El comandante retirado Pascual Grin Palacios tomó su viejo catalejo de vigía y dirigió su mirada hacia el parque de abajo. Sus ojos no tardaron en confirmarle la desgracia: era el fin, no había espacio alguno para la duda. Grin enfundó el catalejo, se puso encima la bufanda y abandonó el piso con un aspecto muy sombrío, desde luego nada reñido con la gravedad de la situación. Al abrir la puerta que daba a la calle sintió un golpe de calor que le hizo recordar que se encontraba en pleno mes de julio y en tierras del hemisferio norte. Decidió volver tras sus pasos para dejar la bufanda en casa, pero apenas salvados algunos peldaños advirtió lo inútil de ese acto. Se deshizo de la bufanda con rabia, como quien se zafa de una alimaña, y entonces no dejó pasar la ocasión de ensañarse con la odiada prenda otrora tan estimada. Tras haberla desgarrado y pisoteado lo suficiente, el comandante retirado Grin volvió a abrir la puerta de la calle. Se irguió y avanzó hacia el lugar donde debía llevar a término una dolorosa, pero no por ello menos necesaria, reválida de su hombría. Se llevó ceremoniosamente la mano al bolsillo derecho, donde solo pudo sentir el tacto de su juego de llaves: su proverbial despiste volvía a traicionarle. Subió las escaleras a un paso inhabitual para un hombre de su edad y agarró la indispensable herramienta. Ahora sí que estaba totalmente preparado...
-Buenos días, joven. Tengo algo para usted –Grin sacó una pistola de su bolsillo para espanto del joven y de su hermosa acompañante.
-Cariño, ¿te has vuelto loco? –la bella mujer se interpuso entre el joven y el comandante retirado. -¿Qué haces, Dios mío?.
-Con Grin Palacios no se juega, voy a hacer justicia... –el veterano militar levantó el arma y apuntó al tándem conformado por la fémina –por otra parte, su esposa- y el joven, quien ante el cariz de la amenaza, y conocedor por su amante de ciertas disfunciones de la personalidad del agresor, decidió jugárselo todo a una carta.
-Oiga, yo le conozco, es uno de mis escritores favoritos. Qué placer toparme con el mismísimo Graham Greene. Es usted, ¿no?. Sí, sí, lo es...
Grin esbozó una sonrisa. Bajó la pistola y se dejó querer.
-¿De veras me ha reconocido?...
-Claro, es usted inconfundible, Mr. Greene. Me he leído casi todas sus novelas. Especial cariño tengo por El factor humano, maravillosa muestra de su sensibilidad y su inquietud social.
-Es una buena novela, muy humana... – Grin devolvió la pistola a su bolsillo. – Me gusta lo humano...
-¿Y qué decir de El americano impasible, otro tanto de lo mismo?.
-Es difícil permanecer impasible ante esta obra mía, lo admito...
-¿Podría firmarme un autógrafo, Mr. Greene?
-Con mucho gusto, joven. ¿Tiene usted lápiz y bolígrafo?...
El comandante retirado Grin se sintió rejuvenecido. Era tanta su satisfacción por el público y sincero reconocimiento –debía remontarse mucho tiempo atrás, a sus tiempos en la comandancia de marina de Melilla, para hallar un acto de semejante naturaleza- que optó por minimizar la infidelidad de su esposa. "Al fin y al cabo, ella es una mujer joven y atractiva", pensaba, "y yo no dejo de ser un hombre mayor y achacoso, aunque eso sí, un gran novelista y un intelectual de peso".
-¿A qué se dedica ese amable joven, Palomita? –le preguntó al día siguiente, a la hora de la cena, frente a un plato de pisto precocinado.
-Es periodista, trabaja en una emisora de radio.
-No me importaría que me llamara de su emisora para charlar con sus oyentes de literatura o de lo que sea, de todo lo divino y de lo humano, de lo pasible y lo impasible.
-Hablaré con él, no te preocupes.
-¿Pensaban que había muerto? Pues se equivocan... Hoy presentamos a nuestra audiencia de Invertido el último nada más y nada menos que a quien se proclama el verdadero Graham Greene. Mr. Greene, buenas tardes...
-Muy buenas, un saludo a todos de mi parte.
-Mr. Greene, gran escritor británico, amante de España y autor de auténticos clásicos de la literatura del siglo XX. ¿Qué tal está entre nosotros?.
-Bien, un poco de calor, eso sí.
-¿Quiere enviar algún mensaje en particular a su legión de seguidores en nuestro país?.
-Sí, tengan cuidado al cruzar la calle. Los atropellos están a la orden del día. Más vale esperar a que se ponga verde el semáforo, y esto se lo digo en particular a los chavales, a los más jóvenes. Se lo dice alguien con experiencia, con mucho rodaje en la vida. Háganme caso, por favor...
El comandante retirado Pascual Grin Palacios fue internado días más tarde en una quinta de reposo de la huerta murciana. Allí transcurrieron los últimos años de su existencia, en medio del calor y de la admiración de sus compañeros de centro. Su viuda contrajo matrimonio poco tiempo después con el periodista radiofónico de moda.
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
sábado, 23 de octubre de 2010
viernes, 15 de octubre de 2010
Ante el dolor y la muerte
Al final nos espera la muerte, esa es una realidad impepinable. Y el dolor siempre está acechándonos aunque nos dé tregua de vez en cuando. Lo cierto es que solo muere quien vive, por lo que no debemos considerar la muerte como una derrota. Es como cuando vas al cine: ¿es una derrota que al final termine la película y salgan los títulos de crédito?... Con el sufrimiento, igual: está ahí por el mero hecho de vivir con apego a uno mismo y a los seres queridos en un escenario donde hay necesidad (de comer, beber, protegerse del frío...), riesgo (de que te cortes con un cuchillo, te caiga un rayo, ingieras una ameba...), pelea (con nuestros congéneres y, cada vez menos, con otros animales) e incertidumbre (nunca sabes con certeza lo que te aguarda el mañana).
Hay que ser siempre conscientes de que el final de la vida propia llegará algún día, y de que el sufrimiento no dejará de golpearnos periódicamente para reaparecer probablemente con su mayor virulencia en los últimos instantes. Ante ello caben varias opciones: el no pensar (tipo 1), el autoengaño (tipo 2) o el intento de entender (tipo 3). Creo que lo primero y lo segundo son un error, porque no te pillan preparados para los momentos malos cuando estos llegan.
La mejor preparación consiste, a mi juicio, en intentar comprender dónde estamos, quiénes somos, cómo somos, de dónde venimos y adónde vamos; en procurar arrojar algo de luz sobre esos enigmas con el auxilio de la razón, de la experiencia (propia y ajena) y de la intuición, confiando en la ciencia sin desdeñar el poder iluminador de la meditación, la contemplación e incluso el arte. Y en hacerlo ya desde la juventud, sin esperar a la llegada de la edad madura.
Pienso que no se trata de "dar sentido o tratar de explicar el valor que ese sufrimiento puede tener" (Agus Alonso-G. dixit), sino de asumirlo totalmente como algo propio de un mundo físico hecho con estos mimbres y de acercarse a su comprensión objetiva con las herramientas antes señaladas. Eso sí, siendo conscientes de que la tarea no llegará seguramente a completarse; lo que no debe desalentarnos, puesto que el solo hecho de caminar por la senda del conocimiento -y al mismo tiempo de la aceptación del mundo, empezando por la de uno mismo- ya es una fuente de satisfacción y consuelo. El budismo, en su concepción más intelectual (dejando aparte el folclore de estatuillas, reencarnaciones y supersticiones varias), parece tener mucho que ver con esta senda.
Lo cierto es que la religiosidad suele ser casi siempre del tipo 2, generalmente asociada al cómodo tipo 1: una buena muestra del infantilismo humano y de la fuerza del miedo (poderoso caballero). No obstante, hay también casos (minoritarios, desde luego) de religiosidad del tipo 3, y no sólo en el budismo genuino sino también en otras confesiones: para ellos prefiero usar la etiqueta nada infantil de espiritualidad. Ahí es donde creo que Agus y yo, andando desde direcciones diferentes, ya nos hemos encontrado.
Hay que ser siempre conscientes de que el final de la vida propia llegará algún día, y de que el sufrimiento no dejará de golpearnos periódicamente para reaparecer probablemente con su mayor virulencia en los últimos instantes. Ante ello caben varias opciones: el no pensar (tipo 1), el autoengaño (tipo 2) o el intento de entender (tipo 3). Creo que lo primero y lo segundo son un error, porque no te pillan preparados para los momentos malos cuando estos llegan.
La mejor preparación consiste, a mi juicio, en intentar comprender dónde estamos, quiénes somos, cómo somos, de dónde venimos y adónde vamos; en procurar arrojar algo de luz sobre esos enigmas con el auxilio de la razón, de la experiencia (propia y ajena) y de la intuición, confiando en la ciencia sin desdeñar el poder iluminador de la meditación, la contemplación e incluso el arte. Y en hacerlo ya desde la juventud, sin esperar a la llegada de la edad madura.
Pienso que no se trata de "dar sentido o tratar de explicar el valor que ese sufrimiento puede tener" (Agus Alonso-G. dixit), sino de asumirlo totalmente como algo propio de un mundo físico hecho con estos mimbres y de acercarse a su comprensión objetiva con las herramientas antes señaladas. Eso sí, siendo conscientes de que la tarea no llegará seguramente a completarse; lo que no debe desalentarnos, puesto que el solo hecho de caminar por la senda del conocimiento -y al mismo tiempo de la aceptación del mundo, empezando por la de uno mismo- ya es una fuente de satisfacción y consuelo. El budismo, en su concepción más intelectual (dejando aparte el folclore de estatuillas, reencarnaciones y supersticiones varias), parece tener mucho que ver con esta senda.
Lo cierto es que la religiosidad suele ser casi siempre del tipo 2, generalmente asociada al cómodo tipo 1: una buena muestra del infantilismo humano y de la fuerza del miedo (poderoso caballero). No obstante, hay también casos (minoritarios, desde luego) de religiosidad del tipo 3, y no sólo en el budismo genuino sino también en otras confesiones: para ellos prefiero usar la etiqueta nada infantil de espiritualidad. Ahí es donde creo que Agus y yo, andando desde direcciones diferentes, ya nos hemos encontrado.
domingo, 10 de octubre de 2010
Progresismo e izquierda
Aprovechando que le han dado el Nobel a Vargas Llosa, no viene mal replantearse la definición de progresismo. Algunos dicen que el premiado es un conservador, mientras otros -con menos tino aún- aseguran que se trata de un reaccionario. Por otra parte -permítaseme la digresión- están quienes sostienen que García Márquez es mejor escritor (aseveración que muchas veces se hace sin haber leído a Vargas, e incluso sin haber leído a ambos).
Desde luego, Vargas Llosa no es un conservador ni un derechista: no puede serlo quien defiende cosas como el laicismo, la legalización de las drogas, el derecho de los homosexuales a contraer matrimonio (o como se quiera llamar) y el derecho de todo hombre o mujer a hacer en la cama lo que quiera con quien quiera siempre que sea mutuamente consentido. El hispano-peruano es, como bien dice el diputado popular José María Lassalle, un "liberal a secas", o sea la antítesis de un conservador: dicho de otro modo, un auténtico progresista (yo incluso diría que un izquierdista de verdad).
Porque ser progresista es defender un sistema político que permita a los individuos desarrollar su vida como quieran, siempre que el ejercicio de esa libertad no colisione con los derechos de otros (el vertido de lavadoras a barrancos, la circulación a 200 km/h, la ablación del clítoris o la tauromaquia son algunos ejemplos de esa colisión). Ello supone recelar siempre de la tradición, que suele ser la mejor coartada de la barbarie; y, también, sacar las religiones del espacio público, para que sólo conciernan a quienes decidan practicarlas.
Ser progresista es considerar innegociable la libertad de expresión y de culto (o no culto), así como abominar de cualquier discriminación por razón de raza, etnia, sexo, religión (o no religión), ideología u orientación sexual. Y, por supuesto, ser antinacionalista sin ambages.
Es defender un sistema basado en la igualdad de oportunidades, no para asegurar que todas las personas lleguen juntas a una misma meta (¡cada cual ha de fijarse la suya!) sino para que éstas se encuentren en la casilla de salida en igualdad de condiciones: para ello hay que procurar un acceso igualitario a la educación, los cuidados médicos, la justicia, etc.
También es progresista proponer una compensación social a quienes parten con desventaja (caso de los discapacitados), además de amparar a los más débiles (niños, ancianos, enfermos...) y a quienes se han estrellado en la vida: sólo por el mero hecho de formar parte de la comunidad, una persona debe tener derecho a vivir por encima de un umbral considerado digno. Es progresista vigilar que los fondos del Estado del bienestar lleguen a quienes realmente los necesitan, no a unos caraduras espabilados. Y propugnar reformas para asegurar la sostenibilidad de los sistemas de protección social.
Ser progresista es defender los derechos de los ciudadanos, tanto en su faceta de actores políticos como de consumidores, frente a posibles abusos de los más poderosos. Y defender esos derechos no sólo para nosotros sino también para el resto de los países del mundo. Es aborrecer la guerra, pero siendo consciente de que el mundo no es Disneylandia y de que a veces es necesario defenderse.
Ser progresista es respetar el derecho de una persona a tomar drogas sin perjudicar a nadie, a consumir pornografía (entre adultos) si le place, a optar por la eutanasia si se halla en una situación médica penosa... Es emplazar a las personas adultas a asumir su responsabilidad para conducir sus vidas sin la tutela de nadie. Y afirmar que la vida social comprende no sólo derechos sino también obligaciones; y que "quien la hace, la paga".
Es también defender la existencia de un Estado fuerte y eficaz (que no sobredimensionado), capaz de garantizar la igualdad de oportunidades, de corregir las injusticias sociales y de regular las actividades económicas sin asfixiar la iniciativa privada. Y velar por que ese Estado sea eficiente en sus funciones y esté al servicio de la comunidad, no de los empleados públicos, de los lobbies o del partido del gobernante de turno.
Ser progresista es tener un firme compromiso con el cuidado del medio ambiente, no sólo en interés propio sino por respeto a las criaturas no humanas y a las futuras generaciones. Y propugnar una manera de vivir más sostenible, saludable y plena. E impugnar este capitalismo salvaje de casino capaz de doblegar a gobiernos elegidos democráticamente... pero no para proponer infiernos como el soviético o el polpotista.
Conforme a todo lo señalado, no puede reclamarse progresista quien apoya una dictadura como la cubana o un gobierno autoritario como el venezolano, quien antepone supuestos derechos de los pueblos (que no son otra cosa que conjuntos de individuos) a los derechos de las personas, quien cree que por encima del ordenamiento legal ha de estar la tradición (caso de Evo Morales y Benedicto XVI, aunque este último no tiene la desfachatez de proclamarse progresista); por no hablar de quienes incluso justifican el régimen clerical de Irán o la esperpéntica tiranía monarco-comunista de Corea del norte.
En fin, que ya es hora de quitar la etiqueta de progresista a la izquierda antiliberal y/o nacionalista que encima se mofa de los homosexuales (cuando no los mete en campos de concentración), abraza a energúmenos como Ahmedinayad y da rodillazos en los huevos a sus rivales futbolísticos.
Desde luego, Vargas Llosa no es un conservador ni un derechista: no puede serlo quien defiende cosas como el laicismo, la legalización de las drogas, el derecho de los homosexuales a contraer matrimonio (o como se quiera llamar) y el derecho de todo hombre o mujer a hacer en la cama lo que quiera con quien quiera siempre que sea mutuamente consentido. El hispano-peruano es, como bien dice el diputado popular José María Lassalle, un "liberal a secas", o sea la antítesis de un conservador: dicho de otro modo, un auténtico progresista (yo incluso diría que un izquierdista de verdad).
Porque ser progresista es defender un sistema político que permita a los individuos desarrollar su vida como quieran, siempre que el ejercicio de esa libertad no colisione con los derechos de otros (el vertido de lavadoras a barrancos, la circulación a 200 km/h, la ablación del clítoris o la tauromaquia son algunos ejemplos de esa colisión). Ello supone recelar siempre de la tradición, que suele ser la mejor coartada de la barbarie; y, también, sacar las religiones del espacio público, para que sólo conciernan a quienes decidan practicarlas.
Ser progresista es considerar innegociable la libertad de expresión y de culto (o no culto), así como abominar de cualquier discriminación por razón de raza, etnia, sexo, religión (o no religión), ideología u orientación sexual. Y, por supuesto, ser antinacionalista sin ambages.
Es defender un sistema basado en la igualdad de oportunidades, no para asegurar que todas las personas lleguen juntas a una misma meta (¡cada cual ha de fijarse la suya!) sino para que éstas se encuentren en la casilla de salida en igualdad de condiciones: para ello hay que procurar un acceso igualitario a la educación, los cuidados médicos, la justicia, etc.
También es progresista proponer una compensación social a quienes parten con desventaja (caso de los discapacitados), además de amparar a los más débiles (niños, ancianos, enfermos...) y a quienes se han estrellado en la vida: sólo por el mero hecho de formar parte de la comunidad, una persona debe tener derecho a vivir por encima de un umbral considerado digno. Es progresista vigilar que los fondos del Estado del bienestar lleguen a quienes realmente los necesitan, no a unos caraduras espabilados. Y propugnar reformas para asegurar la sostenibilidad de los sistemas de protección social.
Ser progresista es defender los derechos de los ciudadanos, tanto en su faceta de actores políticos como de consumidores, frente a posibles abusos de los más poderosos. Y defender esos derechos no sólo para nosotros sino también para el resto de los países del mundo. Es aborrecer la guerra, pero siendo consciente de que el mundo no es Disneylandia y de que a veces es necesario defenderse.
Ser progresista es respetar el derecho de una persona a tomar drogas sin perjudicar a nadie, a consumir pornografía (entre adultos) si le place, a optar por la eutanasia si se halla en una situación médica penosa... Es emplazar a las personas adultas a asumir su responsabilidad para conducir sus vidas sin la tutela de nadie. Y afirmar que la vida social comprende no sólo derechos sino también obligaciones; y que "quien la hace, la paga".
Es también defender la existencia de un Estado fuerte y eficaz (que no sobredimensionado), capaz de garantizar la igualdad de oportunidades, de corregir las injusticias sociales y de regular las actividades económicas sin asfixiar la iniciativa privada. Y velar por que ese Estado sea eficiente en sus funciones y esté al servicio de la comunidad, no de los empleados públicos, de los lobbies o del partido del gobernante de turno.
Ser progresista es tener un firme compromiso con el cuidado del medio ambiente, no sólo en interés propio sino por respeto a las criaturas no humanas y a las futuras generaciones. Y propugnar una manera de vivir más sostenible, saludable y plena. E impugnar este capitalismo salvaje de casino capaz de doblegar a gobiernos elegidos democráticamente... pero no para proponer infiernos como el soviético o el polpotista.
Conforme a todo lo señalado, no puede reclamarse progresista quien apoya una dictadura como la cubana o un gobierno autoritario como el venezolano, quien antepone supuestos derechos de los pueblos (que no son otra cosa que conjuntos de individuos) a los derechos de las personas, quien cree que por encima del ordenamiento legal ha de estar la tradición (caso de Evo Morales y Benedicto XVI, aunque este último no tiene la desfachatez de proclamarse progresista); por no hablar de quienes incluso justifican el régimen clerical de Irán o la esperpéntica tiranía monarco-comunista de Corea del norte.
En fin, que ya es hora de quitar la etiqueta de progresista a la izquierda antiliberal y/o nacionalista que encima se mofa de los homosexuales (cuando no los mete en campos de concentración), abraza a energúmenos como Ahmedinayad y da rodillazos en los huevos a sus rivales futbolísticos.
jueves, 30 de septiembre de 2010
¿Por qué no hice huelga?
El 29-S fui a trabajar. Las opciones para ese día sólo eran dos (ir o no ir), pero la realidad es mucho más compleja que esa simple dicotomía. Lo cierto es que no fue una decisión fácil, y sigo sin estar seguro de haber hecho lo adecuado. Pero fue algo meditado. Y hecho está.
En primer lugar, me tiraba para atrás el secundar una convocatoria lanzada por los sindicatos mayoritarios en función no tanto de los intereses de los trabajadores como de los suyos propios: tenían que escenificar un distanciamiento frente al Gobierno ante reformas muy impopulares como las recientemente aprobadas y las que con toda seguridad vendrán más adelante.
También me fastidiaba que calificasen la reforma laboral de agresión intolerable cuando la situación de los contratados temporales -con 8 días de indemnización por año trabajado- ya es desde hace un puñado de años bastante lamentable. ¿Alguien se acuerda de ellos?, ¿y alguien se acuerda de los parados?... Era indignante leer en una de las hojas sindicales distribuidas en mi empresa uno de los "ganchos" para atraer a la huelga a los trabajadores fijos con mucha antigüedad y un sueldo nada desdeñable: que en vez de llevarte a casa una indemnización de 170.000 euros (45 días por año trabajado), sólo pillarías 80.000. A ver quién le cuenta esto a alguien harto de enganchar contratos temporales y de ser parasitado por ETTs; a ver quién le pide que se sume a la huelga para que unos señores o señoras puedan aumentar su patrimonio en 170.000 euros (y no en 80.000) si les despidiesen unos añitos antes de su más que garantizada jubilación.
Al final te das cuenta de que los llamados sindicatos de clase defienden sobre todo a la aristocracia obrera, la compuesta por los trabajadores de la industria y las grandes empresas, los funcionarios y los trabajadores fijos de empresas públicas. Y descubres que los intereses de la mal llamada clase trabajadora no son los mismos, por no hablar ya de los parados.
Otra cosa que me disuadía de ponerme en huelga es la demagogia sindical acerca de la reforma de las pensiones, algo inaplazable en el tiempo por el desequilibrio entre el número de beneficiarios y sostenedores del sistema. Ésta es una cuestión de pura aritmética, no de política. Y proponer que la gente que ahora tiene 40 años se jubile a los 67 en vez de a los 65 no parece un disparate, habida cuenta de que dentro de 30 años el concepto de ancianidad será seguramente diferente.
Lo que puede calificarse ya directamente como engaño es la afirmación de que si la huelga triunfaba sería posible hacer rectificar a Zapatero. Tal como está la situación, nuestro Gobierno -como todos los demás- es rehén de los mercados financieros: un paso atrás del presidente bastaría para que se nos echasen encima los gigantescos fondos de inversión y tuviésemos que recurrir al socorro del FMI (¡y éstos no ayudan gratis!). Éste es el sistema capitalista que tanto aplauden algunos y en el que tan plácidamente parece vivir (al menos hasta ahora) la mayor parte de la gente en Occidente... No es que sea imposible hacer frente a la dictadura del capital: sí que se puede, pero sólo con una acción concertada a nivel internacional, por ejemplo a través de la Unión Europea. Si un país quisiera ir por libre, puede darse ya por machacado...
Mirando las cosas por el otro lado, uno tiene claro que los sindicatos deben existir como contrapeso al empresariado, más aún en un país como España donde la calidad de los empleadores es por lo general muy mala. Aquí hay mucho botarate encorbatado incapaz de entender que sin trabajadores motivados no puede haber productividad, que no se trata de tener a sus empleados 8, 10 u 11 horas encadenados a su puesto sino de alentarles a sacar con inteligencia y flexibilidad lo mejor de sí mismos. Si no existieran los sindicatos, el mundo del trabajo sería un verdadero infierno.
Uno es además consciente de que los grandes logros sociales en Europa han sido fruto de una lucha de siglos que se ha cobrado la sangre y la vida de mucha gente: no son un regalito de quienes manejan el cotarro económico, sino una concesión (no irreversible).
Desde luego, la reforma laboral del Gobierno -eso sí, presionado desde fuera- se ha pasado varios pueblos. Con unos empresarios como los nuestros, no es de extrañar que a su amparo proliferen los abusos y la conciliación familiar se convierta en una quimera. Todo ello, para colmo, en perjuicio de la productividad de nuestra economía (¿no se pretende justamente lo contrario?). Aunque, en realidad, el de España es un problema de fondo: un sistema educativo muy deficiente, una economía excesivamente basada en la construcción, unos empresarios chapuceros, unos trabajadores poco productivos, una muy escasa inversión en I + D, un sistema judicial decimonónico, una corrupción arraigada y premiada electoralmente...
En fin, el 29-S por la mañana traspuse la barrera de seguridad de Torrespaña entre el abucheo de un grupo de piqueteros “informativos” (léase coactivos) que ni siquiera se dignaron a preguntarme si mi presencia obedecía a la fijación de servicios mínimos. La defensa de los trabajadores más débiles y de los parados no parece que sea el empeño de esta gente, más típica del cada vez más lejano siglo XX que del XXI. Algo habrá que hacer, pues...
En primer lugar, me tiraba para atrás el secundar una convocatoria lanzada por los sindicatos mayoritarios en función no tanto de los intereses de los trabajadores como de los suyos propios: tenían que escenificar un distanciamiento frente al Gobierno ante reformas muy impopulares como las recientemente aprobadas y las que con toda seguridad vendrán más adelante.
También me fastidiaba que calificasen la reforma laboral de agresión intolerable cuando la situación de los contratados temporales -con 8 días de indemnización por año trabajado- ya es desde hace un puñado de años bastante lamentable. ¿Alguien se acuerda de ellos?, ¿y alguien se acuerda de los parados?... Era indignante leer en una de las hojas sindicales distribuidas en mi empresa uno de los "ganchos" para atraer a la huelga a los trabajadores fijos con mucha antigüedad y un sueldo nada desdeñable: que en vez de llevarte a casa una indemnización de 170.000 euros (45 días por año trabajado), sólo pillarías 80.000. A ver quién le cuenta esto a alguien harto de enganchar contratos temporales y de ser parasitado por ETTs; a ver quién le pide que se sume a la huelga para que unos señores o señoras puedan aumentar su patrimonio en 170.000 euros (y no en 80.000) si les despidiesen unos añitos antes de su más que garantizada jubilación.
Al final te das cuenta de que los llamados sindicatos de clase defienden sobre todo a la aristocracia obrera, la compuesta por los trabajadores de la industria y las grandes empresas, los funcionarios y los trabajadores fijos de empresas públicas. Y descubres que los intereses de la mal llamada clase trabajadora no son los mismos, por no hablar ya de los parados.
Otra cosa que me disuadía de ponerme en huelga es la demagogia sindical acerca de la reforma de las pensiones, algo inaplazable en el tiempo por el desequilibrio entre el número de beneficiarios y sostenedores del sistema. Ésta es una cuestión de pura aritmética, no de política. Y proponer que la gente que ahora tiene 40 años se jubile a los 67 en vez de a los 65 no parece un disparate, habida cuenta de que dentro de 30 años el concepto de ancianidad será seguramente diferente.
Lo que puede calificarse ya directamente como engaño es la afirmación de que si la huelga triunfaba sería posible hacer rectificar a Zapatero. Tal como está la situación, nuestro Gobierno -como todos los demás- es rehén de los mercados financieros: un paso atrás del presidente bastaría para que se nos echasen encima los gigantescos fondos de inversión y tuviésemos que recurrir al socorro del FMI (¡y éstos no ayudan gratis!). Éste es el sistema capitalista que tanto aplauden algunos y en el que tan plácidamente parece vivir (al menos hasta ahora) la mayor parte de la gente en Occidente... No es que sea imposible hacer frente a la dictadura del capital: sí que se puede, pero sólo con una acción concertada a nivel internacional, por ejemplo a través de la Unión Europea. Si un país quisiera ir por libre, puede darse ya por machacado...
Mirando las cosas por el otro lado, uno tiene claro que los sindicatos deben existir como contrapeso al empresariado, más aún en un país como España donde la calidad de los empleadores es por lo general muy mala. Aquí hay mucho botarate encorbatado incapaz de entender que sin trabajadores motivados no puede haber productividad, que no se trata de tener a sus empleados 8, 10 u 11 horas encadenados a su puesto sino de alentarles a sacar con inteligencia y flexibilidad lo mejor de sí mismos. Si no existieran los sindicatos, el mundo del trabajo sería un verdadero infierno.
Uno es además consciente de que los grandes logros sociales en Europa han sido fruto de una lucha de siglos que se ha cobrado la sangre y la vida de mucha gente: no son un regalito de quienes manejan el cotarro económico, sino una concesión (no irreversible).
Desde luego, la reforma laboral del Gobierno -eso sí, presionado desde fuera- se ha pasado varios pueblos. Con unos empresarios como los nuestros, no es de extrañar que a su amparo proliferen los abusos y la conciliación familiar se convierta en una quimera. Todo ello, para colmo, en perjuicio de la productividad de nuestra economía (¿no se pretende justamente lo contrario?). Aunque, en realidad, el de España es un problema de fondo: un sistema educativo muy deficiente, una economía excesivamente basada en la construcción, unos empresarios chapuceros, unos trabajadores poco productivos, una muy escasa inversión en I + D, un sistema judicial decimonónico, una corrupción arraigada y premiada electoralmente...
En fin, el 29-S por la mañana traspuse la barrera de seguridad de Torrespaña entre el abucheo de un grupo de piqueteros “informativos” (léase coactivos) que ni siquiera se dignaron a preguntarme si mi presencia obedecía a la fijación de servicios mínimos. La defensa de los trabajadores más débiles y de los parados no parece que sea el empeño de esta gente, más típica del cada vez más lejano siglo XX que del XXI. Algo habrá que hacer, pues...
viernes, 24 de septiembre de 2010
Positivity
S.coincidió el otro día conmigo en que mis últimos posts rezumaban un cierto resentimiento, en que todo eran palos a diestro y siniestro, en que parecía no haber lugar para la ternura; en fin, que el blog podía empezar a resultar algo fastidioso. Yo ya lo había apreciado, y luego J. me lo confirmó. Pero cuando se lo conté a M., amenazó con dejar de leerme si abandonaba la línea corrosiva. La verdad es que J. estaba de acuerdo con el contenido, pero ponía acertadamente el dedo en la llaga: "Aunque sea verdad lo que cuentas, públicamente queda mal decir algunas cosas". Y es que siempre es más cómodo y socialmente menos arriesgado hacer un discurso vacío y lleno de 'buenismos' y topicazos que pronunciarse como lo hacen Fernando Vallejo o Arturo Pérez-Reverte dando mandobles a un lado y a otro.
Presa de esa inquietud, me tumbé anoche en el sofá y no tardé en entrar en una extraña especie de duermevela. Sucesivos fogonazos penetraban en mi mente para iluminar mi entendimiento sobre un montón de cosas muy diversas: vi con absoluta claridad que en España le puedes comprar a un desconocido un coche usado sin temor, que el mérito prima siempre aquí sobre los enchufes, que la circulación por nuestras carreteras es maravillosa -gracias sobre todo a la educación de nuestros conductores-, que la gente que escribe libros de cátaros, templarios y esoterismo no lo hace para ganar dinero sino para crear belleza, que aquí nadie se hace rico a costa de la estupidez (con perdón) del prójimo, que un buen libro de Ética debe presentarse siempre en una plaza de Toros, que si Cuba está tan mal económicamente es sólo por el bloqueo norteamericano, que la mayor parte de nuestros empresarios son unos grandes emprendedores generadores de riqueza, que Pedro J. Ramírez es una bellísima persona, que todos los delincuentes no dejan de ser víctimas obligadas a delinquir para dar de comer a sus hijos, que los países ricos sólo lo son porque explotan a otros, que los países pobres sólo lo son porque son explotados por otros, que los gitanos rumanos son en su totalidad buena gente que no crea problemas a nadie, que el Islam es una religión de paz, que el catolicismo ha sido una bendición para Latinoamérica, que los occidentales somos malos y los demás son buenos, que la gente ve telebasura no porque le guste sino porque se la ponen (si no, verían documentales de anfibios o cine expresionista checo), que los norteamericanos son casi todos tontos e incultos -no como nosotros los españoles, que somos todos listos y cultos-, que el deporte de elite es un medio para unir a los pueblos y dar buen ejemplo a los niños, que los sindicatos se preocupan sobre todo de los más débiles (contratados temporales y parados), que el fundador del PNV era un gran sabio, que a los nacionalistas catalanes les preocupa mucho la felicidad de los animales, que no existe un nacionalismo español, que Juan Antonio Samaranch fue siempre un demócrata convencido, que el lugar más seguro para un niño es una sacristía, que la gente del medio rural es siempre más humana y noble que la de la ciudad, que nuestras Universidades son las mejores del mundo, que Damian Hirst es un artista sublime -y también la española Esther Ferrer-, que "Lucía y el sexo" es un producto exquisito de un lirismo extraordinario (Carlos Boyero no ha llegado a entender a Medem, como yo acababa de hacerlo)...
Agotado mentalmente por tal bombardeo de verdades, que debió durar horas, volví de pronto al estado de vigilia. Entonces pensé: "Qué bien vivir en este mundo, y sobre todo en España (en Italia o México tampoco estaría mal), con tanta verdad, tanta justicia, tanta inteligencia, tanta bondad y generosidad". Por entre las cortinas se colaban unos rayos de luz: ya había amanecido. Las descorrí y vi un cielo de un azul intenso. Los pajarillos cantaban, y la brisa mecía las hojas de los chopos de enfrente. Entonces me dije: "Bueno, aunque todo fuera al revés (¡que no lo es!), qué mañana más estupenda hace. Hoy voy a subir con mi hijo a la sierra para dar un rico paseo por el bosque, hacer un pícnic y jugar con los cromos del Mundial de fútbol... ¡qué bien nos lo pasaremos!".
Presa de esa inquietud, me tumbé anoche en el sofá y no tardé en entrar en una extraña especie de duermevela. Sucesivos fogonazos penetraban en mi mente para iluminar mi entendimiento sobre un montón de cosas muy diversas: vi con absoluta claridad que en España le puedes comprar a un desconocido un coche usado sin temor, que el mérito prima siempre aquí sobre los enchufes, que la circulación por nuestras carreteras es maravillosa -gracias sobre todo a la educación de nuestros conductores-, que la gente que escribe libros de cátaros, templarios y esoterismo no lo hace para ganar dinero sino para crear belleza, que aquí nadie se hace rico a costa de la estupidez (con perdón) del prójimo, que un buen libro de Ética debe presentarse siempre en una plaza de Toros, que si Cuba está tan mal económicamente es sólo por el bloqueo norteamericano, que la mayor parte de nuestros empresarios son unos grandes emprendedores generadores de riqueza, que Pedro J. Ramírez es una bellísima persona, que todos los delincuentes no dejan de ser víctimas obligadas a delinquir para dar de comer a sus hijos, que los países ricos sólo lo son porque explotan a otros, que los países pobres sólo lo son porque son explotados por otros, que los gitanos rumanos son en su totalidad buena gente que no crea problemas a nadie, que el Islam es una religión de paz, que el catolicismo ha sido una bendición para Latinoamérica, que los occidentales somos malos y los demás son buenos, que la gente ve telebasura no porque le guste sino porque se la ponen (si no, verían documentales de anfibios o cine expresionista checo), que los norteamericanos son casi todos tontos e incultos -no como nosotros los españoles, que somos todos listos y cultos-, que el deporte de elite es un medio para unir a los pueblos y dar buen ejemplo a los niños, que los sindicatos se preocupan sobre todo de los más débiles (contratados temporales y parados), que el fundador del PNV era un gran sabio, que a los nacionalistas catalanes les preocupa mucho la felicidad de los animales, que no existe un nacionalismo español, que Juan Antonio Samaranch fue siempre un demócrata convencido, que el lugar más seguro para un niño es una sacristía, que la gente del medio rural es siempre más humana y noble que la de la ciudad, que nuestras Universidades son las mejores del mundo, que Damian Hirst es un artista sublime -y también la española Esther Ferrer-, que "Lucía y el sexo" es un producto exquisito de un lirismo extraordinario (Carlos Boyero no ha llegado a entender a Medem, como yo acababa de hacerlo)...
Agotado mentalmente por tal bombardeo de verdades, que debió durar horas, volví de pronto al estado de vigilia. Entonces pensé: "Qué bien vivir en este mundo, y sobre todo en España (en Italia o México tampoco estaría mal), con tanta verdad, tanta justicia, tanta inteligencia, tanta bondad y generosidad". Por entre las cortinas se colaban unos rayos de luz: ya había amanecido. Las descorrí y vi un cielo de un azul intenso. Los pajarillos cantaban, y la brisa mecía las hojas de los chopos de enfrente. Entonces me dije: "Bueno, aunque todo fuera al revés (¡que no lo es!), qué mañana más estupenda hace. Hoy voy a subir con mi hijo a la sierra para dar un rico paseo por el bosque, hacer un pícnic y jugar con los cromos del Mundial de fútbol... ¡qué bien nos lo pasaremos!".
domingo, 19 de septiembre de 2010
Peligro: estúpidos sueltos
La primera de las leyes fundamentales de la estupidez humana formuladas por el economista italiano Carlo Cipolla reza: "Siempre e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo". Y la cuarta afirma: "Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas". En consecuencia, un no estúpido debería suscribir necesariamente la opinión de Borges acerca de la democracia: un "abuso de la estadística" basado en el error de dar igual valor al voto de Belén Esteban (una mujer del PPueblo, como bien sabemos) que al del estimado individuo que me honra con la lectura de estos párrafos.
Pero los estúpidos no se contentan con refrendar con sus actos u omisiones (votando -o no haciéndolo-, consumiendo irresponsablemente y pasando olímpicamente de casi todo) a unos políticos nefastos, unos empresarios diazmarsanianos, unos corruptos impresentables, unos "creadores" y "artistas" de medio pelo y, a la postre, un orden socioeconómico mundial profundamente injusto e insostenible; algunos hasta se permiten pontificar públicamente con todo el desparpajo lo mismo de política tributaria que de neutrinos, del conflicto kurdo o de los chemtrails. Y han encontrado en Internet un paraíso para campar impunemente a sus anchas: entran en la Wikipedia para reventar de mala fe el trabajo de mucha gente o contribuir de manera bienintencionada con sandeces de toda índole a cuál más risible; se inmiscuyen en retransmisiones en directo, en foros y en blogs serios para insultar o, en el mejor de los casos, hacer apuntes de lo más estúpido, plagados de disparates y de faltas de ortografía y con la sintaxis de un niño de seis años; y a veces crean incluso sus propias páginas en las que vuelcan sin complejos su basura esperando un reconocimiento que a veces, en virtud de la querencia social por la coprofagia, termina por producirse.
Lo único que podemos hacer es volver a Cipolla y tomarle la palabra: "Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error". Avisados estamos.
Pero los estúpidos no se contentan con refrendar con sus actos u omisiones (votando -o no haciéndolo-, consumiendo irresponsablemente y pasando olímpicamente de casi todo) a unos políticos nefastos, unos empresarios diazmarsanianos, unos corruptos impresentables, unos "creadores" y "artistas" de medio pelo y, a la postre, un orden socioeconómico mundial profundamente injusto e insostenible; algunos hasta se permiten pontificar públicamente con todo el desparpajo lo mismo de política tributaria que de neutrinos, del conflicto kurdo o de los chemtrails. Y han encontrado en Internet un paraíso para campar impunemente a sus anchas: entran en la Wikipedia para reventar de mala fe el trabajo de mucha gente o contribuir de manera bienintencionada con sandeces de toda índole a cuál más risible; se inmiscuyen en retransmisiones en directo, en foros y en blogs serios para insultar o, en el mejor de los casos, hacer apuntes de lo más estúpido, plagados de disparates y de faltas de ortografía y con la sintaxis de un niño de seis años; y a veces crean incluso sus propias páginas en las que vuelcan sin complejos su basura esperando un reconocimiento que a veces, en virtud de la querencia social por la coprofagia, termina por producirse.
Lo único que podemos hacer es volver a Cipolla y tomarle la palabra: "Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error". Avisados estamos.
lunes, 13 de septiembre de 2010
¡Es el contenido, estúpido!
Hace unos meses tuve la oportunidad de conocer a Alfonso Guerra (como diría Borges, el hermano de Juan), quien nos recibió en su despacho en el Congreso para hablar de la Transición. Al final, el hombre se empeñó en que viéramos un vídeo en su ordenador. No podía evitar troncharse con la exposición de las magníficas prestaciones de un Dispositivo de Conocimiento Bioóptico Organizado, también llamado Book: o sea, lo que todos conocemos con el nombre vulgar de 'libro'. El vídeo, bastante ingenioso, pretendía ser una crítica irónica del libro electrónico. Pero también, sin pretenderlo, es el reflejo de una incapacidad de la intelectualidad (o presunta intelectualidad) más rancia para entender que una cosa es el formato o soporte de una obra creativa y otra bien distinta su contenido.
Precisamente hoy, Diego Manrique publica en 'El País' una 'Guía del rock para idiotas' en la que se burla con razón del cliché que reza "Yo sólo escucho música en vinilo". Manrique dice: "Derivar el énfasis hacia el soporte revela inclinaciones fetichistas". Lo cierto es que yo prefiero leer en formato digital -¡en cualquiera de ellos!- las "Cartas de una desconocida" (Zweig) que degustar en papel las "Cartas a un joven español" (Aznar) o el listín telefónico de Zamora, por muy bonitas y cuidadas que sean las ediciones de estos dos últimos textos. Como no soy un coleccionista ni Naomi Campbell, me interesan las obras escritas mucho más por su contenido que por el soporte en que se presentan.
No niego las magníficas prestaciones de un libro en comparación con una tablilla de arcilla, un rollo de papiro o un pergamino; sobre todo, por la comodidad para leerlo. Pero es que el libro electrónico tiene también muchas ventajas que pueden convertirlo en pocos años en el formato dominante. Estando en casa, la lectura de un e-book en un Kindle o un iPad no me parece más incómoda que la de un libro de papel. Además, en gadgets como el de Steve Jobs -empeñado en vestir como un estudiante de Biología a diferencia de verdaderos emprendedores de punta en blanco como César Alierta- puedes almacenar cientos de obras y acceder rápidamente a cualquier pasaje de cualquiera de ellas que te apetezca. Encima, hay un ahorro en el uso de papel. Eso sí, dependes de una batería; pero para leer un libro convencional también hace falta luz cuando se hace de noche y no tienes a tu lado al autor de "Cartas a un joven español".
Este rechazo al e-book es parte de la aversión a la informática todavía presente en algunos escritores e intelectuales (supuestos), que deben pensar que la literatura creada en un ordenador es per se inferior a la elaborada con máquina de escribir, lápiz o bolígrafo, por no hablar de la realizada con pluma de ganso y tintero. Hay quienes aún abominan, más por desconocimiento que por estupidez, de cualquier cosa que tenga que ver con Internet como los blogs o las redes sociales. El 90% (puede que incluso más) de lo que hay en Internet es basura, pero eso no es culpa de la fantástica red de redes sino de los generadores y consumidores de contenidos basura.
Precisamente hoy, Diego Manrique publica en 'El País' una 'Guía del rock para idiotas' en la que se burla con razón del cliché que reza "Yo sólo escucho música en vinilo". Manrique dice: "Derivar el énfasis hacia el soporte revela inclinaciones fetichistas". Lo cierto es que yo prefiero leer en formato digital -¡en cualquiera de ellos!- las "Cartas de una desconocida" (Zweig) que degustar en papel las "Cartas a un joven español" (Aznar) o el listín telefónico de Zamora, por muy bonitas y cuidadas que sean las ediciones de estos dos últimos textos. Como no soy un coleccionista ni Naomi Campbell, me interesan las obras escritas mucho más por su contenido que por el soporte en que se presentan.
No niego las magníficas prestaciones de un libro en comparación con una tablilla de arcilla, un rollo de papiro o un pergamino; sobre todo, por la comodidad para leerlo. Pero es que el libro electrónico tiene también muchas ventajas que pueden convertirlo en pocos años en el formato dominante. Estando en casa, la lectura de un e-book en un Kindle o un iPad no me parece más incómoda que la de un libro de papel. Además, en gadgets como el de Steve Jobs -empeñado en vestir como un estudiante de Biología a diferencia de verdaderos emprendedores de punta en blanco como César Alierta- puedes almacenar cientos de obras y acceder rápidamente a cualquier pasaje de cualquiera de ellas que te apetezca. Encima, hay un ahorro en el uso de papel. Eso sí, dependes de una batería; pero para leer un libro convencional también hace falta luz cuando se hace de noche y no tienes a tu lado al autor de "Cartas a un joven español".
Este rechazo al e-book es parte de la aversión a la informática todavía presente en algunos escritores e intelectuales (supuestos), que deben pensar que la literatura creada en un ordenador es per se inferior a la elaborada con máquina de escribir, lápiz o bolígrafo, por no hablar de la realizada con pluma de ganso y tintero. Hay quienes aún abominan, más por desconocimiento que por estupidez, de cualquier cosa que tenga que ver con Internet como los blogs o las redes sociales. El 90% (puede que incluso más) de lo que hay en Internet es basura, pero eso no es culpa de la fantástica red de redes sino de los generadores y consumidores de contenidos basura.
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