Hace más de tres años, coincidiendo con el lanzamiento por OpenAI del modelo grande de lenguaje GPT-4, escribí un post sobre el auge de las redes neuronales artificiales y el avance hacia una superinteligencia. Solo quienes no hayan leído todavía a Nick Bostrom, Max Tegmark, Yuval Harari o Benjamín Labatut pueden tildar como fantasioso lo que allí se apuntaba. Seguimos sin ser del todo conscientes de que el potencial transformador de esta tecnología es muchísimo más grande que el de la revolución industrial, ya que puede abrir la puerta a la cura de todas las enfermedades, el fin de la escasez y del trabajo como medio necesario para subsistir, la desaparición del dinero, la vida en paraísos virtuales e incluso la superación de la muerte (en línea con los deseos del apóstol de la Singularidad Ray Kurzweil). Pero la IA también puede propiciar el caos (produciendo estragos en Internet e infraestructuras críticas) y el advenimiento de las más siniestras distopías, que harían palidecer la imaginada por George Orwell en su 1984. E incluso causar la extinción de la humanidad si no actuamos con prudencia e inteligencia.
En este periodo de tiempo hemos podido constatar el desdén de la mayoría de la sociedad (lo mismo pasa, por desgracia, con el cambio climático o la amenaza populista) hacia los riesgos e implicaciones sociales y políticas de una tecnología que, no obstante, es cada vez más utilizada por la ciudadanía. Eso sí, para cosas no muy enriquecedoras como hacer trabajos escolares con el mínimo esfuerzo, imágenes virales estúpidas o vídeos falsos de porno.
No es exigible al ciudadano corriente, más preocupado de llegar a fin de mes o de lo último de Supervivientes, que esté al tanto de este asunto, pero sí al académico/intelectual y al político. Llama mucho la atención la brecha a este respecto entre quienes juegan en la Liga de los Mediocres (catedráticos casposos, supuestos "expertos", tertulianos cuñaos y la mayoría de los políticos) y quienes lo hacen en la Champions League. Figuras señeras como las de Geoffrey Hinton o Demis Hassabis, Premio Nobel ambos, no recurren en un artículo, entrevista o tertulia televisiva a tópicos como que la IA "es solo una máquina", "no tiene imaginación" o "jamás tendrá sensibilidad artística como los humanos".
Tonterías como esas son habitualmente proferidas por quienes aún no han entendido que estamos no tanto ante un objeto como ante un agente: un avión, un televisor o una bomba atómica no toman decisiones ni tienen plasticidad para modificarse, evolucionar y aprender por sí mismos. Lo que hay en el fondo es una ignorancia fruto de la pereza intelectual y de haberse quedado rezagado de las últimas tendencias en el mundo de la ciencia y la tecnología, algo que por desgracia afecta a nuestros sistemas educativos.
Esta brecha no solo se observa con la inteligencia artificial, sino también en lo relativo al estudio de la inteligencia orgánica y la consciencia. En la Liga de los Mediocres abundan aún los que consideran la inteligencia como algo limitado a seres vivos con cerebro, y la consciencia como algo privativo de los humanos. Cuéntale a alguno de estos que una célula es inteligente y probablemente consciente, tal y como apuntan científicos de talla mundial como el biólogo Michael Levin...
