... ¿Un agente trascendental único, como el apuntado por Donald Hoffman y el hinduismo, dedicado a contemplar el mundo desde todas las perspectivas posibles?...

El físico platónico George Ellis va en una línea parecida a la de Levin. Para él, entidades abstractas como las ideas tienen poder causal en el mundo. Esas ideas no solo no nos pertenecen, sino que nos usan para instanciarse y abandonar su morada abstracta (que algunos identifican con el inconsciente colectivo de Jung, ahí abajo del todo como supuesta raíz de toda consciencia). Así es cómo él intepreta la causalidad descendente, aunque prefiere hablar más bien de realización que de causalidad (esta última sería estrictamente horizontal; a diferencia de la realización, que va de arriba abajo; y de la emergencia, de abajo arriba). Levin subraya que las ideas o pensamientos son patrones cognitivos, no necesariamente alojados en un cerebro, que se refuerzan a sí mismos y tienen la capacidad de producir otros pensamientos o ideas. Lo que desconocemos es cómo interaccionan esos patrones abstractos y su encarnación física, cómo logran instanciarse. 

El filósofo Bernardo Kastrup confiesa su intuición de que a cada uno de sus actos creativos subyacen ideas o arquetipos que pugnan por emerger desde un amorfo fondo inconsciente junguiano. Sentirse como un medio utilizado por insondables entes abstractos no es para él motivo de angustia sino todo lo contrario: una fuente de alivio y de consuelo, una manera de quitarse presión. Me resulta fascinante pensar que este texto pueda estar siendo escrito al dictado de un agente inmaterial. Ya no es solo que los pensamientos sean los pensadores, como decía William James y suscribe Levin, sino que las ideas empleen como vehículo necesario al creador para salir a la luz.


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