domingo, 29 de marzo de 2015

¿Libre albedrío?

Un enigma con implicaciones muy profundas para nuestra existencia es el del libre albedrío: ¿somos realmente libres para conducir nuestras vidas conforme a una supuesta voluntad autónoma, independiente del mundo físico?, ¿nos limitamos a ejecutar inconscientemente un guion predeterminado?

A bote pronto, la respuesta razonable sería otra pregunta: ¿Y por qué habríamos de tenerlo (el susodicho libre albedrío)? ¿Acaso se trata de una propiedad emergente de los agregados de electrones y quarks más complejos (tal es nuestro caso, a diferencia de otros seres vivos como una bacteria o de objetos inertes como una bombilla), fruto precisamente de esa misma complejidad? En el juego de la vida de Conway no ocurre que, al cabo de tropecientas generaciones, un objeto complejo comience a decidir por libre: sigue la programación fijada originariamente, cuando todo era tremendamente simple (aunque pueda llegar a parecer, dado el nivel de complejidad alcanzado, que está realmente decidiendo).

Hay quienes sostienen, aun asumiendo que quizá no exista el libre albedrío, que su negación nos lleva a un indeseable fatalismo y a la consiguiente inacción. Pero hay una falla lógica en este planteamiento: conforme a un enfoque determinista, si un ser humano decide dejarse llevar por la inercia en la creencia de que todo ya está determinado, y que no vale la pena molestarse en tomar decisiones, es precisamente porque ya estaba predeterminado que así se comportase. Igualmente, ya estaría fijado que alguien le recriminara su fatalismo. Y que yo dejara constancia por escrito de ello aquí y ahora. Esto es lo que se llama superdeterminismo, cuya existencia no ha podido ser desmentida por la ciencia.*(ver apéndice al final)

Haya o no haya libre albedrío, lo cierto es que desconocemos lo que nos depara el futuro. Por tanto, la emoción está siempre asegurada. Si todo ya está predeterminado, no tiene sentido estar lamentándonos por decisiones o inacciones pasadas: la senda que seguimos es la única que podemos seguir, nos guste o no. Pero supongamos que existe el multiverso cuántico y hay libre albedrío, de modo que cada elección nuestra nos lleva por la senda de un universo o de otro. En este caso, también sería absurdo mortificarse por decisiones u omisiones (estas últimas son las más dolorosas: ¡ay, esa persona a la que nunca le hiciste saber lo que sentías por ella!) del pasado: queda el consuelo de saber que en otros universos acabaremos tomando (por cierto, infinitas veces) todos y cada uno de los caminos posibles. 

Así pues, tal y como acaso estaba predeterminado (no sabemos si con información originaria de algún orden subyacente o trascendente al Universo), pongo fin a esta entrada en esta hermosa mañana de primavera que ya estaba presuntamente inscrita en aquella primigenia singularidad que hizo bang hace más o menos 13.700 millones de años.

*APÉNDICE:
Muy incómodo con la incertidumbre introducida en la Física por la mecánica cuántica, que no ofrece certezas sino probabilidades, Albert Einstein llegó a afirmar que "Dios no juega a los dados" (obviamente, su idea de Dios no tenía nada que ver con la de cualquier creyente al uso). Pensaba que la mecánica cuántica era incompleta, que había variables ocultas que no contemplaba, cuyo conocimiento permitiría arrumbar las probabilidades para volver a las luminosas certezas. Además, para él el mundo existía -era real- con independencia de que fuese observado o no (de acuerdo a la interpretación de Copenhague, esgrimida por Niels Bohr, la Luna no existiría cuando nadie la estuviese contemplando). Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación del entrelazamiento cuántico (fenómeno merced al cual dos partículas conservan las mismas características físicas tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio) que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia" -considerada por ellos ilógica- era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica,

El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Por último, y es lo que viene más a cuento en esta entrada, el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo. El propio científico irlandés reconocía ante Paul Davies, en una entrevista en 1985 en la BBC:

"Hay una manera de escapar a la conclusión de las velocidades superlumínicas y de la acción fantasmal a distancia. Pero implica un absoluto determinismo en el Universo, la completa ausencia de libre albedrío. Suponiendo que el mundo es superdeterminista, no solo con una Naturaleza inanimada funcionando de acuerdo a un mecanismo de relojería entre bastidores, sino también con nuestra conducta, incluida nuestra creencia en que somos libres para elegir hacer un experimento en vez de otro, absolutamente predeterminado, incluyendo la "decisión" por el experimentador de llevar a cabo una serie de medidas en vez de otras, la dificultad desaparece". 

viernes, 20 de marzo de 2015

Gracias a la nada, que me ha dado tanto


Hace un año supe de la publicación de Un Universo de la nada, libro del físico estadounidense Lawrence Krauss, tal como refería tangencialmente en una entrada en la que denunciaba el asalto permanente de legiones de trolls a los minoritarios contenidos de calidad de Internet. Tras escuchar un vídeo de Krauss (ver arriba) me hice con el libro, que está redactado de manera excelente y muy didáctica (el físico de Nueva York se encuentra en la división de honor de los grandes divulgadores científicos mundiales vivos, junto a compatriotas como Brian Greene y Michio Kaku o los británicos Stephen Hawking, Paul Davies y Richard Dawkins). Y hoy quiero hablarles del concepto fundamental de ese texto: nada menos que... ¡la nada!

Para empezar, la nada no es lo que parece: o sea, no es nada sino algo. Si lográramos vaciar completamente de materia/energía un trocito de espacio, siempre nos encontraríamos con la llamada energía de vacío, responsable de las fluctuaciones cuánticas: una especie de agitación siempre presente en lo más íntimo de todos los rincones del Universo, procedente del misterioso horno cuántico en el que se cuece la realidad y donde conceptos como espacio y tiempo pierden su significado.

Ese horno cuántico, en la escala de longitud de Planck (próxima a la presunta distancia más corta posible: 10 elevado a menos 35 metros) y la escala de tiempo de Planck (próxima al presunto intervalo más breve posible: 10 elevado a menos 44 segundos), es un hervidero de partículas virtuales de signo opuesto que aparecen y desaparecen, anulándose entre sí, en un lapso brevísimo. Pero, al hacerlo, tienen efectos sobre el mundo real. Buena parte de la masa de los protones (componentes junto a los neutrones y electrones de toda la materia conocida: desde las estrellas hasta nuestros cuerpos) es fruto de la acción de gluones virtuales. Las descargas electrostáticas, que nos son tan familiares al salir del coche y cerrar con llave, son también producto de fotones virtuales (los fotones reales, en cambio, son los portadores de la radiación electromagnética: desde las ondas de radio a los rayos gamma pasando por la luz visible). Al igual que otros muchos fenómenos como el efecto Casimir o la radiación de Hawking (luz irradiada en el borde de un agujero negro).

Podría decirse esquemáticamente que las partículas virtuales son perturbaciones en los campos de fuerza que causan efectos físicos observables en las partículas reales (rizos en los campos de fuerza, mucho más duraderas y estables que las virtuales), como su repulsión/atracción o el valor de su masa. Y que a veces, cuando los niveles de energía son muy altos (caso del borde de un agujero negro, de los instantes iniciales del Universo o de los choques de protones dentro del acelerador de partículas del CERN), llegan a generar de la nada partículas reales de materia o antimateria: eso sí, siempre respetando el principio de conservación de la energía, que es una ley sagrada del Cosmos.

Según el físico ruso Andrei Linde, artífice junto a Alan Guth de la teoría de la inflación cósmica, nuestro Universo sería fruto de una fluctuación cuántica microscópica (con una pequeñísima asimetría inicial sin la cual dicha fluctuación habría regresado literalmente a la nada, al anularse entre sí partícula y antipartícula virtuales) amplificada en un periodo de tiempo brevísimo por una monstruosa expansión exponencial. Ahí está la semilla de las galaxias, de las estrellas, de la vida y de la inteligencia... ¡pero no solo de nuestro universo sino de cualquier otro! De hecho, la inflación cósmica apunta a la existencia de un Multiverso en el que estarían naciendo sin parar -eternamente, según Alexander Vilenkin- nuevos universos.

En su libro, Lawrence Krauss no dice una sola palabra de qué podría haber detrás de ese hervidero cuántico en el que surgen partículas virtuales que a veces se hacen reales y, tal como sostiene Linde, incluso podrían dar lugar a nuevos universos. Y no lo hace porque no hay evidencia alguna al respecto: por ahora se trata de una cuestión metafísica más que científica. Pero es natural tener la curiosidad de preguntarse qué diablos habrá por debajo de la escala de Planck en cada uno de los puntos más diminutos del Universo: ¿aspirantes a universos con toda su potencialidad, en los que ya están inscritos tanto los seres inteligentes que los albergarán -si es el caso- como lo que éstos se empeñan ingenuamente en catalogar como pasado, presente y futuro?, ¿todos los posibles aspirantes a universos, acuñados por una troqueladora matemático-platónica (que dejaría en ellos su impronta) con diferentes valores de sus parámetros físicos, listos para salir al escenario del espacio-tiempo conforme a un generador de números aleatorios o alguna programación más compleja?...

Cambia "vida" por "nada" en la canción de Violeta Parra y tendrás una letra más profunda y no menos emotiva:

domingo, 8 de marzo de 2015

Anodino viaje en metro

Estaba de pie, agarrado a la barra, aburrido de su anodino viaje en metro de vuelta del trabajo. Dirigió su mirada hacia abajo, a la izquierda, donde un tipo sentado estaba leyendo un cómic: en una viñeta se veía a un individuo leyendo, sentado en un vagón del metro, con otro de pie a su derecha observándolo. El viajero sentado se disponía a pasar página. El viajero de pie aguardaba ansioso a que lo hiciera. Advirtió entonces cómo alguien le metía un objeto en el bolsillo derecho de la chaqueta, pero estaba más pendiente de la nueva página que ya empezaba a presentarse ante sus ojos. En el cómic se veía ahora al hombre sentado de pie, esgrimiendo un cuchillo en la mano y abalanzándose sobre el curioso de su derecha, que sacaba a su vez una pistola. Aterrado, éste advirtió cómo el lector -con gesto irritado- hacía ademán de levantarse de su asiento. En una fracción de segundo desvió tanto la mirada como la mano hacia su bolsillo derecho, donde relucía un objeto negro frío al tacto. No le cupo duda alguna de que éste iba a ser un viaje muy diferente a los demás.

martes, 24 de febrero de 2015

PPestafa electoral (y II)

Han pasado casi cuatro años desde el triunfo del PP por mayoría absoluta con un programa-estafa que embaucó a millones de personas (aunque no había que ser un lince para advertir que se trataba de un engaño en toda regla), muchas de las cuales han sido precisamente las más golpeadas por los entonces ya previsibles recortes en sanidad, educación, servicios sociales y prestaciones asistenciales.

Se aproxima la reválida en las urnas y el Gobierno empieza a mover ficha para volver a timar a cientos de miles de incautos. Porque bien sabe que no basta con sus votantes incondicionales, esa derecha sociológica más o menos catolicona y neofranquista, para ganar unas elecciones en España (y, mucho menos, por mayoría absoluta): hay que pescar en aguas pobladas por centristas (que tanto votan a PP como se pueden inclinar por el PSOE) y, sobre todo, por gente desideologizada (los más propensos no solo a picar en esta estafa, sino también a los cantos de sirena del populismo).

En el debate del Estado de la Nación de esta semana, Mariano Rajoy ha tenido la enorme desfachatez de decir que su Gobierno nos ha sacado de la crisis sin tocar el Estado del Bienestar ni a los más humildes (huelgan los comentarios a este respecto: que cada uno juzgue por sí mismo). Pero ésta es una desvergüenza no menor que la de presumir de que la economía se está enderezando gracias a sus políticas de austeridad (por cierto, impuestas desde Bruselas y Berlín pese a no haber rescate gubernamental -aunque sí rescate bancario- de por medio).

Conviene recordar que solo tras las célebres palabras en julio de 2012 de Mario Draghi  ("Haré lo que haya que hacer y, créanme, será suficiente"), los grandes fondos mundiales de inversión y de pensiones que hemos dado en llamar los mercados se tranquilizaron. Dieron por hecho que las autoridades monetarias europeas abortarían decididamente con toda su artillería cualquier intento especulativo para acabar con el euro, así que dejaron de apostar (para no perder dinero tontamente) en contra de la moneda única y de la deuda de los países periféricos. Ello permitió que las primas de riesgo de estos Estados empezaran a caer en picado. No solo la de España, sino también la de Italia, Portugal, Irlanda e, incluso, Grecia: ésta pasó de casi 2.800 puntos a alrededor de 500 a mediados del año pasado (ahora ha vuelto a escalar hasta casi 1.000 por las dudas tras la victoria de Syriza).

El mero anuncio solemne del presidente del Banco Central Europeo (BCE) en 2012 fue pues lo que sentó las bases de esta frágil tregua, afianzada por el reciente anuncio de compra masiva de deuda para conjurar el riesgo de deflación en la zona euro. Insisto en lo de "frágil tregua": si Grecia se saliese ahora mismo del euro, todo saltaría por los aires (incluso la propia Unión Europea peligraría a medio plazo) y nuestra prima de riesgo superaría en pocos días los 500 puntos, por muy listo y espabilado que sea -o se crea- don Mariano.

Además de los brutales recortes en gasto social, la política económica de Rajoy ha consistido básicamente en favorecer una caída de los salarios y una precarización del empleo (abaratando despidos y debilitando el poder de negociación de los trabajadores y sus representantes) para así ganar competitividad a la desesperada. El empleo que se crea actualmente es casi todo precario, con salarios muy bajos y condiciones muchas veces lamentables (entre ellas, la prolongación de la jornada laboral más allá de lo recogido en el contrato). Todo indica, de manera alarmante, que nuestros gobernantes han caído en la tentación de volver a apostar por el modelo insostenible de la construcción como locomotora económica: en esa línea apuntan la reforma de la Ley de Costas y la nueva Ley de Montes, que permitirá recalificar zonas boscosas quemadas.

Lo que no dijo nuestro presidente en el Debate del Estado de la Nación es que la deuda pública cuando se fue ZP era del 70% del PIB y ahora supera el 100%. Tampoco contó que estos años ha estado recurriendo a la hucha de las pensiones, heredada del anterior Gobierno, para afrontar el pago de éstas: ya se ha comido más de un tercio de los 67 mil millones de euros que había cuando llegó a Moncloa a finales de 2011 (solo en 2014 sacó de ahí 15 mil millones de euros). Por otra parte, seguimos teniendo la segunda deuda externa más grande del mundo, solo superada en cuantía por la de EE:UU. Tenía razón Pedro Sánchez ayer cuando le soltó esto a Rajoy: "En economía va bien lo que no depende de usted y va mal lo que depende de su Gobierno". Por cierto, fue precisamente su pésima gestión de la crisis de Bankia en 2012 lo que precipitó el rescate bancario europeo -la famosa "línea de crédito" de hasta 100.000 millones de euros- y estuvo a punto de abocarnos al rescate gubernamental.

Hasta ahora me he centrado solo en lo económico y sus consecuencias sociales: unos servicios públicos muy deteriorados, un aumento preocupante no solo de la pobreza y la exclusión social sino también del número de personas al borde de ellas (con miles de ciudadanos que han perdido su hogar y casi un millón de inmigrantes privados de derecho a la atención sanitaria), una creciente desigualdad social... Pero a esto hay que sumar los ataques a las libertades, con leyes como la del aborto (felizmente abortada, por miedo a perder votos de centro) o la de seguridad ciudadana (criminalizando la protesta social y la inmigración irregular) que son guiños al sector más conservador del partido fundado por Manuel Fraga. ¡Y qué decir de la corrupción! La verdad es que hay que tener la cara de cemento para exigir la dimisión de un tipo como Juan Carlos Monedero cuando uno forma parte de una organización con una probada contabilidad B y tantos militantes encarcelados o imputados.

En fin, que el año electoral ya está aquí -no solo para el Gobierno de España sino también para las autonomías y ayuntamientos-, lo que explica tanto los regalitos fiscales y sociales de última hora de Rajoy como la inusitada prisa en mi municipio del PP por adecentar carreteras, limpiar cunetas, anunciar la construcción de nuevos aparcamientos y dar becas para escolares. Tú, votante, tendrás la última palabra. Luego no te quejes de que te tomen por gilipollas.

viernes, 20 de febrero de 2015

Sáenz de Santamaría valora muy positivamente el dato de personas que se dejaron la llave en la cerradura por dentro

El número de personas en España que se dejó la llave en la cerradura -por dentro- al cerrar la puerta de su casa desde fuera, con los consiguientes gastos de cerrajero y otros perjuicios de índole personal y laboral, aumentó un 24,7% en enero con respecto al mes de diciembre del año pasado. El dato publicado hoy por el INE ha sido anunciado y celebrado en rueda de prensa en Moncloa por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, ya que representa un crecimiento más bajo que el registrado en el consumo de margarina en el primer trimestre de 1971 en un distrito de la provincia serbia de Vojvodina. 

Además, según la número dos del Gobierno, el crecimiento interanual del 24,6% de enero de 2014 a enero de 2015 en estos incidentes refleja una "clara tendencia desestacionalizada a la baja y es muy inferior al porcentaje de puntos obtenido por la Cultural Leonesa en la temporada 1954/55 en la Segunda División de nuestra Liga". 

"Está claro que nuestras políticas están funcionando", agregó Santamaría, "y hay que tener mucho cuajo para utilizar torticeramente ese dato positivo contra el Gobierno y no emplazar al señor Monedero a dar respuesta alguna por su responsabilidad". La vicepresidenta no dejó pasar la oportunidad de ironizar sobre el número 3 de Podemos: "Parece que el señor Monedero prefería, mientras tanto, estar reunido con cerrajeros venezolanos en Teherán". Y lanzó una última pulla contra él: "Dicen que vive en un casa con puerta... ¡incluso con cerradura! ¿Será que tiene miedo de que le entren a robar? Ya vemos cómo predican con el ejemplo éstos que van dando por ahí lecciones de moral".

miércoles, 11 de febrero de 2015

Endosimbiosis: de aquellos polvos, estos lodos mitocondriales

Hace unos 1.500 millones de años, aquí en la Tierra, se produjo un evento aparentemente trivial (entonces no había inteligencia alguna conocida para observarlo y juzgarlo) cuyas consecuencias se proyectan hasta nuestros días no solo felizmente (¡no estaríamos aquí para contarlo!) sino también de manera trágica. Lo que ocurrió fue que una célula eucariota (con núcleo) engulló a una bacteria con capacidad de hacer la fotosíntesis en un episodio acuñado por la bióloga Lynn Margulis (esposa de Carl Sagan) como endosimbiosis. La bacteria engullida no fue destruida y siguió viviendo dentro de la célula eucariota, con la que estableció una relación mutuamente beneficiosa al convertirse en su central energética y tener en ella una morada más segura (gracias a la muralla de las paredes celulares).

Las mitocondrias de nuestras células, que atesoran el único ADN que está fuera de los núcleos (y que heredamos de nuestras madres, al estar dentro del óvulo fecundado), son vivo testimonio de aquel remotísimo episodio endosimbiótico. La cara trágica de ese suceso son las enfermedades mitocondriales, causadas por errores en su ADN: se trata de patologías muy graves (daños cerebrales, cardíacos, hepáticos, etc.), cuyos pacientes no suelen superar el año de vida.

Hace unos días se autorizó precisamente en el Parlamento británico el uso de una técnica de manipulación genética que permitirá erradicar todas las enfermedades mitocondriales (no la curación de quienes ya las sufren, sino su evitación en futuras concepciones). Consiste en extraer el núcleo del óvulo de una mujer donante para insertar en su lugar el de un óvulo de la madre (que se fertiliza posteriormente con un espermatozoide del padre y se implanta en su útero), con lo que se elimina por completo el ADN mitocondrial defectuoso (¡las mitocondrias ya no son las de la madre principal!). Hablar de tres padres resulta muy exagerado, puesto que el ADN mitocondrial de la segunda madre representa muy poco para el futuro bebé (solo el 0,18% del total de su genoma o mapa genético) y no tiene un reflejo fenotípico: no se traduce en rasgos externos o internos como la altura, el color de los ojos, la apacibilidad de carácter, el tipo sanguíneo o la pigmentación de la piel.

Así pues, no hay objeción razonable alguna -las de religiosos ignorantes no son, por supuesto, razonables- a este avance científico que promete reducir el sufrimiento causado por las ciegas mutaciones genéticas a las que, por otra parte, también debemos nuestra existencia.

lunes, 2 de febrero de 2015

Votando al senador José Macías Santana

Iba esta tarde en el coche con mi hijo cuando me preguntó: "Papá, ¿a quién vas a votar?" Y le dije la verdad: que para las elecciones generales aún no lo sabía (para las autonómicas y municipales sí lo tengo claro). Como me pedía ser más concreto, le conté a quién no votaría seguro: al Partido Popular (no le dije que tampoco apoyaría en las urnas a partidos como UPyD o Ciudadanos, o que si pudiera depositar la papeleta en mi Canarias natal o en cualquier otra comunidad periférica tampoco respaldaría a partidos nacionalistas). Le iba a añadir que nunca había votado al PP desde mi debú en los colegios electorales en el referéndum sobre la OTAN de marzo de 1986... ¡cuando me di cuenta de que no era cierto! Una vez lo hice y esa es una curiosa historia que me place ahora rememorar.

Corría el año 1986 en Las Palmas y yo tenía 18 años. A un amigo que estaba a mi lado en la calle le dije en voz alta, al pasar frente a nosotros el político conservador José Macías (la intención era que él lo oyese): "¿Sabes a quién NO voy a votar?: ¡a Alianza Popular!". Macías se dio la vuelta y me dijo con gesto serio pero amable: "Está usted en su derecho, joven". El hombre desactivó con estas palabras mi absurdo odio juvenil dirigido a su persona solo por ser de AP (el partido de Manuel Fraga precursor del PP). Hizo sentirme, con toda justicia, avergonzado de esa lamentable acción: fue una lección en toda regla.

Nueve años más tarde, ya en Madrid, pedí una ayuda al Cabildo de Gran Canaria para los estudios de doctorado en la Universidad Complutense. No se me concedió por razones que ya no recuerdo. Lo que no se me ha olvidado es que le mandé una carta (todavía se estilaban los manuscritos enviados por correo postal, aunque el correo electrónico empezaba a abrirse paso) al entonces nuevo presidente del Cabildo, que no era otro que José Macías, en el que le hablaba de la importancia de la educación para una sociedad y le contaba mi situación en la capital (la verdad es que estaba a dos velas). Días más tarde, el mismísimo Macías llamaba a la casa de mi novia en Aluche para hablar conmigo (le había dejado ese teléfono porque era mucho más fácil encontrarme allí que en mi habitación alquilada en Malasaña). El hombre finalmente hizo gestiones para que pudiera conseguir una pequeña ayuda para ese curso de otra partida presupuestaria de la corporación insular. 

Por supuesto, yo no le dije que nueve años atrás le había increpado de manera tan bochornosa. A Macías nunca se le habría pasado por la cabeza esa curiosa conexión. Ni tampoco que un decenio más tarde (en 1996) aquel mismo chico exaltado que pretendía incomodarle pondría una "x" en la casilla con su nombre de la papeleta al Senado. Esa última vez que voté en Canarias decidí darle mi sufragio por ser una persona honrada y llana que justificaba con creces su cargo: no era para nada el típico senador español que llega a la Cámara Alta para ejercer de funcionario y levantar la mano siguiendo las instrucciones del jefe de bancada, sino alguien realmente preocupado por los problemas de la gente y siempre cercano y dispuesto.

José Macías tiene ahora casi 90 años. Ya jubilado desde hace tiempo de sus quehaceres políticos, preside una fundación contra la leucemia en Canarias. Es justo que lo recuerde hoy y me haría ilusión que le llegase este reconocimiento. Porque, por muy tópico que pueda resultar, por encima de las adscripciones partidistas o ideológicas están las personas.

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