sábado, 23 de junio de 2012

"Seguid queriéndome, por favor"

En febrero de 2009 vino a RTVE.es el actor Juan Luis Galiardo para tener un encuentro digital con los internautas. Tras la charla escrita se acercó a la isla de la redacción en la que trabajo, a la sombra del Pirulí, y estuvo bromeando con nosotros unos cuantos minutos. Recuerdo sus procaces comentarios de sexo (ante una audiencia mayoritariamente femenina) y también el uso del término "entrañable mamporrero" en referencia al compañero que le asistió pacientemente frente al ordenador (el bueno de David Varona). Pero en mi memoria ha permanecido sobre todo su rostro y sus palabras al final de la conversación: "Seguid queriéndome, por favor, necesito vuestro cariño", nos dijo con una emoción apenas reprimida, con una mirada a la vez risueña y triste, al despedirse (una de esas despedidas que acaban siendo, sin saberlo, para siempre). Patética confesión la del actor que necesita como el pan y el agua el calor del público, el aprecio no solo de las gentes de su oficio sino también de los hombres y mujeres anónimos que andan por la calle, se juntan en los bares, circulan por las carreteras...

Al irse Galiardo, me metí en Internet para saber más acerca de su vida. Descubrí que esta no había sido un camino de rosas, que había sufrido una depresión muy fuerte de la que comenzó a recuperarse gracias tanto a la psiquiatría como a sus proyectos como actor. Las secuelas de esa depresión, que lo puso al borde del suicidio, probablemente nunca dejarían de acompañarle. Ayer se murió, pero seguirá para siempre en películas como la genial Familia, de Fernando León de Aranoa. Si nuestra especie desapareciera y solo quedara esa cinta como muestra de la civilización, los alienígenas que la viesen podrían no percatarse de que se trata de una ficción: podrían tomarla erróneamente como la historia de un humano solitario que paga a una compañía de actores para que hagan de sus familiares en su casa. Y esa sería la verdad de Juan Luis Galiardo que trascendería. Seguramente a él, gran maestro en la encarnación de identidades, no le hubiese disgustado.

2 comentarios:

Rafael dijo...

Este escrito confirma una impresión que tenía yo hace tiempo sobre Juan Luis Galiardo. Me daba la sensación de que tras la imagen de hombre excesivo, tunante y arrollador latía el alma de un existencialista abrumado por el sentido de la existencia. Alguien con hambre de eternidad, como nuestro Unamuno.

Y esa necesidad de sentirse querido tan palmaria.

Nicolás, no me choca que te haya llegado su muerte. También a mí, y eso sin haberlo visto nunca personalmente.

Descanse en paz y téngalo Dios en su gloria.

Adolfo dijo...

La necesidad de sentirse querido.

Hay gente que siempre tiene incondicionales que le regalan su afecto. Los hay que irradian seguridad en si mismos y eso atrae admiración y devoción. Unos y otros quizá no reparen en toda su vida en que fueron alimentados del querer ajeno.
¡Pero hay de los que llegaron a planteárselo!, porque parece que el cariño es como el aire que respiramos, (que sólo reparamos en él cuando nos falta).
Es probale que muchos de los que se pararon a pensar en ello, acaben pidiéndolo por favor.

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