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Autor: Willi Wax |
Muchos estaremos siempre agradecidos al gran Bruce Springsteen por su música y sus letras. Pese a ser una persona golpeada recurrentemente por la depresión, no pocas de sus mejores canciones son una invitación a levantarse cada día con ilusión y disfrutar de las cosas realmente importantes en la vida: el amor, la amistad, los pequeños momentos cotidianos de felicidad...
"Dancing in the Dark" es un canto a mantener la ilusión contra viento y marea, a desafiar la monotonía y buscar siempre en el mundo esa chispa sin la cual no puede encenderse un fuego vital que nos es casi tan necesario como el agua. En "All that Heaven Will Allow", al protagonista no le importa tener solo un dólar en el bolsillo o que el portero no le deje entrar a bailar en la discoteca: el saberse querido por su novia, el tener un anhelo compartido con ella, ya le basta. Para ser dichoso, desde luego, no hace falta tener mucho más que algunas pocas cosas que no se venden en el mercado. Y "No Surrender" es un himno a perseverar, a no tirar la toalla y seguir creyendo en nuestros sueños. The Boss nunca se ha rendido a esa depresión que le persigue desde que tenía 32 años. El sólido vínculo con Patti Scialfa (su esposa y compañera de banda) y la música han sido seguramente sus salvadores.
¿Pero es posible la ilusión cuando en ese mismo mundo que es fuente de alegría e inspiración también campan la crueldad, el sufrimiento, la enfermedad, el desamparo y el horror (basta con asomarse a un telediario para ser testigo)? Borges ya dijo con buen criterio que la felicidad es mucho más frecuente que la desdicha, que no hay un día en que al menos en algún instante no estemos en el paraíso. Esto podemos observarlo en los niños pequeños y las mascotas. Y también en los animales salvajes, pese a estar en todo momento expuestos a la necesidad y la depredación. El placer de vivir es por lo general más habitual que el dolor. Nunca se abre un telediario con la noticia de que una pareja anónima se ha besado por primera vez, de que alguien ha disfrutado de la brisa marina tumbado a la sombra en una hamaca o de que otra persona corriente ha disfrutado viendo una película o comiendo una paella en familia.
Sin embargo, es innegable que hay una cara fea, injusta e incluso horrible del mundo. Podemos llegar a asumir la crueldad de una naturaleza de colmillo y garra ensangrentados de la que nos hemos emancipado hace miles de años para hacernos supuestamente civilizados. Podemos -de hecho, solemos- mirar a otro lado cuando hemos cambiado para otros seres sensibles el "colmillo y garra" por la inyección letal o la trituradora de carne. Podemos incluso aceptar que estamos aquí de paso y que la salud, el vigor y la fortuna algún día terminarán por abandonarnos. ¿Pero es posible no caer en el derrotismo o el cinismo viendo que lo peor de la película de la humanidad se repite una y otra vez, que la maldad sigue galopando a lomos de la ignorancia y la estupidez, que las víctimas de genocidas se convierten en genocidas y volvemos a encaminarnos a escenarios sombríos que pensábamos ya superados?
La búlgara María Popova suele hablar mucho de esto en su maravilloso blog, haciéndose eco de lo que nos enseñan pensadores, artistas o simples seres humanos sin más credenciales que su inspiradora experiencia vital. En uno de sus posts nos cita estas palabras escritas por John Steinbeck en una carta a un amigo con motivo de la llegada del nuevo año 1941: "Lo que vemos no es muy bonito… Así que nos adentramos en este feliz año nuevo sabiendo que nuestra especie no ha aprendido nada, que como raza no puede aprender nada; que la experiencia de diez mil años no ha marcado los instintos del millón de años que la precedieron". Pero Steinbeck se resistía a perder la esperanza, consciente de la naturaleza humana dual en la que el bien es tan inerradicable como el mal: "No es que haya perdido la esperanza. Toda la bondad y el heroísmo resurgirán, luego serán aniquilados y resurgirán. No es que el mal gane -nunca lo hará-, sino que no muere".
Stefan Zweig y su esposa Charlotte Altman sí arrojaron la toalla, suicidándose juntos un año después en su exilio brasileño. Si hubiesen esperado un poco más, habrían asistido al derrumbe del monstruo nazi. Hay que entender que Zweig ya había vivido 25 años antes los horrores de otra guerra mundial: es difícil no perder la esperanza en el género humano cuando has visto ciudades destruidas, reconstruidas y nuevamente destruidas.
Este post se suscitó hace unos días cuando vi unas espantosas imágenes de niños pequeños matados de hambre en Gaza por el Gobierno israelí del ultranacionalista Netanyahu. También supe de un diagnóstico de cáncer a una persona muy joven conocida. Igualmente constaté que ya tengo 57 años y medio, que la vejez empieza inadvertidamente a asomar la patita. Me puse a escuchar varias canciones de Bruce y volví a ver el sublime videoclip "Moving On" de la banda británica James (que descubrí, por cierto, gracias a una entrevista al filósofo Bernardo Kastrup).
La vida es dura y el mal (tanto el natural como el humano) es perenne, pero no por ello aquella deja de ser bella, como reza la celebre película de Roberto Benigni ambientada en un campo de exterminio nazi. "No hay amor a la vida sin desesperación de vivir", escribió Albert Camus. Si solo fuera una senda de rosas, si no hubiera sinuosidades, daños y pérdidas en el camino, no sería tan hermosa y preciada. ¿Pero cómo contarle esto a quien ha perdido a un hijo en un bombardeo o condenado a la inanición en Gaza? (o a un pollo o un cerdo destinados al matadero, si acaso pudieran entendernos). Intuyo que el terrible dolor por la muerte de un ser querido se multiplica cuando el causante no es una enfermedad o un accidente sino un acto criminal de un congénere.
Los vínculos con el prójimo, sobre todo con nuestros seres queridos, son los que dan sentido a la existencia más allá de lo que poco o mucho que esta dure. Y la gente más feliz es la que más da de sí misma a otras personas, no necesariamente humanas. ¿Pero es suficiente saber esto para levantarse cada mañana con alegría cuando uno al mismo tiempo es consciente de la fragilidad y fugacidad de nuestra condición, siempre a merced de un posible suceso fatal o de un zarpazo de la maldad o estupidez humanas? Popova tiene un post dedicado a la pérdida en sentido amplio, incluyendo no solo la muerte sino las rupturas de pareja, los fracasos personales, los desengaños vitales, los peajes cobrados por el paso del tiempo... Allí dice: "La medida de la vida, su significado, puede ser precisamente lo que hacemos con nuestras pérdidas: cómo convertimos el polvo de la decepción y la disolución en arcilla para la creación y la autocreación, cómo hacemos de la pérdida una razón para amar más plenamente y vivir más profundamente".
Para Nietzche, la única solución digna ante la adversidad y la pérdida es bailar, aceptando la existencia con todo su fondo trágico sin autoengañarse. Por el contrario, William James propone la esperanza religiosa como llave para encontrar un sentido y acceder a profundas y valiosas experiencias vedadas a quienes, atados por un pensamiento racionalista, no dan el salto de fe. Philip Goff lo dio no hace mucho al convertirse a lo que él etiqueta como un "cristianismo herético". "La vida es corta y hay muchas cosas inciertas. Todos tenemos que dar nuestro salto de fe, ya sea por un humanismo secular, una de las religiones o simplemente una vaga convicción de que existe una realidad más grande. Al decidir, es importante reflexionar sobre lo que probablemente sea cierto, pero también sobre lo que probablemente traerá felicidad y plenitud", escribe el filósofo inglés. Unos pocos, como Ray Kurzweil, depositan toda su esperanza en una singularidad tecnológica que libere a la humanidad de todos sus males, incluida la muerte. Cada uno debe encontrar su camino, no necesariamente el mismo.
Las canciones, las palabras y el testimonio de artistas, creadores y pensadores como Springsteen, la banda James, Steinbeck (ya desaparecido, pero no su obra), Popova o Goff son un aliento, un consuelo, una semilla para la reflexión. Su existencia no es menos necesaria que la de un panadero, un fontanero o un electricista: no es cosa menor contribuir a preservar la ilusión en un mundo donde, entre otras atrocidades, se sigue matando a niños de hambre.
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