El Gobierno ha decidido restablecer el máximo permitido de velocidad en autopistas y autovías a 120 km/h. El apoyo a la candidatura de Rubalcaba para las próximas elecciones generales parece haber primado sobre otras consideraciones. Que esta sea una medida electoralista, que pueda inclinar el voto de alguien a uno u otro lado, habla muy a las claras de la calidad de la ciudadanía española.
La reducción a 110 había supuesto un ahorro energético y seguramente salvado más de una vida en las carreteras. Pero desde su implantación era una de las dianas de la impresentable oposición del PP, de la prensa derechista y ultraderechista, de las asociaciones de automovilistas y de los sectores más torrentiles o sudeuracas de la sociedad española. Los mismos que se indignan por no poder fumar donde les plazca, por no poder meter su 4x4 por donde les dé la gana, por no poder torturar y matar animales a su antojo, por no construir donde quieran y como quieran. Los mismos que votan a imputados y corruptos al tiempo que echan pestes de los inmigrantes -curioso que en Cataluña suelan hacerlo hijos de inmigrantes de otras regiones españolas- y presumen de católicos y de bandera con torito.
El otro día, cruzando el embalse de Valmayor rumbo a El Escorial, una furgoneta que venía en la otra dirección me picó las luces y su conductor hizo un gesto aconsejando una aminoración de velocidad. Me extrañó mucho esta conducta, pues yo circulaba justo al máximo permitido en esa vía. ¡Qué conmovedora preocupación por la seguridad ajena! Por un momento pensé que quizá estuviese en Dinamarca atravesando alguno de los puentes sobre el Báltico. A los pocos kilómetros se esfumaron mis ensoñaciones danesas al advertir la verdadera razón del aviso: un control de la Guardia Civil. ¡Qué entrañable ejercicio de solidaridad entre energúmenos! Yo jamás habría avisado, lo juro. Porque, qué le voy a hacer, combino mi nacimiento en un archipiélago del norte de África con un espíritu nordeuraca: el que me hace ver que hay cosas mucho más importantes y prioritarias que llevar de nuevo la limitación de velocidad a los 120 por hora para dar gusto a tanto impresentable.
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
sábado, 25 de junio de 2011
domingo, 19 de junio de 2011
Con motivo del Día del Español
Tener como lengua materna el castellano o español es tan meritorio (o sea, nada) como tener el euskera, el inglés, el tagalo o el amazigh. Se trata de una mera circunstancia, como el hecho de ser pelirrojo, barbilampiño, islandés, chato o apellidarse Peláez. Dar un carácter solemne a esa condición de hispanoparlante nativo no deja de ser un ridículo ejercicio de nacionalismo lingüístico.
Ciertamente, es una suerte que tu lengua materna sea una de las más importantes -en cuanto a número de hablantes- del mundo y que en ella puedas leer en versión original a Cervantes o Vargas Llosa. Aunque no es un motivo de orgullo que entre los 500 millones de personas que la hablan haya tanto analfabeto (integral o funcional) o que en Wikipedia se encuentren más entradas en italiano y en polaco que en español. Tampoco es para celebrar que no puedas leer a Chejov en su lengua materna, teniendo que recurrir a no pocas traducciones infames como una de Edaf llegada hace años a mi librería cual alimento podrido a una nevera.
El Instituto Cervantes pretende que "nos sintamos unidos por una lengua común". Yo no me siento unido a alguien por la simple coincidencia de que hable como nativo el mismo idioma que yo. Me siento unido a aquellos con quienes comparto ideas o sentimientos, no importa su nacionalidad o la lengua en que se expresen. Mi espíritu se complace más leyendo y escuchando la letra de Another sunny day (Belle&Sebastian) que oyendo a un vil sudeuraca gritando "La dije a la sudaca que ya le tengo" con su móvil pegado a la oreja. Por mucho que esta última frase sea en español (mejor dicho, en 'egpañol').
Ciertamente, es una suerte que tu lengua materna sea una de las más importantes -en cuanto a número de hablantes- del mundo y que en ella puedas leer en versión original a Cervantes o Vargas Llosa. Aunque no es un motivo de orgullo que entre los 500 millones de personas que la hablan haya tanto analfabeto (integral o funcional) o que en Wikipedia se encuentren más entradas en italiano y en polaco que en español. Tampoco es para celebrar que no puedas leer a Chejov en su lengua materna, teniendo que recurrir a no pocas traducciones infames como una de Edaf llegada hace años a mi librería cual alimento podrido a una nevera.
El Instituto Cervantes pretende que "nos sintamos unidos por una lengua común". Yo no me siento unido a alguien por la simple coincidencia de que hable como nativo el mismo idioma que yo. Me siento unido a aquellos con quienes comparto ideas o sentimientos, no importa su nacionalidad o la lengua en que se expresen. Mi espíritu se complace más leyendo y escuchando la letra de Another sunny day (Belle&Sebastian) que oyendo a un vil sudeuraca gritando "La dije a la sudaca que ya le tengo" con su móvil pegado a la oreja. Por mucho que esta última frase sea en español (mejor dicho, en 'egpañol').
domingo, 12 de junio de 2011
Desmontando frases solemnes (I): "La verdad os hará libres"
Hay expresiones arraigadas pese a su vaciedad e incluso su notoria falsedad. Hoy me detengo en este pasaje del Evangelio de San Juan, convertido en todo un clásico solemne no solo para los cristianos sino también para los marxistas y otras gentes de muy variado pelaje: "La verdad os hará libres" (Jn, 8:32).
Para empezar, es muy improbable que la verdad sea lo que pensaba y expresaba Jesús de Nazaret, a quien se atribuye la frase. Pero sea cual sea la verdad, desde la más nimia a la más absoluta, no existe relación alguna entre conocerla (caso de ser accesible al entendimiento) y ser libre. Por ejemplo, el conocimiento de la verdad "No puedo volar de este tejado al otro moviendo mis brazos como las alas de un ave sin perecer de inmediato" no me hace ni más ni menos libre: solo me hace consciente de una de las muchas limitaciones a mi libertad.
Porque quien vive es siempre prisionero del espacio-tiempo y de las leyes físicas y biológicas: no puede sustraerse al influjo gravitatorio (aunque un ser humano es libre de intentar dar un salto de 18 metros hacia arriba), al electromagnetismo (también somos libres de meter los dedos mojados en un enchufe), a la dictadura de la termodinámica (la que dispone que todo decaiga y que la flecha del tiempo apunte inexorablemente hacia el futuro), a la necesidad de alimentarse periódicamente, a la pulsión sexual o al riesgo de ser víctima de la predación de una bacteria, un león o un semejante ("Matar o morir" sí que es una de las grandes verdades de la vida).
Luego están las cadenas impuestas por vivir en sociedad. Saber que te engaña el dictador que se proclama gran timonel o intérprete de la voluntad de Dios no te libera de su régimen oprobioso, aunque siempre queda el consuelo de la libertad de pensamiento (puede que ni eso en un futuro, con el avance de la tecnología). Sin ir tan lejos, saber que tienes unos hijos que mantener y unas obligaciones con quien te paga el sueldo tampoco te aporta libertad: más bien te hace consciente de tus muchas servidumbres (entre ellas, algunas bastante estúpidas y prescindibles como el consumismo). Lo que sí es muy cierto es que la falta de escrúpulos tiende a hacerte más libre, al hacer más laxas tus obligaciones sociales.
Ahora bien, ¿puede que la eventual contemplación de la verdad absoluta (la Verdad, si acaso tal cosa existiese) sí nos hiciera libres? Desde luego, no mientras tengamos puesto el traje mortal y estemos sometidos a las leyes de este mundo. La visión de esa verdad suprema incluso podría volvernos locos, como le pasó al rey del cuento El espejo y la máscara, de Borges, al contemplar la Belleza: un "don vedado a los hombres". Mientras vivamos, la verdad no nos hará libres sino simplemente más informados y conscientes (y, en algunos casos, más infelices).
En fin, que me quedo mejor con esta frase de inmensa potencia tautológica pronunciada hace meses en el salón de actos de un colegio -¡juro que fui testigo de ello!- por un alcalde de la sierra madrileña (adscrito a la derecha abertzale, como casi todos los de la zona): "La libertad os hará libres". Ahí sí que estoy con él, sin duda.
Próxima entrega de 'Desmontando frases solemnes': "El hombre es el único animal que mata por placer"
Para empezar, es muy improbable que la verdad sea lo que pensaba y expresaba Jesús de Nazaret, a quien se atribuye la frase. Pero sea cual sea la verdad, desde la más nimia a la más absoluta, no existe relación alguna entre conocerla (caso de ser accesible al entendimiento) y ser libre. Por ejemplo, el conocimiento de la verdad "No puedo volar de este tejado al otro moviendo mis brazos como las alas de un ave sin perecer de inmediato" no me hace ni más ni menos libre: solo me hace consciente de una de las muchas limitaciones a mi libertad.
Porque quien vive es siempre prisionero del espacio-tiempo y de las leyes físicas y biológicas: no puede sustraerse al influjo gravitatorio (aunque un ser humano es libre de intentar dar un salto de 18 metros hacia arriba), al electromagnetismo (también somos libres de meter los dedos mojados en un enchufe), a la dictadura de la termodinámica (la que dispone que todo decaiga y que la flecha del tiempo apunte inexorablemente hacia el futuro), a la necesidad de alimentarse periódicamente, a la pulsión sexual o al riesgo de ser víctima de la predación de una bacteria, un león o un semejante ("Matar o morir" sí que es una de las grandes verdades de la vida).
Luego están las cadenas impuestas por vivir en sociedad. Saber que te engaña el dictador que se proclama gran timonel o intérprete de la voluntad de Dios no te libera de su régimen oprobioso, aunque siempre queda el consuelo de la libertad de pensamiento (puede que ni eso en un futuro, con el avance de la tecnología). Sin ir tan lejos, saber que tienes unos hijos que mantener y unas obligaciones con quien te paga el sueldo tampoco te aporta libertad: más bien te hace consciente de tus muchas servidumbres (entre ellas, algunas bastante estúpidas y prescindibles como el consumismo). Lo que sí es muy cierto es que la falta de escrúpulos tiende a hacerte más libre, al hacer más laxas tus obligaciones sociales.
Ahora bien, ¿puede que la eventual contemplación de la verdad absoluta (la Verdad, si acaso tal cosa existiese) sí nos hiciera libres? Desde luego, no mientras tengamos puesto el traje mortal y estemos sometidos a las leyes de este mundo. La visión de esa verdad suprema incluso podría volvernos locos, como le pasó al rey del cuento El espejo y la máscara, de Borges, al contemplar la Belleza: un "don vedado a los hombres". Mientras vivamos, la verdad no nos hará libres sino simplemente más informados y conscientes (y, en algunos casos, más infelices).
En fin, que me quedo mejor con esta frase de inmensa potencia tautológica pronunciada hace meses en el salón de actos de un colegio -¡juro que fui testigo de ello!- por un alcalde de la sierra madrileña (adscrito a la derecha abertzale, como casi todos los de la zona): "La libertad os hará libres". Ahí sí que estoy con él, sin duda.
Próxima entrega de 'Desmontando frases solemnes': "El hombre es el único animal que mata por placer"
domingo, 5 de junio de 2011
Arte contemporáneo y timadores desnudos
Con la Bienal de Venecia en ciernes, el otro día le dije a un amigo que albergo la sospecha de que buena parte del arte contemporáneo es un fraude, una estafa sustentada en el interés crematístico de algunos ("creadores" que encima creen en su genialidad, galeristas, representantes y comisionistas), la necesidad de ganarse las lentejas de otros (comisarios, directores y empleados de museos, críticos de arte y demás personal de revistas, suplementos y programas especializados), la burricie y horterez de no pocos coleccionistas (entre los que se incluye un selecto grupo de macarras multimillonarios, compradores del último grito con un dinero manchado muchas veces de sangre y petróleo) y el papanatismo -alimentado penosamente por los medios de comunicación- o indiferencia del gran público ajeno a todo este tejemaneje. Un público que frecuenta lugares comunes como "No entiendo esto, pero debe tener un enorme valor artístico", "No debes opinar si no entiendes" o, peor aún: "¡Qué maravilla!". Detrás de todo, el miedo a ser tachado de inculto, burro o insensible.
Mi amigo me replicó indignado: "¿Cómo te atreves a decir que Tàpies es un timo? ¿Quién te has creído para afirmar tal cosa con esa rotundidad?". Aquí solo hay que apelar a la sensibilidad y el buen criterio de cada cual para separar el grano de la paja. De nada valen las sesudas disertaciones de críticos y "entendidos" (muchas absolutamente ilegibles y disparatadas como esta seleccionada en la antología de bodrios de Pseudópodo). Abajo se exponen cuatro obras: dos de ellas tienen un innegable valor artístico; las otras dos son una bazofia. ¿No salta a la vista? ¿O es que aquí es aplicable eso de que "para gustos, los colores"?... Aunque puede que sea yo quien tenga atrofiado el sentido estético y no alcance a captar la singularidad conceptual de ese calcetín blanco de Tàpies (recomiendo encarecidamente este documental de TVE para "descubrir" al amigo Antoni: los primeros minutos son gloriosos) o la potencia cromática del Micky Mouse seriado de Warhol.
Las instalaciones o performances merecerían por sí solas un capítulo aparte. Como la pergeñada en 2001 por Martin Creed, consistente en una bombilla que se encendía y apagaba en un cuarto vacío, que le sirvió para ganar el preciado Premio Turner de ese año. O este engendro sonoro parido por la inefable Esther Ferrer, considerada una "figura fundamental" del arte contemporáneo español. Si alguien cree que esas birrias son homologables a los cuadros de Caspar Friedrich y Vincent Van Gogh expuestos arriba, se está retratando fielmente. Desde luego, no me sorprende que haya gente que lo piense, como tampoco que los libros de Punset figuren entre los más vendidos, que Lady Gaga sea un fenómeno discográfico, que muchos obreros del extrarradio de Madrid adoren a Esperanza Aguirre o que tanto gañán adinerado (narcos, futbolistas, especuladores inmobiliarios, etc.) tenga una especial debilidad por los coches deportivos de alta gama: todas ellas son distintas caras del mismo poliedro.
Ya en los años 60, Jorge Luis Borges y su amigo Adolfo Bioy Casares se burlaron de tanto papanatismo -no solo en el arte sino también en la literatura- en sus geniales Crónicas de Bustos Domecq (1967). En una de ellas, Un pincel nuestro: Tafas, el protagonista es un pintor porteño que compra postales de rincones de Buenos Aires para transformarlas en obras artísticas con un mero embetunado que las hace negras del todo. Su proceso creativo constaba supuestamente de tres fases: el pintado, el borrado (con "miga de pan" y "agua de la canilla") y el embetunado. En realidad, la labor de Tafas se reducía a esto último, ya que no había pintado ni borrado alguno. La ironía del dúo Borges-Bioy es muy aguda al abordar la puesta en el mercado de estos cuadros: "Desde luego, los precios no eran uniformes; variaban según el detallado cromático, los escorzos, la composición, etcétera, de la obra borrada (...) El Museo de Bellas Artes se apuntó un poroto, adquiriendo tres de los once, por un importe global que dejó sin habla al contribuyente".
En 1994, casi treinta años después, la dramaturga francesa Yasmina Reza estrenó Arte, una hilarante sátira en torno a un cuadro absolutamente blanco comprado por 300.000 francos. Yo tuve la oportunidad de verla representada en Madrid por el actor Ricardo Darín. Memorable es la escena en la que el personaje de Marc (encarnado por Darín) le dice con estupor a su amigo Serge, cuando este le pregunta por su adquisición, lo que realmente le parece: "Un pedazo de mierda blanca".
Por fortuna, poco a poco se van oyendo más voces que claman en el mismo sentido, voces de gente con prestigio intelectual, sensibilidad artística, independencia y coraje -hay que tenerlo para remar a contracorriente- como Antonio Muñoz Molina o Mario Vargas Llosa. Mientras tanto, emperadores y emperatrices del arte como Damian Hirst siguen desfilando desnudos, aplaudidos por la chusma, por grotescos Arcos y Bienales que contribuyen a engrosar sus cuentas bancarias y a blanquear dinero de oscura procedencia. Y continúan defecándose textos como los de este blog argentino, que al menos sirven para echarse unas buenas carcajadas a quienes osan decir (quizá porque, a diferencia de otros, son capaces de verlo) que sin duda el emperador va en pelotas.
Mi amigo me replicó indignado: "¿Cómo te atreves a decir que Tàpies es un timo? ¿Quién te has creído para afirmar tal cosa con esa rotundidad?". Aquí solo hay que apelar a la sensibilidad y el buen criterio de cada cual para separar el grano de la paja. De nada valen las sesudas disertaciones de críticos y "entendidos" (muchas absolutamente ilegibles y disparatadas como esta seleccionada en la antología de bodrios de Pseudópodo). Abajo se exponen cuatro obras: dos de ellas tienen un innegable valor artístico; las otras dos son una bazofia. ¿No salta a la vista? ¿O es que aquí es aplicable eso de que "para gustos, los colores"?... Aunque puede que sea yo quien tenga atrofiado el sentido estético y no alcance a captar la singularidad conceptual de ese calcetín blanco de Tàpies (recomiendo encarecidamente este documental de TVE para "descubrir" al amigo Antoni: los primeros minutos son gloriosos) o la potencia cromática del Micky Mouse seriado de Warhol.
Las instalaciones o performances merecerían por sí solas un capítulo aparte. Como la pergeñada en 2001 por Martin Creed, consistente en una bombilla que se encendía y apagaba en un cuarto vacío, que le sirvió para ganar el preciado Premio Turner de ese año. O este engendro sonoro parido por la inefable Esther Ferrer, considerada una "figura fundamental" del arte contemporáneo español. Si alguien cree que esas birrias son homologables a los cuadros de Caspar Friedrich y Vincent Van Gogh expuestos arriba, se está retratando fielmente. Desde luego, no me sorprende que haya gente que lo piense, como tampoco que los libros de Punset figuren entre los más vendidos, que Lady Gaga sea un fenómeno discográfico, que muchos obreros del extrarradio de Madrid adoren a Esperanza Aguirre o que tanto gañán adinerado (narcos, futbolistas, especuladores inmobiliarios, etc.) tenga una especial debilidad por los coches deportivos de alta gama: todas ellas son distintas caras del mismo poliedro.
Ya en los años 60, Jorge Luis Borges y su amigo Adolfo Bioy Casares se burlaron de tanto papanatismo -no solo en el arte sino también en la literatura- en sus geniales Crónicas de Bustos Domecq (1967). En una de ellas, Un pincel nuestro: Tafas, el protagonista es un pintor porteño que compra postales de rincones de Buenos Aires para transformarlas en obras artísticas con un mero embetunado que las hace negras del todo. Su proceso creativo constaba supuestamente de tres fases: el pintado, el borrado (con "miga de pan" y "agua de la canilla") y el embetunado. En realidad, la labor de Tafas se reducía a esto último, ya que no había pintado ni borrado alguno. La ironía del dúo Borges-Bioy es muy aguda al abordar la puesta en el mercado de estos cuadros: "Desde luego, los precios no eran uniformes; variaban según el detallado cromático, los escorzos, la composición, etcétera, de la obra borrada (...) El Museo de Bellas Artes se apuntó un poroto, adquiriendo tres de los once, por un importe global que dejó sin habla al contribuyente".
En 1994, casi treinta años después, la dramaturga francesa Yasmina Reza estrenó Arte, una hilarante sátira en torno a un cuadro absolutamente blanco comprado por 300.000 francos. Yo tuve la oportunidad de verla representada en Madrid por el actor Ricardo Darín. Memorable es la escena en la que el personaje de Marc (encarnado por Darín) le dice con estupor a su amigo Serge, cuando este le pregunta por su adquisición, lo que realmente le parece: "Un pedazo de mierda blanca".
Por fortuna, poco a poco se van oyendo más voces que claman en el mismo sentido, voces de gente con prestigio intelectual, sensibilidad artística, independencia y coraje -hay que tenerlo para remar a contracorriente- como Antonio Muñoz Molina o Mario Vargas Llosa. Mientras tanto, emperadores y emperatrices del arte como Damian Hirst siguen desfilando desnudos, aplaudidos por la chusma, por grotescos Arcos y Bienales que contribuyen a engrosar sus cuentas bancarias y a blanquear dinero de oscura procedencia. Y continúan defecándose textos como los de este blog argentino, que al menos sirven para echarse unas buenas carcajadas a quienes osan decir (quizá porque, a diferencia de otros, son capaces de verlo) que sin duda el emperador va en pelotas.
viernes, 27 de mayo de 2011
Después del 22-M
Conozco a gente supuestamente informada y con criterio que llegó a creer que algo importante iba a ocurrir en las urnas el pasado 22-M, que el pueblo unido acudiría en tropel a expresar con firmeza su insatisfacción con el estado político, económico y moral del país. Se equivocaron, obviamente: volvieron a cometer el incorregible error de creer que la sociedad se reduce a los círculos en que se mueven ellos.
Porque la gente que protestaba pacíficamente en las plazas españolas no representa, por desgracia, a la mayoría social. Como tampoco la representan fielmente la audiencia de la última película de Kiarostami, la de esa cosa llamada La Gaceta o la del último partido de fútbol Melilla-Alavés, solo por citar tres casos muy dispares. Lo mejor para hacerse una idea aproximada de la España real es sacar el coche del garaje y meterse en la carretera: ahí sí que tenemos un retrato relativamente certero de nuestro paisaje social y de su calidad.
Con respecto al movimiento ciudadano 15-M, no puedo estar más de acuerdo con casi todo lo que dice en su blog Alejandro Martín Navarro (además, yo no lo habría escrito mejor). Parecemos estar necesitados de utopías, de creernos cada cierto tiempo que un mundo maravilloso es posible sobre esta sufrida Tierra, que existe un sistema aún no aplicado capaz de surtir de felicidad a todos y cada uno de los integrantes de la humanidad. Cuando de lo que se trata es simplemente de asentar un orden político y socio-económico que haga posible una convivencia civilizada y una existencia materialmente digna, que a su vez permita a cada cual buscar libremente su felicidad (si acaso ese es su deseo). Es muy comprensible recelar de las utopías, porque los mayores infiernos sociales (el fascismo, el comunismo, los fundamentalismos religiosos...) han sido hijos de ellas.
Porque la gente que protestaba pacíficamente en las plazas españolas no representa, por desgracia, a la mayoría social. Como tampoco la representan fielmente la audiencia de la última película de Kiarostami, la de esa cosa llamada La Gaceta o la del último partido de fútbol Melilla-Alavés, solo por citar tres casos muy dispares. Lo mejor para hacerse una idea aproximada de la España real es sacar el coche del garaje y meterse en la carretera: ahí sí que tenemos un retrato relativamente certero de nuestro paisaje social y de su calidad.
Con respecto al movimiento ciudadano 15-M, no puedo estar más de acuerdo con casi todo lo que dice en su blog Alejandro Martín Navarro (además, yo no lo habría escrito mejor). Parecemos estar necesitados de utopías, de creernos cada cierto tiempo que un mundo maravilloso es posible sobre esta sufrida Tierra, que existe un sistema aún no aplicado capaz de surtir de felicidad a todos y cada uno de los integrantes de la humanidad. Cuando de lo que se trata es simplemente de asentar un orden político y socio-económico que haga posible una convivencia civilizada y una existencia materialmente digna, que a su vez permita a cada cual buscar libremente su felicidad (si acaso ese es su deseo). Es muy comprensible recelar de las utopías, porque los mayores infiernos sociales (el fascismo, el comunismo, los fundamentalismos religiosos...) han sido hijos de ellas.
viernes, 20 de mayo de 2011
Ubrique Garcimendia, la estrella más rutilante de la subcontrata editorial
-Y el premio es para... ¡don Genaro Ubrique Garcimendia!
El mentado, santo y seña en el mundillo de la subcontratación de productos enciclopédicos y obras de consulta, subió al estrado y agradeció a todos, con un repertorio de ensayados aspavientos, el conmovedor reconocimiento –acordado contractualmente en su día- a la edición en 10 volúmenes de la Historia Universal Vereda, producto estrella de una labor de auxilio a la industria editorial extendida a lo largo de más de cuatro décadas. Atrás quedaban los repetidos abrazos del escáner de su empresa a los tomos de la enciclopedia Brousse, a la Historia General de la Pintura Equilar, a la Historia del Mundo Bajoan, a la Enciclopedia Temática Urneta, al consultor didáctico Peralta, a las diapositivas de Viarres -de uso injustamente limitado al ámbito escolar-, al Atlas Histórico Maránica, a las inestimables fotos de los numerosos viajes por el orbe realizados con sus ahorros por el corrector de textos Martínez... "Abogamos por un nuevo concepto de los servicios de edición, fundado en la interlocución directa con nuestros clientes", leía Ubrique Garcimendia en el pedazo de papel redactado ad hoc por el chapero del último fin de semana, recién egresado de un dinámico curso de marketing-mix impartido por un cocainómano californiano en una estación de montaña de los Apeninos. "Ahí está nuestra fortaleza, en la adecuada interpretación de las necesidades on line de cada usuario".
Mientras así se expresaba el conocido subcontratista, sus becarios refritaban sin excesiva pericia en un sector de su oficina madrileña -a una temperatura de 31,4 grados Celsius a la sombra- diversos textos de la revolución francesa procedentes de un pack de revistas de historia y de la mismísima Enciclopedia Britannica; del pack se encargaban los becarios licenciados en Farmacia, mientras que de la Britannica daban cuenta los becarios traductores de lenguas eslavas (en particular, conforme a las indicaciones del recepcionista, los que tenían el italiano como segunda lengua*).
Más allá, casi al fondo de la oficina -a una temperatura de 33,6 grados Celsius, en permanente penumbra por la rotura de los tubos fluorescentes del techo (a la espera de la prometida reparación por parte del editor-jefe)-, la chica de la limpieza se afanaba en la redacción de los pies de fotos, que posteriormente serían revisados por la encargada de recursos humanos, luego por su cuñado y finalmente por el recepcionista. A todo esto, el corrector de textos Martínez revisaba las nóminas, los partes de entrada y de salida y los libros contables en la planta de arriba, a una temperatura algo inferior -29,1 grados- pero con un horrendo tufo a coliflores podridas (el director comercial no se había dignado aún a practicar la pertinente reparación en el bajante).
Por su parte, tras eyacular en su oficina frente a una lámina de Murillo, el director de contenidos principiaba un soneto para su novia de 14 años –"Si dos luseros fuesen tus hojos, que me topace yo en mi largo caminar..."-, y el contable cogía las llamadas telefónicas mientras fotocopiaba las pautas de redacción para externos elaboradas por la hijita menor de la responsable de recursos humanos en colaboración con un amiguito de su colegio llamado Borja del Mar; todo ello, por supuesto, sin descuidar a los dos candidatos al puesto de revisor médico -ambos titulados en decoración de interiores-, que aguardaban pacientemente en la recepción para entrevistarse con el penúltimo chapero del jefe (un avezado lanzador de jabalina con una amplia experiencia como repoblador de eucaliptos).
"Que no se me olvide mandar un ejemplar de la Historia Universal Vereda a sus autores, para que vean de qué va la obra", reflexionaba entretanto, sentado en la taza del W.C. y con los ampulosos títulos de crédito –con referencias a catedráticos e investigadores tanto reales como ficticios (aunque sin adscripción a uno u otro bloque, en contra del criterio de la encargada de recursos humanos)- frente a sus narices, el cuñado de la jefa de personal.
* Los eslavoparlantes con flamenco como segunda lengua descansaban tras haberse encargado de la titánica redacción de la H. U. Vereda.
El mentado, santo y seña en el mundillo de la subcontratación de productos enciclopédicos y obras de consulta, subió al estrado y agradeció a todos, con un repertorio de ensayados aspavientos, el conmovedor reconocimiento –acordado contractualmente en su día- a la edición en 10 volúmenes de la Historia Universal Vereda, producto estrella de una labor de auxilio a la industria editorial extendida a lo largo de más de cuatro décadas. Atrás quedaban los repetidos abrazos del escáner de su empresa a los tomos de la enciclopedia Brousse, a la Historia General de la Pintura Equilar, a la Historia del Mundo Bajoan, a la Enciclopedia Temática Urneta, al consultor didáctico Peralta, a las diapositivas de Viarres -de uso injustamente limitado al ámbito escolar-, al Atlas Histórico Maránica, a las inestimables fotos de los numerosos viajes por el orbe realizados con sus ahorros por el corrector de textos Martínez... "Abogamos por un nuevo concepto de los servicios de edición, fundado en la interlocución directa con nuestros clientes", leía Ubrique Garcimendia en el pedazo de papel redactado ad hoc por el chapero del último fin de semana, recién egresado de un dinámico curso de marketing-mix impartido por un cocainómano californiano en una estación de montaña de los Apeninos. "Ahí está nuestra fortaleza, en la adecuada interpretación de las necesidades on line de cada usuario".
Mientras así se expresaba el conocido subcontratista, sus becarios refritaban sin excesiva pericia en un sector de su oficina madrileña -a una temperatura de 31,4 grados Celsius a la sombra- diversos textos de la revolución francesa procedentes de un pack de revistas de historia y de la mismísima Enciclopedia Britannica; del pack se encargaban los becarios licenciados en Farmacia, mientras que de la Britannica daban cuenta los becarios traductores de lenguas eslavas (en particular, conforme a las indicaciones del recepcionista, los que tenían el italiano como segunda lengua*).
Más allá, casi al fondo de la oficina -a una temperatura de 33,6 grados Celsius, en permanente penumbra por la rotura de los tubos fluorescentes del techo (a la espera de la prometida reparación por parte del editor-jefe)-, la chica de la limpieza se afanaba en la redacción de los pies de fotos, que posteriormente serían revisados por la encargada de recursos humanos, luego por su cuñado y finalmente por el recepcionista. A todo esto, el corrector de textos Martínez revisaba las nóminas, los partes de entrada y de salida y los libros contables en la planta de arriba, a una temperatura algo inferior -29,1 grados- pero con un horrendo tufo a coliflores podridas (el director comercial no se había dignado aún a practicar la pertinente reparación en el bajante).
Por su parte, tras eyacular en su oficina frente a una lámina de Murillo, el director de contenidos principiaba un soneto para su novia de 14 años –"Si dos luseros fuesen tus hojos, que me topace yo en mi largo caminar..."-, y el contable cogía las llamadas telefónicas mientras fotocopiaba las pautas de redacción para externos elaboradas por la hijita menor de la responsable de recursos humanos en colaboración con un amiguito de su colegio llamado Borja del Mar; todo ello, por supuesto, sin descuidar a los dos candidatos al puesto de revisor médico -ambos titulados en decoración de interiores-, que aguardaban pacientemente en la recepción para entrevistarse con el penúltimo chapero del jefe (un avezado lanzador de jabalina con una amplia experiencia como repoblador de eucaliptos).
"Que no se me olvide mandar un ejemplar de la Historia Universal Vereda a sus autores, para que vean de qué va la obra", reflexionaba entretanto, sentado en la taza del W.C. y con los ampulosos títulos de crédito –con referencias a catedráticos e investigadores tanto reales como ficticios (aunque sin adscripción a uno u otro bloque, en contra del criterio de la encargada de recursos humanos)- frente a sus narices, el cuñado de la jefa de personal.
* Los eslavoparlantes con flamenco como segunda lengua descansaban tras haberse encargado de la titánica redacción de la H. U. Vereda.
sábado, 14 de mayo de 2011
Pancho Guerra, ¿el Pierre Menard canario?
Hace aproximadamente un año y medio entrevisté a Miguel de la Quadra Salcedo para el especial 'Reporteros de la historia de TVE' de RTVE.es. En la entrevista salieron a colación unas palabras que solía decirle su abuela: "Si quieres ser feliz, no analices" (véase el minuto 1.50 del vídeo). Meses más tarde, en un acto literario en el Faro de Maspalomas protagonizado por el escritor Samuel Rodríguez Navarro y por mí, advertí la presencia de unos marcadores de libros que celebraban el centenario del conocido escritor canario Pancho Guerra. En el marcador, editado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, leí con estupor una de las frases escritas por el susodicho Guerra: "Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices". Cuál no sería mi sorpresa cuando, desconfiado de mí, acudo a la Wikipedia y me encuentro con la existencia de un tal Joaquín Bartrina, poeta catalán del siglo XIX, que cerró su poema Fabulita con estas palabras: "Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices".
No deja de ser curiosa esta coincidencia, que no me atreveré a tildar de plagio hasta disponer (si acaso) de pruebas concluyentes. Tampoco osaré decantarme por la superioridad de una versión sobre otra, tarea más propia de un crítico literario con buen criterio. Solo quiero recordar unas palabras de Pierre Menard, autor del Quijote (Borges): "Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes". ¿Acaso esa misma ambición alentó a Guerra (o a Bartrina)? Puede que nunca lo sepamos. Abierto queda un apasionante y sin duda fértil debate multidisciplinar.
No deja de ser curiosa esta coincidencia, que no me atreveré a tildar de plagio hasta disponer (si acaso) de pruebas concluyentes. Tampoco osaré decantarme por la superioridad de una versión sobre otra, tarea más propia de un crítico literario con buen criterio. Solo quiero recordar unas palabras de Pierre Menard, autor del Quijote (Borges): "Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes". ¿Acaso esa misma ambición alentó a Guerra (o a Bartrina)? Puede que nunca lo sepamos. Abierto queda un apasionante y sin duda fértil debate multidisciplinar.
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