viernes, 19 de junio de 2026

¿Psicodelia como llave de salida de Matrix?


Las sustancias psicodélicas siguen rodeadas del mismo halo de misterio que cuando las consumían los antiguos chamanes americanos o los iniciados de Eleusis, hogar en la Antigua Grecia de los llamados cultos eleusinos. Son productos fabricados por la naturaleza que tienen la capacidad de transportar a quienes los consumen a estados alterados (no funcionales) de la consciencia. No es de extrañar que su ingesta lleve a creer en la existencia de paraísos e infiernos ultramundanos. Porque lo que perciben quienes consumen ayahuasca, mescalina, LSD, psilocibina, derivados del cornezuelo del centeno o veneno de sapo bufo es otra realidad en la que espacio y tiempo parecen difuminarse, en la que sujeto y cosa observada se funden en algo indistinguible, en la que aparecen entidades y objetos más propios del mundo de los sueños. El chamán en trance no miente, lo que ve y siente es más que real: es superreal, ya que se trata de una realidad mucho más rica y vívida.

Algunos de quienes creen que vivimos en una simulación sostienen que los psicodélicos pueden ser una llave para salir de Matrix, como la pastilla roja de la célebre película. Quizá nos pongan al borde de la salida tanto como las experiencias cercanas a la muerte, las visiones causadas por los ataques de esquizofrenia o apoplejía, la hipnosis o el orgasmo. ¿Pero cómo actúan estas sustancias para llevarnos a esos estados? La neurociencia nos dice que actúan al unirse a los receptores de serotonina de nuestra corteza cerebral: así logran alterar nuestra conectividad neuronal, poniendo en comunicación áreas cerebrales que no interactúan normalmente y silenciando redes que están encendidas por defecto. Lo paradójico es que las investigaciones científicas constatan que experiencias muy vívidas como las psicodélicas o las cercanas a la muerte están aparejadas con una actividad cerebral muy reducida, lo que pone en tela de juicio la concepción materialista del cerebro como productor de contenidos y apunta más bien a su posible condición de receptor (a modo de una antena), en línea con planteamientos idealistas. 

El filósofo Philip Goff resume su reciente experiencia con el veneno de sapo bufo como una disolución (angustiosa, por cierto) del yo. Por su parte, el neurocientífico Christof Koch apunta que tras su ingesta de ayahuasca tomó clara consciencia de formar parte de algo mucho más grande: de hecho, ese suceso marcó el abandono de su visión materialista del mundo. La experiencia psicodélica del filósofo Bernardo Kastrup aúna ambas cosas, subrayando el pánico en la primera fase (disolución del yo) y el estado beatífico en la segunda (integración con una supuesta alma universal). Ese proceso puede ser el mismo que el de morir, tal como refieren personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte.

Hace tiempo escribí en este blog sobre la relación entre psicodelia, realidad y sueños. Allí apuntaba la tesis del psicofisiólogo Stephen LaBerge de que el sueño es una percepción no constreñida por los inputs sensoriales mientras que la percepción es un sueño sí constreñido por estos. La realidad que tan tangible nos parece no deja de ser para el neurocientífico materialista Anil Seth una "alucinación controlada", una fabricación del cerebro funcional para la supervivencia. La realidad última o noumenos, sea lo que sea (si acaso existe), estaría fuera siempre de nuestro alcance cognitivo en condiciones normales. Pero lo cierto es que las drogas psicodélicas nos sacan de esa normalidad, del "corsé de la rutina psíquica" en palabras de Antonio Escohotado. 

¿Y qué hay en esas regiones fronterizas de la mente? ¿Nos acercamos en ese viaje al estado base de una supuesta alma universal?... ¿Accedemos aun sustrato permanente compartido por toda consciencia, una especie de inconsciente colectivo como el postulado por Carl Jung?... Como decía Hamlet a su amigo Horacio, "hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que contempla tu filosofía". Una afirmación que pone nervioso hasta al cientificista mas flemático.