martes, 10 de abril de 2012

20 años de la guerra en Bosnia: aviso para navegantes

Se acaban de cumplir dos decenios del estallido de la guerra en Bosnia-Herzegovina, iniciada con el brutal asedio de los nacionalistas serbios a Sarajevo. Todo acabó tres años después (1995), con un saldo de casi 100.000 muertos, gracias a una intervención militar de la OTAN que obligó a los líderes de las tres comunidades enfrentadas (serbios, croatas y bosnio-musulmanes) a firmar un acuerdo de paz bajo presión de Estados Unidos. El pasado sábado emitieron en Informe semanal un reportaje recordatorio de esta tragedia que revuelve las tripas y la conciencia por su extremada dureza (así son todas las guerras, por otra parte): esas imágenes me han impulsado a escribir este post.

En el verano de 1990, justo un año antes de que se reavivaran en Eslovenia (solo durante diez días) y Croacia los fuegos balcánicos apagados tras la Segunda Guerra Mundial, yo recorrí en tren de norte a sur la todavía Federación Yugoslava rumbo a Grecia. Tuve la oportunidad de charlar con un nacionalista croata en una plaza de Zagreb llena de mesas con propaganda independentista, y al día siguiente con un nacionalista serbio ya en el tren camino de Belgrado. El croata me habló del supuesto salvajismo secular de los serbios, a quienes se empeñaba en asociar con los turcos. La verdad es que no recuerdo mucho más de esa conversación. Sí tengo algo más fresca la que sostuve con el serbio, que se dedicó a relatarme el brutal genocidio cometido contra su etnia durante la Segunda Guerra Mundial por los fascistas croatas (ustacha) bendecidos por Hitler y Pío XII (algunos monjes franciscanos llegaron a participar de manera entusiasta en el degüello masivo de adultos y niños). Y aún tengo en la memoria el recuerdo de un simpático campesino de Sisak (no sé si serbio o croata), acompañado de su esposa e hijos, al que conocí también en el mismo tren. A veces me acuerdo de ese hombre, a saber qué le pasaría a él y su familia durante la guerra librada en territorio croata.

El detonante del desastre en la ex Yugoslavia fue sin duda el hundimiento de la economía -tomemos nota en España-, lo que alimentó los nacionalismos y aupó al poder, con la complicidad ignorante o interesada de buena parte de su población, a gobernantes fanáticos y sin escrúpulos como los ya fallecidos Slobodan Milosevic (quien por fortuna se despidió de la vida en una celda de La Haya) y Franjo Tudjman (quien por desgracia murió en la cama de un hospital croata y no en otra celda del Tribunal Penal Internacional). Un escenario de descomposición económica con unos políticos desalmados, un montón de gente embaucada a través de la televisión y las sacristías por esos líderes y sus homólogos religiosos, una memoria colectiva plagada de atrocidades y agravios étnicos, una comunidad internacional incapaz de intervenir con firmeza (con cada potencia defendiendo exclusivamente sus intereses) y, por supuesto, una reserva de hijos de puta (esos tipos que están siempre listos para torturar y matar por cualquier causa a quien sea) ni mayor ni menor que en España u otro país cualquiera del mundo: el cóctel yugoslavo contenía los ingredientes suficientes, bien engrasados por el nacionalismo (esa estúpida ideología inflamable abrazada por tantos partidos de nuestro país, incluidos los españolistas), para convertir aquello en un infierno. Y así fue. Más nos vale que por estos lares hayamos extraído alguna lección de aquella pesadilla, no sea que el futuro nos tenga deparada alguna sorpresa muy desagradable que no me atrevería a descartar conociendo la calidad de nuestro paisanaje.

domingo, 1 de abril de 2012

La sinopsis de mi película '¡Volverá!'

Soy un chico de Argamasilla de Alba que trabaja de administrativo en la oficina central de Budafune en Madrid. Aunque el mío es un curro poco proclive al cultivo del talento, no dejo de darle rienda suelta a mi hipercreatividad. Les juro que tengo la cabeza todo el santo día bullendo con ideas y proyectos creativos. Ya les puedo adelantar la idea genial que se me ha ocurrido para un largometraje. Tengo que trabajarme todavía el guion, pero el argumento ya está muy currado, se trata de una historia trepidante y superconmovedora. Ahí va:

Enrique es un joven monje cartujo que un día abre la puerta del monasterio a alguien que le trae recuerdos, en cuyo rostro ve algo muy familiar. Ese alguien resulta ser un transexual surcoreano maestro de taekwondo que abandonó su país hace un montón de años para aprender flamenco en Sevilla. Allí, en una capea organizada por un estilista heterosexual, es abducido por una joven cantaora ninfómana mientras esta hace punto de cruz junto a la chimenea. Se acuesta con ella en una habitación del cortijo, bajo un original de Zurbarán y la mirada atenta de una cabeza disecada de corzo, con los rayos solares entrando ya atenuados por las rendijas de las persianas entreabiertas. ¡Hermoso juego de luces y sombras! El travelo coreano la abandona al día siguiente para sumarse a las procesiones de Semana Santa de la ciudad y desaparecer en medio de la muchedumbre, todo supermisterioso con las velas encendidas, las imágenes llevadas por los costaleros y los ayes de las saetas bajo la lluvia rompiendo sobre el Guadalquivir y derramándose como culebras por los tejados de las casas. ¡Qué escena más bella! Pues la joven cantaora queda destrozada por la desaparición de su adorado coreano y abandona España con sus estampas de la Virgen de la Cabeza rumbo a Brasil, donde empieza a trabajar en un cabaré de Río y descubre que está preñada. Entonces sufre un accidente en una calle de Copacabana -se le cae una botella de aguarrás a un verticalista que estaba currando ebrio sobre un andamio- que le desfigura el rostro. Se queda sin trabajo y sin un duro y se ve obligada a malvivir en una favela de la ciudad, ayudada por una santera punkie de Bahía que le asistirá en el parto. Tiene un bebé precioso al que llaman Henrique de Carlos Jesús. Empeñada en ayudarla, la santera punkie convence a un cliente suyo, un anciano multimillonario que resulta ser Jim Morrison (su supuesta muerte fue un montaje de la CIA), para que que le pague una operación de reconstrucción de cara. La cantaora ingresa en un hospital para la operación, pero un error médico hace que no solamente le reconstruyan el careto sino que le cambien de sexo y le pongan el falo de un homeless nordestino que se había quedado dormido a la puerta del centro. Con su nueva identidad masculina, ahora bajo el nombre de Fernando Luiz, decide volver a España con su hijo de nueve años en un intento desesperado de encontrar al padre desaparecido. Y todo porque en la reciente primera comunión de Henrique de Carlos Jesús, luciendo unas ligas y una mantilla española con Jim Morrison y la santera de testigos, le había hecho esta solemne promesa al niño: "¡Volverá, tu padre volverá!". En nuestro país descubrirá, entre muchas vicisitudes, que el transexual coreano fue raptado por una secta templaria que está chantajeando al presidente del emirato de Kulistán y tiene en sus manos un expediente X muy comprometido, un gran secreto que amenaza incluso la pervivencia del propio Vaticano. Al frente de la secta hay un cyborg yonqui con acento polaco al que la cantaora recuerda haber visto en el hospital de Río en el que le cambiaron el rostro y la convirtieron en macho. Finalmente, con la ayuda de un fontanero calvo bipolar de Alcorcón y de un ama de casa histérica de Honrubia, consigue matar en plena tomatina de Buñol al cyborg lanzándole con una cerbatana un dardo envenenado en la frente. Libera entonces al travelo, que estaba escondido en el fondo del carromato de un rociero heavy fruto de una inseminación experimental con ADN de periquito. El coreano, tras asistir dos meses después al ahogamiento de Fernando Luiz con una galleta María en un concierto de Martirio, se convertirá en jainista y abandonará el país. El niño Enrique ingresa en un hospicio, de donde pasará al seminario y al monasterio en el que recibirá un día la visita de su progenitor, atormentado por la accidental muerte de un pulgón. El abrazo entre ambos termina con un cálido fundido en rojo con una canción de Juanito Valderrama (todavía no he decidido cuál). El expediente X queda sin aclarar, ¿acaso en una segunda entrega cinematográfica?...

Pasiones desbordadas, transgresión brutal, choque de sentimientos exacerbados, thriller político... Estoy pensando seriamente en pedir la excedencia en Budafune para tirarme a la piscina. A ver si tengo suerte.

domingo, 25 de marzo de 2012

Montesdeoca Mendieta, ¿la confirmación de la profecía malaquita?

Llamado contra toda lógica a desempeñar elevadísimas funciones, Julián Montesdeoca Mendieta gustaba desde los albores de su adolescencia de aplacar su sed con toda clase de derivados etílicos. En eso no hacía distingos, aunque, amante del paisaje y paisanaje natales, mostraba con el paso de los años una creciente inclinación hacia los caldos locales. Treinta y dos años después de la degustación de su primera cerveza, dispensada por un padre henchido de orgullo al ver en su hijo a aquel otro chaval en su día dispuesto a comerse el mundo, nadie sabe con certeza los razonamientos que lo pusieron un lunes gris camino de la sede provincial de Alcohólicos Anónimos. Quizá los cuatro hijos custodiados por su esposa desde hacía años, la retirada sine die del carné de conducir, el súbito hallazgo de la inconsistencia de su vida... "Me llamo Julián Montesdeoca Mendieta y soy alcohólico", dijo con una voz dotada de un inusitado carisma. "¿Por qué?", se alzó una voz entre el público. "Porque nunca he tenido personalidad. Siempre he sido un escombro humano, al igual que todos los de mi estirpe". Todos se levantaron de sus asientos para rendir con sus aplausos un efusivo homenaje a aquel hombre que, sumergido en las miserias de la bebida, tenía los arrestos de acometer el más contundente discurso autocrítico pronunciado en los catorce años de existencia de aquel foro. A partir de ese instante, los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente. Montesdeoca fue izado a hombros por un conjunto de individuos que, poseídos por una desconocida y poderosísima fuerza, traspasaron el mínimo común denominador del alcoholismo para conformar un cuerpo único destinado a torcer el rumbo de la historia. Una vez en la calle, la sublime masa, dirigida hacia su meta con febril ímpetu, no haría otra cosa que crecer y crecer. Ebrios de gozo, hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos, cazadores, comerciantes, clérigos, amas de casa, estudiantes de la UNED, estraperlistas, marineros, saxofonistas, chapistas; todo el que tenía el privilegio de asistir a la delirante procesión, no podía evitar sustraerse al mágico influjo de aquel colectivo entusiasta. Las calles de Cádiz fueron los primeros testigos de ese peregrinaje lento pero sin tregua. Andalucía, Castilla la Nueva, Aragón, Cataluña, Languedoc, Provenza, Liguria, Toscana, Lazio y, al fin, la meta, el lugar marcado para la gesta, la vieja urbe antaño raíz de todos los caminos de la civilización: Roma. No mediaron más de veinticinco minutos entre el enfilamiento de la Vía della Conciliaziane y la magna defenestración. Unas desgarradoras palabras inequívocamente germanas rompieron la templada noche romana. Ya nada fue igual desde ese instante. Ungido como caudillo de la más sagrada de las empresas, Montesdeoca Mendieta no fue capaz de sobrellevar el aplastante yugo de su responsabilidad. Abrumado y taciturno, dormía muy poco y apenas era capaz de balbucear unas palabras ante los numerosos fieles reunidos en la audiencia de los miércoles. No tardó en saber lo que le pasaba. Quince días después de la gloriosa recogida del testigo de Pedro, Montesdeoca Mendieta descolgó el teléfono y marcó el número del secretario de Estado: "Una botella de ron, por el amor de Dios", fue la patética petición de un hombre acaso elegido para cerrar una historia bimilenaria.

viernes, 16 de marzo de 2012

A la deriva

Cientos de estrellas tiemblan sobre él, colgadas del firmamento más profundo que han visto nunca sus ojos cansados. Sus luces viejas iluminan débilmente la función de la que es actor protagonista. El viento recorre su nuca y riza las aguas oscuras que mecen su cuerpo. Por un momento se siente protegido por el denso manto marino, abrigado por esta postrera noche en la que solo se escucha el leve chapoteo de las aguas. Hasta que siente la punzada de la sed, y la certeza aún más mortificante de que este líquido no podrá calmarla. Hasta que siente el desgarro de la soledad, y la certeza de que ya no volverá a ver a nadie.



Ha dejado una estela de sufrimiento desde que nació. Ha matado animales para comer, hecho llorar a su madre, traicionado a su mejor amigo, mentido a su esposa. Pero también ha amado, construido una casa con sus propias manos, salvado a un hombre, dejado en tierra tres hijos. En cualquier caso, ¿hay alguien que lo sepa por debajo de la superficie en la que flota y por encima de ella hasta las honduras del Universo? Ahora añora tierra firme, el calor de una hoguera, el cuerpo de su mujer, la contemplación de sus hijos. Su voluntad se resiste a entregarlo al océano, a devolverlo al mundo del que se despegó al ser concebido. Los rayos estelares impresionan sus ojos con indiferencia, desde su insultante atemporalidad. Ya está agotado. No tenía que haberse arrojado por la borda. No tenía que haberse rendido. Ahora quiere vivir.

domingo, 11 de marzo de 2012

¿Por qué hay gente pa' to'?

¿Por qué hay listos y tontos, feos y guapos, altos y bajos, flacos y gordos? ¿Por qué hay gente con suerte y otros que no, unos ricos y otros pobres, unos que mueren jóvenes y otros que llegan a centenarios? ¿Por qué hay "gente pa' to'", como dijo aquel torero andaluz cuando el pedantón de Ortega y Gasset le explicó en qué consistía su trabajo de filósofo?


Detrás de esa variabilidad humana, observable en el resto de las cosas del mundo (desde los garbanzos hasta las estrellas pasando por las arañas y las montañas), hay una campana de Gauss como la de arriba. Una curva que modeliza una función de distribución normal, en cuyo centro puebla la normalidad (entendida en términos estadísticos, sin ninguna connotación) y en cuyos extremos se hallan los casos aberrantes (sin connotación negativa, insisto).

La Naturaleza ofrece casi infinitas variaciones: se acaban imponiendo las más probables, pero las sumamente improbables -¡incluso las aparentemente imposibles!- terminan apareciendo si se tiene paciencia para esperar lo suficiente. Se estima que han vivido más de 100 mil millones (10 elevado a once) de seres humanos, una cifra pequeña para que pueda haberse dado el caso de un humano adulto de 10 centímetros o de 10 metros. Si la cantidad de humanos vivos y muertos fuese de 10 elevado a cien, seguro que ya se habría manifestado la aberración del liliputiense de 10 cm y del coloso de 10 m (quizá la selección natural las podase por inadaptativas, pero ese es ya otro tema). Hasta incluso una alucinante fluctuación cuántica que transformase a todos los seres vivientes en clones de Boris Izaguirre.

Tal como apunta el físico Brian Greene en su último libro (La realidad oculta), en la versión más exuberante de los Multiversos (la que él llama el Multiverso extremo) estarían representados todos los seres (humanos inclusive) y cosas imaginables en cualesquiera combinaciones posibles bajo cualesquiera axiomas matemáticos (el 2+2=4 no regiría necesariamente en todos los Universos) y leyes físicas. En una versión menos florida (el llamado por Greene Multiverso-edredón), el Cosmos sería la suma de todas las posibles combinaciones de un número finito pero colosal de partículas sobre un espacio-tiempo infinito (imaginémonos una cantidad infinita de tableros de ajedrez con todas las configuraciones posibles de sus fichas). O sea, que necesariamente tendría que haber infinitas repeticiones de cada uno de nosotros más allá de nuestro horizonte cósmico (este Universo observable de 46 mil millones de años-luz de radio), en otros Universos con las mismas reglas matemáticas y físicas que el nuestro. Infinitos Borises, aunque todos ellos sujetos a las mismas leyes gravitatorias y electromagnéticas que el que se bajó los calzoncillos en Crónicas marcianas. ¡Diviiiiino!

domingo, 4 de marzo de 2012

Todo era mentira

Toda sociedad está construida sobre la mentira, o sea lo que oficialmente se llama la verdad. Y la mayoría de los humanos se la ha tragado -se la sigue tragando-, lo que ha permitido a unos pocos el dominio sobre unos muchos desde los lejanos días del Neolítico. En aquellos tiempos, los más listos y ambiciosos decidieron apropiarse, con la constitución de los primeros Estados, de la mayor parte del incipiente excedente: de entonces data la alianza entre reyes o machos-alfa sin escrúpulos (con su legión de sumisos cortesanos paniaguados), engañabobos profesionales (sacerdotes, magos y chamanes que no pocas veces llegaban a creerse sus mandangas) y quebrantahuesos brutales (guerreros vocacionales al servicio de la verdad), una relación que se ha perpetuado sin grandes cambios -solo en pequeños matices como el vestuario y las formas- hasta nuestros días. Incluso me atrevería a decir que gracias al embaucamiento masivo han podido sostenerse -se sostienen, de hecho- las civilizaciones. Desde luego, la mentira es funcional: ha llevado a cientos de millones de personas a colaborar con sus opresores, y les ha disuadido de levantarse contra ellos, ya solo por el mero temor al castigo divino.

Muchos congéneres han muerto, matado o torturado por su verdad falsa. Otros no han llegado a tanto en su estupidez: se han limitado a doblar reverencialmente la cerviz, castrarse y condenarse a la infelicidad a sí mismos y a sus familiares. Otros no se han creído las trolas, pero se han visto obligados a callar para no correr la misma suerte que Hipatia (descuartizada por una turba de fanáticos cristianos), Giordano Bruno (quemado vivo en 1600 por la Inquisición romana) y tantos herejes y librepensadores. Que si el Sol o el Fuego todopoderosos, los malos espíritus del bosque, la sed de sangre de los dioses, la divinidad del rey o emperador, los judíos que se comen a los niños crudos, la historia del "uno y trino", la Tierra que es plana y el centro del Universo, la carne de cerdo que es impura, que no descendemos del mono y estamos destinados al Cielo (o al Infierno), el sexo que es sucio y la homosexualidad un terrible crimen, los albinos que dan mala suerte, las mujeres que no tienen alma, los negros que son infrahumanos, la "Libertad, Igualdad y Fraternidad", la bondad del Gran Benefactor, el Gran Timonel o el Glorioso Comandante, el compromiso de EE.UU. con la libertad en el mundo, los pilares insobornables de nuestro Estado social y democrático de derecho...


Algunos humanos incluso le han dedicado a la mentira-verdad lo mejor de su intelecto, caso del clérigo irlandés James Ussher. Este arzobispo de Armagh publicó en 1650 las conclusiones de un sesudo estudio de la Biblia que apuntaban la fecha exacta de comienzo del Universo: este habría sido creado al anochecer del sábado 22 de octubre del año 4004 a.C. Lamentablemente para su reputación futura, cometió un pequeño error de cálculo (en vez de 6.016 años, la antigüedad real del Cosmos ronda los 13.700 millones de años), achacable a la fiabilidad de su fuente. Es como si alguien pretendiese adivinar la masa de un neutrino haciendo una lectura analítica de las obras de César Vidal (las suyas inclusive).

Un siglo después del cálculo de Ussher, un teólogo hacía su personal aportación sosteniendo que los conejos tenían la cola blanca para facilitar que les disparásemos los humanos (lo cita Stephen Hawking en su último libro: El gran diseño): buen ejemplo de fusión de la teleología aristotélica con el antropocentrismo cristiano. Porque otra de las verdades es que los animales fueron puestos por Dios en la Tierra para asistirnos y servirnos de sustento. Por supuesto, ¡faltaría más! Una de las enseñanzas de la Historia es que tanto malvado no habría medrado -no seguiría medrando- sin el necesario auxilio de tanto estúpido estafado. Así somos y así nos va.

sábado, 25 de febrero de 2012

Hasta mañana, hasta siempre (comentario a un libro de Eduardo Laporte)

Mi amigo Julio pasó hace unos días por clase de yoga para recoger el regalo del "amigo invisible" que habían organizado. Le tocó obsequiar a un compañero con quien había hecho buenas migas en los últimos meses, un tipo de 60 años. Fue el hijo de este quien se llevó finalmente el regalo, tras liquidar cuentas con el gimnasio. El compañero de Julio hubo de ausentarse necesariamente: ya estaba enterrado tras su fallecimiento inesperado dos días antes.

La última vez que habló con mi amigo le había contado las ganas que tenía de jubilarse y sus planes para mudarse a Canarias. Estaba muy ilusionado con ese traslado, desconocedor de su cita con la muerte no muchas horas después. Lo hubiera sabido de disponer de un superordenador con toda la información acerca del Universo desde el momento mismo del big bang, porque su fallecimiento justo ese día no era un suceso menos predecible que la formación de un agujero negro en el centro de la Vía Láctea o la colisión del cometa Shoemaker-Levy 9 con el planeta Júpiter el 16 de julio de 1994. Con todos los datos del Universo y de sus leyes se podría haber predicho igualmente desde la extinción de los dinosaurios hasta la imputación judicial de Iñaki Urdangarin pasando por el asesinato de Esopo o el soplamocos de Ruiz-Mateos a Boyer en 1989.

De ese despedirnos para siempre sin saberlo con un "hasta mañana" nos habla, entre otras cosas, el escritor pamplonés Eduardo Laporte en su hermosa novela corta Luz de noviembre, por la tarde. Laporte hubo de probar el amarguísimo trago de la pérdida de sus padres en 2000, en un plazo de solo nueve meses, a causa de la misma enfermedad: un cáncer. Lo cierto es que empezó acompañado de los dos ese año de resonancias míticas -el lejano y promisorio 2000 de mi infancia- para despedirlo y entrar en el siglo XXI ya huérfano de ambos. El día antes de morirse su madre, ella le dijo: "Mañana más". "Y lo que hubo mañana fue ya verla en la caja del tanatorio", se lee en el libro publicado por Demipage.

Las pinceladas de los últimos momentos con su madre y su padre -se detiene mucho más en este, cuya agonía fue más larga- conmueven por la sinceridad que desprenden, por la autenticidad de sentimientos a veces encontrados. Porque quien escribe no es un espíritu celeste sino un ser humano, presa de complejas emociones contradictorias. Junto al profundo afecto, por sus páginas desfilan la incomodidad, la rebeldía, el rencor y la punzante culpa. Incomodidad por haber reñido a su padre enfermo, rebeldía y rencor ante lo que interpreta como un menosprecio de su madre enferma, culpa por haberla castigado cinco días con su desdén. También expresa la no menos mortificante certeza de la irreversibilidad: "Hablé poco con mi padre, o me contó poco, de tantas cosas". Y la angustia por el acercamiento al presumible final fatal, cuando certificase un "No tengo padres", aunque atemperada por el feliz consuelo de ese "tiempo de prórroga, un periodo indefinido en el que aún estaría él, en la cama, cuando yo llegara borracho de las calles"

El autor se desnuda con una prosa limpia y sobria, alejada de todo asomo de sensiblería y empalago (algo que hubiese arruinado su relato), con la que se acerca a la verdad en toda su crudeza por doloroso que resulte. Y acierta con su apuesta: ya en el prólogo reconoce "la límpida sensación que trae el acercarse a la verdad". Nunca el autoengaño, por mucho que nos desagrade: "(...) abrir el grifo de la verdad. Descender a las brasas del infierno, Lucifer se llama Lucidez, hasta que el fuego comience a deshacernos la piel, para volver a la superficie en ese preciso instante". Obviamente, el no engañarse es posterior a la muerte de sus progenitores: antes era imposible no agarrarse a cualquier clavo ardiendo. Hasta la misma muerte de su padre, el 5 de diciembre, el escritor pamplonés reconoce haber albergado la esperanza de una milagrosa curación, de un diagnóstico erróneo. Solo esa mañana "aceptaría su rigor, la inapelable verdad científica".

En su ejercicio introspectivo, Laporte rememora pasajes de su infancia, de una niñez feliz en el seno de una familia de clase media acomodada de Pamplona, con sus periódicas escapadas a San Juan de Luz. "Nadie me avisó entonces de que los días sin clase son siempre felices, quizá los únicos, y que ser mayor era esto, alejarse sin clemencia de ese domingo extra de verano en octubre, en la playa suave y francesa, con mis padres, mis hermanos". El Eduardo adulto deja constancia del final de ese periodo de gracia con ese "dios abstracto" al que su madre expresaba su gratitud todas las noches por "ser tan afortunados y porque las cosas nos iban bien". Qué conmovedora es esa imagen de la madre en la oscuridad de su habitación, atrapada con su familia y el resto de los vivos entre dos infinitos (el del microcosmos y el del macrocosmos) atrozmente indiferentes a su suerte.

El libro no solo retrata el desgarro de la pérdida de sus padres sino también la vocación literaria de su autor, su desorientación, esa incomprensión que sufren quienes como él han hecho una apuesta por la literatura. "No admiten que el proyecto de vida de cada uno es cosa individual, no aceptan que la puta mierda que nos ofrecen no nos interesa en absoluto". Por supuesto, porque él concibe la escritura como un "oficio de vivir". "No entienden que el resto es vagabundeo, arrastrar los pies pesados por las ásperas moquetas de las oficinas kafkianas". ¡Cómo te comprendo, amigo!

La verdad es que no resulta difícil identificarse con Eduardo. Yo he de reconocer mi asombro ante el grado de sintonía con sus palabras. Esa comunión con quien ha juntado las letras que desfilan ante tus ojos es el mejor premio de quien escribe, y el propio autor lo reconoce en una entrevista a RTVE.es: "Y yo quisiera ser también amigo de la gente que me lee. Me gustaría que los que leen lo que escribo quisieran darme un abrazo o invitarme a una caña tras leer mis libros". Le daré ese abrazo, le invitaré a una caña, claro que sí.

Otro hallazgo de la lectura de Luz de noviembre... es la obsesión de Laporte -que además comparto- con cosas o cifras aparentemente triviales que interpreta como ocultas señales acaso divinas. Curiosamente, yo empecé a leerme su libro un 17 de febrero, el mismo día que falleció su madre. Y un par de días más tarde descubrí casualmente que la primera de las Cartas a un joven poeta de Rilke está fechada también un 17 de febrero. Encima, yo conocí personalmente a Eduardo en el número 20 de la calle Luchana de Madrid, solo unos metros por debajo de la primera cama en la que dormí cuando me establecí en Madrid en febrero de 1994. Todos ellos, como ya apunté al principio, sucesos potencialmente predecibles desde aquel remoto -al menos para nuestra escala humana- big bang, ese polvo primigenio del que provienen todos estos lodos en forma de galaxias, cerebros, misiles, encuentros o palabras. Sucesos y cosas necesarias, como la luz de noviembre de 2005 (cuando escribió el texto) por la tarde en Madrid. A saber para qué...

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