Hay expresiones arraigadas pese a su vaciedad e incluso su notoria falsedad. Hoy me detengo en este pasaje del Evangelio de San Juan, convertido en todo un clásico solemne no solo para los cristianos sino también para los marxistas y otras gentes de muy variado pelaje: "La verdad os hará libres" (Jn, 8:32).
Para empezar, es muy improbable que la verdad sea lo que pensaba y expresaba Jesús de Nazaret, a quien se atribuye la frase. Pero sea cual sea la verdad, desde la más nimia a la más absoluta, no existe relación alguna entre conocerla (caso de ser accesible al entendimiento) y ser libre. Por ejemplo, el conocimiento de la verdad "No puedo volar de este tejado al otro moviendo mis brazos como las alas de un ave sin perecer de inmediato" no me hace ni más ni menos libre: solo me hace consciente de una de las muchas limitaciones a mi libertad.
Porque quien vive es siempre prisionero del espacio-tiempo y de las leyes físicas y biológicas: no puede sustraerse al influjo gravitatorio (aunque un ser humano es libre de intentar dar un salto de 18 metros hacia arriba), al electromagnetismo (también somos libres de meter los dedos mojados en un enchufe), a la dictadura de la termodinámica (la que dispone que todo decaiga y que la flecha del tiempo apunte inexorablemente hacia el futuro), a la necesidad de alimentarse periódicamente, a la pulsión sexual o al riesgo de ser víctima de la predación de una bacteria, un león o un semejante ("Matar o morir" sí que es una de las grandes verdades de la vida).
Luego están las cadenas impuestas por vivir en sociedad. Saber que te engaña el dictador que se proclama gran timonel o intérprete de la voluntad de Dios no te libera de su régimen oprobioso, aunque siempre queda el consuelo de la libertad de pensamiento (puede que ni eso en un futuro, con el avance de la tecnología). Sin ir tan lejos, saber que tienes unos hijos que mantener y unas obligaciones con quien te paga el sueldo tampoco te aporta libertad: más bien te hace consciente de tus muchas servidumbres (entre ellas, algunas bastante estúpidas y prescindibles como el consumismo). Lo que sí es muy cierto es que la falta de escrúpulos tiende a hacerte más libre, al hacer más laxas tus obligaciones sociales.
Ahora bien, ¿puede que la eventual contemplación de la verdad absoluta (la Verdad, si acaso tal cosa existiese) sí nos hiciera libres? Desde luego, no mientras tengamos puesto el traje mortal y estemos sometidos a las leyes de este mundo. La visión de esa verdad suprema incluso podría volvernos locos, como le pasó al rey del cuento El espejo y la máscara, de Borges, al contemplar la Belleza: un "don vedado a los hombres". Mientras vivamos, la verdad no nos hará libres sino simplemente más informados y conscientes (y, en algunos casos, más infelices).
En fin, que me quedo mejor con esta frase de inmensa potencia tautológica pronunciada hace meses en el salón de actos de un colegio -¡juro que fui testigo de ello!- por un alcalde de la sierra madrileña (adscrito a la derecha abertzale, como casi todos los de la zona): "La libertad os hará libres". Ahí sí que estoy con él, sin duda.
Próxima entrega de 'Desmontando frases solemnes': "El hombre es el único animal que mata por placer"
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
domingo, 12 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
Arte contemporáneo y timadores desnudos
Con la Bienal de Venecia en ciernes, el otro día le dije a un amigo que albergo la sospecha de que buena parte del arte contemporáneo es un fraude, una estafa sustentada en el interés crematístico de algunos ("creadores" que encima creen en su genialidad, galeristas, representantes y comisionistas), la necesidad de ganarse las lentejas de otros (comisarios, directores y empleados de museos, críticos de arte y demás personal de revistas, suplementos y programas especializados), la burricie y horterez de no pocos coleccionistas (entre los que se incluye un selecto grupo de macarras multimillonarios, compradores del último grito con un dinero manchado muchas veces de sangre y petróleo) y el papanatismo -alimentado penosamente por los medios de comunicación- o indiferencia del gran público ajeno a todo este tejemaneje. Un público que frecuenta lugares comunes como "No entiendo esto, pero debe tener un enorme valor artístico", "No debes opinar si no entiendes" o, peor aún: "¡Qué maravilla!". Detrás de todo, el miedo a ser tachado de inculto, burro o insensible.
Mi amigo me replicó indignado: "¿Cómo te atreves a decir que Tàpies es un timo? ¿Quién te has creído para afirmar tal cosa con esa rotundidad?". Aquí solo hay que apelar a la sensibilidad y el buen criterio de cada cual para separar el grano de la paja. De nada valen las sesudas disertaciones de críticos y "entendidos" (muchas absolutamente ilegibles y disparatadas como esta seleccionada en la antología de bodrios de Pseudópodo). Abajo se exponen cuatro obras: dos de ellas tienen un innegable valor artístico; las otras dos son una bazofia. ¿No salta a la vista? ¿O es que aquí es aplicable eso de que "para gustos, los colores"?... Aunque puede que sea yo quien tenga atrofiado el sentido estético y no alcance a captar la singularidad conceptual de ese calcetín blanco de Tàpies (recomiendo encarecidamente este documental de TVE para "descubrir" al amigo Antoni: los primeros minutos son gloriosos) o la potencia cromática del Micky Mouse seriado de Warhol.
Las instalaciones o performances merecerían por sí solas un capítulo aparte. Como la pergeñada en 2001 por Martin Creed, consistente en una bombilla que se encendía y apagaba en un cuarto vacío, que le sirvió para ganar el preciado Premio Turner de ese año. O este engendro sonoro parido por la inefable Esther Ferrer, considerada una "figura fundamental" del arte contemporáneo español. Si alguien cree que esas birrias son homologables a los cuadros de Caspar Friedrich y Vincent Van Gogh expuestos arriba, se está retratando fielmente. Desde luego, no me sorprende que haya gente que lo piense, como tampoco que los libros de Punset figuren entre los más vendidos, que Lady Gaga sea un fenómeno discográfico, que muchos obreros del extrarradio de Madrid adoren a Esperanza Aguirre o que tanto gañán adinerado (narcos, futbolistas, especuladores inmobiliarios, etc.) tenga una especial debilidad por los coches deportivos de alta gama: todas ellas son distintas caras del mismo poliedro.
Ya en los años 60, Jorge Luis Borges y su amigo Adolfo Bioy Casares se burlaron de tanto papanatismo -no solo en el arte sino también en la literatura- en sus geniales Crónicas de Bustos Domecq (1967). En una de ellas, Un pincel nuestro: Tafas, el protagonista es un pintor porteño que compra postales de rincones de Buenos Aires para transformarlas en obras artísticas con un mero embetunado que las hace negras del todo. Su proceso creativo constaba supuestamente de tres fases: el pintado, el borrado (con "miga de pan" y "agua de la canilla") y el embetunado. En realidad, la labor de Tafas se reducía a esto último, ya que no había pintado ni borrado alguno. La ironía del dúo Borges-Bioy es muy aguda al abordar la puesta en el mercado de estos cuadros: "Desde luego, los precios no eran uniformes; variaban según el detallado cromático, los escorzos, la composición, etcétera, de la obra borrada (...) El Museo de Bellas Artes se apuntó un poroto, adquiriendo tres de los once, por un importe global que dejó sin habla al contribuyente".
En 1994, casi treinta años después, la dramaturga francesa Yasmina Reza estrenó Arte, una hilarante sátira en torno a un cuadro absolutamente blanco comprado por 300.000 francos. Yo tuve la oportunidad de verla representada en Madrid por el actor Ricardo Darín. Memorable es la escena en la que el personaje de Marc (encarnado por Darín) le dice con estupor a su amigo Serge, cuando este le pregunta por su adquisición, lo que realmente le parece: "Un pedazo de mierda blanca".
Por fortuna, poco a poco se van oyendo más voces que claman en el mismo sentido, voces de gente con prestigio intelectual, sensibilidad artística, independencia y coraje -hay que tenerlo para remar a contracorriente- como Antonio Muñoz Molina o Mario Vargas Llosa. Mientras tanto, emperadores y emperatrices del arte como Damian Hirst siguen desfilando desnudos, aplaudidos por la chusma, por grotescos Arcos y Bienales que contribuyen a engrosar sus cuentas bancarias y a blanquear dinero de oscura procedencia. Y continúan defecándose textos como los de este blog argentino, que al menos sirven para echarse unas buenas carcajadas a quienes osan decir (quizá porque, a diferencia de otros, son capaces de verlo) que sin duda el emperador va en pelotas.
Mi amigo me replicó indignado: "¿Cómo te atreves a decir que Tàpies es un timo? ¿Quién te has creído para afirmar tal cosa con esa rotundidad?". Aquí solo hay que apelar a la sensibilidad y el buen criterio de cada cual para separar el grano de la paja. De nada valen las sesudas disertaciones de críticos y "entendidos" (muchas absolutamente ilegibles y disparatadas como esta seleccionada en la antología de bodrios de Pseudópodo). Abajo se exponen cuatro obras: dos de ellas tienen un innegable valor artístico; las otras dos son una bazofia. ¿No salta a la vista? ¿O es que aquí es aplicable eso de que "para gustos, los colores"?... Aunque puede que sea yo quien tenga atrofiado el sentido estético y no alcance a captar la singularidad conceptual de ese calcetín blanco de Tàpies (recomiendo encarecidamente este documental de TVE para "descubrir" al amigo Antoni: los primeros minutos son gloriosos) o la potencia cromática del Micky Mouse seriado de Warhol.
Las instalaciones o performances merecerían por sí solas un capítulo aparte. Como la pergeñada en 2001 por Martin Creed, consistente en una bombilla que se encendía y apagaba en un cuarto vacío, que le sirvió para ganar el preciado Premio Turner de ese año. O este engendro sonoro parido por la inefable Esther Ferrer, considerada una "figura fundamental" del arte contemporáneo español. Si alguien cree que esas birrias son homologables a los cuadros de Caspar Friedrich y Vincent Van Gogh expuestos arriba, se está retratando fielmente. Desde luego, no me sorprende que haya gente que lo piense, como tampoco que los libros de Punset figuren entre los más vendidos, que Lady Gaga sea un fenómeno discográfico, que muchos obreros del extrarradio de Madrid adoren a Esperanza Aguirre o que tanto gañán adinerado (narcos, futbolistas, especuladores inmobiliarios, etc.) tenga una especial debilidad por los coches deportivos de alta gama: todas ellas son distintas caras del mismo poliedro.
Ya en los años 60, Jorge Luis Borges y su amigo Adolfo Bioy Casares se burlaron de tanto papanatismo -no solo en el arte sino también en la literatura- en sus geniales Crónicas de Bustos Domecq (1967). En una de ellas, Un pincel nuestro: Tafas, el protagonista es un pintor porteño que compra postales de rincones de Buenos Aires para transformarlas en obras artísticas con un mero embetunado que las hace negras del todo. Su proceso creativo constaba supuestamente de tres fases: el pintado, el borrado (con "miga de pan" y "agua de la canilla") y el embetunado. En realidad, la labor de Tafas se reducía a esto último, ya que no había pintado ni borrado alguno. La ironía del dúo Borges-Bioy es muy aguda al abordar la puesta en el mercado de estos cuadros: "Desde luego, los precios no eran uniformes; variaban según el detallado cromático, los escorzos, la composición, etcétera, de la obra borrada (...) El Museo de Bellas Artes se apuntó un poroto, adquiriendo tres de los once, por un importe global que dejó sin habla al contribuyente".
En 1994, casi treinta años después, la dramaturga francesa Yasmina Reza estrenó Arte, una hilarante sátira en torno a un cuadro absolutamente blanco comprado por 300.000 francos. Yo tuve la oportunidad de verla representada en Madrid por el actor Ricardo Darín. Memorable es la escena en la que el personaje de Marc (encarnado por Darín) le dice con estupor a su amigo Serge, cuando este le pregunta por su adquisición, lo que realmente le parece: "Un pedazo de mierda blanca".
Por fortuna, poco a poco se van oyendo más voces que claman en el mismo sentido, voces de gente con prestigio intelectual, sensibilidad artística, independencia y coraje -hay que tenerlo para remar a contracorriente- como Antonio Muñoz Molina o Mario Vargas Llosa. Mientras tanto, emperadores y emperatrices del arte como Damian Hirst siguen desfilando desnudos, aplaudidos por la chusma, por grotescos Arcos y Bienales que contribuyen a engrosar sus cuentas bancarias y a blanquear dinero de oscura procedencia. Y continúan defecándose textos como los de este blog argentino, que al menos sirven para echarse unas buenas carcajadas a quienes osan decir (quizá porque, a diferencia de otros, son capaces de verlo) que sin duda el emperador va en pelotas.
viernes, 27 de mayo de 2011
Después del 22-M
Conozco a gente supuestamente informada y con criterio que llegó a creer que algo importante iba a ocurrir en las urnas el pasado 22-M, que el pueblo unido acudiría en tropel a expresar con firmeza su insatisfacción con el estado político, económico y moral del país. Se equivocaron, obviamente: volvieron a cometer el incorregible error de creer que la sociedad se reduce a los círculos en que se mueven ellos.
Porque la gente que protestaba pacíficamente en las plazas españolas no representa, por desgracia, a la mayoría social. Como tampoco la representan fielmente la audiencia de la última película de Kiarostami, la de esa cosa llamada La Gaceta o la del último partido de fútbol Melilla-Alavés, solo por citar tres casos muy dispares. Lo mejor para hacerse una idea aproximada de la España real es sacar el coche del garaje y meterse en la carretera: ahí sí que tenemos un retrato relativamente certero de nuestro paisaje social y de su calidad.
Con respecto al movimiento ciudadano 15-M, no puedo estar más de acuerdo con casi todo lo que dice en su blog Alejandro Martín Navarro (además, yo no lo habría escrito mejor). Parecemos estar necesitados de utopías, de creernos cada cierto tiempo que un mundo maravilloso es posible sobre esta sufrida Tierra, que existe un sistema aún no aplicado capaz de surtir de felicidad a todos y cada uno de los integrantes de la humanidad. Cuando de lo que se trata es simplemente de asentar un orden político y socio-económico que haga posible una convivencia civilizada y una existencia materialmente digna, que a su vez permita a cada cual buscar libremente su felicidad (si acaso ese es su deseo). Es muy comprensible recelar de las utopías, porque los mayores infiernos sociales (el fascismo, el comunismo, los fundamentalismos religiosos...) han sido hijos de ellas.
Porque la gente que protestaba pacíficamente en las plazas españolas no representa, por desgracia, a la mayoría social. Como tampoco la representan fielmente la audiencia de la última película de Kiarostami, la de esa cosa llamada La Gaceta o la del último partido de fútbol Melilla-Alavés, solo por citar tres casos muy dispares. Lo mejor para hacerse una idea aproximada de la España real es sacar el coche del garaje y meterse en la carretera: ahí sí que tenemos un retrato relativamente certero de nuestro paisaje social y de su calidad.
Con respecto al movimiento ciudadano 15-M, no puedo estar más de acuerdo con casi todo lo que dice en su blog Alejandro Martín Navarro (además, yo no lo habría escrito mejor). Parecemos estar necesitados de utopías, de creernos cada cierto tiempo que un mundo maravilloso es posible sobre esta sufrida Tierra, que existe un sistema aún no aplicado capaz de surtir de felicidad a todos y cada uno de los integrantes de la humanidad. Cuando de lo que se trata es simplemente de asentar un orden político y socio-económico que haga posible una convivencia civilizada y una existencia materialmente digna, que a su vez permita a cada cual buscar libremente su felicidad (si acaso ese es su deseo). Es muy comprensible recelar de las utopías, porque los mayores infiernos sociales (el fascismo, el comunismo, los fundamentalismos religiosos...) han sido hijos de ellas.
viernes, 20 de mayo de 2011
Ubrique Garcimendia, la estrella más rutilante de la subcontrata editorial
-Y el premio es para... ¡don Genaro Ubrique Garcimendia!
El mentado, santo y seña en el mundillo de la subcontratación de productos enciclopédicos y obras de consulta, subió al estrado y agradeció a todos, con un repertorio de ensayados aspavientos, el conmovedor reconocimiento –acordado contractualmente en su día- a la edición en 10 volúmenes de la Historia Universal Vereda, producto estrella de una labor de auxilio a la industria editorial extendida a lo largo de más de cuatro décadas. Atrás quedaban los repetidos abrazos del escáner de su empresa a los tomos de la enciclopedia Brousse, a la Historia General de la Pintura Equilar, a la Historia del Mundo Bajoan, a la Enciclopedia Temática Urneta, al consultor didáctico Peralta, a las diapositivas de Viarres -de uso injustamente limitado al ámbito escolar-, al Atlas Histórico Maránica, a las inestimables fotos de los numerosos viajes por el orbe realizados con sus ahorros por el corrector de textos Martínez... "Abogamos por un nuevo concepto de los servicios de edición, fundado en la interlocución directa con nuestros clientes", leía Ubrique Garcimendia en el pedazo de papel redactado ad hoc por el chapero del último fin de semana, recién egresado de un dinámico curso de marketing-mix impartido por un cocainómano californiano en una estación de montaña de los Apeninos. "Ahí está nuestra fortaleza, en la adecuada interpretación de las necesidades on line de cada usuario".
Mientras así se expresaba el conocido subcontratista, sus becarios refritaban sin excesiva pericia en un sector de su oficina madrileña -a una temperatura de 31,4 grados Celsius a la sombra- diversos textos de la revolución francesa procedentes de un pack de revistas de historia y de la mismísima Enciclopedia Britannica; del pack se encargaban los becarios licenciados en Farmacia, mientras que de la Britannica daban cuenta los becarios traductores de lenguas eslavas (en particular, conforme a las indicaciones del recepcionista, los que tenían el italiano como segunda lengua*).
Más allá, casi al fondo de la oficina -a una temperatura de 33,6 grados Celsius, en permanente penumbra por la rotura de los tubos fluorescentes del techo (a la espera de la prometida reparación por parte del editor-jefe)-, la chica de la limpieza se afanaba en la redacción de los pies de fotos, que posteriormente serían revisados por la encargada de recursos humanos, luego por su cuñado y finalmente por el recepcionista. A todo esto, el corrector de textos Martínez revisaba las nóminas, los partes de entrada y de salida y los libros contables en la planta de arriba, a una temperatura algo inferior -29,1 grados- pero con un horrendo tufo a coliflores podridas (el director comercial no se había dignado aún a practicar la pertinente reparación en el bajante).
Por su parte, tras eyacular en su oficina frente a una lámina de Murillo, el director de contenidos principiaba un soneto para su novia de 14 años –"Si dos luseros fuesen tus hojos, que me topace yo en mi largo caminar..."-, y el contable cogía las llamadas telefónicas mientras fotocopiaba las pautas de redacción para externos elaboradas por la hijita menor de la responsable de recursos humanos en colaboración con un amiguito de su colegio llamado Borja del Mar; todo ello, por supuesto, sin descuidar a los dos candidatos al puesto de revisor médico -ambos titulados en decoración de interiores-, que aguardaban pacientemente en la recepción para entrevistarse con el penúltimo chapero del jefe (un avezado lanzador de jabalina con una amplia experiencia como repoblador de eucaliptos).
"Que no se me olvide mandar un ejemplar de la Historia Universal Vereda a sus autores, para que vean de qué va la obra", reflexionaba entretanto, sentado en la taza del W.C. y con los ampulosos títulos de crédito –con referencias a catedráticos e investigadores tanto reales como ficticios (aunque sin adscripción a uno u otro bloque, en contra del criterio de la encargada de recursos humanos)- frente a sus narices, el cuñado de la jefa de personal.
* Los eslavoparlantes con flamenco como segunda lengua descansaban tras haberse encargado de la titánica redacción de la H. U. Vereda.
El mentado, santo y seña en el mundillo de la subcontratación de productos enciclopédicos y obras de consulta, subió al estrado y agradeció a todos, con un repertorio de ensayados aspavientos, el conmovedor reconocimiento –acordado contractualmente en su día- a la edición en 10 volúmenes de la Historia Universal Vereda, producto estrella de una labor de auxilio a la industria editorial extendida a lo largo de más de cuatro décadas. Atrás quedaban los repetidos abrazos del escáner de su empresa a los tomos de la enciclopedia Brousse, a la Historia General de la Pintura Equilar, a la Historia del Mundo Bajoan, a la Enciclopedia Temática Urneta, al consultor didáctico Peralta, a las diapositivas de Viarres -de uso injustamente limitado al ámbito escolar-, al Atlas Histórico Maránica, a las inestimables fotos de los numerosos viajes por el orbe realizados con sus ahorros por el corrector de textos Martínez... "Abogamos por un nuevo concepto de los servicios de edición, fundado en la interlocución directa con nuestros clientes", leía Ubrique Garcimendia en el pedazo de papel redactado ad hoc por el chapero del último fin de semana, recién egresado de un dinámico curso de marketing-mix impartido por un cocainómano californiano en una estación de montaña de los Apeninos. "Ahí está nuestra fortaleza, en la adecuada interpretación de las necesidades on line de cada usuario".
Mientras así se expresaba el conocido subcontratista, sus becarios refritaban sin excesiva pericia en un sector de su oficina madrileña -a una temperatura de 31,4 grados Celsius a la sombra- diversos textos de la revolución francesa procedentes de un pack de revistas de historia y de la mismísima Enciclopedia Britannica; del pack se encargaban los becarios licenciados en Farmacia, mientras que de la Britannica daban cuenta los becarios traductores de lenguas eslavas (en particular, conforme a las indicaciones del recepcionista, los que tenían el italiano como segunda lengua*).
Más allá, casi al fondo de la oficina -a una temperatura de 33,6 grados Celsius, en permanente penumbra por la rotura de los tubos fluorescentes del techo (a la espera de la prometida reparación por parte del editor-jefe)-, la chica de la limpieza se afanaba en la redacción de los pies de fotos, que posteriormente serían revisados por la encargada de recursos humanos, luego por su cuñado y finalmente por el recepcionista. A todo esto, el corrector de textos Martínez revisaba las nóminas, los partes de entrada y de salida y los libros contables en la planta de arriba, a una temperatura algo inferior -29,1 grados- pero con un horrendo tufo a coliflores podridas (el director comercial no se había dignado aún a practicar la pertinente reparación en el bajante).
Por su parte, tras eyacular en su oficina frente a una lámina de Murillo, el director de contenidos principiaba un soneto para su novia de 14 años –"Si dos luseros fuesen tus hojos, que me topace yo en mi largo caminar..."-, y el contable cogía las llamadas telefónicas mientras fotocopiaba las pautas de redacción para externos elaboradas por la hijita menor de la responsable de recursos humanos en colaboración con un amiguito de su colegio llamado Borja del Mar; todo ello, por supuesto, sin descuidar a los dos candidatos al puesto de revisor médico -ambos titulados en decoración de interiores-, que aguardaban pacientemente en la recepción para entrevistarse con el penúltimo chapero del jefe (un avezado lanzador de jabalina con una amplia experiencia como repoblador de eucaliptos).
"Que no se me olvide mandar un ejemplar de la Historia Universal Vereda a sus autores, para que vean de qué va la obra", reflexionaba entretanto, sentado en la taza del W.C. y con los ampulosos títulos de crédito –con referencias a catedráticos e investigadores tanto reales como ficticios (aunque sin adscripción a uno u otro bloque, en contra del criterio de la encargada de recursos humanos)- frente a sus narices, el cuñado de la jefa de personal.
* Los eslavoparlantes con flamenco como segunda lengua descansaban tras haberse encargado de la titánica redacción de la H. U. Vereda.
sábado, 14 de mayo de 2011
Pancho Guerra, ¿el Pierre Menard canario?
Hace aproximadamente un año y medio entrevisté a Miguel de la Quadra Salcedo para el especial 'Reporteros de la historia de TVE' de RTVE.es. En la entrevista salieron a colación unas palabras que solía decirle su abuela: "Si quieres ser feliz, no analices" (véase el minuto 1.50 del vídeo). Meses más tarde, en un acto literario en el Faro de Maspalomas protagonizado por el escritor Samuel Rodríguez Navarro y por mí, advertí la presencia de unos marcadores de libros que celebraban el centenario del conocido escritor canario Pancho Guerra. En el marcador, editado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, leí con estupor una de las frases escritas por el susodicho Guerra: "Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices". Cuál no sería mi sorpresa cuando, desconfiado de mí, acudo a la Wikipedia y me encuentro con la existencia de un tal Joaquín Bartrina, poeta catalán del siglo XIX, que cerró su poema Fabulita con estas palabras: "Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices".
No deja de ser curiosa esta coincidencia, que no me atreveré a tildar de plagio hasta disponer (si acaso) de pruebas concluyentes. Tampoco osaré decantarme por la superioridad de una versión sobre otra, tarea más propia de un crítico literario con buen criterio. Solo quiero recordar unas palabras de Pierre Menard, autor del Quijote (Borges): "Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes". ¿Acaso esa misma ambición alentó a Guerra (o a Bartrina)? Puede que nunca lo sepamos. Abierto queda un apasionante y sin duda fértil debate multidisciplinar.
No deja de ser curiosa esta coincidencia, que no me atreveré a tildar de plagio hasta disponer (si acaso) de pruebas concluyentes. Tampoco osaré decantarme por la superioridad de una versión sobre otra, tarea más propia de un crítico literario con buen criterio. Solo quiero recordar unas palabras de Pierre Menard, autor del Quijote (Borges): "Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes". ¿Acaso esa misma ambición alentó a Guerra (o a Bartrina)? Puede que nunca lo sepamos. Abierto queda un apasionante y sin duda fértil debate multidisciplinar.
viernes, 6 de mayo de 2011
¿Seremos como la flora intestinal de Bin Laden?
Dos sucesos recientes absolutamente dispares e inconexos -la lectura de la última entrada en el blog de Retiario y la ejecución de Osama Bin Laden- me han permitido alumbrar este post que hará dudar a más de uno de mi salud mental (si es así, no es el tipo de lector curioso y carente de prejuicios que deseo). Porque me quedé pensando lo siguiente: la flora bacteriana en el sistema digestivo del líder de Al Qaeda ha tenido necesariamente que perecer con su muerte. Menudo pensamiento aparentemente más absurdo, ¿no?... Pero tiene su miga la cosa, como ahora les cuento.
Miles de millones de bacterias que mantenían una relación simbiótica con el cuerpo del finado pasarán a mejor vida (¿existe el cielo bacteriano?) al cabo de unos días por culpa de las actividades poco recomendables de ese individuo, unas actividades que las susodichas bacterias ignoraban por completo: su rudimentaria inteligencia hacía imposible que las conociesen y valoraran moralmente, ya que ni tan siquiera podían concebir la existencia de una superestructura alta, delgada y barbada nacida en Arabia que respondia al nombre de Osama. Una superestructura que les daba de comer y a cuya protección y bienestar contribuían involuntariamente con el ejercicio de sus funciones vitales estos miles de millones de anodinos seres anónimos.
Entonces, yo me pregunto: ¿Y si resulta que nuestro Universo se halla alojado, como elemento funcional, en una entidad superior dotada de inteligencia y voluntad propia y dedicada al ejercicio del mal? O sea, ¿y si somos piezas de un tejido u órgano de un auténtico malote cósmico? ¿Y si dicha entidad estuviese a punto de ser eliminada por la voluntad de otra de igual rango pero identificada con el bien? ¿Nos mereceríamos nosotros, pobres seres vivos moradores de este extraño Universo, ser liquidados en el mismo paquete? ¿Sería un acto moralmente válido si lo supiera el enemigo del malote: el justiciero buenote?...
Miles de millones de bacterias que mantenían una relación simbiótica con el cuerpo del finado pasarán a mejor vida (¿existe el cielo bacteriano?) al cabo de unos días por culpa de las actividades poco recomendables de ese individuo, unas actividades que las susodichas bacterias ignoraban por completo: su rudimentaria inteligencia hacía imposible que las conociesen y valoraran moralmente, ya que ni tan siquiera podían concebir la existencia de una superestructura alta, delgada y barbada nacida en Arabia que respondia al nombre de Osama. Una superestructura que les daba de comer y a cuya protección y bienestar contribuían involuntariamente con el ejercicio de sus funciones vitales estos miles de millones de anodinos seres anónimos.
Entonces, yo me pregunto: ¿Y si resulta que nuestro Universo se halla alojado, como elemento funcional, en una entidad superior dotada de inteligencia y voluntad propia y dedicada al ejercicio del mal? O sea, ¿y si somos piezas de un tejido u órgano de un auténtico malote cósmico? ¿Y si dicha entidad estuviese a punto de ser eliminada por la voluntad de otra de igual rango pero identificada con el bien? ¿Nos mereceríamos nosotros, pobres seres vivos moradores de este extraño Universo, ser liquidados en el mismo paquete? ¿Sería un acto moralmente válido si lo supiera el enemigo del malote: el justiciero buenote?...
domingo, 1 de mayo de 2011
¿Otra España es posible?
Uno procura ser optimista con respecto a este país. Pero, ¿qué se puede esperar cuando un burdo patán engreído que parece más español que portugués, a sueldo de un consumado pelotari (no en el frontón, sino en despachos o en caros asadores), hace creer a cientos de miles de personas que hay una conspiración internacional contra su equipo de fútbol?. O cuando otros muchos, intoxicados por una prensa canallesca, siguen creyendo que ETA tuvo algo que ver en los atentados del 11-M y enarbolan cada vez que salen a la calle en sus multimillonarias manifestaciones pancartas con la esperpéntica ecuación "ZP=ETA". O cuando tanta gente contaminada por esas mismas fuentes no dude que todo lo que tenga nombre en euskera deba ser ilegalizado por tratarse de ETA o sus amigos.
¿Se puede albergar esperanza cuando tantas personas permanecen atentas en la mayor cadena de telebasura nacional a los grititos histéricos de un marujo histriónico sudamericano comentando una boda real ("Esta temporada se va a llevar el azuuuul") en compañía de una adinerada meapilas experta en apariciones marianas, de una presentadora populista a la que se le aparecen en el Word textos de novelas ajenas, de un ridículo monarcólogo andaluz venido a menos y de otros personajillos encumbrados y forrados por obra y gracia de los millones de compatriotas que les siguen a diario?.
O cuando oyes en la peluquería del antaño pueblo vaquero madrileño convertido en urbe multi-incultural (están presentes inculturas de todo el mundo, empezando por la castiza local) al señor rancio y con pinta de especulador inmobiliario taurino fardando de palco para ver a Rafa Nadal: "Nos ha salido carito, 40.000 euros". O cuando lees en una de las sucias paredes del susodicho pueblo serrano una pintada que reza "Los inmigrantes nos quitan el trabajo", compartida por tantos locales con los que tratas.
O cuando una receptora de regalos del Sr. Bigotes Gürtel dice sin empacho que nunca ha habido tanta manipulación en TVE como ahora. O cuando se constata que tanta gente cree realmente que con la llegada al poder del partido del Gürtel se acabará por ensalmo con el paro, como si la crisis económica fuera cosa de ZP e incluso de sus supuestos amaños con terroristas y catalufos. O cuando observas que muchos ciudadanos premian a sus políticos corruptos volviendo a darles su apoyo en las urnas. Por no hablar de ese registrador de la Propiedad indeciso con pinta de tontolhaba que conseguirá ser presidente del Gobierno sin programa, al que una compañera de partido grimosa y sin escrúpulos -tan querida ella por muchos de mis vecinos, anticatalufos confesos- pretende indisimuladamente descabalgar desde hace tiempo a cualquier precio.
Con estos mimbres puede decirse que otra España es posible... ¡pero muy improbable!. Que pueda afirmarse lo mismo de otros países (¡pobre Italia, tan lejos de Dios y tan cerca del Vaticano!) o del Mundo en su conjunto no debe ser un consuelo sino un motivo añadido de desazón. No se pueden pedir peras al olmo.
¿Se puede albergar esperanza cuando tantas personas permanecen atentas en la mayor cadena de telebasura nacional a los grititos histéricos de un marujo histriónico sudamericano comentando una boda real ("Esta temporada se va a llevar el azuuuul") en compañía de una adinerada meapilas experta en apariciones marianas, de una presentadora populista a la que se le aparecen en el Word textos de novelas ajenas, de un ridículo monarcólogo andaluz venido a menos y de otros personajillos encumbrados y forrados por obra y gracia de los millones de compatriotas que les siguen a diario?.
O cuando oyes en la peluquería del antaño pueblo vaquero madrileño convertido en urbe multi-incultural (están presentes inculturas de todo el mundo, empezando por la castiza local) al señor rancio y con pinta de especulador inmobiliario taurino fardando de palco para ver a Rafa Nadal: "Nos ha salido carito, 40.000 euros". O cuando lees en una de las sucias paredes del susodicho pueblo serrano una pintada que reza "Los inmigrantes nos quitan el trabajo", compartida por tantos locales con los que tratas.
O cuando una receptora de regalos del Sr. Bigotes Gürtel dice sin empacho que nunca ha habido tanta manipulación en TVE como ahora. O cuando se constata que tanta gente cree realmente que con la llegada al poder del partido del Gürtel se acabará por ensalmo con el paro, como si la crisis económica fuera cosa de ZP e incluso de sus supuestos amaños con terroristas y catalufos. O cuando observas que muchos ciudadanos premian a sus políticos corruptos volviendo a darles su apoyo en las urnas. Por no hablar de ese registrador de la Propiedad indeciso con pinta de tontolhaba que conseguirá ser presidente del Gobierno sin programa, al que una compañera de partido grimosa y sin escrúpulos -tan querida ella por muchos de mis vecinos, anticatalufos confesos- pretende indisimuladamente descabalgar desde hace tiempo a cualquier precio.
Con estos mimbres puede decirse que otra España es posible... ¡pero muy improbable!. Que pueda afirmarse lo mismo de otros países (¡pobre Italia, tan lejos de Dios y tan cerca del Vaticano!) o del Mundo en su conjunto no debe ser un consuelo sino un motivo añadido de desazón. No se pueden pedir peras al olmo.
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