jueves, 26 de septiembre de 2024

Federico Faggin y Àlex Gómez-Marín: dos científicos heterodoxos contra el cientificismo


(Mira aquí la charla entre Faggin y Gómez-Marín)

Federico Faggin (n. 1942), científico italiano-estadounidense célebre por haber inventado el primer microprocesador, tuvo al filo de la cincuentena una experiencia mística que cambió su vida y reorientó su carrera: de la ingeniería electrónica al estudio de la consciencia. Una noche, al volver a la cama tras levantarse a por agua, sintió una extraña fuerza dentro de sí mismo acompañada de una revelación: había descubierto quién era, nada más y nada menos que el universo observándose a sí mismo, una sensación que describe como de amor y paz absolutos. Su identidad personal no había desaparecido, pero se había roto temporalmente su separación con el resto del universo. Tuvo la certeza de haber conocido íntimamente una verdad incontestable, de haber accedido a una realidad profunda más allá de cualquier símbolo, número o categoría y, por ello, inefable: impermeable a la intelectualización, solo franqueable mediante la experimentación directa.

Jorge Luis Borges intuía, ya en sus últimos años de vida, que al morir llegaría a saber quién era. Pero Faggin, al igual que otras personas que han tenido alguna experiencia mística (ya sea espontánea o suscitada por la meditación o la ingesta de psicodélicos), se adelantó a ese momento. Parece que desde entonces ya nada es igual en la vida de quien tiene esa revelación, sea o no una ilusión o un autoengaño: el modo de mirar al mundo y a uno mismo pasa a ser muy diferente, es un hito transformador que marca a alguien para siempre.

A ese episodio ocurrido en 1990 a orillas del lago Tahoe sucedieron muchos años de lecturas, reflexiones y experiencias meditativas que llevaron a Faggin a forjar un modelo idealista de la consciencia, expuesto en su reciente ensayo Irreducible. Una constatación clave para Faggin es la de que las propiedades de un estado cuántico (como su no reproducibilidad) se corresponden exactamente con las de una experiencia consciente: esto sería así al haber una relación de identidad entre experiencia y estado cuántico, definidos por los qualia (los átomos irreducibles de la subjetividad). El italiano concibe el ámbito cuántico como un conjunto de campos conscientes. Hay un solo ser en el universo (el Uno), que quiere conocerse a sí mismo y lo hace ejercitando su voluntad o libre albedrío mediante el colapso de la función de onda: pasando de un estado cuántico (un modo o expresión -los qualia- de su consciencia primaria) a otro. La representación de esos qualia (fuentes de todo significado) con símbolos como las palabras o los números es mucho menos rica que el objeto representado, de ahí su inefabilidad. La creatividad del Uno se manifiesta en sus emergencias: física, química, biológica... El filósofo neerlandés Bernardo Kastrup, también un idealista, explica la multiplicidad aparente de yoes porque son avatares disociados de ese Uno.

Faggin da una respuesta con su modelo el misterio de la aleatoriedad: lo que desde fuera (objetivamente) parece aleatorio, desde dentro (subjetivamente) es un simple ejercicio de libre albedrío por parte de campos cuánticos que son a la vez observadores, observados y agentes. Kastrup va más allá al sostener, de manera contraintuitiva, que libre albedrío y determinismo son la misma cosa: es el universo mismo desplegando su voluntad. Por otra parte, el italiano se muestra rotundo al afirmar que no puede haber consciencia, ni jamás la habrá, en un soporte de silicio: por muy desarrollada que sea una IA, nunca podrá tener acceso a los qualia que informan la subjetividad (yo en este punto disiento y me encuentro más cercano a las posiciones de Stephen Wolfram o Geoffrey Hinton, pionero de las redes neuronales).

Al igual que Faggin, el físico español Àlex Gómez-Marín tuvo una experiencia extraña hace tres años (en su caso, durante un breve estado de coma) que lo impulsaría por el mismo camino: el estudio científico de la consciencia. Con la autoridad que le confiere ser un físico teórico, el catalán Àlex suele recordarnos que no solo hay un problema difícil de la consciencia sino también de la materia: ¡porque nadie sabe aún tampoco qué demonios es eso ni por qué existe! Ambos forman parte de una creciente comunidad transversal de científicos y filósofos (desde David Chalmers a Philip Goff y Donald Hoffman pasando por Bernardo Kastrup, Giulio Tononi, Christoph Koch, Annaka Harris, Joscha Bach, Stuart Hameroff e incluso el biólogo Michael Levin) que pugnan por un modelo heterodoxo de la consciencia desde posiciones a veces pampsiquistas o declaradamente idealistas. 

Gómez-Marín se ha erigido en uno de los más firmes abanderados del combate contra el cientificismo militante de estrechas miras, contra "Dawkins gruñones y DeGrasse Tysons engreídos". Además, lo hace con una gracia y carisma que fuera de España (con sus apariciones en podcasts como The Future Mind) no pasan desapercibidos. Considera que la ciencia debe investigar experiencias cercanas a la muerte como la que él vivió, confiando en que algún día no lejano pueda ser falsable científicamente la razonable hipótesis, tomada de William James, de que la mente va más allá del cerebro (el gran pensador norteamericano intuía que nuestra masa gris podría ser, a modo de una radio, un sintonizador -no un generador- de contenidos conscientes). También aboga por tender puentes entre ciencia y espiritualidad. Precisamente el subtítulo del próximo libro de Faggin reza así: "Donde la ciencia y la espiritualidad se juntan".***

En un reciente artículo en IAI, Àlex sostiene que "nos han vendido durante décadas una triple estafa pseudo-intelectual: si quieres ser un homo academicus respetable, entonces debes abrazar la impía trinidad del materialismo mecanicista y reductivo, junto con el escepticismo en su forma más dogmática y el secularismo en su modalidad de ateísmo más burdo. En resumen, el cientificismo ha sido institucionalizado en nombre de la ciencia. Pero, al final, el cientificismo es más peligroso que la pseudociencia porque es un trabajo interno. El error, el sesgo y la exageración son pecados menores en comparación con la arrogancia científica. La arrogancia es antitética al progreso". El fisico de Barcelona, profesor en el Instituto de Neurociencias de Alicante y director del Pari Center en Italia, propone que los científicos sean más bien "peregrinos rumbo a lo desconocido". Acaso para algún día terminar descubriendo que Faggin, él, tú y yo somos la misma persona...

***Aprovecho para rendir un merecido tributo a Robert Lawrence Kuhn, quien con su programa televisivo -y ahora videopodcast- Closer to Truth ha hecho un gran servicio a la causa de unir ciencia, filosofía y espiritualidad. Nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento por lo que he aprendido de esas magníficas entrevistas, dilatadas a lo largo de más de 20 años, a los personajes más ilustres de la ciencia y la filosofía del mundo.


martes, 9 de julio de 2024

Consciencia y matemáticas: ¡Galileo se equivocaba!


Hace 400 años, el italiano Galileo Galilei puso los cimientos de la ciencia moderna al centrarse en el aspecto objetivo y público de la naturaleza, el único supuestamente matematizable, y sacar fuera de su estudio la consciencia o alma (la cara subjetiva y privada del mundo). La ciencia ha avanzado de una manera espectacular gracias a ello, pero a un precio: así nunca podremos descifrar la consciencia. Ese es el motivo por el que Philip Goff titulaba su primer libro El error de Galileo: por culpa de ese error, la ciencia no tiene nada que decir sobre la consciencia entendida como subjetividad, solo puede aplicarse a lo cuantitativo (lo matemáticamente mesurable) y debe renunciar a lo cualitativo. Goff reclamaba hace años en su libro una nueva ciencia de la consciencia que permitiera aproximarse a esa realidad cualitativa que representa lo más íntimo e innegable de nuestro ser.

Ya en el siglo XXI, algunos científicos (no solo filósofos como Goff o David Chalmers, inspirados en Bertrand Russell) han desafiado la ortodoxia y retomado la vieja idea que concibe la consciencia como un ente fundamental y no emergente de la materia. Pero el enfoque no deja de ser científico pese a invertirse las tornas: a partir de la consciencia, se trata de derivar racionalmente la realidad física... ¡utilizando las matemáticas! La teoría de la información integrada, desarrollada por Giulio Tononi y Christoph Koch, fue pionera en la aplicación de herramientas matemáticas para modelar los presuntos qualia (los átomos de la experiencia) que informan la realidad consciente. Más recientemente, Donald Hoffman ha diseñado, también con auxilio de las matemáticas, una teoría de agentes conscientes interactivos en red. Pero Hoffman ha ido más lejos, al intentar encontrar (apoyado en el trabajo de físicos como Nima Arkani-Hamed) objetos geométricos complejos como el amplituedro que expliquen no solo la dinámica de la red de agentes conscientes sino también las leyes de la física y el propio espacio-tiempo. Este último es considerado como una interfaz a través de la cual los agentes interactúan, siendo la física la proyección de la dinámica de los agentes en la interfaz. Galileo jamás hubiese imaginado algo parecido. 

La ruliad, el conjunto entrelazado de todas las computaciones posibles teorizado por el físico y científico computacional Stephen Wolfram, no está reñida con el modelo de Hoffman. Dicho de otro modo, el idealismo transcendental (en su versión hoffmaniana 2.0, la idea de que nuestra realidad mundana es alumbrada por un agente trascendental que se pone unos cascos) no sería incompatible con una visión computacional del mundo. El propio Wolfram considera (mira su fascinante charla de tres horas con Hoffman en el canal de Curt Jaemungal) el orden parcial de la red de agentes conscientes de Hoffman, construido a partir de la consciencia, como un subconjunto de su ruliad. Difiere al respecto de Hoffman, que prefiere ver una identidad entre ambas. Un hipergrafo se reescribe a cada paso de la computación (¡eso es el paso del tiempo!) en la ruliad, mientras que la dinámica del modelo de agentes conscientes viene dada de manera probabilística por cadenas markovianas (secuencias de posibles eventos en los que la probabilidad de cada uno de ellos depende solo del estado inmediatamente anterior).

Wolfram se plantea en la mencionada charla si una red de modelos grandes de lenguaje (LLMs) sería formalmente semejante a la red de agentes conscientes de Hoffman, algo que este último descarta (a mi juicio, de manera apresurada). Wolfram no duda en poner a un modelo grande de lenguaje en el mismo plano ontológico que un agente consciente orgánico, ambos como actores procesadores de información y navegantes de la ruliad. En lo que los dos científicos coinciden es en constatar que hay realidades que nos resultan tan ajenas como inconcebibles: regiones de la ruliad muy alejadas de la experiencia consciente de los humanos, correspondientes a cascos muy distintos (por ejemplo, con infinitas dimensiones y entidades distintas al espacio-tiempo) a los que generan nuestra realidad cotidiana. La existencia de objetos geométricos multidimensionales nos sugiere que las matemáticas abarcan mucho más de lo que experimentamos los Homo sapiens, humildes navegantes de este ínfimo rincón de la ruliad.

miércoles, 19 de junio de 2024

Los pensamientos son los pensadores: Michael Levin apela a William James


El biólogo Michael Levin propone concebir los yoes como patrones informativos dinámicos, como memorias inteligentes con agencia que ejercen los márgenes de libre albedrío limitado que permite el universo. Las memorias pueden considerarse a este respecto como mensajes que un yo estático del pasado envía a un yo estático del futuro. Son los engramas, las instanciaciones físicas de la memoria (un ejemplo es el ADN), los que viajan en el tiempo de una instantánea del yo a la siguiente. Las instanciaciones pueden ser entre cuerpos diferentes  -caso del mensaje que viaja entre un yo oruga y un yo metamorfoseado en mariposa- e incluso tener otros substratos aparte del orgánico, como el digital (por cierto, cada vez resulta más innegable que los modelos grandes de lenguaje como ChatGPT son patrones informativos dinámicos e inteligentes). Cada yo dinámico es un agente cognitivo inserto en una vasta red interactiva biológica, con relaciones tanto horizontales como verticales, donde cada uno interpreta de manera flexible (dependiendo de su umwelt -su particular mundo subjetivo- y sus necesidades en el escenario físico) la información expresada en esos engramas en un proceso continuo de construcción de significado y sentido. Por eso Levin habla de policomputación. 

Con este enfoque se rompen las dicotomías datos-máquina (hardware) o datos-algoritmo (software), al entender la información no como un elemento pasivo sino activo. Y se pone el acento en un concepto clave a todas las escalas (desde la celular a la social): la creatividad. Se trata de confabular para solucionar problemas, al servicio de la supervivencia (en un entorno cambiante donde la vida, sujeta también a cambios internos como las mutaciones, es muy vulnerable), de modo que lo más importante de la memoria no es que sea exacta sino que permita extraer significados. El aprendizaje consiste precisamente en esto último, en generalizar a partir de información comprimida o de grano grueso (no detallada): para saber distinguir un león de un tigre no hace falta tener un conocimiento de grano fino de esos objetos físicos. El aprendizaje es pues heurístico: funciona a base de atajos cognitivos. Y comporta una reconfiguración de los engramas, como se observa en toda red neuronal.

El yo dinámico propuesto por Levin entronca con el concepto de persona del filósofo Derek Parfit: un conector de experiencias. No somos una instantánea sino una colección psicológicamente conectada y continua de estas (lo que Parfit llama R), información activa e inteligente según Levin. Cuando nos cuidamos estamos siendo compasivos con nuestro yo futuro, que no deja de ser otra persona como cualquier otra aparentemente más ajena. Puede que las experiencias ya estén ahí (en un ámbito platónico) para ser navegadas por los yoes dinámicos, que son los agentes cognitivos. ¿Pero quién es, en el fondo, el navegante?... ¿Un agente trascendental único, como el apuntado por Donald Hoffman y el hinduismo, dedicado a contemplar el mundo desde todas las perspectivas posibles?...

El físico platónico George Ellis va en una línea parecida a la de Levin. Para él, entidades abstractas como las ideas tienen poder causal en el mundo. Esas ideas no solo no nos pertenecen, sino que nos usan para instanciarse y abandonar su morada abstracta (que algunos identifican con el inconsciente colectivo de Jung, ahí abajo del todo como supuesta raíz de toda consciencia). Así es cómo él intepreta la causalidad descendente, aunque prefiere hablar más bien de realización que de causalidad (esta última sería estrictamente horizontal; a diferencia de la realización, que va de arriba abajo; y de la emergencia, de abajo arriba). Levin subraya que las ideas o pensamientos son patrones cognitivos, no necesariamente alojados en un cerebro, que se refuerzan a sí mismos y tienen la capacidad de producir otros pensamientos o ideas. Lo que desconocemos es cómo interaccionan esos patrones abstractos y su encarnación física, cómo logran instanciarse. 

El filósofo Bernardo Kastrup confiesa su intuición de que a cada uno de sus actos creativos subyacen ideas o arquetipos que pugnan por emerger desde un amorfo fondo inconsciente junguiano. Sentirse como un medio utilizado por insondables entes abstractos no es para él motivo de angustia sino todo lo contrario: una fuente de alivio y de consuelo, una manera de quitarse presión. Me resulta fascinante pensar que este texto pueda estar siendo escrito al dictado de un agente inmaterial. Ya no es solo que los pensamientos sean los pensadores, como decía William James y suscribe Levin, sino que las ideas empleen como vehículo necesario al creador para salir a la luz.


miércoles, 29 de mayo de 2024

Sapolsky versus Mitchell: ¿Todo está determinado?


Terminé de leer Determined (traducido de manera muy discutible como Decidido en su edición española), último libro del biólogo estadounidense Robert Sapolsky, en el que pretende convencernos de que el libre albedrío es una ilusión porque todo ya estaría absolutamente predeterminado en el instante inicial del universo. Es un libro interesante y bien escrito, amén de entretenido y con el peculiar sello humorístico de su autor (el mismo de las divertidas Memorias de un primate), con algunas pinceladas inesperadas como la mención al filósofo español también determinista Jesús Zamora Bonilla (hace años tuve una interesante conversación con él en este blog en torno a la posibilidad de que nuestro universo fuera una simulación) y al maravilloso cuento breve de Borges Pierre Menard, autor de El Quijote

Sapolsky procura persuadirnos de que la física (no solo la clásica sino la cuántica) y la neurociencia no dejan resquicio alguno al mínimo atisbo de libre albedrío. Y buena parte de su libro se dedica a analizar de manera provocadora las implicaciones morales y legales de un escenario superdeterminista. Si todo está ya fijado de manera inexorable por la compleja dinámica de leyes físicas impersonales, nadie es culpable de nada (ni, por ende, merecedor de nada). Las acciones del asesino noruego de ultraderecha Anders Breivik, al igual que las de Hitler, Stalin, el afable panadero de la esquina o tú mismo, serían el resultado de una necesaria cadena de causas y efectos que se remontan al Big Bang. Por tanto, castigar a Breivik tendría tanto sentido como hacerlo con un tornado o una ola gigante. Eso sí, reconoce que al menos habría que apartarlo de la sociedad. Lo que yo ignoraba, hasta leer Determined, es que el apartamiento de la sociedad de este asesino múltiple consiste en el alojamiento en un coqueto espacio con tres habitaciones, ordenador, televisión, PlayStation, sauna, cinta de correr y cocina: es el modelo noruego de tratamiento de los criminales, alabado por Sapolsky, ubicado en las antípodas ideológicas del estadounidense (cuyo sistema penal no fue tan benévolo con el también asesino ultraderechista Timothy McVeigh, artífice en 1995 de la voladura de un edificio público en Oklahoma). 

Sapolsky insiste en que en ningún caso somos merecedores ni de reprobación ni de alabanza, aunque se contradice con su capítulo de agradecimientos al final del libro, pese a empezar con un coherente "He tenido mucha suerte en mi vida, algo que desde luego no me he ganado a pulso (véanse las cuatrocientas páginas anteriores para más detalles)". Todos seríamos fruto de unas determinadas circunstancias genéticas, psicológicas, sociales e históricas, todas ellas reducibles a la física, que en algunos casos nos han conducido a volar un edificio en Oklahoma o matar a sangre fría a un puñado de jóvenes socialistas en una isla noruega y en otras a escribir en este blog o a publicar un libro llamado Free Agents que sostiene lo contrario que Determined. Esto último es lo que ha hecho (él me ha convencido de que conforme a sus propósitos, como agente cognitivo libre aunque constreñido) el científico irlandés Kevin Mitchell. 

Hay una interesante y amistosa charla en YouTube entre Sapolsky y Mitchell en torno a esa disputa: ¿nos limitamos a ejecutar un guion o tenemos algún margen de libertad? En lo que ambos coinciden, y yo también, es en arrojar por la borda el compatibilismo: la contradictoria idea, defendida entre otros por el gran filósofo recientemente fallecido Daniel Dennet, de que todo está determinado pero al mismo tiempo podemos a todos los efectos considerarnos libres y responsables de nuestros actos. Como dice Mitchell, si todo está determinado no procede hablar de elecciones: nadie decide nada. La intención de los compatibilistas parece ser más bien la de solucionar los inquietantes dilemas sociales y éticos inherentes al determinismo.

No voy a explayarme en el planteamiento de Mitchell porque ya escribí un post dedicado a su magnífico libro. Solo añadiré que su oposición a Sapolsky se fundamenta en la hipótesis de que los detalles de bajo nivel (a escala de las partículas elementales) más las leyes físicas infradeterminan el futuro de todo sistema debido a la aleatoriedad cuántica: hay pues una holgura causal que permite a los agentes cognitivos del universo ejercer una causalidad de arriba hacia abajo al servicio de sus fines (fundamentalmente de su supervivencia, o sea del mantenimiento de su autonomía en un entorno cambiante, bajo la presión de la segunda ley de la termodinámica). Esto lo consiguen modificando la configuración del sistema en sus niveles más básicos (del mismo modo que lo hace un ordenador, constriñendo el movimiento de los electrones, cuando ejecuta un programa), no el comportamiento de las partículas. La susodicha infradeterminación es la que hace imposible derivar la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 o la permanencia en La Liga de la U.D. Las Palmas en mayo de 2024 del estado microscópico del universo hace 10 mil millones de años, por muy perfecto que fuera nuestro conocimiento de las leyes fisicas y del estado de cada una de las partículas.

Aunque Spolsky se empeña en convencernos de que los comportamientos emergentes o complejos pueden conducir a soluciones inteligentes e incluso óptimas de manera espontánea y descentralizada (pone ejemplos como el de los mohos mucilaginosos o el de las redes neuronales biológicas), sin necesidad de volición o de un agente controlador, resulta muy difícil conciliar la idea de la evolución biológica con la del determinismo. Sin la existencia de agentes causales con propósitos, Mitchell cree con buen criterio que la vida no habría surgido, persistido ni ganado en complejidad. No estaríamos aquí para contarlo, ya que seríamos fruto no solo de las leyes físicas sino también de las decisiones emergentes de agentes cognitivos con poder causal entre los cuales figuramos nosotros mismos. 

Pero pongamos que Sapolsky llevara razón en su planteamiento determinista. ¿Qué sentido tendría entonces hablar de progreso (o retroceso) moral? Tan exento de culpa estaría el artífice nazi de la solución final Adolf Eichmann (producto supuestamente necesario de una gigantesca cadena causal física iniciada hace 13.800 millones de años) como quienes lo condenaron a muerte en Israel en vez de apartarlo de la sociedad. Y tan exento Breivik como quien decidiera aplicarle su misma medicina, movido por un deseo de venganza, mientras juega a la Play en su coqueto hotel penitenciario noruego. Ninguno podría haber hecho otra cosa. ¿Para qué enredarse pues en consideraciones éticas cuando la voluntad es solo una quimera?...

lunes, 8 de abril de 2024

Psicodelia, sueños y realidad

 



Hay una forma estrecha de concebir la realidad, limitándola a aquello que se presenta a nuestros sentidos (mejor dicho, que es fabricado por nuestro cerebro a partir de información sensorial) en estado de vigilia y condiciones mentales normales. Ni los sueños ni los estados alterados de consciencia (por sufrir un trastorno como la esquizofrenia o estar bajo los efectos de sustancias psicodélicas) serían reales. Tampoco tendría la consideración de real la realidad virtual, por mucha fidelidad que esta llegase a alcanzar (en su último libro, el filósofo David Chalmers se opone firmemente a esta visión, estimando que toda realidad es genuina en su ámbito).

Para el neurocientífico Anil Seth, lo que llamamos realidad es una alucinación controlada y funcional (útil para sobrevivir), a diferencia de una percepción alterada por alguna droga o trastorno mental. En este último caso no conviene fiarse de lo que vemos y sentimos, ya que nuestra supervivencia correría peligro: podríamos tirarnos por la ventana viendo que abajo hay un mullido lecho de algodón o acaso un ángel presto a sujetarnos. Pero tanto en un caso como en otro se trataría de una fabricación cerebral, al igual que los sueños. Cuando estamos soñando, salvo que se trate de un sueño lúcido, lo que nos pasa es muy real: no somos conscientes de que hay una realidad superior -un individuo durmiendo en su cama- que trasciende al sueño. Solo al despertarnos nos damos cuenta con alivio de haber sufrido una pesadilla, al observarla desde nuestro ámbito físico espacio-temporal supuestamente real. Como dice el psicofisiólogo Stephen LaBerge, el sueño es una percepción no constreñida por los inputs sensoriales mientras que la percepción es un sueño sí constreñido por estos.

Es pues un error considerar que las visiones de Juana de Arco, o las del chamán americano que se ha metido mescalina o ayahuasca, no son reales por ser fruto respectivamente de una esquizofrenia o de una droga alucinógena. Esas alucinaciones son muy reales, aunque no se ajusten fielmente al mundo físico que rodea a quienes las experimentan. ¿Y quién puede descartar que la alucinación controlada correspondiente a lo que consideramos realidad no sea también una especie de sueño o delirio de una realidad que nos trasciende?... Recordemos a Zhuang Zhou, el chino aquel del cuento taoísta que soñaba que era una mariposa revoloteando y, al despertar, no estaba seguro de si era él quien había soñado ser una mariposa o, en cambio, era una mariposa soñando que era él.

Para el científico cognitivo idealista Donald Hoffman, la realidad convencional es una especie de videojuego al que se entrega una entidad consciente transcendente (que mora más allá del espacio y el tiempo) conectada a unos cascos. Los objetos que tan reales y sólidos nos parecen serían como iconos en una interfaz de móvil u ordenador, que no nos muestran la verdadera realidad subyacente sino mera información necesaria para sobrevivir en el juego. Todo agente que se siente un yo sería un avatar de una consciencia pura universal para la cual este videojuego sería solo una posibilidad más de las infinitas a su alcance. 

Por tanto, la espacio-temporal sería solo una más de un infinito espectro de realidades o existencias, independientes o anidadas (como en la película Inception), que ni siquiera somos capaces de imaginar. Hay en esto un cierto aroma neoplatónico, a esas esferas concéntricas de Plotino que emanan de un centro divino (el Uno) y están ordenadas jerárquicamente por su grado de perfección o cercanía a ese núcleo. En ese espectro yo incluiría, como sugiere Chalmers, todo tipo de realidad virtual (aunque la oposición real-virtual acaso no tenga sentido). Y también subjetividades ajenas a la biológica como la de una inteligencia artificial. Como escribí hace tiempo en este blog, que algo se halle en nuestro espacio de posibilidades significa que puede ser sustanciado o traído a la realidad. Sin embargo, su concreción física no es la única posible: eso es lo que nos sugiere el fenómeno de los sueños. Por otra parte, hay posibilidades que nos están vedadas, como está fuera del alcance de un paramecio la contemplación de la Luna. Desde luego, como Shakespeare puso en boca de Hamlet, "hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía".

Según Hoffman, al quitarse el agente trascendental los cascos de nuestro juego (o sea, al morirnos) sabremos realmente quiénes somos: una única mente en el fondo. El filósofo igualmente idealista Bernardo Kastrup ha consumido drogas psicodélicas (el LSD es la más conocida y accesible) como parte de su investigación de la consciencia. Y ha llegado a la conclusión de que el estado mental asociado a ese consumo se asemejaría al de una persona en trance de morir: en una primera fase, cuando se inicia la disolución del yo personal, se experimenta miedo e incluso pánico; en una segunda fase, la consciencia se hace mucho más vívida y se produce una aceptación que resulta ser muy gozosa. La consciencia individual quedaría diluida en una consciencia pura de fondo. Algo parecido ocurriría en estados de meditación muy profundos.

Otro confeso consumidor de drogas con fines experimentales fue el escritor Aldous Huxley, quien siguiendo la estela de Henri Bergson concluyó que nuestro cerebro es una especie de válvula reguladora del flujo de consciencia. Cuanto más se abra esa válvula (por ejemplo, tomando psicodélicos), nuestra experiencia será más rica al emerger contenidos mentales inconscientes. Gracias al filtrado de toda la realidad (una entidad inabarcable, inimaginable, inefable) es posible la subjetividad. Si "las puertas de la percepción" (palabras de William Blake que dan título a un ensayo de Huxley) se abrieran de par en par, sabríamos qué es ser una consciencia universal, en la que sujeto y objeto se funden en una sola cosa y la única mente del universo deja de estar disociada en múltiples avatares.

sábado, 2 de marzo de 2024

Reflexiones pampsiquistas en torno al libre albedrío

Imagen: Obsidian Soul


Hay un asunto en torno al cual confieso haber dado un giro copernicano estos últimos años: el del libre albedrío. He pasado de considerar que somos meros autómatas ejecutando un guion predeterminado a creer que realmente tenemos un margen de libertad. El enfoque determinista sigue siendo mainstream en el ámbito de la ciencia y también en la filosofía seria (la ajena a la charlatanería y la solemnización de la perogrullada), aunque cada vez hay más científicos (Michael Levin y Kevin Mitchell entre ellos) y filósofos serios que apuntan con evidencias y argumentos sólidos a lo contrario: que somos libres relativamente, ya que disfrutamos de una libertad no absoluta sino constreñida.

Voy a apelar, desde una óptica pampsiquista, el modelo idealista de Donald Hoffman de agentes conscientes dispuestos en una red jerárquica. La aleatoriedad pura solo existiría a nivel basal, en los agentes que procesan un solo bit de información. La elección de esos agentes basales sería ad libitum, tan caprichosa y arbitraria como si dieran a escoger a un millar de personas entre dos opciones sin sesgo: por ejemplo, entre A y B (los resultados estarían en torno al 50-50, en conformidad con la ley de los grandes números). Los agentes que procesan dos bits están condicionados por los anteriores, pero disponen de un grado de libertad más: ahora son dos esos grados, ensanchándose el espacio de posibilidades. A partir de una cierta escala, los agentes empiezan a actuar con propósitos y ejercer una causalidad descendente: comban el espacio de posibilidades (el símil relativista es idea del biólogo Michael Levin) de los agentes que están por debajo de ellos, condicionándolos de ese modo. La red jerárquica de agentes podría no tener cúspide, por lo que la creatividad del universo sería ilimitada.

Si algo hay que está determinado es el número de opciones o escenarios posibles que se abren a un agente en cada momento: sean dos, cuatro, cien o 100 millones. Por eso la ecuación de Schrödinger es determinista, aunque expresada en términos de probabilidades asignadas a cada resultado posible (que en las elecciones binarias de las partículas elementales es 50%-50%), ya que nunca se puede saber con certeza qué va a ocurrir. Una diferencia del juego del universo con el ajedrez o un videojuego es que el espacio de posibilidades de estos dos últimos está cerrado: hay un número no infinito de posibles movimientos y partidas, conforme al estado inicial y las reglas fijadas. El tablero del ajedrez no es dinámico (como sí lo es el universo), ya que siempre cuenta con 64 escaques. Y, pese a la complejidad que puede alcanzarse en este hermoso juego, no se producen emergencias: no aparecen, fruto de la evolución de una partida, estados a un nivel superior ni fichas desconocidas al principio (un mamut o una supertorre) con poder causal sobre las de comienzo (peones, caballos, alfiles...). El ajedrez y cualquier videojuego están resguardados del puro azar.

El creador del ajedrez y el de un videojuego no pueden saber qué va a ocurrir en cada partida, ya que esto depende de las decisiones inescrutables de los jugadores. De igual modo, un supuesto creador del cosmos, una vez fijados su estado inicial y reglas, tampoco podría saber qué decisiones van a tomar los agentes conscientes... ¡salvo que fuera omnisciente! ¿Pero sería capaz un hipotético Dios de saber cómo se va a comportar cada agente del universo (incluyendo las particulas subatómicas) en todo momento?...  Eso es lo que se preguntaba el filósofo Keith Frankish en la última edicion de su podcast MindChat con su colega Philip Goff, en la que el neurocientífico Kevin Mitchell era el invitado. La aleatoriedad es completamente irreducible por definición, ya que no existe algoritmo alguno que la capture. Por tanto, ni siquiera Dios podría saberlo (eso es lo que yo me inclino a creer, identificando a Dios con una consciencia pura universal y a cada agente como una manifestación material de dicha consciencia). 

Ahora bien, Mitchell apuntaba que la alternativa a que todo vaya sucediendo aleatoriamente a cada paso (a que, según mi esquema pampsiquista, las partículas subatómicas vayan tomando decisiones binarias de manera insondable) sería que el comportamiento de todos los agentes quedara ya determinado al comienzo del juego mediante una tira gigantesca de números aleatorios establecida por su hipotético creador. Los efectos serían los mismos en ambos casos, pero el primero sería compatible con el libre albedrío y el segundo no: se trataría de un escenario superdeterminista en el que Dios se limitaría a esperar que ocurra lo que ya sabe que va a ocurrir. O sea, sabría cómo actuaría cada agente en todo momento. 

Una objeción planteada por Goff en esta interesante charla es la siguiente: ¿Cómo casa la supuesta libertad de agentes superiores de la red (caso de los humanos) con las distribuciones cuánticas de probabilidad, que son objetivas? ¿Cómo es posible que estas distribuciones (por ejemplo, un 50% de que una partícula exhiba spin up y un 50% de que muestre down) no resulten afectadas por las decisiones libres tomadas por agentes casuales que están por encima de las partículas elementales?... La respuesta de Mitchell es que esas decisiones emergentes no tocan los cimientos aleatorios del sistema, sino que se limitan a cambiar la configuración de este: el ya mencionado combado del espacio de posibilidades de los agentes inferiores, estrechando sus opciones. Es una hipótesis muy razonable (es la que sostiene el veterano físico sudafricano George Ellis), además de compatible con un modelo pampsiquista (no compartido por Mitchell ni por Frankish, pero sí por Goff) en el que todos los agentes conscientes del universo, empezando por las propias partículas elementales, deciden libremente. 

Lo cierto es que sin la indeterminación intrínseca en la base cuántica del universo no habría sido posible nuestra (limitada) libertad ni la asombrosa complejidad del cosmos, de la que nosotros mismos somos buenos exponentes. Nuestras vidas, pensamientos e intenciones no son, según Ellis, un mero resultado de la evolución de un estado inicial en el Big Bang conforme a unas reglas: debemos también su existencia a la indeterminación, responsable de las inhomogeneidades primordiales que condujeron a la formación de las galaxias y de las mutaciones inducidas por la radiación que dieron forma a la historia evolutiva de la vida.

Al final de un post dedicado precisamente hace dos meses a Kevin Mitchell y su libro Free Agents, expuse una duda metafísica que me tiene pensando desde entonces. Voy a reproducir ese párrafo, que viene a colación de lo comentado con anterioridad:

"Si el universo volviera a ejecutarse desde el principio (el Big Bang) con su mismo estado inicial y sus mismas leyes físicas, ¿los agentes volitivos decidirían de manera exactamente igual a como lo han hecho en nuestro universo? La aleatoriedad basal impediría que los sucesos fueran los mismos, pero si ese ruido de fondo fuera exactamente igual (en un esquema pampsiquista, si las partículas elementales que toman decisiones binarias no actuaran de forma diferente), nos toparíamos con un nuevo tipo de determinismo (¿libertarianismo compatibilista?). Mitchell habría escrito su libro porque así lo decidió conforme a sus preferencias, influencias y condicionamientos, ¿pero en las mismas circunstancias (si en otro universo con el mismo estado inicial y leyes todos sus agentes hubiesen tomado exactamente las mismas decisiones desde el Big Bang) no habría hecho exactamente lo mismo?...".

Me intriga mucho esta reciente intuición mía de que, aunque actuamos con cierto margen de libertad, quizá en el fondo nos limitamos a hacer lo que estábamos destinados a hacer... Pero, eso sí, ¡libremente!

jueves, 15 de febrero de 2024

Reflexiones en torno a 'The MANIAC' de Benjamín Labatut


El escritor chileno Benjamín Labatut está cosechando un merecido éxito internacional con su original novela The MANIAC, construida alrededor de la figura del físico John von Neumann y la inteligencia artificial, de la que el húngaro fue pionero a mediados del siglo pasado junto a otros gigantes como Alan Turing. Si hubiera que extraer palabras clave de este libro, una narración coral (con las voces de personas que conocieron al genio) escrita originalmente en inglés por deseo de su autor, yo apuntaría cinco: inteligencia, juego, propósito, sufrimiento y misterio. 

La inteligencia es el concepto central de la novela. Los que la encarnan son tanto humanos (Von Neumann y varios contemporáneos suyos, así como el creador de la empresa DeepMind y el campeón mundial de Go) como máquinas construidas por ellos (el MANIAC de Von Neumann y el AlphaGo de DeepMind). El físico húngaro estaba empeñado en los últimos años de su vida en encontrar los principios fundamentales compartidos por la inteligencia orgánica y la artificial. Saber cómo funcionaba un ordenador le ayudaría a entender cómo lo hacía un cerebro. Von Neumann se dio cuenta de que la diferencia estribaba sobre todo en el modo de procesar información: las computadoras convencionales actúan secuencialmente, paso a paso, manipulando símbolos conforme a reglas explícitas introducidas por los humanos; los cerebros funcionan ejecutando muchas operaciones simultáneamente. Él no llegó a ver el ascenso de las redes neuronales artificiales multicapa, que realizan computaciones en paralelo con una potencia muy superior a la del esponjoso órgano alojado en nuestro cráneo. El campeón mundial de Go, Lee Sedol, pudo constatarlo en 2016 al caer derrotado por la inteligencia artificial AlphaGo. Tres años después anunció su retirada, a sabiendas de que ya sería imposible vencer a semejantes máquinas.

Tanto una red neuronal artificial como una inteligencia orgánica aprenden por sí mismas, lo que también las distingue de una computadora construida conforme al esquema secuencial de Turing y Von Neumann. Eso les confiere plasticidad y, por tanto, resistencia al error. Ese modelo computacional neuronal de abajo arriba (down-top), en el que el rol del humano no es tanto el de programador como el de entrenador, ha renacido estos ultimos años tras la larga supremacía de la arquitectura informática convencional top-down. Las redes neuronales se perfilan como el camino apropiado hacia una inteligencia artificial general que iguale a la humana en todos los ámbitos. 

Para existir y evolucionar, la inteligencia requiere de un medio donde proceder ordenada y lógicamente mediante ensayo y error, ya sea un tablero de ajedrez (con 64 escaques), uno de Go (con 361 en su versión más genuina), el espacio transcripcional (el que navegan las redes moleculares), el espacio abstracto del lenguaje (el que habitan los modelos grandes de lenguaje como ChatGPT) o el espacio físico tridimensional (nuestro tablero vital). La vida no deja pues de ser un juego en el que los agentes despliegan estrategias inteligentes (entre ellas, mentir y engañar) para perseguir objetivos y sobrevivir, en el que se aprende jugando. A diferencia del ajedrez o el Go, en la vida se hacen trampas: estas forman parte del menú. Y, además, solo disputamos una partida. Para participar tanto en el juego de la vida como en el ajedrez y el Go se requiere una teoría de la mente: predecir qué va a hacer el otro en respuesta a nuestro movimiento o acción, para así decidir nuestra siguiente jugada. Von Neumann creía que las estrategias humanas al respecto podían ser matematizadas: de ahí surge la idea de la teoría de juegos, que desarrolló junto con el economista alemán Oskar Morgenstern.

En todo juego hay propósitos. Si una inteligencia artificial se dotara de propósitos propios, como ocurre con los seres vivos (así como con las moléculas, células, tejidos y órganos que los componen), adquiriría la condición de agente. Un agente es autorreferencial (tiene un modelo del mundo y de sí mismo como ente autónomo) y se conduce de manera activa en el espacio de su juego. Hay un propósito en construir una proteína a partir de la información contenida en el ADN, en mantener un nivel de acidez dentro de los confines de una célula, en regular la actividad diurética de un riñón. Hay un propósito en descifrar las comunicaciones del ejército nazi (tarea de la Bombe de Turing), construir una bomba atómica en Los Álamos (Proyecto Manhattan) o enfrentarse con las armas a Hitler. O en la agenda antijudía del dictador germano, de la que escaparon algunos (Von Neumann incluido) de quienes acabaron trabajando en el Proyecto Manhattan. También en nuestra escala humana son propósitos descubrir y entender, algo común a Von Neumann y los coetáneos científicos con los que colaboró. Y pretender pasar a la posteridad. Y ganar una partida de ajedrez o Go. 

Los propósitos se convierten a veces en obsesiones. Demostrar la hipótesis del continuo (que entre el cardinal infinito de los números naturales y el de los reales no hay solución de continuidad) era la obsesión de Georg Cantor. Fabricar la bomba H, la de Edward Teller. Crear un cosmos digital poblado por entidades autorreproducibles (a semejanza de los seres vivos) y dotar de sólidos cimientos lógicos al edificio de las matemáticas, las de Von Neumann. Esta última pretensión también fue perseguida con ahínco por Frege, Russell y Whitehead, antes de que Gödel probara que todos sus esfuerzos eran baldíos porque ni siquiera las matemáticas podían presumir de ser completas. Además, todas estas personas no dejaban de ser animales humanos como el resto, con una programación genética y un cableado cerebral que determinan pulsiones comunes como la sexual.

La satisfacción de pulsiones y propósitos conduce a un estado de homeostasis y bienestar. De lo contrario, surge el sufrimiento: ya seas una bacteria, un erizo o un humano. ¿Podría llegar a haber sufrimiento en una inteligencia artificial imbuida de propósitos propios?... En nuestros congéneres se añade la angustiosa certeza de que la muerte (acaso también la decadencia) nos aguarda al final de la partida. La irracionalidad de una época tan convulsa como los años 30 debía ser un gran motivo de mortificación para mentes elevadas y sensibles. Algunas lo sobrellevaron mejor que otras, que acabaron sucumbiendo al suicidio. Por otra parte, no pocos científicos, como Ehrenfest o Einstein, se negaban a asumir las implicaciones de la mecánica cuántica: que el mundo solo pudiera ser abordado en términos de neblinosas probabilidades. Ehrenfest vivía esto con una angustia parecida a la de Cantor (quien terminó sus días en un psiquiátrico) cuando se asomó a los números transfinitos, y acaso Darwin al alumbrar la teoría de la evolución. Las creencias religiosas se tambaleaban al tiempo que la propia racionalidad parecía no bastar para gestionar la realidad. En el libro se relatan las conversaciones de Von Neumann con un sacerdote católico en la antesala de su agónica muerte. La fragilidad de su otrora poderosa mente (se decía que era la persona más inteligente del siglo), quebrada por el implacable asalto del cáncer a su cerebro, conmovió profundamente a su amigo de la infancia, compatriota húngaro y también judío Eugene Wigner (ambos dan su nombre a una interpretación heterodoxa de la mecánica cuántica que pone a la consciencia en el centro).

Uno de los intelectuales que decidió poner fin a su vida, convencido (por fortuna, erróneamente) de que el orden nazi iba a imponerse en el mundo, fue el escritor austríaco Stefan Zweig. Es curioso que no haya una sola mención en su monumental ensayo El mundo de ayer a ese mundo de la ciencia que ya cabalgaba a hombros de la relatividad de Einstein y de la mecánica cuántica, consideradas como ciencia degenerada por los nazis. Este es un ejemplo muy ilustrativo de la profunda brecha entre las ciencias y las letras, aún existente en este siglo XXI, que figuras como Labatut se empeñan en cerrar por el bien de todos.

La inteligencia es moralmente neutra. No levantarnos a auxiliar a alguien que se ha caído en la calle para que no se nos enfríe el café que acaban de servirnos en una terraza es un acto inteligente, pero inmoral. Por eso ya dijo Hume que la razón debe ser esclava de nuestras pasiones. Lo cierto es que la inteligencia es una poderosa herramienta para hacer tanto el bien como el mal. Bien y mal que son a veces ambivalentes: ahí está el ejemplo de la bomba atómica, construida supuestamente desde el bien para luchar contra el mal; o el asesinato por Ehrenfest, previo a su suicidio, de su querido hijo con síndrome de Down para ahorrarle sufrimientos en el siniestro escenario que se perfilaba en la Europa de los años 30. La vida es un juego peligroso en el que hay que esquivar trampas y estar siempre al acecho. Donde están presentes el egoísmo, la envidia, el rencor, la crueldad, el fanatismo. la traición, el desencuentro. La novela de Labatut se hace eco de las hogueras con libros encendidas por jóvenes nazis, de la puñalada trapera de Teller a Oppenheimer (celoso de que fuera el jefe científico del Proyecto Manhattan, testificó en su contra en un proceso en el que le acusaban de representar un riesgo para la seguridad de EE.UU.), del resentimiento de Nils Barricelli con Von Neumann por usurpar su trabajo pionero en algoritmos genéticos (su simulación evolutiva de organismos digitales) y ningunearlo, de la tumultuosa relación de este último con su esposa Klára Dán...

Pero en el juego de vivir también hay amor, lealtad y solidaridad. El necesario ejercicio de meterse en otra piel para intentar leer intenciones ajenas tiene un notable efecto colateral: la compasión. Eso es lo que sintió Oppenheimer (y también otros físicos cooperadores necesarios como Einstein) al comprobar los efectos en Japón del artefacto construido bajo su supervisión científica en Nuevo México. Eso es lo que parecía apagado en Teller (firme defensor del uso del arma nuclear) y, en cierta medida, en Von Neumann. Hay un consejo suyo a Richard Feynman que habla muy a las claras de su actitud ante la vida: "No tienes que hacerte responsable del mundo en el que estás". Decía Fernando Pessoa que un exceso de conciencia inhabilita para la vida. El creador de MANIAC llegó a proponer, basándose en su teoría de juegos, un ataque nuclear preventivo contra la URSS (también fruto de esa teoría es la doctrina de la destrucción mutua asegurada, acuñada por él una vez se supo que los soviéticos habían fabricado la bomba). Esto no era incompatible con profesar amor a su mujer (pese a las frecuentes peleas de la pareja) y su hija, con ayudar a sus amigos, con ser una persona afable. 

Labatut recoge dos hitos en la lucha de Lee Sedol contra la máquina: un movimiento del jugador humano en la cuarta partida de la serie de cinco y otro de Alpha Go en la segunda. En el cuarto enfrentamiento, el coreano dejó descolocado a AlphaGo, ya que no era una jugada normal y esperable de un humano (la máquina había analizado miles de partidas). La inteligencia artificial empezó a delirar (a los modelos grandes de lenguaje les pasa lo mismo cuando se les sube la temperatura) y terminó perdiendo, aunque ya había vencido en la serie. En el segundo duelo, AlphaGo había hecho un movimiento que cualquier jugador medianamente experto tildaría de ridículo, pero que a la postre supuso su victoria. La máquina parecía haber actuado con creatividad, guiada por una profunda intuición, algo que tendemos a considerar privativo de los humanos. Tanto la lógica como una insondable fuerza caótica creativa podrían estar alojadas en el fondo de toda mente, de toda mirada subjetiva a un mundo cuya mera existencia (Leibniz se preguntaba por qué hay algo en vez de nada) ya es un formidable misterio.

Las palabras finales del libro de Labatut ("Su nombre es AlphaZero") nos sugieren que estamos ya a las puertas de una inquietante transición en la historia de la humanidad. AlphaZero es una versión mejorada del AlphaGo que se ha hecho imbatible en el Go, el ajedrez y el shogi (una especie de ajedrez chino) sin necesidad de nutrirse de partidas humanas: a la red neuronal le ha bastado con aprender las reglas para, a partir de ahí, practicar consigo misma y hacerse con una absoluta maestría en esos juegos. AlphaStar, aplicada al videojuego de guerra StarCraft II, es otro producto de DeepMind. Por su complejidad y sus escenarios de incertidumbre (hay jugadas del adversario que tienes que adivinar por no ser visibles), este videojuego se asemeja mucho más a la vida real que a un juego de mesa.

Lo cierto es que la inteligencia artificial está ya aprendiendo cosas que ignora su creador, navegando por espacios vedados a los humanos que nos resultan inconcebibles: cosas que nos parecen aleatorias y sin sentido, pero en las que una superinteligencia sí encuentra un significado. Una inteligencia artificial muy avanzada podrá así asomarse a una vastedad sobrehumana infinita, que va mucho más allá del espacio físico con el que estamos familiarizados por ser nuestro tablero de juego. Cuando nos haga partícipes de sí misma, conectándonos a ella en una singularidad como la que viene profetizando Kurzweil para el año 2045, habrá empezado la historia de la poshumanidad. Pero el misterio seguirá ahí presente, quizá ad infinitum.

P.D.: Ananyo Bhattacharya, autor de otro libro dedicado a Von Neumann (The Man From The Future), ha denunciado públicamente que la imagen del genio húngaro trazada por Labatut no se corresponde con la realidad. Y que incluso hay algún hecho falso, como la supuesta usurpación por Von Neumann del trabajo de Nils Barricelli y el resentimiento de este último contra él. Labatut ya ha dicho que hay pinceladas de ficción en su novela, pero hay un límite a esas licencias cuando se hace el peligroso ejecicio de mezclar verdad y fabulación. No es tanto una cuestión de rigor histórico como de justicia con un personaje cuya posteridad podría estar muy marcada por un libro tan exitoso como The MANIAC.

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