Una de las cosas que más desasosiegan a un ser humano medianamente sensible (supongo que a toda inteligencia al menos equiparable, aquí en la Tierra como hipotéticamente fuera de ella) no es tanto la existencia del mal como la posible inexistencia de una justicia universal que retribuya de algún modo a aquél: mientras que el mal es algo constatable y omnipresente, no hay indicios razonables -los cuentos religiosos son un aparte- de que la Naturaleza se preocupe lo más mínimo al respecto. O sea, que no está escrito en el firmamento ni en los insondables espacios subatómicos que torturar y matar a una criatura inocente por pura diversión tenga un precio, más allá del legal y penitenciario si acaso es pillado al asesino (y si la víctima es también humana, no una vaquilla). Y no está claro que los responsables de Auschwitz, convertidos ya casi todos en polvo, hayan contraído alguna deuda con el Cosmos por ello. Dentro de miles de años nadie se acordará siquiera de esa infamia (ni de lo de Camboya, Guatemala, Ruanda, Srebrenica o Estado Islámico) y seguirá, como siempre, saliendo y poniéndose el Sol: ¿acaso se ha alterado el Universo por las inimaginables masacres cometidas por nuestra especie desde que andamos a dos patas?
La maldad parece haber sido incluso premiada por la selección natural por su utilidad para la supervivencia: la psicopatía en los humanos no es una patología sino una mera adaptación evolutiva. De hecho, somos hijos de la depredación: no estaríamos aquí si nuestros antepasados hubiesen sido veganos (el desarrollo de nuestro cerebro debe mucho a una dieta carnívora), animalistas y pacifistas. Pero la evolución también ha hecho que alberguemos en nuestro código genético sentimientos de empatía y conceptos como el de justicia. Parejos a este último se encuentran la indignación ante la injusticia y, para repararla, la inclinación al castigo o la venganza. Esto no parece exclusivo de la humanidad, ya que los etólogos aseguran que ocurre más o menos igual en el resto de los mamíferos. El deseo de venganza es algo muy natural, un intento de restablecer cierto orden en el mundo ante lo que se juzga como un inaceptable atropello a la justicia: desde la percepción de una falta de respeto, un agravio o un insulto a la dignidad personal o colectiva hasta una atrocidad en toda regla.
Claro que andaba en lo cierto Buda -quizá el mayor sabio de la Historia- al afirmar que la venganza es tóxica para quien la ejerce por cuanto supone de apego a lo que se odia. Desde luego que no puede ser sana, pero eso no quita que sea una forma reconfortante de retribución (¡si fuera posible preguntarle a este pobre toro embolado!). El budismo cree precisamente en una suerte de justicia cósmica en torno al concepto de karma, conforme al cual todo acto de un individuo genera consecuencias que van más allá de su vida en este mundo. Pero si no existiera el libre albedrío (y parece razonable que no haya tal cosa), nadie sería culpable de sus actos y sería tan absurda la búsqueda de venganza como la retribución kármica.
Que en una amalgama ordenada de polvo de estrellas (nuestro cuerpo y la mente que emerge de él) se hayan alumbrado sentimientos como el amor y la compasión es algo verdaderamente sublime, mucho más asombroso y conmovedor que cualquier cosmovisión religiosa. Y quizá ahí estribe la esperanza: en que la justicia y el bien imperen finalmente en el Cosmos porque una superinteligencia -fruto de la vida, a su vez producto de la evolución del Universo- acabe tomando sus riendas (de acuerdo a un esquema determinista, porque cumpla sin saberlo -como hacemos todo nosotros con nuestras vidas- un misterioso guion ya escrito con una finalidad desconocida y seguramente inimaginable).
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
domingo, 12 de julio de 2015
miércoles, 1 de julio de 2015
Desmontando frases solemnes (II): "El hombre es el único animal que mata por placer"
Frente al palurdo especista que ignora que las diferencias entre los humanos y el resto de los animales son solo de grado (sin duda es mayor la brecha evolutiva entre una bacteria y un organismo eucariota como un hongo que entre este último y un Homo Sapiens) está el animalista bobo que demoniza a su propia especie y coloca un halo de pureza al resto de los seres vivos: ambos yerran al no advertir que animales no humanos y humanos animales estamos hechos de la misma pasta, aunque las liebres no lean a Dan Brown (¡no se pierden mucho!), las jirafas no sepan conducir o los orangutanes no jueguen al fútbol.
Todos estamos en el tablero de la biosfera pugnando por sobrevivir (haciendo presas y evitando ser predados, así como cooperando) y por reproducirnos (mejor dicho, por follar, haya o no reproducción): ¡porque los animales no se reproducen por instinto, sino que (como nosotros) copulan porque les gusta! (y con ello resulta que se reproducen, ya que no conocen métodos anticonceptivos). Por otra parte, al igual que ocurre con los humanos, no todos los animales son iguales: la variabilidad de comportamiento se da también en ellos, de modo que hay perros más agresivos que otros, elefantes más tranquilos que otros, leonas más maternales que otras, gatos más tramposos que otros, chimpancés más empáticos que otros... Cualquiera que haya tenido al mismo tiempo como mascotas varios gatos o perros lo sabe perfectamente.
En fin, que lo que llamamos bondad y maldad no son solo atributos de los humanos (como nos han hecho creer tantos humanistas legos en Biología). Cuando el león mata a los cachorros para beneficiarse a su madre está haciendo objetivamente el mal: actúa brutalmente (aunque, en el fondo, manipulado por sus genes), en busca de su propia satisfacción sexual, contra seres indefensos que quieren vivir. Cuando una hembra de una especie amamanta a un bebé de otra, está haciendo objetivamente el bien: actúa altruistamente (aunque, en el fondo, manipulada por sus genes), movida por su pulsión maternal, en favor de seres indefensos que quieren vivir. Detrás de estos conceptos de bondad y maldad hay un enfoque utilitarista inapelable: el que constata que todos los seres vivos pugnan por seguir viviendo y ser felices a su manera. Algunos de ellos, entre los que se incluyen todos los mamíferos, sufren más que otros por tener un sistema nervioso y una conciencia más desarrolladas. Un virus no tiene capacidad empática alguna, pero un mamífero sí (al menos, potencialmente).
Los delfines no parecen ser esos tipos tan majetes que nos vende la factoría Disney: abusan de sus hembras y de sus pequeños, torturan y matan por placer (no son mejores que los humanos, desde luego). Y muchas otras cosas del mismo cariz se pueden decir de otros animales tan aparentemente disneybuenos como los osos panda o los suricatos: eso por no hablar de los insectos, arácnidos y otras especies consideradas inferiores... Pero, frente a la creencia tradicional de que la moral es solo una cosa humana, los científicos apuntan indicios de que los mamíferos también tienen un sentido moral (producto de la evolución) incrustado en su cerebro: son capaces de distinguir lo bueno de lo malo e incluso pueden sentirse culpables de esto último. O sea, que en cada especie hay individuos más buenos e individuos más malos.
Hay un factor clave a este respecto: la inteligencia. Maldad y bondad serían pues hermanas, hijas ambas de la inteligencia, condenadas a coexistir. En estos últimos años me ha dado por pensar que una superinteligencia dotada de una elevada tecnología tendría que ser necesariamente benevolente y empática con el sufrimiento de todas las criaturas vivientes. Viendo el trato que los humanos dispensamos, no ya a las hormigas, sino a mamíferos sensibles como las ballenas, los cerdos, los chimpancés o los elefantes, me entran dudas. Aunque una explicación tranquilizadora es que la humanidad sigue aún en una etapa infantil (como prueba, por ejemplo, la pervivencia de las religiones) y que todo se andará... eso sí, no necesariamente a partir de la estirpe del Homo sapiens.
Leer Desmontando frases solemnes (I): "La verdad os hará libres".
Todos estamos en el tablero de la biosfera pugnando por sobrevivir (haciendo presas y evitando ser predados, así como cooperando) y por reproducirnos (mejor dicho, por follar, haya o no reproducción): ¡porque los animales no se reproducen por instinto, sino que (como nosotros) copulan porque les gusta! (y con ello resulta que se reproducen, ya que no conocen métodos anticonceptivos). Por otra parte, al igual que ocurre con los humanos, no todos los animales son iguales: la variabilidad de comportamiento se da también en ellos, de modo que hay perros más agresivos que otros, elefantes más tranquilos que otros, leonas más maternales que otras, gatos más tramposos que otros, chimpancés más empáticos que otros... Cualquiera que haya tenido al mismo tiempo como mascotas varios gatos o perros lo sabe perfectamente.
En fin, que lo que llamamos bondad y maldad no son solo atributos de los humanos (como nos han hecho creer tantos humanistas legos en Biología). Cuando el león mata a los cachorros para beneficiarse a su madre está haciendo objetivamente el mal: actúa brutalmente (aunque, en el fondo, manipulado por sus genes), en busca de su propia satisfacción sexual, contra seres indefensos que quieren vivir. Cuando una hembra de una especie amamanta a un bebé de otra, está haciendo objetivamente el bien: actúa altruistamente (aunque, en el fondo, manipulada por sus genes), movida por su pulsión maternal, en favor de seres indefensos que quieren vivir. Detrás de estos conceptos de bondad y maldad hay un enfoque utilitarista inapelable: el que constata que todos los seres vivos pugnan por seguir viviendo y ser felices a su manera. Algunos de ellos, entre los que se incluyen todos los mamíferos, sufren más que otros por tener un sistema nervioso y una conciencia más desarrolladas. Un virus no tiene capacidad empática alguna, pero un mamífero sí (al menos, potencialmente).
Los delfines no parecen ser esos tipos tan majetes que nos vende la factoría Disney: abusan de sus hembras y de sus pequeños, torturan y matan por placer (no son mejores que los humanos, desde luego). Y muchas otras cosas del mismo cariz se pueden decir de otros animales tan aparentemente disneybuenos como los osos panda o los suricatos: eso por no hablar de los insectos, arácnidos y otras especies consideradas inferiores... Pero, frente a la creencia tradicional de que la moral es solo una cosa humana, los científicos apuntan indicios de que los mamíferos también tienen un sentido moral (producto de la evolución) incrustado en su cerebro: son capaces de distinguir lo bueno de lo malo e incluso pueden sentirse culpables de esto último. O sea, que en cada especie hay individuos más buenos e individuos más malos.
Hay un factor clave a este respecto: la inteligencia. Maldad y bondad serían pues hermanas, hijas ambas de la inteligencia, condenadas a coexistir. En estos últimos años me ha dado por pensar que una superinteligencia dotada de una elevada tecnología tendría que ser necesariamente benevolente y empática con el sufrimiento de todas las criaturas vivientes. Viendo el trato que los humanos dispensamos, no ya a las hormigas, sino a mamíferos sensibles como las ballenas, los cerdos, los chimpancés o los elefantes, me entran dudas. Aunque una explicación tranquilizadora es que la humanidad sigue aún en una etapa infantil (como prueba, por ejemplo, la pervivencia de las religiones) y que todo se andará... eso sí, no necesariamente a partir de la estirpe del Homo sapiens.
Leer Desmontando frases solemnes (I): "La verdad os hará libres".
sábado, 20 de junio de 2015
A por tabaco
Al día siguiente cumplirían 25 años de casados. Un matrimonio insulso y sin hijos, sin más pena que gloria. Hacía tiempo que habían almorzado y estaban echando un concurso en la tele. Aunque nunca había fumado, él se levantó del sofá, le dijo a su esposa que bajaba a comprar un paquete de tabaco y salió de inmediato. Ya estaba dentro del ascensor cuando le pareció escuchar la voz de ella fuera. En el estanco de la esquina le informaron de que no tenían la marca que pedía, que ésta solo se vendía en Nueva Zelanda. Con los ojos brillantes, las manos sudorosas en los bolsillos y un amago de maléfica sonrisa, abandonó el establecimiento.
lunes, 8 de junio de 2015
Imagen de un extraño mundo extraandromedano
Si una inteligencia extraterrestre viera esta imagen (suponiendo que percibiera más o menos el mismo abanico del espectro electromagnético que nosotros), no le cabría duda de que detrás de ella hay otra inteligencia: no es posible que esas formas y esa disposición sean meramente aleatorias. Si la observara una hormiga, no entendería -¡no podría entender!- nada. ¿Pero un extraterrestre listo, sin conocimientos previos de la Tierra y sus pobladores, sería capaz de extraer más información útil y relevante de esta foto que una humilde hormiga?
Supongamos que la instantánea de este extraño mundo poblado de cosas desconocidas viniera con una información añadida: la de que cada cinco minutos (traducidos a la unidad de tiempo del extraterrestre de marras), el objeto rectangular de negro del fondo emite un mismo sonido rítmico de unos pocos segundos, algo que se ha constatado siete veces seguidas.
Un observador extraterrestre inductivista concluiría que esa cosa sonaría siempre cada cinco minutos, lo que quizá -sugiere, a su vez, a modo de hipótesis- fuese producto de alguna interacción desconocida con los dos objetos también desconocidos del mismo color (mejor dicho, ausencia de color, ya que absorben toda la radiación electromagnética visible) que están, respectivamente, en el primer plano de la imagen y arriba a la derecha.
Además de columpiarse con la inexistente interacción desconocida, nuestro extraterrestre inductivista caería en el error epistemológico del pavo de Bertrand Rusell, al que un señor venía dando de comer cada día a las 9 de la mañana de manera regular durante muchos meses. El pavo inducía erróneamente esta ley: "Un señor, por razones que desconozco (seguramente por altruismo, pero da igual), me da de comer siempre a las 9". Pero un día el hombre no vino con un saco de pienso sino con un cuchillo para rebanarle el pescuezo: ¡Al día siguiente era Nochebuena, esa fiesta tan entrañable que celebran las familias cristianas!
O sea, lo que le faltaría al extraterrestre inductivista -al igual que al pavo de Russell- es información relevante y suficiente. Una información que podría ser tan vulgar -e insospechada por el alienígena- como ésta: está telefoneando un pesado de una empresa de gestión de cobros, que se ha propuesto hacerlo solo siete veces ese día a intervalos regulares de 5 minutos, para que el morador de la vivienda salde una vieja deuda con una compañía telefónica.
Explicaciones varias
Si el extraterrestre se llamara Iker Jimeandromedón, podría aventurar que las tres bolas del fondo son "microplanetas inteligentes entrelazados por inercia gravitacional": el de arriba se despega cada cierto tiempo para aterrizar en la plataforma blanca de la derecha y así impedir mediante una barrera de antimateria la expansión de lo que a todas luces es un microagujero negro rectangular que conduce a una misteriosa puerta dimensional donde morarían "visitantes de dormitorio": serían éstos quienes estarían emitiendo una señal de alarma a través del artefacto sonoro negro.
Si el alienígena fuera un miembro de la Iglesia Galáctica del Sumo Sacrificio, advertiría que el objeto circular plateado del centro es una manifestación de la divinidad SKER y que en torno a su influencia se despliegan las demás cosas. Ese objeto sagrado se alimentaría en ese mundo -como en el suyo de Andrómeda- de ofrendas que deben ser renovadas periódicamente para evitar un colapso cósmico: esos dos curiosos "cosmobáculos" (lo que vienen siendo en la Tierra bolígrafos Bic de toda la vida) habrían sido dejados por la última civilización redentora de paso. El sonido periódico del objeto negro del fondo sería un mensaje recordatorio de esa visita y una llamada constante a la conversión y el arrepentimiento por no haber practicado suficiente sexo.
Si el ser de otro mundo se llamara Maguforión, alertaría de los perniciosos efectos para la salud de la cosa blanca que emerge del objeto rectangular rojo y recomendaría la ingesta masiva de Basilon-3 para reforzar las defensas en caso de contacto con esa peligrosa fuente contaminante. Y si respondiera al nombre de Foroforión, le importaría un bosón de Higgs la imagen porque tiene algo más importante de lo que preocuparse: la inminente final de la Copa Intergaláctica entre el Rácing de Andrómeda y el Rayo de Antares.
Por su parte, la comunidad científica alienígena (bien purgada de inductivistas desde hace siglos) estaría dividida: algunos sostendrían que nunca podría llegar a entenderse ese extraño mundo; otros mantendrían lo contrario, aunque afirmando que necesitarían mucha más información de muy diversos ámbitos para comprenderlo plenamente. Me da que estos últimos, manejando la misma lógica y las mismas matemáticas que nosotros los humanos, son los que estarían más cerca de la verdad.
viernes, 29 de mayo de 2015
Perros que son buenos gracias a humanos que no lo son tanto
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Foto tomada de Erikeltic (Wikipedia). |
Muchas virtudes adornan a los perros: el espíritu cariñoso, la fidelidad y la nobleza suelen caracterizar a un animal considerado el mejor amigo del hombre. Hay que coincidir con Arturo Pérez-Reverte en que los canes son, por lo general, mejores que los humanos. Pero lo curioso es que el origen de esas cualidades está en el propio ser humano, en el proceso de selección llevado a cabo por nuestros antepasados sobre los antepasados de los actuales perros, empezando por el primer lobo domesticado. Una selección que debió ser implacable: los perros-lobos que no se ajustaban a lo que los hombres buscaban de ellos eran eliminados sin miramientos.
Para cuidar del ganado, ayudar en la caza, proteger a las personas o simplemente servir de compañía era necesario que el animal fuera obediente y fiel. Los actuales perros son como son porque así es como los humanos hemos querido que fueran: paradójico ejemplo de cómo la bondad puede ser hija no solo de la bondad sino también del puro interés, el egoísmo e incluso la maldad. Por desgracia, también están los perros de los macarras: animales seleccionados solo por su fortaleza y agresividad para pelear. Aquí la brutalidad (animal) sí que es clara hija de la hijoputez (humana). En cualquier caso, la evolución del perro evidencia que su nobleza ya estaba inscrita potencialmente en el primer lobo.
Quizá unos extraterrestres superinteligentes deberían tomarse la molestia de seleccionarnos, cribando la población de psicópatas y demás gente indeseable. Nuestro sino podría ser convertirnos en "el mejor amigo del extraterrestre": de verdad que no sería un mal destino (mientras no nos ahorcasen de viejos, como los cazadores hacen con los galgos).
viernes, 22 de mayo de 2015
Destrucción 'ab toto', no creación 'ex nihilo': una metáfora escultórica de la realidad física
Imaginémonos un bloque esférico de piedra (sin irregularidades, liso y macizo) y un escultor dispuesto a trabajar sobre él. Ante sí tiene un material en bruto perfectamente simétrico y muy ordenado (o sea, con muy baja entropía y, por tanto, muy escasa información), que merced a su oficio artístico podrá convertirse en cualquier forma imaginable (también ordenada o con baja entropía, como cualquier creación o ser vivo -desde un tigre hasta una novela pasando por una nevera y una flor-, pero con menor orden, mayor contenido informativo y menor simetría que el bruto inicial).
Es pertinente señalar que la imaginación del escultor está limitada por lo que éste ha visto: podrá esculpir un elefante con patas de canario y orejas de burro, pero porque ya sabe lo que es un elefante, un canario y un burro. La imaginación consiste en jugar de manera más o menos audaz o traviesa con la información que ya tienes de algo, pero su ejercicio es imposible con lo que nunca has visto. Ningún humano puede imaginarse un tistallu, hipotética criatura de la constelación de Orión. Yo solo he podido imaginar su nombre y su procedencia porque he jugado con las letras de un alfabeto que conozco y con un objeto celeste que sé positivamente que existe. En cualquier caso, un tistallu también estaría dentro del bloque de piedra, al igual que un elefante, un burro o un canario.
De la primera decisión del escultor (por ejemplo, cortar con una motosierra una sección de la esfera para hacerla horizontal por un lado) dependerá el devenir de su obra, al iniciar una secuencia irreversible de causas y efectos. Si la esfera ha quedado reducida a un objeto con cabeza y cuatro extremidades, ya sabemos que nunca será un pistón, una teja, un piano o el programa electoral del PP. El escultor ha podado mucho el objeto original, pero aún así sigue habiendo infinidad de posibilidades a su alcance. Si su cincel alumbra posteriormente el retrato a cuerpo completo de David Hasselhoff, las posibilidades se habrán recortado bastante (ya nunca será Franco Battiato ni Jorge Luis Borges ni Borja Bartolo Santesmases Huidobro), pero continuará habiendo un amplio abanico a disposición del artista: Hasselhoff vestido de vigilante de la playa, Hasselhoff de drag queen, Hasselhoff con el traje de marinero de su primera comunión...
La información que porta la escultura a medida que avanza el tiempo será cada vez mayor, pero siempre muy inferior a la resultante de una obra absolutamente caótica (por ejemplo, un truño diarreico de Esther Ferrazcona). Para entender esto podemos recurrir al ejemplo de una baraja. El mazo de cartas perfectamente ordenado sobre la mesa (con una carta encima de otra, el as de oros al principio y el rey de bastos al final) tiene una entropía muy baja y poca información porque solo hay una manera de disponerla así. Si sacamos los cuatro ases, los ponemos juntos en una fila (el de oros a la izquierda, seguido del de copas, el de espadas y el de bastos) y tiramos el resto de las cartas de cualquier forma sobre la mesa, nuestra disposición tendrá más entropía (menos orden), menos simetría y más información. Y si arrojamos directamente todo el mazo sobre la mesa de cualquier modo, tendremos como resultado un estado con mucha entropía (poco orden), ninguna simetría y mucha más información: hay muchas maneras de que las cartas se dispongan desordenadamente, de modo que nos harían falta muchos más bits para computar específicamente ese estado (que, en consecuencia, ocuparía más memoria en un ordenador) y no otro.
Lo cierto es que el tipo de desorden no es distinguible macroscópicamente, ya que hay muchísimos estados desordenados posibles (por el contrario, solo hay uno ordenado perfectamente). Un teórico silencio absoluto en el patio de butacas abarrotado de un teatro se corresponde con un único estado en el que todos los espectadores están callados. Sin embargo, nadie podría distinguir un murmullo generalizado de otro, porque para ello tendría que disponer de una amplísima información sobre todos los espectadores: en algunos murmullos participan unos espectadores (además, con distinta intensidad) y en otros no. Solo hay un tipo de orden perfecto, mientras que existen multitud de desórdenes diferentes (aunque aparentemente iguales macroscópicamente).
De la metáfora a la realidad
Ha llegado el momento de dar el salto de lo metafórico a lo real. Para el físico serbio Vlatko Vedral, la realidad espacio-temporal sería fruto precisamente de esculpir la totalidad, de podar o reducir todas las posibilidades que ofrece el Cosmos: no se trataría de una creación ex nihilo (desde la nada) sino de una destrucción ab toto (desde el todo), a semejanza de nuestro escultor. Este último podría ser un ordenador cuántico que ejecuta un programa llamado "leyes del Universo". Un programa con el que se cincela una ruta coherente internamente, o sea matemáticamente consistente, por el espacio-tiempo. Pero habría otros programas (otras leyes), que alumbrarían rutas diferentes y, por tanto, distintos universos. Para Vedral, la información es el componente fundamental de nuestra realidad, en conformidad con el it from bit sostenido por John Wheeler. Materia y energía serían en el fondo dígitos binarios (ceros o unos), información que se va generando a cada instante al cribar la realidad total y última. Sin embargo, como apunta Julian Barbour, quizá sería más atinado hablar de bit from it (siendo it la realidad total y última). O sea, nuestra realidad (el it inmediato) es alumbrada por información (bit) generada por la interacción con la cosa en sí o noumeno (el it último u objeto multiversal).
Supongamos ahora que la única manera de que dicho objeto perfecto pudiera materializarse fuese colocándose sobre la parrilla cuántica, ese vacío no vacío en permanente ebullición que hay debajo de nuestra realidad inmediata en su escala más pequeña, donde tiempo y espacio pierden su significado. Sometido a sus salvajes y frenéticos embates, ese objeto resultaría ligeramente alterado, lo que rompería su orden y simetría. Ese accidente determinaría el estado inicial de un universo, además de generar sus leyes y los valores de sus parámetros físicos (la Matemática podría ser lo único común en todos los universos).
Recurramos a otro símil: un saco repleto de tierra que ponemos al alcance de un gorila balanceándose con una cuchilla de afeitar en la mano. Dependiendo de dónde y cómo impacte la cuchilla, saldrá la tierra del saco por un lado u otro y con mayor o menor intensidad. En este caso, la ley de la gravedad se encarga de determinar cómo será el vaciado del saco. En nuestro supuesto cósmico, la ley sería generada automáticamente por la forma en que quedase el objeto en el instante 0 (el de la cuchillada).
En este universo en el que escribo se habrían plegado siete de las 11 dimensiones, con lo que solo se habrían expandido cuatro -tres de ellas espaciales y una cuarta temporal- con la gigantesca inflación cósmica posterior. Y las constantes físicas (constante gravitacional, masa del protón y del electrón, etc.) son las que son, pero podían haber tomado otros valores de haber sido ligeramente diferente el accidente. De hecho, toman otros valores en otros universos (unos viables y otros no, por no ser internamente consistentes) del infinito catálogo del Multiverso. ¿Y por qué un tipo de accidente y no cualquier otro?, ¿por qué el objeto abstracto perfecto es zarandeado de una cierta manera y no de otra? Pues se trataría de algo aparentemente aleatorio, pero como el azar no existe cabría imaginar la existencia de un generador de números aleatorios (¿a su vez autogenerado?) allí abajo del todo.
En cada punto del espacio-tiempo quedaría incrustada una forma de Calabi-Yau en la que estarían compactadas las dimensiones espaciales no desplegadas (existe un número mareante de modalidades de Calabi-Yau, dependiendo de cómo sea esa compactación), una forma resultante del accidente sufrido por el original perfecto. Dentro de cada universo, la forma correspondiente de Calabi-Yau sería siempre la misma en todos sus puntos o átomos espacio-temporales: algo así como su ADN. El modo en que están allí compactadas o enrolladas las dimensiones ocultas marca la dinámica de un universo: sus leyes y sus constantes físicas.
Todo esto que planteo, a riesgo de llevarme una buena colleja (¡no me consuela pensar que se tratará de simples ceros y unos!) de quienes de verdad saben de Física, es fruto de mezclar osadamente la mecánica cuántica, la teoría de cuerdas, el universo inflacionario, las leyes de la termodinámica y el Multiverso (por cierto, es compatible con una supuesta computación simulada del Universo como la planteada por Nick Bostrom). En el último capítulo de su libro Decoding Reality, Vedral concluye que la información se explica por sí misma: sería un fenómeno autogenerado y autosostenible. Y me pregunto, ya para cerrar: ¿Por qué no considerar que ese presunto objeto multiversal siempre ha existido (en su ámbito platónico inmaterial), como sostenía el griego Parménides? ¿Y el vacío cuántico, esa parrilla o hervidero siempre fluctuante? ¿Cómo se pone a tostar allí el Objeto con mayúsculas?... Pues mira, yo qué sé...
domingo, 10 de mayo de 2015
Solo hay un electrón en el Universo... ¿y si solo hubiera una persona?
![]() |
Patrón de difracción de un electrón obtenido con un átomo de berilio. |
El gran físico John Wheeler (que acuñó el it from bit para expresar el supuesto carácter computable del Universo, además de dar nombre a los agujeros negros) llamó un día por teléfono a su colega no menos eminente Richard Feynman (artífice de la versión de las múltiples historias de la mecánica cuántica, que considera que una partícula sigue todos los caminos posibles para ir de un lugar a otro) para decirle que había llegado a la conclusión de que en el Universo solo había un electrón. No era una broma, no era una chifladura, no era una afirmación fruto de la ingesta desordenada de alcohol o de alguna sustancia alucinógena. Wheeler, uno de los físicos más originales y perspicaces -junto al propio Feynman- del siglo XX, había concebido la idea de que solo existen los campos, de que las partículas son epifenómenos de dichos campos, meros rizos, fluctuaciones o excitaciones en ellos. La audaz conclusión no se limitaba, por tanto, al electrón: en el Universo solo existiría un quark, solo existiría un fotón, solo existiría un neutrino...
En su célebre llamada telefónica, Wheeler también expresaba a Feynman su visión de las antipartículas como partículas que viajan hacia atrás en el tiempo. Un positrón es una partícula exactamente igual a un electrón salvo en su carga (positiva para el positrón; negativa para el electrón): por ello se trata de la antipartícula del electrón, con la que se aniquila en caso de encuentro (produciendo, como resultado de la colisión, rayos gamma). Según Wheeler, electrón y positrón serían la misma cosa (el rizo o excitación de un campo, como ya vimos antes), que se manifiesta como partícula o como antipartícula dependiendo de si viaja hacia el futuro o hacia el pasado. O sea, que las partículas pueden ir hacia atrás en el tiempo (las leyes de la Física son indiferentes a la flecha del tiempo: funcionan igual hacia adelante que hacia atrás, lo que desafía nuestra percepción macroscópica de que el tiempo corre siempre hacia el futuro).
Para tener una idea de lo que sería el campo del electrón o el de cualquier otra partícula, imaginémonos una gigantesca cuadrícula (el espacio-tiempo) con bombillas colocadas en cada uno de sus cuadraditos. La cuadrícula es tetradimensional (tres dimensiones espaciales y una temporal), pero tendremos que hacer el ejercicio mental en 3-D puesto que nuestro cerebro no es capaz de concebir una cuarta dimensión. En un determinado instante habría un montón de bombillas encendidas -con mayor o menor intensidad- y otro montón apagadas (en el siguiente momento, algunas seguirían encendidas -con mayor o menor intensidad-, otras se apagarían y otras antes apagadas se encenderían).
Cada bombilla encendida es un electrón que se desplaza por el espacio-tiempo hacia el futuro (o, visto de otro modo, un positrón que se desplaza por el espacio-tiempo hacia el pasado). Cada bombilla apagada indica la ausencia en ese cuadradito de un electrón (el valor nulo en ese punto del campo del electrón). Puede que allí se manifieste otra partícula, al tomar un valor no nulo algún otro campo como el electromagnético (cuya partícula es el fotón). O puede que no se manifieste ninguna, de modo que el cuadradito estaría vacío (lo pongo en cursiva porque la Física nos enseña que el vacío no es nada sino algo, inestable y en permanente ebullición, que permea todo el espacio-tiempo).
Electrón y positrón seguirían pues una ruta jalonada de bombillas encendidas con distinta intensidad: cuanto más luminosa la bombilla, mayor energía (o sea, mayor impulso o momento físico, más cantidad de paquetitos energéticos de Planck) tendría la partícula en ese instante. Por cierto, cabría considerar si las partículas realmente se mueven, porque nuestras metafóricas bombillas no lo hacen: se limitan a encenderse, a crecer o decrecer en luminosidad o a apagarse. ¿Y acaso se mueven los fotogramas de una película?...
Volviendo al título de esta entrada, hay que tener cuidado para no incurrir en pseudociencia o mentecuanteces al buscar una respuesta a la pregunta de si la conciencia podría ser también un campo cuyos rizos o partículas serían las conciencias individuales: la mía, la tuya, la de un koala, la de una bacteria... ¿Y si solo hubiera una persona en el Universo?... Una metafísica seria (como la formulada por el filósofo australiano con pinta de músico heavy David Chalmers: ver este magnífico vídeo suyo) podría darnos, siempre en forma de hipótesis bien construidas, valiosas pistas al respecto.
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