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viernes, 24 de junio de 2016

La culpa nunca es nuestra

Aumentan los accidentes de tráfico: la culpa es del mal estado de las carreteras, de la deficiente señalización, de las inclemencias meteorológicas..., nunca de la gente que conduce de manera agresiva y demencial, de quienes presumen de "controlar" a 180 kilómetros por hora y adelantan a quienes van pisando huevos a 130.

Los programas de telebasura consolidan su liderazgo en la pequeña pantalla: la culpa es de las cadenas que los emiten y no ofrecen espacios culturales alternativos, de los políticos que no dan una respuesta adecuada a la cuestión, de la pobreza cultural intrínseca al capitalismo..., nunca del espíritu chismoso y de la zafiedad de muchos integrantes de la sociedad, que ejercen apoltronados en su sofá una absoluta soberanía sobre su mando a distancia.

Se agrava el "efecto invernadero": la culpa es de las compañías transnacionales, del capitalismo depredador, del Gobierno de Estados Unidos..., nunca de quienes emplean su todoterreno para hacer la compra en el súper de al lado, de quienes ponen el termostato de la calefacción en 26º C y el del aire acondicionado en 17º.

Muchos sinvergüenzas se enriquecen destruyendo el entorno natural y sembrando el caos urbanístico a su paso: la culpa es del mundo de la política, de las deficiencias en la legislación del suelo, de la rapacidad del capitalismo..., nunca de quienes se muestran más preocupados por la política de fichajes de su equipo de fútbol que por la gestión de su municipio o comunidad.

En suma, que la culpa nunca parece ser del pueblo, sino de sus gobernantes (¡a qué político con intención de medrar se le ocurriría poner en duda la archisupuesta inteligencia y sentido común del pueblo!), de los empresarios, de los periodistas o de esa oscura abstracción llamada sistema.

Este articulo fue publicado en el diario El País el domingo 27 de mayo de 2007.

domingo, 9 de febrero de 2014

El drama de la violencia en África


En 1990 conocimos unos amigos canarios y yo, durante una parada vacacional en Madrid, a un tanzano que asistía a un congreso mundial de Sociología en la capital de España. Tuvimos una breve conversación de la que solo recuerdo una afirmación suya memorable: "La religión de África es el amor". Una enorme sandez no ya impropia de un estudioso, sino de cualquier persona con algo de mundología y sentido común. Porque todos los seres humanos están hechos de la misma pasta con independencia de su raza, color, nacionalidad, sexo (en este caso hay alguna pequeña diferencia) y, por descontado, del continente donde nazcan o vivan. Solo nos distingue, y no demasiado, el contexto cultural. Y los tipos humanos (entre los que se incluyen el malvado y el bondadoso, el violento y el tranquilo, el atroz y el compasivo) están distribuidos de igual modo en 2014 que en el año 200 a.C., en Níger que en Canarias o en Nebraska. Eso sí, con diferentes ropajes y otros detalles meramente folclóricos como los culinarios y festivos. En fin, que el amor -y también el odio- no solo es cosa de africanos (¡no hace falta un doctorado en Sociología para darse cuenta!).

En Europa no somos ni peores ni mejores que en África. Eso no quita que Europa y la América criolla -y también el mundo árabe- tengan una impagable deuda con África por el terrible crimen de la esclavitud. Aunque los culpables fueron nuestros antepasados, nosotros hemos sido beneficiarios de esa inmoralidad mayúscula que la Iglesia católica no condenó hasta bien entrado el siglo XIX. A mediados de los 90 asistí a una genial charla de Ferran Iniesta en la Facultad de Ciencias Políticas de Somosaguas en la que subrayó el tremendo, y nunca bien ponderado, impacto económico y psicológico de la esclavitud para el continente (una trata de la que fueron cómplices, por cierto, los jefes tribales africanos). Aquellas sociedades fueron destrozadas, al ser arrancada de ellas su gente más joven para alimentar las calderas de la economía occidental. Luego vino el imperialismo europeo y toda su sarta de bestialidades, entre las cuales la del Estado Libre del Congo del muy católico rey belga Leopoldo II tiene un merecido lugar en la historia universal de la infamia. Superar semejante trauma no podía ser tarea fácil.

Tras la descolonización iniciada en los años 60 del siglo pasado, muchos pensaron que el futuro del África negra sería brillante por el mero hecho de autogobernarse, de librarse del malvado dominador europeo. Quizá más de un incauto se creía eso de la "religión del amor". Lo cierto es que buena parte de África siguió siendo expoliada por Occidente, pero ahora con la abierta complicidad -y beneficio- de sus corruptos gobernantes locales. Y otra parte del continente, la supuestamente rebelde, se puso en brazos de la Unión Soviética para iniciar lo que prometía ser un ilusionante camino a la verdadera independencia y al desarrollo. Una vez desaparecido el bloque comunista se pudo descubrir la verdadera naturaleza de gobernantes como Mugabe en Zimbabue o Dos Santos en Angola: autócratas sin escrúpulos, dedicados a esquilmar a su pueblo, ahora reciclados al capitalismo y con el sostén económico y político de la muy socialista China.

La violencia extrema en África, actualidad candente ahora mismo en lugares como la República Centroafricana y Sudán del sur (en el este de la República Democrática del Congo ya ni siquiera es noticia), puede llevarnos a equívocos. Sin necesidad de irme más allá de 100 metros a la redonda de donde escribo, aquí en la sierra de Madrid (valdría cualquier otro lugar del mundo donde hubiese una alta densidad humana), seguro que encuentro a alguien dispuesto a cometer las peores atrocidades: si no las hace es por el poder coercitivo del Estado y el imperio de la ley, por imperfecto que sea en estas latitudes del sur de Europa. Ya vimos lo que pasó en la ex Yugoslavia cuando se quebró la legalidad y los hooligans y porteros de discoteca se pusieron uniforme paramilitar.

Si hay linchamientos y masacres en África es por la debilidad institucional y la prevalencia del tribalismo, lo que a su vez tiene mucho que ver con el excesivo peso social de la tradición (en cuyo corazón está apostada la religión-superstición). Detrás de esta, sustentada en la falta de educación y utilizada como arma política por las elites, están cosas tan feas como la brujería y la caza de albinos, el odio étnico y religioso, el canibalismo ritual o el acoso a los homosexuales. Desde luego, el resto del mundo -incluido el desarrollado- no está para presumir al respecto. La religión también está detrás de la homofobia en Europa, Latinoamérica y Rusia, de la ridícula enseñanza del creacionismo en escuelas de EE.UU., de la discriminación de la mujer en la India y el mundo islámico, de la sexofobia, de la oposición al aborto de fetos inviables aun cuando peligre la vida de la madre en El Salvador o Nicaragua, de las estúpidas cortapisas a la ciencia (por ejemplo, a la investigación y uso de embriones con fines terapéuticos)...

La educación reduce la ignorancia y la credulidad, pero no afecta a la maldad, que debe ser tomada como una constante en toda ecuación social (que reduzca la ignorancia ya es mucho, puesto que los malvados suelen apoyarse en ella). Y contra la maldad, no solo fruto de la psicopatía sino también de la natural tendencia humana al egoísmo, solo sirve la fortaleza institucional (democracia sólida, contrapeso de poderes, imperio de la ley, jueces independientes, prensa libre, ejército sometido a la legalidad, policía bien formada y controlada, etc.), que es precisamente de lo que adolece África (con contadas excepciones como la de Botswana).

Desde Europa podemos ayudar mucho al continente negro no tanto con la cooperación al desarrollo como siendo intransigentes con nuestras empresas y bancos que cometen abusos allá (basta con no dejarles ni un céntimo en el supermercado o en la cuenta) y con nuestros políticos que en el mejor de los casos miran para otro lado y, en el peor, incluso se lucran gracias a esos abusos (basta con no votarles). Qué importante sería, por ejemplo, suprimir los paraísos fiscales que sirven de cajas fuertes al latrocinio de los dictadores africanos. Pero África también tiene que poner de su parte extendiendo la educación, el laicismo y el cosmopolitismo en detrimento de la ignorancia, el clericalismo y el tribalismo. El luminoso ejemplo del gran Nelson Mandela debería ser un motivo para la esperanza.

sábado, 23 de marzo de 2013

Economía del bien común, una buena idea (para países civilizados)

Al economista austríaco Christian Felber se le ha ocurrido una idea estupenda cuyo nombre es economía del bien común (ver más en su web). Esto sí que huele a socialismo (del bueno) del siglo XXI, no como ese cóctel neobolivariano de marxismo, nacionalismo, mesianismo cristiano y populismo del más zafio (que incluye el embalsamamiento de próceres) que campa a sus anchas por algunos países de Latinoamérica.

La economía del bien común pretende que valores constitucionales como la justicia, el progreso social o la solidaridad dejen de ser meras palabras huecas para convertirse en una realidad tangible. ¿Cómo? Incentivando a las empresas a comportarse éticamente y disuadiéndolas de lo contrario, para ponerlas al servicio de la satisfacción de las necesidades de las personas, de su calidad de vida y del bien común. Felber constata que las leyes que presiden la economía de mercado son la competencia (en el peor sentido) y el afán del lucro, lo que no debe tomarse como algo natural e inevitable ya que los humanos también cooperan entre sí y se ayudan mutuamente en su condición de ciudadanos, vecinos o familiares: somos capaces tanto de lo peor como de lo mejor.

La manera de hacer que las empresas se portasen bien sería a través de los impuestos, aranceles y compras públicas: las malas (las que no respetasen a sus trabajadores, discriminaran a mujeres o minorías, no cuidasen el medio natural, no beneficiaran a su entorno social, fabricasen productos indeseables o funcionaran como dictaduras) tendrían que pagar más tributos y soportar aranceles más altos, además de no llevarse ni un céntimo de un contrato público; al contrario que las buenas, que tendrían preferencia en las compras públicas e incluso podrían comercializar sus productos y servicios libres de toda imposición fiscal y aduanera.

Para que esto funcionase se necesitarían auditores independientes, encargados de comprobar la veracidad del "balance del bien común" que deberían entregar las empresas (un documento contable que tendría en cuenta esos otros aspectos no monetarios como la sensibilidad social y ambiental). De su puntuación total en este balance dependería en buena medida la supervivencia de una empresa en el mercado (un mercado que, a diferencia del que ahora conocemos, estaría sujeto a la Ética). Por supuesto, se requeriría necesariamente la complicidad de la ciudadanía para poner en marcha el sistema no solo a nivel local, regional y estatal sino también supranacional (en nuestro caso, en el marco de la Unión Europea).

Las cosas no quedan aquí, ya que los defensores de la economía del bien común proponen legislar para poner coto a los excesos del capitalismo. Por ejemplo, pretenden establecer límites a las cantidades heredadas o a las diferencias de renta entre los más ricos y los más pobres. Claro está, esto dependería de lo que decidiese la mayoría: Felber no se cansa en insistir que corresponde a la sociedad determinar cuánta desigualdad considera admisible (si acaso estima que la desigualdad en el reparto de la riqueza es algo indeseable). La última palabra la tendría la gente. El problema viene con la apelación -democráticamente impecable- a la ciudadanía cuando esta tiene una calidad como la española (por desgracia, muy diferente a la islandesa). Así no es de extrañar que políticos corruptos saquen mayorías absolutas, que arrasen los programas de telebasura o que nuestras costas estén alicatadas.

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