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La isla de Lobos, entre Fuerteventura y Lanzarote (Foto: Víctor Aguado) |
En este blog apenas he escrito sobre
Canarias, la tierra en la que nací y viví hasta casi los 26 años: que yo recuerde, solo dos posts dedicados al equipo de fútbol
(la U.D. Las Palmas) con el que sufro y me llevo alguna que otra alegría puntual desde que tengo uso de razón. La semana pasada fue el día de Canarias y reparé en dicha laguna. Hoy hablaré pues de ese país atlántico geográficamente al lado de África pero que ha estado cultural y económicamente a caballo entre Europa y América desde su conquista castellana hace medio milenio. Unas islas tan poco conocidas fuera y dentro. Porque, por ejemplo, ¿cuántos canarios saben que los gomeros más viejos siguen usando el
vosotros en vez del
ustedes (una tradición que, por desgracia, se está perdiendo)? Cada isla es un mundo diferente, pero incluso dentro de las islas mayores (Tenerife y Gran Canaria) hay muchas Canarias bien distintas: la urbana, la rural, la turística, la del norte, la del sur, la de medianías... En el Hierro, la gente no aspira las eses finales. En La Laguna y Las Palmas hay menos días de sol anuales que en Madrid. En las noches invernales de Vilaflor o Tejeda (incluso en cotas más bajas, como en San Mateo o La Laguna) se puede pasar más frío que en el centro de España. Son cosas que no dejan de sorprender a muchos peninsulares, incluso a quienes han estado allá pero no se han aventurado por el interior.
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Nieve en la cumbre de Gran Canaria (foto sacada por mí en enero de 1994) |
Cuando estaba en el colegio se nos contaba que los
guanches habían desaparecido tras la conquista, cuando lo cierto es que se fusionaron con los conquistadores. También se nos hablaba de nuestros antepasados españoles, cuando no pocos canarios tienen asimismo ascendencia portuguesa (el mío es un apellido de origen luso), italiana, flamenca (Artiles, por ejemplo, proviene de Flandes), francesa, inglesa, irlandesa... Y también sangre negra (en los ingenios azucareros de Gran Canaria trabajaron esclavos africanos), judía (tras la expulsión en 1492 de la península, algunos hebreos se establecieron en las islas) y morisca (personas trasladadas a las islas orientales tras su apresamiento en razias realizadas en la costa africana). A Canarias vinieron incluso
malteses (como atestigua el nombre de una calle de Las Palmas) y esclavos indios de América. Y no podemos pasar por alto a las comunidades de India y Corea, muy arraigadas desde su desembarco en las islas el siglo pasado. Ni a los canarios fruto de matrimonios mixtos con extranjeros llegados tras el
boom turístico de los años 60 (alemanes, ingleses, escandinavos...). Esta mezcolanza racial se manifiesta de muchas formas, desde la diversidad de apellidos hasta la singularidad del vocabulario (los nombres de alimentos, plantas o animales suelen ser diferentes a los de la Península). En el este de Gran Canaria llegó a haber en el siglo XIV una
efímera presencia de misioneros mallorquines, a raíz de la cual algunos aborígenes fueron llevados a Mallorca, bautizados y convertidos en bilingües catalán-guanche. Sorprendente, ¿no?
Es una gran verdad eso de que en todos sitios cuecen habas: en todas partes hay gente buena, regular y mala, ya que se trata de algo transversal a nacionalidad, edad, sexo, preferencias sexuales o cualquier otra condición. Enemigo como soy de los tópicos, he de reconocer que a veces se aproximan a la realidad (si no fuese así, no habrían aparecido ni se hubiesen consolidado). Con los riesgos que tiene toda generalización, y con la autoridad que me confiere ser canario y conocer aquella tierra (sobre todo, mi isla:
Gran Canaria), puedo apuntar ciertos defectos y virtudes de mis paisanos.
Entre las virtudes figuran la cordialidad en el trato y la tranquilidad (aunque es cuestión de grado, ya que Las Palmas parece tener un ritmo frenético en comparación con el mundo rural e incluso con Santa Cruz de Tenerife). Cualquiera que haya conducido en Canarias y en la península (particularmente, en Madrid) puede apreciar que allá los conductores son por lo general más prudentes y menos alocados.
Por estos lares mesetarios, el conductor típico se asemeja más en carretera al del sur de Italia o al de Turquía. Lo de la tranquilidad se manifiesta en otras cosas buenas como la menor propensión al ejercicio del fanatismo o la intolerancia (aunque haya fanáticos e intolerantes, como en todas partes) y la mayor paciencia ante las dificultades, pero también en una cierta indolencia o aplatanamiento que dificulta el asociacionismo y las luchas sociales.
Entre los defectos se encuentran el ombliguismo (la creencia ridícula en que lo de uno es lo mejor del mundo, sostenida sobre todo por quienes menos han viajado), la susceptibilidad (los canarios soportan mal las críticas o bromas sobre su tierra), la tendencia al desánimo (esto se observa claramente en un partido de fútbol, cuando las cosas se ponen feas) y cierto complejo de inferioridad (aunque cada vez menos). Esto último hace que algunos mentecatos se inclinen servilmente ante el del fuera
rico al tiempo de ensoberbecerse ante el de fuera
pobre. Porque, no nos engañemos, hay canarios xenófobos y racistas (aunque muy probablemente menos que en el resto de España), en particular con los moros y los africanos negros. Lo cual es una vergüenza teniendo en cuenta nuestro perfil multirracial y el que las islas hayan sido históricamente una
gran fuente de emigrantes (hacia la Luisiana, Texas, Uruguay, Venezuela, Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico...). También incluiría entre los defectos -aunque algunos lo consideren una virtud- ese espíritu fenicio de querer ganar dinero a costa de lo que sea. Nuestros paisajes han sufrido las consecuencias de ese mercantilismo grosero.
Los ricos canarios quizá se parezcan más a sus homólogos latinoamericanos que a los peninsulares (que tampoco es que sean un dechado de virtudes). Son por lo general gente poco cultivada, que ha amasado dinero no tanto por su espíritu emprendedor o su habilidad empresarial sino por haber recibido una sustanciosa herencia, dado algún pelotazo inmobiliario, ser un contratista o distribuidor bien relacionado con la clase política o haberse hecho con la importación exclusiva de un producto. Tipos que creen ocultar su incompetencia detrás de un buen traje y una corbata, que incluso fuerzan su acento para hablar como los peninsulares del centro (manifestación del antedicho complejo de inferioridad). Entre los niños pijos canarios suele haber bastantes impresentables, de lo que dan fe peninsulares que conozco que los han padecido en colegios mayores. Lo cierto es que Canarias sigue siendo una sociedad muy clasista, con un índice de desigualdad social más propio de Latinoamérica que de Europa occidental.
En el ámbito de la cultura no podría yo explicar las cosas mejor que el escritor tinerfeño residente en Madrid
Rafael José Díaz (léanse
esta entrada y
esta otra). El localismo y la mediocridad campan a sus anchas para tranquilidad de los mandarines bien relacionados y de sus paniaguados. Rafa apunta "el gregarismo, el sectarismo, la endogamia y la tendencia a las capillitas y grupúsculos en busca del reparto de la magra tarta cultural isleña". Supongo que se trata de algo habitual en lugares pequeños donde mucho tuerto suele ejercer como rey. Desde luego, Canarias tiene un serio problema educativo: no extraña pues que seamos junto a los andaluces los que nutramos los
reality shows más vergonzantes de la telebasura estatal. La subcultura del coyote (figura homóloga al
cani peninsular) está muy extendida en los barrios. Si no estuviéramos en España, el panorama político y social canario no sería muy diferente al de El Salvador (y si España no estuviera en la
Unión Europea, el panorama político y social español no sería muy diferente al de Turquía en los años 80).
Hasta hace unos decenios, el canario siempre fue muy españolista aunque a su modo, con un fuerte apego a su terruño y sus tradiciones (en las fiestas de muchos pueblos siguen viéndose banderas españolas junto a las tricolores canarias). Debe ser algo parecido al actual sentimiento mayoritario en comunidades como Asturias o Aragón, donde casi nadie duda de su españolidad pero solo a través de su condición de asturianos o aragoneses. Una vez, cuando yo tenia 16 años (presa entonces de un sarampión nacionalista-independentista que por fortuna me duró poco), le pedí intencionadamente al señor del estanco un sello "para España". El hombre, ya mayor, me dijo medio mosqueado: "¡En España estamos!". La sola insinuación de que Canarias no fuese España resultaba ofensiva para muchos. Creo que esto ha cambiado, probablemente para bien (porque denota una mayor autoestima de un pueblo acostumbrado a doblar la cerviz). El otro día, un compañero de trabajo me preguntó, aunque sin mala intención, si un evento era en hora canaria o española. Lejos de molestarme, incluso me hizo algo de gracia. Ya he escrito que
abomino del nacionalismo, que me parece una ideología infantil y nefasta, pero eso no me impide afirmar que yo sería un convencido independentista si el nivel de civismo de Canarias fuese el de Islandia (sería una estupidez no serlo,
conociendo España, y lamento tener que decir esto). Pero al igual que el resto de España y del mundo hispano, no dejamos de ser astilla del mismo palo.
Ha quedado bien claro que este no es un discurso autocomplaciente de folleto turístico: para quedarme en los lugares comunes y las cursilerías de siempre ("pueblo de hombres nobles", "vergel de belleza simpar", etc,) no hubiese hecho el esfuerzo de escribir estos párrafos. Ha llegado pues el momento de decir que Canarias es un país con una naturaleza espectacular, con un clima envidiable y un rico patrimonio biológico, con algo mágico muy difícil de explicar si no se va para allá a descubrirlo. Y aprovecho para confesar mi debilidad por
El Hierro, la más remota y occidental de las islas.
Cosas que se están haciendo allí y en otras partes del archipiélago como el
municipio grancanario de Agüimes me devuelven la confianza en que otra Canarias (y otra España) sea posible.