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miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Adiós a la democracia?


La democracia peligra en Occidente. No es una sorpresa para toda persona medianamente informada. Desde hace años se vienen sucediendo señales y síntomas de que el sistema de libertades que gozamos, cuya conquista costó tanta sangre, sudor y lágrimas a nuestros antepasados, podría estar al borde del abismo. Y, por desgracia, no hay muchas razones para ser optimista. 

En su libro Síndrome 1933, el italiano de origen judeo-turco Siegmund Ginzberg constata de manera muy inquietante las semejanzas entre nuestro mundo actual y el de los primeros años 30 del siglo pasado: el deterioro de las instituciones, el desprestigio de la actividad política, la polarización ideológica, el antiintelectualismo grosero, la deshumanización del adversario, el creciente recurso a la violencia política... La memoria histórica, que había funcionado eficazmente como vacuna para conjurar siniestros fantasmas del pasado, empieza además a evaporarse: en España, no pocos veinteañeros apenas saben quién era Franco y qué hizo; en Alemania, los jóvenes vuelven a sentirse atraídos por los herederos ideológicos de quienes destruyeron su país y casi toda Europa hace 80 años.

En su ensayo Nexus, el historiador israelí Yuval Harari apunta el nocivo efecto de las redes sociales sobre la verdad, la convivencia y la propia democracia, por culpa en parte de algoritmos que priman la viralidad por encima de cualquier otra cosa. Un ejemplo terrible es el de las matanzas de la minoría rohingya en 2016 y 2017 en Birmania, instigadas involuntariamente por un algoritmo de Facebook empeñado en presentar a los usuarios birmanos vídeos muy virales incitadores del odio. Facebook y X (el Twitter rebautizado por Elon Musk) también ha sido utilizados exitosamente para interferir de manera deliberada en procesos electorales, como el que condujo el año pasado a la segunda presidencia de Trump. El propio dueño de X se ha convertido en un propagador y alentador de mentiras y discursos de odio en su plataforma.

Un elemento característico de nuestras sociedades es la desinformación generalizada. Antes de Internet y las redes sociales, la mayoría de la gente pasaba ampliamente de la política y había mucha ignorancia a ese respecto. La democracia y sus libertades se daban y se siguen dando erróneamente por sentadas, tanto como el aire que respiramos. El problema ahora no es tanto la ignorancia como la desinformación, muy relacionada con la infoxicación: la permanente exposición a un torrente no filtrado de información, buena parte de la cual es errónea o falsa. Todo el maravilloso saber humano está a nuestra disposición a golpe de clic, pero contenido en un gigantesco estercolero donde hay que saber buscar.

Las redes sociales nos han conectado mucho más, pero al precio de potenciar la desinformación, polarizarnos políticamente, promover trastornos psicológicos (como la anorexia) en los más jóvenes y empoderar a cualquier necio o ignorante que sepa al menos abrir un blog, subir un vídeo a YouTube o poner un tuit o un tiktok. La democratización de la producción de contenidos informativos, culturales y de entretenimiento (antes había que pasar el filtro de una editorial, un consejo de expertos o una productora) ha supuesto la quiebra del principio de autoridad, abriendo la puerta a una legión de influencers que antes de la era de Internet solo podían aspirar a jugar en la liga de los cuñados y ahora sientan cátedra en nutrición, epidemiología, dermatología, gestión forestal, meteorología o relaciones internacionales. Que cualquiera pueda publicar lo que le plazca sin ningún control de calidad y veracidad, compartiéndolo fácilmente sin cortapisa alguna, no podía salirnos gratis: lo vimos en la pandemia de Covid (con los movimientos antivacunas) y lo seguimos viendo con el negacionismo del cambio climático, así como en modas disparatadas como el sunburning (tomar el sol sin protección), la ingesta de carne cruda o la pigmentación del iris para cambiar el color de los ojos. Episodios políticos como el Brexit o las victorias en las urnas de ultras populistas no habrían sido posibles sin este clima de desinformación, al que también ha contribuido cierta prensa amarilla.

Todo esto se enmarca en un escenario socioeconómico problemático, en el que hay perdedores de la globalización que afrontan con mucha inseguridad el futuro. La creciente población inmigrante, cuya integración no suele ser fácil y que en ocasiones prospera a ojos de los nativos empobrecidos, se convierte en el chivo expiatorio propicio. El populismo se nutre de ese malestar social, de la frustración por no encontrar trabajo o tener una ocupación muy mal pagada, de no poder permitirse una vivienda digna o una sanidad de calidad, de los problemas de inseguridad en las calles asociados a una inmigración descontrolada, del rencor de algunos hombres hacia mujeres más preparadas y mejor pagadas que ellos, del sentimiento de agravio de las clases más bajas ante élites económicas y culturales que supuestamente las desprecian y ningunean. Y los populistas aprovechan las redes sociales como potentes altavoces multiplicadores de su ideología divisiva y tóxica, presumiendo de ser pueblo y hablar el lenguaje del pueblo (aunque sus líderes sean habitualmente multimillonarios).

A las redes sociales se ha sumado como potencial amenaza una IA puesta al servicio de gobernantes con vocación de autócratas. No obstante, Harari explica que un sistema democrático es más resistente a sucumbir a una IA maligna que una autocracia, al incluir en su red una oposición política, una justicia independiente y medios de comunicación libres. Si el tirano ya está establecido, si se ha deshecho de esos obstáculos (en ello están Orban, Erdogan o Trump, siguiendo la estela de Putin), el riesgo de una superinteligencia en sus manos es el de una dictadura totalitaria perfecta como la de 1984 de Orwell.

El autor de Síndrome 1933 considera que, a la vista de la experiencia de la Alemania de entreguerras, "las elecciones libres son la sal de la democracia. Sin embargo, en exceso no le hacen ningún bien. De hecho, existe el riesgo de que la maten". "El caso de Weimar representa un clamoroso ejemplo de cómo se puede llegar a la catástrofe no por el desapego, sino por una mayor implicación del electorado", añade más adelante. Otro de los parecidos con la Europa prebélica de 1933 es el sorpasso de la derecha populista a la tradicional, como ya ha ocurrido en Francia e Italia y amenaza con suceder en otros lugares como España o Alemania. La izquierda socialdemócrata también ha sido superada en varios países por la izquierda radical. El mapa político de la Europa de 2025 ya poco tiene que ver con el surgido tras la II Guerra Mundial, con democristianos, liberales y socialdemócratas como fuerzas hegemónicas moderadas en torno al centro.

La epistocracia (una democracia restringida a quienes acrediten ciertos conocimientos de lo que están votando) es la idea que plantea Contra la democracia, un provocador ensayo de 2016 del norteamericano Jason Brennan que la presenta como el posible remedio para salvar a la democracia de la ignorancia y necedad del electorado. No creo que ande muy equivocado, a la vista de muchos resultados recientes en las urnas. Aunque todo político con aspiraciones siempre dirá que el pueblo es sabio y nunca se equivoca, lo cierto es que son mayoría los que Brennan etiqueta como hobbits (totalmente indiferentes a la política) y hooligans (votantes irracionales y sesgados), muy vulnerables a la desinformación. 

Por si fuera poco, tenemos en Europa la amenaza militar de Rusia, donde un autócrata nacionalpopulista ha erigido, con el apoyo de buena parte de su pueblo, un régimen neozarista (que pone una vela a los zares y otra a Stalin) por el que suspiran todas las ultraderechas de Occidente. Ello no es incompatible con tener unas excelentes relaciones con el régimen chino, la monarquía norcoreana o sátrapas populistas de izquierda como Maduro u Ortega. La amenaza rusa coincide con una Unión Europea inane y asediada por los populismos. Y con unos EEUU en una marcada senda autoritaria e incluso guerracivilista, con Donald Trump como epítome del triunfo de la mentira, la ignorancia, la brutalidad y la grosería.

Desde luego, si perdemos la democracia será en buena medida por nuestra culpa. Los ciudadanos seremos los principales responsables porque somos los que llevamos a populistas al poder y les reímos las gracias, los que no hacemos el esfuerzo de contrastar las noticias que nos llegan por las redes sociales, los que damos pábulo a voceros magufos y conspiranoicos. Ya dijo proféticamente Carl Sagan que sin pensamiento crítico estaríamos a merced del primer charlatán que nos pasase por delante. Uno de esos charlatanes ya tiene a su alcance el botón rojo nuclear de EEUU. No es para estar precisamente tranquilos.

viernes, 17 de diciembre de 2021

La insólita alianza transversal que amenaza nuestra democracia



Es impopular decir que subestimamos el número de idiotas a nuestro alrededor, tal y como reza la primera ley sobre la estupidez de Carlo Cipolla. Pero no por impopular es menos cierto: hay más tontos de lo que pensamos. La pandemia ha abierto los ojos a muchos que se resistían a aceptarlo. Algunos ya se dieron cuenta años atrás con sucesos como el Brexit, la victoria en EEUU de Donald Trump (y la grotesca traca final de su presidencia) y el procés en Cataluña. Siempre ha habido ignorantes y tontos, amén de energúmenos, pero nunca han hecho tanto ruido y tenido tanto poder como ahora gracias a la combinación de sufragio universal, Internet y redes sociales.

A día de hoy, muy cerca de la llegada del 2022, no es exagerado afirmar que la democracia y la seguridad en el mundo desarrollado están amenazadas por una legión de ignorantes e idiotas. Carl Sagan ya nos avisó hace décadas de los riesgos de una sociedad basada en la ciencia y la tecnología pero con una numerosa población ignorante y crédula: "Antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara". "Estamos a disposición del primer charlatán que nos pase por delante", dijo también de manera profética, como si vislumbrara el ascenso de individuos de la talla de Trump, Boris Johnson o Puigdemont. Un ejemplo de manual de las nefastas consecuencias de la pinza ignorancia-estupidez es el Brexit (también el procés, pero este, por fortuna para Cataluña y España, no salió adelante), un disparate consumado a base de mentiras a cuál más grotesca que amenaza no solo con hundir la economía británica sino con destruir la unidad territorial del Reino Unido. Pero el "bendito pueblo" (Pablo Iglesias dixit) habló...

No saber cuál es la capital de Francia, quién era Charles Darwin o cuál es la fórmula química del agua es propio de un ignorante, pero creer que la Tierra es plana o que hay microchips en las vacunas contra el covid-19 entra ya de lleno en otra categoría: la de la estupidez. Muchos terraplanistas y negacionistas del coronavirus no son propiamente estúpidos, ya que sus facultades cognitivas no están mermadas, sino más bien gente abocada a la estupidez por su fanatismo y cerrazón. La ignorancia tiene remedio, no así la estupidez. Por su parte, el fanatismo y la cerrazón tienen muy difícil cura.

Lo cierto es que una causa políticamente transversal hace que se junte en 2021 en las calles y en las redes sociales, para combatir al demonio de las élites globalistas-vacunacionistas comandadas por Soros y Gates, una variopinta mezcla de nacionalpopulistas, apolíticos irresponsables sin criterio, vándalos, ecomagufos, conspiranoicos y extremistas de izquierda. Esta gente ya estaba ahí desde hace mucho, pero no iban más allá de pasear sus banderitas (con toro, esteladas, soviéticas...), exhibir con orgullo sus rancias tradiciones (rejonear a una vaquilla, empujar al mar a un toro...), quemar gasofa con sus coches tuneados (como los chalecos amarillos franceses), ver Mujeres, hombres y viceversa, arrojar pilas usadas a la calle o la nevera vieja al barranco (muy típico de los cafres en Canarias), decir que todos los políticos son iguales, votar a John Cobra para Eurovisión, destrozar mobiliario público tras un partido de fútbol, consultar el horóscopo, tomar sesiones de reiki a distancia, comprar sal rosada del Himalaya, seguir a Íker Jiménez, vigilar con prismáticos los chemtrails o fumigaciones desde el cielo, culpar de todo a la CIA y el Estado de Israel, acusar de fascista a quien opina diferente (en Euskadi sí iban más allá de esto hasta hace no mucho)...

Dicha amalgama se aprecia sobre todo en Alemania, pero también se está manifestando en Francia, Italia, España... Sería simplista atribuir el fenómeno solo a la estupidez, el fanatismo y la ignorancia, obviando que hay un malestar social de fondo entre los perdedores de la globalización en el mundo rico. Porque los Miguel Bosé y los pijipis que compran sal del Himalaya son una minoría dentro del movimiento. Ese malestar queda muy bien reflejado en el poema del inglés brexiteer Chris McGlade, un tipo que no parece mala persona y a quien solo se le puede reprochar ignorancia y una cierta tosquedad (de la que se enorgullece como buen obrero del norte de Inglaterra). Alguien que dice alguna verdad incómoda, como cuando critica la ultracorrección política, y que expresa un sentimiento de humillación ante gente con estudios y más elevada condición social que le marcan cómo ha de actuar, pensar y hablar (cada vez que en España Irene Montero insta a decir niñes, un obrero decide votar a Vox). La mayoría de estas personas no son, es importante subrayarlo, ni fascistas ni mala gente. Su ignorancia les facilita comprar el discurso simplón nacionalpopulista que achaca todos sus problemas a los inmigrantes, la Unión Europea y un supuesto nuevo orden mundial de tintes siniestros. Buena parte del éxito del nacionalpopulismo estriba en erigirse en representante de esas clases sociales de Occidente golpeadas por la globalización y que se sienten despreciadas por las élites (aunque los líderes nacionalpopulistas sean multimillonarios como Trump o niños de papá como Johnson).

Lo más grave de esta nueva alianza que junta a extremistas de ambos signos, neojipis y puros ignorantes sin más adjetivos es su impermeabilidad a la razón. Lo que hay detrás es el fracaso de un sistema educativo que no ha sabido formar a ciudadanos con espíritu critico ni promover una cultura científica. La ciencia ha sido arrumbada por la proliferación de pseudociencias y otras mierdas esotéricas (los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad a este respecto). El declive de la religión en Occidente no ha venido acompañado de un auge de la racionalidad, ya que la religión tradicional ha sido sustituida por mucha gente por una neorreligión pret a porter en la que uno elige a la carta dentro de un amplio menú de sandeces: reencarnación, auras, cartas astrales, males de ojo... 

La quiebra del principio de autoridad ha contribuido a llevarnos a esta situación: lo que diga hoy un experto (no confundir con muchos tertulianos que cuñadean en la tele) no tiene más crédito social que lo que cuente un influencer ignorante. Esta es una sociedad en la que priman los clicks y los likes, en la que no venden la reflexión, el conocimiento y la profundidad sino el grito, el espectáculo, la superficialidad y la apariencia, en la que 2+2=5 si así lo decide la mayoría. Pero no nos engañemos: el 2+2=5 es incompatible con la pervivencia de una civilización tecnológicamente avanzada (al menos con una democrática, quizá sí con una autoritaria en la que no haya derecho al voto y sea obligatorio vacunarse). Sagan ya nos avisó. No podremos alegar que era imprevisible.





miércoles, 15 de mayo de 2019

Contra el nacionalpopulismo y por una unión política en Europa

El principal enemigo político de quienes defienden una Europa libre, abierta, multirracial, laica, igualitaria y tolerante es el nacionalpopulismo. Esto lo tienen claro los liberales (excluyo obviamente a los meapilas españoles -caso de Esperanza Aguirre- que se disfrazan de tales), los socialdemócratas y buena parte de los verdes europeos. No tanto el populismo izquierdista y la izquierda posmoderna, generalmente juntos en el mismo paquete electoral, que consideran no menos nefasto el supuesto neoliberalismo instalado en lo que para ellos y ellas es la "Europa de los mercaderes". Por cierto, los verdes que no están muy seguros al respecto deberían recordar que los nacionalpopulistas son los principales negacionistas del cambio climático.

Pero lo que muchos progresistas de izquierda no acaban de ver es la necesidad de unir fuerzas en el próximo Parlamento Europeo no solo con liberales sino incluso con algunas formaciones europeístas de centro-derecha (caso de la CDU alemana) para hacer frente a ese monstruo nacionalpopulista. La extrema derecha nacionalista y populista ya ha puesto su pica en los ejecutivos de Italia (en coalición con los grotescos populistas de "izquierda" Movimiento 5 Estrellas), Austria (gobernando con los conservadores), Polonia (aquí en su versión más clerical, para delicia de la Iglesia católica local) y Hungría (con un presidente más propio de una república bananera), y es una amenaza creciente en casi todos los países del resto del continente (incluida España). Rusia ya es un Estado nacionalpopulista confesional, con el muy cristiano zar ortodoxo Putin al frente para envidia de sus émulos (excepción hecha de polacos, ucranianos y bálticos, que llevan el odio a rusos y judíos en su ADN) de la internacional ultraderechista europea.

En este escenario no resulta sorprendente que el PSOE y el partido liberal francés de Macron (La República en Marcha) barajen aliarse en defensa de una Europa abierta sobre la que pende un riesgo realmente existencial. Por desgracia, no se puede contar para ello con la izquierda populista y posmoderna, ese batiburrillo ideológico en el que tienen cabida desde simpatizantes de Castro y Maduro a nacionalistas periféricos, desde magufos y neoinquisidores a judeófobos y feministas islámicas (oxímoron solo superado por "negrura blanca" o "blancura negra"). El problema de esa izquierda, de la que es buen exponente el partido francés del nacionalpopulista madurista Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa), es que se nutre del mismo caladero de votos que el nacionalpopulismo de derechas. De ahí que a veces parezca tener más cosas en común no solo con los bolivarianos latinoamericanos sino también con los Le Pen, Orban y compañía: el permanente halago al "bendito pueblo" (ya dijo Isaac Bashevis Singer: "No creo que adulando a las masas todo el tiempo logremos mucho"), la demonización del proyecto integrador de la Unión Europea, el rechazo sin matices a la globalización (un fenómeno complejo que no solo tiene una cara negativa) y el reforzamiento de las fronteras nacionales ("No hay ejemplo en el mundo de país que haya suprimido una frontera. Esta idea solo existe en algún salón izquierdista o democristiano-liberal", afirma Mélenchon al diario El País). Para ser justos, debo añadir que son antirracistas, laicistas y no tienen problemas con el colectivo LGTB. ¡Ya solo faltaría!

Es verdad que la globalización y la fuerte crisis económica han dejado un escenario socioeconómico polarizado, con ganadores y perdedores. Y que los Estados no han sido capaces de compensar a estos últimos (en parte, por los recortes presupuestarios y el detraimiento de recursos para salvar a la banca), de reparar con suficiente pegamento político las grietas abiertas en sociedades que se precian con razón de ser las más avanzadas del mundo. La UE tampoco ha podido ayudar al respecto, al carecer de suficiente músculo fiscal: pese a haber una moneda única, la unión económica (con un presupuesto único, una unión bancaria y una deuda comunitarizada) sigue siendo una asignatura pendiente. Europa no ha logrado recolocarse satisfactoriamente en el nuevo tablero económico mundial, marcado por la creciente competencia de China, India y otros países emergentes. Esa reubicación, que ha de basarse necesariamente en la economía del conocimiento, es fundamental para mantener un Estado del bienestar que es seña de identidad de los países centrales del continente. Es lógico que haya mucha gente con miedo, temerosa de perder su trabajo, de no llegar a fin de mes, de quedarse desprotegida, de ver esfumada su pensión y desmantelados los servicios públicos... Ante este panorama de incertidumbre, los partidos políticos tradicionales no han ofrecido una respuesta clara y adecuada al electorado. Desde luego, la solución no es menos Europa sino todo lo contrario: avanzar hacia una sólida unión política. Pero esto hay que explicárselo bien a los ciudadanos, como nunca se ha cansado de hacer (y, además, brillantemente) nuestro actual ministro de Exteriores Josep Borrell.

También es cierto que la izquierda ha cometido errores como subestimar todo lo relacionado con la seguridad ciudadana (en España sale gratis hurtar la cartera en el metro o forzar la puerta de tu casa para cambiar la cerradura y quedarse a vivir en ella unos añitos a tu costa, y matar a alguien suele saldarse con menos de un decenio en prisión), no advertir los riesgos del multiculturalismo ingenuo (en países como el Reino Unido, Bélgica, Francia o Suecia se han consolidado auténticos guetos, convertidos en canteras del terrorismo islamista) y doblar la cerviz ante la ultracorrección política en cuestiones relacionadas con la violencia de género o la inmigración (¿por que no se puede hablar de denuncias falsas por agresiones machistas -que en España no son, ni por asomo, el 0,01%- o constatar que hay culturas más violentas que otras?). Eso le ha enajenado muchos apoyos de las clases populares, más inclinadas a votar a nacionalpopulistas (todavía en España es minoritario ese respaldo, no tanto en Gran Bretaña o Francia) que al menos parecen ver lo mismo que ellos y llaman a veces a las cosas por su nombre. Unas clases populares que se han sentido ninguneadas por políticos considerados elitistas, que no hablan su mismo lenguaje y dan la impresión de vivir en otro mundo.

Pero hay asimismo una corresponsabilidad ciudadana, por haberse desentendido de la política creyendo que no le iba nada en ello o que la democracia es algo tan natural como el aire que respiramos, por perder la memoria histórica (hace solo 75 años, Europa era un continente en ruinas), por pensar que podemos seguir viviendo igual pese a la amenaza de infarto ecológico. Acierta Josep Borrell cuando dice que no le puedes pedir a alguien preocupado por llegar a fin de mes que se preocupe de igual modo por el fin del mundo (por la catástrofe medioambiental que avanza sin pausa). Pero cometeríamos un error si creemos que "los de abajo" (usando terminología populista) son del todo inocentes. No es poca la gente de baja extracción social que tiene problemas para llegar a fin de mes por tener que pagar las letras de coches de alta gama, las cuotas del iPhone de más de 1.000 euros o las zapatillas de marca del niño para fardar en el cole. Sin negar la existencia de bolsas de pobreza, en Europa la miseria que más abunda es la cultural asociada al más grosero consumismo de usar y tirar. Hay que cambiar el modo de producir y de consumir. Uno de los grupos constituyentes de los "chalecos amarillos" en Francia son fitipaldis forocochistas soliviantados por la subida del precio del diésel, que encarece sus marchas de fines de semana por las carreteras del país vecino. Háblales del cambio climático... Aprovecho para dejar constancia de mis dudas de que las medidas necesarias para evitar el infarto ecológico sean compatibles con la democracia: sin algún tipo de epistocracia veo imposible parar la catástrofe.

No hay soluciones fáciles a nada en política. Populistas de uno y otro signo venden la idea contraria a sus votantes, empleando la retórica de "los de arriba y los de abajo" o la de "los de aquí y los de fuera". Y recurriendo a la baza del identitarismo, que siempre cotiza al alza en tiempos de crisis. Detrás del nacionalpopulismo de derechas hay gente no muy "de abajo" como Putin, Trump, su exmentor Steve Bannon (ahora empeñado en crear desde Italia una internacional nacionalista -otro curioso oxímoron- en Europa) y los sectores más reaccionarios de la Iglesia católica (conjurados contra el papa Francisco). A base de manipulaciones y mentiras, esta gente ya ha conseguido acceder al poder en varios países europeos, montar el surrealista lío del Brexit y poner a sendos orcos en las presidencias de EE.UU. y Brasil. Vean el interesante documental de abajo para conocer mejor sus ilusionantes proyectos. El fascismo de entreguerras todavía proyecta su sombra sobre estos comienzos del tercer milenio. Ojalá que sean solo fantasmas. Dependerá en buena medida de nuestro voto.




jueves, 15 de febrero de 2018

Entre inquisidores posmodernos y energúmenos ultras

Estamos crecientemente sometidos a una Inquisición de nuevo cuño, nacida esta en la izquierda (pero no en la liberal sino en la posmoderna neomarxista, la que da la espalda a la ciencia, niega la naturaleza humana y considera que todo -incluidos un pene y la gravedad- es un "constructo social" generalmente al servicio del heteropatriarcado). Por eso uno debe andarse con mucho tiento al opinar en cualquier foro público: cualquier insinuación de que el factor genético es muy importante (o sea, que se nace psicópata o con propensión al sadismo como se nace rubio o con los ojos castaños), de que la delincuencia y la violencia no son pues solo consecuencia de la injusticia social o el capitalismo, de que las mujeres no son iguales a los hombres (una constatación que no es incompatible con la defensa de la igualdad de derechos y la lucha contra la discriminación), de que la identidad sexual no tiene un fundamento cultural sino biológico, de que no existen culturas inocentes (¡lo de los buenos yanomami es un cuento!) y los occidentales no son los únicos malos de la película, de que la traducción práctica del multiculturalismo suele ser el multiINculturalismo, de que hay tradiciones en las que el trato a mujeres y homosexuales es inaceptable o de que el terrorismo ejercido por unos fanáticos religiosos barbudos tiene un apellido más propio que el de "internacional", puede acarrear la inmediata acusación y consiguiente condena sumaria por machista, racista, supremacista, homófobo, fascista...

Todo esto empezó hace décadas en los campus universitarios anglosajones, centrado en las facultades de letras y ciencias sociales (sobre todo, en los llamados estudios culturales y de género y en la teoría crítica), para acabar permeando buena parte de la intelligentsia progresista del mundo occidental: profesores, políticos, periodistas, escritores, actores, artistas... Hasta la derecha civilizada de los países más avanzados ha acabado asumiendo algunos de esos postulados y practicando la consiguiente autocensura. Por ejemplo, el mismo Rajoy (voy a tener la generosidad de considerar al PP como derecha civilizada) habla de "terrorismo internacional".

Muchos estamos atrapados entre dos muros: el de esa grotesca ortodoxia posmoderna y el de la porquería declarada y verdaderamente machista, racista, supremacista, homófoba y fascista vomitada por energúmenos más fáciles de encontrar en el fondo sur de un estadio o en un acto electoral de un partido populista ultra que en un cineclub o una conferencia sobre sostenibilidad. Esta nueva Inquisición alimenta además a esos ultras, que como Donald Trump o Marine Le Pen se presentan ante el electorado como los únicos políticos que hablan sin pelos en la lengua de lo que forma parte de su realidad cotidiana. Personas razonables pueden verse inclinadas a votar a populistas de derecha porque, a diferencia de otros competidores en las urnas acogotados por la corrección política, estos al menos parecen llamar al pan pan y al vino vino.

Lo cierto es que hay buena gente que ya está harta de que les tilden de racistas por resistirse a ser vecinos de clanes delincuenciales, o de fachas por demandar que los psicópatas violentos (víctimas sociales en el imaginario izquierdista posmoderno) se pudran en la cárcel para evitar más estragos a la sociedad. Y hay hombres decentes que ya están ahítos de que se considere que solo las mujeres pueden ser víctimas y nunca mienten. Y no pocos homosexuales indignados de que aquí se les defienda frente a nuestra tradición cristiana pero no frente a otras importadas, para así no herir sensibilidades supuestamente más respetables. Y no pocos heterosexuales que empiezan a ver cómo sus preferencias sexuales van quedando bajo la sospecha de agresivas y falocéntricas. Y muchos librepensadores y científicos perplejos ante el hecho de que esa izquierda acientífica y la derecha religiosa compartan cada vez más causas (la última parece ser la sexófoba). Si la izquierda no reacciona y se desembaraza del pesado fardo posmoderno, rompiendo con compañeros de viaje tan poco recomendables como feministas radicales y relativistas culturales, no nos sorprendamos luego del auge en las urnas de los apóstoles del odio, la brutalidad y la simpleza.

viernes, 27 de enero de 2017

Multi(IN)culturalismo: alimento y telón de fondo del populismo y el integrismo

La elección del multimillonario Donald Trump como presidente de EE.UU. ha sido un nuevo bofetón propinado a la inteligencia por la ola nacionalista-populista avivada meses antes en el Reino Unido por el Brexit. La ola amenaza con golpear este año Francia, en favor de la ultraderechista Marine Le Pen. Italia, Holanda y Alemania también pueden sufrir el azote en 2017, aunque no hasta el punto de llevar al poder a los predicadores de la simpleza y el odio. Dentro de la Unión Europea ya tenemos a los amigos de Trump instalados en los Gobiernos de Hungría y Polonia, presididos por buenos varones cristianos, mientras que en Grecia el lumpen neonazi aguarda su oportunidad. Más allá de nuestro entorno desarrollado occidental, destaca Rodrigo Duterte en Filipinas como probablemente el ejemplo más grotesco de un "hombre del pueblo" votado mayoritariamente por el "bendito pueblo" (Pablo Iglesias dixit).

Es el triunfo del populismo más zafio, y con él de la política de la posverdad (en la que la verdad se convierte en algo secundario y la mentira se vomita impunemente con la mayor desvergüenza, algo a lo que en España ya estamos acostumbrados), que se produce paradójicamente en un mundo donde nunca hubo tanta información disponible para la inmensa mayoría de la gente. Pero el deterioro de la educación, el desprestigio de la cultura y la ciencia y la omnipresencia de la telebasura han contribuido a que la mayoría de la población sea incapaz de procesar esa abundante información, de bucear con criterio en el océano de Internet para separar el grano de la paja, la verdad de la mentira (más del 90% de lo que hay en la red es pura mierda). En lugar de ello tenemos a millones de personas enchufadas a la tele, a YouTube o/y a la iglesia (sobre todo en EE.UU.), más preocupadas de reality shows, mierdas virales, eventos deportivos y telepredicadores que del calentamiento global o la salud de la democracia, un sistema que muchos -sobre todo los más jóvenes- dan ingenuamente tan por sentado como la gratuidad del aire que respiran.

Ya nos avisó Carl Sagan hace más de veinte años de que una democracia de ignorantes no es sostenible en el tiempo, ya que lleva dentro el germen de su autodestrucción. En EE.UU. muchos de esos ignorantes son exponentes de un integrismo religioso bien arraigado: es innegable que en el triunfo de Trump ha sido determinante el voto del cinturón bíblico creacionista del país (parte de ese sufragio, por cierto, es hispano). Pero detrás de este auge nacionalista-populista están también la cara B de la globalización (la de sus perdedores) y el fracaso del multiculturalismo, que para ser más rigurosos podríamos etiquetar como multi(IN)culturalismo: la mala convivencia de todo tipo de inculturas, incluida la nativa. Desorientada ideológicamente y prisionera de la corrección política, la izquierda no ha sabido dar una respuesta a ambos fenómenos (perdedores de la globalización y multiculturalismo fallido), que actúan sinérgicamente de manera negativa para, entre otras cosas, sentar en los parlamentos a tipos de la catadura de Nigel Farage o Roberto Calderoli (el que llamó orangután a una ministra italiana negra). O hacer presidente a Trump.

En los países con mayor peso de la inmigración, como Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania o Suecia, muchos barrios se han convertido en guetos donde el imperio de la ley ha sido sustituido en algunos casos por el de la tradición importada, donde el patriarcado religioso es el que ordena y manda para desgracia principalmente de mujeres libres y de homosexuales. En otros casos -en España tenemos el ejemplo de la Cañada Real en Madrid-, la delincuencia organizada o las pandillas violentas son las que se han hecho con el control de territorios ante la impotencia policial y judicial. En las poblaciones nativas europeas, sobre todo en las menos beneficiadas por la globalización, hay un sentimiento de agravio ante el aprovechamiento de fondos públicos por grupos de inmigrantes cuya conducta y voluntad de integración deja a veces bastante que desear. Esas personas perciben que el Estado se preocupa más de los derechos de los inmigrantes delincuentes que de los ciudadanos que cumplen. En España constato que hay inmigrantes conflictivos con escasa intención de integrarse, lo que no obsta para que cosechen más beneficios del Estado de bienestar que colectivos locales desfavorecidos como los jubilados con pensiones mínimas. Y también certifico que hay nativos ignorantes y resentidos, llenos de prejuicios racistas y con nula tolerancia al diferente: los típicos garrulos que suelen caer en las redes del populismo y el ultranacionalismo. Unos y otros se realimentan y están llamados a chocar salvo que se interponga entre ellos con toda firmeza el Estado de Derecho. En medio de ambos se encuentra la gente buena, ya sean locales o inmigrantes (porque, de media, los inmigrantes son igual de buenos o de malos que los demás).

La reacción a la plaga nacional-populista ya está en marcha a ambos lados del Atlántico y cobra fuerza en EE.UU. tras el estupor y la desolación de los días posteriores al 8-N: las manifestaciones ciudadanas en la calle, la oposición casi unánime de intelectuales y artistas y el firme compromiso de la prensa seria por denunciar las mentiras de Trump son todo un reto a sus planes más inmorales y disparatados. Por su parte, organizaciones no gubernamentales como Greenpeace o Amnistía Internacional siguen sin achantarse en la defensa de sus respectivas causas: la ecología y los derechos humanos. La unión de los sectores progresistas de la sociedad civil resulta fundamental, pero no perdamos de vista que 60 millones de personas están detrás del éxito del magnate neoyorquino y que la sociedad civil de la América ultraconservadora -agrupada en torno al rifle, la Biblia y los libros de autoayuda para hacerse rico- es también poderosa.

Meses antes del triunfo de Trump, Jason Brennan nos invitaba a pensar en la epistocracia, concebida como posible salvadora de una democracia amenazada por la ignorancia del electorado. Desde luego, Trump jamás habría ganado con un sistema epistocrático en el que para votar, siguiendo la misma lógica que para sacarse el carné de conducir, hubiese que acreditar ciertos conocimientos políticos elementales. Y ciertamente el Brexit tampoco habría salido adelante. Por su parte, el científico y divulgador Neil deGrasse Tyson lanzaba también en 2016 su iniciativa de país virtual #Rationalia, donde toda política estaría basada en la racionalidad y la evidencia. Quizá el (único) futuro de la humanidad pase por esa unión voluntaria de ejemplares de Homo sapiens que haga verdadero honor al nombre de la especie y trascienda razas, nacionalidades y culturas.
"Hagamos que América sea inteligente de nuevo", tuiteaba Tyson cuatro días antes de la victoria de Trump. El mensaje sigue vigente pese al varapalo del 8-N y es de aplicación al resto del mundo, donde el panorama tampoco es demasiado halagüeño: populismos, nacionalismos e integrismos siguen campando a sus anchas no solo por Europa y Rusia sino por Latinoamérica, África y Asia, con una China además entregada al consumismo más salvaje y destructor de la naturaleza. En Occidente hay que luchar por un impeachment de Trump lo antes posible, por reformular unas relaciones civilizadas entre británicos y europeos continentales, dar un impulso definitivo a la construcción política de la UE y apartar del poder -o mantener alejados de él- a través de las urnas a quienes amenazan la democracia (caso de los actuales gobernantes polacos y húngaros). Pero hay que ir a lo más hondo: es necesario un profundo cambio cultural y de mentalidad para afrontar retos globales inaplazables como el del cambio climático y el de la transformación del capitalismo. El multiINculturalismo va claramente en sentido contrario, alimentando al mismo tiempo tanto al radicalismo religioso como a esas dos bestias hermanadas llamadas populismo y nacionalismo.

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