Xenobots y antrobots son biorrobots desarrollados en laboratorio por los equipos del biólogo Michael Levin: en el primer caso, a partir de células embrionarias de renacuajo; en el segundo, de células epiteliales de la tráquea humana. Una vez extraídas, estas células se desarrollan en cultivos y dan lugar a formas inéditas en la historia de la vida en la Tierra. Empiezan a navegar y resolver problemas en un espacio muy diferente al del cuerpo de una rana o el de un humano, exhibiendo comportamientos totalmente insospechados como una reproducción cinética (caso de los xenobots, consistente en replicar sus formas moldeando mecánicamente material del cultivo) o el cosido de tejidos neuronales lesionados (caso de los antrobots, que misteriosamente se entregan a esta labor sin haber sido instados a hacerlo). Levin no deja de recordarnos que los antrobots son células con un ADN 100% humano, aunque en ellos hay genes que no se expresan y otros que sí lo hacen, a diferencia de en nuestro cuerpo.
Hay un cuento de ciencia-ficción que leí hace años, pero no he conseguido identificar (La fórmula de Lymphater, de Stanislaw Lem, se asemeja algo), que narra la creación en laboratorio de unos autómatas celulares. Estos empiezan a evolucionar a ritmo acelerado, hasta el punto de tener la capacidad de comunicarse con su creador e incluso sobrepasarle en inteligencia. Cuando esto ocurre, esa entidad emergente se desconecta para siempre de los humanos, con quienes la interacción ya no tendría más valor que la nuestra con un paramecio.
Es fascinante imaginar que los antrobots puedan evolucionar, llegar un día a tener consciencia de sí mismos y plantearse cuestiones existenciales como las de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Si esto llegara a ocurrir y los humanos ya no existiesen por entonces, ¿podría una superinteligencia surgida por esa ruta desentrañar su gran misterio? La respuesta la conocemos nosotros y no tiene connotación mística alguna: su creador (usando material biológico esculpido a lo largo de 3.500 millones de años de evolución) es el humano del siglo XXI Michael Levin. Él sería su insospechado Dios, movido por propósitos científicos que podrían acaso intuir.
La IA la creamos también nosotros, sacando provecho de una capacidad de computación inherente a la naturaleza. Una superinteligencia nacida de esta senda, hibridada probablemente con lo orgánico, sí sabría perfectamente cuál es su origen: unos ingenieros humanos. ¿Y si la vida en la Tierra fue creada por algún tipo de inteligencia avanzada de desconocido soporte físico? Esta es la idea de la panspermia dirigida, aventurada por el codescubridor del ADN Francis Crick: las semillas de la vida habrían sido deliberadamente sembradas a lo largo y ancho del universo por una civilización extraterrestre.
Podríamos incluso especular que el propio universo ha sido creado por una superinteligencia, a su vez fruto de otra en otro universo. Universos anidados donde mora la inteligencia: ¿Una tramoya inconcebible con infinitos tableros donde un agente transcendental (una consciencia pura) está jugando?...