viernes, 20 de marzo de 2015

Gracias a la nada, que me ha dado tanto


Hace un año supe de la publicación de Un Universo de la nada, libro del físico estadounidense Lawrence Krauss, tal como refería tangencialmente en una entrada en la que denunciaba el asalto permanente de legiones de trolls a los minoritarios contenidos de calidad de Internet. Tras escuchar un vídeo de Krauss (ver arriba) me hice con el libro, que está redactado de manera excelente y muy didáctica (el físico de Nueva York se encuentra en la división de honor de los grandes divulgadores científicos mundiales vivos, junto a compatriotas como Brian Greene y Michio Kaku o los británicos Stephen Hawking, Paul Davies y Richard Dawkins). Y hoy quiero hablarles del concepto fundamental de ese texto: nada menos que... ¡la nada!

Para empezar, la nada no es lo que parece: o sea, no es nada sino algo. Si lográramos vaciar completamente de materia/energía un trocito de espacio, siempre nos encontraríamos con la llamada energía de vacío, responsable de las fluctuaciones cuánticas: una especie de agitación siempre presente en lo más íntimo de todos los rincones del Universo, procedente del misterioso horno cuántico en el que se cuece la realidad y donde conceptos como espacio y tiempo pierden su significado.

Ese horno cuántico, en la escala de longitud de Planck (próxima a la presunta distancia más corta posible: 10 elevado a menos 35 metros) y la escala de tiempo de Planck (próxima al presunto intervalo más breve posible: 10 elevado a menos 44 segundos), es un hervidero de partículas virtuales de signo opuesto que aparecen y desaparecen, anulándose entre sí, en un lapso brevísimo. Pero, al hacerlo, tienen efectos sobre el mundo real. Buena parte de la masa de los protones (componentes junto a los neutrones y electrones de toda la materia conocida: desde las estrellas hasta nuestros cuerpos) es fruto de la acción de gluones virtuales. Las descargas electrostáticas, que nos son tan familiares al salir del coche y cerrar con llave, son también producto de fotones virtuales (los fotones reales, en cambio, son los portadores de la radiación electromagnética: desde las ondas de radio a los rayos gamma pasando por la luz visible). Al igual que otros muchos fenómenos como el efecto Casimir o la radiación de Hawking (luz irradiada en el borde de un agujero negro).

Podría decirse esquemáticamente que las partículas virtuales son perturbaciones en los campos de fuerza que causan efectos físicos observables en las partículas reales (rizos en los campos de fuerza, mucho más duraderas y estables que las virtuales), como su repulsión/atracción o el valor de su masa. Y que a veces, cuando los niveles de energía son muy altos (caso del borde de un agujero negro, de los instantes iniciales del Universo o de los choques de protones dentro del acelerador de partículas del CERN), llegan a generar de la nada partículas reales de materia o antimateria: eso sí, siempre respetando el principio de conservación de la energía, que es una ley sagrada del Cosmos.

Según el físico ruso Andrei Linde, artífice junto a Alan Guth de la teoría de la inflación cósmica, nuestro Universo sería fruto de una fluctuación cuántica microscópica (con una pequeñísima asimetría inicial sin la cual dicha fluctuación habría regresado literalmente a la nada, al anularse entre sí partícula y antipartícula virtuales) amplificada en un periodo de tiempo brevísimo por una monstruosa expansión exponencial. Ahí está la semilla de las galaxias, de las estrellas, de la vida y de la inteligencia... ¡pero no solo de nuestro universo sino de cualquier otro! De hecho, la inflación cósmica apunta a la existencia de un Multiverso en el que estarían naciendo sin parar -eternamente, según Alexander Vilenkin- nuevos universos.

En su libro, Lawrence Krauss no dice una sola palabra de qué podría haber detrás de ese hervidero cuántico en el que surgen partículas virtuales que a veces se hacen reales y, tal como sostiene Linde, incluso podrían dar lugar a nuevos universos. Y no lo hace porque no hay evidencia alguna al respecto: por ahora se trata de una cuestión metafísica más que científica. Pero es natural tener la curiosidad de preguntarse qué diablos habrá por debajo de la escala de Planck en cada uno de los puntos más diminutos del Universo: ¿aspirantes a universos con toda su potencialidad, en los que ya están inscritos tanto los seres inteligentes que los albergarán -si es el caso- como lo que éstos se empeñan ingenuamente en catalogar como pasado, presente y futuro?, ¿todos los posibles aspirantes a universos, acuñados por una troqueladora matemático-platónica (que dejaría en ellos su impronta) con diferentes valores de sus parámetros físicos, listos para salir al escenario del espacio-tiempo conforme a un generador de números aleatorios o alguna programación más compleja?...

Cambia "vida" por "nada" en la canción de Violeta Parra y tendrás una letra más profunda y no menos emotiva:

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