viernes, 20 de mayo de 2011

Ubrique Garcimendia, la estrella más rutilante de la subcontrata editorial

-Y el premio es para... ¡don Genaro Ubrique Garcimendia!

El mentado, santo y seña en el mundillo de la subcontratación de productos enciclopédicos y obras de consulta, subió al estrado y agradeció a todos, con un repertorio de ensayados aspavientos, el conmovedor reconocimiento –acordado contractualmente en su día- a la edición en 10 volúmenes de la Historia Universal Vereda, producto estrella de una labor de auxilio a la industria editorial extendida a lo largo de más de cuatro décadas. Atrás quedaban los repetidos abrazos del escáner de su empresa a los tomos de la enciclopedia Brousse, a la Historia General de la Pintura Equilar, a la Historia del Mundo Bajoan, a la Enciclopedia Temática Urneta, al consultor didáctico Peralta, a las diapositivas de Viarres -de uso injustamente limitado al ámbito escolar-, al Atlas Histórico Maránica, a las inestimables fotos de los numerosos viajes por el orbe realizados con sus ahorros por el corrector de textos Martínez... "Abogamos por un nuevo concepto de los servicios de edición, fundado en la interlocución directa con nuestros clientes", leía Ubrique Garcimendia en el pedazo de papel redactado ad hoc por el chapero del último fin de semana, recién egresado de un dinámico curso de marketing-mix impartido por un cocainómano californiano en una estación de montaña de los Apeninos. "Ahí está nuestra fortaleza, en la adecuada interpretación de las necesidades on line de cada usuario".

Mientras así se expresaba el conocido subcontratista, sus becarios refritaban sin excesiva pericia en un sector de su oficina madrileña -a una temperatura de 31,4 grados Celsius a la sombra- diversos textos de la revolución francesa procedentes de un pack de revistas de historia y de la mismísima Enciclopedia Britannica; del pack se encargaban los becarios licenciados en Farmacia, mientras que de la Britannica daban cuenta los becarios traductores de lenguas eslavas (en particular, conforme a las indicaciones del recepcionista, los que tenían el italiano como segunda lengua*).

Más allá, casi al fondo de la oficina -a una temperatura de 33,6 grados Celsius, en permanente penumbra por la rotura de los tubos fluorescentes del techo (a la espera de la prometida reparación por parte del editor-jefe)-, la chica de la limpieza se afanaba en la redacción de los pies de fotos, que posteriormente serían revisados por la encargada de recursos humanos, luego por su cuñado y finalmente por el recepcionista. A todo esto, el corrector de textos Martínez revisaba las nóminas, los partes de entrada y de salida y los libros contables en la planta de arriba, a una temperatura algo inferior -29,1 grados- pero con un horrendo tufo a coliflores podridas (el director comercial no se había dignado aún a practicar la pertinente reparación en el bajante).

Por su parte, tras eyacular en su oficina frente a una lámina de Murillo, el director de contenidos principiaba un soneto para su novia de 14 años –"Si dos luseros fuesen tus hojos, que me topace yo en mi largo caminar..."-, y el contable cogía las llamadas telefónicas mientras fotocopiaba las pautas de redacción para externos elaboradas por la hijita menor de la responsable de recursos humanos en colaboración con un amiguito de su colegio llamado Borja del Mar; todo ello, por supuesto, sin descuidar a los dos candidatos al puesto de revisor médico -ambos titulados en decoración de interiores-, que aguardaban pacientemente en la recepción para entrevistarse con el penúltimo chapero del jefe (un avezado lanzador de jabalina con una amplia experiencia como repoblador de eucaliptos).

"Que no se me olvide mandar un ejemplar de la Historia Universal Vereda a sus autores, para que vean de qué va la obra", reflexionaba entretanto, sentado en la taza del W.C. y con los ampulosos títulos de crédito –con referencias a catedráticos e investigadores tanto reales como ficticios (aunque sin adscripción a uno u otro bloque, en contra del criterio de la encargada de recursos humanos)- frente a sus narices, el cuñado de la jefa de personal.

* Los eslavoparlantes con flamenco como segunda lengua descansaban tras haberse encargado de la titánica redacción de la H. U. Vereda.

sábado, 14 de mayo de 2011

Pancho Guerra, ¿el Pierre Menard canario?

Hace aproximadamente un año y medio entrevisté a Miguel de la Quadra Salcedo para el especial 'Reporteros de la historia de TVE' de RTVE.es. En la entrevista salieron a colación unas palabras que solía decirle su abuela: "Si quieres ser feliz, no analices" (véase el minuto 1.50 del vídeo). Meses más tarde, en un acto literario en el Faro de Maspalomas protagonizado por el escritor Samuel Rodríguez Navarro y por mí, advertí la presencia de unos marcadores de libros que celebraban el centenario del conocido escritor canario Pancho Guerra. En el marcador, editado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, leí con estupor una de las frases escritas por el susodicho Guerra: "Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices". Cuál no sería mi sorpresa cuando, desconfiado de mí, acudo a la Wikipedia y me encuentro con la existencia de un tal Joaquín Bartrina, poeta catalán del siglo XIX, que cerró su poema Fabulita con estas palabras: "Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices".

No deja de ser curiosa esta coincidencia, que no me atreveré a tildar de plagio hasta disponer (si acaso) de pruebas concluyentes. Tampoco osaré decantarme por la superioridad de una versión sobre otra, tarea más propia de un crítico literario con buen criterio. Solo quiero recordar unas palabras de Pierre Menard, autor del Quijote (Borges): "Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes". ¿Acaso esa misma ambición alentó a Guerra (o a Bartrina)? Puede que nunca lo sepamos. Abierto queda un apasionante y sin duda fértil debate multidisciplinar.

viernes, 6 de mayo de 2011

¿Seremos como la flora intestinal de Bin Laden?

Dos sucesos recientes absolutamente dispares e inconexos -la lectura de la última entrada en el blog de Retiario y la ejecución de Osama Bin Laden- me han permitido alumbrar este post que hará dudar a más de uno de mi salud mental (si es así, no es el tipo de lector curioso y carente de prejuicios que deseo). Porque me quedé pensando lo siguiente: la flora bacteriana en el sistema digestivo del líder de Al Qaeda ha tenido necesariamente que perecer con su muerte. Menudo pensamiento aparentemente más absurdo, ¿no?... Pero tiene su miga la cosa, como ahora les cuento.

Miles de millones de bacterias que mantenían una relación simbiótica con el cuerpo del finado pasarán a mejor vida (¿existe el cielo bacteriano?) al cabo de unos días por culpa de las actividades poco recomendables de ese individuo, unas actividades que las susodichas bacterias ignoraban por completo: su rudimentaria inteligencia hacía imposible que las conociesen y valoraran moralmente, ya que ni tan siquiera podían concebir la existencia de una superestructura alta, delgada y barbada nacida en Arabia que respondia al nombre de Osama. Una superestructura que les daba de comer y a cuya protección y bienestar contribuían involuntariamente con el ejercicio de sus funciones vitales estos miles de millones de anodinos seres anónimos.

Entonces, yo me pregunto: ¿Y si resulta que nuestro Universo se halla alojado, como elemento funcional, en una entidad superior dotada de inteligencia y voluntad propia y dedicada al ejercicio del mal? O sea, ¿y si somos piezas de un tejido u órgano de un auténtico malote cósmico? ¿Y si dicha entidad estuviese a punto de ser eliminada por la voluntad de otra de igual rango pero identificada con el bien? ¿Nos mereceríamos nosotros, pobres seres vivos moradores de este extraño Universo, ser liquidados en el mismo paquete? ¿Sería un acto moralmente válido si lo supiera el enemigo del malote: el justiciero buenote?...

domingo, 1 de mayo de 2011

¿Otra España es posible?

Uno procura ser optimista con respecto a este país. Pero, ¿qué se puede esperar cuando un burdo patán engreído que parece más español que portugués, a sueldo de un consumado pelotari (no en el frontón, sino en despachos o en caros asadores), hace creer a cientos de miles de personas que hay una conspiración internacional contra su equipo de fútbol?. O cuando otros muchos, intoxicados por una prensa canallesca, siguen creyendo que ETA tuvo algo que ver en los atentados del 11-M y enarbolan cada vez que salen a la calle en sus multimillonarias manifestaciones pancartas con la esperpéntica ecuación "ZP=ETA". O cuando tanta gente contaminada por esas mismas fuentes no dude que todo lo que tenga nombre en euskera deba ser ilegalizado por tratarse de ETA o sus amigos.

¿Se puede albergar esperanza cuando tantas personas permanecen atentas en la mayor cadena de telebasura nacional a los grititos histéricos de un marujo histriónico sudamericano comentando una boda real ("Esta temporada se va a llevar el azuuuul") en compañía de una adinerada meapilas experta en apariciones marianas, de una presentadora populista a la que se le aparecen en el Word textos de novelas ajenas, de un ridículo monarcólogo andaluz venido a menos y de otros personajillos encumbrados y forrados por obra y gracia de los millones de compatriotas que les siguen a diario?.

O cuando oyes en la peluquería del antaño pueblo vaquero madrileño convertido en urbe multi-incultural (están presentes inculturas de todo el mundo, empezando por la castiza local) al señor rancio y con pinta de especulador inmobiliario taurino fardando de palco para ver a Rafa Nadal: "Nos ha salido carito, 40.000 euros". O cuando lees en una de las sucias paredes del susodicho pueblo serrano una pintada que reza "Los inmigrantes nos quitan el trabajo", compartida por tantos locales con los que tratas.

O cuando una receptora de regalos del Sr. Bigotes Gürtel dice sin empacho que nunca ha habido tanta manipulación en TVE como ahora. O cuando se constata que tanta gente cree realmente que con la llegada al poder del partido del Gürtel se acabará por ensalmo con el paro, como si la crisis económica fuera cosa de ZP e incluso de sus supuestos amaños con terroristas y catalufos. O cuando observas que muchos ciudadanos premian a sus políticos corruptos volviendo a darles su apoyo en las urnas. Por no hablar de ese registrador de la Propiedad indeciso con pinta de tontolhaba que conseguirá ser presidente del Gobierno sin programa, al que una compañera de partido grimosa y sin escrúpulos -tan querida ella por muchos de mis vecinos, anticatalufos confesos- pretende indisimuladamente descabalgar desde hace tiempo a cualquier precio.

Con estos mimbres puede decirse que otra España es posible... ¡pero muy improbable!. Que pueda afirmarse lo mismo de otros países (¡pobre Italia, tan lejos de Dios y tan cerca del Vaticano!) o del Mundo en su conjunto no debe ser un consuelo sino un motivo añadido de desazón. No se pueden pedir peras al olmo.

domingo, 24 de abril de 2011

El bien en el Cosmos

¿Por qué nos conmueve e indigna hasta la médula que un cauchero de la Amazonia peruana ahogase con sus propias manos a los hijos pequeños de los indígenas a su servicio, como leemos en El sueño del celta (Vargas Llosa), en castigo por la comisión de una falta (la impotencia desgarradora del padre viendo el cabeceo angustioso de su hijito bajo el agua, las pequeñas manos chapoteando compulsivamente, su frágil cuello sujetado por las viles manos asesinas)? ¿O el abandono de una niña china de cuatro años en una gran ciudad por sus padres, que preferían haber tenido un varón (la noche cerniéndose amenazadora sobre ese pobre ser indefenso ahogado en lágrimas y lleno de miedo)? ¿Y por qué nos enternecen profundamente las palabras antes de acostarse de la hija pequeña de Rafael ("Papá, como soy la más pequeña me moriré la última. Cuando esté solita, ¿quién me tapará?")?

¿De dónde proceden nuestra compasión por los demás y nuestro sentimiento de horror ante la barbarie y la injusticia? ¿Es todo ello fruto de la educación? ¿De lo que mamamos en casa? ¿De los valores religiosos inculcados en la niñez? ¿Se trata de algo innato? ¿O es algo adquirido y seleccionado naturalmente en la larga senda de la evolución?... Porque la simpatía hacia los congéneres, en particular hacia los niños (los llamados a sucedernos) y los familiares o miembros del clan, es claramente funcional para la especie. No así, en principio, la bondad para con los seres de otras especies. Por eso tiene una explicación biológica el amor de los padres a sus hijos. Por eso se explica que los seres no tengan (aparentemente) compasión al predar sobre otros de los que obtienen su sustento. Pero, ¿y la simpatía entre especies diferentes?... Procurar no pisar bichitos al andar ni ingerirlos involuntariamente al respirar, como hacen los jainistas practicantes, no es nada funcional para la conservación de la especie que lo hace: es más bien un engorro que complica bastante la vida. Sin llegar a ese extremo, acoger a un perro abandonado o movilizarse contra la caza de las ballenas también entraña complicaciones sin otros beneficios personales que los meramente emocionales.

Dice el filósofo José Antonio Marina que la dignidad y los derechos son un fruto de la inteligencia humana. Yo ampliaría su alcance quitando lo de "humana": son producto de una inteligencia relativamente superior (en relación con lo que conocemos en la Tierra, aunque quizá muy inferior a la que pueda haber en otros lugares habitados del Cosmos) que permite empatizar con otros seres sintientes no solo humanos. ¿Está fijada esa dignidad en las leyes del Universo? ¿Está escrito en el cielo estrellado que es malo matar, hacer daño, humillar? Al contrario, todo parece estar permitido para sobrevivir y perpetuar los genes propios: para hacerse con el poder que confiere sexo y los mejores alimentos (en los humanos, también prestigio y las mejores casas, vehículos y vestidos). "No existe una moral natural, en el sentido de un código de conducta y de buenos sentimientos arraigado en nuestra naturaleza. La naturaleza no conoce autolimitaciones", afirma Alejandro Martín Navarro, quien también apunta que la idea de derecho es un invento de la inteligencia del hombre como "medio para su mejor autoconservación". Sin duda, pero, ¿no puede haber algo más detrás?...

Pseudópodo asegura que el mero hecho de albergar sentimientos nobles, de conmovernos por el prójimo (o incluso por una simple papa), dice algo importante de nosotros. "Si mis sentimientos no tienen valor, mi vida tampoco lo tiene. Y como quiero que sí lo tenga, elijo conceder valor a mis sentimientos. Porque así lo quiero, como un axioma de razón práctica". Yo le repliqué en su blog calificando ese "axioma de razón práctica" como una forma elegante de decir "autoengaño". Días después apuntó en un comentario a otra persona algo que me hizo ver la cuestión de otra manera: "Para que el concepto de “dignidad” fuera eficaz, uno debería estar convencido de que lo descubre, en vez de pensar que lo inventa. Ahí está el meollo del asunto, por lo menos desde el punto de vista práctico. Ahí es donde yo elijo creer que lo descubrimos". Pero, ¿puede descubrirse esa dignidad de igual modo que se descubre que 2 más 2 es igual a 4?, ¿tiene algún lugar en el andamiaje del Cosmos?...

Desde una óptica científica, la vida parece ser una consecuencia necesaria de la evolución de la materia; la conciencia parece ser una consecuencia necesaria de la evolución de la vida; la compasión y el amor parecen ser una consecuencia necesaria de la evolución de la conciencia. Si esto es así, hay una señal de que la materia tiende a la compasión. Este razonamiento no requiere abandonar una visión materialista del Cosmos. ¿No resulta asombroso que de la misma información presente en la singularidad previa al Big Bang (porque la materia-energía es información que se transforma sin dejar de conservarse) emane nuestra compasión por los niños ahogados por el vil cauchero, por la niña china abandonada por sus padres o por la hija de Rafael? Ello hace albergar la sospecha de que el Bien esté incrustado en las profundidades del Universo como lo está la Matemática, que está ahí esperando a que lo descubramos con nuestra conciencia. Y es que a lo mejor Bien y Matemática son formas diferentes de llamar a la misma cosa.

Pero, ¿y el mal? Puede que San Agustín tuviese razón al negar sustantividad al mal, que sería simplemente la ausencia del bien. Una elevada conciencia (o sea, una elevada inteligencia) parece una condición necesaria pero no suficiente -pesa mucho un pasado de casi tres mil millones de años de depredación y lucha por la vida; somos presa de la ignorancia, el embrutecimiento y muchísimos atavismos- para descubrir el Bien de la misma manera que se advierte que 2 más 2 es igual a 4. No le podemos pedir a un león que deje de matar a los cachorros ajenos para así trajinarse a su madre: no sería capaz de entenderlo. Y mucho menos le podríamos demandar que dejase de matar para comer, porque esto ya supondría condenarlo a muerte. Por la misma razón, tampoco le podemos exigir (¿o acaso sí?) al humano medio de comienzos del siglo XXI que deje de comer animales, de usar pieles de foca o de visón o de participar en espectáculos aberrantes como la tauromaquia: no lo entendería, en buena medida por culpa de la hegemonía de unos sistemas de creencias que determinan que los animales han sido creados para servirnos.

En cambio, una superconciencia (o sea, una superinteligencia), que habría tenido que emerger tras una larga y oscura etapa de depredación, percibiría el Bien de una manera cristalina y actuaría en conformidad con éste (su tecnología lo permitiría). Esto no deja de ser una creencia, pero fundada en la evidencia de que la materia consciente de sí misma tiende a la compasión y, también, a librarse de la dictadura genética para imponer su propia lógica. Otra creencia es la de que se llegará algún día (no necesariamente desde el linaje evolutivo del Homo sapiens) a esa superconciencia. Quizá eso ya haya ocurrido en algún rincón del Cosmos. Y puede que sus artífices acaben siendo -¡incluso ya lo estén siendo!- nuestros verdaderos redentores.

sábado, 16 de abril de 2011

Números y Cosmos

"Papá, ¿se puede multiplicar 12 por 7?": esa fue la pregunta que dio pie a esta entrada. "Claro que sí, hijo, se puede multiplicar cualquier cifra por cualquier cifra"... ¡Dios! Entonces visualicé mentalmente una matriz gigantesca, inabarcable, con todos los números naturales dispuestos ordenadamente tanto en una columna a la izquierda (1,2,3...) como en una fila arriba (1,2,3...), con su correspondiente producto cada vez mayor conforme se avanza hacia abajo y a la derecha desde la primera casilla del 1 (1x1) hacia el insondable infinito. Ahora veía con claridad por qué se dice que la Matemática es un guante perfecto para la mano del Universo. ¡Porque todos los números naturales existen y tienen una significación física! ¿La tiene el 654213097566562398943892367647264732673232390932093203920932039023434? Pues claro que sí, al igual que el 1, el 37 o el 312567. ¿Por qué?...

La clave está en que el Mundo no es continuo sino discreto: consta de unidades o partes separadas unas de otras. El cuanto o paquete básico de energía (el cuanto de acción de Planck) tiene en verdad un valor de 1 aunque nosotros, monstruos macroscópicos, le asignemos el de 10 elevado a menos 34 julios por segundo (unidad arbitraria creada por el ser humano). Por su parte, el tiempo entre un tic y otro en la escala de Planck (los auténticos tics universales, a diferencia de los de nuestros humildes relojes) no tiene otro valor que 1, aunque nos empeñemos en considerarlo como 10 elevado a menos 44 segundos. Asimismo, la distancia mínima entre dos sucesos es realmente 1, aunque la cuantifiquemos en nuestra escala humana como 10 elevado a menos 35 metros. Por tanto, toda la realidad -la materia, la energía, el espacio-tiempo- está compuesta por múltiplos de ese 1 de Planck. Volviendo al número largo antes señalado, el 654213097566562398943892367647264732673232390932093203920932039023434: debe de haber infinidad de objetos con esa energía e infinidad de sucesos separados por esa distancia o ese lapso temporal. Esto se podría decir igualmente de cualquier otro número natural.

Ahora bien, cifras como 0,75 o 2/3 (números fraccionarios o irracionales) serían solo meras construcciones mentales, artificios matemáticos sin traslación física. Por ejemplo, 7 unidades temporales de Planck no pueden dividirse ni en 2 ni en 3 partes iguales: no puede haber, por definición, 3,5 ni 2,333333... tics de Planck por cuanto no existe el tiempo, ni el espacio ni la energía, por debajo de 1 (no tenemos ni idea de lo que ocurre en esa escala subcuántica en la que el espacio-tiempo y la causalidad parecen evaporarse). No obstante, el mero hecho de que podamos concebir intelectualmente el valor de 3,5 o de 7/3 -incluso el de los números imaginarios- sugiere la posible existencia de un molde ideal, de tipo platónico, incrustado en nuestro entendimiento (que no deja de ser un producto de algo como el cerebro incrustado en el espacio-tiempo y hecho de la misma materia que informa el resto del Cosmos). También la existencia de números trascendentes como pi (número irracional que representa la relación entre el diámetro y la longitud de una circunferencia) apunta a un significado profundo de la Matemática que aún se nos escapa. Por no hablar del 0, la nada, gran misterio cuya resolución arrojaría seguramente mucha luz sobre el Enigma (así, con mayúsculas). Y no nos olvidemos del signo menos (-), dadas las oposiciones presentes en la Naturaleza: desde la carga eléctrica de una partícula u objeto hasta el giro (spin) del par de electrones que ocupa un orbital atómico pasando por el sexo.

Da la impresión de que el Universo procurase siempre ajustarse, lo que solo consigue de modo imperfecto (las estrellas y los planetas no son esferas exactas; las simetrías nunca son totales), a un orden matemático subyacente que sí es ideal o perfecto. ¿Y si al final resultase que los pitagóricos llevaban razón y el Cosmos no fuese más que números generadores de "música de las esferas"?...

Pseudópodo, ¿me he ganado el derecho a figurar en tu antología de bodrios?...

miércoles, 30 de marzo de 2011

Pancorbo Sarasúa, un tropezón profesional

Me llamo Eusebio Pancorbo Sarasúa. La verdad es que soy un excelente profesional, competitivo como el que más. Y lo gano muy, pero que muy bien. En este punto permítanme que les diga que, aunque no puedo quejarme, tampoco debo agradecerle nada a nadie: cobro en la medida que aporto valor añadido a la firma a la que presto mis servicios. El otro día hablé con la encargada de recursos humanos y me confirmó la proyección al alza en mi proactividad y en mi índice de acción cooperativo-sinérgica, tal como habíamos dispuesto en mi personal career proyect para este ejercicio anual. Fíjense en la confianza que depositan en mí adelantándome los resultados del feedback meeting del pasado mes en el pantano de San Juan. Estuvimos allí tres días con Mr. Packerton, el norteamericano que cada año viene a hacernos el feedback. Este año apareció con unas chanclas y una camiseta nuevas. La gymkana consistía en esta ocasión en buscar, embutidos en trajes de buzo, latas de cerveza diseminadas por el monte. Ganó mi equipo, el de los E-Rangers; es un gran orgullo para mí haber contribuido a este triunfo. Al final, Packerton nos hizo ver, casi en la cima de la montaña, la importancia de una visión global para una buena performance en toda empresa moderna que se precie. Luego estuvimos trabajando más a fondo el tema “competitividad”. Nos pegamos hostias en grupo; yo le solté una buena a Mentado, el de valoración de riesgos para la zona de Asia. Me felicitó el mismísimo Packerton... Como trabajo 14 horas diarias –menos sería impropio de un profesional de banca de inversión del siglo XXI-, apenas tengo tiempo para otras actividades. No obstante, hago un hueco para el deporte (un completo programa de gimnasia pasiva de una hora en el gym de al lado) y para mi vehículo... ¿Es que no les he dicho aún que poseo un Audi serie limitada de 8 válvulas por cilindro, suspensión trasera independiente y una aceleración de 0 a 100 en apenas 3.8 segundos con un consumo de 8.8 litros a 100 km por hora? Estos coches requieren su mantenimiento, desde luego... Y hay que saberlos conducir, hay que tener clase para ello; es igual que un buen traje, ¿a qué se nota cuando lo luce un camarero y cuando lo hace un señor? A mí, ciertamente, me encanta vestir bien, y exijo que la gente lo haga si quiere hacerse merecedora de mi respeto. La imagen es fundamental en el mundo actual: imagínense a mí presentándome ante mis colegas vestido como un gañán o un estudiante de biología, ¿qué respeto podría merecer?... ¿Saben?, también me gusta mucho viajar, me atraen las culturas primitivas. Conozco los aeropuertos de media Europa y América, incluso el de Kuwait (se lo recomiendo especialmente por la óptima relación calidad-precio de su magnífico duty-free). No hay un hotel que sea igual a otro, se lo puedo asegurar. Ahora bien, en ese punto soy muy exigente: no me duelen prendas amonestar a un mal profesional si percibo un servicio por debajo de los estándares mínimos de calidad. Así como me exijo a mí mismo demando también a los demás una conducta profesional. Les cuento en este sentido que una vez me tuteó un empleado en un hotel de Cuba. No tardé en, tras reprender al desalmado, hacer llegar a la dirección el comentario pertinente. De veras, créanme, falta profesionalidad. Hasta el mundo de la política está falto de buenos profesionales. A este respecto he de decirles que no soy ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario. Creo que hay que dar la responsabilidad política a buenos gestores, a gente con una formación empresarial; si los gobiernos se comportaran más como empresas que como hermanitas de la caridad fomentadoras de la vagancia, nos iría a todos mejor, ¿no creen?... Pasando a otra cuestión, el otro día me llamaron al trabajo para confirmarme la llegada a casa de un pedido de Dom Perignon destinado a regar la próxima cena de Navidad. Espero encontrarme con mi familia –mi exmujer y mi hija (entre ustedes y yo, mi cría es mulata, lo que nunca he llegado a entender pues su madre es aún más blanca que yo)- en estas fechas tan señaladas. Se trata de varias botellas, puesto que todo el mundo sabe que sólo los primeros tragos de cada una de ellas son los que valen: el resto del champaña irá para alguna asociación benéfica, que también los pobres tienen derecho a disfrutar de estas celebraciones tan entrañables. Yo pago por la calidad, no importa cuánto: eso sí que se lo reconozco sin ambages. Si me divorcié de mi ex fue por sus excentricidades: hablaba de filósofos, escuchaba música clásica, leía cuentos y no sabía apreciar un buen vino español. La verdad es que soy un buen sibarita, jeje. ¡¡¡Ahhhhhh!!!....

-¿Qué tú haces aquí, hermano? –dijo con inopinada tranquilidad un hombre de acento caribeño.
-¿Qué ha ocurrido? –preguntó a su vez un magullado Pancorbo Sarasúa.
-Que te caíste dentro de una alcantarilla, justo abajo de la calle. ¿Miraste bien? –el individuo encendió una pequeña linterna y la enfocó hacia el visitante.
-Tengo la chaqueta hecha una porquería, qué asco... Llame a alguien para sacarnos de aquí –demandó Pancorbo secamente, mientras tanteaba sus bolsillos en busca de su valioso móvil plateado de 15 gramos y última generación, con vibración infrasónica y 726 melodías entre otras muchas prestaciones.
-Eso va a ser difícil, me temo... –dijo el habitante del subsuelo con un timbre de voz inquietante.
-¿Usted qué hace aquí abajo como si fuera una rata? –Pancorbo acababa de comprobar que, pese a las indicaciones del fabricante, la batería de su móvil se había descargado completamente en apenas unas horas.
-Pues aquí estamos, qué remedio –el caribeño se puso la linterna entre las piernas, proyectando una luz fantasmal sobre su rostro antes de proseguir con un tono deliberadamente mucho más pausado. -Desde que me echaron del trabajo que tenía en Cuba todo han sido sinsabores.
-Pero yo le conozco de algo... No, no...
-¿Me conoces?, ¿de qué tú me conoces, amigo?, ¿sabes algo?... –se reacomodó junto al sucio muro en el que descansaba su espalda. -El que me arruinó la vida allá fue un español, por eso este país tiene una deuda conmigo. A ése si lo agarro lo mato, lo aplasto como a una lagartija... El hijodeputa presumía de manejar solamente Audis, ¿qué auto tú tienes, hermano?...
-Eh... Yo tengo un Seat, un Seat Ibiza, muy práctico...
-El comemierda era de una empresa grande de ésas, consultor o algo así. ¿Tú conoces, hermano?
-Bueno, yo es que tengo un kiosco de periódicos, no conozco bien a esos profesionales.
-El cabrón fue a quejarse, ¿sabes de qué, hermano?
-¡No!, ¡no!, ¡qué voy a saber! –dijo cubriéndose disimuladamente la cara con las manos.
-De que le había tuteado, ¿oíste?, de que le había tratado de tú al señorito hijodeputa – el caribeño volvió a dirigir la linterna hacia su accidental acompañante, deslumbrándole. -¿Tú tuteas a los que te compran los periódicos?.
-Siempre he preferido el tuteo en el trato.
-Claro que sí, nadie es más que nadie. Cuando el río suena, Dios le ayuda, ¿no? –inquirió el caribeño, quien se llevó de nuevo la linterna a su regazo, lo que permitió a su interlocutor observar cómo afilaba con una piedra un cuchillo robado a la oscuridad. –Algún día me encontraré a ese comemierda. Y ese día...
-Creo que voy a intentar gritar para llamar la atención de la gente de afuera.
-Yo no pienso salir... Oye, ¿ves este cuchillo?.
-Sí... –acertó a responder Pancorbo Sarasúa antes de que la linterna se apagase.
-¡Adiós!, ya me quedé sin batería, estamos jodidos...
-Voy, voy a pedir ayuda...
-Como te parezca, chico...
-¡Socorro!
-Oye, ¿tú no estuviste en Cuba alguna vez? De repente tu voz me resultó familiar.
-¡¡Socorro!!
-Tranquilo, chico. Más no puedes gritar, te vas a joder la garganta. Ya pasará alguien...
-¡¡¡Socorro!!!
-Oye, por cierto, ¿es buen carro el Seat Ibiza ése que tienes?, ¿corre mucho?...

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