domingo, 13 de enero de 2013

¡Cooperad, cooperad, malditos!

Este pasado miércoles tocaba reparto en mi grupo de consumo ecológico, así que a las 18.30 me acerqué a la casa del miembro del grupo adonde siempre llega el pedido conjunto y en la que alguien se encarga -nos vamos rotando- de preparar las cajas de todos. Como la quincena anterior, abrí la puerta corredera de fuera (no estaba cerrada por dentro), grité un "¡Hola!" no correspondido (no había nadie dentro), cogí las cajas con mi nombre que estaban junto al porche, las cargué en el coche, cerré la puerta y regresé a casa.

En el camino de vuelta pensaba que si yo fuese un chorizo me podría haber llevado parte de las cajas de los otros, incluso todas ellas; hasta podría haber entrado en la casa y robado en su interior, y ya de paso haber vandalizado a diestro y siniestro. Claro, si mi compañero de trabajo A.C. me había propuesto para cubrir una de las bajas en el grupo era porque se fiaba de mí, porque tras cuatro años de conocernos consideraba que yo era alguien digno de confianza. Quizá no se lo hubiese comentado a un tipo con la conducta de Torrente.

Mi amigo L.G. me contaba esta misma mañana por teléfono que su cooperativa canaria de producción ecológica estaba negociando con otro productor similar un acuerdo que sería potencialmente beneficioso para ambos (y, por ende, para sus clientes). Él insistía en la necesidad de anteponer la cooperación a la competencia, algo que parece ir contracorriente en un mundo donde solo se valora la lucha, la competitividad, el ser el primero a toda costa. Mi amigo tenía razón, por supuesto. Pero yo le insistía en que para cooperar y no salir escaldado es imprescindible la confianza; y la confianza hay que ganársela, no se puede dar por sentada. Aunque es cierto que muchas veces tenemos que asumir riesgos dando oportunidades a la gente: es lo mismo que ocurre cuando iniciamos una relación sentimental. Es muy triste, e injusto para otras personas, ir siempre por la vida viendo solo en el prójimo a un potencial competidor o enemigo. Como bien me decía L. G., si apuestas y te fallan ya habrá tiempo para cagarse en esa persona -o entidad- y seguir apostando por otras (¡no nos queda otra que seguir haciéndolo!).

Es lógico que tengamos prevenciones ante gente que no conocemos, ni siquiera de oídas. Si yo tuviera que irme en coche a La Bañeza (León) y se ofreciera a llevarme un chófer con la pinta de Carromero, optaría por rechazar amablemente su invitación. Pero si lo hiciera un tercero recomendado por alguien de confianza, seguro que aceptaría y me quedaría mucho más tranquilo. Y tras el viaje, yo sería uno más en recomendarle a amigos y conocidos que requiriesen de sus servicios, ensanchando de ese modo su círculo de reputación.

Lo cierto es que tras mi ingreso en el grupo de consumo yo me estoy beneficiando de unos productos mucho mejores (no solo más sanos sino también más ricos) e incluso más baratos que los convencionales. Al mismo tiempo estoy favoreciendo al grupo de consumo, que necesita hacer un pedido mínimo quincenal de 300 euros para que no le carguen gastos de envío. Y también a la cooperativa que nos suministra, la navarra Gumendi, y por tanto a toda la gente que da empleo. La cooperación es una buena opción en estos tiempos de crisis, pero para ello es necesario extender redes de confianza cada vez más amplias, construidas sobre la reputación de las personas y las organizaciones de las que estas forman parte. Las redes sociales en Internet pueden ayudar mucho a este respecto.

Mi amigo Alejandro Caparrós, economista del CSIC, publicó hace años un interesante estudio, utilizando como modelo de análisis el dilema del prisionero, que concluye que los llamados kantianos (los agentes que cooperan solo por una convicción moral) tienden a desaparecer del mapa en un escenario donde hay otros que engañan y se portan mal: solo sobrevivirían junto a estos últimos los llamados kropotkinianos, que cooperan por su propio interés y son capaces de detectar a los malos para mantenerlos a raya. O sea, que no hace falta que seamos ángeles para vivir de una manera más amable. ¿A qué esperan para cooperar?... Solo por comer los exquisitos plátanos ecológicos de Canarias bien vale la pena.

1 comentario:

  1. Hola Nico, si lo he entendido bien, si todos cooperan, ganan todos, si nadie coopera, pierden todos. Si todos cooperan menos uno, ese gana más que en el primer caso. Hay un incentivo a no cooperar, especialmente para los que se crean más listos que los demás.

    El problema es que puede haber muchos que se crean que pueden ser esa excepción. Entiendo que es por esa razón por la que deben existir las normas y las leyes, que en ocasiones obligan a cooperar, (por ejemplo la obligación de pagar impuestos).
    Siempre hay algún capullo. Es una variable con la que hay que contar.

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