sábado, 14 de marzo de 2026

Julian Barbour: los ratios como clave del universo

El inglés Julian Barbour es un físico no vinculado a la academia que lleva casi medio siglo reflexionando, desde su casa renacentista en un pueblecito a las afueras de Oxford, acerca de cuestiones fundamentales como el espacio, el tiempo, la entropía o la complejidad. Hace años tuve conocimiento de él por su propuesta "bit from it", que daba la vuelta al "it from bit" de John Wheeler (yo me he tomado la licencia de fusionar ambas con la de Eugene Wigner en el "it from bit from It by Her").

Barbour se adhiere a un esquema relativista inspirado por Mach y, en última instancia, por Leibniz. Lo que importa en el universo son las relaciones entre sus objetos (bromea con que el lema "Nada más que ratios" sea incrito en su tumba), que a su vez vienen definidos por sus formas. Los tamaños serían tan relativos como el tiempo, que para el físico inglés ni siquiera existiría. Con ello quiere decir que no existen las duraciones sino los instantes de tiempo: formas o configuraciones de partículas ordenadas como los fotogramas en una película.

Impresiona constatar que podría haber hasta 10 elevado a 43 instantes distintos dentro de un solo segundo. Lo cierto es que la consciencia no navega por dichos fotogramas con la misma velocidad en todos los humanos, tal como nos ilustraba hace años Oliver Sacks en su libro El río de la consciencia. Allí nos ponía casos clínicos reales de ralentización (estupor) o aceleración del tiempo. En cualquier caso, los pacientes tenían siempre la sensación subjetiva de percibir el paso del tiempo con normalidad: para ellos, eran los demás quienes estaban abotargados o acelerados. Sacks se refería solo a nuestros congéneres, pero la percepción temporal no es desde luego la misma en los distintos seres vivos.

Volviendo a Barbour, este utiliza para exponernos su teoría el ejemplo más sencillo de forma: un triángulo. En este caso, cada vértice sería como una partícula. El tamaño del triángulo es relativo a su observador (si está más lejos/cerca, lo verá más pequeño/grande), pero no así su forma. El espacio en un universo teórico triangular constaría pues de tres partículas (una por cada vértice) y emergería de las relaciones de distancia entre ellas, expresadas en sus ángulos. El tiempo sería el cambio de esa forma: a partir de la de un triángulo equilátero (estado inicial más uniforme o simétrico), esta podría evolucionar hacia la de uno isósceles. Pero Barbour subraya que tendría que haber una minúscula asimetría en el estado inicial, semilla necesaria de la complejidad.

El universo iría supuestamente sumando entropía (desorden) desde su comienzo, tal como dicta la segunda ley de la termodinámica, pero esto solo regiría si fuera un sistema cerrado. Lo que se constata es que el universo es cada vez más complejo/variado, puesto que no dejan de aparecer en él nuevas estructuras. Es un sistema en expansión, autocontenido y sin límites externos, gobernado por la gravedad. Barbour acuña el término entaxia para referirse a la entropía en un sistema así: en este caso, a diferencia del de una caja cerrada donde está confinado un gas, su valor (el número de estados microscópicos distintos que son macroscópicamente indistinguibles) sería cada vez menor. Por tanto, no sería la muerte térmica lo que le aguardaría al universo en el futuro sino todo lo contrario: un escenario de infinita complejidad (el físico inglés prefiere usar el término 'variedad', tomado de su admirado Leibniz), con la vida como elemento acelerador. Pierre Teilhard de Chardin y Henri Bergson estarían más que satisfechos.

Barbour pone el ejemplo del impacto de una bola de billar sobre otra, en el que no hay una flecha del tiempo porque no puede distinguirse una secuencia hacia delante de otra hacia atrás, para entender la simetría temporal que se observa en el mundo a nivel microscópico. Esa simetría se rompe cuando hay muchas partículas (nos invita para ello a pensar en el golpe inicial de la bola blanca sobre el triángulo de bolas de la mesa de billar), algo necesario para que haya una flecha del tiempo. A ello se añade el requerimiento de un estado inicial muy ordenado: la llamada "hipótesis del pasado". Aquí es donde Barbour saca a colación el punto Jano, cuyo nombre toma de una antigua moneda romana con la inscripción de dos rostros unidos pero dispuestos una a espalda del otro, mirando en direcciones contrarias. Si rebobináramos la película del universo, llegaríamos a ese punto Jano (postulado en vez del Big Bang) casi perfectamente uniforme, que conectaría con otro universo en expansión simétrico al nuestro. El Jano  sería un punto mínimo, o incluso cero, común con el universo que se expande en dirección contraria al nuestro. Barbour atribuye la flecha del tiempo hacia el futuro no al incremento de la entropía sino al aumento de la complejidad desde el punto Jano.

Para el veterano físico inglés, que va camino de los 90 años con una lucidez asombrosa, bastaría pues con el marco de la mecánica newtoniana para explicar la flecha del tiempo. Y también para dar cuenta del principio cosmológico (la homogeneidad a gran escala del universo) sin necesidad de recurrir a teorías como la inflación. Barbour forma parte del club de los físicos y matematicos platónicos, que consideran que todas las formas y estructuras posibles existen eternamente en un ámbito no físico conectado de algún modo con nuestro mundo. Allí estan todos los "ahoras" desde siempre y para siempre, como también creía Einstein. Allí nunca han dejado de estar un bebé inglés recién nacido en 1937 y acaso una lápida que reza "Nada más que ratios". 

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