domingo, 17 de junio de 2018

¿Selección artificial de humanos?


Ya escribí en este blog que los perros son en promedio mejores que los humanos, lo que paradójicamente ha sido posible gracias a la acción de nuestros congéneres. La clave ha sido la selección artificial: a partir del lobo hemos esculpido seres como el labrador retriever que nos aventajan con creces en apacibilidad, fidelidad, bondad y nobleza. Si podemos convertir a los lobos en perros y a las pequeñas y ácidas manzanas silvestres en frutos mucho más carnosos y sabrosos, ¿por qué no guiar la evolución de la humanidad?

La presencia entre nosotros de psicópatas y sádicos violentos se explica porque la selección natural ha premiado estos rasgos, al ofrecer indudables ventajas evolutivas (la carencia de empatía y escrúpulos hace más fácil la propagación de los genes). Pero es cierto que también los rasgos cooperativos y empáticos han sido seleccionados naturalmente por ser ventajosos para la supervivencia. Existe pues un delicado equilibrio evolutivo merced al cual siempre hay buenos y malos: la selección natural asegura la pervivencia de unos y otros.

¿Y si recurrimos a la selección artificial para mejorar conductualmente al Homo sapiens? De entrada, la idea tiene resonancias siniestras: todos los intentos de ingeniería social siempre han acabado en un infierno. Pero no deja de ser una propuesta teóricamente factible que acaso en medio milenio (unas veinte generaciones) ya podría arrojar sus frutos en forma de humanos mejorados: cooperativos, leales, empáticos, menos violentos... Ahora bien, ¿quién haría de seleccionador? Si es un humano o grupo de humanos el que decide, nos exponemos a un sesgo seguro y a resultados del todo indeseables (más allá del límite razonable de una mejora conductual). Confiar la tarea a una inteligencia artificial podría ser más fiable, pero no pueden descartarse efectos igualmente dantescos. Quizá solo una inteligencia extraterrestre muy superior a la nuestra (tanto tecnológica como éticamente) afrontaría este reto con garantías de éxito.

Para seleccionar no haría falta matar (aunque la ejecución en frío de brutales asesinos y torturadores a mí no me plantea dudas morales sino estéticas: no está bien solo porque queda feo). Bastaría con esterilizar y así impedir la replicación de genes indeseables. O con manipular genéticamente las células germinales, lo que permitiría acortar el tiempo de mejora de la especie. Hacer esto sin coacción y violencia sería imposible, de ahí que afrontase tanta resistencia social como la epistocracia (todo intento de restringir el sufragio universal para que solo vote la gente medianamente informada sería combatido a muerte por los partidos populistas, con el apoyo indignado de buena parte de las masas*). Aunque, ¿acaso no es necesaria la coacción para llevar a un delincuente ante un juez y luego a la celda de una prisión?

También hay un problema técnico no menor: la pleiotropía, merced a la cual rasgos físicos y mentales no relacionados son expresados por un mismo gen. Por ejemplo, los perros más apacibles y nobles tienen las orejas caídas (las escasas experiencias de domesticación de zorros arrojan resultados similares). Eliminar los genes de la propensión a la agresividad (por cierto, dudo que esta sea mala en pequeñas dosis) podría afectar a otros rasgos beneficiosos y condenarnos a la extinción a largo plazo: la ciega selección natural se acabaría imponiendo a la artificial.

En suma, que la fuerte oposición social y los elevados riesgos asociados (sobre todo, esto último) hacen que aquí sea aplicable el dicho de "experimentos con gaseosa". Parece que lo más razonable es asumir la existencia de la maldad y acostumbrarnos a convivir con ella; eso sí, teniéndola bien controlada con leyes, educación e instituciones sólidas para evitar paraísos de psicópatas, imbéciles morales y fanáticos.

*Otra buena parte de las masas ni se inmutaría: le importaría un bledo mientras estuviera bien abastecida de basura televisiva y digital.