lunes, 24 de diciembre de 2012

Pasado eterno

Finca de San José y Cementerio de Vegueta, 1890-1895
Hay algo en esta foto que me impresiona. Cuando se tomó, hace más de 120 años, ese lugar estaba en las afueras de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. El fotógrafo que retrató el pequeño cementerio nunca podría haber imaginado el aspecto actual de su entorno, totalmente urbanizado e integrado en una bulliciosa ciudad de 400 mil habitantes. Al hacer el ejercicio de transportarme con la imaginación a ese instante, para ver en color esas nubes, esas palmeras, ese mar (para sentir incluso su brisa), constato que Benito Pérez Galdós seguía vivo en la lejana Madrid, que Hitler y Franco eran unos niños muy pequeños (el primero en Austria, el segundo en Galicia), que la Primera Guerra Mundial se acercaba al Viejo Continente sin prisa pero sin tregua y, sobre todo, que quedaban por nacer personas (entre ellas, dos de mis abuelos) cuyos cuerpos acabarían siendo depositados entre esos muros blancos. El momento capturado por la foto invita a pensar en la naturaleza del espacio-tiempo. ¿Cómo podemos afirmar, encerrados en la cárcel de los sentidos con nuestro muy limitado entendimiento, que ese instante en el que no había rastro alguno de nuestras vidas ya no existe?

lunes, 17 de diciembre de 2012

La moneda, la cena y el abuelo



Ya no la tenía, la había perdido después de quince años de fiel custodia. Hacía apenas media hora que la había palpado, alojada en el bolsillo izquierdo de sus vaqueros, mientras paseaba por la playa. La moneda del abuelo estaba ahora confundida con la arena, quizá pronta a ser arrastrada por la marea para quedar a merced de los elementos hasta el final de los días del planeta, cuando este fuese devorado por el Sol. Desanduvo sus pasos angustiado, escrutando cada palmo de suelo con la remota esperanza de encontrarla, pero sus esfuerzos fueron en vano. Ahora tenía la certeza de que aquel pequeño trocito de metal con inscripciones se había apartado de él para siempre. Como lo hiciera su abuelo meses después de confiarle aquel objeto. “Conforme pase el tiempo la estimarás más valiosa. Un día se la darás a tu hijo y le contarás que era de su bisabuelo. Y me recordarás”. Ya no sería posible. Recorrió de nuevo toda la playa para acabar rendido a la pérdida. Entonces, sentado desolado sobre la menguante arena seca, con el Sol sumergiéndose en el horizonte marino, le llegó el olor a la cena. Miró a su casa, todavía perfilada sobre las rocas, donde debían estar sus padres, y pensó: "¿Perderé también este olor algún día?".

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El olor a aquella cena de su niñez ya lo había olvidado cuando se fue a vivir muchos años después a un país lejano. No era consciente de esa pérdida, puesto que ya se había borrado de su memoria aquella última tarde con la moneda de su abuelo en los bolsillos. La moneda debía yacer en el fondo del mar, roída por el óxido, a la deriva como todas las demás cosas materiales del mundo, huérfana de unos bolsillos ya inexistentes (los de su abuelo y los suyos de niño) ¿Y el olor de esa cena? También a la deriva, en este caso toda la eternidad, en el limbo de las cosas inmateriales que alguna vez se alumbraron fugazmente: junto al miedo de un hoplita griego, el sueño de una doncella babilonia o los acordes de la nana cantada a un bebé chino del siglo III. Un limbo al que un día se reintegrará, cuando él mismo ya no esté vivo, el recuerdo de su abuelo.

viernes, 7 de diciembre de 2012

¿Quién hizo el lazo?


"Las mismas ciudades de Galitzia que yo había conocido en ruinas en 1915 se levantaban nuevas y resplandecientes; me di cuenta de que diez años, que en la vida de un individuo constituyen un período de tiempo considerable, en la vida de un pueblo no son más que un abrir y cerrar de ojos. En Varsovia no se veía ninguna huella de que la hubiesen atravesado dos, tres o cuatro veces ejércitos victoriosos o vencidos. Los cafés resplandecían de mujeres elegantes. Los oficiales que se paseaban por las calles, esbeltos y con uniformes a medida, parecían más bien consumados actores de la corte que interpretaban el papel de soldado. En todas partes se advertía actividad y se respiraba confianza y orgullo, un orgullo justificado por el hecho de que la República de Polonia se alzaba con tanto vigor sobre los escombros de los siglos" (El mundo de ayer, Stefan Zweig).

La historia se repetiría: en septiembre de 1939, catorce años más tarde, Polonia era invadida por el ejército alemán desde el oeste y por el soviético desde el este, conforme al Pacto Ribbentrop-Molotov suscrito entre Hitler y Stalin. En la masacre de Katyn, ya en la primavera de 1940, fueron ejecutados en masa por el Ejército Rojo más de veinte mil polacos, buena parte de ellos militares pero también civiles. Muchos de esos oficiales que se paseaban ufanos en 1925 por las calles de Varsovia terminaron su vida arrojados a fosas comunes. Cada día ejecutaban de un tiro en la nuca a una media de 250, puesto que el ritmo inicial de liquidación -casi 400 diarios- se hacía muy duro para los soviéticos.

Uno de esos oficiales podría ser el esqueleto uniformado de la foto de abajo. ¿Con quién bailaría en Varsovia en 1925? ¿Quién sería su madre (¡y cómo hubiese podido vivir si alguien le hubiera puesto delante de los ojos, cuando su hijo era un recién nacido, esa espantosa imagen del futuro!)?... Las manos atadas de la imagen de arriba también podrían pertenecer a otro de esos militares. Por cierto, ¿quién le haría el nudo con que fue conducido a la fosa? ¿Qué estaría haciendo quince años atrás en Rusia el que apretó esos lazos? ¿Era un canalla o simplemente se limitaba a cumplir una orden odiosa para no correr la misma suerte a manos de sus camaradas?...
Quizá nos equivoquemos creyendo que la información -por trivial que parezca- se pierde, que la memoria se disuelve. Esa puede ser otra burla del tiempo, esa genial aplicación para surfear por el espacio e impedir que todos los sucesos del Universo sean percibidos simultáneamente.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ni la política ni la cultura: ¡es la genética!

José Mujica, presidente de Uruguay, pronunció en junio un emotivo discurso en la Cumbre de la Conferencia de las Naciones Unidas por el Desarrollo Sostenible Río+20. El vídeo con sus palabras ha sido muy celebrado en las redes sociales (para ser más exactos, entre las personas de las redes sociales con cierto grado de preocupación política, que son una minoría en ese universo plagado de analfabetos digitalizados).

Mujica (lee aquí su discurso) abogó por la necesidad de "empezar a luchar por otra cultura", de "revisar nuestra manera de vivir". "El desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. Mis compañeros trabajadores lucharon mucho por las 8 horas de trabajo y ahora están consiguiendo las 6 horas", dijo en la capital carioca. "Pero el que tiene 6 horas se consigue dos trabajos; por lo tanto, trabaja más que antes ¿Por qué? Porque tiene que pagar una cantidad de cuotas: la moto, el auto, y pague cuotas y cuotas y cuando se quiere acordar, es un viejo reumático -como yo- al que se le fue la vida".

Lleva mucha razón el presidente uruguayo, desde luego. Pero conviene recordar que es posible un cambio en nuestro modo de vida pero no en la naturaleza humana. Tenemos el mismo cerebro que un humano de hace cien mil años: los cambios a este respecto solo son apreciables en una escala temporal que sobrepasa con mucho la duración de una civilización (salvo que un día -intuyo no muy lejano- dispongamos de la tecnología para hacer fontanería tanto en nuestro potentísimo ordenador interno como en su base genética).

Por desgracia, hay personas muy poco proclives a cambiar su manera de vida, aun cuando en ello esté en juego su propia supervivencia. En un régimen democrático, esas personas -que, no olvidemos, son la mayoría- nunca votarán a quienes propongan medidas impopulares para combatir el cambio climático, la contaminación, la pobreza extrema, el agotamiento de los recursos naturales o la destrucción de la biodiversidad. Con ellos no se puede contar, aunque, eso sí, serán los primeros en exigir ayuda -y en eximirse de su corresponsabilidad- cuando el agua les llegue al cuello. Puesto que es casi imposible convencerlos, queda la tentación moralmente dudosa de hacerles pasar por el aro con un régimen autoritario. Pero el remedio sería aquí muchísimo peor que la enfermedad: intentar corregir por la fuerza a la gente en busca de un supuesto hombre nuevo solo conduce a las pesadillas más infernales, como la Revolución Cultural de Mao en China o la locura genocida de Pol Pot en Camboya. El hombre nuevo no existe, salvo en la mente calenturienta de algunos revolucionarios ignorantes e insensatos.

No hace falta conocer a mucha gente ni tener un doctorado en Psicología para atestiguar que hay congéneres que dan más valor a tener un buen smartphone que a comer alimentos sanos, que conceden más importancia a la conducción de coches de alta gama que a respirar un aire saludable, que están más preocupados por la limitación de velocidad en las autopistas que por la calidad de los estudios de sus hijos. Y esto no es una cosa de hoy, un mal de la sociedad de consumo o de la globalización. El afán de ostentación existe desde los tiempos en que aún andábamos a cuatro patas, hace seis millones de años, cuando en África se buscaba la vida el antepasado común de humanos, chimpancés y bonobos. Los simios macho actuales también van haciéndose los chulos por ahí (no con ropas, zapatos y relojes caros, ni con coches, tatuajes o iPads, ni pintando cuadros abstractos o dando conciertos pop, sino a su manera aparentemente más tosca). Todo ello es en el fondo una estrategia de apareamiento, ciertamente exitosa porque de otro modo ya no se usaría. Que les pregunten si funciona o no a los magnates rusos, a los narcos mexicanos, a los toreros, a los futbolistas, a las estrellas de la música comercial...

Hay que asumir tanto las debilidades humanas como la variabilidad en los individuos de nuestra especie (la inteligencia, la honradez, la generosidad y el espíritu de sacrificio no están repartidos por igual). Es un error fundar proyectos de mejora social sobre la negación de nuestra natural inclinación al egoísmo, la soberbia y la estupidez. Una amiga con mucha experiencia en el ámbito de la cooperación internacional me contó una vez un caso muy ilustrativo al respecto. Con el dinero de la cooperación española se llevó a cabo hace años un exitoso proyecto de desarrollo en una comunidad de Nicaragua. El nivel de vida y el bienestar social de la comunidad aumentó. Lo que no estaba previsto es que... ¡entonces empezaron a mirar con desprecio a sus vecinos más pobres! ¿Un éxito?... La enseñanza de esto es que muchos de los pobres del mundo no quieren cambiar el sistema, sino solo su lugar en el mismo: o sea, sueñan con vivir como lo hacen los europeos o norteamericanos acomodados. Si alguien tiene dudas, que eche un vistazo a China.

Es cierto, como expone Mujica en su discurso, que estamos gobernados por el mercado en vez de gobernar al mercado. Pero no es menos cierto que el mercado es así porque refleja nuestras preferencias y debilidades (en el fondo, nuestra naturaleza). La economía de mercado es técnicamente un sistema de asignación de recursos que, en ausencia de interferencias (conchabeos de empresas, intervención estatal, etc.), da valor a las cosas atendiendo solo a su oferta y su demanda. Si Cristiano Ronaldo gana mucho más dinero que un investigador del cáncer no es culpa de la economía de mercado, sino en última instancia de las preferencias expresadas por las personas que componen el sistema. Si la gente pasara del fútbol, Mourinho sería probablemente un mileurista amargado pegado a la tele de una taberna cutre de Setúbal; y Cristiano, un matado de Funchal. Si la gente diera mucho menos importancia a la moda, los pantalones vaqueros rotos a lo Beckham valdrían menos que una bolsa de chuches. Si los chinos apreciaran menos el marfil, la población de elefantes y rinocerontes en África sería mayor. Si la alta cultura fuese un fenómeno de masas, La 2 sería líder de audiencia y Tele 5 se vería obligada a cerrar o modificar radicalmente su parrilla.

Esto no es una invitación a resignarse, sino a tener los pies bien firmes en la tierra. La cooperación es posible (sin ella no habría sobrevivido el Homo sapiens), tanto localmente como a escala global (gracias a Internet). Es misión de los poderes públicos (democráticos) poner los incentivos para que las personas saquen lo mejor de sí mismas y también los desincentivos -incluidos los penales, por supuesto- para disuadir a quienes tengan la tentación de sacar lo peor. Y es nuestra misión ser muy exigentes con esos poderes públicos y promover con nuestros actos cotidianos cambios en la cultura y en la conciencia colectiva. Es innegable la extensión de la educación y de la conciencia, que nos hace ver como aberrantes cosas normales en el pasado como la esclavitud, la discriminación femenina, el racismo y la homofobia (y que nos hará ver en el futuro como una inmoralidad el holocausto animal y este modelo ecológicamente insostenible).

Eso sí, no debemos esperar nunca el paraíso en la Tierra, ya que el mal y la estupidez siempre estarán ahí presentes. Ello no quita que se pueda vivir de una manera mucho más civilizada y amable con nuestros congéneres, otros seres vivos y el entorno natural. Esa sí que es una esperanza razonable, pese a nuestra herencia genética... ¡y gracias a ella!